EL Rincón de Yanka: FEUDALISMO

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domingo, 14 de junio de 2026

LIBRO "REYES Y VASALLOS" por CAPITÁN GENERAL DE LOS TERCIOS ⛨⚔🕀


REYES Y VASALLOS
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Prólogo 

Esta novela que tiene usted entre las manos es una historia de héroes y villanos, y de aventuras como esas que devorábamos de niños, solo que sin los exotismos latitudinales a que nos acostumbraron los Salgaris y los Vernes, porque el viaje de nuestro autor no es geográfico, sino histórico. 

Y por eso, porque es una excursión histórica, hay algo que advertir: el discurso dominante, que afirma el relativismo cultural en la geografía lo niega, en cambio, en el tiempo. Se llena las fauces de pomposas censuras a su propio pasado en nombre de unas creencias que, con afectados aspavientos, rechaza aplicar a otras culturas a las que se siente indigno de juzgar. Y desde su autoarrogado olimpo moral emite fetuas a discreción, seguro de que su veredicto moral es —curiosa afirmación relativista— infalible. 

Se trata, en realidad, de una mal disimulada patología en nada disminuida por su éxito. Patología también por pueril: si Walter Lippman definió en su día al marxismo como «la historia contada por un niño», la versión progre lleva décadas empeñada en demostrarnos que ese niño es, además, tonto y caprichoso. 

La historia es un ejercicio de empatía. Lo primero que exige es capacidad de entender que los hombres de otro tiempo, incluso si se comparten valores esenciales con ellos, tenían distintos intereses, diversas esperanzas, diferentes temores. Que cualquier tiempo pasado no necesariamente fue mejor, y que hay mucho de melancolía inducida en creerlo así. Quienes desfilan por estas páginas vivieron en una sociedad en extremo violenta, enfermaron sin remedio a edades mucho más tempranas que las nuestras, perdieron los dientes antes de los cuarenta y estuvieron frecuentemente malnutridos y encadenados a un trabajo extenuante. El frío en invierno resultaba insoportable —sí, más o menos como ahora, pero sin calefacción— y el calor del verano era en verdad opresivo, también más o menos como ahora. Tenían sus canciones, claro, y sus poesías, contaban los días por los santos de la fecha y cultivaban un sentido comunitario, pero apenas sabían leer y escribir, aunque no es que les importase demasiado. El horizonte de sus vidas no se extendía mucho más allá de la comarca y, quien más y quien menos, perdió un par de hijos y quizá alguna esposa en el parto o algún marido en las aceifas. 

¡Las aceifas! Los castellanos y leoneses vivieron aterrorizados por las expediciones procedentes del mediodía. Un verano tras otro, en las planicies semidesiertas del Duero, aquellos hombres orgullosos de su libertad aguardaron la cita periódica con los guerreros de la media luna, a la espera de la devastación de sus campos y hogares. Eso fue su vida en las lindes de los reinos cristianos: una eterna incógnita presidida por la certeza de lo fatal. 

Esta novela es, entre otras cosas, la historia de la vida y de la muerte en la frontera, historia por la que desfilan desde el moro Muza y don Rodrigo hasta Abderramán y Sancho Ramírez, pasando por el Cid y Alfonso VI. Y un tal García de Zamora, al que una de aquellas expediciones caniculares arrojó al vértigo de la guerra; y hasta ahí les cuento, que no se lo voy a destripar. En la frontera, como queda dicho, porque eso fue nuestra península durante los largos siglos en que nos afanamos por expulsar a los invasores muslimes que, desde su misma irrupción, percibimos como extraños. Solo el tiempo nos reveló que eran algo más que eso, y que traían como novedad lo que no era sino el reverso tenebroso de las viejas herejías (mal digeridas, encima) que un día excretamos de nuestra infancia cristiana. 

Tampoco es casualidad que sea nuestro autor quien nos acerque precisamente estas historias. Toda novela tiene algo —mucho— de autobiográfico, y él vive en su particular desierto del Duero en compañía de esa creciente legión de camaradas que a estas horas anda velando armas junto al Capitán General de los Tercios.

El autor, como la propia España, parece haberse hecho frontera, y en este caso el término no es una socorrida figura retórica. España, cuando dejó de serlo, volvió a buscarla navegando en cien mares y atracando en cien riberas. Replegada sobre sí, ha recobrado esa condición limítrofe que parece constituir su destino histórico y, otra vez, en su propio hogar. Y contra idénticos invasores; invasores que, para qué os lo voy a recordar, han hallado en nuestros días sus don Opas y sus hijos de Witiza, que además lo son de mala madre. 

Este Capitán General de los Tercios, fogueado en mil batallas, esgrime también en estas páginas su ropera, que no esperen desenvaine sin razón ni envaine sin honor. De él también cabe decir lo que se atribuye a uno de los protagonistas de esta vibrante narración: Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor. 

De momento, aquí tienen un buen libro —que no es poco— trazado por un guerrero del único señor terrenal que merece lealtad: España. 

Se lo van a pasar bien. Así que olviden sus prejuicios y prepárense para la inmersión.
Fernando Paz

Antecedentes históricos 

La sociedad española de los siglos viii al xiii se había organizado para la guerra. Nunca hubo un armisticio general y duradero entre moros y cristianos en lo que era la línea de la frontera, sino solo paces o acuerdos, siempre frágiles. 

Durante casi trescientos años la antigua Hispania romana estuvo dominada por los visigodos, una de las belicosas hordas germánicas que arrasaron el Imperio romano, quienes se instalaron en la península y cuyas numerosas luchas internas por el poder marcaron toda su historia. Fue tras la muerte del rey Witiza (710 d. C.) cuando estalló la última guerra por la sucesión al trono. El difunto rey había asociado a su hijo Aquila al trono, pero los nobles visigodos se sublevaron contra este y eligieron rey a don Rodrigo, duque de la provincia Bética, quien intentó someter a su rival. Los partidarios de Aquila solicitaron la ayuda de los musulmanes, lo que propició la llegada a la península de contingentes militares venidos del norte de África. 

En el año de Nuestro Señor de 711, el valí de Ifriqiya, Musa ibn Nusayr, envió a su lugarteniente Tarik ibn Ziyad para ayudar a la facción de Aquila. A finales de abril, Tarik cruzó el estrecho de Gibraltar acompañado por unos siete mil bereberes y un escogido grupo de árabes. Rodrigo, que se hallaba en Pamplona combatiendo una sublevación de vascones, se dirigió a su encuentro. El caudillo visigodo se enfrentó a las tropas musulmanas en la batalla de los montes Transductinos, en la bahía de Algeciras, cerca de la laguna de la Janda, y allí encontró la muerte. La victoria se decantó del lado de los musulmanes, quienes se prepararon para proseguir con su expansión. Esta fue la única oposición militar de importancia que tuvieron que superar los invasores, hecho que pone en evidencia el estado de descomposición política del reino visigodo de Toledo, que había dejado de existir como unidad política y económica antes de la muerte de Witiza, cuando la aristocracia militar visigoda había promovido un proceso de disgregación territorial que conducía directamente a la feudalización. 

Tras la batalla, una masa de población descontenta se fue uniendo a los musulmanes, a quienes consideraron libertadores. Se deshicieron rápidamente de Aquila e iniciaron la conquista de la península provincia a provincia, acabando con cualquier oposición militar o bien pactando la rendición, la práctica más habitual, pues, en la mayoría de los casos, los nobles visigodos y las poblaciones aceptaron el gobierno de la Umma. Tarik ocupó la capital del reino, Toledo, y prosiguió la campaña por su cuenta hacia el norte de España, llegando hasta León y Astorga. Al conocer la situación, Musa ibn Nusayr desembarcó personalmente en Algeciras al mando de un ejército de dieciocho mil árabes y emprendió la conquista de varias plazas de Andalucía; después se dirigió hacia la Lusitania y tomó Mérida. En Astorga, Tarik recibió la orden de su superior de reunirse con él en Toledo, desde donde se dirigieron a Zaragoza, que fue tomada en el año 713. 

Sus avances prosiguieron más allá de los Pirineos, hasta que fueron detenidos por las tropas del rey franco Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732). El ejército musulmán regresó a al-Ándalus, nombre que dieron a la antigua España visigoda, donde se instalaron. La capital sería Córdoba, que con el tiempo se convertiría en uno de los centros más importantes en el ámbito político, económico y cultural de toda la Europa occidental, y rivalizaría con las grandes ciudades orientales como El Cairo o Bagdad. Fue allí, en Córdoba, donde se distribuyó entre los combatientes las tierras que formaban parte del botín. Solamente la cornisa cantábrica quedaba fuera del control directo de los musulmanes. 

Los diferentes clanes árabes, bereberes y pertenecientes a otras etnias (sirios, egipcios) se esparcieron por toda la geografía hispana. Los grupos bereberes se instalaron en el sur de Portugal, en Sierra Morena y en la franja de levante de la península. Los clanes orientales —árabes y sirios— se establecieron especialmente en los valles del Ebro y del Guadalquivir. Tal componente étnico marcó el posterior desarrollo histórico de al-Ándalus, sobre todo con enfrentamientos entre árabes del norte y árabes del sur. 

Los musulmanes se emparentaron con las familias nobles locales de las diferentes provincias. Más adelante, organizaron su gobierno imponiendo su religión, sus costumbres, leyes… de forma que la antigua organización social fue totalmente suprimida. La población quedó compuesta por una mayoría mozárabe, judíos, además de musulmanes que iban llegando a la nueva tierra del islam. 

Volvamos un momento a la conquista de la península por parte de los musulmanes. Durante la invasión árabe, muchos hispanorromanos y visigodos se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica y formaron el único núcleo de resistencia ante los invasores. 

El primer movimiento independiente fue obra de las tribus montañesas de los Picos de Europa y el valle del Sella, que procuraron huir del control de los impuestos musulmanes; estos, por su parte, habían montado un sistema de fortalezas para evitar los saqueos frecuentes de estas tribus, que buscaban botín en el altiplano del Duero, actividad que había constituido desde siempre una base importante de su economía. La batalla de Covadonga (722) hay que situarla dentro de este contexto. El noble visigodo don Pelayo diezmó a los musulmanes ayudado por las feroces tribus montañesas astures. A partir de aquí comenzó lo que los historiadores han denominado Reconquista, un periodo de casi ocho siglos de duración. 

La resistencia cristiana se formó en las dos cordilleras septentrionales de la península, lugares donde los musulmanes no se habían adentrado por su inaccesibilidad: serían el reino astur-leonés en la cordillera Cantábrica y Navarra, Aragón y los condados catalanes en los Pirineos. 

El reino de Asturias fue el núcleo cristiano más importante hasta el siglo x por su extensión, su fuerza económica y su estructura política. Asturias se extendió tanto que de él surgieron los reinos de León y Galicia, siendo el primero el más importante. En el año 854 la capital se trasladó de Oviedo a León. Los reinos cristianos fueron avanzando cada vez más hacia el sur.

Los musulmanes realizaban frecuentes campañas militares contra los reinos del norte, donde casi siempre eran más fuertes y salían victoriosos, pero sin acabar con su amenaza. Navarra y León solían unir sus fuerzas para poder responder a los ataques musulmanes, lo que indicaba la peligrosidad de la frontera en la zona oriental de León. Este territorio, gracias al conde autóctono Fernán González, logró desvincularse de León y formar un reino aparte, Castilla, que, con el tiempo, llegaría a ser el más importante de toda la península. La peculiaridad castellana provenía sobre todo de su forma de luchar (caballería villana), no teniendo que dirigirse al rey leonés para sus campañas. 

En el año 1000 aparecieron Almanzor y su hijo Abd al-Malik. Almanzor, utilizando la yihad como herramienta política y económica de primer orden, efectuó expediciones militares de manera regular (razias) contra los reinos cristianos del norte hasta hacerlos retroceder. Saqueó Barcelona (985) y Santiago de Compostela (997), obligando a sus prisioneros a llevar las campanas de la catedral de Santiago a hombros hasta Córdoba. 

En la zona nordeste de la península, el imperio de Carlomagno quiso resguardarse de la posible penetración de los musulmanes e intentó invadir el valle del Ebro, donde los musulmanes se habían establecido sólidamente. Inició una expedición hacia Zaragoza que acabó con la desastrosa derrota de Roncesvalles (778). Pero en esa campaña logró someter a vasallaje a los condados que limitaban con él en el norte de la península, fundando la Marca Hispánica. 

La superioridad de los reinos cristianos se afianzó cuando la unidad política estatal musulmana comenzó a fragmentarse a causa de la formación de diversos reinos independientes de Córdoba, los denominados reinos de taifas, militarmente poco potentes. En un principio, los reinos cristianos se conformaban con no atacar a cambio del pago de fuertes impuestos o parias, que, por otro lado, no evitaban los constantes saqueos practicados por nobles y municipios de la frontera. El dinero que recibieron los cristianos fue dedicado en gran parte a la contratación de mercenarios y se hizo una transformación de la caballería. Hasta el momento las huestes cristianas habían estado formadas por infantes o levas (casi siempre campesinos-guerreros de frontera) y por una caballería ligera de nobles o villanos. La introducción de los estribos, las herraduras y las armaduras en los caballos permitió una mejor montada y el uso de un equipo de combate más completo; se impuso una nueva caballería pesada que decidía las batallas en compactos ataques frontales. 

Ante el imparable avance militar cristiano, los reinos de taifas se vieron obligados a pedir la ayuda del Imperio almorávide norteafricano. A partir del año 1083 la tribu islámica de los almorávides cruzó el estrecho de Gibraltar y comenzó a extender su poder por todas las taifas peninsulares, hasta acabar dominándolas. 

La Reconquista de España estaba en su momento álgido. Los diferentes reinos iban a comenzar una etapa de expansión territorial. En todos ellos, en mayor o menor grado, se había producido un proceso de feudalización que tendía a poner el control de las rentas en manos de una minoría nobiliaria o eclesiástica y a confundir propiedad y poderes públicos.


Reyes y Vasallos. Con Capitán General de los Tercios

martes, 14 de octubre de 2025

LIBROS "CONTRA EL ESTADO" 🙋 y "LO QUE VE EL ESTADO": CÓMO CIERTOS ESQUEMAS DEL "ESTADO DE BIENESTAR" HAN FRACASADO POR EL FEUDALISMO OLIGARCA ESTATISTA por JAMES C. SCOTT

Lo  que  ve  el  Estado

Cómo ciertos esquemas para mejorar 
la condición humana han fracasado. 
Los peligros de la sobreconfianza 
en la planificación autoritaria y la modernización.



James C. Scott examina críticamente una serie de iniciativas estatales ambiciosas pero catastróficas, desde los pueblos ujamaa obligatorios en Tanzania hasta el Gran Salto Adelante en China. Explora la inquietante cuestión de por qué estos esfuerzos bien intencionados para mejorar el bienestar humano a menudo conducen al sufrimiento y al caos. Scott argumenta que tales fracasos surgen cuando los planes integrales ignoran las realidades locales y complejas que han formado a las sociedades durante generaciones. Sostiene que una planificación social efectiva depende de valorar el conocimiento local junto con la experiencia formal. A través de su análisis, Scott destaca cuatro elementos clave presentes en los fracasos de planificación: el ordenamiento administrado por el Estado de la vida, una confianza alta-modernista en la ciencia, el intervencionismo autoritario y una sociedad civil debilitada que no puede desafiar estas imposiciones. Este libro provocador sirve como una crítica sobria de la planificación de arriba hacia abajo y aboga por una comprensión más matizada de las complejidades inherentes a las sociedades humanas.

Se suele decir que el conocimiento es poder y, en su provocador libro "Lo que ve el Estado", James C. Scott arroja luz sobre un aspecto cautivador de esta dinámica de poder: cómo los Estados ejercen control a través de la simplificación y estandarización. Así como la comprensión de un territorio por parte de un gobernante se ve limitada por la planitud del mapa, los Estados imponen una visión simplificada sobre su sociedad, reduciendo la riqueza y complejidad de la vida humana a una forma fácilmente medible y gobernable. A través de una detallada exploración de estudios de caso históricos, Scott ofrece profundas ideas sobre las consecuencias no intencionadas y los fracasos que surgen de estos proyectos impulsados por el Estado.

Un ejemplo impactante que ejemplifica el argumento central de Scott es la colectivización forzada de la agricultura en la Unión Soviética durante principios del siglo XX. En un intento por transformar rápidamente a la campesinidad soviética en una fuerza laboral moderna e industrializada, Stalin implementó un programa de arriba hacia abajo que buscaba consolidar las pequeñas explotaciones individuales en granjas colectivas, conocidas como kolkhozes. 

El Estado visualizaba a estas colectividades como unidades eficientes de producción, fácilmente controlables a través de procesos estandarizados y objetivos de producción. Sin embargo, las implicaciones en la vida real de este gran plan estaban lejos de ser ideales. La inherente complejidad y diversidad de las prácticas agrícolas en distintas regiones soviéticas fueron drásticamente simplificadas y homogeneizadas, ignorando los únicos factores ecológicos, culturales y sociales que influían en las técnicas agrícolas. Al asentarse en un esquema genérico para la colectivización, el Estado despreció el conocimiento local y la experiencia que generaciones de agricultores habían acumulado, desestimándolos como retrógrados e improductivos. 

Como resultado, lo que se desencadenó fue una serie de consecuencias no deseadas que desembocaron en una desastrosa tragedia humana y ecológica. 
La falta de consideración por las necesidades específicas de diversas regiones, combinada con los rígidos y poco realistas objetivos de producción impuestos por el Estado, provocaron hambrunas generalizadas, fracasos en los cultivos y la destrucción de ecosistemas frágiles. En un intento de forzar la conformidad y el control, el Estado no reconoció las complejidades inherentes a la agricultura, lo que resultó en escasez de alimentos, aumento de la pobreza y un declive brusco en la productividad general.

A través de este ejemplo convincente, Scott pone al descubierto las deficiencias de un enfoque centrado en el Estado para el desarrollo y la gobernanza. Al ignorar el conocimiento local e imponer simplificaciones desde arriba, los gobiernos a menudo socavan a las comunidades que buscan elevar, causando daño de manera no intencionada y perturbando la delicada red de relaciones sociales y ecológicas que las sostienen. 
"Lo que ve el Estado. Cómo ciertos esquemas para mejorar la condición humana han fracasado" es un profundo examen del impacto duradero de la intervención estatal y las consecuencias de reducir sistemas complejos a elementos fácilmente cuantificables. 
La narrativa atrapante de Scott y su meticuloso análisis de casos históricos, como la colectivización soviética, obligan a los lectores a reflexionar críticamente sobre los desafíos y limitaciones de la gobernanza de arriba hacia abajo. Desde proyectos mal concebidos de planificación urbana hasta ambiciosos esquemas de ingeniería social, este libro ofrece una exploración sugerente de cómo los Estados observan, controlan y finalmente moldean la realidad que habitamos. 

Hablaremos sobre los tres conceptos cruciales de este libro en el texto siguiente. 1. Los gobiernos y las burocracias a menudo imponen soluciones simplistas de arriba hacia abajo en sistemas sociales y naturales complejos, lo que lleva a consecuencias no deseadas y fracasos en la ingeniería social. 
2. Las ideologías altomodernistas priorizan la legibilidad y la estandarización, ignorando el conocimiento local y la complejidad inherente de las sociedades y los ecosistemas. Para gobernar con éxito se necesita humildad, respeto por el conocimiento local y comprensión de los límites de la planificación y control centralizados.

James C. Scott argumenta que la capacidad del Estado para actuar y gobernar eficazmente depende de su habilidad para hacer la realidad "legible" a través de mecanismos como censos, mapas y unidades de medida estandarizadas, simplificando la complejidad para poder intervenir. 
La conclusión es que, si bien esta simplificación permite a los Estados mejorar la fiscalización y la atención a la población, también puede llevar a grandes fracasos de "ingeniería social" al empobrecer la comprensión de la realidad y producir resultados contraproducentes.

Qué es la "legibilidad" según Scott

Simplificación de la complejidad:
El Estado necesita simplificar el mundo real, que es inherentemente complejo, para poder ejercer su autoridad y control.
Mecanismos de legibilidad:
Crea y utiliza herramientas como: 
Censos: Para conocer la población y sus recursos.
Mapas: Para una representación geográfica estandarizada.
Listas catastrales: Para registrar propiedades de forma uniforme.
Unidades de medida estandarizadas: Para cuantificar y comparar de forma consistente.

Conclusión: Virtudes y fracasos de la legibilidad

Virtudes:
Esta legibilidad tiene beneficios al permitir al Estado una acción más eficaz en áreas como: 
La fiscalización: Controlar mejor los impuestos y recursos.
La atención a la población: Por ejemplo, en la asignación de recursos o servicios.

Fracasos (Ingeniería Social):
La simplificación excesiva puede empobrecer la comprensión de la realidad, llevando a: 
Grandes fracasos de ingeniería social: Proyectos de gran escala que terminan siendo contraproducentes.
Homogeneización de la realidad: Se pierde la diversidad y complejidad local en favor de un modelo estandarizado.
Debilitamiento de la diversidad local: Al forzar la estandarización, se pueden socavar la autonomía y la complejidad de las sociedades locales.

VER+:


EL ARTE DE NO SER GOBERNADOS


El libro "CONTRA EL ESTADO" de James C. Scott explora la historia de las primeras civilizaciones del Próximo Oriente, desafiando nociones comunes sobre la domesticación, la agricultura y la formación de estados. A través de un análisis crítico, el autor sugiere que el sedentarismo precedió a la agricultura y que los estados tempranos eran frágiles, con la vida fuera de ellos a menudo siendo más libre y saludable. Scott busca conectar conocimientos existentes y estimula la reflexión sobre la naturaleza del poder estatal y su relación con la movilidad y las condiciones de vida de las poblaciones.


VIOLENCIAS, TEMORES Y REPRESIONES 
EN LA UNIÓN SOVIÉTICA
por NICOLAS WERTH

VER+:


martes, 16 de septiembre de 2025

"LA DECADENCIA DE OCCIDENTE": LOS ESTADOS ENEMIGOS DE LA NACIÓN por FERNANDO DEL PINO CALVO-SOTELO y "ABSOLUTISMO DEMOCRÁTICO" OLIGÁRQUICO


La decadencia de Occidente


En las últimas décadas los países occidentales han tendido hacia un menor crecimiento económico, un mayor endeudamiento y una creciente desintegración familiar y social, como muestran una variedad de indicadores. Por lo tanto, la apreciación subjetiva de que vivimos una época de cierta decadencia está refrendada por la evidencia.
La pérdida de valores es patente tanto en la esfera privada como en la pública, como lo es el aumento de familias destruidas y la correspondiente disminución de felicidad individual. Asimismo, se constata una falta de cohesión social que promueve los conflictos internos, una irritación creciente ante la percepción de que el sistema no funciona y un empobrecimiento encubierto bajo las irreales estadísticas oficiales.
Por último, el Estado y su maquinaria burocrática gozan de un poder desorbitado que ha crecido de forma paralela a la tremenda disminución de la libertad personal de los ciudadanos, hoy claramente inferior a la que disfrutábamos hace cuarenta o cincuenta años (también en España).
A lo largo de una serie de cuatro artículos, que amplían el texto de una conferencia que pronuncié este verano, intentaré dar luz sobre este asunto, que suele pasarse por alto en el debate público.

Los Cinco Experimentos

¿Estamos mejor o peor que hace cincuenta años? ¿Qué está ocurriendo en Occidente? ¿Qué ha cambiado? Fundamentalmente, lo que ha cambiado es que las sociedades occidentales están llevando a cabo cinco experimentos, idea que concebí por primera vez en una charla que di en Inglaterra hace una década, pero que nunca había sido corregida ni publicada en español.
Un experimento significa probar las virtudes y propiedades de algo para ver si funciona bien o mal. El problema es que estamos llevando a cabo dichos experimentos sin ser conscientes de que se trata solamente de eso: experimentos. No estamos juzgando si funcionan bien o mal, sino que los consideramos avances axiomáticos de la civilización, es decir, “progreso”, esa palabra fetiche. Sin embargo, como dijo Churchill, «por muy hermosa que sea la estrategia, de vez en cuando habrá que observar sus resultados». Eso es lo que pretendo hacer.

El primer experimento: el Estado Leviatán

El primer experimento es el Estado Gigante o Estado Leviatán, en acertada expresión del profesor Dalmacio Negro. Poca gente es consciente de hasta qué punto el tamaño del Estado que hoy tomamos como normal es una anomalía histórica.

Midamos el tamaño del Estado por las cifras de gasto público. Hasta principios del s. XIX, el gasto público en los países occidentales oscilaba entre el 5 % y el 7% del PIB, y la mitad era gasto militar; a principios del s. XX el gasto público seguía siendo inferior al 10 % del PIB, incluyendo los países nórdicos, hoy conocidos como paradigmas del Estado de Bienestar. Pues bien, hoy el gasto público en Europa se acerca al 50% del PIB, lo que significa que se ha multiplicado por diez en dos siglos.

Los impuestos elevadísimos: otra novedad histórica

Este gasto público se ha financiado, en primer lugar, con impuestos, arma coercitiva-extractiva del Estado cuyo componente principal son los impuestos permanentes sobre la renta. Este es también otro invento reciente que ha acompañado a la creación del Estado Leviatán. De hecho, el primer impuesto permanente no se introdujo hasta 1842 en Gran Bretaña, mientras que EEUU, Francia, Alemania y otros no lo introdujeron hasta 1913 y 1925. España no tuvo impuesto de la renta permanente hasta 1932, y Suiza no ha tenido un impuesto federal sobre la renta permanente hasta 1983. En términos históricos esto es el equivalente a ayer mismo.

Cabe destacar que, al principio, los tipos impositivos sobre la renta oscilaban entre el 1 % y el 7 % de los ingresos anuales (como fue el caso de España en 1932). Hoy en día no es raro encontrar tipos impositivos marginales sobre la renta del 50%, que se toman como “normales” (debe mencionarse que los países anglosajones tuvieron tipos marginales aún más elevados en algunos años de la segunda mitad del s. XX).

El expolio fiscal no se limita al impuesto sobre la renta, sino que se completa con una miríada de impuestos directos e indirectos a los que se aplican retenciones y fechas de pago distintas para que el nivel abusivo de fiscalidad pase desapercibido. Sumando todos ellos, a cada trabajador español los impuestos le quitan de media un 65% de lo que gana: dos de cada tres euros son robados por el Estado ante la extraña pasividad de la población (robar: «quitar o tomar para sí con violencia o fuerza lo ajeno»).

La vocación totalitaria del Estado de Bienestar

La excusa creada para justificar este expolio es el llamado Estado de Bienestar, que Peter Sloterdijk denomina «Estado Impositivo», y Gustave Thibon, de forma aún más acertada, “Estado Vampiro”. Naturalmente, cualquier sociedad que aspire a llamarse civilizada tiene el deber moral de cuidar de los más débiles, de aquellos que no pueden valerse por sí mismos, ya sea de forma temporal o permanente. Sin embargo, los más débiles, por definición, son una minoría, y las minorías interesan poco al Estado de Bienestar, que es un concepto político.

El Estado de Bienestar o Estado Vampiro no persigue acabar con la pobreza, sino dar más poder a la clase política utilizando como coartada fines supuestamente benéficos. Conceptualmente, se basa en un fraude, pues promete una seguridad ficticia a cambio de algo muy real: 
nuestra libertad, que siempre cuenta —pobrecilla— con menos defensores de lo que parece. En efecto, libertad conlleva responsabilidad, esfuerzo, tomar decisiones, equivocarse y asumir las consecuencias, y puede llegar a dar miedo, lo que es hábilmente explotado por la clase política.

Esta naturaleza ambivalente de la libertad (atracción/rechazo) no es nueva, precisamente. El libro del Éxodo ―escrito hace 3.500 años― narra cómo el pueblo judío murmuró contra Moisés a pesar de que éste acababa de liberarles de la esclavitud: «¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de una olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos!» (Ex. 16, 3). Éste era el valor de la libertad: una olla de carne y pan abundante. La naturaleza humana no ha cambiado, y los ciudadanos de los modernos Estados de Bienestar hacen exactamente el mismo trueque.

«Tú trabaja, que yo reparto», nos dicen los políticos. En efecto, el expolio se maquilla con el engañoso concepto de redistribución de la riqueza, destructor soterrado de la propiedad privada —y, por tanto, de la libertad— y que constituye otra falacia más: como dice Jouvenel, la redistribución de riqueza es en realidad una redistribución de poder, del individuo al Estado, esto es, a la clase política que lo controla. Esto explica que la vampírica clase política defienda la redistribución de la riqueza con tanto ahínco.

Decía el pensador colombiano Nicolás Gómez-Dávila que «la política sabia es el arte de vigorizar la sociedad y de debilitar el Estado». Pues bien: hemos hecho exactamente lo contrario: la política necia de debilitar a la sociedad y vigorizar al Estado.

El segundo experimento: una deuda gigantesca

Cuando los impuestos son insuficientes para alimentar la voracidad insaciable del Estado Leviatán, los políticos nos endeudan, en nuestro nombre, pero sin nuestro consentimiento. Por tanto, el segundo experimento es un endeudamiento gigantesco.
La deuda constituye un espejismo; implica consumir en el presente la riqueza del futuro; es pan para hoy y hambre para mañana, y, como nos permite vivir por encima de nuestras posibilidades, implica también una huida de la realidad.
La deuda también es injusta: la generación presente vive a costa de las generaciones futuras. Finalmente, es una adicción que sólo puede curarse a través del dolor de la abstinencia. Sin embargo, en nuestras sociedades democráticas en las que los políticos se dedican a adular a las masas, ¿quién va a votar a quien prometa dolor?

Resulta revelador, una vez más, realizar una comparación histórica. A principios del siglo XX el equilibrio presupuestario era la norma salvo en tiempos de guerra y la deuda pública oscilaba entre el 7%-10 % del PIB. Hoy en varios países occidentales la deuda pública supera el 100% del PIB. Del mismo modo, hace un siglo el empleo público como porcentaje de la población activa era minúsculo, entre el 3 % y el 5 %. Hoy, en los países de la OCDE esta cifra es el 19%.
España es un ejemplo perfecto: en 1974 la deuda pública se situaba en torno al 7 % del PIB y hoy supera el 103%, la presión fiscal era la mitad de lo que es hoy y había 800.000 funcionarios, mientras que hoy constituyen una marabunta de más de 3 millones de los que una parte son parásitos sólo se dedican a sancionar y poner trabas a la población que trabaja y produce.

El tercer experimento: la inflación real

Tras el Estado Leviatán y la deuda gigantesca, el tercer experimento es el sistema de moneda fiduciaria, por el que la moneda de cada país no tiene otro respaldo que el de la confianza en el poder político, que no me atrevería a calificar precisamente de AAA.
Bajo este sistema, instaurado en 1971 tras el final de Bretton Woods, el poder político —a través de los bancos centrales, que no son sino otra rama del poder— puede aumentar a voluntad la base monetaria e influir decisivamente en la oferta monetaria. Salvo en la China del s. XI, prácticamente no se encuentran precedentes históricos de este sistema. En efecto, en 1971 el gobierno de EEUU cortó toda ligazón del dólar con el oro concediéndose a sí mismo la potestad de imprimir billetes a voluntad para hacer frente a un gasto público descontrolado. Lo hizo, por cierto, de forma «temporal», según afirmó sin ruborizarse el secretario del Tesoro Connally para tranquilizar a los mercados, pues los políticos siempre tildan inicialmente de temporal todo impuesto o medida disparatada permanente.

Pues bien, 1971 marca el momento en que, tras hacer promesas, subir los impuestos y endeudarse hasta las cejas, y cuando ningún prestamista en su sano juicio les prestaría un solo céntimo más, los políticos occidentales decidieron que era más fácil imprimir billetes, y no han vuelto la vista atrás. Desde entonces, la vida es para ellos mucho más sencilla, y su acción mucho más perturbadora para las sociedades que lideran.

Este sistema parece inofensivo durante un tiempo, pero acaba siempre sucumbiendo a esa fuerza destructiva llamada inflación, la cual conduce a la erosión lenta pero inmisericorde de las economías domésticas causando el empobrecimiento paulatino de la población, que ve cómo sus gastos (que aumentan al ritmo de la inflación real) crecen más rápidamente que sus ingresos (que, en el mejor de los casos, aumentan al ritmo de un IPC cocinado y, por tanto, irreal)[1].

Conclusión

Como hemos visto, los tres primeros experimentos que está llevando a cabo Occidente son el aumento desorbitado del tamaño del Estado (y de sus impuestos), un endeudamiento gigantesco y una inflación real (no publicada), provocada por el sistema monetario vigente, que carcome sigilosamente la riqueza de los ciudadanos y ante la cual estos se encuentran completamente inermes.
Estos tres experimentos son corolarios lógicos del cuarto experimento, que supone la mayor vaca sagrada de nuestros tiempos y que merece por ello un artículo propio.
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[1] A efectos simplificadores he sacrificado el rigor conceptual de que el aumento de precios es la consecuencia de la inflación monetaria.


Absolutismo 
democrático


Pero lo ocurrido allá por los siglos dieciocho y diecinueve es algo que puede repetirse perfectamente en la actualidad. En el momento presente, por supuesto, hay varios estados totalitarios, fundamentalmente en los inspirados por la ideología comunista, como Cuba o Corea del Norte, entre otros. No esperemos encontrar en ellos la deseada división de poderes. Se trata de auténticas dictaduras, pero que son perfectamente compatibles con estados teóricamente democráticos, en los que cada cierto tiempo se convoca a los ciudadanos a las urnas. Es lo que nos hemos atrevido a describir con dos palabras contradictorias: absolutismo democrático. ¿Cómo es posible esto?
Basta con que llegue a gobernar alguien cuya obsesión sea la propia supervivencia en la poltrona y que necesite el apoyo de un apóstol del más rancio comunismo. Dado que no les queda más remedio que convocar elecciones, necesitan tener totalmente controlado el poder judicial para que cualquier tropelía, irregularidad o pucherazo quede totalmente impune.
Si a esto añadimos el control y manipulación de los medios de comunicación o la obsesión por aprovechar la educación para imponer sus ideologías, veremos que la democracia puede convertirse en una palabra vacía de contenido, pues en definitiva el ciudadano tiene que conformarse con depositar su voto en una urna, consciente o no de que su voto no impedirá que sigan gobernando los de siempre. Como en Venezuela, Cuba, Nicaragua y ESPAÑA SANCHISTA y partidocrática.

LA RELIGIÓN HA FORMADO NUESTRO MUNDO, 
Y EL CRISTIANISMO A OCCIDENTE. PEDRO PEDROSA

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