EL Rincón de Yanka: LA FE NACE, POR GRACIA, DE LA EXPERIENCIA

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lunes, 9 de abril de 2012

LA FE NACE, POR GRACIA, DE LA EXPERIENCIA

"Que el Señor remueva las aguas de nuestra existencia, 
estancadas por la "cómoda herejía de la indiferencia", 
como precisaba Papini". 


La fe nace, por gracia, de la experiencia

Un vago espiritualismo sustituye la atención a la realidad y exaspera el subjetivismo. Entrevista a monseñor Rino Fisichella, rector de la Pontificia Universidad Lateranense, sobre la revelación como don y la separación entre fe y razón
A cargo De STEFANO MARIA PACI
El escritor francés Charles Péguy hablaba del respeto que se debe a la realidad, «el respeto religioso a la realidad soberana y maestra absoluta, a la realidad como viene, como se nos dada, al acontecimiento como se nos da».

¿Cuál es la importancia del dato sensible para la fe cristiana?
Nosotros somos el pueblo por el cual el Verbo se ha hecho carne. Los sentidos tienen una importancia capital en la vida de la fe. Nuestra religión es la religión del ver, no sólo del escuchar, como era en cambio para los judíos. San Pablo dice que Cristo es Eikon, imagen del Dios invisible, y Eikon, en griego, tiene un significado contundente: quiere decir “retrato”. El retrato no es una representación teórica, sino una “fotografía”. Es volver a presentar la realidad.
Durante la lucha iconoclasta, cuando una parte de la Iglesia sostenía que no se podía representar el rostro de Cristo porque el Misterio es irrepresentable, hizo falta un Concilio para restablecer la verdad: puesto que Cristo se ha hecho carne, nosotros lo podemos ver. Entonces, la fe cristiana surgió como la fe del ver. Se ve el rostro de Dios crucificado y resucitado, a quien se puede mirar, lo cual indica la importancia de los sentidos en la fe.
Piense en lo que sucede en la culminación de la vida cristiana que es la Eucaristía, en todos los sentidos que están implicados en esta experiencia. La Eucaristía es un momento absolutamente sacro en el que cada hombre puede decir: «Yo toco, veo y me como a Cristo». Los sentidos son todo. Aunque después, delante del Misterio, como dice santo Tomás, los sentidos menguan: entonces queda la contemplación.
¿Me equivoco, o con frecuencia también en la Iglesia esta atención a la realidad ha sido sustituida por un vago espiritualismo, como si para vivir la experiencia cristiana hiciera falta separarse de la realidad y refugiarse en un intimismo exasperado?
Seguramente. Ha habido formas que han jugado mucho, incluso demasiado, con la emotividad. Se ha dado un exceso de emotividad que ha llevado a formas de un subjetivismo exasperado. Por ejemplo, se ha producido una falta de respeto hacia la forma concreta de oración de la Iglesia que es la liturgia. Hay oraciones que no tienen espesor teológico, profundidad ni espiritualidad, sino que están construidas sólo sobre un vago espiritualismo.
El Evangelio, en cambio, habla continuamente de hechos y experiencias concretas. Los doce primeros tuvieron la experiencia de un hombre que vivía con ellos, que caminaba con ellos, que comía con ellos y que decía que era Dios. Y lo relatan sin adornos literarios. Y de estas experiencias vividas nació la Iglesia.



Mons. Fisichella ¿en qué medida es importante la experiencia para un cristiano?
Necesitamos la experiencia, porque la fe nace de la experiencia. La experiencia es una forma de conocimiento fundamental para el hombre. En el proceso cognoscitivo no se puede pasar por alto la experiencia, porque a través de ella el hombre comprende la realidad. Santo Tomás intuía esto cuando dijo: «Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu», el intelecto no puede elaborar una forma de conocimiento si antes no han percibido los sentidos.
Sí, los discípulos tuvieron experiencia de Cristo, vivieron con Él, escucharon el anuncio del Reino, vieron los milagros que realizaba. Compartieron todo, durante tres años, día tras día, con Jesús de Nazaret. Tuvieron un conocimiento del maestro de Galilea en el que todos los sentidos estaban implicados: lo veían, lo tocaban, hablaban con Él.
Pero hay que tener cuidado de no reducir la Revelación sólo a la experiencia que el hombre hace de ella. Porque la Revelación no es un producto del sujeto que la recibe, la Revelación es un don. Como explicaba el gran Hans Urs Von Balthasar, con cuyos textos me he formado, lo que prima es la actuación de Dios, no del hombre. Por eso creo que es fundamental la categoría del testimonio: puesto que existe la primacía de la intervención de Dios, yo me convierto en testigo de algo más grande que yo. No por casualidad los apóstoles, después de la Pascua, cuando anunciaban lo que habían visto y oído, decían: «Nosotros somos testigos». El testigo tiene experiencia de la gracia, tiene experiencia de la fe, tiene experiencia de Dios y de la Revelación; pero es consciente de ser testigo, sabe que en el centro ya no está su persona, sino eso más grande que se le ha comunicado.
El célebre filósofo francés Alaín Finkielkraut, judío y abanderado de la laicidad, me dijo una vez que el problema del siglo que acaba de terminar, el siglo de las ideologías, es que el hombre ha pretendido suprimir los datos que provienen de la experiencia. Al rechazar la realidad tal como se presenta ante nuestros ojos, deja de formarse una razón modelada sobre la imagen del mundo, y trata de construir un mundo sobre la imagen de la razón. En definitiva, si se eliminan la experiencia y la realidad, la ideología se convierte en un “a priori” que explica al hombre prescindiendo del dato sensible y, por tanto, encerrándolo en medidas que establecemos por nosotros.
Monseñor Fisichella, ¿cree que este error nace del hecho de que en nombre de una ideología se justifique el asesinato de millones de personas, como sucedió en el siglo pasado, pero de lo que, desgraciadamente, somos testigos aún hoy con los ataques a las Torres Gemelas y el terrorismo?
Es un proceso que empezó hace mucho tiempo, en lo que Juan Pablo II llama «la dramática separación». Es el proceso que se verifica después de la muerte de santo Tomás. Se empieza a separar la unidad fundamental que la Edad Media había alcanzado leyendo la realidad en una unión armónica entre la razón y la fe. Ockham, después Descartes, Kant, Hegel y Nietzsche crean una separación progresiva entre la fe y la razón, que antes estaban unidas en la lectura de la realidad. Poco a poco la razón se hace tan autónoma que quiere subordinar a sí misma incluso la fe, o bien la reduce a Noumeno, es decir, a algo que no puede ser conocido. Esto es un tremendo error. Descartes presenta la duda como elemento que caracteriza el conocimiento. Y nace el predominio de la duda; se pregunta incluso si está soñando o está viviendo realmente.
De ahí nace el gran proceso de división que ha tratado de convencer al hombre de que sólo existe lo que la razón produce. Por tanto, sólo la razón piensa. ¿Y la fe qué hace? La fe cree, se confía, en ella no existe posibilidad de conocimiento. Basta leer las intervenciones de nuestros maestros del pensamiento, como por ejemplo Eugenio Scalfari, para comprender lo viva que está esta concepción. Una concepción que hace del predominio de la razón la única forma de conocimiento. Sin tener en cuenta la naturaleza de la fe cristiana.
Dice san Agustín: si la fe no pasa también a través de la razón, no es fe. Es esta “dramática separación” lo que lleva a la debilidad de la razón y, por tanto, también a la debilidad de la fe.
En la Fides et Ratio, el Papa dice que la relación entre fe y razón es tan importante que no es verdad que donde existe una razón débil haya una fe fuerte. Por el contrario, una fe fuerte requiere una razón fuerte.
Es dramático, pero si no volvemos a una correcta concepción de la razón, los errores de los que somos testigos están destinados a perpetuarse.
"El punto crucial de la cuestión es este: si un hombre, empapado de la civilización moderna, un europeo, puede todavía creer; creer propiamente en la divinidad del Hijo de Dios Cristo Jesús. En esto, de hecho, está toda la fe". Son palabras cargadas de provocación que provienen de uno de los escritores más significativos del siglo pasado: Dostoewskj. 

Preguntarse si el hombre de hoy está todavía dispuesto a creer en Jesús como Hijo de Dios comporta necesariamente la cuestión conexa: si el hombre de hoy siente todavía la necesidad de la salvación. Aquí está todo el problema para nosotros creyentes, para nuestra credibilidad en el mundo de hoy; pero también el problema para cuantos no creen y desean darle un significado pleno a su vida. No encuentro otra posibilidad fuera de esta cuestión, que impulsa a buscar una respuesta. Delante a la posibilidad de Jesucristo no se puede permanecer neutral; se debe dar una respuesta si se quiere dar un sentido a la propia vida. Según algunos, aquí se concentran las grandes cuestiones que nos tocan a cada uno de nosotros y la simple respuesta que la Iglesia ofrece anunciando, como si el tiempo nunca hubiesa pasado, el mismo contenido de los primeros años de nuestra existencia como cristianos: Jesús, crucificado y resucitado; El que ha pasado en medio a nosotros, anunciando el reino de Dios y haciendo el bien a cuantos se dirigían a Él.



Sabemos que estamos en medio a una profunda crisis que se ha convertido en crisis de Dios. Esquemáticamente se podría decir: la religión sí, pero Dios no. En dónde este "no", en todo caso, no debe entenderse en el sentido categórico de los grandes ateísmos. No existen más, permítaseme repetir, grandes ateísmos. El ateísmo de hoy en realidad puede nuevamente hablar de Dios sin entenderlo realmente. En síntesis, la crisis actual está determinada del poder y saber hablar de Dios; el tema no puede dejarnos indiferentes después de casi cincuenta años del Concilio Vaticano II, que tuvo entre sus principales objetivos el hablar de Dios al hombre de hoy de manera comprensible. La crisis que vivimos, entonces, se podría resumir de manera aún más sintética: Dios hoy no es negado, sino desconocido. Por parte del hombre contemporáneo hay algo de verdadero, probablemente, en este modo de plantearse el problema en torno a el nombre de "Dios". En algún sentido se podría decir que se ha pasado de la hipótesis inútil a la buena posibilidad ofrecida al hombre. Con respecto a esta perspectiva deberíamos ser capaces de agitar las aguas a menudo demasiado tranquilas de dos lagos artificiales: el de la indiferencia, que frecuentemente domina el contexto cultural referido a esta problemática; y el de la obviedad, que evidencia cuánta ignorancia, a menudo supina, existe acerca de los contenidos religiosos. Indiferencia e ignorancia, lamentablemente, se encuentran en la base del sentido común religioso todavía presente, haciendo siempre más débil la pregunta religiosa y, especialmente, la decisión consciente y libre. Retorna inmediatamente la escena tan familiar de Pablo en las calles de Atenas (Hch. 17, 16-34). No ha cambiado tanto desde entonces. Las calles de nuestra ciudad están repletas de nuevos ídolos. El interés hacia un muy genérico sentido religioso parecería tomarse una especie de revancha; expresiones religiosas se multiplican y frecuentemente están vacías de espesor racional. En algunos casos se sigue el soplo de la emotividad, en otros, al contrario, diversas formas de fundamentalismo; ambos no indican otra cosa que la ausencia de espesor intelectual. Por último, aparecen de nuevo en el horizonte mesías de la última hora, predicando el inminente fin del mundo. En este contexto hay que preguntarse quiénes son los nuevos Pablo de Tarso conscientes de ser portadores de una hermosas novedad que entra en el areópago de nuestro pequeño mundo con la convicción y la certeza de querer anunciar al "Dios desconocido".



"La fe es la experiencia en un acontecimiento de encuentro amoroso con Dios Padre Materno Vivo y personal, que te mueve a la alteridad y a la solidaridad. "


"Debemos acometer con fuerza renovada la cuestón acerca de cual es el modo en que puede anunciarse de nuevo a este mundo el evangelio de manera que llegue a él."
Benito XVI, en Luz del Mundo.

"Dios": el término está entre los más usados del lenguaje mundial, y sin embargo, cuántos sentidos, diferentes y tantas veces, contrarios entre sí al punto de oponerse mutuamente. Debemos preguntarnos si Dios existe y qué cosa sea, o quién sea Dios. Preguntas inevitables que no pueden permanecer sin respuesta. El Dios del que hablamos, no sólo se ha hecho escuchar, sino que se ha hecho uno de nosotros. Y consigo trae a nuestra vida la respuesta a la pregunta fundamental por el sentido: "con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre. Ha trabajado con manos de hombres, ha pensado con mente de hombre, ha actuado con voluntad de hombre, ha amado con corazón de hombre. Naciendo de María Virgen, él verdaderamente se ha hecho uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado" (GS 22). Ningún pretexto de parte nuestra. Él ha experimentado en todo nuestra condición humana, sobre todo allí cuando ella significa dolor, sufrimiento, enfermedad, muerte. La nueva evangelización requiere, entonces, la capacidad de saber dar razón de la propia fe, mostrando a Jesucristo, el Hijo de Dios, único salvador de la humanidad. En la medida en que seamos capaces de esto, podremos ofrecer al mundo contemporáneo la respuesta que espera o que debemos provocar en él. Como decía Benedicto XVI el día antes de ser elegido Papa: "En estos momentos de la historia tenemos verdadera necesidad de hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan a Dios creíble en el mundo...


Tenemos necesidad de hombres que tengan la mirada dirigida a Dios, aprendiendo de Él la verdadera humanidad. Tenemos necesidad de hombres cuyo intelecto sea iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los otros y su corazón pueda abrir el corazón de los otros. Solamente a través de hombres tocados por Dios, Dios puede retornar a los hombres". La nueva evangelización, por tanto, parte de aquí: de la credibilidad de nuestra vida de creyentes y de nuestra convicción de que la gracia actúa y transforma hasta el punto de convertir el corazón. El mundo de hoy tiene necesidad profunda de amor, porque conoce desgraciadamente sólo sus grandes fracasos. Aquí probablemente nace la paradoja que se despliega nuestros ojos y que empuja a la mente a reflexionar sobre el sentido de una tal acción.
¿Creo en la resurrección?, cuanto: ¿vivo como resucitado con la fuerza de Pentecostés?


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