EL Rincón de Yanka: ESQUILACHE, LA HISTORIA DE LA ESPAÑA ETERNAMENTE ENVIDIOSA E INDIVIDUALISTA

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viernes, 1 de abril de 2016

ESQUILACHE, LA HISTORIA DE LA ESPAÑA ETERNAMENTE ENVIDIOSA E INDIVIDUALISTA


ESQUILACHE, 
LA HISTORIA DE LA ESPAÑA ETERNAMENTE ENVIDIOSA, Y AL MISMO TIEMPO, CONTRADICTORIAMENTE SOBERBIA.


Esquilache es una película española de la directora andaluza Josefina Molina que recrea un suceso ocurrido en la España del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III de España: el motín de Esquilache, donde cierto sector de la población se rebela contra las leyes establecidas por el Marqués de Esquilache, interpretado por Fernando Fernán Gómez.

Esta película, estrenada en 1989, se basa en la obra teatral "Un soñador para un pueblo", de Antonio Buero Vallejo.



Carlos III de Borbón (Madrid, 20 de enero de 1716 – Ibid., 14 de diciembre de 1788), fue duque de Parma (como Carlos I) entre 1731 y 1735, rey de Nápoles (como Carlos VII) y rey de Sicilia (como Carlos V) de 1734 a 1759 y de España desde 1759 hasta su muerte. Ha recibido como sobrenombres el Político y el Mejor Alcalde de Madrid. Tal vez de la dinastía Borbón ha sido el monarca con mayor crédito a pesar de su triste episodio del llamado Motín de Esquilache. 
Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (Messina, h. 1700 ó 1708 – Venecia, 15 de septiembre de 1785), fue un diplomático y político español de origen italiano. 
EL 23 DE MARZO DE HACE 250 AÑOS, MADRID ARDIÓ DE INDIGNACIÓN CONTRA LA GESTIÓN DE LOS MINISTROS EXTRANJEROS DE UN MONARCA ILUSTRADO.
El Domingo de Ramos de hace 250 años, la España más castiza ardió con la pasión más oscura y virulenta de su alma. Con la excusa de una polémica reglamentación sobre la vestimenta en lugares públicos, el pueblo demostró su profunda desconfianza hacia una modernidad traída, para más inri, del extranjero.

El motín de Esquilache marcó un antes y un después en el reinado deCarlos III, un gobernante capaz, instruido y con la visión necesaria para rodearse del mejor talento de su tiempo: Aranda, Floridablanca,Campomanes... Todos ellos adscritos al pensamiento ilustrado que dominó una época fascinante y desperezó las estructuras económicas españolas.

Al morir sin descendencia su hermanastro Fernando VI, en 1759 Carlos hubo de abandonar el trono de Nápoles para hacerse cargo del español. Desde el principio de su reinado intentó poner en práctica en España sus ideas reformistas. El principal campo de batalla fue la agricultura, base de la economía del país... y su principal rémora. El sistema señorial y los bienes de manos muertas, que no podían ser comprados ni vendidos, impedían cualquier avance.

El conde de Campomanes, un ilustrado que ejerció de ministro de Hacienda, fiscal del Consejo de Castilla y presidente del de la Mesta, inspiró una limitación a la Iglesia para la adquisición de tierras, así como las liberalizaciones de los comercios del trigo y de las colonias americanas. Iniciativas que chocaron con los intereses de la vieja aristocracia y del clero, con los jesuitas y su monopolio de los colegios mayores en primera fila. Ambas instancias desconfiaban del núcleo de colaboradores del rey, formado por extranjeros o escolares ajenos a la influencia jesuita y proclives al despotismo ilustrado.

Un político intolerable
ADEMÁS DE SER EXTRANJERO, RICO Y MINISTRO DE HACIENDA, EL MARQUÉS DE ESQUILACHE ESTABA CASADO CON UNA ITALIANA DE BELLEZA DESPAMPANANTE.
Este clima incandescente propició en 1766 el motín de Esquilache. La espoleta fue la prohibición de vestir capas y chambergos en Madrid para evitar que los maleantes ocultaran sus facciones. Pero los ánimos venían ya caldeados por los excesos represores de la guardia valona, formada por extranjeros, y, sobre todo, por la fuerte subida del precio del pan y otros bienes básicos, fruto de la crisis de producción que venía sufriendo el país desde principios de la década, agravada por los especuladores y la complicidad de las autoridades locales.

Los expertos se dividen sobre las causas últimas del estallido. Algunos, como Pierre Vilar, insisten en la versión más romántica de la espontánea puesta en común del descontento popular. Otros, como Vicente Rodríguez Casado o Constancio Ruiz Eguía, apuntan a conspiraciones de altos vuelos para dirigir toda esa energía popular contra el Gobierno reformista. Desde los religiosos y el peculiar Partido Castizo dirigido por el Duque de Alba, a los mismísimos masones, no faltaban candidatos para la tarea. El ambiente del Madrid de la época favorecía la intriga, y el secular orgullo del pueblo español aportaba el combustible del resquemos ante cualquier influencia foránea.

Giusippe Caridi, autor de la notable biografía Carlos III. Un rey reformador en Nápoles y España (La esfera de los libros), explica que "el odio a los extranjeros, profundamente arraigado en la población, se dirigía, sobre todo, hacia los que ocupaban altos cargos". Para colmo, la ocurrencia sobre el vestuario partió del marqués de Esquilache, ministro de Hacienda inmensamente rico y casado con una extranjera de belleza despampanante. Intolerable. El 23 de marzo, Domingo de Ramos, la multitud madrileña se congregó al grito de "¡Viva el rey! ¡Viva España! ¡Muerte a Esquilache!". Caridi añade que también profería "graves insultos contra la esposa del ministro", verdadera raíz de la ascendencia de su marido sobre el rey, según las malas lenguas.

La muchedumbre comenzó a movilizarse por toda la ciudad, rompiendo los faroles del alumbrado público y saqueando el palacio de Esquilache. Los desafueros continuaron toda la noche y, cuando la multitud se reunió ante el Palacio Real, en donde el ministro de Hacienda había logrado refugiarse, un predicador, el Padre Cuenca, decidió mediar para que la sangre no llegará al Manzanares. Finalmente, los amotinados le entregaron un documento con sus demandas para que se las entregara al Rey. "Las reivindicaciones de carácter político ocupaban el primer lugar", explica Caridi. La lista destitución de los ministros italianos se consideraba prioritaria: "Era como si se hiciera recaer sobre ellos toda la culpa de la crisis en el abastecimiento que había provocado el aumento del precio de los alimentos".

El Rey, acobardado, dictó un bando explicando que cedía a todas las condiciones y concedía un indulto general para los insurrectos. La revuelta popular, que se había saldado con 40 muertos y multitud de heridos según estimaciones oficiales, parecía concluir con un final feliz.

EL SUSTO DEL REY

Sin embargo, el martes se corrió la voz de que el monarca había huidode la capital con su familia, camino de Aranjuez. Pronto se confirmó la noticia. Además, se supo que Esquilache había hecho otro tanto hacia Cartagena, desde donde puso el Mediterráneo de por medio, rumbo a su Italia natal. Comenzaron a correr rumores de que el soberano estaba reuniendo tropas para marchar sobre Madrid e incluso se bloquearon las vías de comunicación con la capital. En nombre del pueblo, el presidente del Consejo de Castilla, Diego de Rojas, obispo de Cartagena, le pidió oficialmente al Rey que regresara a la corte.
CARLOS III ESTÁ CONSIDERADO, CON TODA JUSTICIA, EL MEJOR SOBERANO DE LA RAMA ESPAÑOLA DE LOS BORBONES.
Carlos III, asustado por la incipiente extensión del motín por otras ciudades, se tomó su tiempo. Hasta que, en el momento más crítico, el conde Aranda, capitán general de Valencia, desplazó sus tropas a Aranjuez para tranquilizar al Rey. Este, sintiéndose seguro, regresó a Madrid y, aunque se mostró conciliador en algunos aspectos, destituyó a Diego de Rojas de su cargo por su debilidad ante los insurgentes y lo sustituyó por Aranda, que se convertiría en el hombre fuerte del Gobierno. Meses después, apaciguado el pueblo, se desató una cacería contra los instigadores para consolidar la autoridad real.

Culminaba el pedregoso camino que Carlos III había emprendido mucho antes. En realidad, incluso antes de su concepción. Según Caridi, nuestro personaje "está considerado, con toda justicia, el mejor soberano de la rama española de los Borbones". Fama acorde con el mérito, más que con el mayor o menor éxito de sus proyectos, habida cuenta del contexto. Tras la guerra de Sucesión, su padre Felipe V apenas había podido hacer otra cosa que contener la hemorragia que desangraba el país. Libros como El declive de la Monarquía y del imperio español. Los tratados de Utrech (Crítica) muestran el estado de postración.

Sin embargo, se respiraban aires de cambio, pese a que la resistencia delstatu quo privilegiado era mayor que en otras naciones: cualquier apertura a lo nuevo se desarrollaba en ese clima épico que Arturo Pérez-Reverte novela de forma tan sugerente en Hombres buenos.

Los partidarios de las luces vieron el cielo abierto con el advenimiento de Carlos III, aunque al principio no parecía muy prometedor. Durante su melancólica infancia, su carácter retraído recordaba demasiado al de su padre. Talento no le faltaba, eso sí: antes de los cinco años ya pudo escribir una carta, y sus preceptores le inculcaron, según Caridi, "un absoluto respeto hacia los formalismos externos" y un estilo de vida basado en la "férrea integridad moral y la alta consideración, rayana en el fanatismo, en que tuvo siempre la dignidad de su persona y de su cargo". Todo un profesional.

Tras su nacimiento el 20 de enero de 1716, hace 300 años, el rey de la España que pudo ser recibió el principal impulso de su carrera y el enderezamiento de su carácter de manos de una mujer ambiciosa. Su madre, Isabel de Farnesio, ya había contribuido en gran manera al espabile del pusilánime Felipe V, e iba a hacer otro tanto con su hijo en una versión mejorada: le dirigiría una especie de máster de gobierno a distancia...

En 1733, tras una carambola sucesoria, el joven Carlos se proclamó rey de Nápoles, responsabilidad que cumplió bajo la atenta mirada de los secretarios que le encomendaba su madre. Se ocupaban de guiar al tierno monarca en los secretos de la administración pública, pero también le inocularon la afición por la caza para evitar las crisis depresivas que se cebaban con su padre y su hermanastro mayor.

El pedregoso panorama político de Nápoles, donde los barones y la Iglesia acaparaban más del 50% de las tierras, se reveló como un excelente campo de pruebas. Caridi define el reinado napolitano de Carlos como una "derrota del reformismo", pese a que quedara para los anales su valiosa "labor constructora". En cualquier caso, la formación de Carlos sí había resultado un éxito que el destino pondría a prueba inopinadamente con la ya mencionada pirueta sucesoria que lo llevó al trono de España y la consiguiente prueba de fuego del motín de Esquilache.

Además de Aranda, también destacaron en la tarea represora de la insurrección los condes de Floridablanca y de Campomanes, que aprovecharon que las principales sospechas recayeron sobre los jesuitas para muñir la expulsión de los miembros de la orden.

Aranda se descolgó del triunvirato cuando, en 1773, cometió el error de enfrentarse al secretario de Estado (equivalente a primer ministro)Grimaldi por un asunto de política exterior. Tomó su relevo Floridablanca, cuya figura fue ganando peso hasta que, en 1777, se hizo con el cargo de Grimaldi. No lo abandonaría hasta 1792.

Su gobierno fue ya indisimuladamente reformista. Se constituyeron las sociedades económicas de amigos del país, que mejoraron las técnicas y herramientas de explotación de los diferentes sectores productivos, siempre en pugna con las corporaciones, impermeables a cualquier innovación. Se dotó al sector agrícola de la infraestructura necesaria, se horadaron los vínculos del mayorazgo y se estimuló la edificación de inmuebles. Además, para desarrollar la industria, se importó talento atrayendo a miles de artesanos extranjeros, se introdujeron nuevas maquinarias y se fundaron escuelas técnicas, la Real Academia de Ciencias y el Real Jardín Botánico.

EL PRIMER BANCO NACIONAL

Respecto al comercio, Floridablanca se embarcó en una ambiciosa campaña de construcción de caminos y canales que le costó duras críticas del sector tradicionalista, enrocado en el argumento de la creciente deuda, engordada por la guerra contra Inglaterra. El conde se sacó entonces de la manga una sofisticada herramienta financiera, el Banco Nacional de San Carlos, que se encargaría de financiar obras y operaciones comerciales de interés público, así como del monopolio de la salida de dinero en metálico de España.

Floridablanca, no obstante, era muy consciente de que toda su obra pendía de la voluntad de un monarca propicio. Quizá por eso lloró desconsoladamente la noche del 13 al 14 de septiembre de 1788 a la cabecera del moribundo Carlos III, que se despidió de él con un irónico: "Qué, ¿creías que había yo de ser eterno?"

Antes había acordado con su sucesor la permanencia de Floridablanca al frente del Estado. Pero el conde tenía sus razones para llorar: nada iba a funcionar igual con Carlos IV. De hecho, según Caridi, su atribulado progenitor prefería a su hijo Gabriel, chico instruido, disciplinado y capaz. Carlos era más bien distraído, voluble e influenciable por su esposa, la poco fiable María Luisa de Parma.

Todo indica que Gabriel hubiera sido el perfecto continuador de la titánica obra reformista de su padre. Sin embargo, las reglas de la monarquía tienen otra lógica: su hermano Carlos poseía la cualidad imbatible de haber nacido antes. Otra forma de entender los recursos humanos. Eran otros tiempos. ¿Eran?