EL Rincón de Yanka: DOCUMENTAL "EN LA MENTE DE ROBIN WILLIAMS: EL PETER PAN O EL PAYASO TRISTE QUE QUISO REÍR A SU PADRE Y A TODO EL MUNDO

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lunes, 22 de abril de 2019

DOCUMENTAL "EN LA MENTE DE ROBIN WILLIAMS: EL PETER PAN O EL PAYASO TRISTE QUE QUISO REÍR A SU PADRE Y A TODO EL MUNDO



‘EN LA MENTE DE ROBIN WILLIAMS’: 
EL NIÑO QUE QUISO HACER REÍR A SU PADRE

"No puedo ya ir contigo, Peter. He olvidado volar, 

y... Wendy se levantó y encendió la luz: 

él lanzó un grito de dolor...» 
James Matthew Barrie, Peter Pan. 

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Querido Peter Pan, por quien yo diera
hasta la última gota de mis venas,
buscando por ti el sol, las azucenas
plantadas en jardín de primavera.

Querido Peter Pan, si yo pudiera
te apartaría siempre de las penas,
haciéndote feliz, sin mas condenas,
sin encontrar el dardo que te hiera.

Pero soy Campanilla, que te ama,
una débil figura, una ficción,
un cuento no real que a nadie implora.

El fantasma de un sueño de ilusión
que sabe del llorar, pues también llora
al sonar imposible su canción.

Sofía Martínez Avellaneda


De bolos en bares a triunfar en Hollywood: HBO España estrena un documental dirigido por Marina Zenovich que se centra en la vida del famoso actor y cómico.
“Tengo miedo de pasar a ser, no solo aburrido, sino como una roca”, confiesa Robin Williams tras ser preguntado por el temor de su vida. 
El capitán de una generación de peterpanes, el referente de clásicos como "El club de los poetas muertos" o "En busca del destino", se suicidó en 2014 a los 63 años. Quien antes despertaba carcajadas a su paso, ya “no sabía ser gracioso”, como él mismo dijo a Cheri Minns, su maquilladora. Al final, resultó que su energía inagotable no lo era tanto. Sí que tenía un límite, uno que hizo que nos despidiéramos de un grande de la historia del cine.

En la mente de Robin Williams es un documental dirigido por Marina Zenovich y producido por HBO que explora las luces de una cabeza privilegiada, capaz de revolucionar la comedia y de subir al escenario desatando un torbellino de risotadas. Pero también indaga en las sombras, en terrenos poco agradables ocultos de cara a la galería que llevan a la frustración o a las drogas. Como señala su compañero y amigo Billy Crystal, esa desesperación por complacer al público era realmente una muestra de “su falta de autoestima”.

Todos los que admiran a Williams saben cómo termina esta historia, pero quizá no tanto lo que ocurre durante el transcurso. Por ello, esta biografía audiovisual se remota a sus orígenes, al nacimiento de su figura como comediante y posteriormente como actor para luego descender hasta un sombrío epílogo. Vídeos caseros, testimonios de sus allegados y fotografías inéditas, son los documentos que ocupan las casi dos horas de una obra que en ningún momento obliga a mirar el reloj. Todo lo contrario. Al igual que ocurría cuando el intérprete aparecía en pantalla, el único deseo latente durante su visionado es el de que nunca se acabe.
A pesar de no mostrar mucho interés por la interpretación durante su adolescencia, el actor nacido en Chicago comprobó con Tonight Show y Jonnathan Winters que incluso las personas menos habituadas a sonreír, como su padre, lograban cambiar sus rostros petrificados. Su primera actuación, de hecho, tiene muy poco de especial: imitó a un profesor de su instituto.

DE LOS BARES A LA GRAN PANTALLA

“Era un tipo que siempre estaba de broma. A veces teníamos que mandarle a callar para poder terminar el ensayo”, recuerda Mark Rasmussen, amigo del artista, sobre algunos momentos en las salas de interpretación. A pesar de que intentó estudiar la carrera de Ciencias Políticas, finalmente decidió formarse en el mundo del espectáculo. De hecho, comenzó a trabajar como camarero en un bar simplemente para poder actuar por las noches. Era sobre el escenario, con decenas de personas aplaudiéndoles, cuando de verdad se sentía reconfortado.
Si durante el show fallaban los micros tampoco pasaba nada. Williams tenía capacidad para improvisar sobre la marcha y, por ejemplo, parodiar a un predicador cristiano con poderes milagrosos. “Su mente iba como un rayo, pero no todo lo hacía en una noche. Trabajaba duro y se preparaba. Detrás de todo había un proceso analítico muy bien pensado”, explica el guionista Bennett Tramer.

No obstante, el verdadero punto de inflexión llegó con su primera aparición en la pequeña pantalla. De pedir limosna en las salas pequeñas pasó a participar en la sitcom estadounidense Días felices emitida por ABC, donde se puso en la piel de un hombre llegado del espacio. El éxito fue tal que llegó a tener su propio spin-off coprotagonizado con Pam Dawber: Mork & Mindy. Al principio existían dudas de cómo funcionaría su humor en televisión, pero estas quedaron despejadas de inmediato. De hecho, tuvieron que meter una cámara adicional en el plató de rodaje para poder seguir los movimientos de Robin.

Llegó el éxito y, con él, las noches de locura. Las bebidas alcohólicas, los estupefacientes y las mujeres (algo que no importaba a su pareja de entonces, Valerie Velardi), empezaron a formar parte de su rutina. “La cocaína es la forma que tiene Dios de decirte: ganas mucho dinero”, bromeaba el propio Williams en un monólogo. Sin embargo, la muerte de su amigo John Belushi, como él mismo afirma, le hizo “estar sobrio de golpe”. Al menos, durante una etapa.
Dejar la televisión le sirvió para cambiar de vida. Comenzó una relación con Marsha, que antes era niñera de su hijo Zak, y tuvo dos nuevos descendientes: Zelda y Cody. También comenzó a hacerse un nombre en el séptimo arte, un mundo al que pocos cómicos procedentes de “la caja tonta” podían acceder. Aunque ya había estado involucrado en largometrajes como Popeye (1980), no fue hasta "Good Morning, Vietnam" cuando empezó a posicionarse como actor. De repente, la estrella de la televisión se convirtió en la del cine.

Al igual que sucedía con sus monólogos, el intérprete vivía tanto sus papeles que, literalmente, se convertía en su personaje. Así lo demuestran películas como "Pescador de ilusiones", donde se transformó en un vagabundo con problemas psicológicos; o incluso obras animadas como Aladdín, en la que puso voz a un personaje creado expresamente para él: el Genio.

LA DROGA DEL HUMOR

“Cuando hacía a la gente reír era un subidón para él”, apunta Billy Crystal. El problema llegaba cuando no conseguía esa “droga” también llamada humor. “Buscaba agradar, pero cuando no lo lograba sentía que no tenía éxito”, rememora Zak Williams, quien añade que ser hijo de una de las personalidades cómicas más reconocidas a nivel mundial no era fácil. Con suerte le veían “la mitad del año”, una frecuencia a la que tuvieron “que acostumbrarse”.
Por un lado estaba el Robin Williams de En busca del destino, de Papá por Siempre o el de El hombre del año, y por otro el que se hacía más de 100 kilómetros en bicicleta para desconectar o el que terminaba bebiendo whisky por rutina. “Empecé con botellitas de "Jack Daniels" del minibar y acabé teniendo que esconder la botella grande”, bromeaba el cómico en uno de sus monólogos, utilizados, como venía siendo habitual, para desfogarse de sus problemas personales.

La cara triste quedaba oculta bajo una careta feliz que mantenía incluso con los médicos que le operaron del corazón, una situación complicada que no quedó exento de gags. El documental En la mente de Robin Williams pasa rápido por su etapa final, en la que se casó por tercera vez e intentó volver a trabajar con Pam Dawber en una nueva serie, The Crazy Ones. Pero como la propia actriz reconoce, todo era diferente. Tampoco profundiza demasiado en el momento en el que perciben que tiene Párkinson, una enfermedad que, según la CNN, no diagnosticaron correctamente.
En realidad padecía demencia de cuerpos de Lewy, algo que le impedía siquiera recordar las líneas de guion. “Nunca le había visto asustado hasta ese momento”, asegura Crystal. Ante el deterioro de sus capacidades y las crecientes dificultades, el actor decidió poner fin al “terrorismo en el interior de su cabeza”, frase que da título a la carta publicada a posteriori por su última pareja, Susan Schneider. Según cuenta en el texto, Williams no paraba de repetir que “quería reiniciar su cerebro” mientras se apagaba por momentos. “No tenía poder para ayudarle a ver su propia genialidad”, añade. Una genialidad que, a pesar de todo, el resto contemplaba con creces.

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Detrás de cada sonrisa fingida existe un corazón roto» sería un perfecto proverbio para definir a Robin Williams, el actor de la perpetua sonrisa pintada en la cara y mirada azul tan transparente como triste. Aficionado al ciclismo y amante de los videojuegos –hasta el extremo de llamar Zelda a su hija–, Williams ejemplarizó muy bien la figura del niño eterno, un gigantón con espíritu jovial y travieso que no temía al ridículo, enfundándose los más variados disfraces con tal de hacer disfrutar a niños y adultos en multitud de películas que hoy se agolpan en nuestra memoria colectiva. Ya sea porque se prodigó, mayoritariamente, en un tipo de cine destinado a todos los públicos o porque, al fin y al cabo, fue un tipo que caía inevitablemente simpático a la gente, su pérdida se siente más cercana, casi como si se tratara de la de un familiar de cada uno de nosotros. Es momento de echar la vista atrás y valorar en su justa medida el maravilloso legado que nos ha dejado, con un buen puñado de películas que pasarán a los anales del cine y otras tantas a las que siempre será un placer acercarse para, simplemente, alegrarnos el día. Fue uno de los mejores cómicos de los últimos 40 años, eso es algo incuestionable, pero también un notable actor de carácter que salió victorioso de las pocas oportunidades que le ofrecieron como actor dramático.

Pese a que los expertos en psiquiatría hacen hincapié en que no se puede generalizar a la hora de vincular determinadas enfermedades mentales con un cierto tipo de personalidad, lo cierto es que la imagen de los comediantes como seres depresivos que exorcizan sus demonios a través del humor –lo que algunos han bautizado informalmente como el síndrome del payaso triste- se ha vuelto un lugar común.
De hecho, a principios de este año, un estudio elaborado por científicos de la Universidad de Oxford señalaba, entre otras cosas, que los humoristas presentan rasgos psicológicos "inusuales" que los hacen tendentes a padecer psicosis.
Muchos cómicos tienen una personalidad introvertida y para compensarlo utilizan el humor. Pero el tener que ser divertido todo el rato puede ser muy cansado. La gente te ve y espera que les hagas reír y eso no es posible todo el tiempo
El psiquiatra Roger Montenegro, miembro del consejo de dirección de la Fundación Mundial para la Salud Mental (WFMH, por sus siglas en inglés), coincide con Alpine en que existe un vínculo entre el abuso de sustancias y las enfermedades mentales.
"El alcohol y las drogas hacen más llevable la enfermedad pero no sacan al enfermo de la depresión, sino que terminan acentuando la sensación de culpa o de no tener futuro", explica Montenegro en conversación con BBC Mundo.




DOCUMENTAL "EN LA MENTE DE ROBIN WILLIAMS"


TRIBUTO A ROBIN WILLIAMS

VER+:
El suicidio de alguien extraordinario, que supo arrancarnos tantas sonrisas e invitarnos a mirar la vida en positivo, remite a la historia de David Garlick, un payaso inglés muy afamado en su época
Un hombre sumido en la más profunda desesperación se presenta en la consulta de un médico famoso. Rápidamente, en monólogos entrecortados por paréntesis de terco silencio, el hombre cuenta que una melancolía extraña le corroe el corazón. Todo es hastío en su vida y sinsentido. Apenas puede dormir, las noches se las pasa en vela, como si durmiese entre alfileres. Mientras pasea por la calle las manos de su alma buscan, inútilmente, asideros en la realidad. La idea del suicidio le ronda de continuo y, aunque valor no le falta, aún no ha dado el paso porque algo oculto, que no se explica, le empuja a la inacción. El hombre busca una medicina, una droga que lo saque del abismo. Está completamente desesperado.

El médico le escucha pacientemente. Por su relato, y por el hecho de haber sido admitido en su consulta, tan cara, se da cuenta de que su paciente es un hombre rico. Arriesga:

-Tal vez le convenga hacer un crucero por las Islas Griegas, o un viaje por Italia. Tómese su tiempo, viva, descubra los placeres esenciales. No conozco a nadie que tras viajar por Italia haya querido pegarse un tiro.
El paciente suspira y contesta:
-De allí vengo, precisamente, y mi viaje no ha sido corto. Todas las ciudades italianas he visto, de norte a sur, y mis manos se han quedado manchadas por el oro de la melancolía.
-¿Y el amor? -interpuso el médico-: ya sé que es difícil tenerlo, pero son posibles los amoríos. ¿Ha cultivado usted las citas clandestinas?
-Tengo esposa e hijos, que me aman -dijo el paciente.

La conversación se prolongó varias horas. La depresión del paciente era evidente, pero en 1820 todavía no se entendía aún el concepto de depresión. Las descripciones de su estado de ánimo eran muy precisas y aterradoras:

-Todas las noches los perros del sueño me ladran despertándome; todas las noches, cada vez que me levanto para tranquilizarme me miro en el espejo para ver que sigo siendo yo. Pero sólo veo sobre mi rostro una máscara imperfecta con mi rostro y tras ella el rostro real de un enemigo que me quiere matar. Le pido que sea piadoso y que no se demore más, que me mate extinguiendo mi dolor, pero mi enemigo se burla de mí y me dice que si me matase se mataría a él privándose de su mayor placer: torturarme.
El paciente era un hombre culto, el médico un hombre que confiaba en el sentido común. Una simpatía instantánea nació entre ellos, consolándose ambos en el confort de un instante que tenía las esquinas muelles de la confidencia desahogada. El médico se levantó de su silla, se sirvió un coñac y ofreció una copa a su paciente. Dijo:

-Hay algo que sin duda le puede ayudar. Esta tarde actúa en Nueva York David Garlick, un actor inglés de fama mundial, un clown increíblemente bueno. Sus observaciones ponen el mundo al revés y se cuenta que todo su público sale de su función con una sonrisa en la boca y con la convicción de que el mundo está bien hecho. Yo mismo me he comprado una entrada y allí estaré. Anímese, vaya y cambie de aires. Garlick, sin duda, le sentará bien.

Una sombra de inquietud y agobio brilló en los ojos del paciente.
-Doctor, yo soy Garlick, dijo tartamudeando, y se echó a llorar.

La infelicidad de Robin Williams, Garlick, y tantos otros seres humanos talentosos y geniales, que alcanzaron éxito y fortuna, hace emerger con fuerza la pregunta: ¿qué sacia realmente al corazón del hombre? Tal vez Robin, tras su desesperada decisión, se esté encontrando con Garlick y con la bondad de Dios Padre, que lo abrazará con infinito amor y misericordia, y le hará saber que en la tierra muchos estamos llorando su partida.