ANTONIO GAUDÍ:
Los símbolos y el espíritu
de la Sagrada Familia
La Sagrada Familia es mucho más que el principal reclamo turístico de Barcelona. Es un poderoso mensaje oculto, una vibrante «homilía en piedra» diseñada por el genio Antoni Gaudí. Descubre los misterios que esconden las sobrecogedoras fachadas de la Natividad y la Pasión. Adéntrate en el significado real de su asombroso bosque interior y sorpréndete con el innovador trencadís, elaborado de forma revolucionaria con pedazos de baldosas rotas y materiales de desecho. El jesuita Jean-Paul Hernández nos revela las motivaciones profundas, la intensa aventura mística y el rotundo compromiso social de un artista que elevó a los trabajadores a protagonistas de la belleza y que decidió convertirse en un auténtico «monje en la ciudad». En un momento histórico en el que el complejo religioso se acerca más a su esperada culminación, esta es una guía absolutamente imprescindible para creyentes, amantes del arte y todo aquel que quiera dejarse transformar por una de las catequesis en piedra más deslumbrantes del mundo.
“La Belleza es el resplandor de la Verdad”
Antoni Gaudí.
A veces pasamos por la vida con la mirada pegada al asfalto, olvidando que justo encima de nosotros sucede un milagro diario: el árbol buscando la luz. No es un esfuerzo agónico, sino una orientación vital, un instinto de supervivencia que se convierte en danza.
Para Antoni Gaudí (del que el 10 de junio se cumplen 100 años de su muerte), ese movimiento no era simple biología. Era el rastro de un Creador que se comunica en el lenguaje de las formas orgánicas.
Gaudí entendió que las leyes de la física —la gravedad, el equilibrio de una parábola, la resistencia de un tronco— son, en realidad, pensamientos de Dios. Al observar un árbol, no veía solo madera; veía una lección de sencillez y firmeza.
Como bien explora Jean-Paul Hernández en “La Palabra en la piedra” (publicado en el sello Mensajero), Gaudí no pretendía ser un innovador rompedor por ego, sino un traductor humilde. Su arquitectura es un intento de volcar en la piedra el susurro de Dios que él escuchaba en el bosque.
Y por eso, la Sagrada Familia es una homilía en piedra. Hernández nos recuerda que Gaudí bebía de fuentes profundas: la Biblia y la liturgia (especialmente a través de Dom Guéranger). Cada columna, cada capitel y cada vitral no están ahí por estética, sino por corazón. Y uno entregado casi por completo a Dios.
Al final, todos estamos llamados a ser un poco como la Sagrada Familia: obras en construcción, a veces incompletas y rodeadas de andamios, pero destinadas a ser un reflejo de la luz divina en medio del mundo.
Gaudí busca aproximar el Cielo y la Tierra, recrear la Jerusalén Celeste cimentada sobre la presencia de la Trinidad en el plan divino de la salvación, y sintetizar todo ello, en la forma simbólica suprema del templo (Puig, 2011: 47-49).
La clave simbólica básica del interior la proporcionó el propio Gaudí al afirmar con sus palabras lo siguiente: Será como un bosque […] la decoración de las bóvedas serán hojas, en las cuales se verán los pájaros propios de la tierra. Los pilares de la nave principal serán palmeras; son los árboles de la gloria, del sacrificio y del martirio. Los de las naves laterales serán laureles, árboles de la gloria, de la inteligencia […] Las formas helicoidales son infinitas, se encaraman hacia arriba, sin acabar, como la eternidad. Así serán los pilares de la Sagrada Familia. (Giralt-Miracle, 2012: 216)
Gaudí aspiraba a convertir la Sagrada Familia en una suprema síntesis de teología cristiana, geometría, naturaleza y espíritu, con el sueño, según las palabras del teórico ya mencionado Armand Puig (2011: 217):
“el sueño de la totalidad, como el Raimundo Lulio del Ars Magna, como el Dante de la Divina Comedia, o como el Tomás de Aquino de la Summa Theologica”.
El templo es asimismo el resultado de la síntesis de innumerables formas arquitectónicas, entre ellas la de Santa Sofía de Constantinopla, las Catedrales de Reims, Tarragona, Mallorca, la iglesia de Santa María del Mar, y un largo etcétera de arquitecturas vistas, sentidas o imaginadas en el crisol de la mente Gaudiana (Puig, 2011: 218).
Como hemos mencionado, varias dimensiones simbólicas se funden en el templo; por un lado, como ya se ha indicado recientemente, la Sagrada Familia es una figuración simbólica de la Jerusalén Celestial Apocalíptica, con la presencia de detalles interesantes que reflejan símbolos claros extraídos del apocalipsis, desde el Alfa y la Omega en la torre central dedicada a Cristo, hasta el lampadario que cuelga bajo el cimborrio central con la figura de Cristo crucificado.
Por otro lado, la Sagrada Familia se ha considerado como un himno a la presencia providencial de la Trinidad y de la propia Sagrada Familia en la naturaleza y la historia, que cristaliza en la figura suprema de Cristo como centro teológico y simbólico del templo (García Álvarez, 2017: 196). También se ha planteado por parte de algunos estudiosos, que la Sagrada Familia expresaría de forma simbólica la identidad entre el curso solar y la vida de Cristo.
De esta manera, la fachada del Nacimiento está dirigida hacia Oriente, quedando iluminada por el sol naciente, al contrario que la la fachada de la Pasión orientada hacia Poniente, del modo que la mortecina luz solar del atardecer expresaría el luto por la muerte de Jesús (Torii, 1983: 131). Consideramos de gran importancia enfatizar en esta fachada porque, aunque se sabe que Gaudí no pudo contemplar su materialización plena, el mismo deja constancia sobre la intensidad con la que concebía la fusión simbólica entre la materia y la idea, en un esclarecedor testimonio al también arquitecto Joan Bergós:
Puede ser que alguien encuentre demasiado extravagante esta fachada, pero yo querría que llegara a dar miedo, y, para conseguirlo, no escatimaré el claroscuro, los elementos salientes y los vaciados, todo lo que resulte del más tétrico efecto […] Es más, estoy dispuesto a sacrificar la misma construcción, a romper, a cortar columnas, con el objetivo de dar una idea de como es de cruento el edificio. (Giralt-Miracle et alt, 2012: 198).
El templo también puede valorarse como la pura naturaleza hecha arquitectura, en donde se exhibe naturaleza local y mediterránea con toda clase de especies que, como una expresión de esa naturaleza local, quedan exaltadas y glorificadas por su presencia en el templo del espíritu. Elementos como las torres están dedicadas a los doce apóstoles, los Evangelios, la Virgen y Cristo (Puig, 2011: 77); dichas estructuras se elevan como si se trataran del resultado de los movimientos tectónicos que, en sus orígenes, produjeron la elevación de esa montaña sagrada en el pensamiento del arquitecto, Monserrat, pero también nos recuerdan subliminalmente, el resultado de elevar a una escala monumental, la forma natural del crespinell, la planta salvaje ya mencionada con anterioridad cuyo sencillo perfil se funde con la forma final del templo.
Los remates de la propias torres, suponen una de las manifestaciones definitorias de la fusión simbólica de naturaleza, geometría, imaginación y espíritu; nos resulta difícil imaginar como es posible condensar en un espacio tan limitado, una cantidad de tales estructuras geométricas que sirvan de soporte a esos simbolismos naturales, imaginarios y espirituales, algo que para una mente contemplativa de la visión trascendental de nuestro arquitecto, sirve para referenciar como broche final, la grandeza de su legado artístico y personal.
Gaudí
Fuiste enviado a este mundo para crear
Quizás más de un tormento tuviste que pasar
Tu genialidad artística quisiste dejar
Realizaste una obra para recordar
El mundo contemplabas de una manera diferente
Para ti la naturaleza fue siempre alma latente
Tu fe te convirtió en un devoto creyente
Para ti un simple vistazo a la vida no fue suficiente
Alzaste con tu dominio el Nacimiento
Esculpiste con tu talante la Gloria
Erigiste con tu saber la Pasión
Alcanzaste una divina inmortalización.




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