La mata de mango:
resistencia en tiempos difíciles
(2016-2017)
En los años más duros de la crisis en Venezuela, cuando la escasez golpeaba cada hogar y hacer mercado era una odisea, muchos encontraron en algo tan simple como una mata de mango una forma de sobrevivir.
Era común ver a familias, vecinos y hasta desconocidos reunidos bajo su sombra, recogiendo frutos, compartiendo, inventando comidas… resistiendo.
Mientras en las calles crecía la tensión y surgían movimientos como la llamada Resistencia, que enfrentaba la represión en las protestas , en los hogares también existía otra forma de lucha:
la de seguir adelante con lo poco que había.
La mata de mango no era solo un árbol…
era alimento cuando no había nada.
era comunidad cuando todo faltaba.
era símbolo de ingenio y supervivencia.
Hoy, recordarla es volver a esos días donde el venezolano convirtió la necesidad en fortaleza.
Porque resistir también fue compartir lo poco… y seguir de pie.
En los años 2016 y 2017, Venezuela vivió tiempos duros, de esos que ponen a prueba el alma. Fueron conocidos por muchos como el año de la sardina y el mango. No había abundancia, no había lujos, pero Dios nunca nos soltó la mano.
Todo el año hubo mango en los patios, en las calles, cayendo del cielo como una bendición silenciosa. Y la sardina, humilde pero noble, llegó a nuestras mesas cuando parecía que nada más podía llegar. Con eso resistimos, con eso compartimos, con eso sobrevivimos.
Fueron años donde aprendimos que la providencia no siempre viene envuelta en riqueza, sino en lo necesario. Dios fue grande con los venezolanos, porque en medio de la escasez nos regaló sustento, fortaleza y unión. Nadie se quedó solo; el que tenía mango lo compartía, el que conseguía sardina invitaba al vecino.
Hoy, al mirar atrás, entendemos que no fue casualidad. Fue una prueba y también una muestra de amor divino. Porque cuando parecía que todo faltaba, Dios se encargó de que nunca faltara lo esencial.
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El año que los mangos vencieron la escasez
Venezuela, 2017.
Un país en tinieblas. Estanterías vacías. Niños que preguntaban por pan y padres que solo tenían silencio para ofrecer. La economía había colapsado, el dinero no alcanzaba y la esperanza parecía haberse ido en el último vuelo que dejó el aeropuerto vacío.
Pero pasó algo que ningún titular de prensa pudo explicar.
Los mangos… no se acabaron.
Mientras los mercados amanecían con las puertas cerradas, los árboles amanecían repletos. Mientras las colas para comprar harina eran interminables, en las aceras bastaba extender la mano. Era una sobreabundancia mística, un derramamiento amarillo sobre el asfalto caliente.
¿Casualidad?
La Biblia dice en Salmos 104:27-28:
"Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, ellos recogen; abres tu mano, se sacian de bien".
Dios abrió su mano sobre Venezuela.
En medio del desierto económico, hizo brotar manantiales en los árboles. No hubo sequía que alcanzara las raíces, ni inflación que pudiera comprar un fruto que ya era de todos. Los mangos no entendían de dólares, no entendían de colas, no entendían de política. Solo entendían una orden superior: "Denle de comer a mi pueblo".
Y obedecieron.
Fue el año en que la creación se levantó para sostener a sus hijos.
Mientras los hombres cerraban fábricas, Dios abría las ramas. Mientras el sistema fallaba, la tierra recordó el pacto de Génesis 8:22:
"Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la cosecha".
Y la tierra permaneció. Y los mangos dieron. Y Venezuela comió.
Hoy, cuando veo un mango, no veo solo una fruta. Veo el recordatorio de que Dios nunca nos dejó solos. Veo el misterio de un año donde lo imposible se hizo visible: que en la mayor crisis de nuestra historia, lo único que nunca escaseó fue la provisión de Dios.
Porque cuando el hombre falla, el Cielo se encarga.
Y en 2017, el Cielo tenía sabor a mango. Y el mar, a pescado...
Bendito sea Dios, que sostuvo a Venezuela ayer, la sostiene hoy y la seguirá sosteniendo siempre.


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