EL Rincón de Yanka: CARTA A GUSTAVO GUTIÉRREZ MERINO

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jueves, 7 de mayo de 2009

CARTA A GUSTAVO GUTIÉRREZ MERINO


"La teología es una reflexión sobre la fe y la fe lo que tiene que hacer es movilizar a las personas para cambiar".
Gustavo Gutierrez Merino

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GRACIAS HERMANO GUSTAVO


Hermano Gustavo,

Cada vez que me he sentado en estos días para dar forma a estas palabras, lo que me sale espontáneamente es el deseo de escribir una carta de acción de gracias.
En primer lugar quiero dar gracias a Dios por el don de tu vida, por tus ochenta años vividos a plenitud. Pero quiero darte gracias a ti también, Gustavo, por haber respondido - a lo largo de tu vida - a la gracia de Dios, a los movimiento del Espíritu Santo y a los signos de los tiempos. Y en particular, quiero darte gracias por lo que eres y has sido para mi vida. Cuando digo "mi vida" no hablo solo de mi; sé que hablo al mismo tiempo de la vida de muchísimas personas, algunas de las cuales están aquí hoy.Para no hablar solo en términos generales, quisiera ubicar este agradecimiento personal dentro del contexto de mi propia vida, no porque sea algo de otro mundo, sino porque es ahí donde tu vida y tu compromiso cristiano han jugado un papel importante en la mía.
En el año 1977, cuando yo tenía apenas diecisiete años, gané una beca en mi colegio en Texas para venir al Perú como estudiante de un programa de intercambio cultural. Viví en Cuzco, con una familia cuzqueña, frente a la Universidad de San Antonio Abad.
El año ’77, como muchos recordarán, fue un tiempo de mucha violencia en Cuzco, y la universidad fue uno de los principales puntos de choque. Para un joven que nunca había salido de su país, fue un despertar brusco y violento. El ’77 fue también el año en que los obispos del Sur Andino (¡Ay! aquellos tiempos) escribieron su importante carta pastoral, "Recogiendo el Clamor de los Pobres."

Me da un poco de pena decírtelo, Gustavo, pero en esos inolvidables meses de juventud que viví en Cuzco en el ’77, nunca escuché el nombre de Gustavo Gutiérrez. Ni tampoco escuché nada de la recién nacida "teología de la liberación". Confieso que las cosas de Dios y de la Iglesia no me interesaban mucho en esa etapa de mi vida.

Pero cuando regresé a mi tierra para terminar el colegio y empezar mis estudios en la universidad, yo ya no era el mismo. No entendía que era lo que había cambiado dentro de mí durante mi estancia en el Perú, pero al ingresar en la universidad dejé mis planes de estudiar ingeniería forestal y empecé a estudiar la lengua castellana y las ciencias políticas. La realidad del Perú me había sacudido, dejándome con muchas preguntas; tenía una gran necesidad de buscar respuestas. En los años de universidad descubrí mi fe, y descubrí que el seguimiento de Jesús abría nuevos caminos, caminos llenos de sentido y compromiso. Al terminar mis estudios, y lleno de aquella ingenuidad típica de los jóvenes, decidí entrar en la Orden dominicana. Las muchas preguntas seguían, pero ya había encontrado un camino que daba sentido a mi vida. Doy gracias a Dios, porque sé que era El quien me guiaba los pasos.

Durante mi primer año de estudios como dominico, tuve la suerte - el gran privilegio - de conocer, por medio de nuestro amigo mutuo, Estéban Judd, a Helen Rand Parish. Fue Helen quien me introdujo a uno los grandes maestros de mi vida: fray Bartolomé de las Casas. Y fue por medio de Las Casas que conocí a otro gran maestro: su discípulo, Gustavo Gutiérrez. Para mí, el descubrir a Las Casas y el empezar a leer los libros tuyos, Gustavo, fue como encontrar un manantial de agua cristalina, o como llegar a casa después de un largo tiempo fuera. Por fin las muchas preguntas que llevaba en mi corazón desde mis días en Cuzco empezaban a encontrar respuestas.

Me disculparás, Gustavo, por tener que entrar tanto en mi propia vida en un momento en que eres tú el homenajeado. Pero es la única manera que tengo para darte las gracias de verdad. Durante esos primeros años de estudios teológicos, yo y muchos de mis compañeros, nos sumergimos de lleno en los escritos tuyos y de otros teólogos y teólogas que nos ayudaban a ver la realidad de nuestros tiempos con nuevos ojos. Eran tiempos de mucha vitalidad y compromiso. El evangelio se nos hizo vida, gracias a ustedes, nuestros hermanos y hermanas mayores.

Ustedes nos ayudaron a descubrir que la Biblia era más que mandamientos y milagros; era un libro que transmitía esperanza y libertad en medio de las duras realidades de nuestros tiempos. Tú, Gustavo, nos has recordado muchas veces que la memoria es el pasado hecho presente, y así nos has ayudado a reconocer en nuestra historia de salvación luces antiguas que sirven para iluminar nuestro caminar de fe hoy. Gracias por abrir estos caminos nuevos, por atreverte a hacer preguntas nuevas, por encarnar en tu propia vida esa invitación profética hecha por el Vaticano II, de vivir con los ojos abiertos ante los signos de los tiempos.

Gracias también Gustavo por ayudamos a recobrar un sentido de esperanza. Cuántas veces te hemos escuchado hablar de la locura de Jeremías, que en medio de la destrucción y la desesperanza, demostró la terquedad de su esperanza al comprar aquel campo en su ciudad natal (Jer. 32). Tú has sido un signo de esperanza para nosotros, porque te hemos visto invertir toda una vida en la compra de otro campo: el campo de los pobres de Dios. En medio de un mundo que parece cada vez más indiferente ante la realidad de los pequeños y olvidados que claman desde la periferia de la vida, nos has enseñado a arriesgamos, a hacer una opción fundamental y preferencial por los pobres y desposeídos. ¡La locura de tu propia esperanza nos ha contagiado de esperanza! Gracias.
Sabemos que todo esto no ha sido fácil para ti, y queremos agradecerte también porque en los momentos difíciles en tu propio caminar como teólogo y cristiano, tu profunda fe y esperanza han marcado camino para muchos. Nunca dejaste de decir la verdad, ni tampoco dejaste de escuchar las opiniones de otros. Has sido fiel a las palabras de San Pablo: "Predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo... siempre con paciencia y preocupado en enseñar" (2 Tim 4,2). Has gritado la verdad desde los techos, sin nunca dejar de ser un hombre atento al Espíritu, un hombre de escucha y diálogo. Tu sentido de humor en medio de todas las dificultades nos sirve como reto fraterno. Gracias por este ejemplo de equilibrio y fortaleza.

Otro tema que has puesto para nuestra consideración una vez y otra vez durante estos años es el tema de la amistad. Nos has dado testimonio de la importancia que ha sido para ti el don de la amistad en tu propia vida. Cuando Mev Puleo te entrevistó hace años y te preguntó si tenías héroes que habían servido de inspiración en tu vida, mencionaste a tus padres y a un par de teólogos famosos, y después añadiste: "y las personas de mi parroquia...nombres de personas que para [muchos] no significan gran cosa, pero para mi son muy importantes."
Hace dos años fui con algunos de mis hermanos dominicos a celebrar la Vigilia Pascual en esa, tu antigua Parroquia de Cristo Redentor en el Rímac - contigo y con el Padre Andrés. Recuerdo muy bien que después de la misa, con el sol del domingo de resurrección recién nacido, te quedaste conversando un largo rato con tus viejos amigos. Me presentaste a varios matrimonios que habían sido miembros del grupo juvenil en ’aquellos viejos tiempos’. Entre risas y chistes me daba cuenta que las anécdotas de veinticinco años atrás parecían cosas que acababan de pasar hacía un par de semanas. Fue un ambiente de alegría palpable y de mucha confianza, el fruto de largos años de andar con, de cercanía, de proximidad y de amistad. Tú mismo has dicho: "Estoy convencido que sin la amistad con los pobres, no estamos comprometidos con ellos de verdad." Al escuchar esas palabras tuyas, se nos vienen a la memoria unas palabras parecidas de Jesús en el evangelio de Juan: "Ya no les diré servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Les digo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he aprendido de mi Padre" (Jn. 15,15). Sí Gustavo, gracias por habernos dado a conocer las cosas que has aprendido de tu amistad con Dios.

Quisiera detenerme un momento en otra palabra que tú nos has ayudado a recuperar con una nueva y más profunda frescura durante estos años - la palabra gratuidad. Al comenzar tu libro sobre Job, hablas del quehacer teológico, es decir, ¿cómo hablar de Dios? Y nos recuerdas que el primer punto que hay que considerar es "la relación entre revelación y gratuidad. Cristo revela al Padre... como un Dios amor.’ Y sigues:

"A Dios, en primer lugar se le contempla... se pone en práctica su voluntad, su Reino; solamente después se le piensa...Como se dice en el Eclesiastés, hay ’un tiempo de callar y un tiempo de hablar’ (Ecle 2,6). El silencio, el tiempo de callar, es el acto primero y la mediación necesaria para el tiempo de hablar sobre el Señor, para hacer teo-logía, acto segundo. El momento del silencio es el lugar del encuentro amoroso con Dios, oración y compromiso; significa ’quedarse con Él’ (Jn 1,39)... Gratuidad y revelación, silencio y lenguaje, son dos premisas del trabajo de inteligencia de la fe... ’1

Seguidamente citas el texto de San Mateo donde Jesús dice, "Te bendigo Padre, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a la gente sencilla" (11, 25-26), y después dices, "Lo que está detrás de [esta bendición] y que le da su sentido es el amor libre y gratuito de Dios por todo ser humano y en especial por los más pobres y olvidados... Predilección sin exclusividades... El texto entero está dominado por la gratuidad del amor de Dios." 2

Gustavo, por medio de palabras como éstas, nos abres la puerta de tu corazón y nos permites ver la fuente contemplativa, el pozo profundo de tu propia experiencia de Dios. Gracias por recordamos que Dios es amor y que su amor es gratuito. Nos has ayudado a entender que la opción preferencial por los pobres nace precisamente de esa gratuidad de Dios.
Roberto Goizueta, teólogo hispano de los Estados Unidos, escribe en uno de los capítulos del libro que hoy te dedicamos: "Según Gutiérrez, no se puede comprender el carácter realmente radical del amor divino mientras no se aprecie que ese amor es al mismo tiempo universal, gratuito y parcializado. En realidad, el amor de Dios es universal y gratuito porque tiene sus preferencias... ésta es la clave para entender la teología de Gutiérrez y, lo que es más importante, para entender las Escrituras." 3 Y Catherine Hilkert, OP señala en su aporte que este amor gratuito de Dios alcanza su expresión máxima "en el don del mismo Dios en Jesucristo, quien "dio su vida por sus amigos".4 De la fuente de la gratuidad fluye todo. Como resumes en tu libro sobre la vida de fray Bartolomé de Las Casas: "Dar gratis lo que uno ha recibido gratis... es la gran norma evangelizadora."5

Quisiera terminar mis reflexiones, mi acción de gracias, enfocándome por un momento en esta figura de Bartolomé de las Casas que, como los profetas antiguos, supo unir en su vida la experiencia mística con la vocación profética. Gustavo, tú has sido fiel a esta misma tradición. Como Las Casas, has predicado por medio de tu palabra y tu ejemplo, ayudándonos a entender que la experiencia mística cristiana culmina en el encuentro con Dios en el otro, el pobre. Esta profunda intuición mística, ejemplificada en el texto de Mateo 25, ha cobrado una nueva urgencia y una nueva vitalidad durante los últimos cuarenta años a través de las teologías de la liberación. Este misticismo con rostro humano es la sangre que corre por tus venas, Gustavo, y gracias a ti, corre hoy de nuevo por las venas de las Américas. Tú, como Las Casas, has gastado tu vida anunciando que el pobre, el insignificante ante los ojos del mundo, es Cristo.
Tú mismo has subrayado esta intuición al insistir que el ver místico es, a su vez, un ver profundamente encargado en la historia. Refiriéndote a la praxis teológica y profética de Las Casas, tú has escrito: "El núcleo de cristalización de la perspectiva misionera y teológica de Las Casas es ver en el indio, en ese otro del mundo occidental, al pobre de que nos habla el evangelio, y por consiguiente, ser consciente de que en todo gesto hacia él se encuentra a Cristo mismo. Esta intuición evangélica y mística es la raíz de [la] espiritualidad [de Las Casas]".6 Sí, y estoy convencido, hermano, fray Gustavo, que esta intuición evangélica y mística es la raíz, el fondo, el corazón no sólo de tu espiritualidad, sino de tu vida entera. Por eso, una vez más, y en nombre de muchos hermanos y hermanas de mi generación que hemos bebido del manantial de tus palabras durante muchos años, gracias.



fr Brian J. Pierce, OP
Convento Santa Sabina
Roma, Italia
Lunes 7 de julio de 2008


Notas:

1 Gustavo gutiérrez, Hablar de dios desde el Sufrimiento del Inocente (Lima CEP, 1986), 16-18.
2 Gutiérrez, Hablar de Dios, 12-13
3 Roberto Goizueta, "Una Teología Integral, Una Fe Integral", en Libertad y Esperanza, 2008
4 Mary Catherine Hilkert, OP, "Descubrir la Imagen de Dios en los Rostros de los Pobres", en Libertad y Esperanza, 2008
5 Gustavo Gutiérrez, Las Casas: In Search of the Poor of Jesus Christ ( En Busca de los Pobres de Jesucristo), citado de la edición en inglés (Maryknoll, NY: Orbis Books, 1993), p.160
6 Gustavo gutiérrez, Acordarse de los Pobres, (Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2004), 513




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