LA VENGANZA
DEL CAMPO
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¿Por qué el sector primario es pisoteado y perseguido por la misma sociedad a la que da de comer?El campo se vengará, al modo bíblico, con escasez y brutal encarecimiento de los alimentos, de la sociedad que lleva décadas despreciándolo.
La venganza del campo ya está aquí. Los precios de los alimentos suben con fuerza y las olvidadas crisis alimentarias amenazan con reaparecer. ¿Por qué? ¿Por qué ayer sobraban alimentos y hoy parecen faltar? El desprecio al campo y los desajustes de la desglobalización son las razones principales. Sin embargo, los responsables públicos culpan, injusta y demagógicamente, a distribuidores y agricultores, tratando de justificar sus propios yerros y desvaríos.
¿Cómo se ha podido llegar a esta triste, injusta y suicida situación? ¿Cómo ha sido posible que la sociedad desprecie a los que les dan de comer? ¿Por qué los agricultores, los ganaderos y los pescadores hemos pasado de héroes a villanos? ¿Por qué la sociedad actual no solo no nos valora, sino que, al contrario, nos considera enemigos del medio ambiente, parásitos de la PAC, «señoritos» de otros tiempos, maltratadores de animales? ¿Por qué, si los precios suben, se siguen abandonando nuestros campos?
Este breve ensayo trata de comprender los porqués y los cómos de esta situación paradójica y contradictoria. Castigamos a las gentes del campo mientras les exigimos alimentos abundantes, sanos y a precio de saldo. Queremos comida buena, bonita y barata, pero sin agricultura ni agricultores; carne sin ganadería ni ganaderos; pescado sin pesca ni pescadores. Protestamos por el encarecimiento de los alimentos al tiempo que prohibimos los trasvases, perseguimos a las granjas o cuestionamos los regadíos y los abonados, entre otras muchas limitaciones o interdicciones. Y, claro, eso no funciona.
A lo largo de estos años, los agricultores agonizan sin que a la sociedad que alimentan parezca importarle lo más mínimo. Los agricultores, ganaderos y pescadores no son parte de problema, son parte de la solución. Desean trabajar en paz, con dignidad, de manera sostenible y rentable, para cumplir con su misión trascendente de proveernos de alimento. No trabajan solo por el pan de sus hijos; lo hacen, sobre todo, por el pan de los hijos de todos los demás.
INTRODUCCIÓN
Comienzo a escribir estas líneas en Córdoba, en el verano de 2023. El estruendo de las chicharras llega matizado por las ventanas cerradas, a la andaluza. Su penumbra cómplice nos protege del calor. En un rato, cuando refresque, daré un paseo por los rastrojos agostados en los que yeguas, vacas y becerros apuran los restos de la siembra de avena una vez segada y empacada. El almiar, ya disminuido, debe garantizar el alimento del ganado hasta que el agua generosa de otoño reviva pastos y temperos. Que las estaciones, desde siempre, con su lento y cierto pasar, marcaron los ritmos de la vida y la agricultura. Clima y mundo rural, en estrecho -aunque no siempre bien avenido- matrimonio.
Este año agrícola ha sido seco. La maldición bíblica de la falta de lluvias vuelve a golpearnos con su estropicio en cosechas, reservas hídricas y ánimos. Crucemos los dedos porque a partir de otoño llueva larga y mansamente, como gusta a la gente del campo. Que veneros y fuentes resurjan, que los arroyos corran, que embalses y pantanos se llenen, que las siembras nazcan sanas y fuertes, que la arboleda fructifique generosamente. Deseos que parecen bíblicos, pero que laten por igual en los agricultores y ganaderos de hoy, profesionales que miran los pronósticos del tiempo en los portales meteornlógicos de sus smartphones con la misma angustia con la que siglos atrás observaran nubes, hormigas y cabañuelas.
De hecho, esta misma reflexión que hago delante de mi ordenador portátil bien podría haberla realizado un agricultor de hace cien, doscientos, quinientos años. La siega, los rastrojos aprovechados para el ganado durante el estío, el deseo de lluvia... Sólo el almiar, ahora mecanizado, marcaría una diferencia sensible frente a los antiguos, entonces conformados manualmente por los restos de las gavillas tras el paso de la trilla en la era. Todo parece igual... pero, sin embargo, todo ha cambiado. Las técnicas agronómicas han avanzado tremendamente y el sector primario, un sector de vanguardia, ha estado presto en incorporar las nuevas tecnologías para la mejora de sus producciones. Mejoras genéticas, nuevas técnicas de cultivos, optimización de regadíos e incorporación de la digitalización a su cadena de valor, entre otras muchas innovaciones, han incrementado sensiblemente los rendimientos agrarios, que se encuentran comprometidos con los valores irrenunciables y hermosos de sostenibilidad y respeto al medio ambiente. Gracias al esfuerzo innovador de las gentes del campo y de sus científicos, técnicos y profesionales, los agricultores, ganaderos y pescadores pueden dar de comer, con generosidad, abundancia y calidad, a una población mundial que se ha multiplicado por cuatro en el último siglo. Una proeza digna de ser valorada, admirada y alabada.
Pero, desgraciadamente, no ha sido así. La sociedad, lejos de agradecerles su sacrificado esfuerzo, les apunta con su dedo acusador. «¡Culpables!», parecen decirles. Los agricultores, ganaderos y pescadores, españoles y europeos,son despreciados, minusvalorados, cuando no abiertamente insultados, como retrógrados, parásitos, rémoras, enemigos del medio ambiente y maltratadores animales. Los jóvenes huyen del sector, los campos se quedan vacíos. ¿Quién quiere trabajar en el campo después de décadas de precios ruinosos y de cruel desdén colectivo? Hace años, ante esta injusta realidad, comencé a barruntar que el campo terminaría vengándose de quienes lo despreciaban de forma tan necia y cruel. Y que lo haría al modo bíblico de escasez y encarecimiento de los alimentos. Inicié entonces una serie de artículos en los que trataba de explicar -explicarme-cómo se podía haber alcanzado una situación tan peligrosa y desatinada. Y, una y otra vez, llegaba a la misma conclusión: la venganza del campo, tarde o temprano, tendría que llegar. Desgraciadamente, el tiempo dio la razón a aquella intuición primera. La venganza del campo ya está aquí, entre nosotros, amenazando despensas y bolsillos.
Y ahora que los precios de los alimentos suben y la patita de la crisis alimentaria en los países pobres asoma por debajo de la puerta es cuando los responsables de la cosa comienzan a desligarse de su indolente somnolencia. Bienvenidos sean al club de los advertidos. Pero ¿qué es lo primero que han hecho para justificarse? Pues atacar y responsabilizar de la carestía alimentaria a distribuidores y agricultores. Increíble, pero cierto. Siguen sin comprender que los profesionales del sector primario son parte de la solución, que no del problema.
Abrazado por el estridente criii de las chicharras del exterior, releo algunas noticias de la prensa digital. Los alimentos suben y suben. Cuando otros indicadores de la cesta de la compra, después de los episodios de alta inflación de 2021 y 2022, comienzan a remitir, el rubro de comida se empeña en mantener su tendencia al alza.Los alimentos han escalado de manera sensible durante los dos últimos años.Las familias lo notan en sus bolsillos, castigados también por la subida de los tipos de interés. Y compruebo, una vez más, cómo los responsables públicos, perplejos ante el hecho inédito de que los precios agrarios no estén por los suelos, arremeten de nuevo contra sus chivos expiatorios preferidos, distribuidores y agricultores, para justificar así sus propios yerros y desvaríos. Porque, como era de esperar, ni las leyes, ni las políticas que llevan años promulgándose, ni los discursos sociológicos dominantes en la sociedad actual tienen responsabilidad alguna. No. Ellos lo hicieron bien, vienen a decirnos. Y, entonces, ¿quién es el responsable de que la comida -buena, bonita, barata- a la que estábamos acostumbrados se encarezca inesperadamente? Pues, con dolor, rabia e indignación, tenemos que soportar su infundado veredicto: los culpables son las cadenas de distribución y los agricultores, ganaderos y pescadores, entes avariciosos que acumulan capital y especulan con la miseria de los demás. Así de simple, así de injusto, así de equivocado, así de peligroso. Pura demagogia que provoca y ceba, sin que sean ni siquiera conscientes de ello, la venganza del campo que nos ocupa.
¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí ¿Cómo ha sido posible que la sociedad desprecie a los que le dan de comer? Pues de eso va este corto ensayo. De tratar de comprender los porqués y los cómos de la situación paradójica y contradictoria en la que vivimos. Por una parte, castigamos a los agricultores, mientras que, por otra, exigimos alimentos abundantes y baratos. ¿Por qué los agricultores, los ganaderos y, por extensión, los pescadores hemos pasado de héroes a villanos? ¿Por qué la sociedad actual no solo no nos valora,sino que, al contrario, nos considera enemigos del medio ambiente, parásitos de la pac, señoritos de otros tiempos? En este opúsculo vamos a tratar de responder a estas preguntas, mucho más profundas de lo que aparentemente pudieran parecer. Han sido necesarias décadas para llegar- y no solo en España, sino en toda Europa -hasta el punto de paradójica perplejidad en el que hoy nos encontramos, con una sociedad que quiere alimentos abundantes, sanos y baratos, pero sin agricultura ni agricultores; carne sin ganadería ni ganaderos; pescado sin pesca ni pescadores. Una sociedad que protesta por el encarecimiento de los alimentos al tiempo que prohíbe los trasvases, persigue a las granjas o cuestiona los regadíos, entre otras muchas limitaciones, restricciones o prohiciones que el sector primario sufre cada día. Sorprendentemente, ¿verdad? Pues, desgraciadamente, es la realidad cotidiana en la que vivimos y laboramos.
Es bueno que seamos conscientes de que, al menos en gran parte, esta realidad la hemos construido entre todos. El rechazo a la agricultura, que lleva décadas gestándose, es un fruto de los ideales, valores y políticas de una sociedad eminentemente urbana, conformada por personas en general bienintencionadas que creen hacer lo correcto cuando con sus leyes persiguen a la producción agraria. Por eso, en algunos de los artículos utilizo el plural nosotros para comprender las dinámicas que colectivamente nos afectan, las comparta personalmente o no. No se trata, pues, de una historia de buenos ni de malos. Es, simplemente, la historia que es, la que vivimos, la nuestra, la que entre todos construimos. Insistiré en que es nuestra sociedad, la que conformamos entre todos -jaleada, en ocasiones, por discursos interesados-, la que ha ido generando las dinámicas, los ideales y los imaginarios que condicionan y condicionarán a la actividad agraria, trenzando un cesto en el que se mezclan conceptos como los de naturaleza y salud, confrontándolos, que no aunándolos, con las producciones agricolas y ganaderas.
A lo largo de estos años, los agricultores han protestado con sonadas tractoradas, sin que, a la hora de la verdad, nadie les haya hecho caso. El rosario de normas de todo tipo que dificulta o imposibilita su actividad continúa desplegándose con fatales consecuencias. Agonizan sin que a la sociedad que alimentan parezca importarles lo más mínimo. ¿Cómo, nos repetimos, hemos podido llegar a esta triste, injusta y suicida situación?
Pues, precisamente, estas líneas persiguen comprender la compleja dinámica sociológica, económica, política y cultural que hasta aquí nos condujera. Una dinámica occidental de valores e imaginarios compartidos que ha fluido retroalimentándose de manera independiente al color político de los partidos y Gobiernos. Se trata de algo más profundo que la política partidista, pues en verdad hablamos de la materia esencial que late en el corazón mismo de la sociedad; sociología, inconsciente colectivo, espíritu del siglo, llamémoslo como queramos, pero del que no podemos sustraernos porque formamos parte de él. Por eso, es preciso comprenderlo, antes de tratar de enmendarlo o de plantear soluciones y alternativas. Ese es el objetivo de este ensayo breve que, estructurado por los artículos escritos a lo largo de años y acontecimientos, muestra el camino que hasta aquí hemos recorrido, pensado y vivido.
No escribiré estas palabras con el tono melancólico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No, no lo haré. De hecho, creo firmemente que vivimos en unos de los periodos más apasionantes de toda nuestra historia como especie. Por tanto, quien me acompañe a lo largo de este breve recorrido no encontrará un quejío por lo que la agricultura fue y ya no es, sino un relato, apasionado y reflexivo, de las principales dinámicas que han hecho mutar, en gran medida, al mundo rural y a la visión del agricultor por parte de la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Creo que aún podemos enmendar la situación y en contra el justo equilibrio entre producción agraria, garantía alimentaria, nuevas demandas urbanas, sostenibilidad y medio ambiente. El fracaso en este esfuerzo noble tendría como consecuencia cierta la terrible venganza del campo que se adivina y que, al modo bíblico, repetimos, nos castigaría con la escasez de alimentos y su brutal encarecimiento.
Pero, antes de continuar, quizás deba explicar brevemente el porqué de mi interés en esta materia, de extraordinaria importancia aunque ignorada mayoritariamente por nuestra sociedad. Procedo familiarmente del mundo rural y agrícola. Aunque me crie en una gran ciudad, Sevilla, los fines de semana y las vacaciones fueron, en gran medida, para el pueblo y el campo. De hecho, en el campo vivo y agricultor y ganadero ecológico soy. Muchos de mis familiares y amigos son agricultores.
Casi todas mis aficiones tienen al campo y a la naturaleza como escenario. Soy ingeniero agrónomo por la Escuela Técnica Superior de Córdoba. Mientras estudiaba trabajé en muchas ocasiones como peón agrícola para ganar algún dinero. Cogí aceitunas de mesa en Sevilla, vendimié en Tierra de Barros (Badajoz), recolecté peras en Inglaterra, trabajé en diversas faenas agrícolas en un kibutz israelí, arranqué monte a mano o pesé corchas en una ancestral cabria en Huelva, entre otras faenas agrarias que me hicieron comprender y respetar aún más a la gente del campo y a su sufrida dignidad. Me inicié en el mundo laboral en una casa de maquinaria agrícola en Valencia y pasé a continuación a la ingeniería agronómica y agroindustrial, en la que estuve años hasta que el destino me condujo hasta la política.
No estuve demasiado tiempo en ella, aunque guardo buen recuerdo de vivencias, compañeros y debates, a los que debo cierta perspectiva como observador. La vida me llevó a otro mundo que me apasiona, el del trabajo y el empleo, que también posee sus especificidades en el sector primario. Hoy, como editor y escritor, observo con atención el mundo en el que habito, con sus errores y aciertos, y trato de comprender y anticipar las dinámicas que lo impulsan. Como último apunte, mi afición a la divulgación arqueológica me acercó a las dinámicas históricas que transformaron pueblos, culturas y civilizaciones.
Sobre todo lo anterior, mantengo una viva curiosidad por lo que me rodea y he tratado de explicarme el porqué del desprecio actual hacia la producción agraria. Por eso, desde hace años escribo artículos sobre las dinámicas sociológicas que afectan a la agricultura, artículos que suponen, al recogerse en este libro, las huellas de un camino de décadas que nos ayudará a comprender las situaciones que vivimos. Esa es la razón por la que presento los artículos ordenados de manera cronológica. Los primeros, escritos en 2009; el último, a finales de agosto del 2023. He respetado, prácticamente en su integridad, los textos originales, lo que permite, con la lucidez del momento, el conocer cómo ha evolucionado la percepción de la agricultura, ganadería y pesca a lo largo de estos últimos años. Algunas ideas fuerza se repiten en varios artículos, pero no he querido eliminar estas redundancias para asentar los principios motores de la dinámica a estudio. Pido disculpas por esas reiteraciones, que deben ser entendidas como lo que son, ideas fuerza engarzadas en un rosario de artículos escritos y publicados a lo largo del tiempo.
Quiero agradecer a los medios de comunicación que los publicaron, medios de comunicación que indico en cada artículo junto a la fecha en la que vio la luz y que todavía permiten consultarlos en la red. Muchas gracias a todos ellos.
Cada artículo es como un fogonazo que ilumina la visión sobre una materia en un momento determinado. Artículos que abordan cuestiones agrícolas, ambientales y sociológicas; artículos que dibujan retazos de la contradictoria relación que mantiene una sociedad que precisa de alimentos con aquellos -agricultores, ganaderos y pescadores- que se la proporcionan. No se trata de una pintura realista, con profusión de detalles, sino de una impresionista, de brochazos enérgicos e incompletos, para vislumbrar una realidad a base de sus parcialidades. No pretendo abordar la complejidad del mundo rural en su totalidad, sino tan solo apuntar a su función primordial de proveedor de los alimentos que precisamos. Por eso, actividades tan hermosas, positivas e importantes como las del turismo rural, turismo activo y de aventuras, caza, guías de fauna, gestión forestal, entre muchas otras, no son abordadas en estas líneas, centradas, repetimos una vez más, en cómo y por qué el campo se vengará al modo bíblico de la sociedad que olvidó y despreció su función primordial de producción de alimentos.
Tampoco entro a analizar las diferentes agriculturas. No es un ensayo agronómico, ni ganadero, ni pesquero. A nuestros efectos, son considerados como productores de alimentos, independientemente de que lo hagan de manera intensiva o extensiva, ecológica o integrada, de regadío o secano; actividades, en todos los casos, muy dignas que producen los alimentos que precisamos. Huiré de datos, de informes técnicos, de bibliografía, de cuadros, de gráficos, que haberlos, hay los, en abundancia y razón. Pretendo que sea el sentido común el que nos muestre la incongruente paradoja en la que habitamos, la del querer alimentos variados, abundantes, sanos y baratos mientras atacamos con saña a la actividad agraria y a las gentes que la desarrollan.
Se trata de un debate necesario, porque, desgraciadamente, seguimos en la misma dinámica de años, como el lector fácilmente podrá comprobar. Los alimentos, más allá de cuestiones climáticas, suben por los desajustes de la desglobalización y por las restricciones y dificultades de todo tipo que el sector agrario, despreciado, ha experimentado durante estos últimos años. La desglobalización ha añadido incertidumbre e inseguridad a la cadena de suministros, lo que cebará la subida de precios agrarios. Tampoco la distribución es la responsable de la subida. Al contrario, su poder de compra, muy superior al de los productores, deflactó y deflacta los precios agrarios, presionando a la baja lo que percibe el agricultor, hasta, en ocasiones, el mismo punto de ruina. Pues ese es el panorama. Más personas que alimentar, pero menos terreno, menos agua y menos agricultores, encima despreciados y perseguidos, sujetos, además, a todo tipo de limitaciones. ¿Qué podría salir mal?
Pese a todo, con voluntad, hay capacidad agronómica más que suficiente para dar de comer a todo el planeta. Hace falta inteligencia, voluntad, tecnología y, también, discurso para que la sociedad los deje trabajar con rentabilidad. En efecto, son los discursos dominantes en la sociedad los que hacen que las actividades del sector primario resulten juzgadas con mayor severidad que otras con mayor impacto en el medio ambiente. Nos llama poderosamente la atención cómo no se aplican los mismos criterios ni medidas en materia de sostenibilidad, por ejemplo, a las inversiones agrarias que a las denominadas inversiones verdes.
¿Por qué se critican y condenan los costes ambientales de las conducciones de agua para regadíos o trasvases y, sin embargo, se acepta pacíficamente la construcción de complejísimos gaseoductos para hidrógeno que atraviesan toda la península, a pesar de tener un impacto mucho mayor que los primeros y, también, mucho más riesgo y peligrosidad? No nos oponemos al hidrógeno, que nos parece muy bien; lo que denunciamos como injusto es la doble vara de medir.
Más ejemplos. El desarrollo de las energías renovables es necesario y positivo, siempre que se les apliquen los mismos criterios y normas que a la actividad agraria. Pues bien, desgraciadamente, no es así. Hace unos años se levantó una fuerte polémica por los cultivos dedicados a biocombustibles. Se argumentó que, existiendo todavía hambre en el mundo, no debía dedicarse suelo agrícola para producción energética, en cuanto que se reducía la producción de alimentos. Y razón tenían. ¿Por qué, entonces, aceptamos encantados y sin debate alguno el que se dediquen miles de hectáreas de tierras fértiles a la instalación de paneles fotovoltaicos? ¿No desviamos en este caso suelo agrícola para producción energética? ¿Por qué nadie protesta cuando estas centrales foto voltaicas -algunas, de enorme superficie- son tratadas sistemáticamente con herbicidas para que no crezca pasto bajo los paneles? ¿Por qué nadie protesta, entonces? A lo largo de este recorrido descubriremos las razones de la doble vara de medir ya reseñada. La sociedad no toma sus decisiones por cuestiones técnicas, sino que principalmente lo hace por las ideológicas y morales. Si se quieren cambiar las dinámicas, habrá que trabajar, y mucho, en pensamiento, relato y discurso.
Agricultores, ganaderos y pescadores tendrán que, además de llevar sus cultivos, sus granjas y sus faenas pesqueras, construir un discurso que convenza a la sociedad que los olvidó. No será fácil, pero aún estamos a tiempo. Este libro espera, como ya hemos dicho, poder poner su granito de arena en esa gran contienda de las ideas y los imaginarios confrontados. Si existe una estrategia energética, ¿por qué no habría de existir una alimentaria, más necesaria y perentoria aún?
La agricultura ha superado enormes retos técnicos y agronómicos, pero le ha faltado la construcción de discurso y de comunicación. La sociedad actual precisa de ese relato que sitúe a agricultores, ganaderos y pescadores como garantes de la alimentación variada, sana y sostenible que demanda. Pero, para ello, la actividad primaria ha de resultar rentable y valorada. Solo así se atraerá talento joven y se podrán financiar las muchas inversiones aún necesarias para las mejoras a las que el sector se compromete. El sector agrario de hoy es plenamente consciente de que debe incorporar a su quehacer cotidiano los conceptos de nuevas tecnologías, digitalización, inteligencia artificial (IA), salud, calidad, trazabilidad, economía circular, optimización energética, ecología, balance de CO2 y sostenibilidad. De esa necesaria sensibilidad ambiental se ocupan algunos de los artículos que leerá sobre el avance del bosque y de la fauna salvaje. Los agricultores deben ser apreciados como aliados del medio natural, nunca percibidos como sus enemigos.
Los agricultores son -y quieren serlo- socios necesarios para que disfrutemos de un medio ambiente mejor. De hecho, fue el mundo rural, que no el urbano, quien conservó la naturaleza que hasta nosotros ha llegado. Los profesionales del campo viven en nuestra sociedad actual y comparten sus valores. Pero desean que se les respete, que se les valore y que se les deje trabajar con rentabilidad en su función principal, que es la de producir alimentos. Son gentes duras, abnegadas, dispuestas a seguir alimentando a una sociedad que, pese a su ignorante desdén, los precisa hoy más que nunca.
Pero no nos extendamos más. Que sean los artículos los que nos muestren el camino recorrido. Y, como primer paso, retrocedamos hasta agosto de 2009. Un año antes, en 2008, se había sustituido el tradicional nombre del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación por el de Ministerio de Medio Ambiente y Mundo Rural y Marino. Al parecer, a los responsables públicos del momento les avergonzaban las palabras anticuadas de agricultura, pesca y alimentación, al punto de que decidieron sustituirlas por otras más molonas, al gusto de los tiempos. ¿Cómo no escribir, entonces, por vez primera, lo de la venganza del campo por venir?
Exministro y ganadero alerta: "La venganza del campo ya está aquí"
LA GUERRA POR
LA PROTEÍNA ANIMAL
LA CARNE ES SALUD.
¿POR QUÉ QUIEREN QUITÁRNOSLA?
Los precios de la carne, pescado y huevos suben y suben.
Pero precisamos de la proteína animal.
¿Por qué, entonces, despreciamos y perseguimos
a ganaderos y pescadores?
Estamos en guerra. Una guerra declarada contra la proteína animal, alentada por activismos, ideologías y poderes no siempre tan inocentes como pretenden aparentar. Pero también, y sobre todo, una guerra por su abastecimiento global. Las potencias competirán por asegurarse el suministro: ninguna puede permitirse quedarse sin él. Mientras tanto, la demanda mundial de carne, pescado, huevos y leche alcanza máximos históricos, y Europa, paradójicamente, desmantela su cabaña ganadera y limita su producción pesquera.
¿El resultado? Los alimentos se encarecen, y la proteína animal amenaza con convertirse en un lujo reservado a los ricos.
La sociedad urbana ignora al campo y a sus gentes. Solo conoce a los animales a través de sus mascotas, a las que trata como miembros de la familia. Y desde esa desconexión, desprecia y ataca a ganaderos y pescadores, acusándolos de maltratadores, contaminadores y enemigos del planeta. Quiere que desaparezcan, al tiempo que protesta por los elevados precios de la proteína animal en el supermercado.
¿Cómo hemos llegado a esta contradicción suicida? ¿Por qué perseguimos a las granjas —ahora todas bautizadas como «macrogranjas» intencionadamente— mientras idealizamos un pasado bucólico que nunca existió? ¿Por qué culpamos a las vacas del cambio climático cuando, en verdad, apenas si tienen incidencia alguna? ¿Por qué nos quieren hacer comer carne sintética, cultivada en laboratorios con hormonas y productos químicos, mientras se persigue a la carne natural?
Este ensayo, escrito por un veterinario y un ingeniero agrónomo, desmonta las falacias que atacan a la proteína animal. Demuestra que comer carne es necesario para nuestra salud, que el ganado no esquilma el agua, que se exagera su impacto climático, que los animales no son maltratados y que los ganaderos resultan aliados imprescindibles contra los incendios forestales y para mantener la biodiversidad: Ganaderos y pescadores, despreciados y perseguidos, no son el problema. Son la solución. Este libro es su defensa y nuestro manual de supervivencia.
¿Estamos asistiendo al desmantelamiento progresivo del sistema agrícola y ganadero en la Unión Europea? Esta pregunta está en el origen del proyecto.
- Sí, nos hacemos esa pregunta, por qué este ataque directo, indirecto, implícito, explícito, al mundo agrario en general, pero en este libro vamos a abordar el consumo de proteína animal, es decir, la ganadería y la pesca.
¿Por qué desde diversas instancias permanentemente y por motivos diversos se ataca? ¿Por qué en España ampliar una granja, a efectos prácticos, resulta ya imposible? ¿Por qué en Europa se legisla dificultando siempre, siempre la tarea del ganadero? ¿Por qué tiene ese escaso prestigio social? Cuando vemos las razones, que son sociológicas, antropológicas y políticas, evidentemente, hay muchos intereses que mueven todas estas teorías, y al final quien lo paga es el consumidor. Los huevos, la carne, llevan tiempo subiendo, y van a seguir subiendo, si restringimos y dificultamos la oferta. No se entiende bien cómo todavía a día de hoy uno de los objetivos de la Política Agraria Comunitaria (PAC) sea disminuir la cabaña ganadera. No se entiende en un mundo que consume cada vez más proteína animal, y que precisa de más proteína animal, por eso este título.
Introducción
Estamos en guerra. Al menos, en guerra por la proteína animal, como explicaremos. Somos ingeniero agrónomo y veterinario, veterinario e ingeniero agrónomo, y escribimos juntos este libro con dos fines claros: defender, por un lado, la importancia de la proteína animal en nuestra dieta y, por otro, reivindicar con orgullo y agradecimiento a sus productores -ganaderos y pescadores-, tan maltratados en los últimos tiempos.
La proteína animal es salud. Si no la consumimos, enfermamos. Y algunos nos la quieren hurtar con argumentos falaces e intereses ocultos. No debemos permitirlo. Lucharemos para que nunca nos falten la carne, la leche, los huevos y el pescado que precisamos. Desmontaremos los ataques infunda dos que reciben y demostraremos la bondad de su consumo y producción. Con la cabeza bien alta, sin miedo; con convicción, con razón; sin insultos ni aspavientos, con datos y conocimiento de causa.
Vamos también a reivindicar el papel sufrido y heroico de ganaderos y pescadores:
oficios duros, exigentes y, sobre todo, incomprendidos cuando no despreciados, odiados e insultados, sin otra culpa que la de esforzarse por proporcionarnos la proteína indispensable. Y lo haremos desde la serenidad, con argumentos, a veces con ironía y siempre con sentido común. Sentido común que nos impele a defender algo tan simple y obvio como importante: si seguimos denostando y persiguiendo a quienes nos proporcionan la pro teína animal, su oferta disminuirá primero para encarecerse extraordinaria mente después.
¿Realmente es eso lo que deseamos?
Hemos titulado este breve ensayo La guerra por la proteína animal. ¿Por qué? Más allá de su sonoridad y contundencia, lo hemos escogido porque encierra una honda y doble realidad.
La primera: que el consumo mundial de proteína animal aumenta. No debemos, por tanto, confiarnos. Si no garantizamos su producción, la carne, los huevos, la leche y el pescado se en carecerán extraordinariamente -como dijimos- hasta el punto de que las potencias tendrán que competir por asegurarse el suministro.
La segunda: en defensa del sector, porque existe una guerra declarada contra la proteína animal por parte de determinados poderes, activismos e ideologías, no siempre tan inocentes ni bienintencionadas como nos quieren hacer creer.
Y nos mueve una ambición: que este texto, más allá de los interesados en el sector, llegue hasta los consumidores y los creadores de opinión, para que así conozcan el mundo maravilloso de la ganadería y la pesca. Nos va mucho en ello.
Ganado y pesca deben seguir compartiendo nuestro caminar como especie; el esfuerzo bien merece la pena. Nuestra salud, la sostenibilidad, la naturaleza y nuestra propia calidad de vida están en juego. Por el bien de todos, debemos ganar esta guerra insensata declarada contra la proteína animal. Pensemos. Reflexionemos. Actuemos.
Aquí comenzamos. Juntos. Gracias por acompañarnos.
LA GUERRA POR LA PROTEÍNA ANIMAL
Precisamos de proteínas. Y comienzan a escasear, sobre todo las de origen animal, que apenas llegan a cubrir la demanda de una sociedad que las reclama y necesita cada vez más. No en vano estamos, a nivel global, en máximos históricos de su consumo. Repitamos lo obvio: precisamos de proteínas, tanto de origen vegetal como animal. Si no las consumimos, enfermamos. Por eso, las dietas veganas precisan de refuerzos varios, entre ellos hierro y vitaminas. Así lo dictamina nuestra especie, omnívora. Integrar carne y pes cado en el plato, en su justo equilibrio, es fuente cierta de salud, indispensable en momentos de crecimiento o durante el embarazo, por ejemplo.
Sin embargo, desde hace algún tiempo su consumo recibe críticas feroces por causas diversas: desde la supuesta crueldad del sacrificio de seres vivos hasta las repercusiones de la ganadería en el medio ambiente, pasando por la emisión de metano, la huella de C02, el consumo de agua y un largo etcétera. Y no solo es cosa de animalistas ni de militantes vegetarianos, no.
La propia ONU se apuntaba al carro al desaconsejar el consumo de carne. La bondad, la salud, la sostenibilidad, lo moral, han dictado sentencia: ganaderos, pescadores, mataderos, carniceros, pescaderos, restaurantes y consumidores de carne, culpables. Que caiga sobre ellos el oprobio y el descrédito.
Los activistas -animados y financiados por esta sacrosanta cruzada atacan granjas o mataderos, mientras que supuestos investigadores denuncian a unas y otras instalaciones ganaderas por trato vejatorio de los animales; con razón, a veces, pero mediante burda manipulación, casi siempre. Lanzar el mensaje de «pobres animalitos» es rentable, porque la sociedad lo compra con alborozo, ternura y entusiasmo. Así redimimos el sentimiento de culpa carnívora que nos han inculcado, para irnos, después, de barbacoa.
Somos una sociedad urbana, sin otro contacto animal que el que mantenemos con nuestras mascotas, a las que tratamos como a uno más de la familia. Y, claro, nos horroriza pensar en el estrés que sufrirán los pobres animales enjaulados y en la matanza industrial que les aguarda en el matadero. Por eso jaleamos a esos jóvenes idealistas que asaltan y atacan a ganaderos e industriales. Los políticos, haciéndose eco de ese pretendido sentir general, no dudan en prohibir la ampliación e instalación de granjas -ahora rebautizadas intencionadamente como macrogranjas- y en dificultar, complicar y encarecer toda actividad ganadera o pesquera.
La guerra contra la carne, de manera sibilina, comenzó hace ya años. Y muestra su cara más agresiva en Europa, empeñada en disminuir la cabaña ganadera en nuestro continente. Normas y proyectos de directivas absurdas e incumplibles amenazan con dar la puntilla a unos ganaderos desmotivados y humillados.
¿Qué profesional joven desearía incorporarse a un sector tan denostado y estigmatizado? Y éramos pocos y parió la abuela: la última PAC, inspirada en el principio de que el campo de los europeos es para pasear, abomina de las instalaciones agrícolas y ganaderas de cierta dimensión y productividad. O sea, persigue al sector que es capaz de producir alimentos a un precio razonable. Solo tolera, bajo el lema «de la granja a la mesa», a la pequeña explotación, lo que nos parece muy bien, siempre que estemos dispuestos a pagar el alto coste que precisan para subsistir.
Pues dicho y hecho: nos aplicamos contra agricultores y, sobre todo, ganaderos. Y estamos de enhorabuena, porque, lamentablemente, lo estamos consiguiendo. La producción cárnica disminuye con rapidez, para gozo colectivo. Pero ánimo, apliquémonos con mayor ahínco, porque aún nos queda tarea por delante, hasta erradicarla por completo.
Los ganaderos deben desaparecer, con su carga de crueldad, C02, maltrato, olores y contaminación a cuestas. Nos sentimos moralmente satisfechos con nuestra tarea. Somos los buenos, los que luchamos por los derechos de los animales, frente a esos desalmados ganaderos y matarifes que se lucran con el tráfico de los cadáveres de los animalitos asesinados. Debemos agradecer a nuestras autoridades, sobre todo a las europeas, el servicio a la causa del desmantelamiento ganadero. Y no les está resultando nada fácil: los insensatos de los ganaderos se aferran a sus explotaciones, argumentando que fue -y es- su modo de vida durante generaciones. Idiotas. Que se vengan a la ciudad y se hagan camareros o repartidores de Glovo, que los necesitamos.
Gracias también a los heroicos movimientos animalistas y colectivos varios que se esfuerzan por la felicidad animal y la justicia social. Deberíamos hacerles un monumento. Y, de paso, darles más subvenciones, que poco reciben para el bien que hacen. Esto es lo que pensamos, en verdad, en consonancia con lo que hacemos y con lo ecofriendly que somos; que para avances tecnológicos ya tenemos el iPhone 17 Pro Max y el coche eléctrico.
Pero sigamos con nuestra sesión de psicoanálisis colectivo. Porque, mientras comemos unas sabrosas chuletas de cordero, vemos por televisión que nuestros bosques arden como nunca antes lo hicieron. Los locutores, sabios y prudentes, culpan de ello al cambio climático. Tienen razón, asentimos. Pero, entonces, sacan a un paleto que afirma que, como ya no quedan ganaderos ni ganados, el monte se ha convertido en un polvorín. Inaceptable.
¿Cómo dejan que hable ese cateto? Que le quiten el micro, por favor, no vaya a herir la sensibilidad de nuestros hijos, atónitos por lo que acaban de escuchar mientras saborean su nugget de pollo.
De regreso a casa, en la radio del coche escuchamos la crisis de huevos que sufren en EE. UU., donde donde cada huevo cuesta ya más de un dólar. Por lo visto, la gripe aviar ha obligado al sacrificio de muchos animales y no llegan suficientes al mercado. Hacemos cuentas rápido: más de doce euros la docena, qué horror, en comparación con lo baratitos que nos cuestan (o costaban) en el Mercadona. ¡Qué barbaridad, adónde vamos a llegar! Seguro que los ganaderos y distribuidores se estarán forrando. ¿Matarán ellos a las gallinas para que suban los precios? Que de los productores no podemos fiar nos. Y nos indignamos. La cesta de la compra sube y sube.
¿Cómo permite el Gobierno ese abuso? ¡Que intervengan los precios ya! Si ya nos cuesta llegar a fin de mes, el precio prohibitivo de los alimentos nos dará la puntilla.
Después de la siesta, organizamos nuestro próximo fin de semana. Turismo rural: cómo nos gustan el campo y la naturaleza. Por eso estamos contra los regadíos, las presas y los trasvases. Qué barbaridad ecológica. Tras las granjas, son nuestros mayores enemigos. Tenemos que acabar con todos ellos y cubrir sus campos de paneles fotovoltaicos; eso sí que es economía verde y sostenibilidad. Estos agricultores y ganaderos son odiosos: solo hacen fastidiar nuestros paseos bucólicos por el campo, atacar al medio ambiente, maltratar animales y encarecer nuestra comida. ¡Y qué pinta de sucios tienen, y qué mal hablan!
Nosotros, avanzando en la economía digital, mientras que ellos, atrasados, aún parecen divertirse arrojando cabras desde el campanario. A ver si con seguimos que desaparezcan para dar paso a monitores de turismo activo y a nómadas digitales, que son los que darán vida a los pueblos. Seguro. Y, ya que hablamos del asunto, a qué precios se han puesto las frutas y hortalizas. De seguir así, solo los ricos podrán comerlas. Qué tela lo aprovechados que son los agricultores.
El dichoso ganado y los ganaderos han fastidiado nuestro fin de semana rural. De madrugada todavía, los gallos comenzaron a cantar. ¡Es que no res petan ni el descanso de los esforzados trabajadores de la ciudad que, hartos de copas, nos acostamos a las cuatro de la mañana! Una piara de vacas que salía al campo nos hizo parar el coche. ¡Y qué mal huele el estiércol de sus establos! ¿Cómo lo permiten todavía?
Nuestros hijos se emocionaron con las tiernas miradas de los terneritos. Y en ese momento odiamos a los ganaderos. Sabemos que los crían para enviarlos a matar en cuanto engordan un poco. ¿Cómo pueden ser tan crueles e in humanos? Para que los niños no sufran, les contamos un cuento de animales felices, sin pérfidos hombres que los esclavicen. Por fin logramos arrancar. Vimos ovejas, vacas y caballos pastando en prados, algo insostenible y anti ecológico, porque sin ese pastoreo esas tierras calmas se transformarían en bosques, pulmones de la Tierra y refugio de la biodiversidad.
Lo dicho, los ganaderos siempre jodiéndonos, a nosotros y al medio ambiente. Por eso no sentimos ningún remordimiento -al contrario, nos sentimos orgullosos- cuando, con nuestras tenazas, cortamos sus cercas para poder pasear con nuestras bicicletas de montaña. Y animamos a nuestros hijos a cortar más trozos para otorgar libertad a los animalitos encerrados y para fastidiar a los criminales de los propietarios. Ojalá desaparezcan esos ganaderos que tanto fastidian y regresen el bosque y el lobo.
Ya de vuelta a la gran ciudad, leemos en la prensa digital que el Banco Central Europeo ha advertido sobre el incremento de la cesta de la compra de los europeos. La inflación de los alimentos es muy superior a la media, lo que complica nuestra economía doméstica. Tiene razón, bien dicho: comer se está poniendo carísimo. Los agricultores y ganaderos, siempre jodiendo, como dijimos. Al menos, nos reconfortamos, la Comisión Europea vuelve a limitar los productos fito y zoosanitarios y obliga a un control digital absoluto de las explotaciones agrarias. Pues hace muy bien, no nos podemos fiar ni un pelo de ellas. Leña al mono hasta que hable inglés.
Escuchamos a un petardo afirmar en redes sociales que comenzamos a sufrir la venganza del campo. Qué tontería. Y pensar que ese tío ha llegado a ministro; parece que regalan las carteras. No sabe lo que dice. Comida nunca nos faltará. Basta que la traigamos de fuera y ya está. Y no preguntaremos ni cómo la crían ni cómo la cultivan, qué ordinariez. Que entre baratita, que de eso se trata. Que bastante exigimos a los nuestros como para tener que ir con la monserga a los de más allá.
«Papá, mamá -nos preguntan nuestros hijos-, si hay guerra, ¿cómo vendrá esa comida? ¿Y si se la venden a los chinos? ¿Y si hay una sequía grande?». Sonreímos con condescendencia. Qué cosas tienen los niños, como si la comida pudiera un día faltarnos. Qué tontería.
«Anda, callad» -les respondemos-, mientras pensamos en el día que iremos al Carrefour a hacer la compra. Que no se nos olvide la carne ni el pescado, que somos padres responsables y queremos que nuestros hijos crezcan fuertes y sanos.
Al llevarlos al colegio, escuchamos que la gripe aviar ha llegado a España y que se han tenido que sacrificar millones de gallinas ponedoras. Los huevos suben y suben, y nos acordamos de lo que pasó en los Estados Unidos. Pero no, eso no puede pasar aquí. Aquello sería una maldad más de Trump, seguro.
¿Cómo van a escasear los huevos, la carne y el pescado en Europa? Chorradas.
Este relato no es una distopía: es lo que tenemos encima y lo que sufrimos los ganaderos. Y, mientras, sin enterarnos, la guerra por la proteína animal ha comenzado. Dispongámonos a sufrirla y a pagarla. Pero eso sí, sigamos persiguiendo a nuestros ganaderos y pescadores, quintaesencia del maltrato animal, mientras nos preguntamos por qué suben la carne y el pescado, que tanto precisamos. Nos resulta realmente inexplicable. ¿Por qué será que se han puesto por las nubes? Es que no le encontramos explicación alguna...
COMER CARNE NOS HIZO HUMANOS
Comer carne nos hizo humanos, y su ingesta aceleró nuestra evolución desde aquellos remotos y simples primates hasta los seres inteligentes que hoy somos. Que nosotros hayamos escrito estas líneas y que usted las esté le yendo se lo debemos a nuestros ancestros que, hace unos tres millones de años, comenzaron a comer carne. Sin la aparición de la proteína animal en la dieta de nuestros antepasados no existirían la escritura ni los aviones ni los iPhone ni posiblemente el arte. Linneo bautizó a nuestra especie, allá por el siglo XVIII, como Horno sapiens, la especie sabia, que sabe, que conoce. Acertó de lleno. Pues bien, sepamos que ese apellido sapiens se lo debemos a la carne. Si hubiéramos seguido alimentándonos en exclusiva de hojas, cortezas y frutos, aún andaríamos encaramados a los árboles.
Una dieta enriquecida con proteína animal se convirtió en el motor del desarrollo humano e hizo de nosotros lo que somos como especie. La carne y la grasa de los tuétanos son altamente densas. Su consumo permitió acortar nuestro sistema digestivo y dedicar más recursos energéticos al desarrollo de un órgano que consume como ningún otro: nuestro cerebro. Con el encéfalo se desarrolló la inteligencia; dominamos el fuego, lo que contribuyó a un mejor aprovechamiento de la carne, pues asada se digiere mucho mejor. Más proteína digestible para seguir avanzando en el proceso evolutivo.
Descendimos de los árboles, dejamos de alimentarnos a base de hojas y frutos para comenzar a aprovechar la carroña que dejaban los grandes pre dadores. Más tarde pasamos a perseguir manadas de herbívoros con el fin de abatirlos y obtener la carne, base de nuestra dieta. Esas rutas migratorias que antaño recorrían antílopes y bisontes tienen hoy su parangón en la trashumancia. Los animales silvestres buscaban los mejores pastos y los humanos íbamos tras ellos para cazarlos. Hoy seguimos llevando el ganado a los mejores pastizales, según la época del año, y transitamos, en muchos casos, las mismas sendas de caza de nuestros predecesores. Podríamos decir que ahora son los animales los que nos siguen a nosotros. Los grandes ciclos siguen activos actualmente para el observador atento. Solo en las faenas de pesca en mar abierto continuamos siendo cazadores-recolectores.
Pero volvamos a nuestros antepasados. Su gusto por la carne hizo que nuestro cuerpo evolucionara. Necesitábamos menos tiempo para masticar la comida; nuestra boca se hizo menor, lo que cambió la fisonomía de nuestro rostro y facilitó el desarrollo de las estructuras anatómicas que permitirían, más adelante, desarrollar el habla. Aparecieron en nuestra dentición colmillos y muelas distintas a las de los hornos herbívoros. El intestino grueso se acortó, pues ya no teníamos que fermentar fibra, mientras que el intestino delgado ganó longitud. Los hombros se separaron ligeramente del tronco, lo que nos permitió lanzar proyectiles a larga distancia. Nuestro estómago se hizo más ácido -parecido al delos carnívoros- y el pool de fermentos digestivos se adaptó a una dieta omnívora que incluía grandes cantidades de carne.
Conforme nuestro cerebro aumentaba de tamaño, nuestras manos evolucionaron con la aparición de un pulgar oponible -es decir, que su extremo puede desplazarse al otro lado de la mano-, lo que nos confirió una gran destreza en el manejo de herramientas, en fabricar instrumentos y útiles de caza y en manipular utensilios de corte para despiezar los animales abatidos, tal y como atestiguan restos prehistóricos de huesos animales que presen tan marcas de cortes de rudimentarios cuchillos de sílex. Aunque los restos óseos apuntan a los rumiantes como la fuente de carne más frecuente, no faltaban équidos, mamuts, jabalíes e incluso perros y humanos. Tal era el apetito por la proteína de los primeros hombres que no desaprovechaban ni siquiera la carne que pudiera aportar un enemigo capturado en combate, aunque, al parecer, la mayor parte del canibalismo tuvo una componente ritual.
En comparación con otros primates, como los gorilas, tenemos un aparato digestivo mucho menor. Hay una alta correlación entre el tamaño de estos órganos y la calidad de la dieta: cuanta mayor calidad tiene esta y más digeribles son los alimentos, menor la necesidad de un sistema digestivo grande. Los gorilas pasan más de nueve horas al día comiendo y llegan a realizar 60 000 movimientos masticatorios cada jornada. Nosotros comemos menos de dos horas al día, lo que nos concedió un tiempo de calidad para dedicarnos a otras actividades, como la de cooperar como especie y desarrollar nuevas tecnologías. También la de dedicar largos años a criar a nuestros hijos, lo que igualmente los hizo más inteligentes. Y todo ello a pesar de que el tiempo de lactancia fuera menor que el de otros primates, porque nuestros vástagos ya comen carne desde muy pequeños.
Fuimos poderosos predadores; así lo confirman numerosos hallazgos paleontológicos, como la extinción de los grandes herbívoros en la América precolombina, que coincidió con la llegada a aquel territorio de los primeros humanos. Milenios después, con el arribo del Neolítico y la ganadería, pudimos dejar de dedicar largas jornadas a seguir las manadas, pues un cerdo u oveja en el corral nos garantizaban la proteína necesaria. Ese tiempo ocioso pudimos comenzar a dedicarlo al comercio, a escribir, a las artes. También Picasso, Miguel Ángel o Bach son fruto del consumo de carne de nuestros an tepasados, así como de la actividad ganadera de los primeros pastores.
Hoy seguimos siendo grandes consumidores de proteína animal. El con sumo de carne medio por persona y año es de unos 40 kilos a nivel mundial. En España llegamos a los 77 kilos, y los estadounidenses nos superan con 92 kilogramos anuales. También el pescado desempeña su rol en el aporte proteico, con 20 kilogramos de media en el mundo por habitante. Pero resulta llamativo que las tribus de recolectores-cazadores que aún perviven alcanzan consumos de entre 300y 500 kilogramos de carne por persona y año.
Si añadimos a este análisis toda la proteína de origen animal -huevos y pescado incluidos-, en España llegamos a un consumo de 100 kilos por persona y año, cifra que alcanza los 115 en los EE.UU. (a estas cantidades habría que añadir el consumo de lácteos: 100 litros/año en España y 300 litros/año en los EE.UU.). Estos consumos, no obstante, palidecen cuando los comparamos con la ingesta anual de proteína que alcanzan las tribus de recolectores cazadores, que oscila entre los 200 y 600 kilos.
Estos datos muestran lo apreciada que es la proteína animal en aquellas comunidades que aún hoy dependen de la caza para su supervivencia, y ponen en duda -como hacen cada vez más estudios- que la carne sea perniciosa, que debamos reducirla en nuestra dieta o que su consumo esté relacionado con la epidemia de obesidad y diabetes. Atención, porque, precisamente, aquellos países que más sufren esas enfermedades son los que han visto aumentar exponencialmente el consumo de hidratos de carbono, azúcares y algunos aceites vegetales.
Según reporta la ONU, viven en el planeta, hoy en día, casi tres mil millones de personas que, aunque obtienen de tubérculos y cereales la energía que necesitan, no tienen una dieta saludable, pues esta carece de vitaminas y minerales imprescindibles para su metabolismo. Resulta imperioso, pues, que esas dietas se enriquezcan con carne, pescado, huevos y lácteos, pues es en esos alimentos donde se almacena gran parte de estos nutrientes y lo hacen, además, en la forma química adecuada para ser absorbidos y metabolizados de forma óptima. Está demostrado que en las sociedades con mayor consumo de proteína animal la estatura media es superior. Por ello, el planeta necesita más carne y pescado, más proteína animal en general. Y, visto lo visto, no resultará fácil conseguirla.
La carne nos hizo humanos y, a día de hoy, continúa siendo un componente fundamental de nuestra dieta, irremplazable para tener una vida sana y longeva. Pero también es importante desde un punto de vista antropológico, religioso y social. Nuestra cultura y modo de vida serían muy diferentes sin la proteína animal en nuestros platos. Muchos lo sufrieron en primera persona cuando su carencia fue norma general en tiempos no tan pretéritos. Y no quieren volver a padecerla bajo ningún concepto. Por eso lucharán para que nunca les vuelva a faltar.
La proteína animal -carne y pescado- nos hizo humanos. Respetémosla y respetemos a quienes la producen. Desde aquí les hacemos llegar toda nuestra admiración. Ellos y sus antepasados sostuvieron -y sostienen- a la humanidad.







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