EL Rincón de Yanka

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domingo, 3 de abril de 2016

SAN DIMAS, EL CRIMINAL ARREPENTIDO Y TOTALMENTE PERDONADO

San Dimas 
(Celebración 25 de marzo),
el criminal o ladrón arrepentido.
Cómo robar el cielo en dos pasos
Un libro sobre san Dimas explica 
la misericordia de Dios



Ni era bueno, ni sólo ladrón, sino también asesino. Sin embargo, es el primer santo canonizado personalmente por Jesús: el Buen Ladrón encarna «la alegría de la misericordia de Dios», que el Papa Francisco nos ha invitado a redescubrir en el Año Santo de la Misericordia. Él, hoy, desde el Paraíso, nos enseña a dar el mejor golpe: robar el cielo

«La Iglesia es la casa que a todos acoge y a nadie rechaza, para que todos los que hayan sido tocados por la gracia puedan encontrar la certeza del perdón. Nadie está excluido de la misericordia», ha dicho el Papa Francisco al anunciar el Año de la Misericordia. El Buen Ladrón, sobre quien el sacerdote canadiense André Daigneault ha escrito El Buen Ladrón. Misterio de Misericordia (ed. Voz de Papel), sabe bien de qué habla el Papa.

El único santo canonizado directamente por Jesús, en realidad, no fue nunca un Robin Hood. Según varios exegetas, Dimas formó parte de una banda de agitadores políticos que hacían la guerra a los romanos, robando, saqueando y matando; junto a Barrabás, fue responsable del homicidio que refieren Marcos y Lucas al final de sus evangelios. Lo más seguro es que presenciara en el Pretorio el juicio a Jesús; y escuchara el diálogo con Pilatos: Mi reino, ahora,  no es de este mundo… Así se entiende la confesión posterior del malhechor sobre la cruz: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Dice Daigneault que «la fe del Buen Ladrón nació del atractivo que la persona y las palabras de Cristo provocaron en él durante aquellas pocas horas. La fe fue para él un don de Dios, una siembra de su Espíritu».



Seremos juzgados según las oportunidades 
que hayamos tenido.

Invitado VIP al Paraíso

Entonces, el Buen Ladrón… ¿un ladrón y un asesino? Sí, y el primer hijo de la Iglesia. Y el primer invitado al cielo, el que estrenó el Paraíso, como escribió Claudel: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¡Hoy! Así, de golpe. ¡No sólo queda absuelto de sus crímenes, sino santificado! El asesino, el ladrón, el impúdico, el bandido profesional… ¡es ya santo! Bastó una mirada entre los párpados sangrientos del invitado de la derecha…, y en este inmenso lugar que es el Paraíso, no hay nadie en el primer momento más que él. Él solo. No ha llegado todavía nadie más. Hasta el trono de la Inmaculada está vacío. Él está allí, en el Paraíso, todavía oliendo a fluidos corporales. Él, el primer fruto. Para esto ha servido la sangre de Dios».

¿Qué hizo en realidad Dimas para conquistar el cielo? ¿Qué hizo para ganarse el perdón de Jesús? 

En realidad, apenas nada… Fueron unos segundos de conversación, pero nos enseñan hoy, dos mil años después, el modo de robarle el Corazón a Cristo: medio desnudo, vulnerable, expuesto, inmóvil, el delincuente ya no puede escapar, el bandido no se puede esconder. 

Y, en un primer paso, se atreve a mirar a Jesús, reconociendo la verdad de lo que es: Lo nuestro es justo, pues recibimos el pago de lo que hicimos. El cardenal Saliége admiró en el Buen Ladrón «el valor de ser humilde y de reconocer sinceramente quién era. Un valor muy poco frecuente. Cuando Dios encuentra la humildad en un alma, no puede resistirse y se precipita sobre ella».

El segundo momento es la confianza y su Fe Esperanzada: Dimas es de los pocos en el Evangelio que llama al Señor por su nombre: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. No puede prepararse para la muerte, ni borrar su historial, ni actualizar su curriculum, ni hacerse un selfie un poco más amable. Con Daigneault: «El Buen Ladrón cambia nuestra escala de valores. Dios no necesita para nada nuestras virtudes naturales, en cambio necesita nuestro vacío y nuestra pobreza para colmarlos de su Misericordia. Le causa horror la autocomplacencia, y espera de nosotros el abandono de un niño. Su Misericordia quiere derramarse en nuestras pobrezas. Dios se complace en manifestar su fuerza en la debilidad de los más pequeños».

Quizá nos cuesta creer que Dios nos pueda mirar así, hasta el perdón total, sin exigirnos un pagaré de vuelta. «Las obras del Buen Ladrón no habían sido muy buenas; las nuestras tampoco lo son», escribe Daigneault, que lamenta que, «a veces, se confunde la santidad con la perfección y la virtud moral», y cita a Von Balthasar cuando explica que «no es mirar nuestra miseria lo que nos purifica, sino mirar a Aquel que es la total pureza y santidad. El Redentor pide únicamente una simple mirada hacia Él».

El Buen Ladrón nos marca el camino hacia el Año Santo de la Misericordia. Como escribe Daigneault: «Si un hombre pide perdón desde el fondo de su corazón, aunque haya cometido las peores bajezas, puede ser transformado en un santo, como el Buen Ladrón. El peor de los criminales, que confía sus pecados a la Misericordia de Dios, a la infinita santidad de Cristo, puede llegar a ser santo».

En medio de nuestra desnudez, de nuestra vida siempre pobre en obras, méritos y deseos, la cruz de Dimas se levanta ante nosotros como la llave con la que abrir el corazón del Padre. De su confianza –casi descaro– aprendemos a tratar a Cristo, a descansar a su derecha, a apoyar nuestra cabeza en su misericordia. Como dijo san Bernardo, «mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras Él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. Y aunque tengo conciencia de mis pecados, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia».
A muchos les puede escandalizar la figura del Buen Ladrón. «Dios no es justo. Dimas no se lo merece…», podrían argüir. ¿Qué se les puede decir?
Es verdad que Dimas realmente no se merece la salvación. Pero lo que vale para él, también vale para quienes siempre estamos intentando escondernos detrás de una aparente justicia. Porque en realidad lo que nos hace justos no es nuestra justicia, que nunca es plenamente tal. Porque, por nuestra condición humana, queramos o no, estamos sometidos al pecado. La verdadera justicia no nace de nuestra generosidad natural, o de nuestras pretendidas virtudes. Pensar que podemos hacernos justos con nuestro mero esfuerzo es una muestra evidente de orgullo. Una afirmación de la fe cristiana, enseñada particularmente por San Pablo, es que en el orden sobrenatural no podemos hacer nada meritorio sin la gracia. Nuestras técnicas y nuestros esfuerzos nada valen sin ella. Todo es don de la gracia, que hemos de acoger, como enseña San Agustín, como mendigos, según la enseñanza de Jesús: «Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Y es únicamente la sangre de Cristo la que nos justifica. Nunca estaremos justificados por nuestras obras de justicia. Si así fuera hubiera sido inútil el sacrificio salvador de Cristo.

Que Dios, en su infinita Misericordia, salve al condenado, no es razón para afirmar que sea injusto. Porque hay una justicia insondable para el hombre, que no es sólo la justicia que retribuye a cada uno según sus obras, sino una justicia más grande, y más extraordinaria, que es la justicia capaz de acceder a la entraña misma del hombre injusto, iluminar las tinieblas de su extravío con la luz de la verdad, abrazarle interiormente con su Misericordia, y destruir desde dentro la fuerza del pecado con la fuerza suprema del Amor, realizando en el corazón del hombre el milagro de su justificación y de su conversión. Dios realizando este milagro de su Misericordia, que es la conversión del pecador, lo justifica y le ofrece una vida nueva. Así muestra Dios que no es injusto, al contrario, muestra la potencia de su justicia que hace justo al impío, y santo al pecador.

La cosa más importante que el Ladrón arrepentido nos enseña es que la salvación es un don gratuito que se nos ofrece, y que se nos invita a acoger siempre de nuevo. También, y de modo más consciente, en este Año de la Misericordia. Que el modo adecuado como hemos de recibirla es con asombro y gratitud. Es así como el Ladrón arrepentido la recibió en el primer Viernes Santo de la historia. Pues el hombre no puede llegar a su estado de justicia, a la salvación, a través de un conocimiento privilegiado que le salva (como afirmaban los griegos, y como lo han hecho todas las gnosis de todos los tiempos), tampoco a través de una accésis corporal, de los afectos y de la voluntad, o de técnicas sutiles de silencio y de interiorización personal (como afirma el budismo y la actual nueva Nueva Era). Únicamente Cristo, con su Misericordia, le salva. Pues, como afirmaba el Cardenal Ratzinger en su Introducción al cristianismo, el hombre no vuelve profundamente a sí mismo por lo que hace sino por lo que recibe. Tiene que esperar el don del amor, y el amor solo puede recibirlo como don. No podemos «hacerlo» nosotros solos sin los demás, tenemos que esperarlo, dejar que se nos dé. El hombre para salvarse depende de un don. Si se niega a recibirlo se destruye a sí mismo. El amor, la Misericordia, el perdón, es el don que todos necesitamos.



El Buen Ladrón - Felipe Gómez


La Pasión De Cristo  - Dimas, El Buen Ladrón



Siete Palabras - El Buen Ladrón - Francisco Ruiz 



El Ladrón Arrepentido - Doris Machín 


sábado, 2 de abril de 2016

EL ESPAÑOL Y LOS SIETE PECADOS CAPITALES DE FERNANDO DÍAZ-PLAJA



Obra escrita con un humor y una agudeza muy actual, EL ESPAÑOL Y LOS SIETE PECADOS CAPITALES es una radiografía incomparable.
Hace 40 años Fernando Díaz-Plaja publicaba "El español y los siete pecados capitales", libro agudo y erudito cuya lectura me resultó divertida entonces y que sigue teniendo interés aunque hayan cambiado mucho las circunstancias de nuestro país. El autor chequeaba el carácter de los españoles usando como piedra de toque los siete pecados capitales. Cada uno de tales pecados y sus virtudes contrarias le servía para ir perfilando la personalidad del español tipo, buceando con erudición en los antecedentes históricos para encontrar una constante en su comportamiento.

No sé el valor que pueda quedar de esta obra literaria pues si Díaz-Plaja daba por supuesto que todos nos sentíamos españoles, hoy tal cosa no está tan clara. Muchos han renunciado a seguir siendo españoles por creerlo incompatible con el legítimo amor a su patria chica, chica sí, porque la parte es siempre menor que el todo. Sentirse español y expresarlo abiertamente puede ser bastante incómodo si se hace en esos pedazos de España que quieren separarse para vivir por su cuenta aunque siempre exigiendo grandes trozos presupuestarios. Sólo en acontecimientos deportivos se admite la exteriorización de la españolidad y no en todos lados. Portar la bandera nacional y confesarse español puede ser peligroso, habrá quienes nos insultarán llamándonos fascistas o nos identificarán despectivamente con “la derecha”,

En cuanto a la idea de pecado, ésta ha desaparecido del mapa. Si el pecado era una transgresión de la Ley de Dios, quién va a tenerlo en cuenta si una buena parte de los españoles han dejado de creer en Dios y los que aún se manifiestan creyentes una parte importante alegarán rápidamente que no son practicantes y otros, que practican, toman de la religión lo que les parece y pocos se interesarán por la culpa y el pecado ya que casi nadie se siente pecador y necesitado de perdón. También pienso que será difícil encontrar quien sea capaz de enumerar los siete pecados capitales, salvo que sea lo suficientemente mayor para haber leído el catecismo de Ripalda.

La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza no dejan de ser malos vicios aunque no se sea creyente. Para muchos las únicas cosas rechazables son las que aparezcan en el código penal. La razón y la conciencia pueden ser acalladas hábilmente si se manipula el lenguaje.

A la soberbia le dedica Díaz-Plaja más de ochenta páginas pues entiende que es el pecado más común entre los españoles. Si la soberbia es el afán desordenado de ser preferido a otros, éste se manifiesta en nuestra actitud cerrada de querer siempre llevar razón, de dialogar poco y odiar mucho, de considerar enemigo a quien piensa de forma distinta, a creernos siempre con derecho a todo y sin obligación alguna. Hay como una especie de imposibilidad de ponernos en el lugar del otro y tratar de comprender sus razones, posiblemente porque no tenemos claras las nuestras. Lo que ha cambiado, a mi entender, en estos cuarenta años es que cuando utilizamos la palabra soberbia ya no es un sustantivo referido a un vicio o a un pecado, sino un adjetivo que pondera algo como estupendo y superior: una casa soberbia, un coche soberbio, un negocio soberbio… Si llamamos a alguien soberbio a lo peor ni se siente ofendido sino que se reafirmará en la idea de su superioridad. Contra soberbia humildad. Una virtud bastante desconocida. Ser humilde no se lleva. Para muchos ser humilde es una desgracia.

A la avaricia apenas le dedica un par de páginas, le parece al autor que no es algo generalizado ya que el tacaño y el avaro están suficientemente estigmatizados en la sociedad y la tacañería sería incompatible con la soberbia, el orgullo y la vanidad de los españoles. Pero la avaricia no es solo tacañería sino un deseo desordenado de riquezas y esto antes y ahora está presente entre nosotros. Tener dinero, ganar dinero, conseguir un premio en alguna lotería, una licencia urbanística, una especulación oportuna… Muchos no tendrán ninguna oportunidad pero el deseo de poseer cuanto más mejor, está presente en la mayor parte de nosotros. Contra avaricia largueza se decía antes hoy quizás habría que decir contra avaricia, honradez, virtud poco valorada.

La lujuria de los españoles ha cambiado radicalmente en estos cuarenta años. El capítulo que le dedica Díaz-Plaja lo ve como una lucha entre los instintos y la censura que el español trataba de sortear. También observa una diferencia de comportamiento entre hombres y mujeres. Hoy todo eso es historia frente a un desbordamiento de la sexualidad sin responsabilidad, sin compromiso, sin diferencias entre hombres y mujeres. Si muchos fieles dejaron la Iglesia por causa de sus normas morales, hoy lo que se respira es que hay que satisfacer los instintos en el acto, sin sujetarse a moralidad alguna. La virtud de la castidad como compromiso de fidelidad en el amor tampoco tiene buena prensa.

La envidia como tristeza del bien ajeno era entonces y ahora uno de los grandes defectos de los españoles. Rara vez encontramos alguien que se alegre sinceramente de los éxitos ajenos. Casi siempre se introduce algún elemento de duda en la capacidad del que triunfa. Contra envidia caridad, pero caridad no es limosna sino amor y amistad. Compartir las alegrías y las penas de los demás con sinceridad, sin interés, limpiamente. ¿Lo hacen muchos?

"La envidia es una declaración de inferioridad." 
 NAPOLEÓN BONAPARTE


"Si eres envidioso y soberbio, 
prepárate para ser solitariamente infeliz". 
Yanka

"La Envidia y la Soberbia matan la Lealtad, 
la Verdad, la Libertad". 
Yanka


"El superficial envidioso nunca disfrutará la amistad;
 solo le desvive la rivalidad para vencer". 
Yanka

Ser español es ser al mismo tiempo en contradicción:
"Envidiosamente soberbio y soberbiamente envidioso"



El carácter español está bien definido por la envidia y de eso hay pruebas a lo largo de la Historia. Este país, cainita en muchos aspectos, no soporta el bien, la felicidad, o los méritos de sus convecinos, de sus amigos, conocidos y, mucho peor, de sus propios familiares cuando no son muy allegados, pero los acepta cuando las detentan personas lejanas en el tiempo, en el espacio geográfico o en la extranjería del personaje. Por eso, en España quien triunfa en cualquier área de actividad: artística, deportiva, política, social, etc., siempre se ve envuelto en una nube tóxica de murmuraciones, de traiciones por parte de los más allegados, de calumnias, de golpes bajos, de los cuales vemos ejemplos todos los días en los medios de comunicación, sobre todo si esos personajes han ganado una fama, fortuna y bienestar tal que son especialmente llamativos en su dimensión. Por eso, es frecuente oír en programas televisivos, prensa rosa, programas radiofónicos y cualesquiera mentideros en las ondas o en el papel cuché que existen, rumores de homosexualidades supuestas y no probadas; adulterios cantados a bombo y platillo y sin más fundamento que la palabra de quien los afirma; enfermedades terminales inexistentes, delitos imputados sin pruebas y un largo rosario de bajezas, canalladas, traiciones, calumnias y demás indecencias con el sólo objeto de disminuir la categoría artística, profesional, humana, o ambas a la vez, del cantante de turno, del bailarín famoso, del futbolista en la cresta de la ola y de cualesquiera que tenga la mala suerte de nacer en una país en el que se combate la inteligencia, la originalidad, la personalidad y el talento por parte de una horda de mediocres, cantamañanas y fracasados que sólo conciben la vida echando mierda a la de los demás con las malas artes en las que sí son unos virtuosos, aunque las demás virtudes no las tengan en su paupérrimo curriculum de envidiosos frustrados y sinvergüenzas ejercientes.


Naturalmente, que la envidia existe en otras latitudes, países y culturas, pero en España tiene una acreditada cosecha propia, por eso aquí se le da más valor a lo que viene de fuera que a lo producido en este país; se apoya más al cine, a la música, a la literatura y un largo etcétera que no tenga el marchamo español. Todo ello porque es más fácil alabar, admirar y respetar a lo foráneo que a lo nacional y eso no es producto de nuestro sempiterno complejo de inferioridad con respecto a lo extranjero. En absoluto obedece a ausencia de autoestima y de reconocimiento de lo propio, sino a todo lo contrario: obedece al principio que rige la vida del envidioso y es que mientras esté más lejos, más ajeno, y por ello menos amenazante en su proximidad, conocimiento y trato, lo envidiado, sean productos o personas, es más aceptable, menos peligroso en cuanto a su ajenidad, lejanía o extranjería y, por tanto, no puede haber comparación, rivalidad ni odio.


La envidia en España es un defecto convertido en un marchamo de origen, como el chorizo de Cantimpalo el Jerez, el jamón ibérico de bellota o el aceite puro de oliva. Tenemos unos inmensos stocks de envidia y envidiosos como para que se haga realidad la frase de Molière que, como todo famoso, aunque de otra época, también la sufrió, cuando decía: “Los envidiosos morirán, pero la envidia es inmortal”.


La ira la encontraba el autor presente en nuestra sociedad en la que los españoles eran fáciles a enfadarse, a gritar, a insultar a los demás. Los derechos de los demás no tienen importancia, solo los míos son los que valen. Los otros, los que no piensan como yo, los que me discuten los eliminaríamos si pudiéramos cuando sufrimos un acceso de ira. Ira que puede llegar a la crueldad. Pienso que esto de airarse no ha disminuido sino que ha crecido en nuestra sociedad. Los malos tratos domésticos, incluido el asesinato, están a la orden del día. ¿Qué es esto sino ira? Contra ira paciencia. ¿Quién educa a la gente para ser paciente con los demás?

La gula y la pereza. Ni antes ni ahora nadie se siente victima del pecado de la gula. Que haya que comer y beber con moderación parece más consejo de un dietista que la práctica de la virtud de la templaza. Beber de más parece que solo es un problema si hay que conducir un automóvil. Comer demasiado puede originar un problema de obesidad. Ahora somos más conscientes que hace cuarenta años del hambre en el mundo pero ello no nos ha llevado a moderar nuestro consumo. La pereza como desgana en el trabajo o en el estudio, falta de rendimiento, absentismo laboral, retraso en realizar aquello que otros esperan de nosotros, son cosas que antes y ahora son defectos que afectan a mucha gente. La diligencia es una virtud en la que también habría que educarnos.
Los pecados capitales no lo son solo porque lo haya dicho la Iglesia. Son vicios que nos impiden ser mejores personas. Invito a meditar sobre ello y si quieren leer este viejo libro de Díaz-Plaja les aseguro que pasarán un buen rato.

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ESQUILACHE, LA HISTORIA DE LA ESPAÑA ETERNAMENTE ENVIDIOSA E INDIVIDUALISTA








viernes, 1 de abril de 2016

ESQUILACHE, LA HISTORIA DE LA ESPAÑA ETERNAMENTE ENVIDIOSA E INDIVIDUALISTA


ESQUILACHE, 
LA HISTORIA DE LA ESPAÑA ETERNAMENTE ENVIDIOSA, Y AL MISMO TIEMPO, CONTRADICTORIAMENTE SOBERBIA.


Esquilache es una película española de la directora andaluza Josefina Molina que recrea un suceso ocurrido en la España del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III de España: el motín de Esquilache, donde cierto sector de la población se rebela contra las leyes establecidas por el Marqués de Esquilache, interpretado por Fernando Fernán Gómez.

Esta película, estrenada en 1989, se basa en la obra teatral "Un soñador para un pueblo", de Antonio Buero Vallejo.



Carlos III de Borbón (Madrid, 20 de enero de 1716 – Ibid., 14 de diciembre de 1788), fue duque de Parma (como Carlos I) entre 1731 y 1735, rey de Nápoles (como Carlos VII) y rey de Sicilia (como Carlos V) de 1734 a 1759 y de España desde 1759 hasta su muerte. Ha recibido como sobrenombres el Político y el Mejor Alcalde de Madrid. Tal vez de la dinastía Borbón ha sido el monarca con mayor crédito a pesar de su triste episodio del llamado Motín de Esquilache. 
Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (Messina, h. 1700 ó 1708 – Venecia, 15 de septiembre de 1785), fue un diplomático y político español de origen italiano. 
EL 23 DE MARZO DE HACE 250 AÑOS, MADRID ARDIÓ DE INDIGNACIÓN CONTRA LA GESTIÓN DE LOS MINISTROS EXTRANJEROS DE UN MONARCA ILUSTRADO.
El Domingo de Ramos de hace 250 años, la España más castiza ardió con la pasión más oscura y virulenta de su alma. Con la excusa de una polémica reglamentación sobre la vestimenta en lugares públicos, el pueblo demostró su profunda desconfianza hacia una modernidad traída, para más inri, del extranjero.

El motín de Esquilache marcó un antes y un después en el reinado deCarlos III, un gobernante capaz, instruido y con la visión necesaria para rodearse del mejor talento de su tiempo: Aranda, Floridablanca,Campomanes... Todos ellos adscritos al pensamiento ilustrado que dominó una época fascinante y desperezó las estructuras económicas españolas.

Al morir sin descendencia su hermanastro Fernando VI, en 1759 Carlos hubo de abandonar el trono de Nápoles para hacerse cargo del español. Desde el principio de su reinado intentó poner en práctica en España sus ideas reformistas. El principal campo de batalla fue la agricultura, base de la economía del país... y su principal rémora. El sistema señorial y los bienes de manos muertas, que no podían ser comprados ni vendidos, impedían cualquier avance.

El conde de Campomanes, un ilustrado que ejerció de ministro de Hacienda, fiscal del Consejo de Castilla y presidente del de la Mesta, inspiró una limitación a la Iglesia para la adquisición de tierras, así como las liberalizaciones de los comercios del trigo y de las colonias americanas. Iniciativas que chocaron con los intereses de la vieja aristocracia y del clero, con los jesuitas y su monopolio de los colegios mayores en primera fila. Ambas instancias desconfiaban del núcleo de colaboradores del rey, formado por extranjeros o escolares ajenos a la influencia jesuita y proclives al despotismo ilustrado.

Un político intolerable
ADEMÁS DE SER EXTRANJERO, RICO Y MINISTRO DE HACIENDA, EL MARQUÉS DE ESQUILACHE ESTABA CASADO CON UNA ITALIANA DE BELLEZA DESPAMPANANTE.
Este clima incandescente propició en 1766 el motín de Esquilache. La espoleta fue la prohibición de vestir capas y chambergos en Madrid para evitar que los maleantes ocultaran sus facciones. Pero los ánimos venían ya caldeados por los excesos represores de la guardia valona, formada por extranjeros, y, sobre todo, por la fuerte subida del precio del pan y otros bienes básicos, fruto de la crisis de producción que venía sufriendo el país desde principios de la década, agravada por los especuladores y la complicidad de las autoridades locales.

Los expertos se dividen sobre las causas últimas del estallido. Algunos, como Pierre Vilar, insisten en la versión más romántica de la espontánea puesta en común del descontento popular. Otros, como Vicente Rodríguez Casado o Constancio Ruiz Eguía, apuntan a conspiraciones de altos vuelos para dirigir toda esa energía popular contra el Gobierno reformista. Desde los religiosos y el peculiar Partido Castizo dirigido por el Duque de Alba, a los mismísimos masones, no faltaban candidatos para la tarea. El ambiente del Madrid de la época favorecía la intriga, y el secular orgullo del pueblo español aportaba el combustible del resquemos ante cualquier influencia foránea.

Giusippe Caridi, autor de la notable biografía Carlos III. Un rey reformador en Nápoles y España (La esfera de los libros), explica que "el odio a los extranjeros, profundamente arraigado en la población, se dirigía, sobre todo, hacia los que ocupaban altos cargos". Para colmo, la ocurrencia sobre el vestuario partió del marqués de Esquilache, ministro de Hacienda inmensamente rico y casado con una extranjera de belleza despampanante. Intolerable. El 23 de marzo, Domingo de Ramos, la multitud madrileña se congregó al grito de "¡Viva el rey! ¡Viva España! ¡Muerte a Esquilache!". Caridi añade que también profería "graves insultos contra la esposa del ministro", verdadera raíz de la ascendencia de su marido sobre el rey, según las malas lenguas.

La muchedumbre comenzó a movilizarse por toda la ciudad, rompiendo los faroles del alumbrado público y saqueando el palacio de Esquilache. Los desafueros continuaron toda la noche y, cuando la multitud se reunió ante el Palacio Real, en donde el ministro de Hacienda había logrado refugiarse, un predicador, el Padre Cuenca, decidió mediar para que la sangre no llegará al Manzanares. Finalmente, los amotinados le entregaron un documento con sus demandas para que se las entregara al Rey. "Las reivindicaciones de carácter político ocupaban el primer lugar", explica Caridi. La lista destitución de los ministros italianos se consideraba prioritaria: "Era como si se hiciera recaer sobre ellos toda la culpa de la crisis en el abastecimiento que había provocado el aumento del precio de los alimentos".

El Rey, acobardado, dictó un bando explicando que cedía a todas las condiciones y concedía un indulto general para los insurrectos. La revuelta popular, que se había saldado con 40 muertos y multitud de heridos según estimaciones oficiales, parecía concluir con un final feliz.

EL SUSTO DEL REY

Sin embargo, el martes se corrió la voz de que el monarca había huidode la capital con su familia, camino de Aranjuez. Pronto se confirmó la noticia. Además, se supo que Esquilache había hecho otro tanto hacia Cartagena, desde donde puso el Mediterráneo de por medio, rumbo a su Italia natal. Comenzaron a correr rumores de que el soberano estaba reuniendo tropas para marchar sobre Madrid e incluso se bloquearon las vías de comunicación con la capital. En nombre del pueblo, el presidente del Consejo de Castilla, Diego de Rojas, obispo de Cartagena, le pidió oficialmente al Rey que regresara a la corte.
CARLOS III ESTÁ CONSIDERADO, CON TODA JUSTICIA, EL MEJOR SOBERANO DE LA RAMA ESPAÑOLA DE LOS BORBONES.
Carlos III, asustado por la incipiente extensión del motín por otras ciudades, se tomó su tiempo. Hasta que, en el momento más crítico, el conde Aranda, capitán general de Valencia, desplazó sus tropas a Aranjuez para tranquilizar al Rey. Este, sintiéndose seguro, regresó a Madrid y, aunque se mostró conciliador en algunos aspectos, destituyó a Diego de Rojas de su cargo por su debilidad ante los insurgentes y lo sustituyó por Aranda, que se convertiría en el hombre fuerte del Gobierno. Meses después, apaciguado el pueblo, se desató una cacería contra los instigadores para consolidar la autoridad real.

Culminaba el pedregoso camino que Carlos III había emprendido mucho antes. En realidad, incluso antes de su concepción. Según Caridi, nuestro personaje "está considerado, con toda justicia, el mejor soberano de la rama española de los Borbones". Fama acorde con el mérito, más que con el mayor o menor éxito de sus proyectos, habida cuenta del contexto. Tras la guerra de Sucesión, su padre Felipe V apenas había podido hacer otra cosa que contener la hemorragia que desangraba el país. Libros como El declive de la Monarquía y del imperio español. Los tratados de Utrech (Crítica) muestran el estado de postración.

Sin embargo, se respiraban aires de cambio, pese a que la resistencia delstatu quo privilegiado era mayor que en otras naciones: cualquier apertura a lo nuevo se desarrollaba en ese clima épico que Arturo Pérez-Reverte novela de forma tan sugerente en Hombres buenos.

Los partidarios de las luces vieron el cielo abierto con el advenimiento de Carlos III, aunque al principio no parecía muy prometedor. Durante su melancólica infancia, su carácter retraído recordaba demasiado al de su padre. Talento no le faltaba, eso sí: antes de los cinco años ya pudo escribir una carta, y sus preceptores le inculcaron, según Caridi, "un absoluto respeto hacia los formalismos externos" y un estilo de vida basado en la "férrea integridad moral y la alta consideración, rayana en el fanatismo, en que tuvo siempre la dignidad de su persona y de su cargo". Todo un profesional.

Tras su nacimiento el 20 de enero de 1716, hace 300 años, el rey de la España que pudo ser recibió el principal impulso de su carrera y el enderezamiento de su carácter de manos de una mujer ambiciosa. Su madre, Isabel de Farnesio, ya había contribuido en gran manera al espabile del pusilánime Felipe V, e iba a hacer otro tanto con su hijo en una versión mejorada: le dirigiría una especie de máster de gobierno a distancia...

En 1733, tras una carambola sucesoria, el joven Carlos se proclamó rey de Nápoles, responsabilidad que cumplió bajo la atenta mirada de los secretarios que le encomendaba su madre. Se ocupaban de guiar al tierno monarca en los secretos de la administración pública, pero también le inocularon la afición por la caza para evitar las crisis depresivas que se cebaban con su padre y su hermanastro mayor.

El pedregoso panorama político de Nápoles, donde los barones y la Iglesia acaparaban más del 50% de las tierras, se reveló como un excelente campo de pruebas. Caridi define el reinado napolitano de Carlos como una "derrota del reformismo", pese a que quedara para los anales su valiosa "labor constructora". En cualquier caso, la formación de Carlos sí había resultado un éxito que el destino pondría a prueba inopinadamente con la ya mencionada pirueta sucesoria que lo llevó al trono de España y la consiguiente prueba de fuego del motín de Esquilache.

Además de Aranda, también destacaron en la tarea represora de la insurrección los condes de Floridablanca y de Campomanes, que aprovecharon que las principales sospechas recayeron sobre los jesuitas para muñir la expulsión de los miembros de la orden.

Aranda se descolgó del triunvirato cuando, en 1773, cometió el error de enfrentarse al secretario de Estado (equivalente a primer ministro)Grimaldi por un asunto de política exterior. Tomó su relevo Floridablanca, cuya figura fue ganando peso hasta que, en 1777, se hizo con el cargo de Grimaldi. No lo abandonaría hasta 1792.

Su gobierno fue ya indisimuladamente reformista. Se constituyeron las sociedades económicas de amigos del país, que mejoraron las técnicas y herramientas de explotación de los diferentes sectores productivos, siempre en pugna con las corporaciones, impermeables a cualquier innovación. Se dotó al sector agrícola de la infraestructura necesaria, se horadaron los vínculos del mayorazgo y se estimuló la edificación de inmuebles. Además, para desarrollar la industria, se importó talento atrayendo a miles de artesanos extranjeros, se introdujeron nuevas maquinarias y se fundaron escuelas técnicas, la Real Academia de Ciencias y el Real Jardín Botánico.

EL PRIMER BANCO NACIONAL

Respecto al comercio, Floridablanca se embarcó en una ambiciosa campaña de construcción de caminos y canales que le costó duras críticas del sector tradicionalista, enrocado en el argumento de la creciente deuda, engordada por la guerra contra Inglaterra. El conde se sacó entonces de la manga una sofisticada herramienta financiera, el Banco Nacional de San Carlos, que se encargaría de financiar obras y operaciones comerciales de interés público, así como del monopolio de la salida de dinero en metálico de España.

Floridablanca, no obstante, era muy consciente de que toda su obra pendía de la voluntad de un monarca propicio. Quizá por eso lloró desconsoladamente la noche del 13 al 14 de septiembre de 1788 a la cabecera del moribundo Carlos III, que se despidió de él con un irónico: "Qué, ¿creías que había yo de ser eterno?"

Antes había acordado con su sucesor la permanencia de Floridablanca al frente del Estado. Pero el conde tenía sus razones para llorar: nada iba a funcionar igual con Carlos IV. De hecho, según Caridi, su atribulado progenitor prefería a su hijo Gabriel, chico instruido, disciplinado y capaz. Carlos era más bien distraído, voluble e influenciable por su esposa, la poco fiable María Luisa de Parma.

Todo indica que Gabriel hubiera sido el perfecto continuador de la titánica obra reformista de su padre. Sin embargo, las reglas de la monarquía tienen otra lógica: su hermano Carlos poseía la cualidad imbatible de haber nacido antes. Otra forma de entender los recursos humanos. Eran otros tiempos. ¿Eran?




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EL ESPAÑOL Y LOS SIETE PECADOS CAPITALES DE FERNANDO DÍAZ-PLAJA