EL Rincón de Yanka: 📩 HEMOS PERDIDO LA CORTESÍA EN LA CORRESPONDENCIA EPISTOLARIA

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martes, 19 de diciembre de 2017

📩 HEMOS PERDIDO LA CORTESÍA EN LA CORRESPONDENCIA EPISTOLARIA


El arte perdido de las cartas 
escritas a mano 

Teclado dejó en el olvido la escritura de puño y letra a la hora de comunicarse a través del papel.

Las nuevas tecnologías puede que hayan cambiado los medios, pero no el contenido. Seguimos escribiendo cartas, aunque sea por medio de un teclado y se llamen "e-mails" o correos electrónicos. Seguimos...
Este arte se ha perdido en aras de la rapidez, de la velocidad, el gran responsable es el tiempo: La gente cada vez tiene menos tiempo; entonces, en vez de escribir una carta, la que te tomará un rato escribir, todos prefieren enviar un ‘e-mail’ porque no tienen tiempo.

La palabra escrita tiene la capacidad de visibilizar lo propio de cada ser humano. El trazo de cada uno es único y revela características intransferibles, y en eso se acerca a lo que sería nuestra huella digital. Los grafólogos han intentado descifrar la personalidad desde esa premisa y hasta el momento veo difícil que puedan conseguirlo a partir de un correo electrónico.

La carta escrita desde un computador se compone de caracteres predeterminados por un software, en el que la posibilidad de expresar emociones a partir de ellos es limitada. Responden a una matriz, por lo que, a lo sumo, puedes cambiar de "Arial" a tipos de letra menos formales, para aportar algunos matices, pero en general la huella personal que revela el manuscrito desaparece. La personalidad del individuo queda encubierta, enmascarada detrás de la letra matrizada del computador.

Pero el salto a un nuevo soporte como el correo electrónico no anula del todo la riqueza de la comunicación a través de la palabra. Sin el elemento emocional del manuscrito, la palabra en sí, el contenido, es lo que provoca la acción o la inacción. Y el contenido es en definitiva lo fundamental, lo que se quiere decir. Además, el ‘e-mail’ tiene la ventaja de que permite interactuar con múltiples personas al mismo tiempo y generar acciones en segundos, aunque no se alcance a crear la atmósfera emotiva de antes. 

Los medios cambian el fin del sujeto. O lo que ha cambiado es el sujeto mismo que a pesar de los muchos medios, su fin es débil o superficial...
Sobre todo, han cambiado los modales y las atenciones. Nos hemos despersonalizado tanto que parecemos maquinas virtuales... Hemos perdido el tacto y el contacto, la cortesía, la amabilidad y el halago, el arte de complacer, de atraer, de apreciar, de "deferencia" *. Ya ni respondemos a los correos-e, ni siquiera cuando preguntamos o solicitamos una inquietud o una respuesta. Nos ninguneamos a secas. Sin ninguna contestación al respecto. ¡No hay excusas ni pretextos!
La deferencia puede entenderse como algo que trasciende a la cortesía y se acerca a la condescendencia. En estos casos, la deferencia implica sumarse a un pensamiento o una conducta que es ajena, sólo para quedar bien con su responsable.

Partiendo de ese significado, podríamos decir que deferencia es, por tanto, sinónimo de palabras tales como amabilidad, cumplimiento, atención, gentileza, consideración o cortesía. Por el contrario, entre sus antónimos se encuentran la grosería, el menosprecio, la insolencia, la impertinencia, el descaro, la imprudencia o la irreverencia.


Un ejemplo de la belleza epistolaria es la correspondencia entre estas dos poetas amigas:


María Zambrano y Reyna Rivas. 
Epistolario
Una sola frase de María Zambrano pudiera presidir todo este epistolario:

“Me han dejado sola con el amor”.



Epistolario reúne un conjunto de cartas que se escribieron la filósofa española María Zambrano (1904–1991) y la poeta venezolana Reyna Rivas a lo largo de 29 años, entre 1960 y 1989. De 372 páginas, el libro pertenece a la colección "Testimoniales" y cuenta, además, con textos biográficos de las autoras y una carta de Rivas a la memoria de Zambrano, escrita el 25 de marzo de 2003.

Se trata —como dice Rivas en la introducción del volumen— de "cartas llenas de consejos, de pensamientos puros, de estímulos, de creencias, de luz y de iluminaciones. Cartas llenas de razones vitales, de demoras y afanes cotidianos, de esperanzas, de fe, llenas de acción vital, de filosofía y poesía".


Parece como una extraña profanación" leer un epistolario cruzado entre dos amigas, aunque estas se llamen María Zambrano y Reyna Rivas. Porque de eso se trata en este libro, de la amistad. Hay un momento en que la propia María llega a extrañarse de esa otra que publica libros y ensayos sin fin. (Dice: “apenas me reconozco ya en esa María Zambrano que escribe esas cosas”.) Creo que todos hemos sentido alguna vez ese inquietante desdoblamiento, pues la vida simple, elemental es acaso nuestra verdadera morada. La otra se sustenta en esos relámpagos o ,éxtasis en que el tiempo se suspende, pero en donde, como advirtiera Valery, no podemos permanecerr, acaso, como ,él dice, porque “las regiones de la más alta serenidad están necesariamente desiertas”.

En este epistolario hablan dos personas, dos amigas que sueñan y sufren de forma diversa. Parece a veces un diálogo entre la luz (Reyna Rivas) y la sombra (María Zambrano).
No creo que cometo ningún desatino afirmando que lo más interesante de este epistolario no son precisamente las variadas referencias a la obra de ambas, sino la invulnerable corriente de afectividad, el amor en definitiva, un amor que se sostiene por la fe que 
tiene Reyna en la singularidad de María y por la necesidad que tiene María de sentir siquiera que existe para una persona. Me explico, todas las cartas de María revelan una necesidad de confesarse ante un prójimo al que necesita amar, esa extraña necesidad machadiana de sentirse mirada.

Hay incluso una carta tremenda en que María siente la necesidad de ser perdonada, de sentir su redención como anticipadamente, aquí y ahora, ante los ojos de una criatura que es sencillamente su amiga.

Tu carta, Reyna (….) me trajo algo tan hermoso como quizás (….) no había recibido nunca. Nunca Reyna. Pues sentí y siento algo así como si me llegara el perdón total. Como si a través de ti, de tu comprensión que es más que comprensión, de tu amistad que es más, se me hiciera llegar el total perdón, ese que necesitamos siempre….


Amiga a quien ciertamente le ofrece una clave del sentido último que le confiere a la existencia (como también le confiesa a Lezama, su otro gran amigo), a partir de una de sus pocas pero inéquívocas felicidades: el redescubrimiento de Louis Massignon a través de su lectura de Palabra dada, con su ciencia de la compasión, y su noción de Dios como el Huésped, el extranjero...  Y también por cierto, la hace partícipe, como que aquella es casi su confesora, de la enorme importancia que le concede aquella cita de Al Hallach que, citada por Massignon, pusiera en la primera edición de Filosofía y Poesía, y que fuera después suprimida en ediciones posteriores, de lo que se queja amárgamente en dos ocasiones a Reyna. 

Realmente, porque la mayoría de las cartas son de María, se siente con mucha intensidad esa como su condición de personaje trágico dentro de la cotidianeidad de la vida. Hay como una desproporción a veces entre su obra y su destino. A veces María parece sencillamente una hija. Una mendiga incluso. O una criatura siempre a punto de naufragar. Una Antígona viviente, nunca muerta, habitante de esa catacumba donde siempre se sintió vivir María en su exilio. Pues se refiere significativamente a “la parpadeante hora de las cavernas vivientes. Pues no hay vida sin luz". Como “una cautiva”, a quien no puede liberar, le confiesa María también. Hay otro momento en que María confiesa su oscuro anhelo de clandestinidad: “Tengo verdadera ansia de que mi nombre no aparezca por ninguna parte, de escribir, eso sí y existir tan solo para mis amigos y para quien con el corazón abierto se presente”. 


A una pregunta de Reyna Rivas parece responder toda la obra y la vida misma de María Zambrano: “María, le pregunta su amiga, ¿vivir será, a la larga, superar uno mismo su condición mítica y aceptar la historia?”. Sí, a veces, como en un diálogo de imprevisibles vasos comunicantes, Reyna le dice cosas que después María transfigurará en sus creaciones. Dice Reyna, por ejemplo, “¡Ah!, si las palabras pudieran ser las sensaciones...” Uno recuerda el lamento de Nietzsche, cuando pedía desesperadamente que el genio tuviera algún distintivo físico para poder ser reconocido por los demás hombres. El largo exilio, las penurias económicas sin fin, la larga enfermedad de Araceli, la mezquindad del mundo, todo parece confabularse como en una increíble novela casi dostoiesvkiana para sepultar la voz, la escritura luminosa de María Zambrano. ¿Qué, relación profunda habrá a la postre entre su razón poética y un destino personal tan trágico? Pues muy a menudo el mundo es sentido por María como un infierno, como “una trampa”, dice. Hasta el clima tantas veces o la atmósfera circundante en general, es padecido por María con una connotación terrible. Como cuando dice: “Roma tiene algo de mujer parturienta de un gran parto, que no acaba, que no acaba y de ahí la angustia que produce y físicamente la asfixia, a veces”.

Una de las cartas más importantes para acceder a las convicciones más profundas de María es la fechada en Roma el 37 de mayo de 1963. 
Permítanme que haga una larga cita de esta carta antes de concluir lo que sólo quiero que sea un homenaje al amor de dos amigas, dos poetas, dos criaturas únicas: Reyna Rivas y María Zambrano.

Le escribe María Zambrano a Reyna Rivas: 

Anoche fui a oír, invitada por un amigo (...) cánticos espirituales negros. (....) Un villancico cantaba "Este niño va a nacer y no hay lugar en el mundo para él", y así, así seguía la Madre, y el Padre desesperado acabó yéndose, huyendo de la tragedia. Mi amigo quedó muy impresionado y al despedirme en la puerta de mi casa, mirándome me dijo: "No hay sitio en el mundo, no lo hay", quería decirme, "tampoco para usted". Y así es: pero no hay sitio para el hombre. El hombre ha venido al mundo sin sitio, sin casa, y todo lo que se llama, creación, bondad, fraternidad, amor, es eso el apasionado y tenaz esfuerzo por hacerle un sitio, para hacerle a él también, ya que (...) el hombre es hasta ahora nada más que una profecía y a veces en mis desvelos, lo veo en su futuro inmediato, en su presente delicadísimo, en riesgo más que nunca, en peligro y en trance de trascenderse hasta en modo físico, más que nunca. Siento que Dios está naciendo en el hombre y que es un dolorosísimo, arriesgado nacimiento, o que el hombre se está naciendo en Dios, para hacerse casi un Dios antiguo. La inmortalidad es posible, Reyna, no me creas loca. La van a conseguir quizás. (....) Pues que se puede nacer y morir de otro modo. Que es lo que yo ando buscando: no el nacimiento, claro, sino la muerte distinta (...) una salida distinta de esta vida.



Gracias María, gracias Reyna, por este hermoso epistolario.