EL Rincón de Yanka

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domingo, 3 de diciembre de 2023

LA HISTORIA DE LOS MACABEOS, UN EJEMPLO DE FIDELIDAD Y DE TESTIGOS EN DIOS

La historia de los Macabeos, 
¡un ejemplo de fidelidad!

Cuando la ley de Dios está en juego, todos los sacrificios, toda la dedicación y toda la constancia en la fe valen la pena. Al ser Él Rey y Señor tiene derecho a ser alabado y obedecido, aunque eso nos cueste la sangre del cuerpo y la del espíritu.
La historia de los Macabeos es, sin lugar a duda, una de las más hermosas de la Sagrada Escritura.
El testimonio de un amor adamantino a la ley de Dios, de una fidelidad eximia a su santo Nombre y de una fuerza sobrehumana que se impone sobre la propia flaqueza distinguió el periplo de aquellos varones y damas que lucharon en Judea y los hizo dignos de marcar la Historia con su constancia.
El Altísimo se complace con la fidelidad de los suyos, sobre todo cuando ésta es demostrada hasta el extremo, «porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación» (Eclo 2, 5).
Así trató el Señor a su pueblo durante las persecuciones que por entonces se habían desatado e igualmente así manifestó su poder…

Antíoco Epífanes, un vástago perverso

Nos encontramos en el siglo IV a. C. Alejandro Magno se había convertido en uno de los mayores potentados del orbe, hasta el punto de que ningún ejército conseguía hacerle frente: «Llegó hasta el confín del mundo, saqueó innumerables naciones… la tierra enmudeció ante él» (1 Mac 1, 3).
Sin embargo, tras someter bajo su yugo a algunos de los pueblos más influyentes de aquel tiempo —como el reino de los persas—, sintió que la muerte se avecinaba. Entonces convocó a los altos oficiales y repartió entre ellos su imperio. Todos ciñeron la diadema real y sus hijos los sucedieron por muchos años, haciendo que el mal se multiplicara por toda la tierra (cf. 1 Mac 1, 7-9).
No es de extrañar que de entre esos reyes surgiera «un vástago perverso: Antíoco Epífanes» (1 Mac 1, 10), el cual subió al trono de Sirioa en el año 175 a. C. «También se le conoció por el sobrenombre de epímane, maníaco, a causa de su orgullo, que le impulsaba a igualarse con Zeus».1
Llevado por la ambición, Antíoco planeó conquistar Egipto. Atacó al rey Ptolomeo VI, que huyó en desbandada, y de regreso a Siria marchó rumbo a Jerusalén, donde entró triunfante. Saqueó el Templo, apoderándose de los objetos de valor que lo adornaban, y volvió a su tierra, tras haber matado a los judíos que se le habían opuesto.

Dos años después atacó nuevamente Jerusalén, donde estableció una ciudadela. Decretó por escrito órdenes que los habitantes de Judá tenían que adoptar: «se prohibía ofrecer en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones, y guardar los sábados y las fiestas; se mandaba contaminar el santuario y a los fieles, construyendo aras, templos y capillas idolátricas, sacrificando cerdos y animales inmundos; tenían que dejar sin circuncidar a los niños y profanarse a sí mismos con toda clase de impurezas y abominaciones, de manera que olvidaran la ley y cambiaran todas las costumbres» (1 Mac 1, 45-49). Además, mandó que se irguiera sobre el altar lo que el primer libro de los Macabeos califica de «la abominación de la desolación» (1, 54), a quien, de ahí en adelante, los judíos deberían adorar como dios.

Nadie que viniera a contrariar sus órdenes se libraría del castigo.

Una conquista desde hace tiempo preparada

Gran parte de los judíos no presentaban resistencia, pues hacía mucho que sus almas estaban corroídas por el desamor al Dios de Israel y a su causa. A tal punto que varios de ellos ya se habían mancomunado con los paganos para adoptar sus malas costumbres y prácticas perversas (cf. 1 Mac 1, 12-13).
En efecto, el libro de los Macabeos describe que antes incluso de la invasión de Antíoco los israelitas partidarios del helenismo «construyeron en Jerusalén un gimnasio, disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, se asociaron a los gentiles y se vendieron para hacer el mal» (1 Mac 1, 14-15).
El deseo de una vida más adaptada a los hábitos nuevos de los griegos agitaba, cada día, el corazón de los aggiornati judíos de aquel tiempo. La religión, las costumbres, la moral y las prescripciones de sus antepasados estaban desfasadas y condenadas al olvido más completo…
Para ellos valía más vivir de acuerdo con los dictámenes de la tierra que con las leyes del Cielo.

Desolación entre los pocos fieles

Los pocos que osaron hacerle frente al conquistador fueron cruelmente masacrados por sus soldados. Dicen la Escrituras que «una cólera terrible se abatió sobre Israel» (1 Mac 1, 64): las mujeres que circuncidaban a sus hijos, los que habían realizado el rito y los propios niños eran asesinados por mandato del rey. Igual destino tenían aquellos que conservaran algún libro de la Alianza o persistieran en seguir las prescripciones de la ley divina.
Los que escaparon del furor de los paganos se refugiaron en lugares solitarios y allí mantenían, en la medida de lo posible, la práctica de la verdadera religión. Pero su situación se volvía cada vez más difícil…
Quizá sea por eso que, al inicio, al primero y segundo libro de los Macabeos se les llamara en las traducciones al latín Angustiæ filiorum Dei y Angustiæ templi,2 respectivamente.
Aceptar tal desolación y dejarse masacrar fue, para esos judíos, su muestra de amor a Dios y a su ley. No obstante, ¿sería eso suficiente?

Impulsado por justa cólera

«Por entonces surgió Matatías, hijo de Juan, hijo de Simón sacerdote de la familia de Joarib; aunque oriundo de Jerusalén, se había establecido en Modín» (1 Mac 2, 1) con sus hijos: Juan, apodado el Feliz; Simón, llamado el Fanático; Judas, apellidado Macabeo; Eleazar, denominado Avarán; y Jonatán, conocido como Apfús.
Emisarios de Antíoco llegaron a Modín para obligar a sus habitantes a que sacrificaran al ídolo. Su objetivo principal era conseguir la apostasía de Matatías, pues al ser un hombre influyente y respetado serviría de ejemplo a sus compatriotas de cómo se debía abandonar la ley divina sin escrúpulos ni pesar.
El día señalado para el sacrificio, Matatías compareció en el lugar para ver cómo se desarrollarían los hechos. Al ser intimado por los emisarios a cumplir la orden real, él se negó rotundamente, declarando que no se desviaría de la verdadera religión «ni a derecha ni a izquierda» (1 Mac 2, 22), junto con toda su familia.
No obstante, tan pronto como terminó de pronunciar tales palabras un judío se adelantó a sacrificar al ídolo ante toda la asamblea. «Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y, en un arrebato de ira santa, corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara» (1 Mac 2, 24). También le quitó la vida al oficial del rey encargado de obligarlos a la apostasía y llamó a sí a quienes quisieran resistir, por amor a Dios, hasta el final.

Inicio de la resistencia

Instalada la rebelión de los Macabeos, se fortificaron en refugios alejados de la ciudad. La conducta de Matatías sería muy diferente de la que hasta entonces habían adoptado los israelitas. No venía para perder sino para ganar. En efecto, en la hora de la dificultad es cuando aparecen, con todo el ímpetu del amor, los verdaderos hijos de Dios.
Ahora bien, ocurrió que muchos de los judíos que se habían refugiado en el desierto fueron alcanzados por los sirios y masacrados sin ninguna resistencia, dejándose matar, pues era día de sábado y no querían romper el descanso prescrito por la ley…
Cuando Matatías supo esto decidió no actuar como ellos, incluso aunque fuera sábado; de lo contrario, nadie sobreviviría a los ataques de los paganos. Reunió a un ejército y empezó a recorrer el país exterminando a los judíos prevaricadores, destruyendo los altares de los ídolos y persiguiendo a los enemigos (cf. 1 Mac 2, 44-47).
La actitud de Matatías revela algo de aquella astucia de la serpiente que el divino Maestro les ordenaría tuvieran los hijos de la luz (cf. Mt 10, 16). No se ciñó a la letra de la ley, sino que supo discernir la necesidad de abdicar de una costumbre santa para defender valores aún más altos.
Por otra parte, digna de admiración es también la postura de sus seguidores: atendieron a la voz del hombre de Dios, seguros de que el camino por él señalado conducía a la victoria.

Martillo de Dios contra los paganos

Tras la muerte de Matatías, su hijo Judas Macabeo tomó el mando del ejército. Sus hazañas fueron simplemente innumerables.
Se cuenta que Judas era llamado Macabeo a causa de la forma de su cabeza, que se parecía a un martillo —maqqeneth en hebreo y maqqaba en arameo.3 Fue con ese nombre con el que su familia y la resistencia de los israelitas en Tierra Santa pasaron a la Historia, y ningún otro podría ser más adecuado, pues fueron verdaderos martillos de Dios contra los paganos.
Asumido por Dios en todas sus empresas, Judas Macabeo venció con la fuerza del Altísimo y puso en fuga a sus enemigos. Junto con sus hermanos derrotó a los sucesivos generales enviados por el rey Antíoco, el cual, humillado en su orgullo, murió de disgusto tras conocer que sus tropas habían sido aniquiladas (cf. 1 Mac 6, 8-16).
Después de incontables luchas y dificultades, los Macabeos consiguieron, por fin, romper el dominio de los paganos en su territorio. La religión del verdadero Dios volvió a ser practicada, con mucho más fervor que antes y «la tierra de Judá gozó de sosiego por algún tiempo» (1 Mac 7, 50).

Aparente desmentido y verdadera victoria

Sin embargo, tras la muerte de Judas «volvieron a surgir apóstatas por todo el territorio de Israel y levantaron cabeza todos los malhechores» (1 Mac 9, 23). Los judíos renegados proseguían sus maquinaciones (cf. 1 Mac 9, 58; 10, 61; 11, 25), y la perspectiva de una nueva apostasía del pueblo elegido se vislumbraba con claridad en el horizonte.
Ante esto, se podría pensar que la lucha de los Macabeos fue noble y heroica, pero inútil. No extirparon la verdadera raíz de la iniquidad: los falsos practicantes de la verdadera religión. Sus vidas habrían sido sacrificadas en pro de la realización fugaz de un «sueño de ojos abiertos», condenado a no tener continuidad en el tiempo.
¿Valió la pena tanta fidelidad a una ley que ya estaba olvidada en su nación? ¿Valió la pena tal lealtad a un Dios que, hacía mucho, había sido abandonado por gran parte del pueblo? ¿No habría sido mejor que Matatías y sus descendientes hubieran adoptado una política más conciliadora, cediendo parcialmente a las exigencias del enemigo en lugar de tratarlo con tanta intransigencia?
Dice el poeta Fernando Pessoa que «todo vale la pena, si el alma no es pequeña».4

Cuando Dios y su Ley están en juego, todos los sacrificios, toda la dedicación y toda la constancia se vuelven un deber de justicia. Como supremo Rey y Señor, tiene derecho a ser alabado y obedecido, aunque eso nos cueste la sangre del cuerpo y la del espíritu.
Por haber sido un ejemplo de fidelidad a Dios en medio de lo absurdo y de la desilusión, los Macabeos merecieron brillar en el firmamento de la Iglesia y de la Historia. Proclaman por todos los siglos que sólo en Él se encuentra la verdadera victoria. Por eso hoy son y siempre serán dignos de nuestra admiración.

Notas

1 ARNALDICH, OFM, Luis. Biblia comentada. Libros históricos del Antiguo Testamento. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1963, p. 960.
2 Cf. Ídem, p. 949. Del latín: Las angustias de los hijos de Dios y Las angustias del Templo.
3 Cf. Ídem, ibídem.
4 PESSOA, Fernando. Mensagem. Lisboa: Parceria Antônio Maria Pereira, 1934, p. 64.


(1 de agosto)

Etimológicamente significa “fuerte contra el adversario”. Viene de la lengua hebrea.
Si quieres más información acerca de esta familia, ve a la Biblia y medita los dos libros titulados de igual modo.
En el libro 20 y en el capítulo 7 se habla de cómo prefirieron dar su vida por Dios antes que ofenderle.
Su madre fue un ejemplo fuerte para sus siete hijos. Vio morir a cada uno. Y tuvo palabras consoladoras, en esos momentos de crueldad, animándolos a que murieran por el Dios verdadero.
El rey que reinaba en aquel tiempo era Antíoco. Le tenía manía a los verdaderos judíos.
Ante las amenazas de cómo iba a matarlos y de su forma horrible, la madre le contestó:" El Señor cuida de todos nosotros y está presenciando lo que sucede. Siempre se cumplirá lo que prometió Moisés: Dios se complace de sus amigos".

Fueron siendo asesinados uno tras otro. Ya con el hijo quinto, el joven le dijo al rey: «¿Se imagina que porque tiene un alto puesto de gobierno puede hacer todo lo que se le antoja? Pero no crea que Dios ha abandonado a quienes pertenecemos a la verdadera religión. Ya verá que pasado un poco de tiempo, nuestra santa religión triunfará, mientras que a ustedes les sucederán cosas muy desagradables».
El sexto hermano dijo: "Cuando llegó el pequeño, el rey pensaba que se iba a ablandar. Le hizo muchos regalos para atraerlo".
Entonces intervino su madre y le dijo: "Hijo: ten compasión de mí, por amor a tu madre no vayas a renegar jamás de la santa religión de nuestros antepasados. Recuerda que estás obedeciendo al Dios que creó el cielo y la tierra. No tengas miedo a este verdugo que te quiere quitar la vida del cuerpo, porque si perseveras fiel, nos encontraremos todos juntos con tus hermanos en la vida eterna del cielo".

Tras estas palabras lo mataron, y a continuación a la madre de todos ellos.
¡Felicidades a quienes lleven este nombre!

10. La historia que se repite: Los Macabeos | La Iglesia Que Ilumina 🕊

Los jóvenes macabeos - Hna. Clare Crockett.

El 14 de noviembre, cumpleaños de la Hna. Clare Crockett, presentaremos el vídeo íntegro de ella tocando la canción de “Los jóvenes macabeos”. La letra es un poema escrito por la Hna. Estela Morales, como en el caso de “Prefiero el Paraíso”. La música la compuso la misma Hna. Clare. Esta canción exhorta a los jóvenes a no dejarse seducir por las mentiras que el mundo les ofrece y a ser valientes para defender la verdad, incluso hasta la muerte, como los siete hermanos del libro de los Macabeos. La canción termina hablando de la Virgen, capitana de nuestro ejército, que conduce a la juventud a la victoria del amor. El vídeo es de aquella famosa noche del mes de diciembre de 2015, en que la Hna. Clare no se encontraba bien físicamente. Ni siquiera tenía la letra de la canción, ni los acordes, ni voz…, pero se entregó generosamente a cantar con todas sus fuerzas sin poner excusas. Mientras la Hna. Clare canta la última línea: “¡María, por ti y siempre contigo!”, interrumpió la canción un momento y dijo: «Esto es lo que tenemos que cantar cuando nos estén matando». El martirio estaba muy presente en su mente. Veía a la Virgen como a aquella que le daría la fuerza a ella y a las hermanas, “ahora y en la hora de nuestra muerte”, como rezamos en cada avemaría.

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sábado, 2 de diciembre de 2023

VILLANCICO "NACE UNA ILUSIÓN" 🎄✨🎶


NACE   UNA   ILUSIÓN
Oscar Javier Coral Delgado

Entre luces y pajas en Belén
Nace cada año una ilusión, nace Dios
Aunque florezca, el lanza amor, mi creador
Voy a llevarle flores, con amor
Voy a entregarle el corazón, mi ilusión
Llega diciembre alegre estoy, nace Dios
Entre pajas y flores José y Maria miran al niño
Lo acompañan la mula, el buey los reyes todos junticos
Para entregarle el corazón, su ilusión
Llega diciembre alegre estoy, nace Dios
Voy a llevarle flores, con amor
Voy a entregarle el corazón, mi ilusión
Llega diciembre alegre estoy, nace Dios
Entre pajas y flores Jose y Maria miran al niño
Lo acompañan la mula, el buey los reyes todos junticos
Para entregarle el corazón, su ilusión
Llega diciembre alegre estoy, nace Dios
Llega diciembre alegre estoy, nace Dios

LOS QUERUBINES DEL SOL - NACE UNA ILUSIÓN VILLANCICO


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viernes, 1 de diciembre de 2023

LIBRO "PLAZA DEL CASTILLO" DE RAFAEL GARCÍA SERRANO, ENTRE LAS CIEN MEJORES NOVELAS EN ESPAÑOL DEL SIGLO XX


PLAZA DEL CASTILLO 
DE RAFAEL GARCÍA SERRANO

Plaza del Castillo es una novela de Rafael García Serrano publicada en 1951. Pertenece a la lista (Nº 30) de las 100 mejores novelas en español del siglo XX.

La obra que tienes en tus manos, Plaza del Castillo, forma parte de la trilogía de la Guerra Civil junto a "La Fiel infantería" y "La ventana daba al río". 
Plaza del Castillo es la novela de las vísperas. La Guerra Civil está a punto de estallar, pero aún no lo ha hecho. Es como si los españoles todos hubieran alcanzado el acuerdo tácito de correr los encierros antes de lanzarse a los campos de batalla. Pamplona, su emblemática Plaza del Castillo y los Sanfermines de 1936 conforman el escenario desde el que Rafael García Serrano, crea y recrea con una prosa que se paladea con los cinco sentidos, el ambiente, las pasiones y las razones, el amor y el odio, el dolor y la alegría de aquella España y de aquellos españoles que poco después de entonar el «Pobre de mí», que clausura los Sanfermines, se echaron al monte el 18 de julio de 1936 cantando la Internacional y el Cara al Sol.
Las mismas manos que compartieron la bota y el vino, las mismas manos que agitaron un ejemplar del Diario de Navarra para salvar la vida de un compatriota con un quite en el encierro, esas mismas manos, cuatro días después de que finalizaran los Sanfermines de 1936, empuñaron las armas para combatir entre hermanos en todos los campos de España.

El periodista y escritor Rafael García Serrano publicó en 1951 quizá su obra más conocida, "Plaza del Castillo", que recientemente ha reeditado la editorial Homo Legens, en un trabajo encomiable para dar a conocer obras fundamentales y clásicas de nuestra literatura y también de la literatura universal. La editorial ha optado por salirse de los caminos trillados de la actualidad y dar a conocer un compendio muy sugerente de las obras de todos los tiempos.
Rafael García Serrano es un autor que merece ser leído y recordado, porque su literatura y su forma de escribir es imperecedera y aún más, diría que actual. Este escritor falangista fue una espina clavada en el régimen franquista, pese a ello la obra ganó el año de su publicación el Premio Nacional de Literatura de Francisco Franco, obviando los problemas que tenía continuamente con la censura y que algunas de sus obras no conseguirían sortearlas hasta después de la muerte del dictador.

García Serrano no colaboró directamente con José Antonio Primo de Rivera, ya que el autor vivió en Pamplona hasta que se desplazó a Madrid para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad Central y además era muy joven en aquellos años del miedo y la persecución. Serrano es uno de los escritores más representativos de la literatura falangista y "uno de los únicos que no dejó nunca de tomar como referencia los valores puros del pensamiento nacionalista, tal como se concebían durante la Guerra Civil Española", señala el profesor de la Universidad de Caen en Francia, Luis Negró Acedo en su libro Discurso literario y discurso político del franquismo.
En dicho texto, ese profesor hace un estudio crítico y mal fundamentado de una serie de escritores que, aunque ideológicamente puedan ser criticados, no así en su estructura formal y literaria, que es impecable en la mayoría de ellos. Negró critica los libros de Serrano, Eugenio o la proclamación de la Primavera, su primera obra, y La fiel Infantería, pero no se atreve con Plaza del Castillo, quizá porque no la encuentra defectos estilísticos. De ambas obras dice que su estructura es simplista y sin ninguna línea argumental. Los mismos defectos que me atrevo a señalar de su libro y de su pensamiento.

Evidentemente no se atreve con Plaza del Castillo porque es una obra innovadora. En primer lugar, es una obra coral; años después Camilo José Cela nos dejaría una novela de estructura parecida con La Colmena, novela coral donde numerosos personajes aparecen en la trama para dar una visión amplia y objetiva de una realidad que no se puede obviar. En el caso de Serrano, la novela discurre en catorce días, desde el 5 de julio de 1936 al 19 del mismo mes. El autor aprovecha esos días para retratar, con la precisión de un fotógrafo, un compendio de personajes dispares que nos da un fresco fiel y real de la España de aquel doloroso año.
Pero, sobre todo, la imagen de una ciudad que se prepara para unas fiestas, las de San Fermín, que lo son todo para esos pamplonicas que viven su fiesta, la más original, probablemente, del mundo, que escritores extranjeros han esbozado en sus obras pero siempre desde fuera, desde un objetivo que observa, pero no participa. García Serrano, participa, corre los encierros y siente el aliento de los toros en su cogote, al igual que siente el aliento de sus compatriotas de uno y otro bando porque, aunque sean amigos o enemigos, todos eran españoles.

Esto lo reflejan muy bien los autores de sendos prólogos en sus escritos, José María Domench García y su hijo, Eduardo García Serrano. Ambos señalan un pasaje épico de la novela donde uno de los protagonistas le dice a otro refiriéndose a un republicano: "De ese me encargaré yo". Y la respuesta es rápida y concisa: "Tú no. Tú le odias. No podemos odiar a nuestros enemigos. Mañana hemos de vivir con ellos". Este es, ni más ni menos, el pensamiento del autor que, escrito en 1951, demuestra una valentía rayana con el heroísmo. No había muchas personas que se atreviesen a escribir algo parecido. Por eso García Serrano fue una persona de principios que escribió lo que quiso y como quiso, anteponiendo sus ideas a todo lo demás.
En segundo lugar es una obra original, ya que pese a ser coral, el verdadero protagonista es la Plaza del Castillo de la ciudad, el centro neurálgico donde se concita la vida pública, donde viven unos Sanfermines que darían paso en breves días a la guerra civil. En Pamplona, los rebeldes se sublevaron casi de forma pacífica, los republicanos huyeron rumbo a Francia o a San Sebastián el mismo día que se produjo la sublevación. En los días en que transcurre la novela vemos cómo se van preparando los nacionalistas para la guerra. Una guerra anunciada que no supieron ver y que alimentaron de forma cruel los responsables de las quemas de iglesias.

Y todo esto a un son costumbrista, con música de pasodoble y marcha militar, lo que nos da un fresco de una sociedad peculiar y que sabía que el derrotero que había tomado el gobierno no era el correcto. Vemos cómo las tropas rebeldes se levantan y se preparan para una conquista que iba a durar mucho más de lo que creían y van a la guerra como si fuesen a una romería, como si fuese algo que se podría solucionar en cuestión de días.
Ese era el sentimiento, y eso es lo que refleja el autor, el sentimiento de los protagonistas que describe con trazos atinados aunque escasos y lo hace así porque el verdadero protagonismo lo tiene la plaza. A ésta si la describe con detalle, con minuciosidad, con parsimonia, recreándose en los más mínimos detalles y en la personas que viven alrededor de ella, del periodista amateur que va a su aire, de la pensión donde las empañadillas son el arte culinario más excelso del mundo, donde las piculinas conviven con unos clientes borrachos y antojadizos, donde los jóvenes viven los encierros y las relaciones amorosas con devoción, ya que la pasión en aquellos años era prácticamente imposible reflejarla.

Y así, una multitud de personajes, militares de ambos bandos, vicetiples de revistas, tertulianos de café y demás fauna hispánica, que nos dejan un retrato de una sociedad que días después iban a vivir la amargura de una guerra fraticida, de una guerra entre amigos, que terminaron odiándose y que hicieron todo lo contrario de lo que al visionario autor le hubiese gustado. 

Estamos pues ante una novela de lectura obligada para comprender una parte dolorosa de nuestra historia, pero eso sí, escrita de una forma amena, con gracejo castizo y lo más objetiva que una censura miope permitía.

Leer por leer | Rafael García Serrano

Plaza Del Castillo by Tomas