EL Rincón de Yanka: EXPLICACIONES SOBRE LA TRAGEDIA DE LOS TRES POLÍCIAS NACIONALES MUERTOS EN SERVICIO POR RESCATAR A UNOS ESTÚPIDOS

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domingo, 29 de enero de 2012

EXPLICACIONES SOBRE LA TRAGEDIA DE LOS TRES POLÍCIAS NACIONALES MUERTOS EN SERVICIO POR RESCATAR A UNOS ESTÚPIDOS



Hoy domingo estaba por el paseo marítimo de Riazor de La Coruña Galicia, viendo el gran despliegue de la polícia nacional y de voluntarios en búsqueda de los cuerpos de los dos polícias nacionales -el tercero ya había sido rescatado de las aguas al día siguiente de la tragedia-, y la del estudiante.

Me acerqué donde unos polícias nacionales para poder entrar en la rompeolas que estaba cerrada al público y me dijo un agente que no podía entrar, en el mismo momento que entraban otras personas mientras la última que quería entrar, el agente le dijo lo mismo que a mí, a lo que el sujeto respondió que porque entraban otras personas y ella no, a lo que yo respondí que porque serían agentes de la policía. Bueno, la cuestión es que aproveché el momento para darle mi séntido pésame al cuerpo de polícia por tan terrible pérdida humana heróica... Y diciéndole al agente que era inexplicable tal suceso a lo que me respondío que todo tenía su causa, que era la sociedad desasociada y deshumanizada que estábamos mal construyendo entre todos: el botellón, la irresponsabilidad, los invalores, la irresponsabilidad, la falta de trascendencia, la estupidez...

Pero la mayor estupidez que se está oyendo es que están pidiendo que cierren todas las playas de noche. Apaga y vámonos...

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Tres héroes y un idiota
(El Ideal Gallego)


El idiota que en la madrugada de ayer fue tragado por el mar del Orzán merecía vivir. Merecía sufrir el paso de los años con el peso de la tragedia que causó devorándole los sesos.

Drama en el Orzán cuatro familias de luto por una absurda imprudencia.

El idiota que en la madrugada de ayer fue tragado por el mar del Orzán merecía vivir. Merecía sufrir el paso de los años con el peso de la tragedia que causó devorándole los sesos. Merecía hacerse una o dos rondas de programas televisivos –incluso cobrando, para luego gastárselo en más alcohol– explicando los inexplicables motivos que le llevaron a jugar con la muerte.

Él, y no su familia, es quien debería soportar la vergüenza de mirar cara a cara a esos niños que por su culpa se quedaron sin padres; a esos padres que se quedaron sin hijos; a esa ciudad –esta–que se despertó sobresaltada y que nunca lo va a olvidar.

¿Se puede ser más imbécil que arrojar una vida a la vorágine del mar? Se puede. He aquí la prueba. Se puede desperdiciar de una tacada cuatro vidas a cambio de nada. Por un impulso irracional.
Y no son cuatro vidas cualquiera. Tres de ellas son, lo eran, de una casta de ciudadanos que han hecho del servicio a los demás su profesión. Su forma de vida. Y de muerte. Que en el instante final de dejarse engullir por las fauces del océano no repararon en que lo que trataban de salvar no merecía la pena. Lo hicieron porque era su destino. Puede que no estuviesen preparados, que no dispusiesen de los medios adecuados. Los héroes son así.

Tres héroes. No. Treinta. Trescientos. Sus compañeros que se tragaron las lágrimas cuando aún no había salido el sol. El que recogió de la arena el zapato de la esperanza. El que puso la cinta para cerrar el paso.
El jefe de los bomberos y el bombero de a pie que se presentó en el Parque sin estar de turno. El policía con más estrellas en la bocamanga, que se desayunaba con su destitución recién cocinada y no dudó en regalar su último servicio con un nudo en la garganta.

Los periodistas que trabajaron a destajo, y el que, en el paroxismo de la sinrazón, ayer no pudo trabajar. Te rompen la nariz de un puñetazo y aún quieren que trabajes sin cobrar.
Los miles de ciudadanos que se asomaron al balcón del Paseo Marítimo con la esperanza de ver algo, con los hombros encogidos por el frío, y el corazón por el desasosiego.

Trescientos mil. Pasarán los días y nadie recordará si era esloveno, croata o de Monte Alto. No tendrá la menor trascendencia si estaba orinando, jugando al fútbol con las olas o a cuatro metros de profundidad.
El alcohol, la osadía de los pocos años y el dulce veneno del mar besando la arena forman un cóctel que ya ha emborronado demasiadas páginas del dietario coruñés. Sirva –si es que para algo puede servir una tragedia de estas dimensiones– para ir aprendiendo lecciones. Se empieza protestando porque al niño no le dejan entrar en una discoteca y se acaba llorando en un tanatorio.

La ciudad se ha parado. Estará parada tres días. Son tres jornadas de reflexión. De mirar hacia dentro. De buscar en qué minuto de esta película esta sociedad decidió renunciar al sentido común, a la educación en el respeto a la vida propia. Y a las ajenas.
Los héroes escasean. No cabe desperdiciarlos en absurdos. Tres valientes perdidos por una idiotez es mucha factura. Y que los cuatro descansen en paz.






LOS HÉROES DEL ORZÁN (RIAZOR)