EL Rincón de Yanka: FEUDALISMO-PARTIDOCRÁTICO

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martes, 16 de junio de 2026

¿POR QUÉ HAY CORRUPCIÓN POLÍTICA CON SU JUSTIFICACIÓN PARTIDISTA?




Nos han vendido el cuento de que el sistema falla cuando un político roba. Falso. El sistema funciona así.
El Premio Nobel James Buchanan y el sociólogo Robert Michels lo dejaron claro: en política, la prioridad de quien llega arriba no es el pueblo, es no perder la silla.

Pero Étienne de La Boétie fue al fondo del problema real hace 500 años: nadie gobierna solo. El poder es una pirámide de favores, sobornos y migajas. Si el líder no reparte, se cae. Y esa pirámide la sostenemos nosotros cada vez que apartamos la mirada porque el corrupto lleva la camiseta de nuestro bando.
¿La solución? No hay que atacar al gigante de barro. Basta con no darle nada. Dar un paso atrás y dejar de empujar la piedra.

👁️ Mira los hechos. No la camiseta.
💬 ¿Cuál crees que es la mentira más grande que seguimos aplaudiendo hoy en día?

Enciendes la tele y ahí está: otro escándalo de corrupción. Y siempre la misma pregunta: ¿por qué lo hacen? Si ya tienen sueldo, poder y la vida resuelta, y saben que cada pocos años estallan estos casos y muchos acaban en la cárcel… ¿por qué roban en lugar de hacer las cosas bien? 
La respuesta no es "son idiotas" ni "son escoria". Es estructural. Y la explican tres pensadores: 
el Nobel James Buchanan (la política no es un altar moral, es un mercado de incentivos), el sociólogo Robert Michels (todo partido acaba en oligarquía) y, hace cinco siglos, Étienne de La Boétie, que desveló por qué el corrupto es, en realidad, prisionero de su propia pirámide de cómplices. 
Y lo más importante: la salida. Que no es quemar las calles, sino algo mucho más pacífico y poderoso. No va de bandos. Los ha habido de todos los colores. Va del mecanismo que los atraviesa a todos.

FUENTES 
James Buchanan — teoría de la elección pública (El cálculo del consenso, con Gordon Tullock, 1962) 
Robert Michels — Los partidos políticos (1911), la "ley de hierro de la oligarquía" 
Étienne de La Boétie — Discurso de la servidumbre voluntaria (s. XVI)


LAS CAUSAS DE LA CORRUPCIÓN POLÍTICA


VER+:


LA LEY DE HIERRO DE LA OLIGARQUÍA
DALMACIO NEGRO


domingo, 14 de junio de 2026

LIBRO "REYES Y VASALLOS" por CAPITÁN GENERAL DE LOS TERCIOS ⛨⚔🕀


REYES Y VASALLOS
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Prólogo 

Esta novela que tiene usted entre las manos es una historia de héroes y villanos, y de aventuras como esas que devorábamos de niños, solo que sin los exotismos latitudinales a que nos acostumbraron los Salgaris y los Vernes, porque el viaje de nuestro autor no es geográfico, sino histórico. 

Y por eso, porque es una excursión histórica, hay algo que advertir: el discurso dominante, que afirma el relativismo cultural en la geografía lo niega, en cambio, en el tiempo. Se llena las fauces de pomposas censuras a su propio pasado en nombre de unas creencias que, con afectados aspavientos, rechaza aplicar a otras culturas a las que se siente indigno de juzgar. Y desde su autoarrogado olimpo moral emite fetuas a discreción, seguro de que su veredicto moral es —curiosa afirmación relativista— infalible. 

Se trata, en realidad, de una mal disimulada patología en nada disminuida por su éxito. Patología también por pueril: si Walter Lippman definió en su día al marxismo como «la historia contada por un niño», la versión progre lleva décadas empeñada en demostrarnos que ese niño es, además, tonto y caprichoso. 

La historia es un ejercicio de empatía. Lo primero que exige es capacidad de entender que los hombres de otro tiempo, incluso si se comparten valores esenciales con ellos, tenían distintos intereses, diversas esperanzas, diferentes temores. Que cualquier tiempo pasado no necesariamente fue mejor, y que hay mucho de melancolía inducida en creerlo así. Quienes desfilan por estas páginas vivieron en una sociedad en extremo violenta, enfermaron sin remedio a edades mucho más tempranas que las nuestras, perdieron los dientes antes de los cuarenta y estuvieron frecuentemente malnutridos y encadenados a un trabajo extenuante. El frío en invierno resultaba insoportable —sí, más o menos como ahora, pero sin calefacción— y el calor del verano era en verdad opresivo, también más o menos como ahora. Tenían sus canciones, claro, y sus poesías, contaban los días por los santos de la fecha y cultivaban un sentido comunitario, pero apenas sabían leer y escribir, aunque no es que les importase demasiado. El horizonte de sus vidas no se extendía mucho más allá de la comarca y, quien más y quien menos, perdió un par de hijos y quizá alguna esposa en el parto o algún marido en las aceifas. 

¡Las aceifas! Los castellanos y leoneses vivieron aterrorizados por las expediciones procedentes del mediodía. Un verano tras otro, en las planicies semidesiertas del Duero, aquellos hombres orgullosos de su libertad aguardaron la cita periódica con los guerreros de la media luna, a la espera de la devastación de sus campos y hogares. Eso fue su vida en las lindes de los reinos cristianos: una eterna incógnita presidida por la certeza de lo fatal. 

Esta novela es, entre otras cosas, la historia de la vida y de la muerte en la frontera, historia por la que desfilan desde el moro Muza y don Rodrigo hasta Abderramán y Sancho Ramírez, pasando por el Cid y Alfonso VI. Y un tal García de Zamora, al que una de aquellas expediciones caniculares arrojó al vértigo de la guerra; y hasta ahí les cuento, que no se lo voy a destripar. En la frontera, como queda dicho, porque eso fue nuestra península durante los largos siglos en que nos afanamos por expulsar a los invasores muslimes que, desde su misma irrupción, percibimos como extraños. Solo el tiempo nos reveló que eran algo más que eso, y que traían como novedad lo que no era sino el reverso tenebroso de las viejas herejías (mal digeridas, encima) que un día excretamos de nuestra infancia cristiana. 

Tampoco es casualidad que sea nuestro autor quien nos acerque precisamente estas historias. Toda novela tiene algo —mucho— de autobiográfico, y él vive en su particular desierto del Duero en compañía de esa creciente legión de camaradas que a estas horas anda velando armas junto al Capitán General de los Tercios.

El autor, como la propia España, parece haberse hecho frontera, y en este caso el término no es una socorrida figura retórica. España, cuando dejó de serlo, volvió a buscarla navegando en cien mares y atracando en cien riberas. Replegada sobre sí, ha recobrado esa condición limítrofe que parece constituir su destino histórico y, otra vez, en su propio hogar. Y contra idénticos invasores; invasores que, para qué os lo voy a recordar, han hallado en nuestros días sus don Opas y sus hijos de Witiza, que además lo son de mala madre. 

Este Capitán General de los Tercios, fogueado en mil batallas, esgrime también en estas páginas su ropera, que no esperen desenvaine sin razón ni envaine sin honor. De él también cabe decir lo que se atribuye a uno de los protagonistas de esta vibrante narración: Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor. 

De momento, aquí tienen un buen libro —que no es poco— trazado por un guerrero del único señor terrenal que merece lealtad: España. 

Se lo van a pasar bien. Así que olviden sus prejuicios y prepárense para la inmersión.
Fernando Paz

Antecedentes históricos 

La sociedad española de los siglos viii al xiii se había organizado para la guerra. Nunca hubo un armisticio general y duradero entre moros y cristianos en lo que era la línea de la frontera, sino solo paces o acuerdos, siempre frágiles. 

Durante casi trescientos años la antigua Hispania romana estuvo dominada por los visigodos, una de las belicosas hordas germánicas que arrasaron el Imperio romano, quienes se instalaron en la península y cuyas numerosas luchas internas por el poder marcaron toda su historia. Fue tras la muerte del rey Witiza (710 d. C.) cuando estalló la última guerra por la sucesión al trono. El difunto rey había asociado a su hijo Aquila al trono, pero los nobles visigodos se sublevaron contra este y eligieron rey a don Rodrigo, duque de la provincia Bética, quien intentó someter a su rival. Los partidarios de Aquila solicitaron la ayuda de los musulmanes, lo que propició la llegada a la península de contingentes militares venidos del norte de África. 

En el año de Nuestro Señor de 711, el valí de Ifriqiya, Musa ibn Nusayr, envió a su lugarteniente Tarik ibn Ziyad para ayudar a la facción de Aquila. A finales de abril, Tarik cruzó el estrecho de Gibraltar acompañado por unos siete mil bereberes y un escogido grupo de árabes. Rodrigo, que se hallaba en Pamplona combatiendo una sublevación de vascones, se dirigió a su encuentro. El caudillo visigodo se enfrentó a las tropas musulmanas en la batalla de los montes Transductinos, en la bahía de Algeciras, cerca de la laguna de la Janda, y allí encontró la muerte. La victoria se decantó del lado de los musulmanes, quienes se prepararon para proseguir con su expansión. Esta fue la única oposición militar de importancia que tuvieron que superar los invasores, hecho que pone en evidencia el estado de descomposición política del reino visigodo de Toledo, que había dejado de existir como unidad política y económica antes de la muerte de Witiza, cuando la aristocracia militar visigoda había promovido un proceso de disgregación territorial que conducía directamente a la feudalización. 

Tras la batalla, una masa de población descontenta se fue uniendo a los musulmanes, a quienes consideraron libertadores. Se deshicieron rápidamente de Aquila e iniciaron la conquista de la península provincia a provincia, acabando con cualquier oposición militar o bien pactando la rendición, la práctica más habitual, pues, en la mayoría de los casos, los nobles visigodos y las poblaciones aceptaron el gobierno de la Umma. Tarik ocupó la capital del reino, Toledo, y prosiguió la campaña por su cuenta hacia el norte de España, llegando hasta León y Astorga. Al conocer la situación, Musa ibn Nusayr desembarcó personalmente en Algeciras al mando de un ejército de dieciocho mil árabes y emprendió la conquista de varias plazas de Andalucía; después se dirigió hacia la Lusitania y tomó Mérida. En Astorga, Tarik recibió la orden de su superior de reunirse con él en Toledo, desde donde se dirigieron a Zaragoza, que fue tomada en el año 713. 

Sus avances prosiguieron más allá de los Pirineos, hasta que fueron detenidos por las tropas del rey franco Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732). El ejército musulmán regresó a al-Ándalus, nombre que dieron a la antigua España visigoda, donde se instalaron. La capital sería Córdoba, que con el tiempo se convertiría en uno de los centros más importantes en el ámbito político, económico y cultural de toda la Europa occidental, y rivalizaría con las grandes ciudades orientales como El Cairo o Bagdad. Fue allí, en Córdoba, donde se distribuyó entre los combatientes las tierras que formaban parte del botín. Solamente la cornisa cantábrica quedaba fuera del control directo de los musulmanes. 

Los diferentes clanes árabes, bereberes y pertenecientes a otras etnias (sirios, egipcios) se esparcieron por toda la geografía hispana. Los grupos bereberes se instalaron en el sur de Portugal, en Sierra Morena y en la franja de levante de la península. Los clanes orientales —árabes y sirios— se establecieron especialmente en los valles del Ebro y del Guadalquivir. Tal componente étnico marcó el posterior desarrollo histórico de al-Ándalus, sobre todo con enfrentamientos entre árabes del norte y árabes del sur. 

Los musulmanes se emparentaron con las familias nobles locales de las diferentes provincias. Más adelante, organizaron su gobierno imponiendo su religión, sus costumbres, leyes… de forma que la antigua organización social fue totalmente suprimida. La población quedó compuesta por una mayoría mozárabe, judíos, además de musulmanes que iban llegando a la nueva tierra del islam. 

Volvamos un momento a la conquista de la península por parte de los musulmanes. Durante la invasión árabe, muchos hispanorromanos y visigodos se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica y formaron el único núcleo de resistencia ante los invasores. 

El primer movimiento independiente fue obra de las tribus montañesas de los Picos de Europa y el valle del Sella, que procuraron huir del control de los impuestos musulmanes; estos, por su parte, habían montado un sistema de fortalezas para evitar los saqueos frecuentes de estas tribus, que buscaban botín en el altiplano del Duero, actividad que había constituido desde siempre una base importante de su economía. La batalla de Covadonga (722) hay que situarla dentro de este contexto. El noble visigodo don Pelayo diezmó a los musulmanes ayudado por las feroces tribus montañesas astures. A partir de aquí comenzó lo que los historiadores han denominado Reconquista, un periodo de casi ocho siglos de duración. 

La resistencia cristiana se formó en las dos cordilleras septentrionales de la península, lugares donde los musulmanes no se habían adentrado por su inaccesibilidad: serían el reino astur-leonés en la cordillera Cantábrica y Navarra, Aragón y los condados catalanes en los Pirineos. 

El reino de Asturias fue el núcleo cristiano más importante hasta el siglo x por su extensión, su fuerza económica y su estructura política. Asturias se extendió tanto que de él surgieron los reinos de León y Galicia, siendo el primero el más importante. En el año 854 la capital se trasladó de Oviedo a León. Los reinos cristianos fueron avanzando cada vez más hacia el sur.

Los musulmanes realizaban frecuentes campañas militares contra los reinos del norte, donde casi siempre eran más fuertes y salían victoriosos, pero sin acabar con su amenaza. Navarra y León solían unir sus fuerzas para poder responder a los ataques musulmanes, lo que indicaba la peligrosidad de la frontera en la zona oriental de León. Este territorio, gracias al conde autóctono Fernán González, logró desvincularse de León y formar un reino aparte, Castilla, que, con el tiempo, llegaría a ser el más importante de toda la península. La peculiaridad castellana provenía sobre todo de su forma de luchar (caballería villana), no teniendo que dirigirse al rey leonés para sus campañas. 

En el año 1000 aparecieron Almanzor y su hijo Abd al-Malik. Almanzor, utilizando la yihad como herramienta política y económica de primer orden, efectuó expediciones militares de manera regular (razias) contra los reinos cristianos del norte hasta hacerlos retroceder. Saqueó Barcelona (985) y Santiago de Compostela (997), obligando a sus prisioneros a llevar las campanas de la catedral de Santiago a hombros hasta Córdoba. 

En la zona nordeste de la península, el imperio de Carlomagno quiso resguardarse de la posible penetración de los musulmanes e intentó invadir el valle del Ebro, donde los musulmanes se habían establecido sólidamente. Inició una expedición hacia Zaragoza que acabó con la desastrosa derrota de Roncesvalles (778). Pero en esa campaña logró someter a vasallaje a los condados que limitaban con él en el norte de la península, fundando la Marca Hispánica. 

La superioridad de los reinos cristianos se afianzó cuando la unidad política estatal musulmana comenzó a fragmentarse a causa de la formación de diversos reinos independientes de Córdoba, los denominados reinos de taifas, militarmente poco potentes. En un principio, los reinos cristianos se conformaban con no atacar a cambio del pago de fuertes impuestos o parias, que, por otro lado, no evitaban los constantes saqueos practicados por nobles y municipios de la frontera. El dinero que recibieron los cristianos fue dedicado en gran parte a la contratación de mercenarios y se hizo una transformación de la caballería. Hasta el momento las huestes cristianas habían estado formadas por infantes o levas (casi siempre campesinos-guerreros de frontera) y por una caballería ligera de nobles o villanos. La introducción de los estribos, las herraduras y las armaduras en los caballos permitió una mejor montada y el uso de un equipo de combate más completo; se impuso una nueva caballería pesada que decidía las batallas en compactos ataques frontales. 

Ante el imparable avance militar cristiano, los reinos de taifas se vieron obligados a pedir la ayuda del Imperio almorávide norteafricano. A partir del año 1083 la tribu islámica de los almorávides cruzó el estrecho de Gibraltar y comenzó a extender su poder por todas las taifas peninsulares, hasta acabar dominándolas. 

La Reconquista de España estaba en su momento álgido. Los diferentes reinos iban a comenzar una etapa de expansión territorial. En todos ellos, en mayor o menor grado, se había producido un proceso de feudalización que tendía a poner el control de las rentas en manos de una minoría nobiliaria o eclesiástica y a confundir propiedad y poderes públicos.


Reyes y Vasallos. Con Capitán General de los Tercios

lunes, 25 de mayo de 2026

LIBRO 👉 "TODOS FUERON CANALLAS": EL CONSENSO DE LA CORRUPCIÓN DE LA OLIGARQUÍA PARTIDOCRÁTICA: EL PUNTOFIJISMO (VENEZUELA)


 TODOS FUERON CANALLAS

GERMÁN BORREGALES

German Borregales en su celebre obra "Todos Fueron Canallas" hace denuncia de una gran cantidad de hechos sucios que vio en la política venezolana durante los años 40s y 70s.
Así, compilando los artículos publicados por su persona, comparte sus enfrentamientos con diversos personajes de la política nacional.
Gustavo Machado, Arturo Uslar Pietri, Raúl Leoni, Lorenzo Fernández y Rafael Caldera son las victimas mas conocidas de su pluma. No obstante también tiene tertulia con dirigentes de periódicos nacionales, a quienes quita la máscara contando cómo ellos han sido comunistas y perejimenistas cuando les ha convenido.


German Agustín Borregales Pachano nacido en Coro, Capital del Estado Falcón, Venezuela el 28 de Mayo de 1909 y murió el 2 de Marzo de 1984.
Fue un dirigente nacionalista, escritor de combate, periodista y político venezolano. Se le recuerda por su rectitud moral, su perseverancia para sanear a una Patria, su ayuda a los desvalidos y una defensa a ultranza de la Nación Venezolana (cualidades adornadas por un impecable flux con pajarita y una caballerosidad digna de su investidura como Nacionalista) que le valieron la persecución y el abuso por parte de la cúpula dirigente del puntofijismo y la izquierda.
Cuando por los medios de comunicación al servicio del PSUV se habla de »derecha fascista» y se señala a la Mesa de la Unidad Democrática como dicha »derecha» nosotros no hacemos otra cosa de reírnos a carcajadas de eso. No porque seamos unos sabelotodo, sino porque simplemente somos personas entendidas en grandes venezolanos como el señor German Borregales.

Me explico:

German Borregales sabía identificar a los comunistas encubiertos. German Borregales fue militante de una organización llamada UNE en los años 30. La UNE era un frente católico y anti-marxista con tintes falangistas. Dicho frente fue fundado por Rafael Caldera. La UNE fue la antesala de lo que sería COPEI. Don German militó en COPEI pero un día renuncio. El motivo de dicha renuncia no fue tanto el cambio de la UNE hacia COPEI, ya que el fue político en COPEI, el problema fue que comenzó a notar la infiltración marxista en COPEI, empezando por el mismo Rafael Caldera.

Alguien podría argumentar »paranoia anticomunista» o »McCartismo», simplemente aquí no vamos a ahondar en eso, referimos a los interesados hacia el libro »COPEI Hoy: 
Una negación», solamente vamos a recordar al lector que en 1993 se harían elecciones en Venezuela; vamos a recordar que esas elecciones las ganó el »señor» Rafael Kaldera (así, todo en minúsculas y mal escrito) y que las ganó gracias a la izquierda, en una coalición de partidos de izquierda apodada el chiripero donde estaría integrado nada más y nada menos que el mismo PCV.
Hoy en día COPEI es un partido que afirma ser de izquierdas, en una coalición de políticos social-demócratas llamada la MUD.

¿Te sigue pareciendo paranoia?

German Borregales también notó la infiltración comunista en AD y en URD. Simplemente, Rómulo Betancourt era un comunista, Borregales denunciaba esta clase de cosas. Al separarse de COPEI lo que hizo fue denunciarla con su periodismo de combate, esto le valió la persecución de los comunistas infiltrados en las altas esferas del puntofijismo criminal y asesino, hasta el punto en que fue forzado a dejar la política.
Finalmente, cuando decimos que nos da risa, es porque los chavistas no saben lo que es una derecha. Nunca han frenteado contra la más miserable de las miserables derechas liberales y pretenden llamar a la MUD, una »ultraderecha».
Sonríe conmigo: »No es lo mismo llamar al diablo, que verlo aparecer»

Continuando con la línea en la que veníamos.

German Borregales toma a todos los radicales, los extremistas, los »comecandela», los anticomunistas a ultranza de COPEI y forma el MAN. Ahora hablemos del pensamiento del MAN:
Antes que nada, invitamos al lector a dejar a un lado, por un momento, el complejo »anti-religión» y a tratar de ver lo más imparcial posible las cosas:
El Pensamiento de Don German Borregales se llama nacional-catolicismo. Es una vertiente extremista del nacionalismo. El MAN era el ala radical, de COPEI. No contiene ninguna nota extranjerizante, sino simplemente la aceptación de que en Venezuela, la religión católica es parte de nuestra identidad y que debe ser respetada, promovida, defendida.
(Es imperativo no confundir nacionalcatolicismo con franquismo para no echar a perder lo que estamos desarrollando. Son dos cosas diferentes, en España se le llama nacionalcatolicismo al franquismo, pero en Venezuela el termino tiene una connotación distinta. Confundir estos términos puede dar una visión distorsionada de lo que estamos, con mucho cariño, desarrollando aquí , así mismo, confundirlo o no ya es problema del lector)
El nacional-catolicismo toma inspiración de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, que podemos explorar por ejemplo, en la encíclica papal Rerum Novarum. Este pensamiento expone la necesidad de una tercera vía espiritual frente al capitalismo y al comunismo, de allí el lema del MAN: Ni Rusia ni Hambre. Se pretende conservar el avance tecnológico del capitalismo, pero con un regreso político y cultural a la verdadera substancia de Nación, raíz que encontramos en la Religión Católica y en las tradiciones nacionales.

Esto, tiene sentido para un nacionalista: el nacionalista solo tiene una misión. El debe trabajar para que La Nación regrese a su forma de ser original y eliminar todo lo que vaya contra esta forma de ser. En realidad, el objetivo no es la religión, a diferencia de German Borregales, nosotros pensamos que nacionalismo y religión no deben mezclarse, pero hay que entender, que la religión esta más cerca de esta forma de ser real, ya que esta encarna las tradiciones y la expresión de una Nación. Según Oswald Spengler, toda Nación joven y rebosante de vida, es religiosa, el nacionalismo ve en la religión uno de los tantos caminos para encontrar nuestra forma de ser más pura como venezolanos y latinoamericanos.

En cambio: el liberalismo, el comunismo, el progresismo, son todo lo contrario, son formas importadas de Europa, que a alguien un día se le ocurrió traerlas para acá y aplicarlas al caletre. Por eso Bolívar era favorable a la dictadura (su constitución boliviana era un Cesarismo que se olvidaba de las ficciones liberal-demócratas muy en boga por aquella época) y quienes iban contra Bolívar eran precisamente los fariseos que no podían entender la diferencia entre el papel edulcorado que te presenta fantasías (»el pueblo gobierna») y la cruda realidad y forma de ser de nuestras naciones.
German Borregales tiene actualidad en tanto que la pegó, simplemente pegó lo que dijo: Caldera, AD y URD son partidos marxistas o infiltrados por marxistas.

La Historia le dio la Razón al final.

De Borregales podemos rescatar lo que es en común de todos los Nacionalistas, que es buscar, el retorno a nuestra forma de ser y eliminar lo que no se adapte a ella, el vio la forma de ser, en la religión, nosotros sin embargo consideramos que esta es una parte, pero no el cuadro completo.
Los Nacionalistas de Hoy en día, nos inspiramos en la virilidad nacionalcatólica para frentear contra los intentos fariseos de la basura puntofijista o la basura roja de implantar en Venezuela algo que no tiene nada que ver con nuestra substancia intima.


Germán Borregales fue un político controvertido durante la era del llamado Pacto de Punto Fijo. Tuvo enfrentamientos con varios personajes importantes de su tiempo. Fundador del Movimiento de Acción Nacional, fue un ferviente defensor del catolicismo y crítico del comunismo en la región. En la prensa, escribió textos como este donde dejó entrever su opinión sobre el rumbo que llevaba el país en la década de los 70's.
Llamar “diagnóstico” a una arenga política es algo osado. En el texto de Borregales están las mismas consignas vacías (ancladas o no en la realidad) que podrías encontrar en el discurso de cualquier copeyano en esa fecha (solo porque ellos ya no estaban en el poder). Aunque me alegra ver a muchos jóvenes interesados en la historia nacional, es frustrante ver la proliferación de cuentas que todas se basan en los mismos autores positivistas y comparten más o menos los mismos referentes, sin indagar más allá, o buscar autores más contemporáneos.
Ojalá en su camino puedan toparse con referencias y autores diferentes, y no con desnortados como Borregales o apologistas del gomecismo como la mayoría de positivistas para poder ampliar su visión de la historia.


VER+:









BEATRIZ BORREGALES: Que es ser "de derecha". "TODOS FUERON CANALLAS".

TODOS FUERON CANALLAS por GERMÁN BORREGALES by Yanka


Romulo Betancourt Amenaza Roja en America by Kuma Shinobi

Rómulo Betancourt
Amenaza Roja en América

martes, 24 de marzo de 2026

LIBRO "LAS ÉLITES QUE DOMINAN ESPAÑA": Una historia alternativa desde 1939 por Andrés Villena Oliver



LAS ÉLITES QUE
DOMINAN ES
PAÑA

Una historia alternativa desde 1939

Andrés Villena Oliver

En España, el poder ni se crea ni se destruye: se transmite, se negocia y se protege. Y, aunque a menudo se presente como un pulso permanente, nada une más a las élites madrileñas, vascas y catalanas que la defensa de sus intereses comunes. Pueden enfrentarse, traicionarse o competir entre sí, pero siempre acaban regresando al mismo lugar: la mesa donde se reparte un banquete blindado.
Ese pacto tácito sostiene una red de poder resistente y adaptable, capaz de sobrevivir a cualquier cambio político. Del aperturismo tecnócrata del franquismo a la reconversión industrial; de las privatizaciones del PP y del PSOE a las crisis de la burbuja inmobiliaria. Cambian los contextos, no los que mandan.
Este libro no es una teoría conspirativa, sino una investigación precisa y documentada sobre lobbies empresariales, bancos, sagas familiares, instituciones políticas y medios de comunicación. Setenta años de historia en los que tecnócratas, financieros, altos funcionarios y empresarios actúan como piezas de una misma maquinaria diseñada para que nada esencial cambie, aunque todo parezca hacerlo.
Las redes de influencia

El pasado sigue presente. Nuestro primer ministro, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, ha contado con José Luis Rodríguez Zapatero como asesor informal. Con el expresidente Zapatero gobernaron tanto el ex­ ministro de Fomento, José Blanco, como el de Industria, Miguel Sebas­tián. Ambos influyeron en la progresión política de un entonces joven Sánchez, miembro del equipo de economistas que lanzó al candidato ZP a la victoria electoral en 2004. Mientras Blanco dirige una empresa de lobby llamada Acento, en la que comparte el mando con el exministro de Sanidad del PP Alfonso Alonso, Sebastián ejerce como profesor en la Universidad Complutense de Madrid y como consejero por delegación estatal de la multinacional Indra.

Pero hay más vías para realizar este viaje en el tiempo. Nadia Calviño, ministra económica de Sánchez, fue directora general con Pedro Solbes, ministro de Economía y Hacienda con Zapatero y con Felipe González. Calviño, miembro del cuerpo de los Técnicos Comerciales y Economis­tas del Estado -como Solbes y el actual ministro, Carlos Cuerpo- es hija de José María Calviño, quien fuera presidente de Radio Televisión Española y una de las manos derechas del exvicepresidente Alfonso Guerra.

Hoy, según dicen, hay dos PSOE en disputa. No obstante, los puentes entre estos son o eran al menos múltiples. Rodríguez Zapatero era, en 1993, diputado del grupo parlamentario socialista dirigido por Carlos Solchaga, el principal ministro económico del felipismo. Amigo y ex­ compañero de Miguel Boyer, Solchaga constituye un perfil mixto rela­cionado con grandes empresas, asesorías empresariales y bancos como el antiguo Vizcaya -hoy integrado en el BBVA-.

Los antiguos Bilbao y Vizcaya, las matrices del actual BBVA, hunden sus raíces en la burguesía vasca, que durante el franquismo dio un im­portante salto industrial. Algunas de estas familias han tenido influen­cia en el principal partido de las clases medias, el Partido Nacionalista Vasco, aunque otras se mantuvieron alejadas de esta tendencia política. Uno de sus puntales empresariales, y al mismo tiempo político, fue Pedro Luis Uriarte, consejero del BBV y exdirigente del ente autonómico vasco, donde coincidió con Solchaga durante la transición.

Las burguesías periféricas son claves en esta historia. Si Felipe Gonzá­lez contó con numerosos economistas como Solchaga y Boyer, también lo hizo con los profesores de la Universidad de Barcelona Narcís Serra y Ernest Lluch, relacionados con uno de los principales centros de pen­samiento de la élite catalana, el Círculo de Economía, que fue presidido por un exministro del PP, Josep Piqué, y al que también pertenecieron líderes como Pere Duran -fundador de Gas Natural- o Jordi Pujol, líder de Convergencia i Unió, la coalición hegemónica en Cataluña hasta 2003.

Es imposible separar el presente democrático del pasado autoritario. La amplia experiencia de Solchaga, que comenzó durante el fran­quismo, le llevó, junto a Boyer, a trabajar con dinosaurios de la tecno­cracia, que, como José María López de Letona o Claudio Boada, habían dirigido la etapa tardo industrial de la dictadura y ocuparon en los ochenta puestos clave en la gran banca que iba a afrontar su reconver­sión. Era lo que se denominó la beautiful people, la red público-privada que dirigió el país hasta mediados los años noventa.

Algo distinta de la biuti era la red del PP, que se asentó políticamente en 1996. La oligarquía económica y financiera española, en buena me­ dida procedente del Estado y víctima de las privatizaciones, ha ofrecido muchos puestos de trabajo a sus exministros. El ejemplo más llamativo quizá sea José María Aznar, empleado temporalmente en Endesa - mientras que Felipe González lo fue en Gas Natural-. Parte del equipo económico aznarista, formado por Luis de Guindos y Rodrigo Rato, ha tenido distintos destinos: De Guindos es aún el vicepresidente del Banco Central Europeo y estuvo en Endesa, como Aznar, y en Lehman Brothers; Rato pasó por casi todas las empresas privatizadas para des­pués instalarse en prisión, adonde, quizá, algún día le siga su compa­ñero Cristóbal Montero, exministro de Hacienda de Aznar y Rajoy.

Por último, cabe hacer mención al crecimiento de la fuerza Vox. Llaman la atención sus recurrentes contactos con la Comu­nidad de Madrid, desde donde la expresidenta Esperanza Aguirre finan­ció DENAES, una fundación en defensa de la nación española presidida por Santiago Abascal, ayudado en dicho cometido por Iván Espinosa de los Monteros, cuyo linaje conecta a todas las derechas. Carlos Espinosa de los Monteros, su padre, fue presidente de la Marca España, secretaría de Estado creada por un gobierno presidido por Mariano Rajoy. Uno de sus ancestros, Eugenio Espinosa de los Monteros, estuvo presente en el encuentro en Hendaya entre Franco y Hitler. El actual liderazgo del PP, disputado por Isabel Díaz Ayuso y por Alberto Núñez Feijóo, no puede ser ajeno a sus relaciones con Vox ni a su pasado franquista. No en vano, el PP es una refundación de la Alianza Popular, fundada en la transición por siete ministros franquistas, entre estos, dos muy citados en esta historia: Manuel Fraga y Laureano López Rodó.


Introducción

Una historia sobre el poder para salir de la neblina

Es para estar asustados. La actualidad mundial se ha convertido en un gigantesco cómic de terror. Un tebeo poblado por supervillanos que es­ grimen, orgullosamente,el saludo a la romana, y que emiten proclamas propias de una parodia política. La ultraderecha espera su momento para ganar las elecciones que tenga pendientes en cualquier plaza europea. Y, de fondo, las guerras, las amenazas climáticas y las pan­ demias nos observan confundidos y divididos, esperando al próximo bombardeo. Otro tanto sucede en nuestro país. Obstruyendo cualquier explicación sensata más allá de las consignas, los titulares chillones y las descalificaciones de los adversarios, presenciamos un sonoro en­ frentamiento, un griterío ensordecedor de unos contra otros. Los par­tidos políticos colisionan así en un espectáculo teatralizado en el que han de ganarse la gracia de los jueces, de los medios de comunicación y de las grandes empresas que pilotan la economía, además de captar la atención y el favor de los votantes. No parece quedar espacio para el diálogo. Nos queda poco tiempo paraolvidar a nuestros enemigos y pre­ guntarnos con honestidad por qué la democracia parece fracasada. Por qué las estructuras de mando petrifican cualquier intento de cambiar las cosas. Y qué hace que países como el nuestro sean lugares tan poco acogedores para el progreso.

El presente trabajo ofrece un respiro a tanta agitación digital y contri­buye a un debate sosegado que podría tener lugar cuando el estruendo amaine. Se propone ofrecer una historia de nuestro país que se aleje de todo combate maniqueo, y que se centre en el papel que juegan las diversas élites nacionales e internacionales. Se trata de los grupos de poder que han adoptado las decisiones más importantes en el curso de los cincuenta o sesenta años previos, y que, en muchas ocasiones, siguen siendo determinantes. Su historia no comienza hoy, ni empezó hace diez años. Analizarla nos permite entender mucho más de lo que las portadas de los medios nos gritan a diario.

Redes, dinero y discurso

Para entrar en esta historia, conviene dar un primer paso: no olvidare­mos a sus protagonistas, ni sus nombres y apellidos, pero subrayamos tres elementos que van a estar continuamente presentes: las redes de poder, el dinero o capital, y el discurso legitimador que hace toda domi­nación aceptable. Dichos elementos conforman un sistema que tiende a la estabilidad, y que en España se mantiene desde el final de la guerra civil hasta la actualidad de nuestra democracia.

En primer lugar, las redes de poder son el conjunto de vínculos y lazos entre nuestros gobernantes, los dirigentes políticos, los altos car­gos estatales y los tecnócratas de un lado y otro de la puerta giratoria, esa frontera difusa entre el sector público y el de las grandes empresas privadas por la que tantas personas transitan. Esta noción sirve para enfocar el papel del Estado como supremo árbitro de la economía y la política nacional, y extender su estudio a sus relaciones con las grandes corporaciones. De esta manera se supera la dicotomía Estado-mercado, esa separación imaginaria entre el capital privado y la Administración Pública, analizando el Leviatán, el Estado, como algo más que una élite depolíticos y una gran masa de funcionarios públicos; el Estado es tam­ bién un ámbito de relaciones entre personas de distinto grado técnico que, además, cruza con frecuencia los confines entre lo público y lo privado.

En segundo lugar, el capital, que agrupa a las grandes empresas nacio­ nalese internacionales quehan establecido con nuestras redes de poder acuerdos e intercambios clave desde los años cincuenta. Con el capital nos referimos a las grandes corporaciones industriales, financieras y de servicios, pero también a entidades de un menor tamaño, pero con incidencia económica y política significativa. Redes de poder y capital interaccionan profundamente; si las primeras tienden a la perpetua­ ción de sus mandatos yde sus posiciones, la segunda categoría registra una conducta que responde a la maximización del beneficio económico a corto y largo plazo. Mientras que las primeras se restringen normal­ mente a un ámbito nacional, las segundas cuentan con un grado de flexibilidad añadido y en expansión, sobre todo cuando la libertad de capitales y la globalización han servido para hacer de la empresa capitalista una entidad difusa y sin patria.

Y en tercer lugar, un componente ideológico, discursivo, mítico o de creencias sin el que los dos anteriores no podrían subsistir. La domina­ción se ejerce a través de la fuerza, pero esta no es suficiente en ningún caso. Se hace también necesario el consenso, convencer y persuadir a los dominados. Y esto se logra con un conjunto de ideas y enunciados que todos acabamos por creernos. España necesita ser periódicamente salvada y rescatada de sus demonios interiores. Las versiones domi­nantes dela historia todavía mantienen que nuestro país es una nación inevitablemente atrasada y con una tendencia al enfrentamiento fra­tricida. Por todo ello, es mejor dotarnos de unas élites fiables que, pese a tender a mandatos autoritarios, podrán mantenernos a raya y liberar­nos de nuestro canibalismo político.

Este componente ideológico se mantiene como una persistente som­bra sobre los asuntos de nuestro país y su influencia no depende preci­samente de la veracidad de sus postulados. Se compone de los discursos que señalan la necesidad que la nación tiene de ser intervenida frente a cada desafío para evitar males mayores. La salvación nacional es un sustrato ideológico del que no hemos logrado aún desprendernos. Dicho discurso mantiene importantes líneas de continuidad a lo largo del periodo analizado, así como modificaciones que se deben a la al­teración de las circunstancias históricas, pero también a la necesidad de lograr la complicidad y el consenso con las cambiantes audiencias electorales y con los distintos grupos de poder. Se trata de un discurso prefabricado y parcial, concebido y difundido desde las mencionadas altas instancias del poder, legitimado y reproducido a través de los dis­tintos medios de comunicación de masas, así como desde otro tipo de instancias socializadoras, como la escuela, la familia o la universidad. No podemos olvidar, por supuesto, el papel culturalmente hegemónico y creciente de las grandes plataformas, los feudos de la red, para impo­ner y recordar los sentidos comunes mayoritarios, y para multiplicar el impacto de las ideologías y creencias dominantes.

La combinación de estas tres fuentes de poder -tecnocrático, capita­lista y discursivo- nos permite observar un campo de fuerzas que se propone como explicación alternativa a la promovida por cada partido o conjunto de ideologías más o menos excluyentes. Un sistema que además puede explicar el poder y la desigualdad en nuestro país.

Este planteamiento subraya una nueva narrativa que puede enseñar­ nos cómo se gobierna España. Desde el discurso de salvación nacio­nal de los tecnócratas del llamado Plan de Estabilización, aprobado en 1959, y considerado el inicio del milagro económico, la presente obra analiza las formas de legitimidad de los gobiernos del último período autoritario, el de la transición, los de los progresistas y conservadores de la etapa dorada de la democracia, transcurrida entre 1982 y 2004, y los de las fases más recientes.

La narrativa dominante es una cortina verbal que oculta la irracionali­dad de las principales operaciones económicas y medidas políticas, que han provocado en numerosas ocasiones un expolio de recursos, y una especialización productiva perjudicial a largo plazo, cuyas consecuen­cias llegan hasta el presente. Señala, además, un déficit democrático y un enorme quebranto en la separación de poderes.

La eterna salvación de España no parece estar nunca en nuestras manos, sino que se convierte de manera periódica en la propiedad privada de pequeños grupos bien estructurados que adoptan medidas muchas veces dolorosas y de difícil explicación sincera: tanto grandes empresarios como tecnócratas suelen figurar en esos grupos. La com­posición de dichos grupos es volátil y variada: sus conexiones con el ca­pital nacional e internacional permiten el establecimiento de distintas redes de intercambio; su homogeneidad interna, con la procedencia común de muchos de sus miembros, es compatible con la renovación y la introducción periódica de nuevos elementos, favoreciendo una circu­lación elitista que consolida a los grupos dominantes, en ocasiones ab­ sorbiendo energías sociales contestatarias. Su ramificación a distintas áreas de la sociedad, como los partidos políticos, el Ejército, la Iglesia, la gran empresa, los cuerpos de altos funcionarios, o incluso y recien­temente, algunas vertientes de los movimientos sociales, representa una aplicación de la mencionada circulación de las élites, lo que añade fuentes de legitimidad adicionales a la élite dominante. Y su discurso emancipador varía sus argumentos en función de la fuerza política en el poder, de las circunstancias y del periodo, pero contiene un innegable factor común: descarta la emancipación, por gradual que esta fuera, del pueblo español, al que se juzga incapaz de adquirir cuotas superiores de autogobierno y al que se adjudica un pasado trágico y autodestructivo. Un enfermo social y político al que se exige una entrada periódica en una unidad de cuidados intensivos de la que salir regenerado.

Una pequeña caja de herramientas

Para entender este mapa, partimos de las élites, es decir, de un grupo re­ducido de personas que toman las decisiones que más nos afectan. Esas personas ocupan posiciones clave en las que se relacionan con amigos, compañeros de escuela, parientes, amantes, colaboradores, y también futuros adversarios. De todo ello podemos deducir que forman redes sociales, es decir, vínculos, lazos y conexiones que determinan estruc­turas que van cambiando con el paso del tiempo.

Para comprender cómo funcionan las élites, es preciso que salgamos cuanto antes del retrato individualizado para observar la conducta del conjunto. Una vez definido el ámbito social, nos ocuparemos de los rasgos de las redes que estas forman. Podemos entender la historia de España como una serie de acontecimientos; también, como el cambio continuo en una serie de variables, como la población, la renta per cá­pita, la inflación, la desigualdad o el consumo. Pero asimismo podemos analizarla a partir de los cambios operados en las redes de poder, las éli­tes o clases dominantes que han adoptado las decisiones de más calado. En España, una vez entrada la década de 1950, y debido a diferentes circunstancias, se fue abandonando el totalitarismo fascista y militar para dar lugar a otras formas de dominación más perdurables, sin que los principios fundacionales del régimen franquista se vieran significa­tivamente alterados. Las élites de los años sesenta no fueron las mis­ mas que las de la década de 1940. Su procedencia y redes habían cam­biado. Otro tanto sucedió con las décadas de los años setenta, ochenta y noventa del pasado siglo. Pero todas ellas nos han insuflado creencias irrebatibles, o lo que el politólogo Gaetano Mosca denominó a finales del siglo XIX «fórmulas políticas», los enunciados para hacer la dominación más digerible.

De la victoria en la guerra civil, se pasó a una salvación tecnocrática, que consistió en abrir el país a unos flujos de capital que aprovecharían el clima de represión militar y laboral sobre la ciudadanía. Del desarrollo cortoplacista de un tardofranquismo centrado en vender al exterior que España era diferente, se condujo a una transición que, gobernada por nuevos tecnócratas instruidos en la dictadura, contuvo una crisis capitalista para pasar de un sistema autoritario a uno de partidos. De la instauración de la democracia y la entrada en la alianza militar pasa­mos a la integración en Europa, baluarte de la estabilidad política. Y, de ahí, a los fastos de Barcelona y Sevilla en 1992; de la entrada en la zona euro como fundadores, a la enorme expansión económica especulativa de los primeros años de este siglo. Y, finalmente, al salvamento europeo de la economía española en plena crisis financiera. En todo momento deberíamos estar agradecidos: podríamos habernos vuelto a aniquilar. En todos los casos anteriores, la salvación, la reforma y la regeneración política y económica han venido impulsadas por colectivos elitistas compuestos por dirigentes políticos, tecnocráticos y con vínculos con el sector empresarial nacional e internacional. En dicha salvación no interviene nunca el grueso de la población española ni cabe su organi­zación en sindicatos, asociaciones de vecinos, movimientos sociales u otros colectivos. Esta explicación no anula el espíritu rebelde del pueblo español, latente a lo largo de los últimos siglos, presente en el período republicano y también en las distintas fases de la dictadura.

Cabe mencionar asimismo el movimiento protestatario 15M origi­nado en 2011 y las primeras etapas de la formación política Podemos como desafíos al statu quo político y económico. Que estas alternativas hayan sido sofocadas o reintegradas a nuevos equilibrios políticos no significa que no hayan existido nunca, como también hubo un movi­miento vecinal, feminista y obrero en la España de los años setenta.

Las formas de la élite dominante

El protagonismo de la compleja élite que nos domina exige estudiar sus características presentes y pasadas. En primer lugar, destacamos su cohesión interna, que consiste en el conjunto de lazos y similitudes que dan coherencia al conjunto de los gobernantes y dirigentes empresaria­ les. Dicha cohesión deja espacio a distintos tipos de diferenciación sec­torial, lo que delimita distintas facciones -empresariales, ejecutivas, burocráticas, o políticas-. Entre dichas facciones cabe tanto el acuerdo como el conflicto, y también la existencia de perfiles mixtos que combi­nan distintas posiciones sociales al mismo tiempo: un militar del Opus Dei, un ministro católico con carnet de la Falange o un abogado del Es­tado afiliado al Partido Socialista, algo menos frecuente.

En segundo lugar, conviene subrayar la circulación o renovación de las élites. La circulación elitista se define como un proceso de renovación de los miembros de la élite que actualiza las características de esta en cada periodo. Dicha actualización responde a los cambios del entorno, pero también a la maduración, jubilación e incluso fallecimiento de los miembros de las clases dominantes. La circulación es una característica inherente a las élites, lo que perpetúa la estabilidad de la dominación elitista. Al garantizar que los dominadores se actualizan, la categoría de la dominación se vuelve intemporal y constante: pase lo que pase, siem­pre habrá alguien al mando y una multitud que tenga que obedecer.

En tercer lugar, los procesos de circulación pueden venir desafiados por las distintas crisis, lo que puede dar lugar a una variante que pode­mos denominar fusión de élites. Los periodos de transición, las ocasio­nes en las que se producen eventos desafiantes o choques internos entre élites, son oportunidades para que tengan lugar fusiones. Estas consis­ten en procesos mediante los cuales componentes antiguos y nuevos de las clases dominantes se combinan para favorecer determinados cambios. La fusión resultante representa un acuerdo para superar un conflicto y, al mismo tiempo, un proceso de circulación más complejo gracias al cual se configura una clase dominante con unas caracterís­ticas alteradas pero con unas funciones parecidas. Que un partido co­mience desafiando un sistema y unos años después forme parte de este describe un caso particular de dicho proceso de fusión.

Este somero conjunto de ideas permite articular el relato del periodo seleccionado aportando una coherencia interna a este y extrayendo significados pocas veces destacados. Nos permite ahorrarnos detalles y contribuir al resultado final: detectar una teoría que explique el funcio­namiento de nuestras élites, y con ello, sus fallos, debilidades y oportu­nidades alternativas.

En lo que sigue se desarrolla el ensayo. El lector debe tener paciencia, pues se recorren más de ochenta años sobre el papel. Algunos hechos son más conocidos y se podrán encontrar referencias a estudios mono­gráficos o más profundos. Algunos otros acontecimientos son menos renombrados. Muchos de estos se ponen en relación para contribuir a la explicación que en estas páginas hemos esbozado. Por eso era tan im­portante leerlas y, por eso, el lector debe comprender que nuestro viaje en el tiempo mira al pasado, por supuesto, pero también trata de ex­ traer lecciones para entender el presente y para actuar en el futuro.