EL Rincón de Yanka: NUEVA-EVANGELIZACIÓN

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domingo, 23 de noviembre de 2025

LIBRO "HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA" ⛪ VOLUMEN I. EDAD ANTIGUA por P. GABRIEL CALVO ZARRAUTE


HISTORIA 
DE LA IGLESIA 
CATÓLICA

VOLUMEN I. EDAD ANTIGUA

Historia de la Iglesia Católica (Antigüedad) es un manual claro y fiel que recorre, en clave apologética, desde el mundo romano y judío en la “plenitud de los tiempos” hasta el apogeo visigótico. Con prólogo de Mons. Athanasius Schneider, presenta clases con esquemas, exámenes y bibliografías para estudiar, enseñar y evangelizar.
Encontrarás la fundación divina de la Iglesia, el primado de San Pedro, Pentecostés y la misión de San Pablo; el crecimiento entre persecuciones (de Nerón a Diocleciano) y la paz de Constantino; las grandes herejías y concilios (Nicea, Constantinopla, Éfeso, Calcedonia) con figuras como San Atanasio, San Agustín, San León y San Gregorio Magno. Atiende con especial cuidado a Hispania (Concilios de Toledo), al monacato (San Benito), a la liturgia antigua y al arte cristiano. Incluye síntesis histórica y teológica y un anexo canónico.
Para laicos, catequistas, docentes y clero: una guía práctica para formarte y formar, defendiendo la fe con rigor, claridad y esperanza.
En un tiempo dominado por la inmediatez y los “resúmenes de 60 segundos”, este libro llega como un antídoto: una guía sólida, clara y profundamente católica para comprender cómo nació, creció y se defendió la Iglesia desde los orígenes hasta las primeras invasiones musulmanas. Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua (Vol. I) no es solo un manual: es una herramienta formativa y apologética pensada para lectores que quieren anclar su fe en hechos, fuentes y doctrina segura.

1) Un libro necesario hoy

Muchos católicos intuyen que la crisis cultural y eclesial no se supera con opiniones, sino con formación seria. Este volumen ofrece precisamente eso: una lectura ordenada de los primeros siglos, sin ideologías, sin atajos, y con el respaldo de un autor cualificado. Conocer la historia real (santos, mártires, concilios, herejías y reformas) robustece la inteligencia y el corazón, y vacuna contra errores que reaparecen con nuevos nombres.

2) Qué hace distinto a este volumen

a) Rigor histórico con criterio católico

El P. Gabriel Calvo Zarraute integra contexto político y social (Roma, judaísmo del Segundo Templo) con la vida interna de la Iglesia (jerarquía, liturgia y sacramentos), ofreciendo un cuadro completo. No se limita a cronologías: explica por qué ocurrieron las cosas y qué significan para la fe.

b) Enfoque apologético (sin perder método)

Cuando aborda controversias —donatismo, arrianismo, pelagianismo, nestorianismo, monofisismo, etc.— no se queda en la erudición: muestra el núcleo doctrinal en juego y la respuesta católica. El lector comprende cómo y por qué la Iglesia definió la verdad frente al error. Esto es oro para catequistas, docentes y evangelizadores.

c) Claridad pedagógica

El libro está estructurado con temas y subtemas que facilitan el estudio gradual: empieza por el mundo romano y judío, continúa con los apóstoles (Pedro, Pablo, Juan), avanza por persecuciones, concilios y Padres de la Iglesia, y culmina en la transición tardoantigua. La progresión es natural: del contexto al dogma, de los hechos a su sentido.

d) Hispania en el mapa de la Iglesia

No es frecuente encontrar manuales que integren con solvencia la Iglesia visigoda, los concilios de Toledo, el rito hispánico y figuras como San Isidoro de Sevilla. Este volumen lo hace, y eso enriquece muchísimo al lector hispanohablante.

e) Autor cualificado y prólogo de peso

El P. Gabriel Calvo Zarraute es sacerdote de la Archidiócesis de Toledo, con sólida formación en Teología Fundamental, Historia de la Iglesia y Derecho Canónico, y trayectoria docente e investigadora. Además, el libro cuenta con prólogo de S.E.R. Mons. Athanasius Schneider, que subraya el valor espiritual de estudiar la historia real —la de santos y pecadores— como camino para amar más a la Iglesia.

3) Qué aprenderás al terminarlo 

A leer la historia de salvación encarnada en hechos: persecuciones, conversiones, concilios y misiones.
A distinguir desarrollo doctrinal de deformación ideológica.
A reconocer patrones: cómo vuelven antiguos errores con nombres nuevos.
A situar la liturgia, los sacramentos y la jerarquía en su historia concreta (y por qué importa hoy).
A integrar la historia de Hispania en el conjunto de la Cristiandad.

4) Para quién es ideal

Fieles que desean formarse de verdad sin mezclar fe con moda ideológica.
Catequistas, profesores y responsables de formación que necesitan material fiable.
Sacerdotes y religiosos que buscan una síntesis didáctica para cursos, grupos o catecumenados.
Estudiantes y autodidactas que quieren un itinerario completo y bien organizado.

5) Cómo sacarle aún más provecho

El libro es autónomo y se disfruta por sí mismo. Pero si deseas un itinerario totalmente guiado, en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano ofrecemos el Curso de Historia de la Iglesia (Edad Antigua) con el propio autor. Cada lección incluye apuntes, esquemas y test, ideales para afianzar lo leído.


6) Conclusión: una lectura que forma criterios

No necesitas otro libro de “datos sueltos”, sino una visión unificada, fiel al Magisterio perenne y útil para enseñar. Este volumen te la ofrece. Al cerrar sus páginas, tendrás más que fechas: tendrás criterios para discernir, amar y defender la fe en medio del mundo.

PRÓLOGO

SER Athanasius Schneider

La historia de la Iglesia en perspectiva apologé­tica para la evangelización

El cristianismo es religión histórica porque Dios ha entrado en la Historia de los hombres en la Encamación del Verbo y por esta razón Nuestro Señor Jesucristo es el Señor de la Historia, ya que la conduce hacia su culminación en la Parusía. Por consiguiente, co­nocer la Historia dela Iglesia equivale a conocer la historia de santi­dad del Cuerpo Místico de Cristo, los concilios donde se definieron los dogmas contra las herejías, el contexto en el que discurrió la vida de los santos, la historia del martirio de miles de fieles que sufrieron y derramaron su sangre por conservar la fe verdadera. Conocer la santidad y el heroísmo de tantos miembros de la Iglesia, constituye el faro que en nuestro tiempo alumbra el camino para salir del materialismo en que se halla sumergida la sociedad. 
La Historia de la Iglesia es la historia de la gracia de Dios que se sirve de pobres criaturas pecadoras, para seguir transmitiendo la verdad eterna y la gracia santificante en medio de los convulsos y cambian­ tes tiempos. De este modo se comprende que leer la Historia de la Iglesia es una verdadera lectura espiritual que alimenta y fortalece, no sólo el corazón, sino también la mente del católico.

En nuestros días muchas parroquias y comunidades ofertan «cursos de Biblia» donde se ponen en común las más variadas y peregrinas opiniones de cada uno acerca de la Palabra de Dios, pe­ ro raramente se ofrece cursos de la Historia de la Iglesia. Aquí se halla una clara huella de la protestantización del cuerpo eclesial. Un rasgo característico del protestantismo es la preferencia por el conocimiento bíblico, interpretado arbitrariamente por cada per­sona, en detrimento del conocimiento histórico. El motivo es que, según el prejuicio de Martín Lutero, la fe cristiana no se arraiga en la historia. Por lo tanto, lo determinante es lo que Cristo signifique para mí, eso implica el peligro de que la fe carecería de fundamento histórico, real, objetivo. De ahí que san John Henry Newman afir­mara: «Profundizar en la historia es dejar de ser protestante». 
A este respeto, también subyace el presupuesto ideológico de la Moderni­dad de que Dios no puede intervenir en el mundo, por consiguiente, no cabría hablar de milagros y mucho menos de la Encarnación del Hijo de Dios.

La fe es un don de Dios y no puede brotar de un mero estudio historiográfico, ahora bien, también la fe nunca puede oponerse a la Historia, del mismo modo que no se opone a la recta razón, por más que la supere. De modo que celebro y bendigo esta iniciativa de la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano, a fin de formar a los católicos en la Historia de la Iglesia, particularmente al P. Gabriel Calvo Zarraute, quien ha puesto en ejercicio todo su saber filosófico, teológico, jurídico e histórico al escribir esta magnífica obra tan didáctica.

Un estudio honesto de la Historia de la Iglesia también revela la plena realidad humana de la Iglesia, los pecados de sus miembros e incluso de sus máximos representantes. No podemos ocultar estos hechos. Esto prueba la verdad de que la Iglesia, hasta el fin de los tiempos, es un corpus mixtum, es decir, un cuerpo en el que san­ tos y los pecadores conviven al mismo tiempo. La gran separación del bien y del mal en la Iglesia solo llegará al final de los tiempos. Nuestro Señor Jesucristo también lo señaló en el Evangelio, en la parábola del campo en el que el trigo y la cizaña crecen juntos (cf. Mt 13, 24-52). 
La Iglesia, dijo papa León XIII, no tenía nada que temer de la verdadera historia. «La primera ley de la historia», escribió León XIII, «es no atreverse a mentir; la segunda, no temer decir la verdad».

Es precisamente la sobria realidad de la Iglesia, con las persecu­ciones, herejías, apostasías y los graves pecados de muchos de sus miembros, pero también y sobre todo el ejemplo de innumerables santos y cristianos heroicos, lo que demuestra su indestructibili­dad. Esto nos infunde serenidad y confianza sobrenaturales. Que las palabras de san Agustín nos fortalezcan:

«En este siglo perverso, en estos días calamitosos, en que la Iglesia conquista su exaltación futura por medio de la humildad presente, y es adoctrinada con el aguijón del temor, el tormento del dolor, las molestias de los trabajos y los peligros de las tentaciones, teniendo en la esperanza su único consuelo, si acierta a dar con el consuelo auténtico, se encuentran muchos réprobos mezclados con los bue­ nos. Los unos y los otros se ven reunidos como en la red evangélica; y en este mundo, como en el mar, nadan encerrados sin discrimi­nación en las redes hasta llegar a la orilla, donde los malos serán separados de los buenos, y en los buenos como en su templo sea Dios todo para todos. Entonces conocemos que se cumple la palabra del salmo que dice: «Intento decirlas y contarlas, pero superan todo número» (Sal 40, 6). Esto se cumple ahora, desde que comenzó por la boca de su precursor, Juan, y continuó anunciando por su propia boca: «Haced penitencia porque está cerca el reino de los cielos» (Mt 4, 17)».

«Escogió sus discípulos y los llamó apóstoles: de humilde naci­miento, desconocidos, sin letras, a fin de que, cuando llegaran a ser grandes o hicieran algo grande, lo fuera y lo hiciera Él en ellos. Tuvo uno entre ellos, de quien siendo malo se sirvió para el bien, a fin de poder cumplir el propósito de su pasión y proporcionar a su Iglesia un ejemplo de cómo había de tolerar a los malos. Después de sembrar, en cuanto era preciso con su presencia corporal, la semilla del santo Evangelio, padeció, murió y resucitó, demostrando con su Pasión lo que debemos soportar por la verdad, y con su resurrec­ción lo que hemos de esperar en la eternidad, aparte del profundo misterio de su sangre, que fue derramada para remisión de los pe­ cados. Pasó con sus discípulos cuarenta días en la tierra, y ante su vista subió al cielo, enviando a los diez días el Espíritu Santo que había prometido. Su venida sobre los que habían creído en Él tuvo un signo extraordinario y muy necesario entonces: que cada uno de ellos hablara en las lenguas de todos los gentiles; significando de esta manera la unidad de la Iglesia Católica, que había de exten­derse por todas las gentes y hablar en todas las lenguas» (La Ciudad de Dios, XVIII, 49).

+ Athanasius Schneider. Obispo auxiliar 
de la Archidiócesis de Santa María en Astaná

Historia de la Iglesia católica. FORJA 312

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Verdades y Mitos de La Iglesia Católica_ La Historia Contra -- Gabriel Calvo Zarraute -- 1, 2019 -- Editori... by andreegc3



viernes, 6 de septiembre de 2024

📝 CARTA ABIERTA A LOS LAICOS COMPROMETIDOS por P. FLAVIANO AMATULLI VALENTE, fmap



Mis queridos (as) hermanos (as) en Cristo:

Antes que nada, permítanme felicitarles por su actitud de compromiso con la misión de la Iglesia. En un mundo, dominado por el egoísmo y el interés personal o de grupo, ustedes representan un testimonio de libertad y valentía, al ver más allá de los estrechos horizontes de la cotidianidad y comprometerse con las grandes causas del Evangelio.

Vino nuevo en odres nuevos

Como católicos metidos totalmente en los asuntos del mundo y al mismo tiempo en la vida de la Iglesia, se habrán dado cuenta de un cierto desequilibrio, que existe en nuestros ambientes con relación al mundo en que vivimos. Mientras en la sociedad se han dado grandes cambios con relación al pasado, en la Iglesia persisten aún instituciones, estructuras y estilos de vida propios de otros tiempos. El mismo lenguaje filosófico- teológico, que se maneja a nivel oficial, hace siempre más difícil la transmisión del mensaje y la comunicación entre los pastores y los feligreses.
Pues bien, en esta situación, ustedes, bien empapados de los valores evangélicos, sensibles a las exigencias de la sociedad contemporánea y manejando oportunamente el lenguaje actual, tendrán la tarea de hacer más accesible el Evangelio al hombre de hoy. Al mismo tiempo, al interior de la Iglesia, mediante su testimonio de sinceridad y espontaneidad, irán creando un nuevo tipo de relaciones entre todos, más respetuoso de la dignidad humana y más acorde al Evangelio.

Carismas diferentes

Como católicos comprometidos, dedíquense por tanto a lo propio y dejen a los demás lo que les corresponde. ¿Qué dijo Jesús? ‘Deja que los muertos sepulten a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios’ (Lc 9, 60). Si Dios los llamó para anunciar el Reino de Dios, ¿por qué van a dedicar su tiempo a otras cosas?
Que los demás se dediquen a las rifas y a la venta de los tamales. Es su manera propia de colaborar en los asuntos de la Iglesia. Pero, si cada uno de ustedes recibió algún carisma, don o capacidad especial para el bien de toda la Iglesia, dedique su tiempo precioso a vivir y actuar según este carisma y no lo desperdicie en asuntos de poca importancia, al margen del don recibido.

Colaboradores, no siervos ni esclavos de nadie

Posiblemente su manera de actuar va a molestar a los que están acostumbrados a tratar a los laicos como si fueran niños. Pues bien, dependerá de ustedes, de su capacidad de enfrentar estas situaciones, si se volverán en agentes de cambio dentro de la Iglesia o contribuirán a reforzar, mediante una actitud sumisa y acrítica, modelos infantiles de relaciones, totalmente al margen de la enseñanza de Cristo y el sentir propio de nuestros tiempos.
Haciendo esto, más que contribuir al progreso de la Iglesia, la van a perjudicar más, perpetuando vicios del pasado y aislándola más del mundo en que vivimos, más sensibles a los valores de la libertad y dignidad.

Obediencia y autonomía

Alguien, al enterarse de esto, podrá escandalizarse, pensando que se está faltando al respeto y la obediencia, que se debe a los pastores de la Iglesia. Será su manera propia de ver las cosas, rezago de épocas feudales. En realidad, el respeto no está reñido con la dignidad de la persona y la obediencia no consiste en decir siempre sí, sin tener en cuenta de qué se trata.
Ahora bien, ustedes, con su manera de actuar, tienen que ayudar a los pastores de la Iglesia a madurar en la manera de ejercer la autoridad, dejando a un lado el estilo autoritario que los caracterizó en el pasado. Todo esto, cuando se trata de asuntos eclesiales.

Cuando, al contrario, se trata de asuntos directamente profanos, tienen que exigir su completa autonomía. En este caso, son ustedes, que, bien empapados del sentir que emana del Evangelio, van a tomar las decisiones pertinentes, sin dejarse manipular por nadie, sea quien sea, no importando el cargo que ostente dentro de la jerarquía eclesiástica.
No se olviden de la advertencia de Jesús: “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17) o del refrán popular: “Zapatero a tus zapatos”. Solamente así podrán representar una voz genuina al interior de la Iglesia, con una sensibilidad y con una visión original de los problemas.
De otra manera, correrán el peligro de volverse en puros repetidores de conceptos, sin el calor y la fuerza de la experiencia y sin incidencia en la realidad.

Influjo en la sociedad

Un amplio panorama se presenta ante sus ojos para que puedan actuar en la sociedad como verdaderos discípulos de Cristo, comprometidos con el bien común. Las posibilidades son enormes: la política, la comunicación, la educación, la seguridad, la impartición de la justicia, el arte, el campo, la fábrica, el taller, el servicio social a solas o en forma asociativa (las ONG’s), etc.
Que en todo esto tengan el valor de decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no (Mt 5, 37), actuando siempre con independencia de criterio y dejándose guiar solamente por la luz del Evangelio y su conciencia, realmente preocupados por el bien común y el pleno respeto al derecho de cada quien.

Que como laicos comprometidos empiecen a incursionar en los medios de comunicación masiva, como comunicadores y como dueños de los mismos, y también en la educación, contando con colegios y universidades propias. Así podrán contribuir directamente en la formación de sus hijos y las nuevas generaciones de católicos, según el estilo propio que ustedes quieran implantar a la luz de su experiencia, sin una dependencia continua del clero o de otro tipo de instituciones católicas, que a veces de católico tienen solamente el nombre.
Que en todo esto actúen con plena honestidad intelectual, rectitud de intención y fidelidad al Evangelio y el hombre de hoy, rompiendo monopolios y afirmando sin reticencia alguna su identidad católica, más allá de toda retórica aperturista, que en muchos casos lo único que pretende es garantizar mayores ingresos económicos, diluyendo el sentido de la fe y dando cabida a todos y a todo.

Influjo dentro de la Iglesia

Al mismo tiempo, se les presentan grandes oportunidades para poder influir dentro de la Iglesia, llevando el aire fresco de la espontaneidad, la sinceridad y la autenticidad. Que no los atrape la tentación de la rutina y el ritualismo. También en este caso, es mejor “dejar que los muertos sepulten a sus muertos” (Lc 9, 60). En realidad, hay gente que se encarga de eso.
Ustedes, como laicos comprometidos y al mismo tiempo sin ningún interés de orden económico o prestigio, dedíquense a descubrir nuevas formas de captar y vivir el mensaje evangélico, teniendo en cuenta la realidad concreta en que viven. En este sentido pueden aportar mucho en el campo de la catequesis, la liturgia, la administración o la evangelización de los alejados.

No se sientan esclavos de nadie. Si encuentran dificultad para realizarse en un determinado lugar, vayan a otro (Cf. Lc 10, 10). Así podrán realizarse plenamente y dar lo mejor de sí, evitando el peligro de un desgaste constante en situaciones de conflicto, rechazo o imposición.
Conozcan sus derechos como miembros de la Iglesia y háganlos respetar. Que no vaya a pasar que, mientras estén luchando por la afirmación de la dignidad humana en la sociedad, al interior de la Iglesia, por cobardía o un malentendido espíritu de obediencia y fidelidad, permitan cualquier tipo de atropello.
Al contrario, si quieren dar un mejor servicio a la Iglesia, tienen que luchar para que, también dentro de la Iglesia, se respeten los derechos humanos y se pueda llegar a establecer alguna institución específica al respecto.

Grupos Apostólicos y Movimientos Eclesiales

Es donde mayores oportunidades tienen de organizarse autónomamente y planear acciones concretas más conformes a su manera de ver las cosas. Como se dan cuenta, la Iglesia necesita estructuras nuevas, que le permitan actuar con mayor incidencia en el mundo de hoy. Pues bien, ustedes tienen la oportunidad de organizarse de manera tal que todos y cada uno de ustedes tenga la oportunidad de realizarse plenamente y ofrecer al mismo tiempo a la Iglesia un servicio más especializado en las distintas áreas, contando con los recursos de sus mismas instituciones.

Pues bien, para que su presencia dé a la Iglesia los frutos esperados, los invito a ser creativos a lo máximo, ensayando nuevos métodos de apostolado y creando nuevas estructuras de evangelización, que sirvan de estímulo para el actual aparato ministerial de la Iglesia, atrapado muchas veces en moldes de otros tiempos y casi asfixiado.
Que no le tengan miedo a la resistencia que les pueda venir de parte de algunos miembros del clero, celosos de sus prerrogativas y temerosos ante todo lo que sabe a novedad y puede representar un peligro para su seguridad y prestigio. Que se den cuenta de que no se trata de competencia, sino de colaboración en una misión que es tarea de todos los miembros de la Iglesia.
Una de las condiciones esenciales para vivir y actuar con libertad, según el propio carisma, es poder contar con instalaciones propias y medios propios de subsistencia.

Centros de formación

Para que puedan ir formándose cada día mejor con miras a ofrecer un mejor servicio a la Iglesia y a la sociedad, es oportuno que ustedes mismos intervengan en la formulación y aplicación de los programas o cuenten con centros de formación propios. Solamente así será posible garantizar una preparación práctica, no solamente teórica, con análisis precisos de la realidad y entrenamiento para enfrentar y resolver los problemas reales, que nos están afectando como Iglesia y sociedad, fijándose más en los resultados concretos que en las buenas intenciones.

Conclusión

Hay voces recurrentes que hablan de una nueva época en la historia de la Iglesia, en que el papel del laico será determinante. Adelante, pues, con valentía y espíritu de creatividad. A ver qué nos depara el Espíritu.

Siempre unidos en la oración y el común ideal, que es la misión.

Atentamente,

Tuxtepec, Oax., 21 de marzo de 2008.
VIERNES SANTO- INICIO DE LA PRIMAVERA

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lunes, 8 de abril de 2024

ORIOL JARA: "SI DIOS EXISTE, TODO CAMBIA RADICALMENTE PORQUE CRISTO ES LA CLAVE PARA ENTENDER TODO"


Oriol Jara: 
“Si Dios existe, 
todo cambia radicalmente”

Para Oriol, ser cristiano significó aceptar a Cristo como Señor, permitiéndole que fuera Él quien gobernara su vida. A diferencia de otros que hayan crecido en entornos cristianos, Oriol no tuvo la tradición familiar de la fe. Procedía de un entorno no cristiano, incluso, se podría decir que ateo y con mucha inquietud intelectual. Su búsqueda de Dios comenzó después del instituto, sin prejuicios hacia la verdad cristiana, pero con un corazón abierto a cualquier revelación divina.

Este pecador redimido descubrió la perfección de la revelación de Dios, una verdad que trasciende lo espiritual y mágico para respaldarse en la ciencia y la historia. Oriol nos invita a reflexionar sobre la evidencia histórica destacando, por ejemplo, que hay más infinitamente más material escrito sobre Jesús que sobre Julio César. La impactante figura de un carpintero galileo que cambió el curso de la historia con un mensaje de amor y transformación; Cristo, el único capaz de cambiar el mundo de manera sobrenatural, contrastado con otras figuras históricas y religiosas.

El relato de Oriol nos lleva a explorar la naturaleza del mal y nos alerta sobre la importancia de no olvidar la palabra de Dios, su santidad, y el peligro de dudar en un mundo que, a menudo, rechaza la verdad que compartimos como cristianos. La lucha diaria como católicos espiritualmente comprometidos nos lleva a estudiar nuestra fe, a comprender la verdad que compartimos y a ser testigos valientes de ella.

En medio de la batalla espiritual, Oriol nos recuerda que somos transmisores de esa verdad preciosa que requiere defensa, incluso si eso conlleva luchar en un terreno complicado. La vida cristiana, lejos de empeorar nuestras vidas, nos invita a confiar en la provisión divina, recordándonos que ya se nos ha dado todo a través del sacrificio de Jesús.
Somos llamados a ser buenos, no por ingenuidad, sino por la comprensión de que ninguno merecemos estar en la presencia de Dios. La fe en Cristo nos impulsa a amar y entregarnos, cumpliendo con lo que Él nos pide. En un mundo donde la ideología no puede unir a la gente, Oriol destaca que lo que verdaderamente une es Cristo.

En conclusión, la historia de Oriol Jara es una poderosa invitación a abrazar la vida cristiana sin vergüenza, con la convicción de que Cristo es el camino, la verdad y la vida. Muchas gracias Oriol por tu testimonio, ojalá podamos llegar a ser unos auténticos Héroes en nuestra vida, igual que Cristo lo fue entregando la suya por nuestra salvación.
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Descubrir la existencia de Dios llevó a este guionista de radio y tv a compartir su experiencia en un libro que recoge, como él mismo define “el fruto de un cambio de perspectiva vital. De una conversión progresiva y renovadora”.


Lleva toda su vida en el mundo de la televisión y la radio. Ha ejercido como guionista de programas, entre los que se cuentan Buenafuente, los Goya o Pólonia, de TV3, pero llevaba aún más tiempo en una búsqueda de Dios sin matices. Y lo encontró. Primero “racionalmente” y después, de manera completa por el don de la Fe.
Hoy, Oriol Jara vive una vida “radicalmente diferente”. Porque esa radix, esa raíz, se asienta en la certeza de que su vida es una vida “creada por Dios para la eternidad, para ser su familia”.

La conversación con Omnes es impetuosa, franca, desnuda de embellecimientos formales, la palabra que no olvida la Palabra y la siembra a fuego por el mundo. Descubrir la existencia de Dios le llevó a compartir su experiencia en Diez razones para creer en Dios, publicado por Albada y que recoge, como él mismo define “el fruto de un cambio de perspectiva vital. De una conversión progresiva y renovadora”.

¿Cómo llegas a afirmar que Dios existe a través de la razón?

– Desde el instituto o un poco antes quizás, yo tengo un interés genuino y auténtico en saber si Dios existe. Es un interés que creo que debería tener cualquiera porque, si Dios existe, cambia radicalmente todo lo que pensamos que es el mundo. Nuestra vida pasa de ser una casualidad temporal a lo que es de verdad, una vida creada por Dios para la eternidad, para ser su familia.
Ese interés hizo que empezara a investigar y a leer. Empecé a leer textos filosóficos, textos que hablan de Dios y de Cristo, que hablan de la Biblia, la Biblia en sí misma.
Al final, ese interés me lleva desde intentar saber quién es Dios y si existe, a descubrir de manera evidente que Dios existe y que se ha revelado en la Biblia y se ha hecho hombre en la historia.
Dios no es un mito, Dios es una operación en la historia de algo sobrenatural.

Tú puedes llegar a la verdad de manera razonada porque hay pruebas evidentes de que Dios existe. Hay pruebas de que hay un problema humano que es el mal, el pecado, hay una necesidad de solucionar ese mal y, como el ser humano es incapaz, lo hace Dios por nosotros.
Cuando ves que es Dios operando en la historia y que es un Dios que ha dejado pruebas en la historia de su existencia, el último paso es asumir que hay cosas que tú no has visto pero crees que han sido así porque Dios las ha hecho por ti, como la Muerte y Resurrección de Jesús.

A esto la gente puede responder que, si es tan evidente, ¿por qué no cree todo el mundo?

– La Biblia dice “nadie viene a Mí si no lo atrae el Padre”. Es algo que se escapa a nuestro control. Es la misma razón por la cual los fariseos no eran capaces de ver que se estaba cumpliendo el Antiguo Testamento en Jesús. No es algo que dependa de nosotros; al final es algo que bíblicamente se escapa a nuestro control. El ser humano, desde el primer momento, ha querido su autonomía y su libertad para no obedecer a Dios. Poca cosa podemos hacer, más allá de explicarle a la gente que tengamos alrededor que Dios es verdad y lo que significa vivir cristianamente.

¿Qué te llevó a escribir “10 razones para creer en Dios”?

– Fueron dos cosas las que me llevaron a hacerlo. La primera, que hay mucha gente creyente, humilde, servicial y fiel, que se avergüenza de comunicar abiertamente que creen en Dios porque la sociedad les ha empujado a pensar que creer en Dios es una actitud idiota. En realidad, lo que está falto de razón es no creer en Dios. El 90 % de ateos que nos encontramos en la vida no han leído la Biblia. La mayoría de ateos desconocen la precisión, la coherencia y la finura de los escritos bíblicos.
Eso me lleva a la segunda razón. Lo comunico porque hay una batalla en marcha. Es una guerra entre Dios y los enemigos de Dios, que tenemos que luchar y tenemos que ganar. Esta guerra se gana convenciendo a la gente de que Dios quiere que seamos su familia.
Hay una fuerza maligna en contra de esto que nos está arrastrando a una sociedad que nadie quiere. El mal ha conseguido ensuciar incluso uno de los regalos más bonitos de Dios, que es el sexo. Ha conseguido convertirlo en algo tan feo que parece que es pecado todo lo del sexo, cuando no es verdad.
El mal opera así. Intoxica a la gente con ideas, con productos, idolatrías, egoísmos, avaricias y ambiciones. El mal nos arrastra a estar en contra de Dios y a ser más tristes.

Hablas del mal…, hoy, ¿nos cuesta hablar claramente del demonio?

– Cuando la gente habla del demonio, la imagen que nos ha quedado es la del dios griego Pan, un hombre con patas de cabra y cuernos, pero no. Satanás es aquello que queremos, de la manera más bella posible. Satanás es un seductor, no un monstruo. Su gran placer es la desobediencia a Dios.
El otro día hablaba con una sexóloga no creyente que me decía exactamente lo que dice la Biblia sobre la pornografía. Hablaba de los estudios que dicen que la pornografía afecta a las relaciones y yo me acordaba del Salmo 101 que dice “Pórtate en tu casa con rectitud de corazón y no pongas cosas perversas ante tus ojos”.
Hace falta que el Espíritu nos guíe y nos enseñe a vivir de manera recta, en acuerdo con lo que Dios nos pide y fructificando para que nuestro entorno sea feliz. Dios exige felicidad y Satanás nos pide otras cosas.
Hay dos amores, el “eros” y el “caritas”. El “eros” quiere algo, el “caritas” da. Ese es el resumen. Entonces si es uno u otro, sabes quién te está poniendo eso en el corazón.

La Iglesia hoy ¿sigue teniendo la fuerza de los doce apóstoles que se lanzaron al mundo? ¿O se ha acomodado?

– Yo no soy nadie, pero en Romanos 12 san Pablo dice: “No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Yo creo que la Iglesia debe ser radical y extremista, porque así es el mensaje de Jesús.
El mensaje de Jesús no es “vivid como hasta ahora y congregaos los domingos”. Su mensaje es una vida nueva, nacer de nuevo y renovar la mente. La Biblia nos lo dice, que no nos adaptemos. Yo veo mucha “adaptación” y lo que la gente quiere es radicalidad.
Hemos suavizado el mensaje, de manera que a la gente le da igual creer o no porque no cambia nada en su vida, pero la Iglesia es lo contrario. La Iglesia es gente que sabía que lo iba a pasar mal pero que es urgente que las personas cambien.

La Biblia es radical, porque va al fundamento del corazón humano y pide cambios extremos. Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento amenaza con grandes catástrofes si sigue la rebelión. Estamos viviendo cosas hoy en día que, hasta cierto punto, están recogidas en la carta a los Romanos o en Isaías.
Tenemos una verdad preciosa, importantísima, radical y urgente, que deberíamos tratar como tal. Es un cambio de vida y no podemos tener miedo a asustar a nadie. Al contrario, la gente quiere respuestas. En las homilías debe haber fuego para mover a la gente.
Esa radicalidad se pierde si nos adaptamos al mundo. El cristianismo no es un medio camino. Eso pasó conmigo, yo creía intelectualmente en la verdad pero eso no fructificaba en mi vida. Cuando el Espíritu cambió mi vida, fructificó.

Desde el principio has dicho que todo cambia cuando uno dice que Dios existe, ¿Cómo cambia tu vida desde que te das cuenta de que Dios existe y recibes el don de la fe?

– Yo hace años entendí que Dios existe, que se ha revelado en la Biblia y que se ha hecho hombre para salvarnos, pero el Espíritu sopla allá donde quiere y, hasta que el Espíritu no me permitió entender esta verdad, no pude creer.
El gran cambio está escrito en el Salmo 1, el cual dice que Dios promete una cosa a los creyentes: que si tú meditas la Palabra día y noche, si sigues la voluntad de Dios, serás un árbol que crece a la vera de un río, que fructifica abundantemente. La gracia de esta imagen es que el árbol nunca fructifica para comer el fruto, porque sería absurdo, sino que el árbol fructifica para que otros coman el fruto. Eso es lo que yo he experimentado en mi vida conversa. Tú fructificas para que otros vivan mejor. Bíblicamente eso debería ser una prueba personal de tu conversión, si estás fructificando para los otros, si estás de corazón viviendo para los otros. Y no estoy hablando de que seamos intachables, sino que de corazón amemos, y eso se transforme en una vida mejor para las personas que tenemos alrededor. Que la gente pueda decir, incluso sin ser creyente, “Gloria a Dios”, porque tú eres cristiano y eso es mejor para ellos.

¿La reacción de tu entorno fue ese “Gloria a Dios” del que hablas?

– Creo que sí, pero me es difícil hablar por los otros. Sí que es verdad que Aitana, mi mujer, lo dice. Ella cree sinceramente que ha cambiado la vida. Creo que mis hijos pueden decirlo también y mis compañeros de trabajo son mejores y más afortunados por el hecho de que yo sea cristiano. Así es como debe ser.
Hay una cosa objetiva. Las charlas, los libros, etcétera hacen que perciba que mi conversión toca a mucha gente. Incluso hay personas que han leído el libro y se han bautizado. Son cosas muy bonitas y al final es Dios quien está operando a través de sus herramientas, por lo que no es ningún mérito mío. El mérito es dejar que el Espíritu fluya y ser conducto de gracia y bendiciones.

En tu núcleo familiar, con tu mujer y tus hijos, ¿vivís la fe? ¿Tu mujer era ya creyente?

– Sí, ella me ha enseñado cosas muy bonitas sobre la bondad y ha sido la compañera perfecta para este proceso. Me ha acompañado con compresión, entusiasmo y paciencia.

Aparte de la Biblia, ¿qué lecturas te han ayudado?

– Nos falta mucho conocer la Biblia. Si no conocemos bien la Biblia nos van a hacer daño a los cristianos. La Biblia no es un libro canalizado, no es que el autor se quedara en trance y al despertar tuviera el texto escrito. Dios ha utilizado autores, con su cultura, sus lecturas y conocimientos para comunicar su mensaje. La Biblia no es solo un relato histórico, es una lectura teológica de los hechos.
Entonces yo como lectura recomiendo una que son seis volúmenes, con la que yo di un salto cualitativo extremo en mi camino de conversión, que es “Un judío marginal” de John P. Meier. Meier, que ya falleció, es un teólogo y sacerdote norteamericano. El libro habla del Jesús histórico y está muy bien documentado.
Otro libro, que quizá es intelectualmente más complejo, es “Dios existe” de Antony Flew. Era un filósofo ateo muy famoso que se convirtió porque la ciencia y la filosofía le estaban demostrando que Dios existe. Luego, para la gente muy interesada en la ciencia hay un libro que se llama “Disparando contra Dios”.

Además, tener una Biblia de estudio es fantástico. O ya en un nivel más elevado las “Confesiones” de san Agustín o “La Ciudad de Dios”.


«Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesúsle preguntó:
-¿Qué quieres que te haga?»
(Mc 10, 50-5 1)

DIOS TE CAMBIA LA VIDA. No se trata de un resorte mágico o esotérico que da inme­ diatamente un vuelco a tu existencia y a tu pensamiento gracias a una especie de conjuro de cuatro palabras secretas recitadas ante una estrella hecha con velas de IKEA. Tampoco es ninguna estrategia de control mental que surge en el seno de una organización americana sectaria capaz de aislarte de tu entorno y hacer apa­ recer misteriosamente una falsa iluminación mística en tu mirada. Hablo de un cambio real, difícil, progresivo y sutil que mi entorno familiar y profesional de­ tectó antes que yo mismo. Dios nos acompaña. Dios nos busca, pero no se impone. Dios permite que vivamos una vida plena sin creer en Él, pero llama con re­ gularidad a nuestra puerta por si queremos conocerle.

Dios nos busca y, si Él quiere, nos permite entender por qué nos pide que siga­ mos su camino. Y, ¿sabéis qué ha implicado para mí seguir el camino del Señor? Mejorar la vida de todos los que tengo cerca. De todos aquellos que comparten mi existencia unas horas a la semana o cada dia del año. Porque conocer a Dios, creer en Dios, seguir sus caminos, significa amar de manera más eficiente y, sobre todo, imponer su voluntad a nuestros miedos cotidianos. Lo resumía Tomás Moro en una carta a su hija Margarita antes de ser ejecutado: «Nada puede pasarme que Dios no quiera, y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en reali­dad lo mejor». Creer en Dios, conocer a Dios, buscar a Dios, es una experiencia tan reveladora y hermosa que me sentiría culpable si no la compartiera con vosotros.

Seguramente el camino empezó mucho antes de lo que recuerdo, pero sí que puedo señalar un primer momento en el que comencé a interesarme por la tras­ cendencia. Fue durante los años de la universidad, cuando, por un interés instintivo, me acerqué a Dios a través de la filosofía y, sobre todo, de libros judíos por cuestiones familiares. De esa época tengo mi primera Torá (el Antiguo Testa­ mento), un sid ur (libro de oraciones judías), una recopilación de aforismos del Talmud y tratadosde Maimónides y Mosé ben Nahmán (Rambán).

Mi primera experiencia religiosa participativa y litúrgica fue con el judaísmo y, desde el primer momento, me fascinó cómo el Antiguo Testamento era capaz de conjugar el relato histórico y la búsqueda implacable y bien argumentada de la trascendencia. Además, el judaísmo rabínico tiene un complejo y bello tejido filosófico para explicar qué es Dios y qué espera de los hombres y las mujeres. Trata­ dos como el Tania de Schneur Zalman de Liadí, el Talmud, el Likutey Moharán de Najmán de Breslev o el Midrash son enormemente enriquecedores y han contri­ buido a formar mi pensamiento teológico, por llamarlo de alguna manera.

Paralelamente, la lectura de filósofos como Platón o Aristóteles fundamentaba la idea de que la existencia de Dios es una necesidad lógica. Es decir, la razón demuestra que ha de existir el Creador. Sin hablar del Dios de la Biblia, la filosofía griega incidía en la necesidad de un ser omnipotente, omnisciente, perfecta­ mente bueno y bello, eterno, creador de todo y no creado por nada. Paradigma, por cierto, que la propia ciencia apunta en teorías como el bigbang (planteada por un sacerdote, como explicaré más adelante).

La constatación filosófica del Dios necesario crecía en mí, en paralelo a la lectura del Evangelio de Marcos, Mateo, Lucas y Juan y, evidentemente, de las riquísimas cartas de Pablo. Así es como se ilumina de manera innegociable la figura de Cristo como concreción efectiva del Antiguo Testamento: la conclusión de las profecías, el Dios verdadero encamado para ofrecerse finalmente a todos. Tanta grandeza y tanta proximidad me interpelaron mucho más de lo que entendí durante aque­ llos años. Afortunadamente, el impacto fue profundo y resonó dentro de mí poco a poco, pero de una forma avasalladora y rotunda.

Este proceso de conocimiento intelectual fue el armazón que me preparaba para la experiencia personal y emocional con la presencia de Dios, que tuve posteriormente. Rezando en una iglesia vienesa sentí la existencia absoluta, real y tangible de Dios. El Señor venía para sentarse en el trono que la razón había preparado. Como si las lecturas fuesen una silla donde solo faltaba el Señor. No era el final, sino el principio de un camino de vida cristiana largo, continuado, lleno de tro­ piezos y que recorro intensamente desde hace años. Poco a poco y equivocán­dome muchísimo, he intentado aprender qué significa seguír al Cristo. Qué im­ plicaciones tiene obedecer a Dios.

Este libro no está escrito desde la teología, porque no soy teólogo, ni desde la filosofía porque no pretendo dar lecciones de vida. Este libro está escrito desde el amor a Dios. Desde el agradecirníento porque se nos ha revelado permitiendo que nos acerquemos a Él. Este libro solo quiere explicar por qué Dios es una verdad innegable y presente en mi vida. Y por qué mi vída ha cambiado a raíz de vivir esta certeza. Estos son mis diez motivos para creer en Dios.

Oriol Jara: "Cristo es la clave para entender todo: Cristo y nada más".

"Cristo es la llave hermenéutica de todo, lo que nos permite saber si la promesa es cierta" son palabras de la conferencia "Cristo y nada más" del escritor, guionista e influencer católico Oriol Jara, en el marco de las Jornadas Católicos y Vida Pública.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

EVANGELIZANDO EN NUESTRA ANTICULTURA QUE NIEGA LA REALIDAD, LA RAZÓN Y EL SENTIDO COMÚN y EL MAL SAMARITANO por ANTHONY ESOLEN


Evangelizando nuestra anticultura 
que niega la realidad

¿Cómo evangeliza la Iglesia a hombres y mujeres de Occidente, que ni siquiera reconocen la realidad básica?

Como nuestros lectores sin duda saben, el cardenal Cupich ha restringido la adoración eucarística en la arquidiócesis de Chicago. Es más bien como asegurarse de que un niño débil y larguirucho pase el menor tiempo posible al aire libre ejercitando los músculos que apenas tiene para que crezcan fuertes.
En este sentido, el cardenal está conformando la Iglesia al patrón del mundo que lo rodea, un no patrón, en realidad, sin significado, sin memoria cultural y devoción, y sin esperanza. Como bromeó Talleyrand, cuando Napoleón hizo asesinar al duque de Enghien: “Es peor que un crimen. Es un error garrafal”.

Ha pasado mucho tiempo desde que sugerí que la condición del hombre secular contemporáneo es ser del mundo pero no para abrirte camino, hacer las cosas: cargar un barco con mercancías, reparar los engranajes de tu molino junto al río, erigiendo un campanario que no se hundiría ni se inclinaría con la siguiente fuerte lluvia. en el mundo para sobrevivir una sola generación. Tenías que estar, La Iglesia nunca ha tenido que tratar con personas así porque nunca antes había sido posible que existieran o, concediendo los ocasionales fenómenos de la naturaleza. o la historiaen el mundo.
Pero nosotros, en Occidente, somos lo suficientemente ricos como para permitirnos fantasías, políticas, sexuales o solipsistas, y ya no habitamos en una cultura. No se puede saber lo que cree tu prójimo, no sólo sobre Dios o el hombre, sino sobre la realidad misma. Cuando Jesús dio su orden final de salir y hacer discípulos de todas las naciones, los hombres que lo escucharon pudieron entender lo que quería decir: Roma, Grecia, Persia, etc. Me temo que ahora necesitamos una orden propedéutica para salir y formar naciones de hombres desunidos y a medio hacer, para que haya una Roma, una Grecia o una Persia que bautizar.

Supongamos que su trabajo es evangelizar a alguien como Lorenzo de Medici, el hombre fuerte mundano y perspicaz de Florencia cuando Miguel Ángel era joven. Tendrás que lidiar con sus pecados, sin duda, y serán muchos y graves. Tendrás que ir más allá de su melancólico epicureísmo, como lo expresó en su poema más famoso:
Chi vuol esser lieto, sia! Di doman non c’e certezza.
¡Quién pueda ser feliz, que lo sea! El mañana no trae ninguna certeza.

Tendrás que recordarle que su riqueza es un préstamo de Dios para ser empleada en el bien común. Tendrás menos trabajo que hacer a ese respecto de lo que quizás supones, ya que la familia Medici se enorgullece de las obras públicas y del embellecimiento de la ciudad. Tendrás que recordarle que no basta con ser tan sabio como una serpiente, sino que además debe ser tan inocente como una paloma. Si lee a Cicerón, puede seguir leyendo a Agustín. Si lee a Virgilio, puede leer a Dante con mejores resultados.
Pero piensa en las muchas cosas que no tienes que hacer. No hay que convencer a Lorenzo de que la realidad existe, independientemente de lo que pensemos de ella. No es necesario, entonces, persuadirlo de que algunas cosas son objetivamente más bellas que otras, en la naturaleza, en las artes y en las acciones humanas. Quizás tengas que persuadir a Lorenzo para que quiera llegar a ser como Luis IX, el santo rey de Francia, pero no tendrás que persuadirlo de que Luis era santo; y no tendrás que enseñarle que, para empezar, existió tal hombre. Tú y él compartiréis un lenguaje común, una forma de darle sentido al mundo.

Puede que no quiera creer en los Evangelios, porque sabe que le exigirán que entregue a su amante o que trate a sus enemigos con honestidad, pero no tendrá que persuadirlo de la elevada y noble moralidad que presentan los Evangelios. Lorenzo odiaba a Savonarola, el ardiente predicador que por un corto tiempo le arrebató el control de Florencia; Puedes pararte en la Piazza della Signoria y contemplar el lugar en el pavimento de piedra, conmemorado con una inscripción, donde Lorenzo hizo quemar a Savonarola en la hoguera. Por lo tanto, no puedes utilizar ningún apalancamiento de esa manera. Pero se podría recurrir al alma hermosa de su siempre joven amigo, Giovanni Pico della Mirandola, el platónico cristiano que admiraba a Savonarola y que probablemente era el hombre más leído en Europa en ese momento.

Pero, ¿cómo puede la Iglesia empezar a evangelizar a los hombres y mujeres de Occidente ahora mismo? Es como intentar ganar influencia sobre un bulto amorfo. “La pornografía es genial”, me dijo alguien recientemente en las redes antisociales, respaldando su afirmación con algunas obscenidades. Cuando lo llamé por su mala boca y su mentalidad estrecha (porque no quería considerar ninguna de las directivas y barreras morales que están destinadas a promover y proteger el matrimonio y la vida familiar), se rió y dijo que yo tenía “miedo”. de la carne”. No se le ocurrió que la pornografía es una ofensa contra la carne: incorpórea, impersonal, separada de lugar, tiempo y comunidad. Pero, ¿cómo puede la Iglesia empezar a evangelizar a los hombres y mujeres de Occidente ahora mismo? Es como intentar ganar influencia sobre un bulto amorfo.
O me encuentro con personas que se burlan de la creencia en Dios, llamándola creencia en un "papá del cielo". Con sus burlas demuestran que sólo tienen una idea muy vaga de lo que creen los cristianos y los judíos, y no tienen la menor curiosidad por saberlo. Entonces no se les puede pedir que lean las Confesiones de Agustín, y hay varias razones por las que no, razones que no se habrían aplicado hace cien años.

La primera es que dan por sentado que no tiene sentido, ya que la "ciencia" -con la que normalmente tienen poco conocimiento- es nuestro único medio para determinar la verdad; ciencia que convenientemente ignorarán cuando se trate de sus hábitos o inclinaciones personales. Así es como se invoca la “ciencia” no para buscar conocimiento sino para descartar su búsqueda desde el principio.
La segunda es que tal vez nunca hayan oído hablar de Agustín, ni les interesará oírlo. Ahora bien, si estás evangelizando a guerreros paganos alemanes en la época de Bonifacio, no puedes pedirles que lean a Agustín porque no leen nada. Pero tampoco estarán dispuestos a desestimar vuestro saber; no habrán aprendido a considerarse educados.

Hace algunos años, Ta-Nehisi Coates, el célebre autor ateo sobre temas raciales, se defendió con cierta malicia cuando salió a la luz que nunca había escuchado de Agustín. Dijo que cada escritor tiene su panteón de predecesores influyentes, y resulta que Agustín no estaba en el suyo. El problema, por supuesto, es que ignorar la existencia de Agustín, cuando eres un erudito bien remunerado y de renombre mundial que escribe sobre la historia cultural de Occidente, es como ser un escritor sobre ciencia que nunca ha oído hablar de Galileo. , o un escritor sobre arte que nunca haya oído hablar de Rembrandt.
Coates podría leer a Agustín si quisiera, pero la mayoría de la gente en el mundo “sabe” sobre el cristianismo no puedo hacerlo. Carecen del conocimiento general de la historia y la filosofía, del conocimiento específico de las Escrituras y de la sofisticación lingüística necesaria para ello. Se les ha enseñado a creer que están más allá de la necesidad de educación: les han enseñado a una ignorancia mucho más obstinada e intratable de lo que jamás lo ha sido el analfabetismo.

Pero la tercera razón es la más terrible. El solipsismo destruye en el alma cualquier deseo de aprender, junto con cualquier gratitud por los dones culturales que uno pueda apropiarse del pasado. Si te encantan los paisajes de John Constable, es posible que fácilmente te encanten las pinturas de la naturaleza de Hokusai. Pero cuando no tienes cultura, no buscas cultura; lo que llamáis “cultura” de otras tierras será superficial, un gusto por la cocina o por los disfraces; No se te ocurre que una cultura genuina exige un ordenamiento de la realidad, y exige derechos sobre sus miembros, no sólo en cuanto a su comportamiento en los días de desfile, sino en cuanto a lo que dan por sentado acerca de lo que existe, lo que es verdad, honorable, sabio, bien hecho, hermoso, bueno.

Pablo fue a ese antiguo centro neurálgico de la cultura griega, el Areópago de Atenas, para decirles a los atenienses que había venido a revelarles al “Dios desconocido” a quien habían conmemorado, citando incluso a un poeta griego para decir que en el Dios único nosotros “vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”. Ya no existe tal lugar. No existen pueblos como los atenienses. No hay ninguna nación.
Dios quiere hijos, no esclavos; quiere la plenitud de la humanidad. Satanás se conformará gustosamente con los atrofiados y abortados, los semihombres, esclavos de los fenómenos de masas. Y entre ellos se incluyen muchos de los líderes de nuestra Iglesia; hablo aquí de su condición no cultural y no del estado de sus almas. Mientras tanto, la tarea humana fundamental sigue siendo: construir una cultura entre personas que no la tienen, que no saben cómo sería tener una y que no tienen ningún deseo evidente de tenerla.


El mal samaritano

Los líderes de nuestra iglesia están ignorando al hombre herido que yace en la zanja para "ministrar" su salud. al ladrón que lo atacó.

Estás viajando por el camino traicionero de Jerusalén a Jericó, y te encuentras con un hombre tendido en la zanja, desangrado. Te mueves a la compasión. De hecho, le dices a todos los que te rodean que eso es lo que sientes. Entonces, bájate de tu mula. Tomas un odre de vino y una jarra de aceite y pasas junto al hombre que sangra. Estará bien, dices. Debe estar bien porque no hace mucho ruido.
En cambio, pasas directamente a uno de los ladrones, que parece haberse desgastado un poco en el altercado. La víctima debe haber dado al menos un golpe, supongo, porque el ladrón tiene una hemorragia nasal, se queja bastante fuerte y hace gestos obscenos en dirección a la zanja. En realidad, se lastimó cuando tropezó con sus propios zapatos y cayó de bruces, pero aceptas su versión de las cosas.

“¿Cómo estás, Ganav? ¡Ahí ahí! No te preocupes. Ya no te hará daño. ¿Cómo son los compañeros de la pandilla? Ha sido un largo tiempo. ¿Recuerdas esa travesura que nosotros (quiero decir tú, yo solo estaba allí para mirar) hicimos en Cesarea? ¡Ah, juventud, qué pronto pasa! Mantén el paño presionado contra tu nariz, así. No hace falta que me agradezcas, Señor, no. No soy más que un pobre siervo de Dios”, sonríes mientras miras a un grupo de viajeros que se han detenido para ver qué está pasando, “y todos son bienvenidos a su favor”.

En los Estados Unidos, un 40 por ciento de los niños nacen fuera del matrimonio. En muchos barrios de la ciudad, es más fácil encontrar una farmacia abierta toda la noche que una familia con una madre y un padre casados ​​y sus hijos. En algunas naciones de Europa, el colapso del matrimonio y la vida familiar es aún peor. Es un desastre colosal en todos los sentidos humanos imaginables.
Los niños crecen sin padres que les modelen lo que es la virilidad virtuosa (o al menos competente y responsable). Las niñas crecen con miedo, sospecha o desdén hacia los hombres. El rendimiento escolar sufre gravemente. El horizonte temporal para la acción personal se reduce drásticamente porque los niños no crecen arraigados en el suelo de la vida familiar, que trasciende el tiempo.

Los chicos más ambiciosos y rebeldes recurren al crimen, al igual que algunas chicas. Los chicos menos ambiciosos se dan por vencidos; o, para empezar, nunca aspiran a nada grandioso. Las niñas en esa categoría tienen uno o dos bebés y pasan gran parte del costo al estado. El impulso sexual, poderoso para bien o para mal, es desenfrenado y no canalizado. La inocencia de los niños, tan necesaria durante lo que debería ser su largo período de latencia sexual, está corrompida.
A las personas que realmente no creen en el amor humano más noble, el amor conyugal entre un hombre y una mujer, les resulta difícil creer en el amor divino. Las iglesias dan todas las señales que pueden para que la gente sepa que ya no creen en ningún principio de moralidad sexual, salvo una vaga amabilidad; pero tal indiferencia sólo acelera su colapso, aunque sólo sea porque la gente puede respetar a un enemigo franco pero siempre despreciará a un cobarde, incluso si el cobarde está de su lado.

Y en esta calamidad, ¿qué hacen nuestros valientes líderes de la iglesia, laicos y clericales? Llevan un extintor ante una inundación; eso es lo mejor que puedo decir. O hacen como si una ciudad bombardeada hasta convertirla en escombros pudiera reconstruirse arrojando más bombas sobre ella.
Y en esta calamidad, ¿qué hacen nuestros valientes líderes de la iglesia, laicos y clericales? Llevan un extintor ante una inundación; eso es lo mejor que puedo decir. O hacen como si una ciudad bombardeada hasta convertirla en escombros pudiera reconstruirse arrojando más bombas sobre ella.

Oh, ya conozco la réplica. Jesús, según se me informa, no se centró en los pecados sexuales sino en los pecados de orgullo, avaricia e hipocresía. Es como si los fornicarios, los adúlteros, los creadores y consumidores de pornografía y los sodomitas no pudieran ser orgullosos, avaros e hipócritas, además; como si una enfermedad mortal pudiera ser profiláctica contra otras. Fornicar, humillar la autosatisfacción religiosa: ¿cómo es eso sino pretender expulsar demonios en nombre de Belcebú?
O oiré que los pecados sexuales no son tan graves como esos otros. Admito el punto. La neumonía doble no es tan grave como un tumor maligno. Una arteria femoral cortada no es tan grave como una vena yugular cortada. Una bala en el pecho no es tan grave como una bala en el cerebro. ¿Entonces? Cuando tienes mil personas sufriendo la peste y una muriendo de un tumor maligno, será mejor que prestes atención a la peste.

Además, Jesús sí tenía cosas que decir sobre estos asuntos. En todos los ámbitos de la vida moral, Jesús nos sorprende no por su indiferencia sino por su llamado a una santidad pura y exaltadora. “Habéis oído que fue dicho: 'No cometerás adulterio'”, aconseja a las multitudes que escuchan su sermón desde el monte, “pero yo os digo que todo hombre que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella. en su corazón” (Mateo 5:27-28). ¿Debo entonces creer que está bien que un hombre mire a otro de esa manera? ¿Bajo qué lógica concebible?

¿Cuál de nuestros apologistas de las últimas tonterías de la revolución sexual cree y predica abiertamente la indisolubilidad del matrimonio? Pero es este mismo Jesús quien descarta el divorcio, diciendo que “todo hombre que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una mujer divorciada de su marido, comete adulterio” (Lucas 16:18). En efecto, Jesús deriva la indisolubilidad del matrimonio de la intención del Padre desde el principio: es central en la creación misma del hombre.
Cuando los fariseos lo cuestionan al respecto (nótese bien, son los fariseos, aquellos que se enorgullecían de su pura devoción a la ley), Jesús dice que Moisés permitió el divorcio “por la dureza de vuestro corazón”, pero desde el principio de la creación, 'Dios los hizo varón y hembra.' 'Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.' Así ellos Ya no somos dos sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. (Marcos 10:5-9)

Dios nos ha hecho varón y mujer, cada sexo para el otro, para ser una sola carne: no somos nosotros los modeladores de nuestros propios cuerpos. Varón y varón no pueden convertirse en una sola carne. Pretender que sí pueden es negar la bondad y la realidad de los distintos sexos. Jesús, en otras palabras, sitúa el fundamento de la moralidad sexual no en los sentimientos subjetivos de las personas y sus acciones sino en la realidad objetiva y creada del sexo.
Escucharé que Jesús tenía debilidad en su corazón por las putas, pero era despiadado con los hipócritas religiosos. Nuevamente, ¡como si los adúlteros no pudieran ser hipócritas también! ¡En nuestra época, qué fácil es serlo! “Te doy gracias, Dios, porque no me has hecho como esa persona de allá que no está casada y que nunca se ha acostado con nadie”, dice nuestro hipócrita del día, erguido y orgulloso: “Veo algunos videos malos que seguirían existiendo independientemente de si los viera; No me acuesto en la primera cita; y trato de no lastimar a las personas con las que me acuesto pretendiendo amarlas más que yo”.
Mientras tanto, la persona que está al fondo de la iglesia también es consciente de los rincones oscuros de su corazón, pero reza para que él—o ella, ¡rece para que ella! —Conocerá a alguien apto para casarse. No es una perspectiva halagüeña ahora, si no entregas tu cuerpo a la fornicación.

Jesús no es sentimental con respecto a los pecados de la carne. El pródigo desperdició la propiedad de su padre en prostitutas (Lucas 15:30). Cuando Jesús requiere un emblema de maldad peculiar, recurre a Sodoma (Mateo 11:24, Lucas 10:12). Cuando los fariseos se quejan de que sus discípulos no se lavan las manos antes de comer, Jesús dice que no es el alimento que entra en el hombre lo que le contamina, sino lo que sale del corazón, como sale el excremento del cuerpo: “Porque De dentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, la fornicación, el hurto, el homicidio, el adulterio, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la soberbia, la necedad” (Marcos 7:21-22).

No hay razón para confiar en Jesús acerca de la maldad del robo, el asesinato y la codicia y ignorarlo cuando se trata de fornicación, adulterio y libertinaje. Le habla con franqueza a la mujer samaritana junto al pozo (Juan 4:18), sin darle forma de fingir que no ha pecado y que no continúa en pecado. Él perdona a la mujer sorprendida en adulterio pero le dice que no peque más (Juan 8:11).

Escuchemos las palabras de Jesús a la luz de los pecados que probablemente ignoraremos, perdonaremos o incluso bendeciremos. La víctima está sangrando y sola. Los niños no tienen padre. Hombres y mujeres enredados en las redes del mal sexual están agotados en la búsqueda de la felicidad. Que la Iglesia tenga misericordia, la misericordia que tiene un costo y que puede requerir de nosotros un gran arrepentimiento antes de que estemos en condiciones de atender a ese hombre moribundo, a esa civilización moribunda.