EL Rincón de Yanka: A 50 AÑOS DEL CONCILIO - CAMINO ABIERTO PARA EL SIGLO XXI

inicio

CALENDARIO DE ADVIENTO 2017

CALENDARIO DE ADVIENTO 2017








domingo, 15 de julio de 2012

A 50 AÑOS DEL CONCILIO - CAMINO ABIERTO PARA EL SIGLO XXI




Yo soy cristiano comprometido como millones de personas, gracias al VATICANO II.


Al contrario, hay que poner de relieve la bendicion que constituye el Concilio Vaticano II y el valor fundamental de sus documentos --como en este caso la Lumen gentium--, no nos situamos en una perspectiva ingenua. Nada de eso. Precisamente, es un topico comun afirmar que la crisis surgio con el Vaticano II, no a causa de este. Y es verdad. No es el Concilio el que genera la crisis, ella estaba ya latente lista para explotar. Mas bien el Concilio se adelanta con su respuesta de renovacion en continuidad para dar un horizonte y brindar salidas a la crisis.
El problema es previo al Concilio, y lamentablemente avanza a pesar del Concilio, nunca a causa de el, como es obvio. La crisis antecedente se expresa en la reaccion de aquellos que por apegarse a los rasgos accidentales del recorrido historico de la Iglesia se muestran reacios a aceptar el Concilio, y ella va pareja con otra expresion, la de aquellos que carecen igualmente de una optica realista, y se mueven en lo superficial, confundiendo lo accidental con lo fundamental, y quieren arrasar con todo lo que les parece no conforme a sus imagenes subjetivas de la Iglesia, ignorando la realidad onticamente fundante del misterio de la Iglesia. Los cambios y reformas no pueden aplicarse ni a la concepcion esencial, ni a las estructuras fundamentales de la Iglesia catolica, enseñaba en su momento el Papa Pablo VI.



"El Concilio debe ser la brújula para el siglo XXI".
Juan Pablo II



Jesús Espeja es dominico, y acaba de publicar con la editorial San Pablo “A los 50 años del Concilio, Camino abierto para el siglo XXI“. Este año se cumplen 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II, y unos años antes Jesús había comenzado su actividad docente.






-¿Cómo se vivieron esos primeros momentos? ¿Cómo se los contaría usted a las generaciones que no lo vivieron en primera persona?
-Precisamente este libro lo escribí pensando en las generaciones jóvenes. Para mí el Concilio supuso un antes y un después, un cambio. Yo venía del conocimiento de la escolástica, de la filosofía y de la teología ciertamente serio. Pero, cuando llegó el Concilio, hubo un cambio en la Iglesia tan decisivo que me impresionó muchísimo. Cuando yo todavía estaba acabando mis estudios en Roma, había que ir a la Basílica de San Pedro a esperar a que el Papa saliera entre las trompetas de oro. El cambio de liturgia pontificia fue interesantísimo, muy significativo. El Papa ya no era bajado de la silla ni llevado por los patricios de Roma. La Iglesia quería caminar entre la gente. No hay nadie, ningún ser humano, que deba ser llevado a hombros de nadie.


-¿También cambió la misa, que se daba de espaldas al pueblo?
-La gente no puede figurarse lo que supuso ese cambio para nosotros, que llevábamos toda la vida hablando en latín, mirando al retablo y totalmente pasivos. Luego el cambio de la Iglesia fue mucho más radical, sobre todo en dos cosas: ver cómo la Iglesia pasaba de ser una sociedad de desiguales, piramidal; a una comunidad fraterna donde todas y todos, animados por el Espíritu, fueran responsables y corresponsables. Y segundo: la forma de mirar al mundo. Para los que habíamos estudiado en el tiempo de la Contrarreforma, que fueron los cuatro siglos que siguieron a Trento, el mundo era sinónimo de pecado. Demonio, mundo y carne. Cuando la Iglesia, en el Vaticano II, toma conciencia de que la encarnación sigue en el mundo, y en que, en cierto sentido, el Hijo de Dios se encarna en cada ser humano, la historia adquiere una dimensión teologal. Y eso supuso un cambio que no acabamos de digerir.


-Pero esos grandes cambios que estás planteando no terminaron de tener lugar. La igualdad entre todos los miembros de la Iglesia, por ejemplo.
-Es muy difícil. Por una parte, veníamos de una situación de cristiandad donde la Iglesia tenía la hegemonía total, no sólo en el ámbito religioso, sino en lo referido al poder político. Eso llevaba siglos, desde Constantino, la reforma gregoriana… La Iglesia seguía siendo poder.
El cambio, concretamente en España (donde el monopolio de la Iglesia católica era evidente desde el tiempo de Recaredo) fue muy difícil. La dificultad está en pasar de una presencia pública de poder, a una presencia pública simplemente significativa.


-¿Cuáles fueron tus sensaciones en torno al Concilio?
-Fundamentalmente estas tres: el cambio de la Iglesia, que de pronto era pueblo de Dios y pueblo animado por el Espíritu; segundo, un cambio en la forma de mirar al mundo, con el que la Iglesia se hizo consustancial en gozos, esperanzas, alegrías, todo lo humano; y tercero, el hecho de que el Concilio no partió de unas verdades abstractas, sino que más bien empezó a leer en los documentos punteros (por ejemplo, la Gaudium et Spes), sobre libertad religiosa, ecumenismo… y adquirió otra visión, que partía de los signos de los tiempos.


-¿No había una realidad establecida en torno a la cual tuvieran que pilotar los argumentos? ¿Había preguntas e interrogantes?
-Exactamente. Y eso cambió completamente la perspectiva. Cuando dicen que el Concilio fue un concilio pastoral, que es lo que quería Juan XXIII, no quiere decir que no fuera doctrinal. Pero la gran preocupación de la Iglesia no es su seguridad, sino servir al mundo. Por eso lo primero que se hizo fue leer lo que estaba ocurriendo en el mundo para, desde esas características, discernir la presencia del Espíritu, que sería un punto de partida para la conversión de la misma Iglesia. Para entender mejor el Evangelio.


-¿Cómo se leen esos objetivos a 50 años de distancia? ¿Las generaciones posteriores al Concilio son demasiad exigentes con la Iglesia?
-Hay que verlo con serenidad. 50 años, para el cambio que supuso el Concilio, no son gran distancia. Hay que dejar tiempo. El Concilio se celebró en un contexto cultural. A partir del año 68 vino una etapa cultural que llamamos postmodernidad. Eso dejó todo al aire: la Iglesia, la sociedad. Y yo creo que no entró suficientemente en el Concilio la voz de las víctimas. Sencillamente porque los teólogos y obispos que tuvieron una gran incidencia en el Concilio eran europeos, y estaban preocupados por dar una nueva visión de la fe, creíble para una sociedad que se estaba secularizando.


-¿Estaba ya entonces dejando de ser la primacía del cristianismo?
-Claro. Entonces, el diálogo con el mundo en que la Iglesia sea el signo y la profecía de los pobres, se expone a que la Iglesia no aporte absolutamente nada. Además, creo que faltaron los cauces jurídicos para canalizar y concretar las orientaciones del Concilio. Da la impresión de que no cambió gran cosa la estructura eclesial. Y ahí estamos todavía, porque hay dos períodos en el Concilio (uno que fue hasta el año 80, donde hubo muchas experiencias), y otro que sigue hasta ahora.


-¿Tuvo mucho que ver la llegada al pontificado de Juan Pablo II, un papa polaco que tenía una experiencia de lucha con el comunismo?
-Antes de Juan Pablo II ya vino el interrogante en la Iglesia. Pablo VI era un hombre tremendamente humanista, con una finura espiritual fuera de serie. Gracias a él se encaminó el Concilio. Pero, claro, ya era el año 1967, cuando salió el llamado catecismo holandés, que era un enfoque completamente nuevo. Empezaron a abandonar muchos clérigos, y aquel papa, que era muy sensible, empezó a encontrarse notablemente preocupado por el permisivismo moral. En el año 78, poco antes de morir, dijo: “Esperamos un día de sol con el Concilio, pero vemos que hay nubarrones y tempestades”. Es decir, que cuando llegó Juan Pablo II ya se encontró fragmentación en la Iglesia. Gracias a la presencia del cardenal Ratzinger, que en el año 1985 publicó un libro muy importante, “Informe sobre la fe”, se determinó un poco la revisión del Concilio. Se vio que era necesario poner coto para mantener la identidad de la Iglesia, porque si no el mundo se la iba a tragar. Esto ya dio como origen un juicio bastante negativo en el año 1985 del Sínodo de obispos, en el que la perspectiva fue que la andadura se habíamos tenido en esos primeros 20 años había sido negativa para la Iglesia. a partir de ahí, comenzó ya a buscar seguridades.


-¿Y ahí empezó el retroceso?
-No cabe duda de que hubo un frenazo.


-¿Pero frenazo o retroceso? ¿No se están volviendo a prácticas anteriores, reinterpretando hacia atrás algunas visiones?
-Sí. En ese Sínodo del 85 se pidió ya el catecismo de la Iglesia Católica, que lo que quiere es dar seguridades en todos los terrenos. El problema es la continuidad. Benedicto XVI, al poco tiempo de subir a ser sucesor de Pedro, tuvo una reunión con los cardenales, en la navidad del 2005, y puso dos hermenéuticas: primero la discontinuidad, es decir, la interpretación de que el Concilio había roto con todo lo anterior; segundo, la reforma, que es lo mismo que ha repetido hace poco el cardenal Rouco Varela en la última asamblea de la Conferencia Episcopal. Pero lo que hay que distinguir es lo siguiente: que la postura que rompe la continuidad es la que dice que el Concilio abdicó de algo esencial del cristianismo (la tendencia de Lefevre con la fraternidad de San Pío X).


-Es un ejemplo muy gráfico, pero ¿hay más?
-Sí. Hay mucha gente detrás que piensa así. El otro extremo es pensar que el Vaticano II ya no sirve, que en ese momento hizo algo peor habría que hacer más. Entonces, en el año 1970, salió un número de la revista Concilio sobre un congreso que había habido en Bruselas, diciendo que era necesario hacer otro Concilio. Últimamente también están saliendo libros sobre la posibilidad de un nuevo Concilio. Pero el tema de la continuidad es claro: con la misma autoridad que se aprobó Trento o el Vaticano I, se aprobó el II. Consiguientemente, ni el Vaticano II anula los anteriores, ni viceversa.Hay continuidad en la tradición, pero hay que aceptar que no ha habido continuismo.
En 1962 en el Concilio se dijo “ningún judío, ningún pagano, ningún cismático puede salvarse”. Y el Vaticano II decía, sobre la constitución de la Iglesia, que mujeres y hombres que con sincero corazón buscan a Dios y quieren seguir la voz de la conciencia, encuentran a Dios.


-Sin embargo, en la Dominus Iesus, sí se plantea que fuera de la Iglesia Católica no está realmente la salvación.
-El movimiento del ecumenismo es muy abierto, y dice que también en otras iglesias hay elementos de verdad. Lógicamente el problema es ¿y la Iglesia Católica, qué? Ésa es la gran discusión, y la Dominus Iesus lo que hizo fue insistir en que la verdadera Iglesia es la católica. En ese sentido, una vez más, fue un indudable frenazo.
La visión del mundo también cambió completamente tras el Vaticano II. La libertad religiosa en mi tiempo, aquí en España, era impensable. La lglesia Católica era la verdadera, y el error no tiene derecho a existir. Estábamos muy lejos de entender que todo ser humano, por su propia dignidad, tiene derecho a creer en cualquier religión, varias o ninguna. Todo esto son ejemplos de que, mientras hubo continuidad en la tradición, hubo también un desmonte de formas y actitudes que es necesario ir todavía encarnando, poco a poco, en la Iglesia.


-¿Cuál es el camino que propones?
-Primero, escuchar al mundo, porque en la evolución de los tiempos está actuando el Espíritu. Por tanto, antes de hablar, hay que escuchar. Dejarse interpelar por todo lo que está sucediendo en el mundo. Y segundo, que la Iglesia vuelva a Jesucristo.


-Es fácil decirlo, pero parece muy difícil hacerlo.
-Pero es urgentísimo. Hoy en día la mediación de la Iglesia en la sociedad española es percibida por muchísimos españoles como algo contrario al Evangelio. Cuando se habla de Iglesia, se habla de la jerarquía, y a la jerarquía se la identifica con el poder, con el oscurantismo, con el pasado… incluso con la derecha y, si te descuidas, con el capitalismo.


-Cosas que no tienen nada que ver con las Bienaventuranzas.
-Claro, ni con el sermón de la montaña, ni con Jesús de Nazaret. No corresponde. No responde a la identidad de la Iglesia. Éste es el gran problema que tenemos ahora en España.


-¿Tenemos una Iglesia sin identidad?
-El problema de la Iglesia no es sólo ella misma, sino la percepción que de ella se tiene. Estamos dentro de una historia, y la Iglesia tiene que enfrentar el problema de pasar de una presencia pública de poder, como decía antes, a una presencia pública profética. Esto lo vio muy bien el cardenal Tarancón, y la Conferencia Episcopal de aquellos años. Y es que esto supone una conversión de la Iglesia y de los cristianos a la figura de Jesucristo y a su seguimiento. Es curioso que los últimos papas estén insistiendo, tanto en los Sínodos que hablan de América Latina como de Europa, en la importancia de volver a Jesucristo. Yo estoy convencido de que es Jesucristo el que juzga a la Iglesia, y no al revés.


-Pero, si se supone que toda la Iglesia es de Jesucristo, y que nuestra jerarquía está planteando el Evangelio, o la ortodoxia de la fe, ¿a qué Jesucristo volvemos? ¿No son demasiado distintas las visiones?
-Cuando hablamos de Jesús de Nazaret, hablamos de una figura concreta. Dicen que es Dios, sí. Pero a Dios nadie lo ha visto. Lo que sabemos de Jesús de Nazaret es la conducta histórica de este hombre, a quien los cristianos consideramos el Hijo de Dios. Y en esto hay tres decisiones decisivas, también para la Iglesia: primero, que Dios no es un poder que se nos impone, sino alguien que está dentro de nosotros impulsándonos; segundo, que el objetivo de la historia y de nuestro mundo es que los seres humanos se relacionen como hermanos, y consiguientemente nadie se crea más que nadie; y tercero, que es necesario ayudar a los excluidos para que se reintegre la comunidad. Eso es lo que sabemos todos sobre Jesús: protestantes, católicos, exegetas, teólogos… Y precisamente ahí es donde decimos los cristianos que se revela Dios, porque la humanidad y la divinidad son inseparables. Es lo único que conocemos de Dios inequívocamente. Ésta es la clave, al margen de discursos fundamentalistas. La figura de Jesús es absolutamente fundamental hoy en la Iglesia española, lo difícil es cómo proponer a Jesús en una sociedad que se dice post-cristiana, donde la mayoría de los que se dicen agnósticos piensan que el cristianismo no tiene nada que aportar, aunque no lo conocen.




-En cambio, la figura de Jesús la legitima la mayoría de los ciudadanos.
-Sí. Pero lo que tiene que hacer ahora la evangelización es hablar de Jesús de Nazaret, y que la Iglesia se vaya configurando de acuerdo a su conducta. Hay que renunciar a la lógica del poder. La verdad no se impone más que por la fuerza de la misma verdad, que va penetrando poco a poco. Lo que sembremos hoy lo recibirá la humanidad, a la cual pertenecemos.
Cuando Juan Pablo II acababa ya su pontificado, dijo esta frase: “El profundo estupor ante la dignidad del ser humano se llama Evangelio”. Y en otra carta, planteaba los tres interrogantes de cara al tercer milenio: primero, qué diagnóstico estamos haciendo de este mundo. ¿Seguimos todavía con las gafas de sol, viendo nada más que las tempestades, o realmente estamos reconciliados con este mundo? Segundo, qué estamos haciendo para erradicar los males de este mundo. Tanta miseria, tanta pobreza. Y tercero, de qué Dios estamos hablando los cristianos con nuestra conducta religiosa y social. Esto es la clave, y no es cuestión de divisiones de unos o de otros. Pero supone un proceso muy difícil para la Iglesia, que no va a crecer si alguien pretende tener la verdad absoluta, sino sólo si nos convertimos todos a la figura de Jesús.

-¿Quisiera decir algo para terminar?
-Sí. La última parte del libro es muy importante para mí, porque pongo los signos en los que hoy tenemos que centrarnos. El primero es la autonomía de lo secular, y por tanto, una presencia pública distinta de la Iglesia. Segundo, la libertad del ser humano, que no se pude reprimir, y por tanto, un cambio en la moral. Pasar de una moral preceptiva (que se impone), a una moral que haga posible que lo humano se desarrolle. Tercero, qué hacemos con los pobres en esta crisis que estamos sufriendo; y finalmente, de qué Dios estamos hablando. ¿De un Dios intervencionista sólo de cuando en cuando, si le rezamos y hacemos sacrificios? ¿O alguien en el cual existimos, nos movemos y actuamos? Aquí conecto con la gran preocupación de Benedicto XVI, con cuyo fondo coincido: que la realidad tiene un fundamento (que para nosotros los creyentes es Dios), sin el cual la realidad muere. Y que hablamos de Dios no como un Dios hipotético o imaginado, sino como un Dios manifestado en nosotros y en Jesús de Nazaret, que es amor hasta entregarse totalmente en la cruz.


Yo fui profesor de dogma durante muchos años, lo que quiere decir que tenía muchas seguridades. Pero lo que les diría a los jóvenes es que pasen de las seguridades a la confianza. Que no paren de buscar, porque en eso consiste el proceso de maduración: tener confianza en Dios encarnado y en la humanidad que está habitada por Dios, sabiendo que somos algo de ella, y que su proceso merece la pena precisamente porque en él ha habido un hombre llamado Jesús de Nazaret, que para nosotros es el signo, el camino y la realización de la verdadera humanidad. Por eso sé que este libro no es nada definitivo, pero es lo que yo quiero dejaros a los que no conocisteis el Concilio.



Últimas preguntas - El Concilio Vaticano II, 50 años después.  15 jul 2012

Este año se celebra el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, ¿qué significó? ¿Qué actualidad tiene en nuestros días?
Sobre estas y otras cuestiones conversamos con el teólogo Jesús Espeja.