EL Rincón de Yanka: ENDOFOBIA

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domingo, 10 de mayo de 2026

LIBRO "OCCIDENTE BIEN VALE UNA MISA": Por un resurgimiento judeocristiano en Europa por Éric Zemmour

OCCIDENTE 
BIEN VALE 
UNA MISA
Por un resurgimiento 
judeocristiano en Europa


«Una civilización es todo aquello 
que se aglutina en torno a una religión». 
André Malraux, escritor francés.
La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. El periodista Éric Zemmour, una voz tan disidente como resonante en Francia, advierte de que Occidente sufre una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una conquista industrial a manos de la «fábrica del mundo» china; y un sometimiento tecnológico impuesto por el Silicon Valley estadounidense.
Este proceso afecta tanto a Francia como España, donde el olvido de sus raíces, el abandono de su cultura y de sus costumbres y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras han dejado a la nación indefensa, a merced de quien quiere vengarse de sus antiguos dominadores. El amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos se ha revelado, antes que una ventaja, una debilidad mortal para el viejo mundo. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión si quiere sobrevivir.
Esta obra es un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente en torno a sus raíces judeocristianas.
PREFACIO

La obra que tiene en sus manos nació como un artículo publicado en una revista estadounidense. Más tarde, tras ampliarlo y profundizar en él, aquel texto dio paso a un libro editado en Francia. Esa versión francesa se ha convertido hoy, para usted, en una obra en español; y mañana lo será en italiano, alemán, inglés, húngaro o polaco. 

Todos estos pueblos se han enfrentado duramente a lo largo de los siglos por medio de conflictos militares, pero también económicos, comerciales, financieros, intelectuales, científicos y culturales. Cada uno de ellos buscaba imponer su hegemonía en Europa y resucitar, en beneficio propio, el desaparecido Imperio romano de Occidente. 

Estos enfrentamientos no solo trajeron consigo guerras, muerte, destrucción, sufrimiento, odio y rencor, sino también una rivalidad, una competencia, un estímulo, que impulsó a cada pueblo a dar lo mejor de sí mismo. Todos se influyeron mutuamente. Para comprender la historia de cualquiera de estos pueblos, es imprescindible conocer la de los demás, hecho que demuestra su pertenencia a una misma civilización, la civilización europea, la civilización occidental, cimentada sobre los pilares comunes de la religión cristiana, el pensamiento griego y el orden romano. 

Esta civilización occidental posee otra seña de identidad única: ha sido ella la que, gracias a sus proezas técnicas y a su filosofía humanista y universalista, ha globalizado el mundo. 

Desde los veleros del siglo xvi hasta los buques portacontenedores de finales del xx —pasando por el tren, el avión, los satélites y los cohetes—, los occidentales han sido los artífices de derribar fronteras y descubrir tierras ignotas. Han aproximado física y culturalmente a los pueblos, unificado el planeta hasta convertirlo en un pueblo, desbrozado bosques y saneado marismas. También erradicaron epidemias, redujeron la mortalidad infantil, cultivaron tierras, abrieron rutas, levantaron fábricas y llevaron a cada rincón milagros como el agua corriente y la electricidad. Todo aquello que, no hace mucho y sin complejos, conocíamos simplemente como «la civilización». 

Por descontado, nada de esto se logró sin cañonazos, violencia, brutalidad, injusticias, expolio, destrucción, humillaciones e, incluso, exterminios. Y es que la historia no es una cena de gala, por parafrasear la célebre sentencia de Mao Zedong sobre la revolución. 

Cada uno de los pueblos europeos ha contribuido de alguna manera a esta obra colosal. Todos han desempeñado su papel. Cada cual ha vivido su momento de gloria y su etapa de relativo ocaso. La historia de Europa es una suerte de carrera de relevos en la que los pueblos se turnan para liderar la marcha antes de ceder el testigo al siguiente, y así sucesivamente.

España, al igual que Francia, lo ha vivido y sufrido todo. Conoció la hegemonía triunfante sobre Europa y el mundo en el siglo xvi, pero también el declive e incluso la decadencia del xix. Vivió la época del imperialismo fuerte y dominante («El imperio en el que nunca se pone el sol») y la época de la feroz defensa de su identidad (cuando a Napoleón le decían que los españoles defendían a su rey y a sus sacerdotes, sinceramente desconcertado, contestaba: «Pero, vamos a ver, ¿de qué se quejan? ¡Si les traigo el Código Civil!»). 

Pero, hoy, todos esos pueblos que antaño fueron tan belicosos se han vuelto pacíficos, e incluso pacifistas. Aquellas naciones antes imperiosas, conquistadoras y dominantes, son ahora tolerantes, cuando no temerosas. Todas las antiguas potencias coloniales se están convirtiendo, poco a poco, en pueblos colonizados: sufren una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una colonización industrial a manos de la «fábrica del mundo», china; y una colonización tecnológica impuesta por el Silicon Valley estadounidense.

Los pueblos europeos harían bien en reflexionar sobre la advertencia de Cioran (autor rumano que adoptó el francés como lengua literaria): «Mientras una nación está segura de su superioridad, es feroz y respetada; en cuanto deja de estarlo, se ablanda y deja de ser tenida en cuenta». 

La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. 

El universalismo europeo y occidental —cimentado en el humanismo del pensamiento griego y en la fe católica (katholicos significa universal, y como dijo San Pablo: «Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer»)— permitió al hombre blanco, occidental y cristiano conquistar el mundo. Sin embargo, hoy esa fuerza se está tornando en debilidad. Mientras el resto de las civilizaciones se han ido apropiando de las técnicas y conceptos de Occidente, ahora piden su revancha frente a su antiguo dominador. Lo hacen con una saña y un afán de desquite que los europeos suelen subestimar.

Pero, ante todo, lo hacen regresando a sus raíces, a su cultura y a su historia, despojándose de esa piel occidental que se habían visto obligadas a vestir bajo la presión de sus vencedores. 

El universalismo de los occidentales se convierte así en una debilidad mortal. España, al igual que Francia, ha llegado demasiado lejos en el olvido de sus raíces, en el abandono de su cultura y de sus costumbres, y en el autoodio y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras. En un amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión; en definitiva, su civilización, pues, como decía André Malraux: «Una civilización es todo aquello que se aglutina en torno a una religión». 

Este es el propósito de este libro: un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente. El título Occidente bien vale una misa apela a toda Europa y a todo Occidente, y por tanto, de manera primordial, a España.

INTRODUCCIÓN

No soy católico. Ni siquiera cristiano. Crecí según la tradición judía de mis antepasados. Mi infancia transcurrió al ritmo del Sabbat y las festividades, entre melopeas orientales que se elevaban hacia las vidrieras sin rostro de la sinagoga, y una sucesión de ritos que mi mente asocia a exquisitos platos y deliciosos pasteles que mi madre preparaba con una destreza admirada por todos: mi numerosa y bulliciosa familia, que se apiñaba alrededor de la mesa familiar, y mis compañeros de clase, que se abalanzaban de manera voraz sobre aquellas pastas de nombres exóticos que yo les repartía a cuentagotas.

Mi contacto con el catolicismo era lejano y más bien superficial. Lo percibía en las fachadas cinceladas de las iglesias góticas que se alzaban con orgullo hacia el cielo en las calles de París o en los barrios de las afueras donde vivían mis padres. También en aquellos pocos sacerdotes con sotana que caminaban siempre deprisa, por razones que yo entonces no entendía; y en las monjas, con la mirada baja y una sonrisa discreta. A menudo, desde la ventana de mi casa, veía pasar a grupos de jovencitas vestidas de blanco que se dirigían felices a la iglesia para hacer la comunión. No me sentía en absoluto fuera de lugar. A los trece años, yo también celebraría un rito parecido al de esos niños católicos: por entonces, nuestras bar mitzvá eran presentadas por nuestros padres como una «comunión» o como la «mayoría religiosa». 

Me acerqué al catolicismo como me había acercado a Francia y, en realidad, como me he acercado a casi todo en este mundo desde que aprendí a leer: a través de la literatura. Hacia los trece años descubrí a Blaise Pascal. Por aquellos años, en el instituto estudiábamos dos de sus textos más famosos, los cuales ocupaban un lugar destacado en la edición de Lagarde-Michard dedicada al siglo xvii: por un lado, teníamos el de «el espíritu de sutileza y el espíritu de geometría» y, por otro, el de «verdad a un lado de los Pirineos, error al otro». 

Quedé entusiasmado, incluso deslumbrado: la limpidez del estilo, unida a la firmeza del pensamiento, me cautivaba por completo, me transportaba, me conmovía. Le pedí a mi madre que me comprara el volumen de Pensamientos de Pascal. Nunca se hacía de rogar para ese tipo de peticiones y se apresuró a adquirir una hermosa edición con tapa de cartón gris y dorado. Mi madre, que cuidaba hasta el más mínimo gasto cotidiano, hábito adquirido, sin duda, de la pobreza que vivió en Argelia, jamás me regaló un libro de bolsillo. Aún conservo esa edición, la cual releo regularmente con una delectación teñida de una invencible melancolía. 

Tras leer Los tres mosqueteros y Veinte años después, Las ilusiones perdidas y Esplendores y miserias de las cortesanas, había llegado a una edad en la que mi biblioteca personal no se limitaba a los libros juveniles de la Biliothèque verte: estaba creciendo. 

No obstante, Pascal tenía grandes adversarios: todos los autores del iconoclasta y libertino siglo xviii que lo atacaban, lo ridiculizaban y lo señalaban sin descanso. El pobre ni siquiera podía defenderse, y yo percibía claramente que la escuela había tomado partido: desde luego, no estaba del lado de Pascal. Voltaire, en particular, hacía gala de una formidable eficacia en su combate por «aplastar al Infame», como llamaba al catolicismo. Disponía de un arma poderosa: la risa; y el granuja insolente que yo era no supo resistirse a ella. Al parecer, no fui el único. 

(Voltaire) tuvo el funesto talento de poner de moda la incredulidad entre un pueblo caprichoso y afable. Damas de la alta sociedad e importantes filósofos se subían al púlpito de la incredulidad. Finalmente, se impuso la idea de que el cristianismo no era más que un sistema bárbaro, cuya desaparición no podía sino acelerar la libertad de los hombres, el progreso de las Luces, los placeres de la vida y la elegancia de las artes.

Sabré recordar esto: en Francia, siempre hay que tener de tu lado a los que ríen. 

Yo no era mejor que aquellos franceses del siglo XVIII. Estaba en la edad rebelde de la adolescencia, en la que uno se opone a todo, en especial a su padre; edad en la que renegamos de cualquier herencia o tradición. Fui adolescente durante los años setenta, y esa época me marcó profundamente: eran tiempos en los que se arrojaban por la borda los dioses y los sujetadores. Napoleón tenía razón al decir que «para comprender a un hombre, solo hay que fijarse en cómo era el mundo cuando tenía veinte años». 

Cumplí veinte años en 1978. Metía en el mismo saco de la vergüenza las tradiciones judías, que conocía bien, y el catolicismo, que apenas conocía: incluso antes de leer a Ernest Renan, había inventado mi propio «judeocristianismo». Sin un ápice de originalidad, vomitaba mis lecturas escolares y oscilaba entre el «dios relojero» de Voltaire y el «opio del pueblo» de Marx. Mantenía aireados debates con mi padre sobre Dios, la fe, la moral, la salvación tras la muerte y el vínculo entre el judaísmo y el catolicismo. Recuerdo que, por aquel entonces, el islam no era un tema de conversación. Mi padre se aferraba a una estricta línea defensiva que bloqueaba todos mis ataques: Dios entregó los Diez Mandamientos y la Torá a los judíos, y Jesús es uno de los grandes profetas judíos. Por esta razón, sí es cierto que fue el «hijo de Dios», porque «todos somos hijos de Dios». 

Estas afrentas no conducían a nada, o más bien, conducían a todo: afilaban mi mente y la educaban en la controversia. Eran también, sin duda, la forma más pudorosa que mi padre y yo encontramos, con las reservas que caracterizan a los hombres de mi familia, de decirnos que nos queríamos. Mi padre era de esos judíos sefardíes cuya mirada sobre el universo católico difería de la de nuestros correligionarios asquenazíes. Conocía bien el antijudaísmo cristiano, la hostilidad milenaria hacia el «pueblo deicida», así como el antisemitismo moderno, en particular en su expresión maurrasiana y vichysta. Me enseñó que Édouard Drumont y Max Régis, dos antisemitas notorios, fueron elegidos diputados por la pequeña población pied-noir de Argel, que no había aceptado que el decreto Crémieux elevara a la categoría de ciudadanos franceses a esos judíos harapientos que apenas acababan de salir del Mellah. Pero sus recuerdos no eran parciales ni selectivos. Conocía también —y muy de cerca— el antijudaísmo difuso y normalizado que reinaba en el mundo arabomusulmán donde nuestros antepasados vivieron durante siglos. 

Mi padre cubría de inventivas y sarcasmo el movimiento antirracista de los años ochenta, encabezado por numerosos judíos de izquierda procedentes del trotskismo. Les reprochaba su ingenuidad y su desconocimiento del mundo musulmán y del Corán. A diferencia de esos izquierdistas radicales, en su mayoría asquenazíes, a quienes maldecía, sin que yo supiera muy bien si lo que más le irritaba era su ideología o sus orígenes, él hablaba y entendía perfectamente el árabe. Recitaba de memoria suras y proverbios y pasaba largas noches junto a su padre compartiendo una botella de whisky y escuchando esa música oriental que conocían al detalle, interpretada con maestría por el violín de Sylvain, el padre de Enrico Macias.

Mi madre, por su parte, jamás olvidó ni perdonó el navajazo que su padre, oficial del ejército francés, recibió durante las revueltas de Sétif, su ciudad natal. Ella era la personificación de aquellos judíos argelinos que amaban a Francia con un fervor desmedido desde aquel día de 1830 en el que las tropas francesas entraron a Argelia entre los vítores de una multitud judía que las miraba con la devoción ciega que se tiene por un ejército de liberación. Un día, a un taxista que le preguntó insistentemente si era judía, mi madre le respondió con aplomo: «No, señor, soy israelita». Con esta incisiva afirmación, lo que mi madre quería transmitir es que ella pertenecía de manera deliberada a esa estirpe de franceses de confesión judía y patriotismo incandescente cuya divisa era «francés en la calle, judío en casa». No tenía gusto por las grandes palabras, y menos aún por las grandes ideas; prefería los actos a las teorías, las pruebas de amor a las declaraciones. Nos obligaba a quitarnos las kipás de la cabeza en cuanto salíamos de la sinagoga. Había comprendido y asimilado perfectamente, sin necesidad de teorizarlo, el espíritu mismo de la laicidad a la francesa, ese «deber de discreción» del que hablaría décadas más tarde, y en un contexto muy distinto, Jean-Pierre Chevènement. 

Blaise Pascal acabaría teniendo su revancha. Muchos años más tarde, retomé, de su mano, aquella iniciación al catolicismo que había dejado en suspenso. Un día volví a encontrarme con nuestro «genio aterrador» (Chateaubriand) al hojear un libro de retratos de los grandes escritores franceses. Estaba escrito con una pluma cuya concisa elegancia, tan típicamente francesa, me recordaba al brillante estilo del autor de Pensamientos. Fue entonces cuando descubrí a André Suarès. Su admiración sin reservas por Pascal me ayudó a comprender como nadie el alma profunda de Francia: «Los franceses, vayan o no a la iglesia, llevan los Evangelios en la sangre». Esa lección no la he olvidado. 

Continué con mis lecturas. Me sumergí entonces en el mundo de Racine, Chateaubriand y Joseph de Maistre. Más tarde, me adentraría en la Historia de los orígenes del cristianismo de Ernest Renan, quien se convertiría en uno de mis maestros del pensamiento, junto a Taine. El conservadurismo francés del siglo XIX remodeló mi manera de ver las cosas, mi mirada hacia la historia de Francia, de su pueblo, su grandeza y su declive. 

Además, gracias a los primeros vuelos chárter que pude adquirir a un precio bastante competitivo durante mi juventud, me enamoré de Roma, de sus callejuelas y de sus incontables iglesias. Siempre que podía, organizaba una pequeña escapada. Pasaba horas en aquellas iglesias sombrías, cuyo frescor me protegía del sofocante calor, contemplando sus vidrieras iridiscentes y sus majestuosas esculturas. Un amigo de aquella época me descubrió la música sagrada, los réquiems de Mozart y de Fauré, los stabat mater de Pergolesi o de Vivaldi, las cantatas de Bach y los Ave María. Mi alma vibraba al unísono de esas maravillas que me embriagaban de emoción. Aznavour, Brel, Brassens, Ferré y Ferrat, los Beatles y los Rolling Stones, a los cuales veneraba desde mis primeros años de juventud, ya no eran suficiente. 

Años después, mis artículos, mis libros y mis controversias televisivas me proporcionarían un público fiel, entre el cual se encontraría un gran número de católicos devotos. Siempre que organizábamos una reunión por alguna de mis obras, no faltaba un sacerdote con sotana que me bendijera. Me regalaban medallas sagradas de la Virgen María para darme buena suerte y yo me acordaba de mi abuela en su afán de protegerme contra el «mal de ojo»: estaba bien respaldada. Me daban las gracias afectuosamente: «Usted es el único que defiende la religión católica en la televisión, ¡y ni siquiera es usted católico!». 

Hace poco, tras vivir un tiempo en California, tuve la fortuna de conocer a profesores, intelectuales y editores con los que simpaticé. El director de una revista, First Things, me propuso escribir un artículo que intentara responder a la siguiente pregunta: «¿Cómo salvar el catolicismo en Europa?». Acepté encantado. No obstante, la redacción de dicho artículo, inevitablemente breve, me dejó con ganas de más. Quería entregarme a ello con más profundidad. Quería saber más sobre mí mismo, sobre nosotros mismos y sobre el futuro del catolicismo en Francia y en Europa. 

Por aquel entonces, yo estaba inmerso en la lectura de los Cahiers de Maurice Barrès —ese azar de lectura que, sin duda, no lo es— y anoté esta frase que podría hacer plenamente mía: 
«Me alineo con el catolicismo amenazado y lo defiendo porque soy patriota, en nombre del interés nacional… Arrancar el catolicismo de nuestra tierra sería sacudir todo nuestro edificio nacional, toda nuestra civilización. Entre el catolicismo y nuestra civilización ya no cabe distinguir». 

El papa Juan Pablo II dijo en una ocasión, refiriéndose a los judíos, que eran los «hermanos mayores en la fe» de los católicos. Devuelvo con mucho gusto el cumplido al santo padre. En Francia, el cristianismo es el hermano mayor del resto de religiones, incluso de los ateos. El cristianismo construyó Francia. En su célebre Historia de la decadencia y de la caída del Imperio romano, Edward Gibbon defiende que «los obispos construyeron Francia». Ellos «eran los consejeros del rey en todos sus consejos».

La Iglesia construyó a los reyes, quienes construyeron la nación, y esta, a su vez, dio lugar a la República. Francia sin el cristianismo deja de ser Francia. Y quiero seguir viviendo en Francia.

Salvar a Occidente: el reto de Eric Zemmour


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martes, 21 de abril de 2026

LIBRO "LA GRAN ESTAFA DEL PODER": CÓMO NOS HAN ROBADO ESPAÑA Y CÓMO LA DERECHA TIENE QUE RECUPERARLA 💥 por JAVI CABELLO (CIUDADANO ALTERNATIVO)


LA GRAN 
ESTAFA 
DEL 
PODER

CÓMO NOS HAN ROBADO ESPAÑA Y CÓMO 
LA DERECHA TIENE QUE RECUPERARLA

España no se ha hundido de golpe. Se ha ido apagando poco a poco. En el lenguaje, en los valores, en la cultura, en la política… y en el sentido común. Mientras unos entendieron que el poder se conquista manipulando las ideas y la percepción de la realidad, otros lo ejercieron sin disputar el terreno donde se decide todo.

Primero fue el relato. Después llegaron las leyes. Y cuando quisimos reaccionar, ya habían cambiado las reglas del juego. El nuevo libro de Javi Cabello pone el foco en ese proceso paso a paso. Explica cómo el poder político, mediático y cultural ha ido marcando los límites de lo aceptable: qué se puede decir, qué se supone que hay que pensar y qué conviene callar si no queremos quedarnos fuera. 
Analiza cómo se ha estrechado el debate público, cómo se ha moldeado la opinión social y por qué la derecha ha renunciado durante años a librar esta batalla. Conecta esa dinámica con los grandes problemas que hoy asfixian a España y señala algo clave: la derecha tiene hoy una oportunidad real de consolidarse como
alternativa.

Ciudadano Alternativo traza un mapa claro para afrontar la guerra cultural sin complejos: establece pautas innegociables, identifica los errores que no deben repetirse y deja claro qué hay que hacer —y qué hay que dejar de hacer— para que el cambio no vuelva a quedarse en palabras.

jueves, 19 de marzo de 2026

LIBRO "LA RABIA Y EL ORGULLO" por ORIANA FALLACI


LA RABIA Y EL ORGULLO

«Hay momentos, en la Vida, en los que callar se convierte en una culpa y hablar en una obligación. Un deber civil, un desafío moral, un imperativo categórico del que uno no se puede evadir». Con La rabia y el orgullo, Oriana Fallaci rompió un silencio que había durado diez años. Lo rompió inspirándose en el apocalipsis que la mañana del 11 de septiembre de 2001, no lejos de su casa de Manhattan, desintegró las dos torres de Nueva York y redujo a cenizas a miles de personas. 
Enriquecido con un dramático prefacio donde cuenta cómo nació este texto y explica por qué el terrorismo islámico no se concluye con la derrota de los talibanes en Afganistán, Oriana Fallaci describe la realidad global de la Guerra Santa. Además, cogiéndonos por sorpresa, habla de sí misma: de su trabajo, de su hermético aislamiento, de sus rigurosas e intransigentes posiciones. Insertando a menudo recuerdos personales y episodios aclaratorios de su vida, nos habla de los temas relacionados con el 11 de septiembre de 2001: Norteamérica, Europa, Italia, el Islam, nosotros. Sobre todo nosotros. Con su famoso coraje, lanza durísimas acusaciones y arroja furiosas invectivas. Con su brutal sinceridad, expone penetrantes ideas y pasiones, incómodas verdades y reflexiones que reprimió durante esos años de obstinado silencio. Este «pequeño libro», como lo calificó Oriana Fallaci en su prefacio, es en realidad un gran libro. Un libro precioso, un libro que sacude las conciencias, más bien las trastorna. Pero es también el retrato de un ama: la suya. Permanecerá en nosotros como una espina dentro de nuestra cabeza y nuestro corazón. «No queréis entender que si no nos oponemos, si no nos defendemos, si no luchamos, la yihad vencerá. Y destruirá el mundo que, bien o mal, hemos conseguido construir».

"Ahora, aquí, se discute del próximo ataque que nos golpeará con armas químicas, biológicas, radiactivas y nucleares. Se dice que la nueva catástrofe es inevitable, porque Irak les proporciona los materiales. Se habla de vacunación, de máscaras de gas, de peste. Hay quien se está preguntando ya cuándo tendrá lugar... ¿Contentos? 

Algunos no están ni contentos ni descontentos. Se muestran indiferentes. Norteamérica está muy lejos y entre Europa y América hay un océano... Pues no, queridos míos. No. El océano no es más que un hilo de agua. Porque cuando está en juego el destino de Occidente, la supervivencia de nuestra civilización, Nueva York somos todos nosotros. 

América somos todos. Los italianos, los franceses, los ingleses, los alemanes, los austriacos, los húngaros, los eslovacos, los polacos, los escandinavos, los belgas, los españoles, los griegos, los portugueses. Si se hunde América, se hunde Europa. Si se hunde Occidente, nos hundimos todos. Y no sólo en sentido financiero, es decir en el sentido que me parece que es el que más os preocupa. (Una vez, cuando era joven e ingenua, le dije a Arthur Miller: «Los americanos miden todo por el dinero, sólo piensan en el dinero». Y Arthur Miller me contestó: «¿Ustedes no?»). 

Nos hundimos en todos los sentidos, querido amigo. Y en el lugar de campanas, encontraremos muecines, en vez de minifaldas, el chador, en vez de coñac, leche de camello. ¿No entendéis ni esto, ni siquiera esto?

¡Por Jesucristo! No le niego a nadie el derecho a tener miedo. El que no tiene miedo a la guerra es un cretino. Y el que quiere hacer creer que no tiene miedo a la guerra, tal y como he escrito mil veces, es un cretino y un estúpido a la vez. Pero en la vida y en la historia hay casos en los que no es lícito tener miedo. Casos en los que tener miedo es inmoral e incivil. Y los que, por debilidad o falta de coraje o por estar acostumbrados a tener el pie en dos estribos se sustraen a esta tragedia, a mí me parecen masoquistas". (LA RABIA Y EL ORGULLO Por Oriana Fallaci)














Oriana Fallaci - La Rabia y el Orgullo.pdf by Dylan Boquerón


miércoles, 11 de marzo de 2026

LIBRO "UNA VERDAD INCÓMODA": TESTIMONIO DE UNA ÉPOCA: CONTRA EL SILENCIO Y LA MENTIRA por JAIME MAYOR OREJA

Una verdad incómoda
Testimonio de una época: 
contra el silencio y la mentira

"En época de mentiras, contar la verdad 
se convierte en un acto revolucionario".
Se atribuye popularmente a George Orwell.


Un apasionado alegato en defensa de los valores tradicionales que han sostenido el entendimiento, la libertad y la identidad de España y que ahora se cuestionan.

Jaime Mayor Oreja es uno de los políticos españoles con más amplia proyección en nuestra historia de los últimos cincuenta años, y "Una verdad incómoda" recoge su testimonio y sus experiencias —algunas de ellas especialmente dolorosas y difíciles— en la política vasca, española y europea, así como su actual participación en la sociedad civil al frente de la Fundación Neos. En la década de los ochenta en el País Vasco, una macabra mentira referida a las víctimas —«algo habrá hecho»— diluyó las conciencias de buena parte de aquella sociedad. Siguió después el desenlace de una transición política en la que el nacionalismo jugó con las cartas marcadas e impuso un falso empate entre ETA y el Estado de derecho, que solo podía concluir con una negociación política.
Ya en los años noventa, la refundación del centro-derecha en el Partido Popular puso en marcha una alternativa de gobierno y una política antiterrorista diferente, asentada en la ley, nada más que en la ley, pero en toda la ley. Sin embargo, la actualidad supera todos los pronósticos negativos y la existencia del nuevo «frente popular» que nos gobierna —esto es, la asociación del crimen del pasado con la mentira del presente— ha construido una segunda leyenda negra desde el interior que exige tomar conciencia de la misma y que se produzca un entendimiento entre las fuerzas políticas de la derecha y del centro-derecha para evitar caer en la profundidad del abismo en el que nos encontramos.


"LA MENTIRA PUEDE MANTENER LA PAZ...
PERO LA VERDAD SIEMPRE REVELA LA REALIDAD". 
DOSTOIEVSKI

PRÓLOGO

Este no es un libro de memorias, aunque las contenga. No es tampoco un libro sobre política, aunque la política lata en cada una de sus páginas. No es un ensayo sobre el nacionalismo, sobre España o sobre la evolución política del país, aunque el lector se topará con todas esas cuestiones.
Lo que pretendo es algo más complejo y profundo. A estas alturas de la vida he llegado a la conclusión de que debo contar una verdad —la que yo he vivido—, aunque resulte incómoda para muchos. Dar testimonio de lo que he conocido en primera persona para que la verdad de los hechos no sucumba frente a la mentira de los relatos que a día de hoy circulan como moneda corriente.

Las teorías pueden ser importantes, los análisis pueden ser sugestivos, las ideologías pueden ser atractivas, pero el testimonio va mucho más allá. Es una experiencia que pretende reivindicar la verdad de lo ocurrido. Es una vivencia personal que se hace contrastable, que se actualiza y se convierte en mensaje, en evidencia, en una verdad que, tal y como uno la vivió, sale nuevamente a escena. El testimonio es mucho más veraz e importante que cualquier teoría y que cualquier relato.

Me gustaría ofrecer dos imágenes para enmarcar temporalmente esta historia.

Primera imagen: en los años sesenta, yo veraneaba en Villafranca de Oria (hoy Ordizia), en casa de mis abuelos, con el resto de la familia. Guardo la viva imagen de aquella placidez en la memoria. Aquellos veraneos de vida familiar tranquila, de juegos infantiles y contacto con la naturaleza hacían impensable que pocos años después se desataría en ese mismo valle una orgía de odios y crímenes políticos, de persecución y falta de humanidad.
Segunda imagen (que, en realidad, son dos): la bajada al zulo en el que ETA tuvo secuestrado, durante 532 días, al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara y, poco después, el asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco como expresión de la crueldad máxima, de la maldad en estado puro y del odio cerval que atenazaba al pueblo vasco.
Y entre una y otra imagen, un periodo de tiempo —no demasiado largo en términos históricos— trascendental desde el punto de vista político, social y cultural.

¿Qué ocurrió en ese tiempo? ¿Qué nos pasó a los españoles? La respuesta es clara: ETA.

Este libro pretende levantar acta de lo sucedido en aquellos años y explicar en qué consistió el proceso de destrucción de aquel País Vasco y de su sustitución por otro completamente distinto, así como dejar constancia del impacto demoledor que esa sustitución ha tenido sobre la nación española, en trance de nuevo de ser reemplazada y volverse irreconocible.

¿Era aquel País Vasco un lugar idílico? Evidentemente, no. Pero tenía unas características específicas que daban una especial cohesión y personalidad a su sociedad, y que las tres décadas siguientes destruyeron sin piedad. El País Vasco era, por ejemplo, la tierra con más número de vocaciones religiosas de España; las familias numerosas tenían una especial fortaleza y articulaban naturalmente la sociedad. El carácter alegre, emprendedor, y la simpatía natural de aquella gente eran especialmente apreciados por el resto de los españoles. La pluralidad de dialectos, variedades y acentos del vascuence daba personalidad a valles, comarcas… Había una importante diversidad de identidades territoriales, de tal manera que Álava tenía su propia y marcada personalidad y Vizcaya se diferenciaba claramente de Guipúzcoa. A su vez, las ciudades eran muy distintas del mundo rural.

ETA destruyó todo aquello, desfiguró el ser de los vascos y sustituyó la personalidad social de aquella tierra por otra bien distinta, impostada, ideológica. Hoy es el lugar de España con menor número de vocaciones religiosas, con menor número de nacimientos y matrimonios, y con más familias desestructuradas. Se ha perdido una enorme riqueza lingüístico-dialectal, la cultura se ha homogeneizado bajo el paraguas de un pensamiento único, de una identidad monolítica y de un credo político común. Álava se parece más a Vizcaya que nunca, y Vizcaya a Guipúzcoa. El campo ha ganado la batalla cultural a la ciudad; el folclore ha sustituido y desplazado a la cultura, y la diversidad y la pluralidad han sido suplantadas por la homogeneidad incluso en asuntos aparentemente superficiales, como la moda o las costumbres.

Pero ETA no es solo un fenómeno vasco, sino también netamente español, y su persistencia ha destruido la realidad del país. Porque la desfiguración del País Vasco ha sido la del conjunto del Estado.

Desde hace muchos años, mi diagnóstico es el mismo. Muchos me han llamado agorero, cenizo, aguafiestas… Otros se agarraban al clavo ardiendo de los pequeños detalles engañosos, de los espejismos políticos, para justificar su ceguera voluntaria. Pero mi análisis, basado en la experiencia, se ha confirmado: España se encaminaba hacia la formación de un «frente popular» en toda regla, gracias al cual la izquierda abandonaría la democracia constitucional y confluiría con el proyecto político diseñado por la banda terrorista. Hay quienes, por puro prejuicio, no han querido o no se han atrevido a diagnosticar el problema y a llamarlo por su nombre.

¿Cómo ha sido posible ese vuelco histórico? Gracias a un proceso complejo —en distintas etapas— de negociación política hacia la autodeterminación y la toma del poder por parte de ETA. Un proceso que se desarrolla, como explicaré en las siguientes páginas, primero, en el seno del nacionalismo vasco, entre ETA y el Partido Nacionalista Vasco (PNV), y, después, entre ETA y la izquierda española.
Tal análisis ha implicado no pocas dosis de soledad, de dolor, de incomodidad, y ha hecho que algunos me vieran como una antigualla y descalificaran mi posición sin entrar a analizarla. Bien. No importa. Tengo la conciencia tranquila. Me hubiese encantado equivocarme y que todos esos reproches hubieran resultado ciertos. Pero no ha sido así. Desgraciadamente, mi diagnóstico era certero. El testimonio que doy en este libro es la confirmación de ese diagnóstico.

Creo que nunca hay que tener miedo a la verdad, aunque sea dolorosa o nos pueda incomodar. Y creo que ha llegado la hora de que los españoles sean exigentes consigo mismos y miren de frente a la realidad de su patria.
A lo largo de las siguientes páginas, el lector encontrará vivos recuerdos, imágenes, experiencias, conversaciones, hechos a partir de los cuales iré analizando qué pasó, cómo pasó y por qué pasó. Y dónde hemos fallado. Pido perdón de antemano si mi objetivo resulta pretencioso. No deseo imponer mi punto de vista, pero sí ofrecer un testimonio —no un relato—, un eco de la verdad que yo viví. Lo hago con ambición de objetividad, pero sin afán de imposición ni de revancha.

No solo pretendo dejar a las próximas generaciones una descripción fiel de lo ocurrido, sino, además —no he de ocultarlo—, dar un aldabonazo en la conciencia nacional de los españoles sobre lo que estamos viviendo y sus dramáticas consecuencias. Evitar el desastre, tener la determinación nacional y colectiva de cambiar de rumbo y reconstruir nuestro país constituye un imperativo moral de primer orden.
Siempre en la vida he intentado conducirme sin perder de vista mis convicciones y mis principios. Este es el testimonio de alguien que cree en la verdad, en la vida, en la familia, en las tradiciones y en las raíces cristianas. Me declaro —con toda libertad y naturalidad— una persona religiosa. Soy católico y amo a mi país, un país de formidable historia, cultura y riqueza.

Que mi experiencia pueda contrariar a tirios y troyanos ya no me preocupa. Me preocuparía mentir, ocultar hechos, manipular la historia o inducir a error. Si mi testimonio no lograra alcanzar la verdad completa, con derrotar a la mentira ya me sentiré más que satisfecho.
Todo lo que cuento en este libro, los momentos duros y difíciles contra el crimen y la mentira, no los habría podido afrontar sin la compañía y la proximidad de mi mujer, Isabel, y de mis hijos, mis hermanos y, por supuesto, mis padres cuando vivían.

MAYOR OREJA: "Estamos en el ABISMO"

lunes, 22 de diciembre de 2025

LIBRO "TATUARSE EL ALMA": 💘 APUNTES SOBRE CÓMO EL GLOBALSOCIALISMO HA DESTRUIDO A OCCIDENTE por RAÚL GONZÁLEZ ZORRILLA


Autor de 

Un libro que busca el alma perdida de Occidente
Europa se desangra. Occidente se avergüenza de su legado. El globalsocialismo, con su mezcla de tecnocracia, totalitarismo amable y demolición moral, ha impregnado cada rincón de nuestras instituciones, nuestras familias, nuestra cultura. 
Este libro ofrece un lúcido y demoledor recorrido por los síntomas del colapso: el abandono de los valores, el odio a uno mismo, el olvido de Dios, la demolición de la clase media, la invasión del sentimentalismo político, la rendición cultural, la fragilidad educativa y el silencio ante el salvajismo. Y, sobre todo, una pregunta: ¿aún queda tiempo para la resistencia?
Raúl González Zorrilla: 
“Hay espacio para la resistencia. 
Y donde hay resistencia, hay esperanza”


Raúl González Zorrilla, director de La Tribuna del País Vasco, es periodista, editor y analista cultural. Durante más de cuatro décadas ha colaborado con algunos de los medios más prestigiosos del ámbito hispano, aportando siempre una mirada incisiva, rigurosa y comprometida con los valores de la civilización occidental. Como editor, dirige diversos proyectos periodísticos, revistas culturales y medios digitales que en todo momento han apostado por el pensamiento crítico, el ensayo profundo y el análisis contracorriente. A lo largo de una carrera profesional de casi cuarenta años, González Zorrilla ha abordado cuestiones como el auge de los totalitarismos blandos, la crisis cultural de Europa, la transformación totalitaria de las democracias liberales y la amenaza global de la radicalización islamoizquierdista. Con un estilo firme y elegante, ha sabido combinar la reflexión filosófica con el pulso de la actualidad. En su nuevo libro, Tatuarse el alma. Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (Ediciones La Tribuna), el autor traza un mapa minucioso, crítico y apasionado de los procesos sociales, políticos, culturales y espirituales que, a su juicio, están conduciendo a Europa y al mundo occidental hacia una lenta y peligrosa autodestrucción. El libro, compuesto por casi medio centenar de ensayos, combina el análisis riguroso con la prosa combativa. Y lo hace sin concesiones. 

González Zorrilla es también de autor de los ensayos Terrorismo y Posmodernidad, El shock de Occidente o No deben tener miedo de mí. En el terreno de la ficción ha firmado las obras Qué haces después del caos y El poder del caos.

El título del libro es provocador: Tatuarse el alma. ¿Qué quiere expresar con él? 
El título es una metáfora. Vivimos en una época en la que los cuerpos se tatúan con una intensidad nunca vista. Pero más allá de lo estético, eso refleja un fenómeno más profundo: el deseo de dejar una huella en un mundo líquido, de marcar una identidad en un tiempo sin certezas. Al final, estamos tatuando el alma con dolor, vacío, culpa y desarraigo. Occidente se está autolesionando físicamente, espiritualmente, culturalmente, moralmente. El libro quiere ser un retrato de esa herida. 

Usted utiliza el término “globalsocialismo” como hilo conductor de sus análisis. ¿Podría concretar a qué se refiere exactamente con esta palabra? 
Con "globalsocialismo" me refiero a una ideología totalitaria de nuevo cuño que combina elementos de socialismo burocrático, globalismo tecnocrático y autoritarismo cultural. Es una amalgama promovida por élites transnacionales —económicas, políticas y mediáticas— que detestan la nación, la tradición, la familia y la libertad. No se trata del viejo socialismo de lucha obrera, sino de una sofisticada ingeniería social que impone dogmas posmodernos, restringe la libertad de expresión, cancela al disidente y controla al ciudadano desde múltiples frentes: educación, sanidad, tecnología, leyes, cultura. Es el nuevo rostro del poder. Y no tiene rostro humano. 

¿Por qué escribir un ensayo así, tan crítico con la civilización occidental contemporánea? 
Porque amo profundamente a Occidente. Y cuando uno ama, no calla. Estamos presenciando la demolición de los fundamentos que hicieron grande a esta civilización: la libertad, la verdad, la belleza, el derecho natural, la familia, el individuo, el esfuerzo. No se trata de nostalgia, sino de lucidez. Este libro no es una queja, es una advertencia y también un llamamiento. 

¿Cuál es el papel del globalsocialismo en esta demolición? 
El globalsocialismo es la ideología hegemónica de nuestras élites políticas, económicas y culturales. Su narrativa mezcla progresismo moral, autoritarismo burocrático, ingeniería social, extorsión fiscal y una sospechosa alianza con determinados intereses financieros y tecnológicos. En nombre de causas justas — como la ecología, los derechos de las minorías o la inclusión— se impone una visión totalitaria, que desprecia las raíces, borra la historia y asfixia la libertad. Es una nueva y falaz religión, sin perdón y con muchos dogmas. 

En el libro habla del arte, la arquitectura, la música, la educación, la demografía, la droga, la política, el racismo… ¿No es demasiado? 
Se trata de apuntes escritos casi a vuelapluma. Es un retrato panorámico. El declive de Occidente no está en una sola esquina. Es estructural. Por eso abordo sus múltiples manifestaciones: desde el arte que ha dejado de buscar la belleza, hasta la arquitectura que no dialoga con el alma humana; desde el empobrecimiento de la clase media, hasta el odio creciente hacia Israel, o el empeño en la eliminación del dinero físico. Todo tiene un hilo común: la pérdida de sentido moral. 

¿Y cuál es el papel del cristianismo en esta caída? 
Se crea o no en sus fundamentos religiosos, el cristianismo fue el alma de Occidente. Lo estructuró todo: la idea de persona, la dignidad humana, el límite del poder, el perdón, el tiempo lineal, el progreso moral. Al perder su brújula espiritual, Occidente ha sustituido el Dios cristiano por un Estado cada vez más absoluto, la ciencia o la ideología. Pero eso no llena. Por eso proliferan los miedos apocalípticos: cambios climáticos, pandemias, meteoritos, alienígenas, inteligencia artificial. Anhelamos redención, pero ya no sabemos dónde buscarla. 

¿Cree que hay espacio para el optimismo? 
No sé si hay espacio para el optimismo, pero sí lo hay para la resistencia. Y donde hay resistencia, hay esperanza. A lo largo del libro propongo caminos para reconstruir: desde lo cultural, lo educativo, lo político y lo espiritual. Es posible reconstruir los pilares de Occidente. Pero hay que querer hacerlo, y eso exige coraje, pensamiento crítico y amor por la verdad.

¿Cree que las democracias liberales están ya definitivamente perdidas? ¿Hay lugar para la esperanza? 
Las democracias liberales están seriamente heridas. Han sido vaciadas de contenido real: ya no representan al pueblo, sino a minorías ruidosas e ignorantes, agendas ideológicas totalitarias y burocracias supranacionales. Sin embargo, no están muertas. La historia no está escrita. Hay una reacción en marcha: desde padres que recuperan el control sobre la educación de sus hijos hasta intelectuales que rompen el silencio. La esperanza está en la resistencia. Y la resistencia empieza por la palabra, por la verdad, por el pensamiento libre. Este libro quiere ser un pequeño grano de arena en esa batalla cultural. 

¿Por qué cree que gran parte de las élites occidentales han adoptado posturas abiertamente autodestructivas? 
Porque han perdido sus raíces. La élite occidental ya no cree en Occidente. Se avergüenza de su historia, reniega de su cultura y desprecia su espiritualidad. Esta falta de fe en sí misma las hace vulnerables al nihilismo, a las ideologías woke, a las fantasías autoritarias. Además, muchas de esas élites se han globalizado: ya no responden a sus países, sino a lobbies, organismos internacionales, intereses económicos opacos. Basta ver a un inútil fanático como Pedro Sánchez, permanentemente con una insignia de la totalitaria Agenda 2030 en la misma solapa donde jamás se ha puesto un pin que represente a la nación española. En ese contexto, destruir la tradición se convierte en un negocio… y en una coartada moral para seguir acumulando poder. 

¿Qué papel juega el arte en este proceso de decadencia? ¿Por qué dedica varios capítulos a la belleza estética? 
Porque la belleza es una forma de verdad. La destrucción de la belleza —en el arte, en la arquitectura, en la música— no es solo una anécdota estética: es un síntoma profundo. Cuando una civilización deja de aspirar a la armonía, al orden, a lo sublime… es que ha perdido su norte moral y espiritual. Por eso hoy se celebra lo grotesco, lo deforme, lo vulgar. El arte ya no eleva: adoctrina o deprime. Reivindicar la belleza es, por tanto, un acto de rebelión. Es afirmar que el alma humana aún tiene un lugar. 

¿Cómo le gustaría que este libro impactara en sus lectores? 
Me gustaría que generara una sacudida. No escribo para complacer, sino para despertar. Si alguien termina Tatuarse el alma con más preguntas que respuestas, con una sospecha incómoda, con el deseo de proteger a su familia, a su cultura o a su nación… entonces ha cumplido su propósito. En tiempos de confusión, hay que pensar en voz alta. Y eso es lo que he tratado de hacer: pensar con firmeza y sin miedo. Y apuntarlo todo. Porque Occidente merece ser salvado. Y salvarlo empieza por comprender por qué lo estamos dejando morir. 

¿Cuál sería su mensaje final para los lectores? 
Que no se dejen anestesiar. Que piensen, que pregunten, que lean. Que miren a su alrededor con ojos despiertos. Lo que está en juego no es un modelo político, es una civilización. Y si Occidente desaparece, el vacío que dejará no será amable.

"Occidente se ha suicidado". 
Michel Houellebecq

PREFACIO DEL LIBRO

Un Libro escrito desde una herida

He escrito estas páginas como quien se mira una cicatriz que no deja de doler. No es un ensayo frío, ni una tesis académica. Es un libro escrito con el asombro -y a veces la rabia- de ver cómo la gran civilización que nos dio el desarrollo, el arte, la música, la libertad y la fe parece estar decidida y empeñada en borrarse a sí misma.
No escribo desde la nostalgia ni desde el rencor. Escribo desde el amor. Porque sólo se puede criticar lo que se ama de verdad. Y yo amo esta cultura, con todos sus errores y todas sus gran­dezas. Amo sus catedrales y sus bibliotecas, sus calles viejas y sus escritos, sus discusiones, sus construcciones y sus silen­cios. Amo lo que Occidente fue capaz de decir sobre el hombre, sobre la mujer y sobre Dios. Y me duele ver cómo se autoinflige heridas como si buscara olvidarse de sí mismo.

El primer capítulo de este libro nació al ver un tatuaje. Una frase breve, grabada en la piel de alguien que ni siquiera co­nocía. Me quedé pensando: ¿qué significa querer escribir en tu propio cuerpo? ¿Qué significa marcarse como si la piel no fuera suficiente? Y, sobre todo: ¿qué nos dice de una civilización que millones de personas sientan la necesidad de tatuarse el cuerpo?
Ese gesto, tan íntimo y colectivo a la vez, me pareció una me­táfora perfecta: Occidente tatuándose el alma, dejando marcas visibles de una herida invisible. A partir de ahí, el libro creció solo. De los tatuajes pasé a la belleza perdida, de la belleza a la memoria borrada, de la memoria al resentimiento, de ahí al cuerpo, la familia, la escuela, la tecnología... hasta dibujar, sin quererlo, el mapa de una autodestrucción que no es inevitable, pero que ya está en marcha.

No busco convencer a nadie de nada. No tengo un plan político ni un programa cultural que vender. Solo quiero invitar al lector a repasar conmigo estos apuntes y a observar con de­tenimiento estas marcas tatuadas tras décadas de globalsocialismo. A verlas sin miedo, sin maquillaje, sin excusas. Porque sólo lo que se nombra puede salvarse.
Si este libro consigue algo, que sea esto: que cuando el lector cierre la última página, quiera amar más lo que todavía nos queda, lo que todavía merece ser amado. Y que, como yo, sienta que la tinta de una espalda desconocida en una calle de París no es sólo estética, sino un grito silencioso de supervi­vencia: sigamos siendo lo que un día fuimos.

Raúl González Zorrilla
Alicante, verano de 2025