EL Rincón de Yanka

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jueves, 7 de febrero de 2019

💀 "DERECHO" A ¿MATAR?: FETICIDIO, FILICIDIO E INFANTICIDIO


‘Derecho’ a ¿matar?
Feticidio, Filicidio e Infanticidio
¿Desde cuándo es un ‘derecho’ matar?, ¿qué argumentos damos para demostrar que la vida que la madre lleva en su seno le pertenece?, ¿con qué rigor científico hablamos cuando confirmamos que no hay vida hasta la semana…X, que varía según los intereses políticos?
EL ABORTO NO ES UN DERECHO, 
ES UN CRIMEN 
«Si no nos gobiernan los Diez Mandamientos 
nos gobernarán los diez mil mandamientos» 
G.K. Chesterton 



¿Desde cuándo es un “derecho” matar?, ¿qué argumentos damos para demostrar que la vida que la madre lleva en su seno le pertenece?, ¿con qué rigor científico hablamos cuando confirmamos que no hay vida hasta la semana…X, que varía según los intereses políticos? 
Cuando está científicamente demostrado que hay vida desde el momento de la concepción, que un feto de pocas semanas es capaz de moverse, oler, sufrir…
No nos engañemos, no engañemos a las mujeres, no manipulemos a las madres, pues creo que sólo son capaces de acabar con la vida de su hijo bajo el engaño o la presión social, que muchas veces es laboral (el índice de madres inmigrantes que abortan es cada vez mayor).
En Navarra, gracias a la objeción de conciencia no se practican abortos, hecho que me parece muy meritorio a nivel personal, pero a nivel institucional se facilita el aborto en otras ciudades fuera de esta autonomía (¿qué pasa que es menos dañino facilitar el asesinato en la casa del vecino?, ¿cómo puede generar esto buena conciencia?), y para más INRI el partido socialista quiere imponer este “derecho” a las ciudadanas navarras e impedir el derecho a la objeción de conciencia. ¿Queda algún político moral?.

Las mujeres viviríamos más felices si en vez de “acabar” radicalmente con el “problema” que llevamos en nuestro vientre para satisfacer las necesidades laborales y sociales (muchas mujeres hemos sido despedidas o no nos han renovado el contrato laboral por nuestro embarazo), las políticas sociales fueran encaminadas a proteger a los más débiles (los hijos que llevamos en nuestras entrañas) desde los ámbitos laborales y familiares, porque ya no solamente están en contra de la vida las políticas de ayuda a la familia sino todos aquellos ámbitos laborales, a veces también cristianos, que antes de contratar a una mujer le preguntan intencionadamente si va a tener hijos, lo que condiciona su posterior contrato.
Como mujer trabajadora y sobre todo como madre, quiero por una parte denunciar los ataques a la vida que sufren los más débiles a los que no dejamos nacer, y también la mujer que practica un aborto, quedando traumatizada de por vida (aunque de esto no se informe).

Y quiero por otra parte exigir políticas laborales y familiares que ayuden a la madre a no abortar y favorezcan la conciliación entre vida laboral y familiar. ¿Cómo es posible esto? pues aumentando los presupuestos en esta dirección ya que actualmente España ha aumentado la inversión en gastos militares (los más altos de la historia), siendo al mismo tiempo las políticas de ayuda familiar las más bajas de Europa.
Las madres queremos políticas basadas en la solidaridad y defensa de la vida, no queremos que nos maten a los hijos de nuestras entrañas con la mentira manipulada del “derecho a abortar”.


El aborto es el paradigma de la opresión, 
de la explotación del fuerte sobre el débil; 
es el modelo de relación materialista por excelencia



Según la paranoia progresista el quedarse embarazada, supone un grave riesgo y abortar es un derecho y un beneficio social que hay que proteger y ampliar. Evidentemente, esto no se lo traga nadie en su sano juicio moral; la falacia resulta escandalosa y hay que desenmascararla. El aborto es un mal en sí mismo por diversas razones y nadie puede ocultarlo. Veamos pues.

1) El aborto es el asesinato de un ser humano. Actualmente, nadie mínimamente honrado cuestiona la verdad científica de que la persona es tal desde la concepción; toda su información genética esta funcionando desde ese mismo momento. Defender el aborto es defender la eliminación sistemática de personas concretas. No valen componendas pseudocientíficas que tratan de eliminar o reducir la dignidad humana del niño en estado embrionario o fetal.

2) Pero es un asesinato especialmente condenable porque, y perdón por la obviedad, la indefensión y la debilidad de la víctima es máxima. El aborto es el paradigma de la opresión, de la explotación del fuerte sobre el débil; es el modelo de relación capitalista por excelencia.
Un ser humano sometido a la arbitrariedad de otro ser humano; un ser humano propiedad o capricho de otro, con el agravante inconmensurable de que es su propia madre quien ejerce tal nivel de violencia. ¿Cómo se puede siquiera concebir que el aborto sea manifestación de alguna liberación o de algún tipo de progreso? Sin embargo muchos lo creen así. Deben explicarlo.

3) Como consecuencia, el aborto provoca un daño objetivo a la conciencia tanto de la madre como del padre. Este es un aspecto que se quiere silenciar sistemáticamente pero las evidencias sanitarias lo ponen de manifiesto. El aborto supone un desgarramiento interno en la conciencia moral con consecuencias psíquicas muy graves. Pero este desgarramiento no es sólo de la madre, lo es del padre también, el gran ausente de esta tragedia. Los niños abortados en general no tienen padre y nos quieren hacer creer que el abortismo es cuestión sólo de mujeres y no es así. La degradación de la figura paterna forma parte sustantiva de este problema con consecuencias muy negativas para la sociedad especialmente en la educación de los jóvenes.

4) El aborto, también, es un método de eugenesia. La mayoría de los niños síndromes de down son eliminados antes de nacer. Es un método filo-nazi de ingeniería y control social. Margaret Sanger de la Federación Internacional de Planificación familiar lo deja claro: “El control de la natalidad debe concluir a una raza más limpia”…”la esterilización eugenésica es una necesidad urgente…debemos prevenir la multiplicación de este linaje malo”
“El mismo control de natalidad, frecuentemente es denunciado como una violación de la ley natural, no es nada más o menos que la facilitación del proceso de eliminar al no apto, de prevenir el nacimiento del defectuoso o de los que llegarán a ser defectuosos”…”La procreación de los enfermos, imbéciles y pobres debe ser detenido”.
Nuestra sociedad que proclama bien alto el derecho a la diversidad, a la diferencia, que dice que repudia el racismo, sin embargo, al mismo tiempo legitima el rechazo, antes de nacer, del niño deficiente. Los derechos fundamentales de la persona rigen para todas las personas, adquiriendo una mayor relevancia para las personas que muestran alguna minusvalía.

Una sociedad progresista y avanzada como la que proclama el Sr. Rodríguez Zapatero debería sentirse satisfecha porque haya cada vez más mujeres y más jóvenes que aborten, sin embargo parece que no es así. Se trata de que, especialmente, la mujer esté plenamente disponible para su explotación laboral lo cual implica necesariamente que el matrimonio, la familia y la educación de los niños son enemigos.
El 80% de las mujeres tendrían más niños pero confiesan que la presión económica se lo impide. Esto significa, y nos reiteramos, que el materialismo salvaje del neocapitalismo ha entrado en el vientre materno.

5) Combatir militantemente una cultura de muerte desde la promoción de la justicia y la solidaridad es imprescindible.

6) Unido a lo anterior, el aborto es un mecanismo fundamental utilizado por los organismos internacionales como la ONU, la UNICEF, etc. para controlar a los empobrecidos de la Tierra. Cuando el 85% de la humanidad sufre miseria mientras el 15% restante disfruta de unos niveles de consumo escandalosos, para el poder global actual es necesario aliviar la presión demográfica de las víctimas de la opresión y la injusticia.
Hoy defender el aborto es defender los intereses de este sistema auténticamente imperialista. Para ello hay multitud de ONGs y fundaciones ligadas a gobiernos, a partidos políticos, a empresas y bancos transnacionales que lideran las campañas pro-aborto en los países empobrecidos, ejerciendo una auténtica dictadura y chantaje a pueblos enteros amparados en los llamados Objetivos del Milenio de Naciones Unidas.

De tal forma es así que cuando se habla de la salud reproductiva de la madre, pseudoconcepto inventado por la ideología de género, se están refiriendo al aborto, a la esterilización, y a la anticoncepción. Este eufemismo, esta trampa lingüística ha servido para que incluso organizaciones católicas privadas y oficiales, carentes inexplicablemente de un análisis mínimo de la situación del mundo, estén apoyando esta ideología pro-abortista amparada tras una falsa y perniciosa defensa de la salud de la madre.

Cuando a los responsables del genocidio de Ruanda les preguntaron por qué habían repartido entre la población machetes especialmente importados, respondieron que se trataba de que todo el pueblo participara del genocidio, que todos fueran no sólo cómplices pasivos, sino autores materiales de los crímenes, y así nadie pudiera evitar estar al margen del crimen.

Algo parecido está sucediendo con el aborto en nuestra sociedad. Se trata de que todos seamos cómplices, inductores y ejecutores de alguna manera, de forma que se arranque de nuestro corazón la capacidad de ser solidarios personal y colectivamente, y se siembre la impotencia, la desesperación y el resentimiento.
El abortismo es una táctica del actual desorden moral para controlar a las personas y a los pueblos, impidiendo cualquier proyecto de transformación social y perpetuando su dominación y explotación imperialista y totalitaria.

Por todas estas razones el aborto es un mal que hay que combatir militantemente atacando a sus causas culturales y políticas. No vamos a consentir que se reduzca radicalmente al hombre, considerándolo un mero material biológico.

El aborto es un mal que hay que combatir militantemente atacando a sus causas culturales y políticas.
La vida no es simplemente “una cosa” que el hombre y la mujer pueden reivindicar como su propiedad exclusiva. La vida es un don, una realidad sagrada que hay que custodiar y cuidar amorosamente desde la concepción hasta la muerte natural. Defender la vida significa una lucha firme y perseverante por una sociedad justa y solidaria. No vamos a consentir que la inviolable dignidad de la persona quede sometida a la voluntad del más fuerte. Cuando el Estado presume de disponer de la vida de los más débiles e indefensos en nombre de la utilidad, que no es otra cosa que el interés de algunos, se transforma en un Estado Tirano.

La democracia no es fundamento, es un procedimiento basado en el diálogo pero que debe estar apoyado firmemente en principios morales como es la defensa de la dignidad de todo ser humano. Cuando el legalismo democrático se salta este principio, traiciona sus propios pilares y empieza a recorrer la senda del totalitarismo.


DEFENSA HONRADA de los DERECHOS HUMANOS: 
¡SI A LA VIDA!


En septiembre de 1995, el colectivo Autogestión, publicaba el siguiente manifiesto. En el año 2003 se publica la segunda edición de este manifiesto incorporando algún dato. Desde entonces se ha seguido publicando y difundiendo. Creemos por su interés y su completa actualidad es necesario volverle a poner bajo la luz pública
En toda campaña electoral la demagogia cabalga oscureciendo y pisoteando la conciencia de millones de españoles. Ha sido el gobierno de Aznar quien ha aprobado soterradamente la píldora abortiva RU-486, incluso antes que en EEUU, y ganadas las elecciones (muchos siguen creyendo que el PP no acepta el aborto y por eso le votaron), ha colocado a Celia Villalobos, que siempre ha manifestado estar de acuerdo con el aborto, como ministra de Sanidad. Hasta revistas cristianas pidieron el voto para el PP El gobierno de Aznar ha legitimado la política abortista del PSOE.

POR UNA DEFENSA HONRADA DE 
LOS DERECHOS HUMANOS: 
SI A LA VIDA.

Ante el clima generado por los actuales acontecimientos sociopolíticos y sostenido por los medios de comunicación al servicio de una cultura de muerte.

1. Manifestamos nuestra firme oposición al aborto por razones morales y nos oponernos, asimismo, a todo atentado a la vida desde un planteamiento global y no sectario: guerra del hambre, robo al Tercer Mundo, armamentismo, analfabetismo, tortura, pena de muerte, destrucción del entorno, etc., es decir, a toda explotación del hombre sobre el hombre y a todo tipo de violencia individual, colectiva, o estructural.
2. Denunciamos los argumentos sociopolíticos, económicos y jurídicos que, en el marco de una cultura de muerte pueden sintetizarse en el grito “ni los pueblos deben hacer revoluciones ni las mujeres deben parir”. Regímenes totalitarios (Hitler, Stalin … ) democracias formales (Giscard d`Estaing, Kohl … ) instituciones financieras (Banco Mundial, Fundación Rockefeller …) en diversas épocas se han hecho eco de este grito para su legitimación.
3. Denunciamos el consenso entre partidos de izquierda, centro y derecha por su aceptación plena de los fundamentos del Sistema Económico actual:
– El PSOE e IU abogan directamente por el voto pro-abortista.
– Asimismo el PP, CIU y PNV desde su ambigüedad e instrumentalizando partidista y sectariamente en sus planteamientos públicos y parlamentarios “el sí a la vida” cuando electoralmente conviene, defienden realmente una política pro-abortista.
No existen pues enfrentamientos de fondo entre la derecha y la izquierda oficial. Ambos apoyan, con hechos, el no a la vida.
4. Denunciamos a los organismos y conferencias internacionales que, como la de Pekín, declarando cínicamente la defensa de los derechos humanos, el derecho a la vida y los derechos del niño, pretenden ser el encubrimiento del mayor genocidio de la historia: exterminio de pueblos enteros por hambre, esterilización masiva, práctica de mas de 100 millones de abortos al año, inhibición real en las más de 150 guerras que se han sostenido en el Sur desde 1945 para que el imperialismo transnacional afirmara su poder. Y todo ello previamente planificado.
5. Denunciamos la falsa apología que supone identificar la liberación de la mujer, el “progreso” y la democracia con el no a la vida y que convierte el derecho a nacer de los más pobres en un negocio regido por el consenso social, de carácter convencional. De otra manera, ¿cómo es posible que el llamado “nasciturus”, pasado un minuto del plazo previsto – diferente además en cada país- ya no sea material biológico desechable? ¿Cómo es posible que, matándolo nacido, sea un crimen y, matándolo antes de nacer sea un aborto?
6. Denunciamos el derecho de la mujer a usar de su “cuerpo” libremente como el derecho de propiedad más absoluto y criminal concebible. No hay en nuestros días una posición más reaccionaria y conservadora que la que defiende el derecho de una persona sobre la vida del hijo no nacido.

Por fidelidad a la historia…

1 . – Optamos: por la vida y defendemos los valores de las luchas emancipadoras de los pobres de los siglos XIX y XX: Justicia, Autogestión, Promoción, Solidaridad de la mujer y del hombre en toda su integridad.
2 . – Luchamos contra toda explotación del hombre sobre el hombre, del imperialismo sobre los pueblos.
3. – Defendemos que la propiedad no es para nadie un derecho absoluto.
4. – Nos comprometemos en defensa de los mas débiles y por una cultura de solidaridad universal frente a los individualismos y nacionalismos imperantes.
Por fidelidad a la historia luchamos por un cambio profundo de estructuras y por un cambio revolucionario de la conciencia y del corazón del hombre.

Por una defensa honrada de los derechos humanos proclamamos

¡ Sí a la Vida, a toda Vida!
firma: 




Actualmente es común que se diga a las personas de todo el mundo que hay un nuevo derecho internacional al aborto. Su afirmación es falsa. Ningún tratado de la ONU convierte al aborto en un derecho humano internacional.
Aún así, esta afirmación está cobrando fuerza mundialmente. La Corte Constitucional de Colombia modificó las leyes nacionales de aborto del país basándose en esta falsa premisa. Otras más están considerando reformas similares.
El objetivo de los Artículos de San José es brindar un testimonio de expertos de que no existe tal derecho. Los Artículos fueron elaborados por un grupo de 31 especialistas en derecho internacional, en relaciones internacionales, en organizaciones internacionales, en salud pública, en ciencia, en medicina y con experiencia de gobierno. Entre los signatarios se encuentran profesores de derecho, filósofos, parlamentarios, embajadores, abogados de derechos humanos y delegados de la Asamblea General de la ONU.

Otro propósito de los Artículos de San José es demostrar que el niño por nacer ya se encuentra amparado en instrumentos de derechos humanos, y que los gobiernos deberían comenzar a protegerlo sirviéndose del derecho internacional.

Los artículos

Artículo 1. Como hecho científico, una nueva vida humana comienza al momento de la concepción.

Artículo 2. Cada vida humana es un flujo continuo que se inicia en la concepción y avanza por fases etapas hasta la muerte. La ciencia otorga diferentes nombres a estas fases etapas, incluyendo cigoto, blastocisto, embrión, feto, bebé, niño, adolescente y adulto. Esto no cambia el consenso científico acerca de que en todo momento del desarrollo todo individuo es un miembro viviente de la especie humana.

Artículo 3. Desde la concepción, cada niño, aun no nacido, es por naturaleza un ser humano.

Artículo 4. Todo ser humano, como miembro de la familia humana, tiene el derecho de ser reconocido por su dignidad inherente y a la protección de sus derechos humanos inalienables. Esto es reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y otros instrumentos internacionales.

Artículo 5. No existe ningún derecho al aborto bajo el derecho internacional, ni por vía de un tratado internacional obligatorio ni bajo normas de derecho internacional común. No hay ningún tratado de las Naciones Unidas que pueda ser citado con precisión para establecer o reconocer un derecho al aborto.

Artículo 6. La Comisión del CEDAW y otros organismos que preparan los tratados han guiado a los gobiernos a cambiar sus leyes sobre el aborto. Estos cuerpos han interpretado explícitamente o implícitamente los tratados a los cuales están sujetos como incluyentes de un derecho al aborto.

Los cuerpos que monitorean estos tratados no tienen autoridad, ni bajo los tratados que las crearon ni bajo el derecho internacional general, de interpretar estos tratados en maneras que creen nuevas obligaciones estatales o que alteren la esencia de los tratados.
En consecuencia, cualquier cuerpo que interprete un tratado de modo que incluya un derecho al aborto actúa más allá de su autoridad y contraría su mandato. Tales actos ultra vires no crean ninguna obligación legal para los estados partes; tampoco deberían los estados aceptarlos como una contribución a la conformación de un nuevo derecho internacional consuetudinario.

Artículo 7. Las afirmaciones realizadas por agencias internacionales o actores no gubernamentales en el sentido de que el aborto es un derecho humano son falsas y deben ser rechazadas.
No existe ninguna obligación jurídica internacional de proporcionar acceso al aborto basado en motivo alguno: salud, privacidad, autonomía sexual, no discriminación ni ningún otro motivo.

Artículo 8. Bajo los principios básicos de la interpretación de tratados del derecho internacional, de un modo consistente con las obligaciones de la buena fe y con el principio pacta sunt servanda, y ejerciendo su responsabilidad de defender la vida de sus pueblos, los estados pueden y deben invocar las provisiones de los tratados que garantizan el derecho a la vida para abarcar la responsabilidad gubernamental de proteger el niño aun no nacido del aborto.

Artículo 9. Los gobiernos y los miembros de la sociedad deberían garantizar que las leyes y las políticas nacionales protejan el derecho humano a la vida desde la concepción. También deberían rechazar y condenar la presión de adoptar leyes que legalizan o despenalizan el aborto.

Los organismos que preparan los tratados, las agencias de las Naciones Unidas y los funcionarios, tribunales regionales y nacionales y demás deben desistir de aseveraciones implícitas o explícitas de un derecho al aborto basadas en el derecho internacional.
Cuando se realizan tales aseveraciones falsas o se ejercen presiones, los estados miembros deberían reclamar la responsabilidad del sistema de las Naciones Unidas.
Quienes proporcionen ayuda para el desarrollo no deben promocionar o financiar el aborto. Ellos no deben condicionar la ayuda a la aceptación del aborto por parte del beneficiario.


miércoles, 6 de febrero de 2019

🎥 ¡QUE DIOS BENDIGA A JOHN FORD! SU CINE ESTÁ LLENO DE ALTA SENSIBILIDAD POÉTICA

John Ford, los dos lados de la epopeya
Su cine es emocional y, sobre todo, poético. Es pura poesía. Es el más poético de los directores estadounidenses. Orson Welles lo dijo mejor que nadie: el cine de Ford es de la misma materia de la que está hecha la tierra: poesía y humor.
"John Ford probablemente no solo inventó 
el wéstern como género, sino el propio cine". 
François Truffaut

"Cuanto más veo la televisión y el cine de hoy, 
más extraño a John Wayne y a John Ford". 
Yanka

El año próximo se cumple el 125º aniversario del nacimiento de John Ford. Cuestionado en los años setenta, actualmente nadie pone en duda su talento cinematográfico. Cabe preguntarse cómo le gustaría ser recordado. ¿Como un genio artístico o un artesano? ¿Cómo el poeta de la epopeya del Oeste o como un director con distintos registros? Yo creo que le habría gustado ser recordado como auténtico bastardo. Nunca le agradó que lo llamaran poeta o artista. Siempre repitió que su trabajo consistía en hacer películas del Oeste y que su única motivación era cobrar un cheque que le permitiera abastecerse de puros y güisqui, pero casi nadie le tomaba en serio. Todos los que participaban en sus películas advertían su grandeza como director y aguantaban como podían sus bellaquerías. Aficionado a maltratar a los actores con inaudita crueldad, sus comentarios hirientes y, en ocasiones, sus agresiones físicas, no lograban disipar la admiración que despertaba su talento. 

Thomas Mitchell, que trabajó a sus órdenes en Huracán sobre la isla (The Hurricane, 1937), La diligencia (Stagecoach, 1939) y Hombres intrépidos (The Long Voyage Home, 1940) no se mordió la lengua al describir su forma de dirigir: «El peor hijo de puta que he conocido nunca. Es un tirano. Pero me arrastraría por esas malditas rocas a pleno día con tal de volver a trabajar con él». Mitchell se refería al rodaje de La diligencia en Monument Valley, donde actor y director intercambiaron sarcasmos y desplantes. John Wayne –por entonces, un rostro habitual en las películas de serie B− ya se había acostumbrado a los gritos y las humillaciones, pero Mitchell, que poseía una larga experiencia como actor teatral, no se dejaba intimidar. Harto de las imprecaciones de Ford, se encaró con él y le dijo: «De acuerdo. Vi María Estuardo». Ford sabía que su María Estuardo (Mary of Scotland, 1936) era una película fallida, pese a la luminosa presencia de Katharine Hepburn. Consciente de que la pulla de Mitchell era irrebatible, se ausentó del plató quince minutos, mordisqueando con furia el puro que sostenía entre los labios. Al cabo de ese tiempo, volvió y habló con el veterano actor en un tono inusualmente tranquilo. Pendenciero y bocazas, Ford tenía un humor de mil demonios, pero a veces sus exabruptos sólo eran una estrategia para provocar emociones en los actores que imprimieran credibilidad a sus interpretaciones. Nunca soportó que le adularan y no le preocupaba ser odiado. Su objetivo no era cosechar simpatías, sino rodar buenas películas.

... Ford nació en 1894 en una casa de dos plantas de Cape Elizabeth, al sur de la costa de Portland. Fue bautizado como John Martin Feeney. Más tarde, el propio John escogió Aloysius como nombre de confirmación. Con los años, se convertiría en un hombretón de un metro ochenta y tres centímetros y casi ochenta kilos que, en sus años de jugador universitario de fútbol americano, se ganó los apodos de «Toro» y «La Apisonadora Humana». Defensa y delantero de los Portland High Bulldogs, participó en el campeonato estatal, destacando por sus brutales placajes y sus temerarias embestidas con la cabeza contra la línea contraria. En su primer partido, se fracturó la nariz por tres sitios diferentes, pero continuó jugando hasta el final con el rostro ensangrentado. Una de sus orejas acabaría deformada con el tiempo, después de sufrir toda clase de codazos y patadas. Pelirrojo y con un acentuado estrabismo, se hacía llamar «Jack» fuera del campo. Sus gafas de concha le brindaban el aspecto de un seminarista católico y, de hecho, muchos pensaban que se convertiría en sacerdote. 

Católico sincero, nunca se alejó de la fe, lo cual le causó ardientes sentimientos de culpa, pues sabía que sus reiteradas infidelidades conyugales y sus monumentales borracheras constituían graves pecados a ojos de la Iglesia. En cambio, sus raptos de violencia jamás le quitaron el sueño, pues consideraba que formaban parte de su idiosincrasia masculina. ¿Qué clase de hombre no se enreda de vez en cuando en una buena pelea? Un saludable intercambio de puñetazos puede ser el preámbulo de una hermosa amistad. Años más tarde, plasmaría esa convicción en "El hombre tranquilo" (The Quiet Man, 1952), su película más personal.

Ford nunca olvidó que pertenecía a una minoría desdeñada. Para los yanquis, los irlandeses sólo eran intrusos que obedecían a un pontífice romano

Ford nunca olvidó que pertenecía a una minoría desdeñada. Para los yanquis, los irlandeses sólo eran intrusos que obedecían a un pontífice romano. No estaban muy lejos de los judíos y los negros. Durante sus años de instituto, Ford sólo destacó en historia y dibujo. Gracias a eso, descubrió que los irlandeses habían luchado heroicamente contra los ingleses durante la Guerra de Independencia. Conocer ese hecho le ayudó a mejorar su autoestima y a desarrollar un encendido patriotismo que no excluía cierto sentido autocrítico. Sabía que los Estados Unidos se habían levantado a costa de la marginación de los indios y la servidumbre de los negros, pero opinaba que había grandeza en los dos lados de la epopeya. Las épicas luchas entre la caballería y las tribus nativas habían causado mucho dolor, pero habían sido el inevitable precio de construir una nación con un destino manifiesto. Su visión, que puede ser calificada de excesivamente benevolente con la historia de su país, refleja la ambivalencia de sus sentimientos. El «bastardo hijo de puta» que trataba a patadas a los actores escondía un corazón sentimental, blando y compasivo. De hecho, los navajos que aparecían en sus películas –a veces interpretando el papel de cheyennes, sioux o pies negros− le apreciaban sinceramente y lo llamaban «Natani Nez», que significa «soldado alto». Ford podía permitirse ser amable y humano con los navajos, pero si hubiera adoptado esa actitud con productores, guionistas, fotógrafos o actores, quizá nunca habría logrado que reconocieran su autoridad con apelativos como «El Jefe», «El Capitán», «El Viejo» o «Pappy».

En 1962, cuando su carrera cinematográfica sufría el máximo descrédito por su carácter supuestamente reaccionario y trasnochado, se sinceró con la columnista Hedda Hopper: «¿Sabes?, no quiero que se sepa, pero... lo de ser un inculto es pura pose». Esa pose, sostenida con vehemencia a lo largo de su vida, obedecía en parte a los prejuicios de la época, que concebían la creatividad y el arte como rasgos esencialmente femeninos. Tal vez eso explica su brusquedad al contestar a las respuestas de los periodistas. «¿Cómo rodó ese plano?», inquirían. Y Ford respondía: «Con una cámara». «¿Se considera el poeta de la epopeya del Oeste?», interrogaban. Y el colérico director estallaba: «No digan gilipolleces».

Podemos rastrear esa misma actitud en sus películas. En "El hombre tranquilo", Mrs. Elizabeth (Eileen Crowe), la esposa del reverendo Playfair (Arthur Shields), alaba la sensibilidad de Sean Thornton (John Wayne) por haber escogido el verde esmeralda para las puertas y ventanas de su casa, preguntándole: «¿No será usted poeta?». Thornton respondía de inmediato: «No, en absoluto». Aparentemente, Ford no quería saber nada de la sensibilidad artística, pero toda su obra es un canto a la belleza, con momentos de enorme delicadeza y lirismo. En La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949), el capitán Nathan Brittles (John Wayne) visita la tumba de su esposa y riega con una calabaza las flores que adornan la sepultura, mientras habla melancólicamente con ella, evocando las experiencias compartidas y expresando sus dudas sobre el futuro. En La diligencia, Ringo Kid (de nuevo, John Wayne, un «duro» muy tierno) pide a Dallas (Claire Trevor) que sea su esposa, sin importarle su pasado como prostituta. «Entre nosotros nunca existirá la palabra adiós», promete Ringo, despreciando los mezquinos prejuicios sociales.
En la mayoría de las películas de Ford: el peso del deber, la tradición, el honor y la familia están entre sus principales temas
Ford no respetaba los mandatos de la Iglesia en su vida privada, pero había asimilado la esencia de las enseñanzas católicas: compasión, solidaridad, fraternidad, perdón. Era un irlandés sentimental, sombrío, torturado y generoso, que identificaba el honor con la amistad, la familia y el compromiso con la comunidad. Su patriotismo se basaba en la síntesis cultural llevada a cabo por los Estados Unidos, una nación que había forjado su identidad por medio de valores (democracia, libertad, igualdad de oportunidades, justicia para todos) y no de criterios étnicos o de clase. Se podía ser un patriota, sin renunciar a la lealtad a los orígenes. Los antepasados de Ford provenían de un pueblo de la bahía de Galway llamado Spiddal, pero esa circunstancia no constituía un obstáculo para el ideal americano. Los cielos altos de Monument Valley, con sus nubes incendiadas de rojo y naranja a la caída del sol, estaban muy alejados de Spiddal, con sus acantilados esculpidos por una luz fría y sombría, pero ambos paisajes invitaban a la aventura. Los padres de Ford cruzaron el océano, huyendo del hambre y las enfermedades. Sólo tenían dieciséis años cuando desembarcaron en Portland (Maine).

John, el padre, había estudiado clandestinamente en una parroquia, burlando la prohibición británica que excluía a los católicos de la escuela. Su formación le permitió hallar trabajo como obrero en la Compañía de Gas de Portland. Barbara «Abbey» Curran, su futura esposa, sólo pudo colocarse de camarera, pues carecía de estudios. Los dos se conocieron en el Nuevo Mundo y decidieron unir sus destinos tras un noviazgo tradicional. John prosperó vendiendo güisqui de contrabando con su primo Mike Connolly. Ahorró y pudo abrir una taberna clandestina cerca de los muelles. En 1875 se casó con Abbey y, tres años más tarde, ambos obtuvieron la nacionalidad estadounidense. Engendraron once hijos. Sólo seis llegaron a la edad adulta. Gracias a la taberna, John se convirtió en un líder local, ocupando el cargo de jefe de distrito del Partido Demócrata. Su sobrino Joseph Connolly estudió Derecho y ejerció como juez del tribunal municipal. Su impecable trayectoria hizo que el gobernador lo nombrara más adelante juez del Tribunal Superior del Condado de Cumberland, un hito en la historia de la familia. El sueño americano no era un espejismo, sino una posibilidad que se había materializado en el caso de la familia Feeney. Eso sí, el cine de Ford abordó esos valores desde una perspectiva católica, que afrontaba la exclusión de los negros y los indios con una persistente mala conciencia. Quienes acusan al director de ser un reaccionario, olvidan películas como El sargento negro (Sergeant Rutledge, 1960), El gran combate (Cheyenne Autumn, 1964) o Siete mujeres (7 Women, 1966), donde el racismo y el machismo salen malparados, encarnando la dimensión más negativa del ser humano. O no reparan en el papel civilizador que Ford dispensa a las mujeres, cuya abnegación, ternura y sacrificio ponen freno a la violencia masculina. En El hombre que mató a Liberty Balance, Hallie (Vera Miles) se aleja de su prometido, Tom Doniphon (John Wayne) para casarse con Ransom Stoddard (James Stewart), pues entiende que la sociedad sólo puede prosperar mediante la educación y el respeto a la ley. Doniphon es valiente y honesto, pero su época ha pasado. Las armas deben ceder su protagonismo a la política, la prensa y las escuelas.

El futuro John Ford creció admirando a su primo Joseph Connolly, que afrontaba la administración de justicia con integridad, indulgencia y sentido del humor. Años más tarde, esa admiración se plasmaría en el personaje del juez Billy Priest, interpretado por Will Rogers (Judge Priest, 1934) y Charles Winninger (The Sun Shines Bright, 1953). Ambos ejercerán su responsabilidad con un espíritu tolerante, no permitiendo que la solemnidad y la rigidez de la ley pisoteen la justicia, ni creen nuevos agravios, dividiendo a la comunidad. La huella del juez Connolly también se aprecia también en El último hurra (The Last Hurrah, 1958), donde un soberbio Spencer Tracy da vida a Frank Skeffington, un veterano alcalde irlandés que lucha por su reelección, combinando astucia, experiencia y carisma. La mezcla de un primo juez y un padre que vendía alcohol ilegalmente creó en el joven John Feeney un temperamento peculiar. Admirador de Abraham Lincoln, nunca ocultó su simpatía por los confederados, salpicando sus películas de banderas sudistas e interpretaciones de dixie, a veces tan estrafalarias como intempestivas. Ford simpatizó con los rebeldes de cualquier clase, especialmente cuando sufrían los atropellos de una sociedad hipócrita y puritana. Su catolicismo lo mantenía alejado de la intransigencia de los protestantes, que no se cansaban de lanzar anatemas contra los marginados e inadaptados, exigiendo su ostracismo o encarcelamiento.

En La diligencia, Ford toma partido claramente por los borrachines, las mujeres de mala vida, los comerciantes de alcohol –su padre era uno de ellos- y los hombres que violan la ley para hacer justicia. Merece la penar abordar cada figura por separado. «Doc» Boone (Thomas Mitchell) es un médico alcoholizado que se gasta hasta el último centavo en güisqui, pero que sabrá estar a la altura de las circunstancias cuando Mrs. Lucy Mallory (Louise Platt), esposa de un oficial de caballería, alumbra a una niña prematuramente en una posta de diligencias. Sucede lo mismo con Dallas, una prostituta expulsada de su ciudad por las damas de la Liga de la Ley y el Orden. Obligada a prostituirse por una orfandad prematura, Dallas ayudará a Mrs. Mallory, pese a que ésta nunca ha disimulado su desprecio hacia ella. Cuidará a la recién nacida y se estremecerá de espanto al pensar en su previsible muerte, cuando el ataque apache a la diligencia roza el éxito. Mientras tanto, la madre, ya sin una pizca de arrogancia, se limitará a rezar con ojos de terror, sin mostrar interés por su hija. Mr. Peacock (admirable Donald Meek) es un viajante con una maleta llena de muestras de güisqui. Su profesión no le impide afligirse con los excesos etílicos de «Doc», que a veces parece bordear el coma, incapaz de hablar o mantener erguida la cabeza. No tardará en surgir entre los dos una corriente de mutua simpatía, que comportará cuidados recíprocos. Cuando la diligencia se interna en una zona de nieve y vientos helados, «Doc» abrigará maternalmente a Mr. Peacock, que se dejará proteger con mansedumbre. En cambio, «Doc» rechazará al viajante cuando éste, apenado por su estado de embriaguez, intente moderar su consumo de alcohol. No es difícil imaginar a John Ford actuando con la misma brusquedad durante sus borracheras, que muchas veces desembocaban en un período de hospitalización para salvar su vida. La relación entre ambos personajes revela una mirada indulgente sobre la condición humana, muy alejada de los sermones moralizantes.

Algo semejante puede decirse del romance entre Ringo Kid y Dallas. Ringo Kid es un proscrito que se ha fugado de la prisión, pero tiene un espíritu limpio y noble. Aprecia enseguida la belleza interior de Dallas, dispensándole un trato caballeroso y delicado. Tras observar cómo acuna al bebé de Mrs. Mallory, comprende que se halla ante una mujer llena de amor y ternura, capaz de cuidar y educar a unos hijos y hacer feliz a su marido. Cuando Ringo le propone matrimonio, Dallas se echa a llorar, contestándole que no sabe nada de su vida. «Sé todo lo que necesito saber», replica Ringo, mostrando las cualidades de galán de un John Wayne al que muchos han encajonado en los papeles de militar o cowboy, sin reconocer su amplitud de registros.

La nobleza de los marginados que viajan en la diligencia contrasta con la mezquindad de los supuestos prebostes de la sociedad. El banquero Gatewood (Berton Churchill) se queja de los impuestos, llama la atención sobre la deuda externa, deplora la intromisión del gobierno en las actividades económicas de los bancos y asegura que el país debería estar gobernado por un hombre de negocios. «Estados Unidos para los estadounidenses», exclama exaltado, mientras aprieta celosamente su bolsa, donde esconde la abultada suma que ha robado a su propio banco. Hatfield (espléndido y preciso John Carradine) finge ser un caballero del Sur, nostálgico de una civilización aniquilada por la victoria yanqui. Ford no muestra esta vez ninguna clase de simpatía hacia el Sur, decadente y corrompido. Desde el principio, Hatfield se erige en protector de Mrs. Mallory, pero su cortesía no alcanza a Dallas, a la que considera una vulgar prostituta indigna de cualquier miramiento. Casi todas las claves del universo de John Ford aparecen en La diligencia: el paisaje de Monument Valley, la caballería, el héroe solitario, la prostituta de corazón de oro, los apaches, el jugador tramposo, la digna esposa de un oficial. «Doc» Boone es uno de los borrachines lúcidos y entrañables que salpican toda su obra cinematográfica. Capaz de citar a Homero con fluidez, su elocuencia shakespereana añade profundidad a un relato impulsado por un protagonismo coral que evidencia la dimensión comunitaria del ser humano.

Como fundador del Sindicato de Directores, Ford leyó una sonada declaración, negándose a firmar un documento de lealtad a la nación que incluía el compromiso de delatar a cualquier miembro de Hollywood por sus ideas comunistas: «Creamos este sindicato para protegernos [...] de esos hombrecillos que reptan y que afirman que los rusos apestan. Ahora, alguien pretende convertirnos en un servicio de información y espionaje para que demos a los productores lo que tiene toda la pinta de ser una lista negra. No creo que debamos ponernos en la tesitura de tener que dar información peyorativa sobre ningún director, aunque sea comunista, pegue a su suegra o dé palizas a su perro». En realidad, Ford se parece más a Michaleen que a Ignatius. Michaleen es un hombre de palabra, con un arraigado catolicismo y un alcoholismo místico. De ahí que imponga una penitencia simbólica («cuatro padrenuestros y dos avemarías») al padre Peter (Ward Bond) por su participación en el complot tejido para engañar a Will Danaher.
John Ford dejó de ser socialdemócrata y se convirtió en un ferviente anticomunista con los años, pero nunca llegó a los extremos de Ward Bond
... Acusar a John Ford de «fascista», como hizo durante mucho tiempo una izquierda aficionada a execrar todo lo que no coincida escrupulosamente con su interpretación de la historia, resulta ridículo e insostenible. Es cierto que en La diligencia, La legión invencible, Río Grande (1950) y Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, 1961) los indios son retratados como individuos salvajes y primitivos, capaces de cometer las peores atrocidades, pero esa imagen se tambalea en Fort Apache (1948), El gran combate e incluso Centauros del desierto(The Searches, 1956). En Fort Apache, Cochise (Miguel Inclán) huye de la reserva porque el agente indio les estafa con la comida, condenando a su pueblo a pasar hambre. Cochise no se comporta como un bárbaro, sino como un jefe justo y digno que sólo piensa en el bienestar de su pueblo. Su rostro inspira respeto: el semblante serio, la frente alta, la mirada altiva. No parece un salvaje, sino un líder dispuesto a asumir cualquier sacrificio. Cuando expone sus quejas ante el arrogante teniente coronel Owen Thursday (Henry Ford), no se desvía ni un ápice de la verdad, pero el ambicioso militar responde con desdén, sin darle otra opción que volver a la reserva o luchar contra la caballería. Thursday es una versión del legendario y sanguinario George Armstrong Custer, pero sin sus extravagancias narcisistas. Estricto, ambicioso, frío y manipulador, envía a sus hombres a la muerte, pensando que una improbable victoria le restituirá el grado de general y le permitirá abrirse paso en el campo de la política, tal vez como candidato presidencial. Sin embargo, los apaches aniquilan a la caballería, utilizando sofisticadas tácticas militares, pero se abstienen de cometer una masacre. Cuando llegan hasta la retaguardia, no aprovechan su superioridad numérica para exterminar a los soldados apostados detrás de los carromatos. Cochise se adelanta, clava en el suelo un banderín de la caballería arrebatado a Thursday y sus hombres, y se desvanece en una nube de polvo con sus guerreros. Cochise no es Tunga Khan (Mike Mazurki), el bandido mogol que en Siete mujeres ordena fusilar a un grupo de civiles chinos donde hay ancianos, mujeres y niños.

El gran combate no se limita a mostrar que los indios son seres humanos con dignidad y decencia, y con unos derechos históricos vulnerados por la expansión del hombre blanco. Además, denuncia sus condiciones de vida en las reservas, tierras yermas incapaces de alimentar a las familias confinadas entre sus límites. A Ford no le costó mucho trabajo comprender ese sufrimiento, pues había crecido con los relatos de la Gran Hambruna que devastó Irlanda a mediados del siglo XIX, aniquilando a un tercio de su población. Rodada ocho años antes, Centauros del desierto parece la antítesis de El gran combate. «Cicatriz» (Henry Brandon), el jefe comanche, infunde miedo con su ferocidad, pero su violencia no obedece a un odio irracional y gratuito. Los soldados mataron a dos de sus hijos y él decidió vengarse, cortando el mayor número posible de cabelleras. Su colección, obscenamente aireada ante Ethan Edwards (John Wayne) y Martin Pawley (Jeffrey Hunter), incluye caballeras de mujeres y niños, pero los comanches no son los únicos que matan a seres inocentes. La esposa comanche de Martin aparece muerta en un poblado masacrado por la caballería. Aunque no se menciona, la escena evoca la matanza cometida a orillas del río Washita por Custer contra un campamento cheyenne levantado en Black Kettle. Cuando Ethan dispara contra una manada de bisontes para mermar los recursos de caza de los indios y empujarles al hambre y la muerte, resulta imposible no pensar en Custer ordenando exterminar a los más de ochocientos ponis del campamento cheyenne diezmado en Black Kettle. Mientras el río Washita se teñía de sangre, los soldados cantaban Gary Owen, la famosa canción irlandesa de la que se apropió el Séptimo de Caballería como himno de combate. Aunque Ford contemplaba la guerra desde una perspectiva romántica, sabía que desataba la locura de los hombres y causaba estragos entre los más vulnerables, envenenando el futuro y malogrando durante décadas la posibilidad de una convivencia pacífica.

La acusación de «fascista» se vuelve más insostenible ante la «trilogía social» de John Ford: Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940), La ruta del tabaco (Tobbaco Road, 1941) y¡Qué verde era mi valle! (How Green Was my Valley, 1941). En los años treinta, Ford se describía como «un socialdemócrata, siempre de izquierdas». Apoyó el New Deal de Franklin D. Roosevelt y recaudó fondos para enviar una ambulancia al bando republicano durante la guerra civil española, solidarizándose con un familiar irlandés que luchaba como voluntario de las Brigadas Internacionales. Después de la Segunda Guerra Mundial, su experiencia militar en el Pacífico y en las playas de Normandía propició un giro ideológico hacia la derecha. Se definió entonces como «republicano de Maine», pero votó a John F. Kennedy por su origen irlandés y su condición de católico. Su muerte le causó una verdadera conmoción, pero con posterioridad apoyó a Richard Nixon, defendiendo la impopular guerra de Vietnam. En ese sentido, se mantuvo fiel a la posición expresada en su película documental This is Korea (1951), que ensalzaba la labor de las tropas estadounidenses en la lucha contra los comunistas. Este conservadurismo a ultranza contrasta con la sensibilidad mostrada en la «trilogía social», narrando las penalidades de la clase trabajadora en tiempos de crisis.
Es difícil imaginar un alegato más emotivo y humano que el de Tom Joad (Henry Fonda) cuando se despide de su madre (Jane Darwell), explicándole que nunca dejará de luchar por los más débiles: «Estaré en la oscuridad. Estaré en todas partes. Allá donde mires. Allá donde se luche porque los hambrientos puedan comer, estaré yo. Allá donde un policía golpee a un hombre, estaré yo. Estaré en los gritos de los hombres, cuando están furiosos. Estaré en la risa de los niños, cuando tienen hambre y la cena está lista. Y cuando la gente coma lo que cultiva y viva en las casas que construye, allí también estaré yo».
John Ford dejó de ser socialdemócrata y se convirtió en un ferviente anticomunista con los años, pero nunca llegó a los extremos de Ward Bond, presidente de la Motion Picture Alliance for the Preservation of American Ideals, que no ahorró esfuerzos para hostigar a sus compañeros de profesión con ideas liberales, socialistas o comunistas. Nicholas Ray no lo escogió por azar para encarnar al jefe del pelotón de linchamiento de Johnny Guitar (1954). Cuando Ward Bond invitó a John Ford a una fiesta en honor del senador McCarthy, el director contestó: «Puedes coger tu fiesta y metértela donde te quepa. No me gustaría conocer a ese tipo ni en un burdel. Es un peligro y una deshonra para nuestro país». Eso sí, Ford apreciaba a Ward Bond. Se reía de sus posaderas, comparándolas con las de un caballo, y lo humillaba constantemente en los rodajes, pero lo consideraba uno de sus mejores amigos: «Es un perfecto cabrón, pero es mi cabrón favorito».

... El director atribuía una importancia extraordinaria a la familia. Para un católico, el matrimonio no es un acuerdo, ni una costumbre, sino un sacramento. Sin embargo, en su vida privada, Ford no fue un padre ejemplar. De hecho, se mostró bastante desapegado con sus hijos Pat y Barbara, confiando su educación a colegios situados a miles de kilómetros de distancia del hogar familiar. Al final de su vida, mantuvo un áspero enfrentamiento con Pat, que le recriminó su apoyo a Nixon, advirtiéndole que el presidente sería recordado como un delincuente por el caso Watergate. Las recriminaciones se exacerbaron cuando el director aceptó la Medalla Presidencial de la Libertad. John Ford respondió desheredando a su hijo. Con su esposa Mary no actuó de una forma más atenta. Sus infidelidades eran continuas. Incluso mantuvo un discreto romance con Katharine Hepburn durante el rodaje de María Estuardo, que se transformaría con el tiempo en una leal y duradera amistad. «Me pareció fascinante pero imposible –admitió la actriz−. Era, decididamente, el capitán de su propia vida y era mejor no llevarle la contraria demasiado a menudo. En realidad, su “pandilla”, por decirlo de alguna forma, era totalmente masculina, pero de vez en cuando me soportaba». Hasta el final de su vida, el director le consultaría sus dudas sobre actores y guiones, algo inusual en Ford, que no toleraba consejos ni de sus productores y que embistió con la cabeza a Henry Fonda cuando le recriminó su burda adaptación cinematográfica de Mister Roberts (Escala en Hawái, 1955), una inspirada obra teatral que el actor había representado con mucho éxito en Broadway. Ford se encontraba tan borracho que ni siquiera rozó a Fonda, acabando en el suelo con los huesos molidos por una aparatosa caída. No volvieron a trabajar juntos.

... El carácter de Ford se fraguó en el campo de rugby, soportando las embestidas de sus adversarios. Su dureza se impregnó de amargura cuando le suspendieron en el examen de ingreso de la Academia Naval de los Estados Unidos. Su vocación de cineasta nunca respondió a una inquietud interior. Simplemente, tras ser rechazado por la Armada, decidió marcharse a Hollywood para trabajar con su hermano Francis. Francis se había fugado de casa con dieciséis años. Intentó alistarse en el ejército falsificando su edad, pero lo descubrieron y probó suerte en un circo. Cambió su apellido por el de Ford para no avergonzar a su familia. Sin embargo, cuando empezó su carrera como actor y director su rostro se hizo popular, y no pudo evitar que sus padres y hermanos descubrieran su profesión. John le pidió un empleo y Francis le envió dinero para viajar hasta Hollywood. Nunca le dio la oportunidad de interpretar un papel importante. John, que copió su apellido artístico, le devolvió la moneda años más tarde, relegándolo a papeles secundarios de borrachín incorregible. A pesar de su postergación, logró brillar en sus pequeñas actuaciones. ¿Quién no recuerda al viejo moribundo que se levanta de la cama para contemplar la pelea entre Sean Thornton y Will Danaher en "El hombre tranquilo"?

Abbey, la madre de John y Francis Ford, nunca miró con orgullo la trayectoria artística de sus hijos. Cuando Francis se hallaba desaparecido, los periódicos informaron de anacrónicos asaltos a diligencias en el parque de Yellowstone. Abbey leyó la descripción del forajido y pensó que se trataba de su hijo. Saber que no era así, que Francis era actor y director de cine, y no un bandolero, le causó una profunda desilusión. John Ford reconocería con los años que su deuda artística con su hermano Francis era enorme. Le enseñó a mirar por la cámara, a planificar cuidadosamente una película, a enfrentarse a un guion, recortando lo innecesario y evitando las incongruencias, a conservar el valor en medio del peligro, pues jamás se arrugaba ante las situaciones de riesgo. Cuando un «Zero» japonés comenzó a disparar a la torreta desde la que rodaba su película documental sobre la batalla de Midway, John prosiguió la filmación hasta que un trozo de metralla se alojó en su brazo. Quizás exageró la importancia de sus heridas de cara a la posteridad. Olive Carey, esposa de Harry Carey, comentaba que inventaba historias sin parar: «Mentía como un hijo de puta con tal de divertirse». No es falso que el caza japonés lo hiriera, pero no está claro que la metralla se hundiera en su carne. Sus fabulaciones corrían paralelas a sus silencios. Según Jean Arthur, pasaba la mayor parte del tiempo mordisqueando su pipa y su pañuelo. Sólo parecía conmoverse con las demostraciones de coraje. Cuando conoció a John Wayne y se enteró de que había jugado en un equipo universitario de rugby, le pidió que le demostrara lo duro que era. Wayne, que por entonces aún eran Marion «Duke» Morrison (su famoso apodo es anterior al estrellato), sólo trabajaba en la industria cinematográfica durante el verano para meterse unos dólares en el bolsillo y no pensaba en un hipotético porvenir artístico. Así que embistió con todas sus fuerzas contra el pecho de Ford, derribándolo con rudeza. El director se levantó admirado y de inmediato lo contrató como ayudante de atrezo, felicitándolo por su contundente carga. Su aprecio se incrementó cuando John Wayne se ofreció como voluntario para rodar unas escenas muy peligrosas en Tragedia submarina (Men Without Women, 1930), ocupando el puesto de unos buzos profesionales. Dicen que Ford comentó: «Este muchacho aún necesita pulirse, pero tiene madera de estrella».
¿Por qué suscita John Ford tanta admiración? ¿Por qué sus películas han sobrevivido a los cambios experimentados por la industria cinematográfica, alcanzando la categoría de clásicos indiscutibles?
... ¿Por qué suscita John Ford tanta admiración? ¿Por qué sus películas han sobrevivido a los cambios experimentados por la industria cinematográfica, alcanzando la categoría de clásicos indiscutibles? Para muchos, es el Shakespeare del cine. Cuando preguntaron en 1967 a Orson Welles cuáles eran los directores a los que más admiraba, respondió: «A los viejos maestros. Y con eso me refiero a John Ford, John Ford y John Ford». En otra entrevista, extendió su respuesta: «John Ford fue mi maestro. Mi estilo no tiene nada que ver con el suyo, pero La diligencia era mi película de cabecera. La he visto más de cuarenta veces. [...] Yo quería aprender a hacer cine, y ésa es una película de perfección clásica». Welles añadió que durante un mes vio todas las noches La diligencia, impregnándose de su sabiduría narrativa para preparar Citizen Kane, que se estrenaría en 1941. El secreto de Ford se hallaba en su forma de manejar la cámara: «Era un artista –declaró Darryl F. Zanuck, productor de El joven Lincoln, Las uvas de la ira, ¡Qué verde era mi valle! o Pasión de los fuertes−. Era como si pintara una película [...], con el movimiento, con la acción, con los planos fijos. Nunca movía la posición de la cámara [...], no la acercaba ni la desplazaba. Mirabas el decorado y quizá pensabas que hacía falta un primer plano, pero no era así. Era un gran, grandísimo artista visual». Ford odiaba la sala de montaje. Dejaba que Zanuck y otros se ocuparan de las labores de edición, cortando lo que fuera necesario y escogiendo la banda sonora. Eso sí, se aseguraba de que no se eliminaran demasiados minutos rodando lo esencial. Era un truco concebido para evitar que los productores masacraran sus películas. Cuando consideraba que la cámara debía dejar de grabar, colocaba su mano en el objetivo y gritaba autoritariamente: «¡Corten!» Otro ardid más sutil era no respetar el orden sucesivo de las tomas. Algunos críticos pensaron que no sabía imprimir continuidad a las escenas, pero esa presunta anomalía era una forma de garantizar su concepción visual. En la famosa persecución de La diligencia, los saltos son flagrantes y pueden interpretarse como negligencia o descuido. Ford objetaba con cierta malicia que el presupuesto era tan ajustado que no podía permitirse cambiar la posición de la cámara para filmar la acción desde distintos ángulos.

... John Ford se rodeó de excelentes colaboradores, pues sabía que una película no era un trabajo individual, sino una labor de equipo. ¡Qué verde era mi valle! habría perdido gran parte de su eficacia dramática sin la banda sonora de Alfred Newman, que fue nominada para un Oscar. Sus películas más bellas en color –Tres padrinos, La legión invencible, "El hombre tranquilo" y Centauros del desierto− contaron con el mismo director de fotografía, el escasamente conocido Winton C. Hoch. Pese a obtener un Oscar por su trabajo en La legión invencible, Hoch admitió que la última y acertada palabra siempre correspondía a Ford. Protestó cuando el director le pidió que rodara la secuencia de la tormenta azotando a la columna del capitán Nathan Brittles, alegando que había muy poca luz. Obstinado, Ford le dijo que abriera el objetivo y filmara, usando determinados filtros. El procedimiento se repitió varias veces, siempre con excelentes resultados. Posteriormente, Hoch reconocería: «Bueno, mierda, sabía más que cualquiera de nosotros. Era un puto genio». Admirador de los pintores Frederic Remington, Charles Schreyvogel y Charles Russell, que recrearon la conquista del Oeste con una hábil mezcla de épica, sencillez y dinamismo, Ford se inspiró en sus cuadros para rodar su «trilogía de la caballería». Así lo confirmó su hijo Pat: «Mi padre tenía una colección de cuadros de Schreyvogel junto a la cabecera de su cama. Los estudiaba minuciosamente para idear escenas de acción para sus películas». Dudley Nichols (El delator, La diligencia), Nunnally Johnson (Prisionero del odio, Las uvas de la ira, La ruta del tabaco), Lamar Trotti (El juez Priest, Corazones indomables, El joven Lincoln) y Frank S. Nugent (Fort Apache, Tres padrinos, La legión invencible, Caravana de paz, El hombre tranquilo, Centauros del desierto, El último hurra, Dos cabalgan juntos, La taberna del irlandés) aportaron guiones inolvidables. Trotti se mostró particularmente eficaz, recreando el heroísmo cotidiano de figuras aparentemente menores, como un líder sindical, un juez de condado o un abogado de Springfield. Nichols abrigaba pretensiones literarias, lo cual restaba fluidez a sus guiones. A pesar de sus aciertos, los directores de la Fox prescindieron de su colaboración, hartos de su manierismo y su inexistente sentido del humor. Johnson era demasiado académico y se quejaba cuando sus adaptaciones de los clásicos literarios sufrían modificaciones. Menospreciaba a los directores, pues consideraba que la clave de una buena película era una buena historia, sin prestar mucha importancia a lo visual. De hecho, en una entrevista realizada en los años cincuenta, afirmó que Ford era un simple ilustrador de guiones. Nugent nunca tuvo esa clase de prejuicios. Su escritura funcional y sencilla funcionó perfectamente tanto en la comedia como en el drama. Sus guiones no pretendían ser literatura, sino un punto de partida para rodar una ficción cinematográfica. Y sería injusto no mencionar también a los actores que integraron la «compañía estable» de John Ford. Daré únicamente los nombres de los que no he citado hasta ahora: Pedro Armendáriz, Harry Carey Jr., Donald Crisp, Charley Grapewin, Jeffrey Hunter, Ben Johnson, Anna Lee o Hank Worden. Pido excusas por las omisiones, pues ahora no se me vienen más nombres a la cabeza.

El estilo de Ford respondía a una cuidadosa planificación. Presumía de terminar una película en tres meses, pero reconocía que tardaba seis en prepararla. Esa minuciosidad no neutralizaba el azar, ni malograba la improvisación. Durante el rodaje de La batalla de Midway (The Battle of Midway, 1942) abandonó su estrategia habitual de no mover la cámara. No fue una innovación. Un bombardero japonés complicó el trabajo de Ford y su operador Jack MacKenzie: «La imagen salta mucho, porque las granadas explotaban muy cerca de donde me encontraba. Desde entonces, lo de mover la cámara para rodar escenas de guerra es algo que se hace a propósito. En mi caso, era algo real, porque los cartuchos estallaban a mis pies». La improvisación también aportó momentos memorables. En Pasión de los fuertes, Ford añadió frases y escenas que no aparecían en el guion. Cuando Wyatt Earp (Henry Fonda) pregunta a un barman irlandés (J. Farrell MacDonald) si ha estado alguna vez enamorado, éste responde cohibido: «No... Toda mi vida he sido camarero». Tras pasar por la barbería y ser perfumado, Wyatt se pasea por el porche, desprendiendo un agradable olor. Cuando Clementine (Cathy Downs) percibe el aroma, exclama: «Huele a flores del desierto». El sheriff, avergonzado, aclara que no es cosa del campo, sino del barbero. En ese mismo porche, se balanceará en una silla, apoyando las piernas en una columna de madera, mientras extiende los brazos y hace equilibrios. La ocurrencia de Ford incorporó a la historia del cine una de sus imágenes más míticas, con un Henry Fonda especialmente inspirado.

Hacia sus últimos años, el cine de Jonh Ford se volvió más oscuro y claustrofóbico. Su última película, Seven Women (en realidad, habría que escribir siempre 7 Women, pues el director atribuía a la cifra una fuerza dramática inexistente en el número cardinal) transcurre en una misión protestante. Sólo hay imágenes de exterior en los primeros minutos, mostrando la cabalgata de una horda de bandidos en la frontera entre China y Mongolia. En El hombre que mató a Liberty Valance, el desierto desempeña un papel marginal. Ninguna escena refleja mejor el creciente pesimismo de Ford que el famoso final de Centauros de desierto, que no se había previsto en el guion. Ethan Edwards se acerca a caballo con Debbie (Natalie Wood) en sus brazos, acompañado por Martin Pawley. Lars Jorgensen (John Qualen), su mujer (Olive Carey) y el viejo loco Mose Harper (Hank Worden), que se balancea en una mecedora, observan su llegada desde el porche. Mrs. Jorgensen abraza a Debbie y entra con ella en su nuevo hogar. Lars, Martin y Laurie Jorgensen les siguen. Nadie repara en Ethan, que se queda en la puerta, sosteniendo su brazo derecho con la mano izquierda. Después de unos instantes, se da la vuelta y se aleja lentamente. Wayne imita la forma de andar de Ford, con sus pasos elegantes y pausados. Después, la puerta se cierra hasta dejar el plano completamente a oscuras. Esta vez fue Wayne quien improvisó, imitando un gesto habitual de Harry Carey, el olvidado actor que había hecho de héroe en las primeras películas de Ford y al que el «Duque» imitaba en sus inicios. La presencia Olive Carey, que era su viuda, fue lo que le inspiró. Es tentador identificar a John Ford con Ethan Edwards. En las próximas décadas, Estados Unidos y su cine cambiarían de tal modo que acabaría sintiéndose un extraño en su propio hogar, sin otra alternativa que vagabundear amargamente por sus recuerdos. Sin embargo, creo que no es disparatado afirmar que John Ford carecía del rencor de Ethan y se parecía más bien a Mose Harper, que también se queda fuera, hundiéndose hasta las cejas un sombrero de media copa, sin dejar de balancearse en su mecedora.

Hay muchas versiones sobre las últimas palabras de John Ford. Unos dicen que pidió un puro. Su hijo Pat asegura que gritó: «¡Corten!». Es imposible verificar qué sucedió en realidad, pero está claro que se despidió del mundo con humor, no con tristeza, rabia o frustración. Winton C. Hoch no se equivocó cuando dijo que era «un puto genio».

*Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Es autor de Miedo de ser dos (Madrid, Minobitia, 2013) y El sueño de Ares (Madrid, Minobitia, 2015).


““Natani Nez”, 
que significa literalmente “líder alto”. 
John Ford.

John Ford, se llevaba magníficamente con los pieles rojas que contrató como extras. Les pagó las tarifas del sindicato, estudió su lengua y fue adoptado por la tribu que le puso nombre navajo. Los navajos se refieren a sí mismos como diné, que significa “la gente, y Ford comenzó a ser llamado ““Natani Nez”, que significa literalmente “líder alto”. Esa fue su descripción natural cuando vino por primera vez a Monument Valley para rodar La diligencia.

Uno de aquellos navajos, Billy Yellow, apareció en todas las películas que Ford rodó en Monument Valley, era un hechicero que murió centenario en su choza, según el estilo de vida tradicional, sin electricidad ni agua corriente. En 1998, con 96 años, atravesó el país para subirse a un escenario y entonar una oración en honor de Natani Nez. Antes de lanzar un conjuro para que todo el mundo compartiera el legado de “paz y belleza” del director, Yellow contó que había realizado un viaje tan largo para expresar su gratitud a Ford por haber ofrecido trabajo durante muchos años a su empobrecida tribu y haber contribuido a dar a los navajos «una vida interesante». 
«Él atrajo la atención hacia Monument Valley y su gente Nosotros no teníamos demasiado contacto con los blancos. Él era un líder y era alto. Siempre respeté su sentido del humor y el hecho de que era el que estaba al mando de todo. John Wayne y John Ford eran parecidos. John Wayne también tenía sentido del humor. Wayne era un buen tipo. Le queríamos”.

Pero aquel sentimiento de afecto cambió en 1971, cuando la mayoría de los navajos se quedaron muy sorprendidos con la respuesta del actor al preguntarle un periodista de “Playboy”, si sentía alguna empatía por los indios.

«No creo que nos equivocáramos al arrebatarles este gran país, si es eso lo que me está preguntando. El supuesto robo de este país era una cuestión de supervivencia. Había muchísima gente que necesitaba una nueva tierra, y los indios eran unos egoístas al intentar conservarla para sí mismos. [...] Quizás esto le sorprenda, pero yo no había nacido cuando se crearon las reservas. [...] no se nos puede culpar hoy de lo que pasó hace cien años en nuestro país. [...] Lo que pasó entre sus antepasados y los nuestros fue hace tanto tiempo que no creo que les debamos nada.» Hasta que se publicó esta entrevista, los navajos no tenían ni idea de que Wayne albergara esos sentimientos.

Dos años después, en el 73, un biógrafo de Ford visitaba la zona y encontró a un joven navajo recién regresado del Vietnam. Le preguntó su opinión sobre Ford, y la respuesta fue: « ¿El viejo con un parche en el ojo? Buen tipo». Pero el joven estaba todavía tan furioso por los comentarios de Wayne en “Playboy” que le dijo que si alguna vez Wayne volvía a Monument Valley para rodar otra película… «Será mejor que se ande con ojo, porque yo me sentaré en la cima de esas rocas con mi rifle y le mataré».Pero Wayne nunca volvió a Monument Valley después de aquella entrevista.

El último trabajo de Ford como director en Monument Valley, pocos meses antes de la entrevista de Wayne, en 1971, fue el rodaje de un especial de televisión. Con un aspecto delicado y protegiéndose los ojos del sol del desierto con una sombrilla, Ford se lo pasó en grande dirigiendo a un especialista ( Yakima Canut ) que doblaba a John Wayne cayéndose de un caballo en un plano general, pero luego era Wayne quién se caía de culo en el plano corto. Ford ordenó al equipo que le lanzaran tierra al “Duque” y le encantó verle frotándose el trasero» tras descubrir que había aterrizado sobre una roca.

Los dos días del último rodaje de Ford en Monument Valley finalizaron con una barbacoa organizada por los navajos en honor de Ford y Wayne. Fue un encuentro nostálgico para todos, porque era la primera vez que el director y su actor favorito estaban de nuevo juntos allí desde Centauros del desierto. Acompañando a Ford junto al saliente de “John Ford Point”, Wayne dijo: «He vuelto para recordar, pero tengo la sensación de que tal vez “Pappy” lo ha hecho para despedirse». Fue la última vez que los dos volvieron a Monument Valley. Como ya conté en muchas ocasiones, los navajos enviaron una delegación al funeral de Ford, la familia los sentó con ellos, en los primeros bancos, por delante de, en orden de aprecio de Ford, técnicos, especialistas, actores de carácter, estrellas de Hollywood y productores.

Por lo que respecta a John Wayne, no fue un héroe de guerra como Ford, quizá fuera un exaltado derechista, no tanto como Ward Bond, y también, un poco bocazas, pero no era una mala persona, los navajos no olvidaron que puso su avión personal a disposición de la familia de una niña navajo gravemente enferma.


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