EL Rincón de Yanka: LAS CINCO LLAGAS DE LA IGLESIA

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jueves, 8 de septiembre de 2011

LAS CINCO LLAGAS DE LA IGLESIA






Las cinco llagas de la Iglesia de España hoy es la ideologización, la desunión, la soberbia envidiosa, el racionalismo materialista y el institucionalismo o clerocentrismo.


LAS CINCO LLAGAS DE LA IGLESIA


El profeta humillado
       ANTONIO ROSMINI

Perseguido en vida y después de muerto, olvidado por largos años, el sacerdote italiano Antonio Rosmini fue beatificado el pasado 19 de noviembre en Novara (Italia). Su obra más famosa, "Las cinco llagas de la Iglesia", fue prohibida por el Santo Oficio en 1849 pero tuvo el mérito de anticiparse en un siglo a las ideas del Concilio Vaticano II.

Esta obra ("De las cinco llagas de la Iglesia; tratado dedicado al clero") fue redactada por Rosmini en 1833 cuando él tenía 36 años, pero publicada en Lugano en 1848 en forma anónima y con pocas copias destinadas tan solo a amigos y conocidos. Como él mismo escribe: "esta obra durmió en el cajón del estudio del autor por varios años debido a que los tiempos no eran propicios para su publicación". Pero "el grave estado en el que ese encontraba enferma la Iglesia de Dios" lo llevó a publicarla cuando subió al pontificado el Papa Pío IX (1846) "el cual parece destinado a renovar y a dar a la Iglesia un nuevo impulso para emprender nuevos caminos". Sin embargo, a él se le adelantaron los tipógrafos que contra su voluntad reeditaron la obra el mismo año en Bruselas y otras ciudades. Frente a las grandes polémicas que suscitó el libro, Rosmini se dispuso a hacer una revisión del mismo pero no tuvo tiempo; en agosto de 1849 el Santo Oficio prohibió el libro y exigió que se retirara de todas las librerías. Rosmini apeló al Papa Pío IX declarándose dispuesto a "modificar todo lo que hubiera que modificar, corregir todo lo que hubiera que corregir, retractar todo lo que hubiera que retractar". Siendo hombre de fe, aún creyendo en lo que había escrito, Rosmini sabía que no habría auténtica comunión eclesial sin la obediencia al Papa. Al llegar el decreto de condena, Rosmini contestó: "Con los sentimientos de un hijo obediente a la Iglesia como siempre he sido por la gracia de Dios, declaro mi sumisión a la prohibición de dicha obra, puramente, simplemente". A un amigo en esos días escribió: "Me siento tranquilo porque sólo busco la voluntad de Dios; allí se encuentra nuestro único tesoro y allí debe estar nuestro corazón".

La humillación que sufrió Rosmini en este momento de su vida, fue dolorosa y amarga porque fue el producto de intrigas políticas más que de una búsqueda de la verdad. Rosmini había fundado dos institutos religiosos. Era un maestro de espiritualidad, filósofo y teólogo, reconocido por sus muchos libros, consejero personal de Pío IX que mucho lo apreciaba (en alguna oportunidad quiso hacerlo cardenal y secretario de estado) y lo había nombrado consultor del Santo Oficio, el mismo organismo que condenó dos de sus libros. Todo cambió en 1848 con la revolución romana, la declaración de la República romana, y la huida del Papa a la ciudad de Gaeta cuando el card. Antonelli, secretario de estado y opuesto a las ideas renovadoras de Rosmini, tomó las riendas de la situación. Rosmini volvió al llano y siguió dedicándose más intensamente a sus dos institutos hasta morir santamente en Stresa el 1 de julio de 1855. Dijo de él san Juan Bosco, que era su amigo: "No me acuerdo haber visto un cura rezar la Misa con tanta devoción y fervor como Rosmini. Tenía una fe muy viva, de la que provenía su caridad, su dulzura y su modestia".

Las cinco llagas

Pero ¿cuáles son las cinco llagas que atormentan el cuerpo de la Iglesia? Rosmini escribe: "El meditar sobre los males de la Iglesia no puede ser reprobable cuando quien lo hace es movido por el amor a la misma Iglesia y por la gloria de Dios". Según Rosmini la primera de las cinco llagas que renuevan las de Cristo en la cruz son antes que nada la separación entre el pueblo cristiano y el clero, sobre todo en la liturgia.

La causa de esta primera llaga es la falta de instrucción litúrgica de los fieles y el hecho de que el latín ya no es una lengua viva; por lo tanto el pueblo no entiende y no participa. "La Iglesia siguió hablando al pueblo, conversando con el pueblo sin que él pudiera entender nada como un peregrino en tierra extranjera". Rosmini describe como fue levantado entre el clero y el pueblo "un muro de separación" y como el pueblo "asiste al culto igual que las estatuas y columnas del templo, sordo a las voces de su madre la Iglesia". Critica además una clase sacerdotal demasiado alejada del pueblo. Recuerda como Jesús ordenó bautizar pero no sin haber enseñado antes y niega que el pueblo "no sea apto para entender las sublimes verdades de la fe cristiana". Sugiere que los fieles "participen con libros en los que haya en idioma vulgar lo equivalente de lo que en la Iglesia se reza en latín", porque "los laicos también son miembros del cuerpo de la Iglesia, la que tiene una sola voz cuando ora y que ofrece un solo sacrificio cuando celebra Misa".

La segunda llaga es la insuficiente formación cultural y espiritual del clero. Rosmini recuerda que "la predicación y la liturgia eran en los mejores tiempos de la Iglesia las dos grandes escuelas del pueblo cristiano". También recuerda como "la Biblia era el único gran texto de la instrucción popular y eclesiástica". La causa de la presente situación es la abdicación de los obispos de su oficio de maestros.

La tercera llaga es la desunión de los obispos entre ellos, con el clero y con el Papa. Rosmini hace memoria de cuando los primeros sucesores de los apóstoles, hombres pobres y simples, se trataban fraternalmente. Pero "cuando los obispos se rodearon de un gran poder temporal, surgieron entonces las discordias.

Se involucraron en guerras escandalosas para una Iglesia a la que Cristo había dicho: ‘Los envío como corderos entre lobos...’". El resultado fue un clero "siervo y adulador vil de los príncipes, dejando de ser mediador entre éstos y el pueblo que los rechaza... y llegando a ser esclavos de hombres ricamente vestidos en vez de ser apóstoles de un Cristo desnudo. ¿Dónde encontraremos un clero inmensamente rico que tenga el coraje de hacerse pobre, que pueda entender que ha llegado la hora de que empobrecer a la Iglesia es salvarla?".

La cuarta llaga es la injerencia política  en el nombramiento de los obispos. Rosmini reivindica la libertad del Papa en estos nombramientos, pero pide volver a la práctica antigua, de que "el obispo sea un sacerdote sugerido por todos aquellos a los que él tendrá que dirigir y sea por ellos conocido y querido", lo que significa que todo el clero y el pueblo de una diócesis deberían participar de alguna forma en su nombramiento.

La quinta llaga es la riqueza de la Iglesia o sea los bienes temporales que esclavizan a los eclesiásticos y la falta de transparencia en su administración. Rosmini recuerda que la primera Iglesia era pobre pero libre y los bienes se ponían en común para atender a las necesidades de todos y cada uno. El clero no debía usar los bienes eclesiásticos mas allá de lo necesario y lo superfluo debía ser empleado para ayudar a los indigentes. Con el feudalismo, los bienes de la Iglesia "en vez de llegar a manos de los pobres, se quedaron en sus manos y se empezó a hablar de propiedad absoluta".

Las ideas de Rosmini sacudieron a la Iglesia y 32 años después de su muerte, el 14 de abril de 1887 otra vez el Santo Oficio condenó 40 tesis o proposiciones sacadas de sus escritos. Los esfuerzos de Rosmini para renovar a la Iglesia, para armonizar la fe con la razón y la Iglesia con la modernidad, parecían herejías. Fue Juan Pablo II que con frases memorables subrayó el testimonio de vida de Rosmini: "Nos enseñó cómo se ama a la Iglesia, cómo se trabaja por la Iglesia, cómo se puede y se debe sufrir por la Iglesia".

Rosmini se propuso "conducir a los hombres a la razón y por ella a la religión". Más que condenar, buscó comprender y dialogar. El 1 de agosto de 2001 la Congregación para la Doctrina de la Fe (la misma que antes se llamaba Santo Oficio) declaró que los escritos de Rosmini no contenían ningún error dogmático y que las interpretaciones contrarias a la fe que se habían hecho de sus escritos, no correspondían con la auténtica postura del autor.

Primo Corbelli