"En el Reino de la Virgen los hombres participarán en un grado altísimo del amor que une el Divino Espíritu Santo a Nuestra Señora. Según la expresión de San Luis Grignon de Montfort, 'las almas respirarán María', o sea, se sentirán el blanco del inconmensurable y gratuito amor de Ella y en consecuencia la amarán con confianza, arrebatamiento y cariño. De ese afecto inefable nacerá un discernimiento de los espíritus mutuo, mediante el cual contemplarán unas en las otras el aspecto específico de la Madre de Dios que están llamadas a reflejar. De ese modo, toda la sociedad será elevada a un nuevo nivel de vida sobrenatural.
En el conjunto de la opinión pública refulgirá a imagen y semejanza de Jesús, por la Mediación Universal de María, llevada a la cumbre de la perfección la esclavitud marial configura al esclavo con su Señora, tornándolo uno con Ella. Así, a través de la consagración a Jesús por medio de Su Madre, el espíritu de María será transmitido con tal eficacia que transformará una generación quebrada por la Revolución en la fina punta de la santidad, de la nobleza y la combatividad.
Será el reinado de la clemencia, de la piedad y de la dulzura de Nuestra Señora, la era histórica en la cual el espíritu de Ella estará presente en cada criatura y su amor cubrirá, como una niebla blanca y discreta, toda la tierra.
Durante el Reino de María se respirará el suave perfume de la presencia y de las virtudes de la Reina Celestial, quiera en las almas y los ambientes, quiera en las costumbres y hasta en la civilizaciones.
El mejor vino llega al final
Así, si Dios realizó cosas tan extraordinarias en el pasado, seguro que también las hará en el futuro, y cosas aún mayores. Haciendo una interpretación de carácter sobrenatural de toda esta perspectiva histórica, podemos afirmar que, después de haber sido muy derrotado y muy aplastado, el bien resurgirá con nuevo vigor.
Alguien podría objetar haciendo una pregunta: ¿cómo se prueba que el Reino de María es irreversible?
Respondemos con la lógica de la fe: el mal tiene que llegar a su paroxismo, igual que el hijo pródigo del Evangelio, que tuvo que llegar a comer las bellotas de los cerdos (cf. Lc 15, 16) para caer en sí y volver a la casa de su padre, a la verdad de la Fe.
El mismo Evangelio nos enseña que «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). Existe, por lo tanto, un dinamismo misterioso de la Divina Providencia, por el cual es preciso que el fruto se descomponga y muera para que la semilla sea liberada. De forma análoga, es necesario que el ciclo de la decadencia del mundo moderno llegue a su fin y se destruya a sí mismo, como la enfermedad, que desaparece llevando al enfermo a la muerte: enfermedad y muerte acaban juntas.
Además, fue María Santísima quien, en las Bodas de Caná, obtuvo de Nuestro Señor el milagro de la transformación del agua en vino. Y si bien es cierto que el mayordomo le dice al novio que había guardado el mejor vino hasta el final (cf. Jn 2, 9-10), bien podemos exclamar encantados, llenos de alegría y gratitud hacia Nuestro Señor: «Habéis dejado vuestras mejores gracias y vuestros mejores favores para el final de la Historia del mundo». El episodio de las Bodas de Caná, es decir, el primer signo de Jesús hecho a ruegos de María, es la expresión más clara del Reino de María. Este Reino será el vino nuevo de una nueva sociedad que surgirá. Para usar una bella metáfora del Dr. Plinio, será como «un lirio nacido en el lodo, durante la noche y bajo la tempestad», también a ruegos de Aquella que es la Reina del Cielo y de la tierra.
Será una nueva era histórica en quela gracia habitará en el corazón de la mayoría de los hombres, que serán dóciles a la acción del Espíritu Santo a través de la devoción a María: «Se verán cosas maravillosas en este lugar de miseria, en donde el Espíritu Santo, hallando a su Esposa como reproducida en las almas, llegará a ellas con la abundancia de sus dones y las llenará de ellos, pero especialmente del don de su sabiduría, para obrar maravillas de la gracia». Será un tiempo feliz, un «siglo de María en que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo por medio de María, perdiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, se transformarán en copias vivas de María para amar y glorificar a Jesucristo».
Sin embargo, ¿cómo se va a realizar todo esto en nuestro mundo, que vemos en un estado tan lamentable? Es que nos resulta difícil imaginar una época en la que reine entre los hombres la virtud y la aspiración a la santidad…
Caerá sobre la tierra una lluvia del fuego abrasador del Espíritu Santo que transformará las almas, como ocurrió con los Apóstoles (cf. Hch 2, 3), que estaban reunidos en el Cenáculo con María Santísima después de la Ascensión de Jesús (cf. Hch 1, 14), en los comienzos de la Iglesia naciente. De medrosos y cobardes durante la Pasión de Nuestro Señor, se convirtieron en héroes de la fe, sin miedo y dispuestos a todo, para ir por todo el mundo y predicar «el Evangelio a toda la Creación» (Mc 16, 15). Por lo tanto, podemos decir con San Luis Grignion que la vida de la Iglesia es un Pentecostés prolongado, en que el Reino del Espíritu Santo se suma al Reino de Cristo, igual que éste se sumó al Reino de Dios Padre. Y en este Reino predicho por él, la sociedad temporal crecerá tanto en dignidad que los hombres, aunque vivan en esta tierra de exilio, serán semejantes a los habitantes del Cielo.
La realidad de los hechos nos demuestra que la sociedad moderna es como un edificio en ruinas, especialmente si se compara con la época en que «la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados», según palabras de León XIII en su encíclica Immortale Dei. No obstante, lo cierto es que la restauración de estas ruinas será gloriosa, porque el Reino de María será la plenitud del Reino de Nuestro Señor Jesucristo, ya que la devoción a Nuestra Señora es la devoción, la misericordia y el amor de Nuestro Señor elevados hasta la más alta perfección.
Pero no será tan sólo un periodo en que la filosofía del Evangelio gobernará a los pueblos; yendo aún más lejos, será la edificación de la Ciudad de Dios descrita por San Agustín, en la que la cultura, la civilización, el Estado y la familia, en fin, todos los elementos que constituyen la vida en este mundo vivirán del amor a Dios.
San Bernardo dice, con toda hermosura, que Nuestra Señora, por ser «la Reina del Cielo, es misericordiosa. Y, sobre todo, es la Madre del Hijo único de Dios. Esto es lo que nos convence de que su poder y ternura son ilimitados; ¿y vamos a poner en duda el honor que el Hijo de Dios tributa a su Madre?» Así, esta nueva era histórica se llamará, con toda propiedad, Reino de María, precisamente porque las gracias que recibirá la Iglesia vendrán por medio de Aquella que es la Medianera de todas las gracias. Y será realmente necesario que la devoción a Nuestra Señora sea plena, como lo dijo en Fátima,que ésa es la voluntad de Dios, para que llegue el triunfo de su Inmaculado Corazón. Ahora bien, cuando la devoción a Ella es plena, es porque Ella está reinando y es Reina en el sentido más excelso; por lo tanto, es el Reino de María. En consecuencia, el Reino de María será la gloria de Dios, la de su Madre Santísima y la de la Santa Iglesia Católica; a decir verdad, será un esplendor tal de la luz de la virtud que sobrepujará todo el dominio que han tenido las tinieblas de esta época en que vivimos: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 20). Ese Reino conllevará una reparación de todo el mal practicado en el pasado, y especialmente en nuestros días, realizando, por fin, la voluntad de Dios en la tierra como en el Cielo. Monseñor Juan Cla Dias ¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará! Heraldos del Evangelio Guatemala 2017 pp. 115 ss
Pero mientras pensaba esto, me dije: “¿Pero quién sabe quién verá cuándo vendrá este Reino del Fiat Divino? Oh! qué difícil parece ". Y mi amado Jesús, haciéndome su breve visita, me dijo: "Mi hija, y sin embargo, vendrá. Mides al humano, los tiempos tristes que involucran a las generaciones actuales, y por lo tanto te parece difícil. Pero el Ser Supremo tiene medidas divinas que son tan largas, que lo que es imposible para la naturaleza humana, es fácil para nosotros... Entonces Dios enviará un viento impetuoso, que será tan fuerte que los hombres se dejarán transportar por las corrientes del viento que purificará el aire malsana del querer humano y convertirá todas las cosas tristes de estos tiempos en un montón y las diseminará como polvo levantada por un viento impetuoso. El viento de Dios será tan fuerte, impetuoso y operante que no será fácil resistirle, sobre todo porque sus olas serán llenas de gracias, luz, amor que llenarán las generaciones humanas y ellas se sentirán transformadas. ¿Cuántas veces un viento fuerte arroja ciudades enteras y transporta a los hombres, los árboles, las tierras, las aguas en otros lugares y quizás incluso lejanos, sin que puedan oponerse? Hace mucho más el viento divino, querido, decretado por las tres Personas divinas con su fuerza creadora. Hay que añadir también, sigue subrayando Jesús, la intervención de la Reina del Cielo que, con su imperio, reza constantemente para que llegue el Reino de la Divina Voluntad en la tierra, un Reino que se llamará el Reino de la Emperatriz Celestial. Actuará como una reina entre sus hijos en tierra, pondrá a su disposición sus mares de gracia, santidad, potencia, pondrá en fuga a todos los enemigos, crecerá a sus hijos en su seno, los esconderá en su luz, llenándolos con su amor. Dará gracias nunca oídas, nunca vistas, milagros que sacudirán los Cielos y la tierra. Tendrá campo libre para formar el Reino de la Divina Voluntad en la tierra. Será la guía, el verdadero modelo, será también el Reino de la Soberana Reina Celestial. Jesús desea tanto el adviento de esta nueva Pentecostés, y entonces las criaturas tomarán su Amor hasta el último centavo y harán cesar su llanto. Serán las almas que vivirán en el Querer Divino que tomarán todo el amor rechazado por las otras generaciones y, con la potencia de la Divina Voluntad creadora, lo multiplicarán al infinito y entonces cesará el sollozo de Dios y sucederá el sollozo de la alegría y el Amor satisfecho les dará a las afortunadas todos los bienes y la felicidad que los demás no quisieron.
El objetivo de nuestra vida es lo de convertirnos en la imagen y semejanza perfecta de Dios, ya en la tierra podemos regresar a las fuentes del Amor Eterno, porque, acogiendo el Espíritu Santo, nos llegamos a ser “amor sobrenatural” y podemos actuar en el Amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sólo nos queda invocar el Espíritu Santo, para que nos transforme con su acto creador: “Espíritu Santo Amor, Uno y Todopoderoso Señor, danos el Espíritu del Padre y confírmanos en el Amor del Hijo. Ya no te pedimos los siete dones, sino que anhelamos tu presencia dentro de nosotros”.
¡FIAT!
"Una larga y constante experiencia me ha enseñado que la Virgen viene a ser para Dios como una cuarta relación. ¡La Virgen viene a ser para Dios como una cuarta relación! Dios Trinidad incluye, en su íntima familiaridad trinitaria, como una cuarta relación. Incluye en Sí a María. María es comprendida dentro de las relaciones trinitarias. Estamos en el misterio: pero vivido por la Madre Sorazu; y desvelado a ella en la proporción que la Providencia deseó. Poseo al Hijo y a la Madre juntamente, dirá Sorazu por voz del ‘alma’ en el doble coro entre María o Jesús y la oveja interior a la que Ellos guían y apasturan. Y, a Sorazu, dirá la Madre: me gozarás en las corrientes divinas (…) que acompañaré con las efusiones de mi amor. La primera fuente de aquella inclusividad radical no sería la necesidad de Dios para humanarse, sino la gratitud de Dios, es decir, por :simpatía Célica, la infinita Virtud de Dios, Su amante perfección extensa. En retorno del ser temporal que me diste, Madre mía –díceme– extendí a ti mis relaciones divinas. ‘Extiende’, no ‘comunica’ por entero. Se emplean los verbos compartir y transmitir. Se trata de efusiones de mi vida humano-divina que refluye en la tuya ; de soberanas efusiones, (…) corrientes divinas que comunica a la creación por el depósito y canal que forman el Hijo y la Madre. Si puede hablarse de alguna manera, Se dilata y da a Luz, y, a la vez, comprehende y abraza en lo hondo de la Roca, Se profundiza en su ya infinita profundidad, Se contempla en La que se contempla en Él. (Y también desde María pasa la vida a su Hijo como corriente divina que fluye y refluye en nuestras relaciones ). Una extensión que es un recogimiento; al mismo tiempo, algo que va hacia exterior e interior, …luminosas praderas (…) que se pierden en su vida íntima –la de Dios–; y algo creativo y quieto: Míralo reposar tranquilo (…) sin perder nada de su infinita actividad . ‘Cuarta relación’ que comienza antes de la Encarnación, pues poseyó con anticipación las virtudes y perfecciones de Jesucristo quien había de ser la limpidísima Morada para su Humanarse realmente en carne mortal. ‘Cuarta relación’ como místico monte habitado por el Verbo Encarnado, (…) enlazado con la Unión Hipostática, cuyos efectos participa por modo inefable . (Y también, incluida en esta cuarta relación que es María, va sintiendo el alma, en la extensión de Dios, su llamamiento; que, por eso, se da asimismo en ella, y de una vez, exterior e interiormente. Y va escuchando, el alma, que es incluida en estas divinas mareas: … me gozarás en las corrientes divinas que Él comunicará a tu alma Y cuando el alma entre en el Paraíso , el Espíritu Santo la inundará en sus corrientes divinas. En efecto, la Casa divina, que es María por el misterio de la Encarnación, es, también, en el sentido místico, el alma consagrada a Ella )".
"Yo soy la Reina de los Ángeles, porque entra en mi designio particular el ser enviada por el Señor a realizar la mayor y más importante misión de vencer a Satanás. De hecho, ya desde el principio, fui preanunciada como Aquélla que es enemiga de la serpiente. Aquélla que lucha contra la serpiente, Aquélla que al final le aplastará la cabeza.
“Pondré enemistad entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la Suya. Ella te aplastará la cabeza, mientras tú intentarás morder su talón”.
Mi descendencia es Cristo. En Él, que ha llevado a cabo la obra de la Redención y os ha liberado de la esclavitud de Satanás, se realiza mi completa victoria. Por esto, Me es confiada la llave, con la que es posible abrir o cerrar la puerta del Abismo.
La Llave es el signo del poder que tiene quien es dueño y señor de un lugar, que le pertenece. En este sentido, el que posee la llave de todo lo creado es sólo el Verbo encamado, porque por medio de Él todo ha sido creado, y por esto Jesucristo es el Rey y Señor de todo el universo, esto es, del cielo, de la tierra, y del abismo. Sólo mi Hijo Jesús posee la llave del abismo, porque es Él mismo la Llave de David, que abre y nadie puede cerrar, que cierra y nadie puede abrir. Jesús pone esta llave, que representa su divino poder, en mi mano, porque como Madre suya, medianera entre mi Hijo y vosotros me ha sido confiada la misión de vencer a Satanás y a todo su potente ejército del mal. Es con esta llave que Yo puedo abrir y cerrar la puerta del abismo.
"Cristo glorioso sentado a la derecha del Padre ejerce, como Rey su señorío universal, junto a su Madre y a su Padre Virginal (San José), la Corredentora y Mediadora, como intercesores y soberanos dispensadores de todas las gracias -en dependencia de los Tres- a los bienaventurados en ese ejercicio que se cumple de modo pleno y directo sobre su Iglesia, y de modo incoativo e indirecto sobre el mundo, hasta que El venga...
A AQUELLOS QUE JUSTIFICÓ, LOS GLORIFICÓ: Participación de los bienaventurados en la Realeza de Cristo, en unión indisociable con María Reina (Reina del Corazón del Rey), y con San José, Patriarca y Padre del Pueblo de Dios, el Cristo total". Padre Joaquín Ferrer Arellano
"Serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él los mil años. Esto último no se refiere únicamente a los obispos y presbíteros, que son los propiamente llamados sacerdotes en la Iglesia, sino que de igual modo que llamamos cristianos a todos los ungidos por el místico crisma, así a todos podemos llamar sacerdotes por ser miembros del único sacerdote.
De ellos dice el apóstol Pedro: Linaje elegido, sacerdocio real. El Apocalipsis, aunque brevemente, y como de paso, insinúa que Cristo es Dios en el inciso Sacerdotes de Dios y de Cristo, es decir, del Padre y del Hijo. No obstante su apariencia de esclavo, como un hombre más, Cristo ha sido constituido sacerdote según el rito de Melquisedec. De ello ya hemos hablado más de una vez a través de la presente obra". La Ciudad de Dios, san Agustín
"Esta resurrección es la primera, y a ella seguirá, transcurridos mil años, una segunda, en la cual son llamados de nuevo a la vida los demás muertos, vale decir, los que no tuvieron parte en la primera resurrección... Es de creer que esta visión no quiere expresar otra cosa, sino que los mártires recibirán una recompensa especial". Padre Alfred Wikenhauser