EL Rincón de Yanka: DIAKONÍA

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viernes, 6 de septiembre de 2024

📝 CARTA ABIERTA A LOS LAICOS COMPROMETIDOS por P. FLAVIANO AMATULLI VALENTE, fmap



Mis queridos (as) hermanos (as) en Cristo:

Antes que nada, permítanme felicitarles por su actitud de compromiso con la misión de la Iglesia. En un mundo, dominado por el egoísmo y el interés personal o de grupo, ustedes representan un testimonio de libertad y valentía, al ver más allá de los estrechos horizontes de la cotidianidad y comprometerse con las grandes causas del Evangelio.

Vino nuevo en odres nuevos

Como católicos metidos totalmente en los asuntos del mundo y al mismo tiempo en la vida de la Iglesia, se habrán dado cuenta de un cierto desequilibrio, que existe en nuestros ambientes con relación al mundo en que vivimos. Mientras en la sociedad se han dado grandes cambios con relación al pasado, en la Iglesia persisten aún instituciones, estructuras y estilos de vida propios de otros tiempos. El mismo lenguaje filosófico- teológico, que se maneja a nivel oficial, hace siempre más difícil la transmisión del mensaje y la comunicación entre los pastores y los feligreses.
Pues bien, en esta situación, ustedes, bien empapados de los valores evangélicos, sensibles a las exigencias de la sociedad contemporánea y manejando oportunamente el lenguaje actual, tendrán la tarea de hacer más accesible el Evangelio al hombre de hoy. Al mismo tiempo, al interior de la Iglesia, mediante su testimonio de sinceridad y espontaneidad, irán creando un nuevo tipo de relaciones entre todos, más respetuoso de la dignidad humana y más acorde al Evangelio.

Carismas diferentes

Como católicos comprometidos, dedíquense por tanto a lo propio y dejen a los demás lo que les corresponde. ¿Qué dijo Jesús? ‘Deja que los muertos sepulten a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios’ (Lc 9, 60). Si Dios los llamó para anunciar el Reino de Dios, ¿por qué van a dedicar su tiempo a otras cosas?
Que los demás se dediquen a las rifas y a la venta de los tamales. Es su manera propia de colaborar en los asuntos de la Iglesia. Pero, si cada uno de ustedes recibió algún carisma, don o capacidad especial para el bien de toda la Iglesia, dedique su tiempo precioso a vivir y actuar según este carisma y no lo desperdicie en asuntos de poca importancia, al margen del don recibido.

Colaboradores, no siervos ni esclavos de nadie

Posiblemente su manera de actuar va a molestar a los que están acostumbrados a tratar a los laicos como si fueran niños. Pues bien, dependerá de ustedes, de su capacidad de enfrentar estas situaciones, si se volverán en agentes de cambio dentro de la Iglesia o contribuirán a reforzar, mediante una actitud sumisa y acrítica, modelos infantiles de relaciones, totalmente al margen de la enseñanza de Cristo y el sentir propio de nuestros tiempos.
Haciendo esto, más que contribuir al progreso de la Iglesia, la van a perjudicar más, perpetuando vicios del pasado y aislándola más del mundo en que vivimos, más sensibles a los valores de la libertad y dignidad.

Obediencia y autonomía

Alguien, al enterarse de esto, podrá escandalizarse, pensando que se está faltando al respeto y la obediencia, que se debe a los pastores de la Iglesia. Será su manera propia de ver las cosas, rezago de épocas feudales. En realidad, el respeto no está reñido con la dignidad de la persona y la obediencia no consiste en decir siempre sí, sin tener en cuenta de qué se trata.
Ahora bien, ustedes, con su manera de actuar, tienen que ayudar a los pastores de la Iglesia a madurar en la manera de ejercer la autoridad, dejando a un lado el estilo autoritario que los caracterizó en el pasado. Todo esto, cuando se trata de asuntos eclesiales.

Cuando, al contrario, se trata de asuntos directamente profanos, tienen que exigir su completa autonomía. En este caso, son ustedes, que, bien empapados del sentir que emana del Evangelio, van a tomar las decisiones pertinentes, sin dejarse manipular por nadie, sea quien sea, no importando el cargo que ostente dentro de la jerarquía eclesiástica.
No se olviden de la advertencia de Jesús: “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17) o del refrán popular: “Zapatero a tus zapatos”. Solamente así podrán representar una voz genuina al interior de la Iglesia, con una sensibilidad y con una visión original de los problemas.
De otra manera, correrán el peligro de volverse en puros repetidores de conceptos, sin el calor y la fuerza de la experiencia y sin incidencia en la realidad.

Influjo en la sociedad

Un amplio panorama se presenta ante sus ojos para que puedan actuar en la sociedad como verdaderos discípulos de Cristo, comprometidos con el bien común. Las posibilidades son enormes: la política, la comunicación, la educación, la seguridad, la impartición de la justicia, el arte, el campo, la fábrica, el taller, el servicio social a solas o en forma asociativa (las ONG’s), etc.
Que en todo esto tengan el valor de decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no (Mt 5, 37), actuando siempre con independencia de criterio y dejándose guiar solamente por la luz del Evangelio y su conciencia, realmente preocupados por el bien común y el pleno respeto al derecho de cada quien.

Que como laicos comprometidos empiecen a incursionar en los medios de comunicación masiva, como comunicadores y como dueños de los mismos, y también en la educación, contando con colegios y universidades propias. Así podrán contribuir directamente en la formación de sus hijos y las nuevas generaciones de católicos, según el estilo propio que ustedes quieran implantar a la luz de su experiencia, sin una dependencia continua del clero o de otro tipo de instituciones católicas, que a veces de católico tienen solamente el nombre.
Que en todo esto actúen con plena honestidad intelectual, rectitud de intención y fidelidad al Evangelio y el hombre de hoy, rompiendo monopolios y afirmando sin reticencia alguna su identidad católica, más allá de toda retórica aperturista, que en muchos casos lo único que pretende es garantizar mayores ingresos económicos, diluyendo el sentido de la fe y dando cabida a todos y a todo.

Influjo dentro de la Iglesia

Al mismo tiempo, se les presentan grandes oportunidades para poder influir dentro de la Iglesia, llevando el aire fresco de la espontaneidad, la sinceridad y la autenticidad. Que no los atrape la tentación de la rutina y el ritualismo. También en este caso, es mejor “dejar que los muertos sepulten a sus muertos” (Lc 9, 60). En realidad, hay gente que se encarga de eso.
Ustedes, como laicos comprometidos y al mismo tiempo sin ningún interés de orden económico o prestigio, dedíquense a descubrir nuevas formas de captar y vivir el mensaje evangélico, teniendo en cuenta la realidad concreta en que viven. En este sentido pueden aportar mucho en el campo de la catequesis, la liturgia, la administración o la evangelización de los alejados.

No se sientan esclavos de nadie. Si encuentran dificultad para realizarse en un determinado lugar, vayan a otro (Cf. Lc 10, 10). Así podrán realizarse plenamente y dar lo mejor de sí, evitando el peligro de un desgaste constante en situaciones de conflicto, rechazo o imposición.
Conozcan sus derechos como miembros de la Iglesia y háganlos respetar. Que no vaya a pasar que, mientras estén luchando por la afirmación de la dignidad humana en la sociedad, al interior de la Iglesia, por cobardía o un malentendido espíritu de obediencia y fidelidad, permitan cualquier tipo de atropello.
Al contrario, si quieren dar un mejor servicio a la Iglesia, tienen que luchar para que, también dentro de la Iglesia, se respeten los derechos humanos y se pueda llegar a establecer alguna institución específica al respecto.

Grupos Apostólicos y Movimientos Eclesiales

Es donde mayores oportunidades tienen de organizarse autónomamente y planear acciones concretas más conformes a su manera de ver las cosas. Como se dan cuenta, la Iglesia necesita estructuras nuevas, que le permitan actuar con mayor incidencia en el mundo de hoy. Pues bien, ustedes tienen la oportunidad de organizarse de manera tal que todos y cada uno de ustedes tenga la oportunidad de realizarse plenamente y ofrecer al mismo tiempo a la Iglesia un servicio más especializado en las distintas áreas, contando con los recursos de sus mismas instituciones.

Pues bien, para que su presencia dé a la Iglesia los frutos esperados, los invito a ser creativos a lo máximo, ensayando nuevos métodos de apostolado y creando nuevas estructuras de evangelización, que sirvan de estímulo para el actual aparato ministerial de la Iglesia, atrapado muchas veces en moldes de otros tiempos y casi asfixiado.
Que no le tengan miedo a la resistencia que les pueda venir de parte de algunos miembros del clero, celosos de sus prerrogativas y temerosos ante todo lo que sabe a novedad y puede representar un peligro para su seguridad y prestigio. Que se den cuenta de que no se trata de competencia, sino de colaboración en una misión que es tarea de todos los miembros de la Iglesia.
Una de las condiciones esenciales para vivir y actuar con libertad, según el propio carisma, es poder contar con instalaciones propias y medios propios de subsistencia.

Centros de formación

Para que puedan ir formándose cada día mejor con miras a ofrecer un mejor servicio a la Iglesia y a la sociedad, es oportuno que ustedes mismos intervengan en la formulación y aplicación de los programas o cuenten con centros de formación propios. Solamente así será posible garantizar una preparación práctica, no solamente teórica, con análisis precisos de la realidad y entrenamiento para enfrentar y resolver los problemas reales, que nos están afectando como Iglesia y sociedad, fijándose más en los resultados concretos que en las buenas intenciones.

Conclusión

Hay voces recurrentes que hablan de una nueva época en la historia de la Iglesia, en que el papel del laico será determinante. Adelante, pues, con valentía y espíritu de creatividad. A ver qué nos depara el Espíritu.

Siempre unidos en la oración y el común ideal, que es la misión.

Atentamente,

Tuxtepec, Oax., 21 de marzo de 2008.
VIERNES SANTO- INICIO DE LA PRIMAVERA

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miércoles, 19 de junio de 2024

NECESITAMOS VOLVER AL ESPÍRITU DE LA IGLESIA PRIMITIVA 🐟🕀

Necesitamos volver al espíritu de la Iglesia primitiva

VOLVER  A  LA  IGLESIA  PRIMITIVA

Cuando surgen las dificultades, las dudas y las incertidumbres en la fe, debemos volver al origen. Esto es lo que tenemos que hacer cuando nos planteamos los objetivos (misión) de nuestra comunidad cristiana: echar la mirada atrás a las primeras comunidades de la Iglesia primitiva (visión).
El Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los apóstoles, nos da una idea de cómo los primeros cristianos comenzaron a proclamar el Evangelio, lo que hacían y nos muestra numerosos rasgos esenciales de la
Iglesia de Cristo que debemos imitar:

Llenarse de Espíritu Santo

"Se les aparecieron como lenguas de fuego,
que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo
y comenzaron a hablar en lenguas extrañas,
según el Espíritu Santo les movía a expresarse".
(Hechos 2, 3-4 ).


Los cristianos no sólo hablamos de Dios; le experimentamos. Esto es lo que hace que la iglesia sea diferente de cualquier otra organización en el planeta: que tenemos el Espíritu Santo.
Nuestro gobierno no tiene el Espíritu Santo. Las ONGs no tienen al Espíritu Santo. Ninguna otra organización tiene el poder de Dios en ella. Dios prometió su Espíritu para ayudar a su Iglesia. La Iglesia tiene y se llena del poder de Dios.

Cuando se refiere a "hablar en lenguas extrañas" quiere decir hablar en el idioma de quienes nos escuchan. La gente realmente escuchaba a los primeros cristianos hablar en sus propios idiomas, ya fuese en farsi, en swahili, en griego o lo que fuera.

El Plan de Dios es para todos. No es sólo para los judíos. Pero no sólo se refiere a idiomas de sus países de origen sino a hablar en el lenguaje que cada persona entiende.
¿Estamos usando otros "lenguajes" para llegar a la gente?

Utilizar los dones de todos

"Entonces Pedro, en pie con los once,
les dirigió en voz alta estas palabras:
"Judíos y habitantes todos de Jerusalén: percataos
bien de esto y prestad atención a mis palabras. ...
Y haré aparecer señales en el cielo y en la tierra:
sangre, fuego y columnas de humo. ...
Pero el que invoque el nombre del Señor se salvará".
(Hechos 2, 14, 19, 21).

En la iglesia inicial no había espectadores; el 100% de las personas participaban en proclamar el Evangelio de Jesús. Y, aunque igual que entonces, no todos estamos llamados a ser sacerdotes, todos estamos llamados a servir a Dios. Por tanto, debemos esforzarnos para que todos participen. La pasividad no es una opción. Si alguien quiere sentarse y ser servidos por los demás, que busquen otro sitio.

Ofrecer una verdad que transforma


La iglesia primitiva no ofrecía una nueva psicología, ni un moralismo cómodo, ni una espiritualidad agradable. Ofrecía la verdad del Evangelio que tiene el poder de cambiar vidas. Ningún otro mensaje transforma vidas. Cuando la verdad de Dios entra en nosotros, es cuando nos transformamos.

En Hechos 2, Pedro dio el primer sermón cristiano, citando el libro de Joel del Antiguo Testamento y afirmando que la iglesia primitiva se dedicó a la "enseñanza de los apóstoles".

Crear comunidad

"Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles,
en la unión fraterna, en partir el pan y en las oraciones".
(Hechos 2, 42). 

 

En la iglesia del primer siglo, los cristianos se amaban y cuidaban unos a otros. La iglesia no es un negocio, ni una ONG ni un club social. La Iglesia es una familia. Para que nosotros experimentemos el poder del Espíritu Santo como en la Iglesia primitiva, tenemos que convertirnos en la familia que ellos eran.

Vivir la Eucaristía

"Todos los días acudían juntos al templo,
partían el pan en las casas,
comían juntos con alegría y sencillez de corazón"
(Hechos 2, 46).

Cuando la Iglesia primitiva se reunía celebraban la Eucaristía, conmemorando la última cena "con alegría y sencillez de corazón". Debemos entender y enseñar que la Eucaristía es una celebración. Es un festival, no un funeral. Es el banquete de Dios. Cuando la Eucaristía es alegre (y litúrgicamente rigurosa), la gente quiere estar allí porque buscan alegría.
¿Crees que si nuestras iglesias estuvieran llenas de corazones alegres, de palabras alegres y de vidas llenas de esperanza, atraeríamos a los alejados?

Compartir según la necesidad

"Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común;
vendían las posesiones y haciendas, y las distribuían entre todos,
según la necesidad de cada uno" (Hechos 2, 44-45).


La Biblia nos enseña a hacer generosos sacrificios por el bien del Evangelio.
Los cristianos durante el Imperio Romano fueron la gente más generosa del imperio y eran famosos por su desprendimiento.
Literalmente lo compartían todo, "según la necesidad de cada uno". Incluso la vida. Muchos murieron por la fe en el Coliseo romano.

Crecer exponencialmente

"Alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo.
El Señor añadía cada día al grupo a todos
los que entraban por el camino de la salvación"
(Hechos 2,47).

Cuando nuestras iglesias demuestran las primeras seis características de la iglesia primitiva, el crecimiento es automático. La gente veía a los primeros cristianos como extraños, pero les gustaba lo que éstos hacían.
Veían el amor que se tenían los unos por los otros, los milagros que ocurrían delante de ellos y la alegría que irradiaban. Querían lo que los cristianos tenían. Y
la Iglesia crecía exponencialmente

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EL CLERO Y EL LAICADO NO EVANGELIZAN
PORQUE NO ESTÁN EVANGELIZADOS


VOLVER AL COMIENZO: LA NOVEDAD DE JESÚS.
TODOS SOMOS SACERDOTES
Y COEXISTENCIA DE DOS ECLESIOLOGÍAS

martes, 7 de julio de 2020

PARA UNA NUEVA PASTORAL SACRAMENTAL EN LA IGLESIA 🙏♻⛪


Para una nueva pastoral sacramental 
en la Iglesia 

El P. Carlos Granados entrevista a dos obispos y dos teólogos que dan respuesta a la importancia de los sacramentos.

Durante lo más duro de la epidemia vivimos un ayuno de sacramentos. Un momento crítico para reflexionar qué papel juegan los sacramentos en nuestra vida, y en particular la eucaristía. Para la experiencia del fiel cristiano confinado, ¿es posible una Iglesia sin sacramentos? ¿De qué Iglesia estamos hablando entonces? ¿Qué papel juegan los sacramentos en la vida cristiana?
Hay que dejar claro dos aspectos de este libro. Primero, que se diseñó, y se escribió, antes de la epidemia. Por lo tanto, el motivo de su aparición no está provocado por esa experiencia. Sin embargo da la impresión de que se ha acabado convirtiendo en un libro profético, clave.


SACRAMENTOS, 
NUEVO ORIGEN 

Samuel Aquila 
Juan Antonio Reig Plà 
Karl-Heinz Menke 
José Granados 
en diálogo con Carlos Granados


“La Iglesia del futuro se convertirá en una ‘minoría creativa’. Será una ‘minoría’ abierta al pensamiento sacramental, a la predicación del evangelio, a la lógica de la misión; pero, precisamente por esto mismo, será también un cristianismo de convencimiento, es decir, de personas con hondas y reflexionadas convicciones, capaces precisamente de forjar estas minorías” . (Karl-Heinz Menke)

“Hoy día, el matrimonio se ha convertido en un medio de autorrealización personal que dura solo mientras las dos partes están contentas... En medio de estos retos, el esplendor de la enseñanza de Cristo sigue brillando en el mundo... Los cristianos debemos estar firmes y dar alegre testimonio ante estos nuevos retos, sabiendo que solo el amor y la verdad de Cristo pueden responder adecuadamente”. (Samuel aquila) 
“Hoy, como he dicho en varias ocasiones, los sacerdotes no pueden dedicarse a gestionar la decadencia. Sin dejar de apoyar a las distintas manifestaciones religiosas —no hay que apagar el pábilo vacilante— es necesario volver a crear pequeñas comunidades creativas donde se visibilice la fe, donde la vida sacramental y la liturgia sean también expresivas de la fe y donde se viva el amor concreto a los hermanos generando juntos una cultura cristiana”. (Juan Antonio Reig Plá) 
“El sacramento es un generador de tiempo, a partir de la plenitud del tiempo que es Jesús. Por eso no tiene sentido decir ‘no voy a misa porque no tengo tiempo’. Pues en la misa se nos entrega el sentido del tiempo, y así se genera tiempo, se gana tiempo. Los sacramentos nos comunican, sobre todo, el tiempo del futuro, que es el tiempo de Jesús resucitado. Celebrarlos es entrar, por eso, en la esperanza”. (José Granados)


Presentación 

En el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, reunirse para celebrar la Eucaristía. En Abitinia fueron sorprendidos 49 cristianos en plena celebración. Fueron detenidos, sometidos a interrogatorio y finalmente murieron mártires de la fe. Pero durante el interrogatorio cuando el procónsul le preguntó a uno de ellos, Emérito, por qué habían procedido así, dijo una frase que se ha hecho ya célebre: “Sin el domingo, no podemos vivir”; sin la celebración del día del Señor, aquellos cristianos no podían vivir. 
Ellos entendían que incluso en medio de la persecución más cruel, cuando celebrar los sacramentos era ponerse en peligro de muerte, no podían dejar de hacerlo. ¿Cómo están las cosas en nuestro cristianismo presente, asediado por el espíritu de la posmodernidad? La pandemia (más bien la epidemia) del coronavirus, que venimos de padecer, nos ha hecho sin duda reflexionar también sobre esto. El “ayuno” de sacramentos que hemos vivido, ¿qué significa?, ¿cómo hemos de interpretarlo? Sin duda que es justificado, en un caso así, poner medios razonables para evitar los contagios. Pero, ¿hemos experimentado a la vez ese desgarrón de los primeros cristianos: “sin los sacramentos no podemos vivir”? 

El presente libro se planeó antes de la crisis del coronavirus, hace ya bastantes meses, cuando éramos incapaces de imaginar esta nueva situación; se gestó, como tantas cosas buenas de la vida, en el seno de muchas conversaciones y en el marco de la “amistad intelectual” que vivimos en los Discípulos de los Corazones de Jesús y María. El tema de los sacramentos aparece como uno de los ejes centrales del cristianismo de todos los tiempos. Pero quizás se ha hecho más urgente en nuestra sociedad líquida, que tiende a disolver lo real y a apartarnos de la lógica de los sacramentos, anclada sólidamente en signos visibles. 

El formato libro-entrevista es siempre un modo ágil y dinámico de poder plantear grandes temas haciendo el contenido más accesible. Es el formato elegido aquí. En cuanto a los entrevistados, me permitiré a continuación decir brévemente algo sobre cómo se planteó la entrevista. 

En primer lugar, está la entrevista a monseñor Aquila, arzobispo de Denver. Sin duda, se trata de una de las figuras descollantes en Estados Unidos en cuanto al modo de enfocar una pastoral basada en los sacramentos, sobre todo en la iniciación cristiana, como fuente de renovación eclesial. A principios de marzo de 2019 me recibió amablemente en Denver, donde pudimos conversar. La entrevista se realizó en inglés y ha sido luego transcrita, revisada personal y muy atentamente por el propio monseñor Aquila y, finalmente, traducida. A las 14:00, una hora extraña para un español, pero habitual en Estados Unidos, nos encontramos en su despacho. Con su voz grave y clara, Mons. Aquila es un hombre de palabra cordial y certera. Se percibe enseguida su alma de pastor, atenta a las cuestiones que realmente importan para la salud espiritual de las personas a la luz de Dios. Le gusta entrar en las preguntas y desarrollarlas en todas su implicaciones, por ello la entrevista se alargó más de lo previsto y algunas preguntas se tuvieron que completar después. Nacía, al terminar esta conversación, una gran gratitud hacia Mons. Aquila que, en medio de una agenda muy cargada, dedicó no solo este tiempo, sino más aun después para las revisiones, a este libro. 

El segundo entrevistado es monseñor Reig Plà. Ha sido una de las figuras señeras en el ámbito de la pastoral matrimonial en España, pero también en lo que respecta a la iniciación cristiana y al vínculo entre pastoral y sacramentos. No había necesidad de viajar mucho, en esta ocasión, porque la entrevista tuvo lugar en Alcalá, cerca de Madrid. Monseñor Reig Plà, en realidad, había escrito de su puño y letra todas las respuestas a las preguntas previamente enviadas. De suerte que cuando nos vimos, hubiera bastado con darme aquel manuscrito de 20 folios. Pero no fue así. Fuimos leyendo y releyendo cada una de las preguntas y las respuestas. Con su habitual cordialidad, Monseñor Reig Plà no quería solo entregarme un fajo de respuestas, quería comentarlas, dialogarlas. Con su letra de buen escribano, Don Juan Antonio había cubierto los folios a lápiz, en líneas bien derechas, todo con mucho esmero; y sobre todo con una gran profundidad y claridad de pensamiento. La entrevista fue luego revisada y corregida nuevamente. Pero ya allí en su despacho, con goma en ristre, monseñor Reig Plà iba leyendo, corrigiendo, preguntando, comentando… 

Para el tercer entrevistado tuve que viajar a Bonn. Allí vive el profesor, ya emérito, Karl-Heinz Menke. En realidad, él había sido, en parte, responsable de la elección del tema, pues su libro Sacramentalidad. Esencia y llaga del catolicismo, había sido una lectura importante para comprender la centralidad de este asunto. Me acompañó un amigo sacerdote, don Raúl Orozco, en este viaje a la ciudad de Beethoven. Le agradezco, no solo el haberme puesto en contacto con el profesor Menke, sino también su participación fecunda en la conversación, que dio luces y contenidos nuevos. El profesor Menke nos recibió en su casa. La entrevista se alargó y tuvimos que hacer una pausa para la que había preparado té y un bizcocho alemán muy sabroso. Fueron unas horas deliciosas, en las que, hablamos de muchas más cosas de las que recoge la entrevista. Finalmente, el profesor nos invitó a cenar en un restaurante cercano, y acabamos ya tarde, contentos de aquel tiempo compartido. El profesor Menke no es un frío intelectual, encerrado en su biblioteca. Quien le conoce, percibe enseguida la profunda humanidad que generan el sano pensamiento y la doctrina cristiana. La buena teología se demuestra siempre vehículo de una humanidad cabal. Y esto puede testimoniarlo también el encuentro personal con el profesor Menke. 

El cuarto entrevistado es el profesor José Granados. Ha sido autor de numerosas publicaciones sobre el tema de los sacramentos, es catedrático de Teología del Sacramentos del Matrimonio en el Pontificio Instituto Teológico san Juan Pablo II para las ciencias del Matrimonio y la Familia (Roma), y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En este caso, no hicieron falta largos desplazamientos, porque el entrevistado era, al mismo tiempo, hermano. La objetividad de los hechos y la importancia de la luz que en numerosas publicaciones e intervenciones ha dado el profesor Granados, justificaban ámpliamente la elección. El texto y la entrevista no defraudaron. Con un estilo profundo, pero a la vez enormemente didáctico, el profesor Granados nos desvela el plan del Creador, que ha querido introducirnos desde el origen en una lógica sacramental, en un mundo en que los sacramentos sacan a la luz el destino último de lo creado. 

No querría acabar estas palabras sin agradecer también al padre José Noriega su interés en este libro y su contribución a él. Con su visión siempre provocadora ha ayudado decisívamente a que el texto final tenga sabor. También, por supuesto, agradecer su tiempo y su dedicación a los cuatro entrevistados, autores de este texto. 

Dicen que en cierta ocasión los jasidim (judíos ortodoxos) le pidieron al Rabbi de Kozk que escribiera un libro. Él calló un momento. Luego dijo: “Pongamos que yo haya escrito un libro; ¿quién lo comprará? Lo comprarán los nuestros. Y, ¿cuándo encontrarán tiempo para leer un libro los nuestros, que durante toda la semana están hundidos por la fatiga de ganarse el pan de cada día? Encontrarán tiempo el sábado. Y, ¿cuándo encontrarán tiempo el sábado? Antes de nada tendrán que ir al baño, luego estudiar, rezar, y luego vendrá la comida del sábado. Después de la comida del sábado encontrarán tiempo para leer un libro. Se sentarán en su sillón, tomarán en sus manos el libro y lo abrirán. Y, como están llenos y adormilados, se dormirán, y el libro caerá al suelo. Y ahora decidme, ¿por qué debería escribir un libro?”. 

Ciertamente, escribir un libro es arriesgarse a este triste destino que apunta el Rabbi de Kozk. Pero creo, también, que un buen libro es capaz de abrir espacios nuevos de lectura, de generar tiempo nuevo para leerlo. En todo caso, yo concibo un libro, más como una compañía que como una carga. Y estoy seguro de que el lector va a encontrar en este libro muy buenos compañeros de conversación, cuatro grandes personalidades para profundizar sobre un tema del que pende toda nuestra fe. 




El libro «Sacramentos, nuevo origen» consta de 4 entrevistas a monseñor Aquila, arzobispo de Denver, a monseñor Reig Plà, obispo de Alcalá de Henares, Madrid, al profesor, ya emérito, Karl-Heinz Menke y al profesor José Granados catedrático de Teología del Sacramentos del Matrimonio y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

domingo, 14 de junio de 2020

🔥 RESPONSABILIDAD PROFÉTICA DE LA IGLESIA ANTE LOS DESAFÍOS DEL MUNDO ACTUAL: EL PUEBLO DE DIOS PERO, NO EL DIOS DEL PUEBLO


RESPONSABILIDAD PROFÉTICA DE LA IGLESIA 
ANTE LOS DESAFÍOS DEL MUNDO ACTUAL

EL PUEBLO DE DIOS PERO,
 NO EL DIOS DEL PUEBLO

Juan XXIII y Pablo VI señalaron el espíritu del Concilio: que la Iglesia infunda la savia del Evangelio en las venas de la humanidad, abriéndose al diálogo con el mundo moderno, siendo Iglesia de todos y “particularmente de los pobres”; para ello necesita ser renovada con el Espíritu de Jesucristo. El Vaticano II tuvo esta orientación pero no destacó la espiritualidad donde se unen la experiencia de Dios como misericordia infinita y la opción preferencial por los excluidos, que vemos en la conducta de Jesucristo. Consentir en la presencia del Dios revelado en Jesucristo y optar preferentemente por los excluidos viviendo con espíritu de pobreza son dos manifestaciones de la única fe o experiencia cristiana. Ciencia Tomista 140 (2013) 23-49. 
La Iglesia debe responder a los desafíos del mundo actual. Pero esta responsabilidad debe ser profética, es decir, la Iglesia debe responder a estos desafíos del mundo desde la fe en Jesucristo. Pero la Iglesia solo existe dentro de una cultura determinada, en un lugar y en un tiempo. Nuestra reflexión brotará en el contexto de la sociedad española. Sin embargo, como todas las Iglesias locales viven en comunión, la respuesta profética que cada una ofrezca puede servir de signo y aliciente para las demás. Como creyente cristiano me considero alcanzado y en cierto modo transformado por el Vaticano II. Pero, en la evolución de mi pensamiento después del concilio, ha influido no solo la opción preferencial por los pobres sino también los cambios tan rápidos como inesperados que, desde hace cincuenta años, se vienen dando en un mundo cada vez más interrelacionado, y en la evolución que viene teniendo la Iglesia del postconcilio. 

EL ESPÍRITU DEL VATICANO II 

El espíritu es anterior y debe ser criterio de lectura e interpretación de los documentos conciliares. Juan XXIII vio necesario un concilio ecuménico para que la Iglesia “infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio”. Y Pablo VI pidió al concilio que presentara a la Iglesia “como fermento vivificador e instrumento de salvación del mundo y reafirmando su vocación misionera”. 

Para llevar a cabo esta misión hay dos claves fundamentales. La primera es que la Iglesia se abra y dialogue con el mundo moderno desde los pobres. El papa Juan manifiesta: “la Iglesia se presenta como lo que es y quiere ser; como la Iglesia de todos y particularmente de los pobres”. A su vez, Pablo VI declara: “la Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo con el que le toca vivir; la Iglesia se hace palabra, se hace mensaje, se hace coloquio”. Y en este diálogo la Iglesia “debe educar hoy para la pobreza”. 

La segunda clave para el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno es el crecimiento de la Iglesia comunidad de aquellos que han sido alcanzados por el espíritu de Jesucristo. Juan XXIII convoca el concilio para que la Iglesia experimente “la gozosa presencia de Cristo viva y operante”. Y Pablo VI, en su encíclica Eclesiam suam, nos dice que la Iglesia debe examinarse “frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí”. 

Es de notar que las dos preocupaciones -una Iglesia pobre y una Iglesia que sea presencia viva y operante de Jesucristo- pertenecen a la única experiencia cristiana que respiran Juan XXIII y Pablo VI. Esta defensa de la justicia y de los pobres en la predicación profética y en la conducta de Jesús procede y es consecuencia de la intimidad con Dios. En esa experiencia profética van unidas justicia y compasión. Compromiso político y mística o encuentro con el Padre misericordioso revelado en Jesucristo. 

El diálogo con el mundo desde los pobres y el crecimiento en la fe implican la necesidad de cambiar el modelo de Iglesia. Juan XXIII nos dice que la Iglesia debe renunciar al poder y “a tantas trabas de orden profano”. Con la misma preocupación, Pablo VI afirmaba: “que ninguna otra aspiración anime a la Iglesia si no es el deseo de ser absolutamente fiel a Jesucristo”. La misión de la Iglesia es servir al mundo. Para llevar a cabo esta misión necesitamos un nuevo modelo de Iglesia muy distinto al modelo diseñado en la situación de cristiandad.

CÓMO FUERON PROCESADOS ESTOS IMPERATIVOS EN EL CONCILIO 

El concilio asumió el espíritu que respiraban Juan XXIII y Pablo VI. Pero, como acontecimiento histórico, tuvo sus limitaciones debidas no sólo al tiempo sino a los mismos participantes que de batieron y elaboraron los documentos. 

La Iglesia se constituye en la misión 

Además de presentar a la Iglesia como “realidad penetrada por la divina presencia” que se concreta en un pueblo animado por el Espíritu, en la perspectiva del concilio la Iglesia se constituye en la misión. 

Los documentos conciliares nos traen tres dimensiones de la comunidad cristiana. En la Constitución sobre la Iglesia, en continuidad con el Vaticano I, la Iglesia es presentada como una sociedad estructurada orgánicamente con una jerarquía. Acentuando solo esta dimensión, fácilmente se deforma la imagen de la Iglesia viéndola como una sociedad piramidal donde unos mandan y otros obedecen. Más adelante, se realza otra dimensión de la Iglesia como pueblo de Dios donde todos los bautizados tienen la misma dignidad y en consecuencia nadie es más que nadie, si bien hay distintos ministerios y carismas. Pero, en uno de los documentos finales y más trabajosamente elaborados –GS- , se añade otra dimensión: “la Iglesia solo desea continuar bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar; para servir y no para ser servido”. 

El Concilio no articuló estas tres dimensiones y ello ha traído tensiones intraeclesiales en los años del postconcilio. ¿Cuál de las tres dimensiones da sentido a las otras dos? La misión. Por dos razones. Al convocar el concilio Juan XXIII tenía la preocupación de infundir la savia del Evangelio en las venas de la humanidad. Para dar respuesta a este propósito el concilio, tras larga maduración, dio a luz la Constitución GS en la que destaca su dimensión misionera; luego es ahí donde se logra responder a la preocupación del papa Juan al convocar el Concilio; la misión da sentido a las otras dos dimensiones: pueblo de Dios a cuyo servicio hay una organización jerárquicamente estructurada. La otra razón es cristológica. Jesús de Nazaret vivió apasionado por la llegada del Reino; con este objetivo la Iglesia es comunidad referencial; todo en ella debe estar pues en función del Reino de Dios que crece ya en todos los rincones del mundo; a su entraña pertenece la dimensión misionera que dinamiza continuamente al pueblo de Dios y a los ministerios suscitados en él por el Espíritu.

Si la Iglesia se constituye en la misión, y el término de la misión es el mundo, éste entra en su razón de ser, en el dinamismo existencial de la Iglesia. Por su misma esencia, la Iglesia, como acontecimiento del Espíritu, es contemporánea con el mundo del que forma parte. Así se comprende la calificación de “Constitución” que se dio al documento del concilio sobre la Iglesia en el mundo actual, GS. 

Si el mundo -la familia humana “con el conjunto de realidades en que vive”- entra en la constitución de la Iglesia, se imponen algunas consideraciones: 

1) La Iglesia debe poner a disposición del género humano el poder que ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre entero la que hay que salvar: cuerpo alma, corazón, conciencia, inteligencia y voluntad. No hay una región del alma que escape a la acción del cuerpo para ser el lugar del encuentro con Dios. Ya no vale un dualismo que desemboca en el desprecio del cuerpo y fácilmente genera un angelismo pernicioso, contrario a la encarnación. El Evangelio debe alcanzar al ser humano “en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social”. 

2) Todos los valores profanos que van surgiendo siglo tras siglo en las distintas culturas son aceptados como signos de los tiempos donde la Iglesia y cada cristiano tienen que discernir los signos del Espíritu y actuar en consecuencia. Esos signos de los tiempos son acontecimientos de una historia toda ella incluida ya en el acontecimiento absoluto de la Encarnación. 

3) Y esta lectura de los signos no solo se impone por la necesidad de la adaptación a lo nuevo que va naciendo. Es el hombre mismo quien, oyente del Evangelio y sujeto de la gracia, tiene en su naturaleza y en su destino una dimensión histórica interior a su perfección. La posibilidad de conocer y encauzar la creación, la toma de conciencia de que todos los pueblos estamos interrelacionados, el clamor de los pobres por su liberación, la voz de las mujeres defendiendo su dignidad como personas, no son únicamente material ocasional. Por ambiguos que se presenten, son ya puntos cruciales que suministran espacio y recursos para comprender mejor, actualizar y concretar el mensaje cristiano de amor fraterno. 

Diálogo con el mundo moderno desde los pobres 

Según el espíritu que manifestaron Juan XXIII y Pablo VI, el diálogo de la Iglesia con el mundo debía realizarse desde los pobres y en la pobreza. Pero el Vaticano II dio relieve al diálogo de la Iglesia con el mundo moderno, sin dar el necesario relieve a la voz de los pobres como referencia fundamental para este diálogo. 

En los documentos conciliares hay alusiones al tema de los pobres, y alguna muy significativa. Pero en la gestación y desarrollo del Concilio pesó mucho más la situación de los países europeos tradicionalmente cristianos. La secularización entendida como un proceso de la modernidad en que las distintas áreas seculares se van emancipando de la tutela religiosa era un fenómeno imparable. Llegadas a su mayoría de edad, las personas despiertan a la subjetividad, quieren ser libres y rechazan instituciones políticas o religiosas que las aminoran o reprimen. Leyendo estos signos del tiempo, el Vaticano II respondió a las justas demandas sobre la libertad religiosa, el ecumenismo y la relación de la Iglesia con las otras religiones. Reconociendo esos anhelos de la modernidad como signos del Espíritu, el concilio afirmó la solidaridad de la Iglesia con el mundo y que nada humano es ajeno a los discípulos de Jesucristo. 

Pero, como ya hemos indicado al principio, en este diálogo con el mundo moderno la causa de los excluidos no quedó suficientemente reflejada. Ya hemos visto que Juan XXIII tenía esta perspectiva cuando convocó el concilio para lograr una Iglesia de todos “y particularmente de los pobres”. Pero el Vaticano II no respondió a esta invitación profética de Juan XXIII. Fue un concilio ecuménico, universal, pero desde la situación europea y desde la Iglesia preocupada por esta situación. Los padres conciliares confiaron de modo excesivo en el desarrollo económico de los pueblos ricos sin desenmascarar suficientemente la ideología perversa en que ya procedía. 

Crecimiento en la fe como encuentro con Jesucristo 

La segunda clave –avivar la “gozosa presencia de Cristo viva y operante en todo tiempo en la Iglesia santa”- no fue desarrollada por el Concilio. En los debates y en los documentos conciliares la preocupación por el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno y por renovar las estructuras eclesiales prevaleció sobre la exposición de la fe cristiana como encuentro vivo con Jesucristo. 

El déficit del Concilio en el desarrollo de estas dos claves -opción por las víctimas y dimensión mística de la fe cristiana- ha dejado su huella en la Iglesia postconciliar. Han surgido movimientos que corren el peligro de caer en un espiritualismo evasivo aparcando la opción preferencial por las víctimas y por una sociedad más justa. Igualmente, las comunidades eclesiales inspiradas en la orientación del Concilio, que han cultivado el compromiso en la transformación social, también corren el peligro de olvidar que la fe cristiana es, en primer lugar, no una relación con proyectos y estrategias políticas por urgentes que sean, sino con una Persona, el Dios del Reino, que nos precede, sustenta e inspira nuevos proyectos. 

Hacia otro modelo de Iglesia 

El Vaticano II diseñó las coordenadas para un nuevo modelo de Iglesia. En vez de oposición al mundo moderno, como venía siendo habitual hasta el Concilio, en los debates y documentos conciliares prevaleció una visión positiva del mundo y la necesidad de un diálogo sincero leyendo los signos de los tiempos donde ya se pueden vislumbrar las llamadas del Espíritu. La Iglesia abandonó el triunfalismo y cualquier pretensión de dominio. Se acabó con el “eclesiocentrismo” interpretando a la Iglesia como entidad referencial del Reino de Dios que crece en el mundo. 

El Concilio dejó también claro que la Iglesia es ante todo una comunidad de vida; y al servicio de esta vida están las estructuras eclesiales. Se posterga la visión de la Iglesia como sociedad perfecta y se potencia la visión como misterio de comunión que se concreta en el pueblo de Dios a cuyo servicio están todos los ministerios, incluidos los que se confieren por el sacramento del orden. Al presentar a la Iglesia como presencia y reflejo de la comunión trinitaria, da la clave para la comunidad cristiana donde se debe garantizar la singularidad de cada bautizado y la diversidad de funciones, pero en la unidad del Espíritu. Sin embargo, este modelo nuevo de Iglesia, que implica un crecimiento en la fe y una profunda reforma estructural, todavía está en camino y es una tarea pendiente. 

CÓMO DEBE RESPONDER HOY UNA IGLESIA PROFÉTICA 

El momento actual incluye procesos distintos y características peculiares en los pueblos europeos y en los latinoamericanos. Pero, en el fenómeno de la globalización, el trasvase cultural es inevitable y muy rápido. Ha entrado la modernidad: “surge con gran fuerza una sobrevaloración de la subjetividad individual”. Una cultura que hoy es híbrida, dinámica, cambiante. En los pueblos de América Latina simultáneamente conviven en gran confusión la cultura premoderna, la moderna ilustrada y lo que llamamos postmodernidad. Sin embargo, respetando los distintos procesos, la respuesta profética de la Iglesia debe tener rasgos comunes en Europa y en América Latina. 

Para diseñar esa respuesta, la Iglesia debe ser misionera, dialogando con el mundo moderno desde los pobres, y siendo ella misma pobre o comunidad de verdaderos creyentes. 

Iglesia en misión 

A pesar de que el Vaticano II presentó a la Iglesia como misterio de comunión que se hace realidad en el pueblo de Dios, cincuenta años después muchos siguen pensando que la Iglesia, reducida frecuentemente al clero, es ante todo una organización piramidal con unas estructuras visibles, inconmovibles. Nada más alejado de la verdadera Iglesia, comunidad de vida en función del reino de Dios. 

El reino de Dios está ya presente y crece dentro del mundo, creado y bendecido por Dios, aunque todavía esclavizado por el mal. Por eso debemos mirar este mundo desde el corazón de Dios, y superar el dualismo maniqueo que lo identifica solo como enemigo del alma convencidos de que fuera de este mundo no hay salvación. 

El reino de Dios es lo que sucede en las personas y en los pueblos cuando permiten que Diosamor emerja en sus vidas como único señor. La Iglesia, como signo e instrumento de Dios, debe hacer presente a ese Dios revelado en Jesucristo, apasionado para que todos tengan vida. En consecuencia, la organización y estructuras de la Iglesia deben tener como fin y sujeto a las personas. El Evangelio proclama el valor y la dignidad del ser humano, y por tanto evangelizar implica la opción por esa dignidad. Y las personas viven dentro de un pueblo, en el dinamismo de su historia y en una cultura donde, según el concilio, brotan ya “las semillas del Verbo”. A la vida y dignidad de estas personas están supeditadas las estructuras y leyes de la Iglesia. 

Si la Iglesia se constituye en la misión que tiene lugar en un espacio y en un tiempo, se imponen dos consecuencias. 

1. El tiempo y el espacio cultural sin los cuales no hay ser humano, pertenecen de algún modo a la constitución de la Iglesia y le dan una fisonomía peculiar. Así pues urge dar más relieve a las culturas en la organización de la comunidad cristiana. Y esta visión plantea serios interrogantes. En el siglo XVI se impuso en los pueblos de Amerindia una organización y unas formas culturales traídas del catolicismo barroco español. Y con este modelo seguimos funcionando. Pero, después del Vaticano II, creemos que ha llegado la hora de asumir nuevos modelos de organización eclesial, según los valores y normas organizativas de culturas indígenas sofocadas desde hace siglos. 

2. Si el lugar, el tiempo y la cultura de los pueblos entra en la Constitución de la Iglesia, “solo en las Iglesias particulares y a partir de ellas existe la Iglesia católica una y única” (LG, 23). Por tanto, no hay una Iglesia particular, por ejemplo la Iglesia de Roma, que sea el prototipo de Iglesia, y cuyas organizaciones y formas litúrgicas deban imponerse sin más en todas las iglesias locales. Precisamente porque se supone la pluralidad, como servicio a la comunión entre las iglesias locales tiene sentido el ministerio ejercido por el obispo de Roma, sucesor de Pedro. 

Fiel a esta visión, el Vaticano destacó la necesidad de una descentralización, de la colegialidad y la corresponsabilidad de todos los bautizados en la organización de la Iglesia en orden a la misión. No tiene sentido imponer a las Iglesias locales de América Latina los modelos europeos todavía en continuidad con la mentalidad colonial. Debería asimismo darse más autonomía a las Conferencias Episcopales, al Sínodo de los obispos y a los sínodos regionales. Incluso podemos debemos preguntarnos: ¿por qué se hace teología solo desde una cultura determinada pretendiendo que sea válida sin más para todas las regiones? 

Se trata de algo esencial para la Iglesia, pueblo reunido como expresión de la simbólica trinitaria: tres Personas distintas en comunión. La Iglesia es cuerpo de Jesucristo, y sus distintos miembros están animados por el único Espíritu. Análogamente, las iglesias locales, distintas entre sí, llevan en su misma entraña la comunión, obra del Espíritu. Urge, pues, que las distintas iglesias locales, cada una con su peculiaridad, sean responsables y corresponsables con las demás. De no emprender este camino, todo puede quedar ahí como una buena intención sugerida por el Espíritu al concilio, pero postergada, si no ahogada, en el postconcilio, por no encontrar cauces jurídicos adecuados. Y un detalle más. Poco se logra desmontando la monarquía absoluta del papa, si ahora cada obispo se considera centro absoluto en la Iglesia local. La descentralización desencadena un proceso en la organización y misión de la Iglesia, donde todos los bautizados, cada uno desde su vocación y su puesto, deben ser responsables y corresponsables. 

Iglesia “de todos, particularmente de los pobres” 

En un primer período de postconcilio, la Iglesia en los pueblos europeos se abrió al diálogo con el mundo moderno, pero no contó suficientemente con la perspectiva de los pobres. El proceso fue distinto en América Latina, donde las Conferencias Generales del Episcopado Americano vienen dialogando con el mundo moderno desde la perspectiva de la opción evangélica y preferencial por los pobres. 

En el segundo período postconciliar parece que esta opción se ha diluido mucho, incluso en la Iglesia de América Latina. El documento de la Congregación para la doctrina de la Fe Sobre algunos aspectos de la teología de la liberación (1984), cortó un proceso todavía inacabado. La intervención de Roma creó desconfianza y reservas no solo ante cualquier teología de la liberación sino también ante cualquier opción por los pobres. 

Sin embargo, parece absolutamente necesario recuperar esa opción preferencial por los pobres o excluidos como clave para la responsabilidad profética de la Iglesia en el diálogo con el mundo actual. 

Algunos fenómenos constatables 

La situación de injusticia en el mundo obrero, que reivindica sus derechos y se aleja de la Iglesia, y el justo clamor de los pobres en los pueblos de América Latina, iluminan una reflexión teológica que ayuda a entender que solo “el aguijón del sufrimiento”, la memoria de las víctimas, garantiza la salud evangélica de la Iglesia y de la teología. 

Una segunda referencia viene de lo sucedido en la Europa ilustrada. El holocausto de la raza judía en el nazismo fue tan horrible que solo pasadas varias décadas, filósofos y teólogos se atreven a procesarlo. Auschwitz deja sin sentido a nuestra historia y nos obliga a preguntarnos donde está Dios. Ningún desarrollo social justifica el silenciamiento y el olvido de las víctimas. 

La crisis ha llegado a la zona del euro afectando de modo especial a los países económicamente más pobres de la Unión europea. Puede ser una buena oportunidad para que los cristianos despertemos de un letargo, abandonemos una religión aburguesada y volvamos los ojos hacia las víctimas de un sistema económico que funciona con una ideología homicida. 

Finalmente, otra constatación: la Iglesia, y en general la religión, es percibida por muchos como encubridora de la injusticia y por tanto no es mediación creíble del Evangelio. Es percibida como factor evasivo y narcotizante, con frecuencia utilizado para explotar y domesticar al pueblo, apartándolo de reivindicar sus justos derechos, y para justificar la prepotencia y corrupción estructural de grupos dominantes. 

Viendo hacia dónde nos ha llevado y nos está llevando el proceso iniciado en la Ilustración europea (economía globalizada con exclusión de los más débiles), urge desenmascarar la patología original que lo carcome. En el siglo de las Luces se vincularon razón y libertad con el progreso. Pero el proceso seguido viene demostrando que esa vinculación no es real. En el deslumbrante desarrollo técnico generado por el hombre ilustrado, la razón y la libertad vienen generando más sinrazón y haciendo de los ciudadanos siervos. Y ello explica en buena manera la denuncia de la postmodernidad. 

En la revolución francesa la proclama incluía tres palabras: libertad, igualdad y fraternidad, pero esta última quedó en la sombra. La libertad de los burgueses asentados en el trono de los feudales avanzó creando más desigualdad y olvidando la fraternidad. Así se generó un desarrollo monstruoso que al fin se ha vuelto contra la misma humanidad. 

La revolución marxista en la segunda mitad del siglo XIX desenmascaró esa patología ideológica en que se fundamentó la burguesía ilustrada. Marx cuestionó a un proceso ilustrado donde la libertad irracional de los pocos señores estaba oprimiendo y explotando a los más débiles. Fue un detonante contra esa ideología que hoy se concentra en el neoliberalismo económico. 

La conducta de Jesús 

Intimidad con el Padre y opción por la causa de los social y religiosamente excluidos son dimensiones inseparablemente unidas en la espiritualidad que respira la conducta de Jesús. Según los evangelios, Jesús de Nazaret no se preocupó de mantener intactas las formulaciones doctrinales ni los rituales prescritos. Lo que le indignó y le motivó a intervenir arriesgando su propia seguridad fue el abandono social y religioso de los leprosos, mendigos, prostitutas y otros despreciados en aquella sociedad. La conducta de Jesús cuestionaba la visión de Dios y su relación con Él que tenían las autoridades religiosas judías. Jesús se abrió a la sociedad de su tiempo haciendo suya la causa de los excluidos porque en su intimidad experimentaba que Dios es así. 

En Jesucristo la fe cristiana celebra la epifanía del amor de Dios encarnado que, movido a compasión ante la marginación y sufrimiento de los excluidos, cura heridas y defiende a los pobres hasta correr la suerte desgraciada de las víctimas, y manifestando una lógica nueva: el amor vence a la muerte. En este camino, la Iglesia será de todos, siendo Iglesia particularmente de los pobres. La Iglesia debe ser signo de esperanza en un mundo amenazado en su porvenir. Pero nuestra esperanza no puede instalarse mientras haya en el mundo alguien que no pueda esperar. Solo tenemos esperanza en la medida que la compartimos. Y de verdad la compartimos cuando nos comprometemos en construir una sociedad donde las víctimas privadas de futuro puedan levantar la cabeza como personas libres. 

Una Iglesia de pobres o verdaderos creyentes 

Jesús de Nazaret no fue un revolucionario lanzando arengas o proclamas a favor de los pobres, sino que él mismo se hizo pobre y, movido a compasión, sufrió voluntariamente la exclusión de las víctimas. Esta intervención de Dios, que se hizo realidad en la conducta de Jesús, debe hacerse realidad a lo largo de la historia gracias a hombres y mujeres que “recreen” en su propia historia esa conducta. 

Para ser denuncia creíble de la opción preferencial por los excluidos, la Iglesia no solo debe ser habitable para los pobres y las culturas marginadas, sino que la misma comunidad cristiana debe ser evangélicamente pobre, recreando en su propia conducta la conducta de Jesús que, “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. 

Las personas nos humanizamos no pretendiendo ser dioses y dominando a los demás, sino dejándonos transformar por la presencia de Dios cuyo poder se manifiesta en la misericordia y en la entrega por todos hasta la muerte. Los cristianos debemos revisar cómo ejercemos el poder que de algún modo tenemos y cómo se ejerce en la organización institucional de la Iglesia. La lógica de dominación y las manifestaciones triunfalistas, muy normales en situación de cristiandad, nada tienen que ver con el espíritu evangélico y hoy cada vez son más intolerables. 

Es comprensible identificar vivir con espíritu de pobre y ser creyente. En la tradición bíblica Dios era percibido como defensor de los pobres. Pero en el destierro de Babilonia el pueblo judío se pregunta: ¿dónde está el Dios defensor de los pobres? Entonces la revelación da un paso adelante con la figura del pobre (anaw), la persona que, consciente de su pobreza, se abre confiadamente a esa presencia de Dios. María de Nazaret es la pobre que se abre totalmente a esa presencia y es dichosa porque ha creído, ha consentido y se ha entregado a esa comunicación. 

En los pueblos europeos tradicionalmente cristianos se ha producido “una especie de eclipse de Dios, una cierta amnesia”. En la misma comunidad cristiana no negamos que Dios existe. Pero ¿de qué divinidad estamos hablando y qué influencia tiene en nuestra cultura? ¿Cómo hay que vivir la fe y la religión cristianas? Éste es el interrogante básico y el gran desafío para la Iglesia evangelizadora. 

Aunque la situación religiosa en América Latina es bien diferente a la situación que hoy viven los países europeos, no cabe idealizar. Teólogos latinoamericanos vienen denunciando que la gran tentación para los cristianos en América Latina -la observación vale también para Europa- no es el ateísmo sino la idolatría: seguir con una práctica religiosa pero sirviendo a los ídolos del poder y tener insolidariamente. 

La fe cristiana no se reduce a creer lo que no vimos ni vemos. No es aceptación servil de dogmas y mandamientos. Es un encuentro con la persona de Jesucristo, que da un nuevo horizonte a nuestra vida y con ello una orientación decisiva. Sin esta relación viva que abarca la vida entera del creyente, la fe cristiana es irreal. 

Unir la opción preferencial por los pobres y experiencia de Dios 

Hay cristianos que salen por las calles reivindicando los derechos fundamentales de los pobres, pero no frecuentan la práctica religiosa. Otros, en cambio, que se mantienen fieles observantes de la misa dominical, miran con recelo tales manifestaciones. En nuestra visión de la fe cristiana ambos están tuertos, solo ven de un ojo. Jesús de Nazaret “pasó por el mundo haciendo el bien, curando enfermos o combatiendo las fuerzas del mal, porque Dios estaba con él”. Su misericordia se concreta en la nueva justicia y su mística tiene incidencia política. 

Los conflictos intraeclesiales que desde hace tiempo vienen amenazando a la comunión cristiana no están solo en la visión de la Iglesia interpretada en función de sí misma o en función del reino de Dios. Su raíz es más profunda: mientras unos siguen pensando que a Dios se le afirma y obedece a costa de sacrificar a la humanidad, otros piensan que la humanidad puede ser afirmada y promovida negando a su Creador. No acabamos de aceptar la buena nueva de la encarnación que continúa en el dinamismo de nuestra historia: ni Dios a costa del hombre, ni el hombre a costa de Dios. Humanidad y divinidad van inseparablemente unidas. 

El Vaticano II denuncia la insensatez del hombre moderno que, pretendiendo ser centro absoluto, rompe con su Creador negando su condición de criatura; esa deshumanización es precisamente lo que causa la injusticia social y la pobreza. Pero también denuncia la conducta religiosa, social y moral de los cristianos que no revela sino más bien está ocultando “el genuino rostro de Dios y de la religión”. 

La muerte de Jesús en la cruz es la experiencia de otra lógica: cuando el ser humano es capaz de vivir la presencia de Dios-Amor en él, consintiendo y dejándose transformar por ella, caen los muros de separación y se hace la fraternidad. Si los cristianos conocemos a Dios, nos hemos encontrado con él en Jesucristo, espontáneamente movidos por sentimientos de compasión, sentiremos profundo estupor ante la dignidad del pobre y nos comprometeremos para que salga de su postración, conscientes de que, sirviéndole, servimos también a Dios. Unir compromiso histórico por la dignificación de las víctimas y dimensión mística es lo que hoy estamos necesitando en la Iglesia. 

Otro modelo de Iglesia es necesario y posible 

Desde el siglo IV la Iglesia se fue configurando como un reino de este mundo. La reforma gregoriana en el siglo XI destacó la figura del papa como señor del mundo y la Iglesia, concentrada cada vez más en el clero, vino a ser el poder espiritual único en el mundo europeo funcionando como una sociedad perfecta con la lógica del poder. La Reforma del siglo XVI y las guerras de religión provocaron el fortalecimiento de las estructuras eclesiales y la preocupación por defenderse del mundo moderno que reclamaba su autonomía. Con frecuencia la fe cristiana se redujo a la incondicional adhesión a unas verdades propuestas por la autoridad que, al llegar el proceso de secularización, se abandonan sin ningún trauma.

Urge por tanto emprender un nuevo camino. Si creemos que la Iglesia es ante todo una comunidad de vida, no podemos seguir con un modelo de Iglesia fraguado en oposición a la reforma y al mundo moderno. El encuentro con Jesucristo que llamamos fe no se puede reducir a unas doctrinas formuladas en el catecismo y aprendidas. La Iglesia no puede reducirse al clero que hace del pueblo cristiano un objeto de su gobierno y de su enseñanza. 

Pero una verdadera reforma de la Iglesia no se hace solo con el cambio de estructuras. La pesada y anacrónica estructura solo irá cediendo y cambiando a medida que surjan comunidades cristianas donde se viva la experiencia de la fe. Aunque, con una mirada superficial sobre el proceso que hoy está teniendo lugar en países como España, se tiene la impresión de que el cristianismo está muriendo, lo que sí muere es una situación de cristiandad; está cayendo un cristianismo que da prioridad al ritualismo y a los cumplimientos más que a la vitalidad en el espíritu de Jesucristo. Pero está surgiendo un cristianismo donde crece la personalización de la fe, siguiendo el espíritu del Vaticano II. La Iglesia profética sigue siendo rejuvenecida por el Espíritu.

REFLEXIÓN FINAL YA EN AMÉRICA LATINA 

En América Latina, este modelo de Iglesia ya se inició después del Concilio y, a partir de Medellín, uniendo la experiencia del Dios de Jesucristo y la opción preferencial por los pobres. Los obispos se mantienen fieles a la Iglesia en América Latina, que, a mediados del siglo pasado, recibió la gracia de descubrir a Dios en los pobres. Una nueva forma de mirar al ser humano desde el corazón de Dios, que no es fruto de raciocinios mentales, sino impacto de la compasión que causa en nosotros el sufrimiento del otro. 

La opción cristiana por los pobres tiene inspiración teologal; su principio es la misericordia y su realización es un proceso de espiritualidad que incluye inseparablemente pasión por el Dios revelado en Jesucristo y pasión por el ser humano. Contemplación y compromiso histórico por la liberación de todos desde la opción preferencial por las víctimas. Es la experiencia que han vivido y nos han dejado obispos como Sergio Méndez Arceo y Samuel Ruiz en México, y Monseñor Romero en El Salvador. Y este es el camino para construir un mundo según el corazón de Dios, tal como se reveló en la conducta histórica de Jesús.


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