EL Rincón de Yanka: LIBRO "J.C. EL SUEÑO DE DIOS" ☉

inicio








sábado, 13 de abril de 2019

LIBRO "J.C. EL SUEÑO DE DIOS" ☉


«Pasada la media noche, Jesús tocó a la puerta. Ella conoció al instante la cadencia de aquellos golpes, que la rescataron de un sueño ligero. Hacía más de nueve semanas que su hijo se había marchado sin decirle cuál era su destino ni si tenía previsto regresar.Venía quemado por el aire del desierto y desmejorado a causa de un ayuno prolongado, aunque tenía las ropas limpias, el cabello bien peinado y la barba recortada, como si se hubiera molestado en atusarse para darle una buena impresión.—Madre…».
Este no es un libro de espiritualidad. Es una novela en la que Miguel Aranguren recrea la época en la que se forjó el destino de muchos pueblos. Con viveza y precisión, nos cuela en la intimidad de la familia que acogió a un niño extraordinario, Jesús de Nazaret, la única persona que ha superado la barrera de la muerte.
«¿Quién dice la gente que soy yo?» preguntó Jesús a sus seguidores más cercanos. Es la misma cuestión que nos vemos abocados a contestar tras la lectura de J.C. El sueño de Dios, la mejor de las novelas de Miguel Aranguren.

Se trata de un largo volumen de 577 páginas en el que, con un detallismo extraordinario, el lector entra de lleno en el momento más importantes de la Historia: la Encarnación de Jesucristo, con la fluidez de las mejores obras de ficción. A medida que avanza en su lectura, quien tiene el libro en las manos pasa a formar parte de las escenas como un personaje más.

Conmueve la forma con la que Aranguren interpreta los pasajes evangélicos y, muy especialmente, aquello que las Escrituras no nos cuentan acerca de la vida oculta de Jesús, especialmente los lazos que le unieron a José y María.


Sin embargo, no se trata de una novela de carácter religioso o doctrinal, pues, según palabras del autor, “no está necesariamente dirigida a un público católico, ni siquiera cristiano. Mi esperanza es que este libro llegue a manos de muchos lectores sin fe, de muchos lectores que apenas sepan nada de Cristo. Confío en que mis personajes les hablen directamente al corazón, ya que es imposible que los protagonistas de los Evangelios nos dejen indiferentes”.

Miguel Aranguren confiesa que la novela le ha supuesto un enorme esfuerzo: “Han sido siete años de trabajo, con muchas ilusiones, muchas dudas, algo de miedo y un asombro creciente ante una historia que creemos conocer pero por la que, por desgracia, muchas veces pasamos de puntillas”.
Con el ritmo de las mejores obras de Aranguren, la novela está dividida en seis partes. “J.C. El sueño de Dios” arranca con la prisión de san Juan Bautista en la fortaleza de Maqueronte. Juan está debilitado y sufre momentos de debilidad y duda acerca del papel que Jesús viene a cumplir.
Aranguren ofrece pasajes llenos de ternura y otros ciertamente dolorosos, pero sobre las páginas de su novela flota una brisa de esperanza y una tensión que hace que la sea adictiva. Entre otras cosas, ha logrado que Jesús, María y José sean personajes vivos y cercanos, perfectamente adaptados a un entorno complejo en un tiempo muy difícil.
“—¡Qué forma de mirar! —clamó un pordiosero sentado contra la pared de los mendigos, después de que el muchachito le hubiera repartido unas tortas de harina—. Tiene tus mismos ojos, María, pero más hondos. Y cuando me observa, parece como si conociera todo mi interior (….)”.
De Sion vendrá el libertador.
Apartará de Jacob las impiedades.
(Isaías, 59-20)
I. El Profeta
Hubo un hombre enviado por Dios, 
que se llamaba Juan.
1.
La Tierra estaba colmada de agua y los regatos bajaban alegres hasta los cauces de los ríos, que en aquellas tierras agrestes casi siempre se encuentran secos. Aquí y allá unos atrevidos brotes orlados con flores se habían abierto paso entre las piedras, llenas de aristas. En el verdor apenas apuntado de la copa de las acacias, los pájaros gorjeaban sin temor, ávidos de formar la primera nidada del año.
Los días en los que el sol primaveral lograba disipar una celada casi perpetua de nubes, las lagartijas salían de las oquedades de las murallas para colgarse por las paredes de la fortificación. Eran rayos todavía débiles, pero suficientes para entibiar aquellos sillares arrancados de las canteras del sur de Judea.
A la alborada una guardia de refresco reemplazaba a la ronda nocturna. Por las almenas de oriente, los ojos del primer destacamento se perdían en la monotonía pardusca y dorada del país de los nabateos. Por el este, los vigías se solazaban con lo que se adivinaba entre la bruma, allende la planicie y las cintas de las ramblas, a las que no les había llegado el maná de los arroyos, pues la humedad condensada del amanecer se descorría igual que un visillo, para mostrar el Mar Muerto, cuya blancura de primera hora resultaba espectral. Más allá de la superficie lechosa quedaba apuntado el pálido verdegal de Betania.
Hacía más de una hora que los gallos del rey habían interrumpido su reposo, contagiando el alboroto a los machos del gallinero de la guarnición. Unos y otros se retaban con quiquiriquíes -unos vigorosos, otros afónicos-, encendiendo los corrales diseminados por el pueblo, que desde la falda de la colina replicaban a las aves del castillo y a las galleras que se encontraban junto a casuchas miserables a uno y otro lado del camino que zigzagueaba desde los peñascales, ascendiendo por las barriadas hasta la primera y la segunda puerta, ambas custodiadas por la temida guardia de Herodes Antipas.

Con la batahola de los pájaros domésticos comenzó el trasegar de la aldea: se encendíeron los hornos comunitarios, que elevaron hasta la fortaleza humildes fumarolas de rastrojo, sarmientos y boñiga seca, así como el perfume de las tortas de pan; algunas mujeres pasearon hasta los regatos, en donde llenaron sus cántaros de un agua más limpia que la de las cisternas; las cabras y las ovejas reclamaron con balidos, desde el interior de los cubiles, la suelta; comenzaron los correteos de los niños por las calles; sonó el graznido de las cornejas alrededor del murallón de la ciudadela y el vuelo madrugador de las golondrinas dibujó parábolas sobre el almenado del alcázar. Entonces se despertaron los reclutas y sirvientes que habían pernoctado en el patio de armas; los esclavos hacía tiempo que preparaban el desayuno.
A los prisioneros de Antipas no se les servía aquella colación. De hecho, no les daban de comer hasta la caída del sol salvo a quien todos en Maqueronte llamaban -en una
mezcla de burla, respeto y pavura- el Profeta, un tipo extraño del que los cancerberos aseguraban que ja más dormía, un duermevela a lo sumo durante el sopor de las fiebres, cuando el cuerpo se le cubría de sudor y balbuceaba salmos encadenados que ellos escuchaban con aprensión. Pero una vez recuperaba la salud no se dejaba caer en la modorra del resto delos presos, que incapaces de encontrar asuntos para ocupar el tiempo se cubrían de paja sucia a la espera del antojadizo dictamen de su ejecución.

Para el Profeta había una escudilla mañanera, por orden expresa del tetrarca: una papilla de cereales y fruta, una torta, dátiles e higos secos. Todo innecesario, porque aquel santón no probaba bocado. Como Antipas le había eximido de grilletes, al aspirar el dulzor del desayuno alzaba la frente -que solía mantener pegada al suelo, en un rincón de la mazmorra que él mismo había limpiado de inmundicias-, abandonaba su oración constante, se ponía en pie, asía el plato y el pan, y caminaba de preso en preso para repartir aquella merced, un quebranto de las normas que los carceleros no se atrevían a descubrir a sus superiores, por miedo a que llegara a oídos de la corte que zumbaba alrededor de aquel monarca tornadizo.
Herodes Antipas no le había condenado al despreciable rango de los demás presos, pues no tenía previsto pasarlo por la mesa de torturas ni, mucho menos, matarlo tras uno de esos juicios grotescos que regocijaba n a sus cortesanos. Más bien al contrario, hubiese querido darle aposento en las estancias palaciegas y ofrecerle el trato exquisito que merecía su prestigio de gran hechicero; vestirlo con sedas y sentarlo a comer junto a su triclinio.
Al principio creyó que le sería fácil conquistarlo como a los demás hombres poderosos que se habían rendido a sus ofertas de lujos, placeres, banquetes y descanso. Se figuró que cuando el Profeta se hubiese acostumbrado a la suntuosidad del palacio, no le costaría sonsacarle el albur de los astros sobre la suerte de su reinado.Acto seguido le habría nombrado consejero, muy por encima de los charlatanes que lo adulaban desde que se ciñó la corona.

Sus espías le habían venido con el cuento de que Juan hablaba con los muertos,entendía el lenguaje de las estrellas y recibía locuciones del Dios de los hebreos.Desde que se propagaron por Sión los primeros rumores sobre aquel personaje que vivía entre el desierto y las riberas del Jordán, los herodianos acecharon sus movimientos. Ellos sabían
quiénes eran los aristócratas que bajaban al río desde la Ciudad Santa con intención de consultarle, lo que provocaba en el monarca un necio placer, pues pensaba que aquellos semitas de alcurnia se ponían a su misma altura: la de un descreído atosigado por el ocultismo.
Lo necesitaba a su lado para protegerse de los enemigos de su propia casa, sus hermanos,que anhelaban el privilegio de reinar sobre tierras fértiles de Judea y disponer del palacio paterno en Jerusalén. Por eso, si lograba engolosinarlo con sus regalos, para que el predicador del Jordán se adelantase al propósito bastardo de los intrigantes que confabulaban contra él, desenmascararía a los que -amparados en un cargo de confianza otorgado por el propio Antipas- sustraían las riquezas del tesoro real, querían envenenarlo o confraternizaban a sus espaldas con los comisionados romanos.

2.
Dios contempló embelesado aquella criatura. Era una mujer. Única, frágil y reconocible en la dulzura de sus rasgos,nacida muchos siglos después de que el Señor apartara un poco de barro para modelar el cuerpo de Adán. Estaba coronada con joyas de emperatriz y en su halda acunaba a un bebé, carne de su carne, envuelto en la piel de un armiño.
-María.
El Todopoderoso paladeó su nombre ante las multitudes de ángeles y arcángeles que lo acompañaban. No quiso mostrarles lo que iba a suceder en los siglos que mediaban entre el primer ser humano y la mujer, pues aquel tramo de la Historia no iba a depender únicamente de Su voluntad.
-Acercaos.
A los espíritus les asombró la delicadeza con la que estaban pintadas las facciones de la doncella.
-¡Qué hermosura!- cantaron los cuatro arcángeles.
Las distintas categorías celestiales estaban enternecidas ante la majestad que emanaban madre e hijo, de la que sus protagonistas no parecían ser conscientes. De hecho el niño se despertó entre bostezos, como todas las criaturas humanas, y reclamó alimento al igual que cualquier otro chiquillo.Ella, después de besarlo, lo amamantó como haría cualquier madre.
Yahvé había decidido constreñir su infinita genialidad en el tiempo y la materia. Aquella era la razón por la que había reunido a las huestes de ángeles y arcángeles desde los infinitos confines del Amor. Les ofreció, en una representación múltiple, los primeros pasajes de la Historia que aún estaba por escribirse. Con la parsimonia del que se sabe dueño de todo y no necesita nada ni a nadie para completar su felicidad, el Omnipotente les hizo ver la suma de siglos y más siglos en los que iba a trazar las leyes que regirían el caos, hasta convertirlo en Naturaleza. Primero una Naturaleza cósmica, espacial; después la eclosión de las estrellas y la organización de las galaxias. Los ángeles pensaron que aquella sucesión de estampas no podía llegar más allá, tras el detalle con el que la Trinidad había concluido el lienzo sin bordes del que colgaban las constelaciones. Sin embargo estrellas, galaxias, sistemas y planetas se despintaron en un repentino cambio de perspectiva. En un rincón de aquella cubierta ingrávida, la Naturaleza próxima se concentró en una Naturaleza diminuta sobre la que se proyectó un candor que traía resonancias de lo que se engendraba en la médula del Cielo.
-¿Quiénes son? -se elevó la pregunta de Luzbel, que se sentía acobardado ante el esplendor de aquella maternidad.
El principal de los arcángeles no entendía la causa del éxtasis con el que el Sumo Conocimiento los había presentado, pues era patente que María y su hijo estaban sometidos a limitaciones de las que ellos se sabían liberados.
-Vamos...-insistió-. Dinos quiénes son.
A los otros tres arcángeles les había dolido la voz imperiosa de su Príncipe.
-Qué nos ocultas -se obstinó.
-Fíjate en ellos, Luzbel -resonó el aliento de Dios-.Serán más fuertes que todas vuestras fortalezas juntas. El arcángel titubeó antes de argumentar a borbotones:
-Los ángeles no procedemos de otros ángeles,como tus hombres provendrán de otros hombres. Además, nos has explicado que los hijos de Adán carecerán de la autoridad, el poder y el refinamiento de cada uno de los números que componen tus ejércitos. ¿Por qué, entonces, dices que estos dos serán más poderosos que nosotros?
-Nos demuestras que no sabes ver con profundidad . Si los miraras dejando a un lado tus prejuicios, tal vez fueras capaz de intuir que los deseos de estos dos pequeños serán, para mí, mandatos.
El rostro del Príncipe de los arcángeles se descompuso.
-La mujer y el niño son hermosos, mi Señor -se sintió obligado a reconocerle -,pero son hombres al fin y al cabo. ¡Ellos no podrán entenderte! Campaneó la risa de Yahvé:
-Ellos albergarán una sabiduría todavía más precisa y completa de la que os he concedido a vosotros.
Luzbel se sintió conturbado.
-¿Sabiduría?
-Sabiduría, sí; nunca permitiré que nadie más que ellos sondeen los extremos de mi infinitud.
-¿Sin un mediador? -no era capaz de discernir las palabras divinas-. ¡Eso es imposible!...Las imágenes que nos has mostrado manifiestan que ni el vacío, ni el gas, ni el mineral, ni el agua ni los seres vivos soportarían un contacto directo con tu poder.
Gabriel, Miguel y Rafael, airados por tanta impertinencia, se revolvieron.
-¡Qué limitada es tu erudición, arcángel de la Luz! -tronó la voz del Todopoderoso-.El desarrollo del mundo se vertebrará alrededor de la mujer y de su hijo. Te garantizo que ese pequeño reinará por la eternidad; primero, cuando mi creación quede sujeta al tiempo y, más tarde, cuando se renueve a la medida de mi Gloria.
-¿Un niño rey de la creación? -no salía de su asombro.
-De la material y la espiritual.
Luzbel fue incapaz de verbalizar su desconcierto.
-El niño será monarca del universo. También será vuestro Rey, ángeles llegados desde todos los contornos-.Un huracán barrió el Cielo-. ¡Tu Rey, Luzbel! El arcángel, encogido, masculló con repulsión:
-Mi Rey una cría de Adán...
-¿Qué murmuras?
-¿Y ella? -la voz se le había quebrado.
-Ella es la madre del Rey, vuestra Emperatriz. Su vientre santísimo concebirá a mi único Hijo por obra del Espíritu.
-El Señor hecho hombre...-acababa de vislumbrar la clave del plan divino.
-Desde toda la eternidad anhelo tomar carne en la carne de mis criaturas libres. Y para ese fin María, cuando llegue el culmen de la Historia, verá la luz cuajada de perfección. Ella será la nueva Eva, hija mía desposada con mi Espíritu y madre del Cristo. Será doncella y en su virginidad se convertirá también en la madre fecundísima de todo el género humano.
Luzbel reculó. No soportaba los detalles de aquella empresa ni la serenidad con la que: María contemplaba al hijo que amamantaba.
-¿Por qué nos confundes?
Por Amor. Centelleó el espacio.
-¿Dónde está tu amor entre tantos desatinos?
-En ellos.
-¿Y piensas que me voy a creer que te harás una criatura de carne mortal? ¿Qué te humillarás para depender del paso del tiempo y limitarás tu fuerza a las capacidades de los cinco sentidos?... ¿por quién me tomas? -le preguntó con fanfarronería- ¿olvidas que he recibido buena parte de tu ciencia?
-Confía y te enamorarás de mis planes.

3.
Que hubiera regresado de su viaje a Roma con la mujer de su hermano Filipo -que era también su sobrina-, con el que Herodías aún seguía casada, era más que un pecado; era un abuso, pues sus sandalias hollaban las mismas piedras sobre las que David asentó la gloria de Israel.
Fue al desembarcar en Cesarea de Filipo, después de agradecer con desdén el frío recibimiento dispensado por la comisión del Sanedrín -que no ocultó su irritación ante el descaro de los amantes- y los obsequios de los representantes del prefecto romano para la que parecía su nueva esposa y para la hija de esta, cuando escuchó por vez primera hablar del Bautista. Según el delegado de su corte para los asuntos de la religión hebrea, el llamado Juan podía ser un nuevo enviado de Yahvé después de quinientos años sin mensajes del Cielo.
Aquella noche, desazonado por un pertinaz mareo de tierra, el tetrarca no se molestó en buscar a Herodías ni a sus concubinas. Iba y venía de sus aposentos a la terraza que se asomaba al puerto, tejiendo en su cabeza una obsesión: la de cautivar a aquel hombre misterioso para que le destapara lo que ocurría durante sus ausencias y para que le protegiera del fantasma de su padre, que de continuo lo atenazaba en terribles pesadillas. Además, Perea y Galilea eran territorios demasiado grandes para dominarlos a capricho. Qué mejor, entonces, que las sugerencias de un hombre tocado por el dedo del más allá e investido de poder para conocer el futuro. Desde que se ciñera la corona, Herodes no había hecho otra cosa que apagar el fuego de los judíos rebeldes,bandas de zelotes que después de atacar sus intereses se escondían en las montañas para reaparecer de improviso y saquear de nuevo a sus recaudadores y los depósitos de armas.
Días después, en la litera que le conducía a Jerusalén, se lo confió a su amante, a quien contagió la misma ansia supersticiosa por aquel traductor de oráculos que se alimentaba de insectos. Planearon invitarlo a palacio y discutieron sobre los agasajos y promesas con los que podrían corromper su voluntad.
-Lo llevaremos a Roma, si es preciso -se le ocurrió a Herodías.
-¿Roma? -Antipas se hizo el sorprendido.
-¿Con qué otro lugar puede soñar un mago? -recostada en el palanquín, daba vueltas a sus sortijas -. Engáñalo -le pellizcó la barba con una risa arrogante-; que si pasará a formar parte del consejo de Tiberio; que si el césar lo cubrirá de oro; que si contribuirá a que estos secarrales pasen a ser la joya del Imperio...Y si resulta que ese tal Juan está comprometido con esta gentuza, hazle creer que su fortuna servirá para armar a todo un ejército de guerrilleros.
No le sorprendió que la comisión de autoridades hebreas hubiese propagado por todo Jerusalén el chisme de su nueva querida. Según le relataron sus informadores en el
salón del trono, los miembros del Sanedrín habían convocado a la multitud en el Atrio del Templo con movimientos y gritos quebrados por un falso dolor.
-¡Cómo les gusta mesarse las barbas a mi costa! -gruñó en su sillón dorado-. Impostores... -pestañeó como una mujerona-. Como si yo me metiera a investigar con quién yacen.
Sabía que le consideraban un advenedizo. Pero lo que ahora los escandalizaba no era una cuestión de linajes sino la aparición de Herodías. Qué poco era un nuevo adulterio
en la larga lista del rey. Tanto él como su padre nunca tuvieron empacho a la hora de exhibir su libertinaje.
-Los judíos cuchichean en los patios y por los laberintos de las calles malolientes -habló uno de sus hombres de confianza, nabateo de piel oscura.
-He tenido que venir a reinar en un país de comadres -. Se levantó del trono y se alisó las caídas de su brillante túnica-. ¡Malditos puercos!... Se pelean por sentarse a mi mesa para, en cuanto vuelven a sus ratoneras, soltar el vientre sobre mi nombre.
En corrillos, los habitantes de la Ciudad Santa comenzaron a escupir cada vez que alguien mentaba el terrible pecado del monarca, delito que pasó de boca a oído en el maremagno del bazar y por los alrededores del Templo de Salomón. Si de habitual los israelitas repudiaban las horrendas transgresiones que se cometían en el interior del palacio, ahora aborrecían la desvergüenza con la que vivía aquel incesto.
-¡Malditos ingratos! -protestó al bajar los peldaños de su sede-. Me deben la belleza de estas torres y de los pináculos del Templo-. Alzó la cabeza, como si sus ojos
pudieran atravesar las paredes para mirar de frente a la urbe. Sus obras estaban convirtiendo Jerusalén en una maravilla ante la que quedaban boquiabiertos los peregrinos que cada año llegaban de toda la diáspora.

A pesar del mal estado de los caminos que subían hacia el norte,de los que se internaban hacia el sur, de los que buscaban los puertos de Joffa y Gaza y las villas a ambos lados
del Mar Muerto, las caravanas de los comerciantes de sal, especias y telas no tardaron en difundir a los cuatro vientos el nuevo pecado del rey, que acrecentó la desafección por parte de los habitantes de Judea, Perea y Galilea, de los de las Decápolis y hasta la de sus medio compatriotas de Samaria.
Las aldeanas se sonrojaban al venir con el escándalo a los patios de vecindad y hubo quienes, en los atrios de las sinagogas, suplicaban venganza al Cielo. En las guaridas de los zelotes el conocimiento del incesto agitó a sus cabecillas,que encontraron una nueva razón para sus escaramuzas contra las patrullas de Antipas. También los que acudían a las riberas del Jordán en busca del Profeta hablaban de la perversión del tetrarca. Aquella trasgresión se convirtió en motivo de apasionadas discusiones alrededor de las hogueras,pues el Bautista no siempre se encontraba en el río y eran muchos los que preferían dormir en descampado que regresar a Jerusalén, no fuese que tornara de mañana junto a sus discípulos.
Las ausencias repentinas de Juan magnificaban su aura mística. Lejos de vanagloriarse con los efectos de sus sermones -capaces de provocar cambios radicales de conducta
y lágrimas de contrición en hombres endurecidos-, aprovechaba la caída del sol para desaparecer por los ribazos y así frustrar el entusiasmo de quienes veían en él el cumplimiento de la promesa mesiánica.
Decían que se retiraba con los suyos a las cuevas abandonadas por los esenios, entre los áridos altozanos de Khirbet Qumran, donde lo habían visto elevarse sobre el suelo en temibles éxtasis en los que hablaba directamente con el Innombrable, igual que Moisés en el monte Horeb.
Podían transcurrir dos, tres y hasta cinco días antes de que regresara con fuerzas renovadas; la oración era el auténtico alimento del anacoreta.
Aunque no hizo demasiado caso a los enredos de los peregrinos, escuchó pacientemente a los primeros que lo envolvieron con exagerados mohínes. Se quitaban la palabra , procurando captar su atención con voces cada vez más encendidas.
-¡Un incesto público junto al Templo, maestro!
-Con su actitud da por oficial la transgresión de nuestra Ley.
-Se ríe de las autoridades, rabbí.
-Se ríe a la cara de los fariseos que acuden a palacio para advertirle de la cólera divina.
Juan los miró sin pronunciar palabra. Traía los labios cortados por el viento del sudeste y los ojos remarcados con ojeras.
-Y vosotros, ¿habéis examinado vuestra conciencia? -les preguntó -.No me mezcléis con asuntos de reyes ni con las interioridades de esos palacios por cuyos convites muchos perdéis la cabeza.
Un joven que les había observado desde cierta distancia, se abrió hueco a codazos.
-Déjate de conciencias y dinos si eres tú el Enviado -lo desafió-. Solo el Mesías podrá reventar la cabeza de Herodes.
Los peregrinos dejaron un espacio entre el Bautista y aquel descarado, que acababa de retirarse el manto para que todos vieran el arma que pendía de su cinturón.
-Nos basta tu asentimiento, rabbí, para que en lo que va de luna a luna podamos juntar a más de trescientos hombres y ponerlos a tus órdenes.
El joven aguardó con la sonrisa en suspenso, pero el Bautista no le respondió: miró hacia la orilla -en donde se congregaban los penitentes-y echó a caminar con la ayuda de su cayado. A pesar de que vestía una piel de camello; de sus pies descalzos y de las pantorrillas bañadas en polvo; del cabello apelotonado en mechones lanudos; de las cicatrices, costras y heridas propias de quien ha optado por un desprendimiento extremo; de su cuerpo enjuto y quemado por el sol emanaba tal dignidad que ninguno de aquellos insurrectos se atrevió a seguirlo.

5.
-¡Me repugna! -chilló-. Los ángeles somos los únicos con derecho a compartir tu intimidad porque te pertenecemos desde antes de la invención del tiempo. Mucho antes de que desgranaras este juego amargo, estábamos junto a ti -había perdido su confianza en Dios-.Entiéndeme, Señor... -salivó, procurando apaciguar la vesania que quemaba su boca -. Goza de tus criaturas y regálales el majestuoso universo que acabamos de contemplar. Mejóraselo si quieres,y haz que toda la belleza gravite alrededor de esa mujer. Pero no te hagas uno de ellos. ¡Te lo suplico! -inclinó la cabeza-. No te abajes a pisar ese suelo que ensucian los excrementos de los animales y que descompone el moho.
-¿Cómo te atreves a hablar así? -. Fulguró la espada de Migue! -¿Quién te crees para decirle a nuestro Señor cómo debería hacer las cosas?
Los ojos de Luzbel se inflamaron en llamaradas.
-¿Acaso no captas lo que pretende? -su otrora voz seráfica se le había transmutado en un habla bronca y pavorosa-. Yahvé encarnado en una criatura ... ¿Has oído bien? Yahvé que ante los hombres silencia sus atributos divinos, como si le avergonzaran; Elohim que ciega su majestad para llegar a ese planeta diminuto del mismo modo que las bestias. Cae en la cuenta, Miguel, y comparte con los otros mensajeros que Dios nos está mintiendo.
Miguel apoyó el filo de su espada en la garganta del Príncipe de los Arcángeles.

-¡Detente!-ordenó el Señor-. Voy a ofrecerle una oportunidad .
-No se la merece -dijo al bajar el arma.
-¿Oportunidad? -aquel que aún era el principal de los espíritus ya no se atrevía a izar la barbilla para dirigirse a las alturas-.Ni te la he pedido ni la quiero.
-Id a vuestros puestos -les conminó Yahvé con renovada solemnidad-.El momento ha llegado.
Cada uno de los arcángeles se distanció para capitanear sus milicias. En apenas un instante, los cuatro brazos armados habían rodeado la maternidad.
-Cuando fuisteis convocados desde todos los rincones de mi gloria, experimentasteis la libertad.Pero no la he diseñado para que solo vosotros la gustéis, ya que también será don de los hombres. Ahora conviene que,para que se cumplan mis designios, libremente os postréis en adoración al niño y veneréis a su madre, de la que os convertiré,mis cuatro arcángeles amados, en lacayos de sus deseos.
-Señor... -Luzbel quiso insistir en sus argumentos, pero al pronunciar el nombre de Dios le vino como una arcada.
-Las cohortes con las que os he dotado, en respuesta a vuestro asentimiento custodiarán a los hombres en el camino hacia mi abrazo -prosiguió, ignorando la llamada de Príncipe.
Miguel, Gabriel y Rafael,cada cual frente a sus tropas, entrecruzaron las manos sobre el pecho, clavaron las rodillas ante la mujer y su hijo, y con la frente rozaron los vuelos del vestido de la Emperatriz .
-¡Serviam! -exclamaron a coro.
Sus rostros, antes cristalinos, habían adquirido una suave coloración. Al ponerse ante los pies de la Señora fueron dignificados con una piel tejida de sanguíneos capilares que les dulcificó el semblante.En adelante serían tres hermosísimos adolescentes de cara plácida y una autoridad suprema en la mirada.
-¿Y tú? -preguntó Yahvé al primero de los arcángeles-. ¿No vas a arrodillarte?

6.
Nada le importaba a Juan aquella monarquía (salvo por el daño causado a su pueblo desde que el césar nombrara a Herodes el Grande, procurador de Judea), pero no porque fuese ajeno a la realidad sino porque jamás atendía los requerimientos mundanos. La misión que Yahvé le había encomendado estaba muy por encima de las cuitas políticas y le exigía total dedicación. Por eso no se concedía ni una hora de descanso en aquellas jornadas en las que hablaba a las gentes con sabiduría impropia de un anacoreta, para asombro delos doctores y escribas que bajaban al valle ribereño dispuestos a verificar sus conocimientos dela Ley.
Después de exhortar acerca de la conversión del corazón, solía tomar asiento a la sombra de los tamarindos para escuchar las confesiones de quienes, al atardecer, iban a sumergirse en las aguas de un meandro para recibir el bautismo.
-Confía en que Adonai te pueda perdonar -les comunicaba con gesto de alegría-. Vuelve a tu casa y no peques más.

A diferencia de los líderes judíos que habían surgido y caído desde que Pompeyo conquistara la Ciudad Santa, el Bautista prescindía de discursos terrenales. Sus sermones descubrían el auténtico sentido de la raza y las obligaciones religiosas que conllevaba la pertenencia al Pueblo Elegido. Por eso sus labios nunca maldijeron la invasión del ejército romano.
-Por voluntad divina -gustaba recordarles -, sois hijos de Abrahán, los únicos hombres auténticamente libres a pesar de la vergonzosa esclavitud que padecieron nuestros
padres, precio con el que Kyrios se cobró la deslealtad de su Pueblo. ¿Por qué me tendéis una trampa para que juzgue a Herodes? ¡Juzgadlo vosotros!
¿Cómo? -. Uno de los que le habían venido con el chisme del incesto se llevó las manos al corazón -.Solo tú tienes, rabbí, autoridad moral.
Autoridad moral... -Juan respiró con fatiga-. ¿Acaso no sabéis que los príncipes de los sacerdotes y los saduceos cuentan con los soldados del rey para asegurarse el cobro de sus aparcerías?-.Se miraron entre ellos-.¿Acaso no lo festejáis con lisonjas cada vez que viaja a Jerusalén? Oíd, oíd...-arrugó la frente y miró a derecha e izquierda-. Hasta aquí llegan vuestras loas por la belleza del Templo.
Nos ofendes, maestro -se quejó el joven.
El Profeta se quedó unos instantes en silencio.
Sin Herodes no habríais podido juntar el oro necesario para recuperar la antigua grandeza de la obra de Salomón.
Es justo reconocer su altruismo -habló el que parecía más viejo.
-Tú lo has dicho -.El sol le daba de frente y los ojos apenas se le veían, ocultos por las cejas hirsutas-.Israel ahora puede competir en lujo y majestuosidad con la capital de Egipto, y eso os hace arrogantes -. Los señaló con el cayado-, porque nuestra gente sufre hambre y sed de justicia.

7.
Juan apenas era un niño cuando falleció el primero de los reyes idumeos, pero conocía bien el precio que pagaron los que aprovecharon el duelo oficial para amotinarse contra
las milicias herodianas y los destacamentos romanos. Durante meses, la Ciudad Santa quedó envuelta en el hedor de los cadáveres que la soldadesca lanzaba al estercolero del valle de la Gehena. De Jerusalén a Betel,sembraron el camino de cadalsos;los matarifes no daban abasto para colgar de la cruz a los condenados -sin pruebas, casi todos ellos
Con la aquiescencia de Antipas, que a la muerte de su padre había sido coronado por Roma junto a sus hermanos, las aldeas de las cuatro provincias sufrieron el asalto de las legiones del gobernador de Siria. Bajo la excusa de apresar a los alborotadores, robaron ganados, el contenido de los silos,aperos de labranza, los pocos denarios ahorrados por las familias y los siclos custodiados en las sinagogas. También violaron a algunas mujeres antes de llevarse como esclavos a los habitantes de Sephoris.

8.
Luzbel dio unos pasos atrás para escapar de la calidez que desprendía la maternidad, empujando a sus huestes hacia un espacio de vapores foscos. Su faz había mutado: tenía la quijada pegada a la coraza que le protegía el busto y respiraba una exhalación pesada y sibilante.
-¡Non serviam!-degustó su rebeldía.
Los espíritus que conformaban los batallones del principal de los arcángeles, intoxicados por una suerte de locura colectiva, fueron convulsionándose a medida que se transmitían -los unos a los otros- el veredicto de su paladín, del que inmediatamente se apropiaron. Arrebatados por aquella voluntad manifiesta que hicieron suya, introdujeron los dedos en los resaltes de sus armaduras, aullando procacidades al arrancárselas del cuerpo y lanzarlas contra las tropas fieles.En cuanto se quedaron desnudos, se precipitaron por la sima que la infidelidad de Lucifer había abierto en el Cielo. El bello equilibrio desaparecía para ellos ante la proyección de un tétrico infierno.
Miguel, Gabriel y Rafael contemplaron con espanto cómo los ojos del que había sido cabeza de las fuerzas angélicas eran dos agujeros que rezumaban hiel. La mandíbula se le había descolgado y de la boca le pendía una lengua larga, recubierta de pústulas y sajada en el extremo.
-¡No te serviré! -al vocear escupía gotas que ulceraban los cúmulos-.Ni en tu eternidad ni en el tiempo -era incapaz de disfrazar la animadversión que le consumía-.
Nunca más volveré a llevar tus mensajes ni abanderaré a mis soldados en la exaltación de tu nombre. Has conseguido que deteste el calor y la luminiscencia, el equilibrio y las sinfonías que siempre te acompañan.
Despojado voluntariamente de todos sus privilegios, acababa de perder la capacidad de unión con los espíritus leales. Su cuerpo ya no irradiaba fulgor y aunque seguía cubierto de piel, esta era viscosa y fría. Manos y pies se le habían contraído, y entre los dedos se le amontonaba infectos abscesos que al reventar liberaban efluvios hediondos. Aquellas secreciones eran frutos envenenados de su rechazo a la voluntad amantísima del Omnipotente, consecuencia del odio que sentía hacia sí mismo por no querer arrepentirse. Se odiaba al igual que odiaba a sus ángeles, a los que llamó demonios a partir de entonces.
Belcebú,hundido en una insoportable perplejidad que le hacía comerse sus propias inmundicias (que no eran otras sino el aborrecimiento a las criaturas: espíritus alados, hombres y Naturaleza), abrió a zarpazos sus carnes negras para roer -como si fuese un hueso seco, sin tuétano-el uso perverso que había hecho de la libertad.
Si las cabezas de los tres arcángeles estaban nimbadas, del cráneo de Satán brotaron unas protuberancias ensortijadas como cornamenta de carnero, de las que sobresalió un pitón salpicado de pequeños ojos que miraban hacia todas partes.
-¿Es este todo tu castigo? -alzó un brazo amenazador, embozado en postillas.
Yo note he hecho nada -Yahvé habló con reposo-.Eres tú, Lucifer, el que con tus sentimientos venenosos has comenzado a deformarte. El Maligno abrió los senos de la nariz y se puso a olisquea r con ruidos espumosos, como si hocicara.
-Puedo adivinar dónde está tu rostro, pero no te veo.
-Eres tú el que te has cosido los párpados, haciéndome invisible a tu corazón.
Su orgullo quedó herido, pues no podía contener el miedo ante el Manantial de Paz. Era un sentimiento nuevo y cercenador. Incapaz de rendir los estímulos de su cuerpo encogió los belfos y amenazó a ciegas, dando vueltas sobre sí mismo.
-Me río de ti y escupo a los pies de esa mujer.
Tampoco había tenido valor para nombrar a María.

9.
No sin poco esfuerzo, Antipas subió a una de las torretas de su palacio de Jerusalén. Dos sirvientes lo habían precedido con un escabel de ébano.Antes de que se dejara caer en el taburete, le colocaron mullidos almohadones de seda, y una vez recobró el ritmo de la respiración y se secó el sudor que le caía a chorretones por el cuello y la papada,les tendió los brazos para que le ayudaran a incorporarse.
-¿Dónde está? -preguntó, asomado a un hueco entre las almenas.
Ante él se extendían los techados -que marcaban el recorrido de calles y avenidas-, el verdor de los jardines,las copas de las acacias y algarrobos que flotaban por encima de los claustros, y los cipreses que acompañaban los tramos de las escalinatas que unían los distintos desniveles de la capital. Pasó sus ojos pequeños por las balaustradas, las terrazas y las columnatas de los soportales; las viviendas cúbicas, sin apenas vanos exteriores; el pináculo de la tumba de David; los contados tejados a dos aguas de las dependencias administrativas y los arcos de medio punto de las haciendas principales.
-A tu derecha, majestad -le indicó uno de sus chambelanes, llevándose la mano a los ojos a modo de visera. Herodes se quitó la mitra bordada.
-Toma -se la entregó a un esclavo nubio.
De puntillas, recostó el vientre sobre la cañonera.
-Traedme el banquillo y colocádmelo bajo los pies -les pidió con dificultad -.¿No os dais cuenta de que no logro sacar la cabeza?
Con un leve temblor causado por el vértigo, se retrepó hasta que logró ponerse en pie,hincando los dedos en las junturas del remate defensivo.
-¿Por dónde me dijiste?
-Allí, majestad ...-el chambelán señaló hacia el horizonte.
Antipas parpadeó, deseoso de hallar entre la calima la sierpe plateada del Jordán, pero las lomas se sucedían, cada vez más altas.
-¡No lo veo!
-Desde aquí no es posible verlo -tartamudeó su ayudante-. Estamos demasiado lejos.
Había pensado que en lo alto de su bastión descubriría el rincón fértil donde el Bautista ofrecía su servicio espiritual.

-Necesito encontrar al Profeta -dijo entre dientes cuando le ayudaron a bajar al matacán de la torre.
Al anochecer, una triada de jinetes partió del palacio. Herodías los observó por detrás de los cortinajes.Salomé se encontraba a su lado.
-Cuando el hechicero pase a nuestro servicio, se terminarán las murmuraciones -peinaba con los dedos la larga melena de su hija.
-¿Y si no quiere servir al tío? La amante dejó de atusarla.
-Parece mentira que seas nieta e hija de monarcas.Los vasallos no tienen deseos; cumplen lo que seles ordena.
-Pero él es un brujo -la muchacha tomó la cortina para apretarla entre los puños-, y tú me has enseñado a temer a los magos: saben leer en el fondo del corazón y destapan nuestros pensamientos más secretos.
-Los que hemos conocido en Roma adoran a los diablos. Sanan a los enfermos por intervención de Baal, en cuyo nombre nos revelan el devenir de la fortuna.Pero el poder del Bautista es distinto.
-¿Por qué? -le abordó con la impertinencia propia de la juventud-. En la religión del único Dios también existen los infiernos. lNo será ese hombre un enviado de Belcebú?
Herodías descansó la vista en las luces que iban prendiéndose junto a las puertas occidentales del Templo.
-¿Belcebú?... -sonrió con sarcasmo-. Según los soplones de tu tío, el Profeta solo habla del Dios que les entregó esta maldita tierra sembrada de rastrojos. No quiere formar un ejército ni recibir laureles. Tampoco pide dinero.
-Entonces, es un loco -concluyó la joven.
A Herodías, a quien sus agentes le habían informado acerca de las costumbres del asceta, le desconcertó que el Bautista hubiera expulsado a algunos de sus discípulos por haber aceptado una vasija de leche, un trozo de queso o unas monedas de los peregrinos como soborno por librarse del turno impuesto a la muchedumbre que deseaba poner su cabeza bajo las manos del santón.Juan no consentía obsequios de los dignatarios que le solicitaban entrevistas y que,de aquel modo, pretendían comprar su atención. Se negaba a recibir regalos como pago por sus servicios y jamás se sentaba en los corros que le invitaban a compartir un almuerzo.
Se sabía que el Profeta tenía el don de escoger a los penitentes que intuía más necesitados de consuelo, después de distribuir entre sus discípulos a los aristócratas que querían confesar sus infidelidades a la Ley.
-Ha pasado el tiempo en el que Kyrios asistía silencioso a nuestros delitos -repetía al pasearse entre los que se iban desnudando antes de entrar en las aguas para recibir el
bautismo-.¡Haced penitencia!-. Los neófitos se acuclillaban, conmovidos hasta las lágrimas-.Ganaos, con vuestra expiación,la Misericordia de lo Alto.
Poco antes de su detención se rasuró la cabeza. Aquel aspecto indecoroso fue la última exteriorización de su abandono.Sin cabello ni barba, aparecía por los cañaverales o surgía de las grutas como un demente.
Los peregrinos habían comenzado a dudar si era él a quien debían acudir, porque otro hombre con otros discípulos se había establecido también en el cauce del Jordán. Este no bautizaba sino que contemplaba desde la orilla las inmersiones que los suyos practicaban a los judíos arrepentidos. Crecieron los dimes y diretes acerca de los poderes que brotaban del nuevo rabbí. Se decía que algunos de los seguidores del Bautista habían desertado de sus filas, cautivados por los signos de aquel taumaturgo.

10.
Se figuró que el Creador actuaría ante su reniego sacrílego con un golpe de cólera. Por eso se encogió sobre las patas. Deseó que le aniquilara la ira del Cielo, ya que no descubría otra forma de acabar con su autodestrucción.
Esperó, esperó... para encontrarse solo con el silencio.
-Has sido un insensato al revelarme tus planes -el Príncipe de la Mentira volvió el rostro a todos los lados, por si lograba encararse con Él-. No me detendré hasta encontrar a la mujer encinta. Para entonces ella ya no será una imagen proyectada desde tu deseo, sino una criatura viva -se carcajeó como una hiena y sus diablos aullaron con hambre.
-Has renunciado a comprenderme -le dijo Yahvé.
-Mis ejércitos prostituirán las cualidades con las que vas a premiar a Adán y sus descendientes -no se molestó en escucharle-. Actuarán en todo momento y por todos los rumbos para engañar a los que te has atrevido a titular herederos de tu Gloria. Ofuscados con apetencias deshonestas,los hombres comprarán el poder cualquiera que sea su precio. Mis secuaces también les echarán lazadas de envidia y codicia; les susurrarán para despertarles un juicio contaminado contra sus hermanos y les apegarán el corazón a todo lo caduco -con un exagerado movimiento de labios enfatizaba la retahíla de pecados -.Se les encapotarán los ojos a tu trascendencia:primero dudarán de que existas para después empezar a vivir como si no existieras. Muchos prescindirán de ti y tus Mandamientos;te olvidarán, transmitiendo ese vacío a sus hijos, a quienes el desconocimiento de lo divino los colocará a la altura de las bestias. Otros, los mejor dotados, pasarán del desprecio al odio -sus lacrimales derramaban cenizas-, y para entonces habremos descompensado la armonía de los sentidos en la especie humana. No les bastará el placer que has incorporado al amor y se volverán lujuriosos: la corruptela de la carne será una de mis mejores bazas. Sin equilibrio en sus afectos, se desbocarán en busca de gozos y riquezas con las que querrán enmudecer los sufrimientos que la vida traerá emparejados. En su voracidad por atesorar predios, ganados,joyas, esclavos y dinero, hallarán todo tipo de justificaciones para desatender el hambre de sus hermanos sin fortuna, excusas con las que harán razonable incluso el asesinato.Porque se matarán los unos a los otros -Satán pareció que se hacía cada vez más grande-. Y cuando los hombres, obra culmen de tu amor, estén ebrios de sangre, arrasarán pueblos enteros, decapitarán niños, abandonarán a los enfermos y fabricarán herramientas para deshacerse de los débiles ante la apatía de la muchedumbre. Desde el inicio al final de la Historia, hombres y mujeres se deslizarán por las sendas del pecado hasta llegar a mis infiernos. Construirán ídolos de barro y se inventarán supersticiones homicidas. ¡No pretendas colar por algún resquicio el resplandor de tu esperanza !... Será inicua ante la picadura de mi aguijón -guardaba las distancias, como un animal apaleado-. La libertad ha sido mi ruina, pero con Adán esa misma libertad será mi ardid. A partir del primero de los hombres, el empleo deshonesto de tu don generará en ellos una indolencia absoluta ante el amor con el que vas a crearlos. Los verás avanzar, sin que puedas hacer nada, por el túnel de la perdición.

Y una vez estén en mi guarida, los encerraré en una soledad irremediable. Abrasados por el azufre,maldecirán tu capricho por haberles traído a la vida-.Lanzó un coletazo.
Los demonios se mordían entre sí, como una rehala de perros que ansía el comienzo de la caza.
-¡Víbora!... -la palabra del Único vino a definirle-. Espérate antes de hablar y mide el alcance de tus amenazas.
-¡No nos vamos a esperar! -elevó la voz, distorsionada como dos metales oxidados que se friccionan-. Me enroscaré en uno de los árboles del vergel en el que vas a recibirlos, a la altura de los ojos de la primera mujer. Después de tentarla inyectaré un jugo deletéreo en las raíces del paraíso, que se irá inoculando siglo a siglo, enloqueciendo las leyes de la Naturaleza. Las nuevas generaciones nacerán con el alma corrupta y un cuerpo abocado a la muerte. Ellos -señaló a los demonios- se ocuparán de perderlos mientras rastreo cada centímetro del planeta, cada fracción del tiempo, en busca de esa mujer -señaló al lugar en donde creía que estaba la Emperatriz -.Cuando la descubra me agazaparé a su lado hasta el momento del parto. Entonces, con la crueldad del dragón, saltaré sobre el hijo de sus entrañas y se lo arrebataré de las manos-.Una risotada amarga voló por el paraje yermo-. ¡Sí!... Devoraré al Rey de Reyes antes de que sus pulmones se abran en una primera respiración. Me lo comeré a bocados, arrancaré su carne tierna y tronzaré sus huesos.

11.
Algunos fariseos aguardaban turno para confesar sus pecados, seguros de que el Profeta los eximiría a los ojos de la gente,pues solían alardear con la longitud de sus filacterias del cumplimiento escrupuloso de todos y cada uno de los mandatos de la Torá.
-¡Raza de víboras! -dio un fuerte empujón al escriba que se había sentado en una piedra junto a él, tirándolo al suelo-.¿Es así como te presentas al tribunal del Señor?
-Nosotros no tenemos de qué pedir perdón -arguyó, acodándose para ponerse en pie y buscar la aprobación de los suyos. Juan volvió el rostro impetuoso hacia los demás.
-¿Con qué derecho creéis que vais a escapar de la ira que está al caer?
-¿Cómo te atreves? -El intérprete de la Ley dejó de sacudirse el polvo dela túnica-. Nosotros somos los legítimos representan tes de la Alianza. Los fariseos habían acudido a socorrer a su hermano de secta.
-Acabas de ofendernos, miserable -le acusó un anciano que lanzaba diminutos salivazos al hablar -. Tú, que los sábados no acudes a la sinagoga y eximes a estos
desgraciados del cumplimiento de nuestras tradiciones,conduciéndoles a la perdición.
La gente observaba sobrecogida, también los discípulos del Bautista.
-¿Quién te crees que eres? -le señaló la mano temblorosa de un saduceo, líder de aquella comitiva-. Pordiosero del desierto...-. Se agachó y tomó una piedra-. Ha llegado la hora de acabar con esta parodia ; solo nuestros ayunos y diezmos atraen el perdón de Adonai.

-¡lnsultas a nuestros padres!-clamaron.
Voló el primer guijarro, pero el Bautista asentó los pies e irguió el torso.
-¿Y vosotros sois los hijos legítimos de Abrahán? -ironizó. Los fariseos asintieron.
-Os aseguro que Elohim puede hacer surgir de estas piedras nuevos hijos del patriarca.
-¡Eso es una blasfemia! -exclamó el anciano.
-Te equivocas -subió al poyo en el que había estado escuchando las confesiones, para dirigirse a todo el pueblo-.No es la pureza de linaje lo que agrada al Señor, sino el deseo de aquellos que lo buscan con sinceridad.
-Pero, ¿qué dices? -uno hizo una mueca para significar que el anacoreta había perdido la cordura.
-Ya está el hacha preparada junto a la raíz delos árboles -prosiguió-. Y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
-¡Ay! Juan, hijo de Zacarías... -el saduceo negó con la cabeza-. Si tu padre estuviera aún entre nosotros, se avergonzaría de ti.
Aquel hombre no era el único que sospechaba que Zacarías nunca entendió la originalidad religiosa de su vástago, que por línea paterna y materna descendía del mismísimo rey David.
-Él sabía que estabas equivocado -habló con jactancia-; tus rarezas lo ultrajaba. Estaba convencido de que Kyrios no se te podía haber manifestado de tan extravagante manera.Mírate -apretó la mandíbula al cuello, hinchándosele la barba rala y canosa, y redondeó los labios con engreimiento-. Ese aspecto, esa hediondez a bestia salvaje... Has abjurado de la nobleza de tu casa.
-¡Meretz! -se entrometió uno de los escribas, como si aquellas referencias a Zacarías le hubiesen resultado demasiado agraviantes.
-¡Quita! -le batió la mano antes de volver sobre el Bautista-.Podrías haber hecho una buena carrera en el servicio al Templo, pero tras morir tu padre, tu madre ejerció una influencia nefasta sobre ti.

Con frecuencia Juan traía a su oración la memoria de sus padres.Le sorprendía cómo muchos de los salmos que desde niño había invocado en la sinagoga se ajustaban al
camino que Zacarías e Isabel habían recorrido juntos. Por un lado, el recelo de su progenitor ante aquella pasmosa embajada divina, que lo condujo a una mudez recuperada tras nueve meses de severa expiación. Por el otro, la paciencia con la que su madre había llevado tantos años de esterilidad,pues para una descendiente del linaje de Judá, de Isaías, de los monarcas de la antigua Canaán -David y Salomón-, cuyo útero albergaba la posibilidad de gestar al Salvador del pueblo, la sequedad evidenciaba el desafecto de Yahvé, una indignidad perenne ante las mujeres de la aldea que llenaban los hogares con los llantos y las risas de sus hijos.
El Bautista estaba convencido de que sus padres llevaron aquella prueba con aplomo, de que Zacarías aguantó con temple las rechiflas que, a su costa, hacían los pontífices del Templo, especialmente los saduceos, siempre dispuestos a reírle al Sumo Sacerdote los comentarios de mal gusto sobre sus contrincantes fariseos. No era el único, por supuesto, de los clérigos que no tenía descendencia; entre ellos se había entreverado cierta solidaridad en la adversidad, sobre todo cuando superaban los cuarenta años,edad en la que otros empezaban a presumir de una colección de nietos.
Todo cambió de forma sorprendente: Zacarías había bajado con Isabel a la Ciudad Santa porque a los sacerdotes del turno de Abías les correspondía, durante aquella semana, el honor de atender la liturgia en el Templo.

Los esposos se despidieron en las arcadas del Atrio de las Mujeres y Zacarías se reunió con los suyos en una de las salas del Santuario. Allí comenzó la concatenación de sorpresas: la primera (y no la menor) fue su elección para ofrecer el sacrificio perpetuo en el interior del Sancta sanctorum. Como cualquier noble de aquella clase distinguida por el servicio a Yahvé, ansiaba el momento de aromatizar la pequeña estancia en la que era palpable -como en ningún otro lugar-la presencia del Único.
Mientras le ayudaban a revestirse con una capa engastada de perlas y a enrollarse un fajín escarlata, le palpitaron las sienes;le había llegado uno de los momentos cumbres de una vida con una única misión. Entre bisbiseos selavó las manos en una ablución escrupulosa, con el corazón abandonado en aquella caricia divina que temió nunca fuese a corresponderle.Una vez situado para abrir el desfile sacro, se dejó colocar la diadema, con la que sintió la responsabilidad de los hombres escogidos por Yahvé.
Sonó el tañido que ponía a toda Sión en tensión, un eco metálico que interrumpía las conversaciones y detenía las transacciones de los cambistas y los vendedores de
animales destinados a los sacrificios.Un silencio solemne empujó a Zacarías y a los sacerdotes, que llevaban las vasijas con las brasas y el incienso, hacia las escalinatas que ascendían al Santuario. El viejo avanzó con el cuerpo henchido de orgullo. En su imaginación iba conjeturando la reacción de Isabel cuando descubriera que era él el distinguido con la más excelsa de las honras. Debía saborear aquellos momentos, pues la ceremonia era breve.

Aspiró los perfumes con las aletas de la nariz completamente distendidas, abrió y cerró los ojos ante el portón de bronce y se gozó bajo el peso de aquellas enjoyadas vestimentas. Esperó a que se abrieran los goznes y se atrevió a elevar ligeramente los ojos para contemplar el arco por el que suspiraban los judío s repartidos a lo largo y ancho del mundo. Frente a sí tenía el pesado cortinón que custodiaba el habitáculo por el que cualquier miembro del pueblo del Dios de los Ejércitos estaría dispuesto a entregar hasta la última gota de su sangre.
El desfile procesional se detuvo. A indicación de un levita, Zacarías y los sacerdotes que le acompañaban pasaron al interior de la cámara. La luz se colaba por altos lucernarios, que creaban la ilusión óptica de un prodigioso rompimiento de gloria. Los sacerdotes depositaron las vasijas sobre un altar de mármol y regresaron afuera sin decir palabra ni dar la espalda al riquísimo velo que ocultaba la roca sobre la que reposaba Yahvé.

Zacarías, solo, aguardó un nuevo toque de las trompetas. Una lengua húmeda le bajaba por la columna hasta empaparle el fajín. Tenía mojadas las patillas y notaba la exudación que le colgaba de la sotabarba. Le temblaba el cuerpo; no debía derramar los granos de resina al echarlos sobre las brasas.A pesar de su rigidez, logró domeñar el pulso. Nunca pensó que se turbaría de tal manera al contemplar el Candelabro de Siete Brazos, que representaba la zarza en la que la Sabiduría se reveló a Moisés.

12.
-¡Maldita seas, serpiente, entre todas las criaturas! Te arrastrarás sobre el vientre, Satanás, y comerás polvo todos los días de tu existencia.
Lucifer escuchó aquella imprecación en la lejanía. Aunque ni él ni sus esbirros acertaban a calcular la distancia que los separaba de Yahvé, cada una de aquellas palabras les asaetó una flecha de hielo.
-¡Maldita seas, serpiente!
Cayó debruces y se convulsionó sobre el barro mientras eructaba las más horrendas blasfemias.
-Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Aunque trates de buscarle el talón para herirla,ella será la que te aplaste la cabeza -prosiguió la maldición del Cielo-.Engañarás a los hombres, pero sus pecados provocarán en mi corazón un Amor todavía más fuerte.
Satán era un áspid rojizo que buscaba la manera de huir de aquel ciclón. Cuando lograba introducirse por alguna de las grietas que se habían abierto en las paredes del Infierno, serpenteaba por las junturas de las piedras para ir a salir, indefectiblemente,al mismo lugar.
-Llegará un día en el que los hombres, abrumados por mi Misericordia, bendecirán su terrible culpa, que será redimida a través de la fidelidad de María, que restregará en las ascuas lo que de tu sangre quede en la suela de su sandalia. Esa virgen será la puerta por la que entrará el derroche de todas mis Gracias.
En medio de una oscuridad absoluta, el reptil rompió a temblar.

13.
Lo vio junto a la roca. Había surgido detrás de la niebla de su ofrenda aromática. Fue tal su sobresalto que, sin querer, empujó las vasijas, que se hicieron añicos contra el suelo. El adolescente que relumbraba no había llegado a la sala junto a los tres sacerdotes, ni se encontraba en el Sanctasanctorum cuando Zacarías descorrió el velo que ocultaba la Piedra Sagrada.
Perdió la fuerza en las rodillas y cayó como un fardo, presa de un vértigo sobrenatural.Aturdido, apretó los párpados y se protegió la cabeza con los brazos. Sabía que aquella aparición venía de lo Alto,pero no entendía por qué el Cielo había escogido un testigo como él, un hombre apenas influyente, un anciano pobre y sin descendencia.
-No temas, Zacarías-. Al percibir la voz seráfica se llevó las manos a los oídos-,porque tu oración ha sido escuchada.
-Gabriel... -pronuncia ron los labios de Juan-.La fuerza de Dios.
-Ya está con sus alucinaciones -el anciano saduceo tornó la cabeza para buscar la connivencia de los suyos. Y como si fuese inútil continuar aquel desafío, abrió la mano para dejar caer el canto rodado antes de invitar a los infiltrados a marcharse con él.

El principal de los embajadores del Cielo se presentó ante el sacerdote para comunicarle que Yahvé juega otros tiempos frente a las urgencias de los hombres. Zacarías
acababa de escuchar la buena nueva:iba a ser padre y la criatura traía un nombre.
«No es posible», se dijo, sumido en una temblequera ingobernable, como si no reconociera los años de oraciones junto a Isabel, cuando recordaban aquellos pasajes de la Biblia en los que algunas mujeres mayores habían sido bendecidas con semejan te merced. Pero a partir de que le desapareciera el ciclo, Zacarías consideró que porfiar era inútil. Si persistió en la oración, se debió a la fuerza de la costumbre, a la terquedad de su esposa y a la frecuencia de los sueños en los que acunaba a un bebé circuncidado. Cuando en la sinagoga del pueblo la cabeza se le iba de sus negocios -la huerta, los labrantíos...- a la aspiración de una relación marital fructífera, se ruborizaba por pretender la fecundidad de su vieja esposa.
«Si Isabel muere, me volveré a casar», había llegado a cavilar con los ojos distraídos en los mosaicos que decoraban la sinagoga. Pero al instante le dominaba el remordimiento, pues su mujer no se merecía semejan te niñería.
Los ministros que habían portado las vasijas se miraron con extrañeza: había transcurrido tiempo más que suficiente para que el sacerdote hubiera incensado el altar, pero el velo no se había movido ni vieron el dorso de la capa avanzar hacia ellos desde la penumbra.
-¡Zacarías! -le llamaron,sin obtener respuesta.

Se elevaron los murmullos en el Atrio de los Sacerdotes.Muchos se incorporaron, provocando la inquietud de los fieles que velaban en el patio de Israel.Entre las mujeres, ocultas detrás de las celosías, se organizó una batahola que puso a Isabel en un aprieto.Tenía el pálpito de que algo grave había sucedido en el Sanctasanctorum: tal vez su esposo se había derrumbado a causa del peso y el calor de los hábitos: habría perdido el sentido o sufrido un dolor en el pecho; no hacía muchos meses,unas palpitaciones lo postraron en cama.
Se aquietó el barullo cuando, al fin, se movió el cortinón. El sacerdote apareció tambaleándose, con la capa desencajada sobre los hombros. Se llevaba insistentemente las manos a la garganta y un centelleo en las mejilla s probaba que había llorado. Cuando sus asistentes fueron a auxiliarle advirtieron que había perdido el habla. Zacarías tornaba la cabeza hacia el Santo de los santos y, nuevamente, rompía a sollozar, lo que dio pie a que se propagara que acababa de tener una visión. Él no quiso corroborarlo, ni siquiera al Sumo Sacerdote, a quien le carcomía la curiosidad . Solo en la intimidad de su hogar y ante Isabel osó confesar, ayudándose de un punzón y una tablilla,la presencia del arcángel y lo asombroso de sus palabras.
Los vecinos creyeron que Juan era una criatura adoptada por el longevo matrimonio,fruto de una relación adúltera por parte de cualquiera de los aparceros que cultivaban las tierras de Zacarías en la lejana Galilea. Un gesto de caridad, en suma, que venía a confortar a los esposos infértiles. Solo unos pocos sacerdotes,a los que el anciano permitió que les visitaran durante los últimos meses del embarazo de Isabel (que permanecía oculta a ojos de la gente), se conmovieron ante la Misericordia de Dios y se preguntaban por la misión que traía aquel pequeño.
Siete días después del parto, Zacarías abrió las puertas de su casa a los parientes cercanos y a los compañeros del turno de Abías. Cenaron las preceptivas legumbres en honor al retoño que, en cuestión de horas, iba a formar parte de aquella raza que estaba por encima de las demás razas, y hasta la media noche recitaron salmos y repasaron costumbres recogidas en el Talmud. Al día siguiente el matrimonio llevó al niño a la sinagoga. Cuando el mohel pregonó el nombre de Zacarías para aquel primogénito, Isabel alzó la voz desde el portal.

-¡Se llamará Juan!
El rabino detuvo la mano del cirujano .
-¿Juan?
El padre hizo una seña de asenso.
-Pero, Zacarías... No hay nadie en tu familia que se llame así.
El anciano solicitó una tablilla de cera y grabó con precipitación:
«Juan es su nombre».
-Sea -el rabino, extrañado, alzó los hombros, devolviéndole al mohel todo el protagonismo .
Iba este a tomar la piedra cortante cuando escucharon un estertor. Era Zacarías, al que se le había desatado la lengua.
-Puedo hablar... ¡Puedo hablar!
Los presentes se apartaron, sobresaltados.
-¡Milagro! -se atrevió a proclamar el maestro dela sinagoga.
-¡Milagro! ¡Milagro!...-corearon desde el interior hasta la calle.
Cuando al mohel se le mancharon los dedos de sangre, Zacarías apretó al niño contra su pecho. Le caían unos lagrimones que rompieron sobre el rostro de Juan,que gemía de dolor.
-Isabel... -la convocó.
Pero a su esposa aún le faltaban unas semanas para recuperar la pureza legal, y no debía pasar de la galería.
-Isabel... -el anciano salió y le tendió al bebé para que lo calmase-. ¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel!
-¡Es un milagro!-seguían declarando el rabino y los diez testigos de la circuncisión.
De nuevo en casa y ante sus invitados, Zacarías describió el proceso que había experimentado durante aquellos nueve meses de silencio. Dijo haber comprendido que la venida del Mesías estaba pronta y que con él finalizaría la opresión de Roma y de sus reyezuelos. Canaán volvería a ser libre en cumplimiento del juramento que Yahvé le hizo a Abrahán, pero los judíos ya no ambicionarían el poder mundano sino que servirían a Kyrios con santidad y justicia.
Se puso en pie para tomar al bebé y lo alzó con sus brazos entecos.

-Observadlo bien -la voz se le entrecortaba-.A mi hijo le llamarán Profeta del Altísimo. Él irá delante del Señor a preparar sus caminos -fue dando vueltas sobre sí
mismo para que todos pudiesen apreciar los rasgos de la criatura-, enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de sus pecados. Gracias a las entrañas de Misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombras de muerte,y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
No tardó Zacarías en perder la memoria. Ya no salía de casa para visitar sus bancales ni se sentaba a ordeñar las cabras.Las horas se le iban en el patio comunal.A quien se acercaba a la aldea para encontrarse con el último hebreo al que se le habían abierto los Cielos, le ofrecía una cándida sonrisa. Era incapaz de recordar quién era o cómo había llegado el niño que, a su lado, jugueteaba con un cachorro o lanzaba tabas al aire.

14.
Entre las mercedes concedidas al prisionero, Herodes permitió el libre acceso de sus discípulos. Cuando los carceleros se hicieron con sus rostros y sus nombres,pudieron entrar y salir de las mazmorras según les conviniera.Le traían leche de camella, langostas y larvas atrapadas en los sembrados y desecadas al sol, miel, dátiles y otros frutos silvestres, que eran el alimento al que Juan estaba acostumbrado. Uno de ellos,además, tenía licencia para portar una cuchilla con la que, una vez por semana, rasuraba la cabeza de su rabbí. Pero no eran solo cosas materiales las que depositaban a sus pies: también el amor de los catecúmenos que aguardaban con impaciencia su vuelta a las aguas del Jordán y el de tantos varones que habían cambiado su forma de actuar después de recibir el bautismo.
El Bautista agradecía aquellos testimonios antes de enviar de vuelta a los suyos con recados para personas concretas ganadas para la causa del Señor, con ánimos para que mejoraran la conducta en detalles que sus discípulos habían pasado por alto y que a Juan se le revelaban durante las largas horas que pasaba orando. No le fatigaba repetirles que debían apagar cualquier anhelo de sedición.

-Aclaradles que yo no soy el Elegido.
-Maestro... -suplicó un discípulo.
-Vamos, no te aflijas -estaba sentado sobre el forraje que acolchaba la celda, con las rodillas abrazadas-.]\fochas veces os he anunciado que está a punto de aparecer alguien más poderoso que yo. Pues bien: ya está aquí, y ante él soy menos que un esclavo.
-No digas eso -le imploró otro de los suyos-.Muchos creen que eres la reencarnación del rey David.
El asceta le echó una mirada desaprobatoria.
-¿Cómo reconoceremos al enviado? -preguntó el tercero de sus prosélitos que había bajado a las mazmorras.
-Convirtiendo vuestros corazones -dio un suspiro y enterró el rostro entre las piernas. Si yo no soy digno siquiera de desatarle las sandalias, ¿qué tendréis que hacer vosotros para probarle vuestra fidelidad?
Les anunció que aquel personaje traía un nuevo bautismo, esta vez el definitivo:
-Con el agua, el alma de los hombres quedará empapada por el Espíritu de lo alto, que soplará para barrer hasta la ceniza de la más pequeña de vuestras faltas.
El transcurso de los meses había acostumbrado a sus discípulos al ir y venir desde el valle del Jordán hasta la aridez de la frontera con el país de los nabateos; al constante subir y bajar desde su campamento hasta el baluarte de Herodes. No aceptaban que aquel hombre santo, al que por semanas encontraban cada vez más consumido, fuese como un pabilo a punto de extinguirse.Por eso solicitaron audiencia con el monarca, pero Antipas y sus cortesanos no siempre se encontraban en Maqueronte. El rey viajaba para que los funcionarios de su corte le dieran cuentas de los tributos que llenaban y vaciaban las arcas, al ritmo que el tetrarca realizaba los pagos correspondientes a la culminación de las obras de su difunto padre y aquellas con las que él también ansiaba pasar a la posteridad.

Su cortejo regresó encabezado por un manípulo de exóticos soldados. Caballos y dromedarios rodeaban los palanquines en los que viajaban Antipas y su amante, la hija de esta y los correspondientes a los ministros reales. Detrás, unas cuantas jaulas tiradas por bueyes traían fieras,a las que seguía un rebaño de ovejas con la marca del rey, carros que rebosaban exquisitas viandas, el abultado ropero del monarca, el arcón de sus joyas y las tiendas para las acampadas nocturnas. Algo separadas viajaban las amistades convidadas al próximo jolgorio, los cocineros,cómicos, malabaristas, adivinadores y un carromato con rejillas que ocultaban a los puritanos habitantes de Palestina -que era el nuevo nombre que los romanos le habían dado a aquel rincón de su provincia de Siria-los efebos y prostitutas de la corona.
Al arribar a la fortaleza,nadie osó perturbarle con la cantinela de los discípulos de Juan. Que Antipas hubiese concedido al recluso la gracia de recibir visitas, no autorizaba a sus prosélitos a venir a molestarle, aunque los meses hubieran pasado sin que terminara de concretar una fecha para su sentencia. A falta de un delito cerciorado por testigos,los discípulos del Profeta entendían que el tetrarca terminaría por resolver en beneficio del Bautista aquel injusto confinamiento, aunque no se les escapaba la naturaleza malvada de Herodes ni los incontables crímenes de los que era responsable.

Antes del amanecer llegó al refugio del pueblo uno de los acólitos adoctrinado por Juan en los primeros compases de su misión. Había viajado a lo largo de toda la noche, pero se negó a descansar para recuperar fuerzas. Apenas se lavó el polvo del camino y calmó su sed, se unió a los dos discípulos a quienes tocaba el reemplazo en la mazmorra.
-Rabbí, aquel al que bautizaste ha conquistado a dos de los pescadores del Tiberiades -le soltó a bocajarro al hijo de Zacarías,después de un saludo que ni siquiera resultó cortés-. Andrés y su hermano ya no quieren seguir con nosotros.
El Bautista se encontraba en lo más profundo de la celda. Hacía días que le dolían las articulaciones y apenas se sostenía en pie.
-No le vengas con chismes -se le plantó uno de sus compañeros-. ¿Es que no ves cómo se encuentra?
-Herodes lo acosa para que participe en su fiesta de cumpleaños -le informó el otro-.Baja personalmente, dos y hasta tres veces al día, pasa al interior del calabozo y le ofrece todo tipo de beneficios.
-¿Beneficios? -el recién llegado creyó que por fin iba a ser liberado.
-Primero fueron joyas que se traía en los bolsillos del manto -no quiso impedir una triste sonrisa-. Después le habló de una remesa de armas para nosotros.

-Y por fin se aventuró a decirle que lo iba a sacar de este agujero para subirle a las dependencias de sus oficiales, donde podría bañarse con aguas perfumadas después de
que le quitaran los piojos y le pusieran ungüentos sobre las picaduras de las chinches. Según el rey, quemarían sus pieles y le entregarían una colección de preciosas túnicas - inspiró-.Allí podría dormir sobre una estera de juncos.
-Supongo que será a cambio de algo -conjeturó el favorito.
-¡Por supuesto! -contestaron al unísono-.Arde porque el rabbí haga números de magia ante sus invitados. Oír aquello produjo en el visitante una honda frustración.
-Dejaos de cháchara -balbuceó Juan, que hizo el esfuerzo para buscar apoyo en los salientes de la pared, pero apenas logró moverse.
-¿Te das cuenta? -el viajero se adentró en la mazmorra y le ayudó a incorporarse.Entonces descubrió que le habían cerrado unos grilletes en los tobillos-. Todo el mundo está confundido:Herodes piensa que eres un ilusionista y los tuyos se marchan detrás de un nuevo profeta.
-No me digas -faltó emoción en sus palabras.
-Es lo que les ha ocurrido a Andrés y Juan -. Se quedaron en silencio-. Al menos, podrías darnos alguna instrucción, por saber a qué atenernos -miró fijamente al maestro, que parecía un agonizante, un esqueleto recubierto de pellejo al que le costaba respirar.
-Él debe crecer y yo disminuir -pronunció en un tono apenas audible.
-¿De quién hablas?
Cerró los párpados.Le abrasaban los ojos y tenía la lengua hinchada. Necesitaba un sueño largo y profundo, pero había perdido la capacidad de dormir.
-Os hablo de Jesús, el galileo.

15.
De zagal se sentaba junto a su madre para deshojar el rosario de enigmas que le habían acompañado desde el mismo prólogo de su concepción. Sabía de una notoria vinculación
entre la visión de Zacarías en el interior del Sancta sanctorum y el viaje a la aldea de unos familiares lejanos provenientes de Nazaret,una villa del país de los galileos,del que se mofaban en Judea con numerosos chistes a cuenta de su burdo acento y las toscas maneras que les habían contagiado los gentiles.
Isabel le contó que aquellos primos de primos poseían un telar.Una vez al año se unían a las compañías que traían quincalla desde Damasco e Iturea,para venderla por las
distintas poblaciones de Judea y saldar el género sobrante en los bazares de Jerusalén. Quiso el destino que aquella primavera los parientes leja nos desplegaran su modesto puesto en la plazuela de la aldea de montaña y supieran de la mudez del sacerdote, de cuyo entronque era posible que se pavonearan, pues en las tierras del norte apenas nadie podía presumir de tener lazos de sangre con la aristocracia .
-Con la caravana vino una chiquilla que ya estaba desposada.
-Habías soñado con ella -Juan volvió al detalle sobre aquella historia bien conocida. Los ojos de Isabel relampaguearon.
-Fue más que un sueño, Culebrilla. Se me había repetido noche tras noche, como un augurio. Más aún,como si estuviera llamado a formar parte de los sueños memorables de la Escritura Santa, pues al despertar me sentía renovada.

En su sueño tomaba imagen aquella muchacha que,sin dejar de ser doncella,se encontraba también encinta.
-Doncella encinta... -saboreaban los labios de Juan el oxímoron.
Isabel, en la profundidad de su letargo, la veía de camino rodeada por la algarabía de los comerciantes. Junto al resto de las mujeres de aquella partida de buhoneros, la chiquilla se ocupaba de las labores más ingratas: cepillar y alimentar a las bestias; cocer el pan y las verduras; remendar las lonas rotas; salir en busca de agua; atender a los niños, y montar y desmontar los puestos.
-Cuando se asentaron en los prados comunales, se me reveló que el arcángel Gabriel también se le había presentado, seis meses después de que se le apareciera a tu padre.

El mensajero de Yahvé le dio a conocer tu concepción; le habló de mí -se tapó la risa con el velo-.Me llamó estéril... ¡Anciana!
-Te conocen bien en los Cielos -le encareció el chico.
-Me devanaba los sesos dándole vueltas a quién podría ser la criatura que portaba en su seno. No lo olvides: ¡se trataba de una mujer virgen y a la vez preñada! Un prodigio infinitamente más portentoso que la bendición de Adonai sobre mi vientre. Por los signos de mis sueños, ¿acaso podía dudar de que no fuera el nuevo Rey? Si María, que así se llama la sobrina lejana de tu padre...
-¿Crees que aún no me he aprendido su nombre? -jugó a impacientarse.
Isabel le dio un leve tirón de flequillo.
-Insisto, cabezota: si María estaba embarazada del Salvador y en su concepción no había participado hombre alguno, es que es madre de nuestro Señor.
-Eso es demasiado atrevido, madre.

Zacarías, en su mudez sobrevenida, animó a su esposa a que saliera de casa para distraerse con los puestos de telas, las balas de lana, las tinturas, las piedras falsas y los cristales de color, así como con los utensilios para el hogar y para el campo. Pero Isabel no estaba dispuesta a romper su voto de permanecer oculta hasta después del parto, por mucho que ansiara un encuentro con la doncella. Encerrada entre cuatro paredes la carcomían las dudas. No se atrevía a enviar a su criada a los pastos comunales, por miedo a que la sirvienta no fuese capaz de encontrar a la muchachita encinta y, por torpeza en sus indagaciones, hiciera correr la sospecha de que, a escondidas,una de las mujeres de los tenderos había concebido a su primer hijo.

-¡Tonta de mí! -se río-. Fue María la que salió a buscar nuestra casa.
Juan se había llevado una brizna de hierba a los dientes.
-Qué débil es nuestra fe -pensó ella en voz alta.
Su madre siempre narraba aquel suceso como si fuera la primera vez:
-Para husmear por los dinteles de la villa, utilizó el pretexto de que necesitaba un haz de leña y unas cuerdas. El Cielo le pedía que confirmase en mi embarazo el milagro que el Espíritu había obrado en ella. Porque también ella soñó, Culebrilla. l\'le reveló que, dormida, habían cobrado cuerpo nuestra aldea, el rostro de esta vieja tonta -se dejó resbalar el envés de sus dedos por los carrillos-y las barbas del descreído de tu padre.
-Y brinqué.
-No te lo tomes a broma -hizo un esfuerzo por recomponer la dignidad de las cosas santas.
Aunque hacía semanas que notaba en su vientre los movimientos del feto, nada más encontrarse con la doncella el niño saltó como si lo hubiesen quemado. Nunca se atrevió a confiarle a Juan una atrevida suposición:
«En ese instante se le borró el pecado de nuestros primeros padres». Una felicidad secular le apretaba la garganta cuando miraba el fondo de los ojos de su hijo. «Pero no
por Gracia de María, sino de la criatura que ella llevaba dentro».
María se ofreció a atenderla durante los meses que faltaban para el alumbramiento de Juan.
-Ruégale a Zacarías que negocie con mi padre -.Hacía años que había fallecido Ana, su madre-. Necesita dinero, Isabel, que son muchas nuestras deudas.
Dadas las exiguas ventas, la muchacha le confesó las dificultades que tendrían que pasar para pagar a los proveedores de lana, algodón, lino y pigmentos. En Nazaret tenían la tinaja del grano a medio llenar y la alcuza casi vacía. Por eso no le costó al viejo sacerdote cerrar un trato con Joaquín: permanecería en la casa de aquellos parientes hasta después del verano.
-En otoño regresaron a Nazaret con otra compañía que se dirigía al norte -concluyó Isabel-. Hacía semanas que les esperaban para celebrar la fiesta del matrimonio de María con un artesano.
A Juan le gustaba recrear a la doncella. ¿cómo sería? Porque el retrato que de ella hacía Isabel era difuso. Por aquel tiempo ya no veía ni para enhebrar una aguja ni para
reconocer el andar de sus vecinos.
¿Habría tenido María hijos con aquel albañil?...Yahvé les pudo haber honrado con una familia numerosa. O quizás el niño prodigioso fue único, como él, que no conoció el regocijo de los hermanos. De haber sido así, ¿tendría amigos?... Porque el Bautista no disfrutó de la amistad de los pequeños de la aldea, que lo menospreciaban por haber venido al mundo cuando sus padres carecían de fuerzas para criarle. Para colmo, Juan atraía las visitas de tipos preguntones que miraban a los aldeanos con altivez desde sus monturas.En los hogares de Ain Karim se liberaban todo tipo de cuchicheos en cuanto los hombres echaban el portón. Los hijos escuchaban atentos y retenían las palabras que podían hacerle más daño.
Cuando le impedían participar en sus juegos , el muchacho vagaba por la ladera o descendía a través de las cañadas del ganado hasta un puente. Le gustaba sentarse en el pretil con las piernas colgando sobre el agua y poner su atención en la corriente, mientras pensaba cómo sería el rostro de María y el de su hijo, que tenía su edad y se llamaba Jesús. Como él, también había nacido con un nombre impuesto por el arcángel.
-Jesús... -lanzaba piedritas al curso del río-.Jesús quiere decir Yahvé es salvación...Yahvé nos salva... Dios con nosotros...
Se preguntaba dónde vivirían. Tal vez beberían de aquella misma agua, unos kilómetros al oeste, o quizás el esposo de María habría encontrado un empleo en Jerusalén. De no ser así, ¿continuarían en aquella ciudad de Galilea o se habrían marchado con los comerciantes a los países del Oriente? Cabía cualquier posibilidad, porque ni Isabel ni Zacarías habían vuelto a tener noticias de María ni de Joaquín, su padre. Y aunque su madre siempre añoró la compañía de aquella muchacha rebosante de dulzura, estaba convencida de que la mano del Omnipotente la protegía, viviera donde viviese.
-Llegará el día en el que Jesús saldrá a tu encuentro, Culebrilla -balbució Isabel antes de entrar en agonía-. Para entonces, los dos seréis hombres y podréis cumplir la misión que Kyrios ha escrito en vuestro destino-. Juan le sostenía la cabeza y con los dedos mojados en agua refrescaba su boca -. Espérale, hijo mío...María me hizo saber que con Jesús ha llegado el tiempo en el que se manifestarán las obras del Todopoderoso.
Procuró que guardara silencio, pues se asfixiaba. Además, conocía de memoria aquellas premoniciones: frases sueltas atrapadas al vuelo por Isabel durante las conversaciones que habían mantenido a lo largo de aquellos cinco meses en los que su sobrina no se despegó de ella.
-Ambos llegaréis a ver la caída de los poderosos -la anciana apenas lograba ensanchar el esternón para tomar aire-, la dispersión de los malvados. Junto a los pobres y a los sometidos,seréis agasajados con todas las maravillas que han surgido de las manos de Adonaí.
La enterró en el mismo hueco en el que años antes había tapiado a Zacarías. Apenas lloró, para escándalo de las autoridades de la aldea y de las plañideras y los flautistas, a los que despidió sin entregarles propina. Esa misma tarde mandó recado a los aparceros. Les regaló los títulos de las tierras y los ganados, pero no permitió que le besaran las manos, en cuyos dedos nunca habían brillado las sortijas del viejo pontífice.Y una madrugada, antes de que rompieran a cantar las alondras,abandonó la aldea sin molestarse en cerrar la puerta de su casa. Supo que los vecinos se pelearon por el ajuar: unos querían los ropajes litúrgicos de Zacarías; otros, los muebles y cachivaches de Isabel; algunos, el manto y las túnicas de Juan.
-Enloqueció -contaban -. Se desprendió de sus riquezas y se marchó desnudo, para vivir como los zorros.
No tardaron en escuchar historias acerca de un hombre solitario que vestía una piel de camello, comía insectos y vagaba por la margen del Mar Muerto próxima a las cuevas de Khirbet Qumran.

El Profeta pasó una temporada en el monasterio de los esenios y abrazó, como ellos, el celibato (quienes lo conocían no lograban explicarse por qué había renunciado a transmitir el legado de David) y el amor por la penitencia. Pero las supersticiones de los monjes y su desapego a las ceremonias del Templo terminaron por desencantarle.

16.
Los judíos principales de la ciudadela se sintieron agraviados al ver pasar un toro destinado al aniversario de Antipas. A pesar del terror que les despertaba el rey, algunos se atrevieron a salir a la avenida para escupir sobre la testa de la bestia, que iba adornada con pinturas, collares de flores y guirnaldas.Era notorio el insulto: aquel animal cebado evocaba al novillo de oro con el que sus padres traicionaron a Yahvé en el desierto. Iracundos, no se molestaron en enviar a la fortaleza una embajada de felicitación y el sábado anterior a la fiesta dieron instrucciones en la sinagoga: que puertas y ventanas se cerraran al paso de los invitados y que los niños no corretearan detrás de las columnas de soldados que acompañarían a los hermanos del tetrarca y a los cónsules de Roma.

A Herodes le divirtió atizar el fuego: envió a sus brigadas para que se apropiaran de huevos, pollos y patos; para que mataran, con la excusa de que interrumpían su descanso, cuantos gallos hubiera en los gallineros.
Las aves de corral se unieron a las silvestres que, junto a sus mandos, el monarca cazó con rapaces adiestradas. La abundancia de agua y el verdor de los cañaverales habían
traído a los alrededores de Maqueronte bandadas de ánades y perdices. Además,todo tipo de pajaritos cayeron en las redes que extendieron de árbol a árbol, y los morrales de sus tramperos se abultaron de liebres y conejos. De los puertos de mar llegaron cargamentos con arenques ahumados y pescados de roca; de Semak y Kursi, carpas fileteadas y cajones con sardinillas de agua dulce; de las fértiles tierras de Galilea, coloridos cajones de frutas y flores; dulcísimos dátiles desde el valle del Jordán...
Herodías confeccionó un menú tan profuso que los convidados podrían elegir a su antojo hasta hartarse. Bandejas, pucheros, cuencos y platos darían coba a los gustos más refinados y a las prohibiciones religiosas. Durante días, junto a las cuadras,los matarifes destazaron cerdos, potros y bóvidos, que llenaron el patio de bramidos y de un olor a sangre y entrañas.
Aquel tufo le provocaba arcadas al Bautista,pero apenas conseguía vomitar un manchurrón de bilis.

-¿Te desagrada? -Antipas se frotó las manos embutidas en alhajas-. Tiempo al tiempo... Cuando por Maqueronte flote el perfume de los asados, te reconciliarás con la carne.
Juan escudriñó el suelo.
-Comeréis hasta el empacho,beberéis hasta perder el sentido,pero no alabaréis al Todopoderoso por sus bienes. Sus discípulos se habían marchado de la mazmorra cuando los lacayos anunciaron la visita del rey.
-Ya sabes lo que pienso de tu Dios.
-Mejor, pregúntate qué piensa Él de ti.
-No pretendas inquietarme -le colgaba el labio como belfo-.Te traigo tu última oportunidad, Profeta.
-Conoces mi respuesta.
El idumeo apretó los puños y se le enrojeció el rostro.
-¿Acaso no merezco deferencia por tu parte? -alzó una voz estridente-.¿Es que no he mostrado contigo unos signos de clemencia que desconocen todos mis presos?... ¿y así me lo vas a pagar?
-Nunca te he solicitado piedad.
-¡Puedo ordenar que te ajusticien en este mismo momento! -le temblaba el rostro.
-¿Ajusticiarme? ¿Qué sabes tú de justicia si ignoras de dónde te viene el poder?
-De la realeza de mi cuna -pronunció con petulancia. El hijo de Isabel y Zacarías guardó silencio-.¿ya te has convencido? -le preguntó, ajustándose el broche con el que se sujetaba una túnica damasquinada.
-Esa realeza de la que presumes está podrida.
-¿Cómo te atreves? -se balanceó, echando el peso del cuerpo hacia delante.
-¿Cuántos son los ultrajes que tú y los de tu casa habéis causado a los hijos de Abrahán? ...Yahvé convertirá la sangre derramada por las espadas de tus alguaciles en consolación y gloria de vuestras víctimas -.El idumeo reculó, incapaz de replicarle-.Crees tenerlo todo, Antipas, porque te ciegan el desencanto, la ambición y la lujuria.
-No me vengas otra vez con esas -resopló como un caballo.
-Herodías no te pertenece -le reprobó-.¡Es la mujer de tu hermano!...Cada vez que yacéis, se enciende la cólera de Yahvé. El tetrarca tomó ímpetu y estrelló su mano abierta en la mejilla del preso,que se derrumbó.
-Estás advertido -le pisó la cabeza -.Si cuando vengan mis ordenanzas a buscarte te niegas a hacer tus embrujos ante mis invitados, los verdugos darán buena cuenta de ti.
Te falta valor para matarme -le dijo sin asomo de aflicción. Herodes sintió un estremecimiento.
-No me pongas a prueba.
-Te reconcome el miedo porque sabes que el Señor derrama en mí todo su cuidado; que frente a Adonai eres menos que una hormiga; que vendrá un día en el que morirás devorado por los gusanos.
Antipas levantó el pie y salió presto.
-Jesús... -musitó Juan sin erguirse. Algunas hebras de paja se le habían pegado a la boca-. Mi Jesús...

17.
Lo conoció poco antes de su detención. Vino solo desde Nazaret, montado sobre un pollino,y tomó asiento entre el gentío, como uno más, para escuchar la prédica y después sumar su voz a la incoación de salmos e himnos.
-Eres altavoz de mi Padre -llegó a decirle el hijo de María.
Cuando el sol llegó a su cénit, se puso en la fila de quienes deseaban confesar sus pecados. Desde la prudencial distancia que marcaba n los discípulos del Bautista para que nadie escuchara las faltas de lasque se acusaba cada penitente,el nazareno observó el modo de proceder de Juan: el ensimismamiento de su escucha,los consejos que regalaba a quienes le abrían el corazón y la imposición de sus manos sobre la cabeza del fiel mientras le conminaba a una contrición que le hiciera estimable a la Misericordia del Único.

-Solo Él puede perdonarte -reconocía al finalizar la ceremonia -. Ofrécele, junto a tus sacrificios en el ara del Templo,un arrepentimiento sincero.
-Ha llegado tu tumo -uno de los discípulos extendió el brazo hacia Jesús y después señaló la piedra en la que se habían ido sentando los peregrinos. Juan no reparó en la identidad de aquel hombre hasta que intercambió con él unas pocas palabras.
-¡Eres tú! -exclamó, mirándole de hito en hito.
-He venido a que me bautices -le indicó con una suave sonrisa.
-¿Bautizarte? -.De manera instintiva fue a ponerse en pie,pero su pariente lo tomó del brazo para que no se despegara del asiento en el que escuchaba las confidencias -.
Soy yo quien necesita ser bautizado por ti.

-Hazme caso; debemos cumplir toda justicia.
-No puedo -se le entrecortaban las palabras -, porque no tienes pecados. Lo dice mi corazón -la estupefacción no se le borraba de la faz-.Bautizarte...Deberías ser tú el que entrara en la corriente para derramar sobre mí el agua de la Nueva Alianza -los párpados se le habían humedecido-. Después te seguiré donde quiera que vayas porque, ¿qué sentido tiene ya mi misión? Vine al Jordán con el único propósito de anunciarte, de preparar el corazón del pueblo.
-Lo sé y agradezco tu fidelidad.
El Bautista, jubiloso, se mordió los labios.
-No lo puedo creer... Si supieras la de veces que mi madre me habló de ti.
-La mía también me habla de ella.
-Al morir mi madre -apoyó los brazos sobre los muslos y juntóla boca al oído de Jesús-,una fuerza me empujó al desierto para expiar los crímenes de nuestra raza, rabbí. Las privaciones me ayudaron a entender que te estaba buscando y que tú me buscabas; por eso me desplacé desde las arenas hasta este valle fértil, pues sentía la urgencia de preparar el corazón de los pecadores, que vienen a mí desde todos los rincones de Palestina. Ellos desconocen que tú eres la razón de su peregrinaje -meneó la cabeza, como si acabara de encajar la última pieza de un rompecabezas hasta entonces irresoluble-,el motivo de su conversión.

-Son pocos los que llegan a comprender la voluntad de Dios,Culebrilla . Tú la has cumplido paso por paso.
-Solo mi madre me llamaba así -se sintió turbado. Jesús volvió a sonreír.
-¿Te extrañas de que te conozca?
Su contestación fue un balbuceo.
-Si supieras cuánto te ama mi Padre.
-¿Tu Padre?
-Has renunciado a todos los bienes de tu casa para buscar el silencio del desierto -prosiguió Jesús-,en donde te fueron comunicados nuestros mandatos. No se atrevió a preguntarle por aquel plural.
-Juan, hijo de Zacarías, Yahvé atiende tus ruegos cada vez que te postras a orar -al incorporarse, el sol le orló la cabeza-. Y ahora, en mi nombre,te exige que me bautices.
-Pero...- no acertaba a hilar un discurso- ¡Tu corazón está inmaculado! El nazareno sonrió.
-Aunque no lo comprendas, quiero recibir de tus manos la misma agua que derramas sobre los otros. Es el modo que Kyrios ha escogido para que empiece a hacer mías las ofensas de los hombres.
-¿Y después?
-Te quedarás en este mismo lugar para testimoniar la hora que acaba de cumplirse. Bautizarás y bautizarán tus discípulos -volvió la mirada hacia el puñado de hombres que colaboraban con él-, y festejaréis cada una delas nuevas que los peregrinos os traigan sobre mí.
A Juan se le había erizado la piel.
-Has venido... -saboreó-.Dime cómo será tu misión. Jesús se llevó el índice a los labios.
-No te corresponde saberlo.
Al menos, enséñame cómo puedo contribuir a tu triunfo. Se pusieron en pie.

-El peso que estoy a punto de cargar, demanda, más que nunca, penitencia y súplicas -le dijo-. Y ahora permíteme que me una a los que han venido a recibir el agua
purificadora.
Antes de la caída del sol, los penitentes se desprendieron de sus ropajes. Guardaban el pudor mediante unos paños menores enroscados entre las ingles y la cintura.
-Ten misericordia de mí,Dios mío -repetían a coro-, / según tu bondad; según tu inmensa compasión / borra mi delito. / Lávame por completo de mi culpa, / purifícame de mi pecado.
Esperaron a que el Profeta se adentrara en un remanso. Entonces, de uno en uno,se fueron acercando a él. Como en trance, Juan movía incesantemente los labios.
-Arrodíllate.
Les tomaba de la frente y de la nuca para zambullirlos. Lo mismo hizo con Jesús, aunque ante él se le apagaron los bisbiseos y le palpitaron las sienes, pues se sabía al borde de un abismo.
«¿Qué hay detrás de ti?...¿Desde dónde has llegado?...¿por qué me escogiste?...».
El rabbí había cerrado los ojos y parecía transportado lejos de aquel lugar. Llevaba unidas las palmas de las manos,frente al pecho, y había bajado la cabeza.
-Arrepiéntete de tus pecados y nace a una vida nueva -. Esta vez, la fórmula tantas veces pronunciada le sonó a irreverencia. Le presionó suavemente la frente y tiró de él hacia atrás.
A través de las aguas percibió que del rostro de Jesús emanaba una luz sobrehumana. En cuanto emergió, el cielo límpido pareció romperse con un trueno brutal que encabritó las cabalgaduras amarradas a los árboles. El pánico se apoderó de los presentes.
-¿Qué ha sido eso? -corrió de boca en boca.
No solo el Bautista había sido capaz de escuchar la voz del Innombrable bajo el disfraz de aquel estampido:
«Este es mi Hijo, el amado,en quien me he complacido».
-Hijo de Yahvé -proclamó sin entender el significado de aquel título.
El nazareno, mientras avanzaba hacia la orilla, se hizo el desentendido. Una paloma se posó en el sauce bajo el que comenzó a vestirse.Solo el Profeta,desde el río, entendió que se trataba de otra manifestación divina.

18.
A Herodías la sulfuraban los miramientos de su amante con aquel harapiento. Si por ella fuera... En Roma había visto cómo se las gastaba la guardia secreta del emperador, que no dudaba en pasar a cuchillo a todos los que osaban hacer bufas de Tiberio, sus tribunos, cónsules o de los miembros del Senado. Sin embargo, cada vez que ella y Antipas llegaban a la fortaleza de Maqueronte,el rey bajaba presto a las mazmorras cargado con un montón de angustias acerca de los signos de su horóscopo, de las posibles opiniones de ese Yahvé todopoderoso acerca de las estrategias de su administración,de la dudosa sinceridad de los gobernadores a los que había encomendado el control de sus ciudades o del contenido de los informes que Pilato enviaba a Roma sobre él.
-¡El Profeta nunca quiere decirme nada!- se dolía en sus aposentos,sin reparar en el menosprecio con que le escuchaba su amante-.Pero si lo trato mejor que a alguno de
mis hijos... Le he eximido de argollas y hasta cuido de que no pase hambre.Entonces, ¿por qué no atiende mis demandas? -apoyó todo su peso sobre una mesa de malaquita-. No quiere mujeres ni muchachos, dinero ni armas. Dime, amorcito, ¿con qué otra cosa podría tentarlo?
-Mátalo.
Un velo de pavor cayó sobre su rostro.
-¿Cómo dices?
Su cuñada se le encaró.
-Pareces idiota; ese mendigo se burla de ti. i Nos ha convertido en el hazmerreír de Israel!
-Pero si maneja las fuerzas del más allá...-los ojos se le salían de las cuencas-.No puedo matarlo.

En Roma, cuando se albergó en el palacio de los hermanos idumeos, Herodías entendió por qué aquellos extranjeros se habían convertido en los amos del mundo: ante el más pequeño disturbio aplicaban la fuerza de su poder absoluto.
-Nada que ver con la mediocridad de mi tío ola de mis primos -ya de vuelta en Maqueronte, habló con su hija mientras se maquillaba ante una plancha de metal bruñido-. Fíjate en tu padre:pese a contar con el beneplácito del césar para someter a los judíos, prefiere mantener una indiferencia calculada frente a esas leyes que lo salpican todo de esa asquerosa religión.
Filipo y Antipas no querían que creciera la oposición a su monarquía, conscientes de que si su padre llevó corona y cetro fue por decisión del Palatino.
-Tienen miedo. Por eso se hacen los ciegos ante los ritos bárbaros de estas tierras -se aplicó una mascarilla negra con la que disimular las patas de gallo-.Y a ti... ¿No me
digas que nuestro viaje no te ha abierto los ojos?
-Sí,madre -le respondió distraída.
-Aquí no hay refinamiento; tampoco sus creencias son bellas. ¿Te has encontrado con alguna escultura de su Dios? ¿Una pintura, un esbozo de sus ángeles?... -se frotó labio con labio para extenderse el carmín -. ¿Cómo puede ser hermoso un Dios al que temen llamar por su nombre? Por no hablar de sus costumbres ...Para ellos todo es un no: no comas, no bebas,no forniques -expulsó una risa desganada -.¡Qué obsesión por la pureza!
-Tienes razón -Salomé pareció despertar-.Algunos beben a través de un paño, por si en el vino se les pudiera haber colado un mosquito.
-Son patéticos -se le escapó una risa altanera.
-¿Nunca te has tragado un mosquito? -preguntó con espíritu infantil.

Los romanos hacían una excepción con Palestina respecto a las demás provincias romanas, pues junto al tribunal civil convivía el religioso, al que la fuerza extranjera tenía prohibido el acceso. A cambio el pueblo hebreo no ofrecía otra resistencia que las algaradas de los zelotes,una nadería frente a la dimensión del ejército imperial.
-Los levantamientos se fraguan en los atrios de las sinagogas y en los del Templo, pero a tu padre y a tu tío parece darles lo mismo -Herodías, una vez terminó de perfumarse, se recostó en un diván-. Han asumido la política de Pilato: se contentan con un par de ajusticiados aquí y allá, como si dos cadáveres fuesen a disuadir a los revoltosos.
-Pues a mí me asusta verlos colgados de la cruz.
-Nada ... -manoteó el aire- ¿No sabes que el procurador y el Sumo Sacerdote acuerdan quiénes deben ser las víctimas? Parece que hayan perdido el juicio .
-¿Por qué?
-Los sentenciados no suelen ser los más peligrosos de los convictos -se estiró las mejillas con los dedos-.Y,después, vaya cómo se ponen cuando tu padre y tu tío hacen uso de su legítima facultad para impartir justicia.

Herodías echaba de menos el tiempo vivido en Roma. Comparaba el esplendor de aquella ciudad prodigiosa con la rudeza de su reino; el aburrimiento de aquellos
pedregales de alacranes y lagartos, con los placeres del corazón del Imperio. Le había cautivado la magnanimidad de los mercados,a los que se acercó mecida en una litera. Allí encontró lo más inverosímil, proveniente de todos los rincones sometidos. Le sedujeron los orfebres,las piedras y metales preciosos,la calidad de las sedas y los bordados, las tallas de coral y azabache, la infinidad de alimentos que nunca antes había saboreado,los manteles y las sábanas de hilo, los puestos de las adivinadoras, los jaulones con aves extrañas, las razas de perros diminutos y gatos de compañía, las figurillas de divinidades y las esculturas de cuerpos hercúleos,las máscaras y los puestos de pieles. Se murió de envidia ante la decoración de las domus, con sus piscinas de aguas a distintas temperaturas, los brocados y reposteros, los mármoles de colores en figuras geométricas, los trampantojos que simulaban terrazas sobre fastuosos jardines, los mosaicos que retrataban a los propietarios y lo bien que estaban adiestrados los esclavos para los oficios delicados. También se rindió al trazado lineal de las avenidas, pavimentadas y con su correspondiente alcantarillado, y a la monumentalidad de los templos, copiados de los griegos y rematados con dioses antropomorfos recubiertos de láminas de oro.
(...)