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sábado, 1 de agosto de 2026

LIBRO "EL VIEJO Y LA TIERRA": UNA MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA 👴👵 por FRANCISCO MARCOS HERRERO

EL VIEJO Y LA TIERRA

Aquí no hay viejos 
Solo, nos llegó la tarde: 
Una tarde cargada de experiencia 
Experiencia para dar consejos. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Viejo es el mar y se agiganta. 
Viejo es el sol y nos calienta. 
Vieja es la luna y nos alumbra. 
Vieja es la tierra y nos da vida. 
Viejo es el amor y nos alienta. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Somos seres llenos de saber. 
Graduados en la escuela. 
De la vida y en el tiempo. 
Que nos dio el postgrado. 
Subimos al árbol de la vida. 
Cortamos de sus frutos lo mejor. 
Son esos frutos nuestros hijos. 
Que cuidamos con paciencia. 
Nos revierte esa paciencia con amor. 
Fueron niños son hombres serán viejos. 
La mañana vendrá y llegará la tarde. 
Y ellos también darán consejos. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Joven: si en tu caminar encuentras. 
Seres de andar pausado. 
De miradas serenas y cariñosas. 
De piel rugosa, de manos temblorosas. 
No los ignores ayúdalos. 
Protégelos ampáralos. 
Bríndales tu mano amiga. Tu cariño. 
Toma en cuenta que un día. 
También a ti, te llegará la tarde.... 

¿Mario Benedetti?

EL VIEJO Y LA TIERRA

Con manos de corteza y piel de arcilla,
el viejo camina lento por el barbecho,
conoce cada piedra, cada orilla,
y el lenguaje del viento bajo el techo.

Es la tierra su espejo y su memoria,
donde hundió la juventud en cada surco,
testigo silencioso de su historia,
lejos del ruido y del asfalto esturco.

"Vieja es la tierra", murmura en su jornada,
mientras recoge un puñado entre los dedos,
sintiendo la promesa de la siembra amada,
que borra los dolores y los miedos.

Sus pasos son raíces que se extienden,
su espalda es la colina que resiste,
los años pasan, pero ellos se entienden:
el hombre cuida el suelo, el suelo lo subsiste.

Y cuando el sol se oculta en la llanura,
entona una plegaria agradecida,
sabiendo que en el polvo y su estructura
dejará la semilla de su vida.

El viejo y la tierra es el monólogo intenso y a la vez sosegado de un hombre anciano ante su mujer. Un viaje sentimental de triunfos y decadencias, de agobios que le provocan los años y de impotencia frente a la traición desgranan la hechura del narrador.
El desarrollo es contundente y eficaz, escueto y rápido. La vida de los personajes pasa sin ambages. El protagonista muestra la impronta de hombre fuerte, luchador e irónico, tierno y humillado. A la postre el reguero de una vida.
Es una novela densa, de lectura rápida, que dejará en el lector posos de meditación y tal vez el deseo de leerla de nuevo para recuperar los matices subjetivos.

Sus hijos han vendido su casa.

La casa que levantó con sus propias manos. La tierra que le dio de comer. El mundo donde aprendió a amar, a trabajar y a sobrevivir.
Ahora, viejo y solo, Remigio pasa una larga noche hablando con Encarna, su esposa muerta. Mientras a su alrededor vacían habitaciones, arrancan recuerdos y deciden su destino como si él ya no existiera, su voz reconstruye una vida entera: el amor, los hijos, la fe, la dureza del campo, la dignidad, la memoria… y las heridas que nunca terminan de cerrar.
Pero Remigio no solo recuerda: embiste. Su monólogo es tierno y feroz, poético y descarnado, atravesado por una ironía áspera, una lucidez amarga y un humor rural que convierte cada página en una forma de resistencia.

Con una voz narrativa de extraordinaria autenticidad y un lenguaje de deslumbrante riqueza, "El viejo y la tierra" es una novela de altísima intensidad literaria y emocional: una tragedia íntima sobre el desarraigo, la pérdida y la dignidad humana.
Elogiado por Miguel Delibes por su “prosa fuerte pero elástica, de contenido intenso y lenguaje rico”, Francisco Marcos Herrero firma una obra que anticipa algunas de las grandes preocupaciones de la narrativa neorrural contemporánea: 
la desaparición del mundo rural, la ruptura entre generaciones, la memoria de los humildes y la lucha por conservar una forma de estar en el mundo.

Hay novelas que no solo se leen: se escuchan, se habitan y permanecen.

El Viejo y la Tierra está narrado por Remigio, un anciano campesino que, en las últimas horas de su vida, rememora el camino que lo ha llevado hasta ese momento. Sentado en la tranquilidad de su hogar, habla —a veces con ternura, a veces con severidad— a la memoria de su esposa, Encarna.
A través de este monólogo interior, el lector recorre las escenas de su vida: la juventud, el amor, el matrimonio, la guerra, el trabajo, la paternidad y las lentas transformaciones de un mundo rural que comienza a desvanecerse a medida que las generaciones más jóvenes emigran a la ciudad.
La historia de Remigio no es heroica en el sentido convencional. Es simplemente la de un hombre sentado, hablando. Sin embargo, de sus recuerdos surge algo íntimo y universal a la vez: una meditación sobre la vida.


¿Por qué cuanto más urbano se vuelve el mundo, más novelas se escriben sobre el campo?
Tal vez porque la literatura tiene una extraña costumbre: empieza a mirar con atención aquello que dejamos de considerar cotidiano.
El neorruralismo no habla solo de pueblos. Habla de memoria, de tiempo, de arraigo... y de todo lo que una sociedad descubre que ha perdido cuando ya no forma parte de su vida diaria.
Quizá por eso está más vivo que nunca.
¿Crees que el interés por el mundo rural responde a la nostalgia o a la necesidad de entender mejor el presente?

Prólogo
a la primera edición

Todos los viejos miran amorosos y temerosos hacia la tierra, puesto que ella va a ser su morada definitiva en un tiempo más o menos cercano. Pero el protagonista de esta novela no sólo la contempla con esa doble per­cepción, sino que casi se fusiona con ella, tanto por ser hombre del ámbito rural como por ser el relato una re­membranza y un soliloquio con su mujer.

A nuestro viejo le embarga la fatal resignación o la re­ signada fatalidad de los que han vivido mucho y esperan poco. Hay mucho sentido del fatum latino en quienes más que débiles se sienten debilitados por los años. Mucho hay de tragedia griega, aunque sin coturno ni clámide ni máscara, antes bien con descarnada sobriedad, con la­cónica brevedad y con acertado comedimiento en esta novela. 

La solidez y la austeridad del mundo rural se trasvasan a la forma narrativa, a las descripciones y al diálogo o tal vez sean las bien sujetas bridas de la expo­sición y el desarrollo del tema las que imponen el recio y sereno galope. Todo acontece con pasmosa naturali­dad, como resultan naturales el sol o la hierba, con la diferencia de que en estas páginas el sol es el corazón o el motor de los sentimientos y la hierba es el enmarañado matorral de los instintos. Sin embargo, los sentimientos de nuestros personajes no deslumbran ni queman, sino que sus rayos están tamizados por el quehacer y los afa­nes vulgares, así como los matojos van creciendo en si­lencio dentro de la tierra de cada uno. Hasta que un día los cristales que servían de tamiz desaparecen y el sol fulmina a un buen hombre, que es ya un desvalido viejo, y el herbazal se ha espesado tanto que asfixia el metafórico suelo en el que el anciano había edificado sus me­jores recuerdos y sus más nobles sueños, es decir, sus más ínclitas posesiones, pues le arrebatan su tesoro ín­timo y los bienes acumulados en su espíritu.

Francisco Marcos Herrero mantiene en esta novela los notables logros de sus títulos anteriores, aunque ahora da una gran zancada en el aspecto formal de la narración. En las novelas precedentes refulgía el mismo portentoso lenguaje, la sobreabundancia de vida, el vigoroso traza­ do humano de los personajes, la visión plástica de las situaciones y la atmósfera ambiental gravitando con singular peso sobre los moradores de su mundo de ficción. 
La vida desbordante define sustancialmente al verdade­ro novelista, pero tal cualidad comporta también una mayor o menor dosis de caos o descontrol, exactamente co­mo acaece en nuestra existencia. 

En "El viejo y la tierra" la riqueza, sabor y colorido del lenguaje siguen siendo pasmosos, los personajes rezuman verdad humana por los cuatro costados, el ambiente y las situaciones forman y conforman personas y conductas y chorrea igual la vida, si bien este chorro está disciplinadamente encauzado por un formidable ejercicio de contención y así esta so­bria y simple canalización permite deslizarse sin obstá­culos la poderosa agua y potenciar sus efectos.

Estamos, pues, ante una novela modélica, en todos los sentidos y de un modo particular en el de concepción, estructura y despliegue de la novela corta, que de ningu­na manera es una novela con menos páginas de las habituales, como algunos pudieran suponer, sino un género propio y con unas leyes propias. Novela corta es concen­tración argumental y, por ende, carencia de episodios secundarios o divergentes. Novela corta es unidad de tiempo o de lugar o de acción. 
Novela corta es economía de medios expresivos. Novela corta es, con evidente exageración, pero por ahí se anda la cosa, esquematismo o, si se quiere, croquis, en el que está todo, y muy claro, y con sugestivo perfil, un croquis rellenado de vida que acaba siendo la casa entera y completa. 

En El viejo y la tierra todo avanza con sumo talento narrativo y perfecta­ mente delineado a una espléndida sorpresa final, pero la esplendidez literaria y humana arranca ya desde las primeras líneas. Como debe ser.
Francisco Marcos Herrero demuestra ser con esta obra y con su conjunto quehacer novelístico un viejo conoce­dor de los seres humanos y un sabio dominador de la difícil y agreste tierra que toda novela es.

JOSÉ CAROL
(Novelista y crítico literario)

Nostalgias - Sentires de mi Pueblo -Don Argañaraz


VER+:


lunes, 15 de junio de 2026

JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE, EL GRAN POETA DEL INSOMNIO Y LA PERFECCIÓN EN PROSA, CUMANÁ, VENEZUELA

 

José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, 1890 – Ginebra, 1930). Poeta, ensayista educador, políglota, autodidacta y diplomático venezolano. Es considerado uno de los escritores e intelectuales más importantes de la historia literaria de Venezuela. Sus obras más importantes son La torre de Timón (1925), Las formas del fuego (1929) y El cielo de esmalte (1930).

«La meta es el origen» 
Karl Kraus (de su poema El moribundo)


Preludio

YO QUISIERA estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ellas es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.

***
Discurso del contemplativo

Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente, cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las copas gemebundas. Recibiré la única visita de los pájaros que encontrarán descanso en mi refugio silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará en el espíritu la desazón exasperante del rencor, aliviando mi frente el refrigerio del olvido.

La devoción y el estudio me ayudarán a cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi meditación, que en la cima solemne del éxtasis descansarán del sostenido vuelo; y desde allí divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz llegará hasta mí después de perder su fuego en la espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.

Yo opondré al vario curso del tiempo la serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia. En esa disposición ecuánime esperaré el momento y afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor, como de alados serafines, y un transparente efluvio de consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi cadáver sobrará por tardía la atención de los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la aurora y el revuelo de los pájaros amigos.

***
El resfrío

He leído en mi niñez las memorias de una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la lluvia en la soledad.
La heroína reposa de un galope consecutivo, espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.
La artista arrojó desde su caballo al sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.
Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce inmenso.

***
El tesoro de la fuente cegada

Yo vivía en un país intransitable, desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos olvidados, se dividía en precipicios y montañas, eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria atribulada.

El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel desierto, orientado por una luz incólume.

***
Edad de plata

Yo vivía retirado en el campo desde el fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez. Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología, escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar al Destino.

***
La vida del maldito

Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia, rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema; vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada por la manía de la investigación; y esta curiosidad infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión y peligro.

No me seducen los placeres mundanos y volví espontáneamente a la soledad, mucho antes del término de mi juventud, retirándome a esta mi ciudad nativa, lejana del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una campiña etrusca.

La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y casé improvisamente con una joven caracterizada por los rasgos de mi persona física, pero mejorados por una distinción original. La trataba con un desdén superior, dedicándole el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su ausencia.

La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada, un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme, contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos dispersos y confusos, que no llegaban a voces. Viví así innumerables días hasta que, después de una crisis nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un fiel servidor que defendió los días de mi infancia.

Paso el tiempo en una meditación inquieta, cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa. Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de la casa.
En esta situación me visita, increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima. Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de un torbellino de llamas.

***
A UN DESPOJO DEL VICIO

Pábulo hasta entonces de la brutalidad, ignorante de la misericordia y del afecto, caíste en mis brazos amorosos tú, que habías caído y eras casta, reducida por la adversidad a lastimosa condición de ave cansada, de cordero querelloso y herido. Interrumpida por quejas fue la historia de tu vida, toda dolor o afrenta. Expósita sacrificada a algún apellido insigne, fuiste recogida por quien explotó más tarde tu belleza. Ahora pensabas que tu muerte sería pública, como tu aparición en el mundo; que algún día vendría ella a liberarte de tus enemigos, la miseria, el dolor y el vicio; que la crónica de los periódicos, registrando el suceso, no diría tu nombre de emperatriz o de heroína, sustituyéndolo por el apodo infamante.

Agobiaba tu frente con estigma oprobioso la injusticia; doblegaba tus hombros el peso de una cruz. Cerca de mí, dolorosa y extenuada, hablabas con los ojos bajos que, muy rara vez levantados, dejaban descubrir, vergonzosos, ilusión de paraísos perdidos de amor.

Tanto como por esos pensamientos, se elevaba tu queja por la belleza marchita casi al comienzo de la juventud, por la mustia energía de los músculos en los brazos anémicos, por los hombros y espaldas descarnados, propicios a la tisis, por la fealdad que acompañaba tu flaqueza… Era la tuya una queja intensa, como si estuviera aumentada por la de antepasados virtuosos que lamentaran tu ignominia. Era la primera vez que no la sofocabas en silencio, como hasta entonces, a los cielos demasiado lejanos, a los hombres demasiado indiferentes. Y prometías recordar y bendecirme a mí, a aquel hombre, decías, el único que te había compadecido, sin cuya caridad te habrías encontrado más aislada, que tenía los brazos abiertos a todas las desventuras, pues fijo como a una cruz estaba por los dolores propios y ajenos. Por no afligirte más, te dejé ignorar que yo, soñador de una imposible justicia, iba también quejumbroso y aislado por la vida, y que, más infeliz que tú, sin aquel afecto que moriría pronto contigo, estaría solo.

***
Entonces

Sueño que sopla una violenta ráfaga de invierno sobre tus cabellos descubiertos, oh niña, que transitas por la nevada urbe monstruosa, a donde todavía joven espero llegar, para verte pasar. Te reconoceré al punto, no me sorprenderán tu alma atormentada y exquisita, tu cuerpo endeble ni tu azul mirada; he presentido tus manos delicadas y exangües, he adivinado tu voz que canta y tu gentil andar. El día de nuestro encuentro será igual a cualquiera de tu vida: te veré buscando paso entre la muchedumbre de transeúntes y carruajes que llena con su tumulto la calle y con su ruido el aire frío. La calle ha de ser larga, acabará donde se junten lejanas neblinas; la formará una doble hilera de casas sin ningún intervalo para viva arboleda; la harán más tediosa enorme edificios que niegan a la vista el acceso al cielo. Lejos de la ciudad nórdica estarán para entonces los pájaros que la alegraban con su canto y olvidado estará el sol; para que reine la luz artificial con su lívido brillo, la habrán sepultado las nubes, cuyo horror aumenta la industria con el negro aliento de sus fauces.

Entonces y allí será la última hora de esta mi juventud transcurrida sin goces. Habré ido a experimentar en la ciudad extraña y septentrional la amargura de su despedida y el desconsuelo de su eterno abandono. Para sufrir el ocaso de la juventud ya estaré preparado por la partida de muchas ilusiones y el desvanecimiento de muchas esperanzas. En mi memoria dolerá el recuerdo de imposibles afectos y en mi espíritu pesará el cansancio de vencidos anhelos. Y ya no aspiraré a más: habré adaptado mis ojos al feo mundo, y cerrado mi puerta a la humanidad enemiga. Mi mansión será para otros impenetrable roca y para mí firme cárcel. Estoico orgullo, horrenda soledad habré alcanzado. En torno de mi frente flotarán los cabellos grises, cual la ceniza de huérfanos hogares.

De lejos habré llegado con el eterno, hondo pesar, el que nació conmigo en el trópico ardiente y que me acompaña como conciencia de vivir. Un pesar no calmado con la maravilla de los cielos y de los mares nativos perpetuamente luminosos, ni con el ardor ecuatorial de la vida, que me ha rodeado exuberante y que sólo en mí languidece. Los años habrán pasado sin amortiguar esta sensibilidad enfermiza y doliente, tolerable a quien pueda tener la única ocupación de soñar, y que desgraciadamente, por el áspero ataque de la vida, es dentro de mí como cuerda a punto de romperse en dolorosa tensión. La sensibilidad que del adverso mundo me hace huir al solitario ensueño, se habrá hecho más aguda y frágil al alejarse gravemente mi juventud con la pausada melancolía de la nave en el horizonte vespertino.

Al encontrarte, quedaremos unidos por el convencimiento de nuestro destierro en la ciudad moderna que se atormenta con el afán del oro. Ese día, demasiado tarde, el último de mi juventud, en que despertarán, como fantasmas, recuerdos semimuertos al formar el invierno la mortaja de la tierra, será el primero de nuestro amor infinito y estéril. Unidos en un mismo ensueño, huiremos del mundo, cada día más bárbaro y avaro. Huiremos en un vuelo, porque nuestras vidas terminarán sin huellas, de tal modo que éste será el epitafio de nuestro idilio y de nuestra existencia: pasaron como sonámbulos sobre la tierra maldita.

*


El 9 de junio de 1890, nació en Cumaná José Antonio Ramos Sucre, una de las mentes más brillantes, complejas y vanguardistas de la literatura venezolana. Ramos Sucre no escribía como los demás. Creó un universo propio a través del poema en prosa, caracterizado por una precisión matemática, una atmósfera misteriosa y un dolor profundo que arrastraba a causa de su insomnio crónico.
Dominaba más de diez idiomas, fue diplomático, educador y un autor de culto adelantado a su época. Sus obras como La torre de Timón y Las formas del fuego siguen deslumbrando a quienes buscan una literatura sin concesiones.
Hoy recordamos al genio cumanés que transformó la palabra en una obra de arte eterna.

Jose Antonio Ramos Sucre by Raul Cota


La Formas Del Fuego José Antonio Ramos Sucre 1929 2 by Ale Paiva


sábado, 13 de junio de 2026

POEMA "CANTO AL RÍO DE MI INFANCIA" por PASCUAL VENEGAS FILARDO

Canto  al  río  de  mi  infancia 

Eres siempre mi río, el río de mi infancia, 
el río de mi primer amor, con tus mismas palmeras,
 con su macuto verde y su tipicare  gris, 
donde los duendes son el alma de los bosques,
 y una niña encantada se convirtió en flor. 

Quisiera ser a un niño para tocar tus aguas; 
para sentir el beso de tu fresca corriente, 
y hundir el pie desnudo en tus arenas cálidas; 
tomar entre mis manos un arisco corroncho, 
y sentir en mis plantas tus filosos guijarros. 

Te recuerdo remoto, cuando en busca del pozo,
los muchachos del barrio, no teníamos distancias, 
y allí estás intacto, ¡oh río rumoroso!, con sus escasas aguas, 
con tu lecho caldeado y tus mismas palabras, 
tus mismas lavanderas, tus piedras azuladas. 

Eres hoy como ayer, el río de mi infancia. 
Allí está tu triste causa, la cariñosa fronda 
de tus antiguos árboles, tus mañanas radiantes, 
el mismo viento mueve las veredas erguidas,
 el agua tiene exacto aquel rumor de entonces, 
el tiempo no ha tocado tu fluvial armonía.
Eres... Serás siempre... el río de mi infancia.

ESTE ES EL RÍO DE MI INFANCIA: 
RÍO A MARISQUEIRA, 
ALMEIRAS, CULLEREDO, GALICIA, ESPAÑA



Pascual Venegas Filardo - Viajeros a Venezuela en Los Siglos XIX y XX by Chjalmar Ekman


viernes, 29 de mayo de 2026

POEMA Y CORRIDO LLANERO "FLORENTINO Y EL DIABLO" 👤👿 por ALBERTO ARVELO TORREALBA, VENEZUELA


FLORENTINO Y EL DIABLO



Presentación

Llano adentro dos hombres se enfrentan sin otra arma que el canto y la astucia. Uno de ellos, que llegó vestido de negro y cabalgando un caballo negro, retó al otro, coplero de cabello encendido que en virtud de un férreo código moral no puede negarse al combate. Cantan toda la noche en encarnizado contrapunteo, una competencia tradicional en la que ambos contendientes deben hacer uso de sus mejores habilidades como poetas y como improvisadores. El retador no es otro que el «Capitán de la Tiniebla», Satanás, y la prenda a disputar no es otra que el alma del «catire quitapesares», Florentino. Al final, entre invocaciones de entidades divinas y el advenimiento del alba, se impondrá el bien. 
El poeta venezolano Alberto Arvelo Torrealba publicó en 1940 la primera versión de Florentino y el Diablo. Luego, en 1950 y 1957, publicaría dos nuevas versiones que ampliaban la original. La conocida leyenda del Llano del hombre que venció al Diablo es la materia prima del autor, quien «la viste de octosílabo en estrofas de corrío», como escribiera el investigador Manuel Bermúdez (Enciclopedia de Venezuela, Editorial A. Bello, S.A., Caracas, 1973; tomo VII). 
De las versiones de Florentino y el Diablo escritas por Arvelo Torrealba la más conocida es la de 1950, que en 1965 fue grabada como obra musical con las voces de los reconocidos copleros Juan de los Santos Contreras, «el Carrao de Palmarito», representando al Diablo, y José Romero Bello en el papel de Florentino. La interpretación del poema, primero en acetato y luego en escena, le brindó tal popularidad que con el tiempo se convirtió en inspiración para otras obras en diversos formatos, como la Cantata criolla de Antonio Estévez o el largometraje del año 2000 dirigido por Michael New. En 1997, La BitBlioteca y Editorial Letralia publicaron conjuntamente la primera edición electrónica de este clásico de la literatura venezolana, en su versión de 1950. Se trata de un aporte invalorable al estudio de nuestra poesía. 
Florentino y el Diablo es un poema épico que con justicia ha sido equiparado a otros textos imprescindibles de Latinoamérica.

Jorge Gómez Jiménez. Editor


I

EL RETO

El coplero Florentino 
por el ancho terraplén 
caminos del Desamparo 
desanda a golpe de seis. 

Puntero en la soledad 
que enlutan llamas de ayer, 
macolla de tierra errante 
le nace bajo el corcel. 
Ojo ciego el lagunazo 
sin garza, junco ni grey, 
dura cuenca enterronada 
donde el casco da traspié. 
Los escuálidos espinos 
desnudan su amarillez, 
las chicharras atolondran 
el cenizo anochecer. 
Parece que para el mundo 
la palma sin un vaivén. 

El coplero solitario 
vive su grave altivez 
de ir caminando el erial 
como quien pisa vergel. 
En el caño de Las Ánimas 
se para muerto de sed. 
y en las patas del castaño 
ve lo claro del jagüey.

El cacho de beber tira, 
en agua lo oye caer; 
cuando lo va levantando 
se le salpican los pies, 
pero del cuerno vacío 
ni gota pudo beber. 
Vuelve a tirarlo y salpica 
el agua clara otra vez, 
mas sólo arena sus ojos 
en el turbio fondo ven. 

Soplo de quema el suspiro, 
paso llano el palafrén, 
mirada y rumbo el coplero 
pone para su caney, 
cuando con trote sombrío 
oye un jinete tras él. 

Negra se le ve la manta, 
negro el caballo también; 
bajo el negro pelo’e guama 
la cara no se le ve. 
Pasa cantando una copla 
sin la mirada volver: 

—Amigo, por si se atreve, 
aguárdeme en Santa Inés, 
que yo lo voy a buscar 
para cantar con usté.

 Mala sombra del espanto 
cruza por el terraplén. 
Vaqueros de lejanía 
la acompañan en tropel; 
la encobijan y la borran 
pajas del anochecer. 

Florentino taciturno 
coge el banco de través. 
Puntero en la soledad 
que enlutan llamas de ayer 
parece que va soñando 
con la sabana en la sien. 
En un verso largo y hondo 
se le estira el tono fiel: 

Sabana, sabana, tierra 
que hace sudar y querer, 
parada con tanto rumbo, 
con agua y muerta de sed, 
una con mi alma en lo sola, 
una con Dios en la fe; 
sobre tu pecho desnudo 
yo me paro a responder: 
sepa el cantador sombrío 
que yo cumplo con mi ley 
y como canté con todos 
tengo que cantar con él.

II 

LA PORFÍA

Noche de fiero chubasco 
por la enlutada llanura, 
y de encendidas chipolas 
que el rancho del peón alumbran. 
Adentro suena el capacho, 
afuera bate la lluvia; 
vena en corazón de cedro 
el bordón mana ternura; 
no lejos asoma el río pecho 
de sabana sucia; 
más allá coros errantes, 
ventarrón de negra furia, 
y mientras teje el joropo 
bandoleras amarguras 
el rayo a la palma sola 
le tira señeras puntas. 

Súbito un hombre en la puerta: 
indio de grave postura, 
ojos negros, pelo negro, 
frente dé cálida arruga, 
pelo de guama luciente 
que con el candil relumbra. 

Un golpe de viento guapo 
le pone a volar la blusa, 
y se le ve jeme y medio 
de puñal en la cintura.

Entra callado y se apuesta 
para el lado de la música. 

Oiga vale, ese es el Diablo. 
—la voz por la sala cruza. 

Mírelo cómo llegó 
con tanto barrial y lluvia, 
planchada y seca la ropa, 
sin cobija ni montura. 
Dicen que pasó temprano, 
como quien viene de Nutrias, 
con un oscuro bonguero 
por el paso de Las Brujas. 

Florentino está silbando 
sones de añeja bravura 
y su diestra echa a volar 
ansias que pisa la zurda, 
cuando el indio pico de oro 
con su canto lo saluda. 

El Diablo 

Catire quitapesares 
contésteme esta pregunta: 
¿Cuál es el gallo que siempre 
lleva ventaja en la lucha 
y aunque le den en el pico 
tiene picada segura? 

Florentino 

Tiene picada segura 
el gallo que se rebate 
y no se atraviesa nunca, 
bueno si tira de pie, 
mejor si pica en la pluma.

El Diablo 

Mejor si pica en la pluma. 
Si sabe tanto de todo diga 
cuál es la república 
donde el tesoro es botín 
sin dificultá ninguna. 

Florentino 

Sin dificultá ninguna, 
la colmena en el papayo 
que es palo de blanda pulpa: 
el que no carga machete 
saca la miel con las uñas. 

El Diablo 

Saca la miel con las uñas. 
Contésteme la tercera 
si respondió la segunda, 
y diga si anduvo tanta 
sabana sin sol ni luna 
quién es el que bebe arena 
en la noche más oscura. 

Florentino 

En la noche más oscura 
no quiero ocultar mi sombra 
ni me espanto de la suya. 
Lo malo no es el lanzazo 
sino quien no lo retruca: 
tiene que beber arena 
el que no bebe agua nunca.

El Diablo 

El que no bebe agua nunca. 
Así cualquiera responde 
barajando la pregunta. 
Si sabe dé su razón 
y si no, no dé ninguna: 
¿quién mitiga el fuego amargo 
en jagüey de arena pura, 
quién mata la sed sin agua 
en la soledad profunda? 

Florentino 

En la soledad profunda 
el pecho del medanal, 
el romance que lo arrulla, 
la conseja que lo abisma, 
el ánima que lo cruza, 
la noche que lo encobija, 
el soplo que lo desnuda, 
la palma que lo custodia, 
el lucero que lo alumbra. 
¿Qué culpa tengo, señores, 
si me encuentra el que me busca? 

El Diablo 

Si me encuentra el que me busca 
el susto lo descarea. 
Falta un cuarto pá’la 
una cuando el candil parpadea, 
cuando el espanto sin rumbo 
con su dolor sabanea, 
cuando Florentino calla 
porque se le va la idea, 
cuando canta la pavita, 
cuando el gallo menudea.

Florentino 

Cuando el gallo menudea 
la garganta se me afina 
y el juicio se me clarea. 
Yo soy como el espinito 
que en la sabana florea: 
le doy aroma al que pasa 
y espino al que me menea. 

El Diablo 

Espino al que me menea. 
No le envidio al espinito 
las galas de que alardea: 
cuando la candela pasa 
la pata se le negrea. 
Con plantaje y bulla de ala 
no se cobra la pelea. 
Vaya poniéndose alante 
pá’que en lo oscuro me vea. 

Florentino 

Pá’que en lo oscuro me vea. 
Amigo no arrime tanto 
que el bicho se le chacea. 
Atrás y alante es lo mismo 
pá’l que no carga manea. 
El que va atrás ve pá’lante 
y el que va alante voltea. 

El Diablo 

El que va alante voltea 
a contemplar lo que sube 
borrando lo que verdea: 
en invierno el aguazal, 
en verano la humarea. 
Me gusta cantar al raso 
de noche cuando ventea 
porque así es como se sabe 
quién mejor contrapuntea. 

Florentino 

Quien mejor contrapuntea 
hace sus tratos de día 
y trabaja por tarea. 
«¡Cójame ese trompo 
en la uña a ver si taratatea!». 
Ni que yo fuera lechuza 
en campanario de aldea 
para cantar en lo oscuro 
con esta noche tan fea. 

El Diablo 

Con esta noche tan fea 
una cosa piensa el burro 
y otra el que arriba lo arrea. 
¡Ay, catire Florentino! 
escuche a quien lo previene: 
déle tregua a la porfía 
pá’que tome y se serene 
si no quiere que le falle la voz 
cuando se condene. 

Florentino 

La voz cuando se condene. 
Mientras el cuatro me afine 
y la maraca resuene 
no hay espuela que me apure 
ni bozal que me sofrene, 
ni quien me obligue a beber 
en tapara que otro llene. 
Coplero que canta y toca 
su justa ventaja tiene: 
toca cuando le da gana, 
canta cuando le conviene. 

El Diablo 

Canta cuando le conviene. 
Si su destino es porfiar 
aunque llueva y aunque truene 
le voy a participar, 
amigo, que en este duelo 
yo no le vengo a brindar 
miel de aricas con buñuelo. 
Si se pone malicioso 
no me extraña su recelo, 
que al que lo mordió macagua 
bejuco le para el pelo. 

Florentino 

Bejuco le para el pelo. 
Contra un jiro atravesao 
yo mi pollo ni lo amuelo. 
Entre cantadores canto, 
entre machos me rebelo, 
entre mujeres me sobra 
muselina y terciopelo, 
cuando una me dice adiós 
a otra le pido consuelo. 
Desde cuando yo volaba 
paraparas del rayuelo 
vide con la noche oscura 
la Cruz de Mayo en el cielo.

El Diablo 

La Cruz de Mayo en el cielo. 
A mí no me espantan sombras 
ni con luces me desvelo: 
con el sol soy gavilán 
y en la oscuridá mochuelo, 
familia de alcaraván 
canto mejor cuando vuelo; 
también como la guabina 
si me agarra me le pelo, 
también soy caimán cebao 
que en boca’e caño lo velo. 

Florentino 

Que en boca’e caño lo velo. 
Me acordé de aquel corrío 
que me lo enseñó mi abuelo: 
velando al que nunca pasa 
el vivo se quedó lelo, 
para caimán el arpón 
para guabina el anzuelo, 
patiquín que estriba corto 
no corre caballo en pelo. 
¿Con qué se seca la cara 
el que no carga pañuelo? 
¿Pá’qué se limpia las patas 
el que va a dormí en el suelo? 

El Diablo 

El que va a dormí 
en el suelo pega 
en la tierra el oío: 
si tiene el sueño liviano 
nunca lo matan dormío. 
Los gallos están cantando, 
escúcheles los cantíos, 
los perros están aullando, 
recuerde lo convenío. 
«Zamuros de la Barrosa 
del alcornocal del Frío 
albricias pido, señores, 
que ya Florentino es mío». 

Florentino 

Que ya Florentino es mío. 
¡Ñéngueres de Banco Seco! 
¡taro-taros del Pionío! 
Si usté dice que soy suyo 
será que me le he vendío, 
si me le vendí me paga 
porque yo a nadie le fío. 
Yo no soy rancho veguero 
que le mete el agua el río, 
yo no soy pájaro bobo 
pá’estar calentando nío. 

El Diablo 

Pá’estar calentando nío. 
No sé si es pájaro bobo 
pero va por un tendío 
con la fatiga del remo 
en el golpe mal medío; 
y en la orilla del silencio 
se le anudará el tañío 
cuando yo mande a parar 
el trueno y el desafío. 

Florentino 

El trueno y el desafío. 
Me gusta escuchar el rayo 
aunque me deje aturdío, 
me gusta correr chubasco 
si el viento lleva tronío. 
Águila sobre la quema, 
reto del toro bravío. 
Cuando esas voces me llaman 
siempre les he respondío. 
¡Cómo me puede callar 
coplero recién vestío! 

El Diablo 

Coplero recién vestío, 
mano a mano y pecho a pecho 
ando atizándome el brío 
con el fuego del romance 
que es don de mi señorío. 
Relámpagos me alumbraron 
desde el horizonte ardío 
nariceando cimarrones 
y sangrando a los rendíos 
con la punta’e mi puñal 
que duele y da escalofrío. 

Florentino 

Que duele y da escalofrío... 
Dame campo pensamiento 
y dame rienda albedrío 
pá’enseñarle al que no sabe 
a rematar un corrío. 
Cimarrones hay que verlos, 
de mautes no le porfío; puñal, 
sáquelo si quiere a ver 
si repongo el mío. 
Duele lo que se perdió 
cuando no se ha defendío.

El Diablo 

Cuando no se ha defendío 
lo que se perdió no importa 
si está de pies el vencío, 
porque el orgullo indomable 
vale más que el bien perdío. 
Por eso es que me lo llevo 
con la nada por avío en bongo 
de veinte varas que tiene 
un golpe sombrío. 
Y vuelvo a cambiarle el pie 
a ver si topa el atajo. 

Florentino 

A ver si topa el atajo. 
Cuando se fajan me gusta 
porque yo también me fajo. 
«Zamuros de la Barrosa 
del alcornocal de abajo: 
ahora verán, señores, 
al Diablo pasar trabajo». 

El Diablo 

Al Diablo pasar trabajo. 
No miente al que no conoce 
ni finja ese desparpajo, 
mire que por esta tierra 
no es primera vez que viajo, 
y aquí saben los señores 
que cuando la punta encajo 
al mismo limón chiquito 
me lo chupo gajo a gajo.

Florentino 

Me lo chupo gajo a gajo. 
Usté que se alza el copete 
y yo que se lo rebajo. 
No se asusten compañeros, 
déjenlo que yo lo atajo, 
déjenlo que pare suertes, 
yo sabré si le barajo; 
déjenlo que suelte el bongo 
pá’que le coja agua abajo; 
antes que Dios amanezca 
se lo lleva quien lo trajo; 
alante el caballo fino, 
atrás el burro marrajo. 
¡Quién ha visto dorodoro 
cantando con arrendajo! 
Si me cambió el consonante 
yo se lo puedo cambiar. 

El Diablo 

Yo se lo puedo cambiar. 
Los graves y los agudos 
a mí lo mismo me dan, 
porque yo eché mi destino 
sobre el nunca y el jamás. 
¡Ay!, catire Florentino, 
cantor de pecho cabal, 
qué tenebroso el camino 
que nunca desandará, 
sin alante, sin arriba, 
sin orilla y sin atrás. 
Ya no valen su baquía, 
su fe ni su facultá 
catire quitapesares 
arrendajo y turupial.

Florentino 

Arrendajo y turupial. 
De andar solo esa vereda 
los pies se le han de secar, 
y se le hará más profunda 
la mala arruga en la faz; 
porque mientras llano 
y cielo me den de luz su caudal, 
mientras la voz se me escuche 
por sobre la tempestá, 
yo soy quien marco mi rumbo 
con el timón del cantar. 
Y si al dicho pido ayuda 
aplíquese esta verdá: 
que no manda marinero 
donde manda capitán. 

El Diablo 

Donde manda capitán 
usted es vela caída, 
yo altivo son de la mar. 
Ceniza será su voz, 
rescoldo de muerto 
afán sed será su última huella 
náufraga en el arenal, 
humo serán sus caminos, 
piedra sus sueños serán, 
carbón será su recuerdo, 
lo negro en la eternidá, 
para que no me responda 
ni se me resista más. 
Capitán de la Tiniebla 
es quien lo viene a buscar.

Florentino 

Es quien lo viene a buscar. 
Mucho gusto en conocerlo tengo, 
señor Satanás. 
Zamuros de la Barrosa 
salgan del Arcornocal 
que al Diablo lo cogió el día 
queriéndome atropellar. 
Sácame de aquí con Dios 
Virgen de la Soledá, 
Virgen del Carmen bendita, 
sagrada Virgen del Real, 
tierna Virgen del Socorro, 
dulce Virgen de la Paz, 
Virgen de la Coromoto, 
Virgen de Chiquinquirá, 
piadosa Virgen del Valle, 
santa Virgen del Pilar, 
Fiel Madre de los Dolores 
dame el fulgor que tú das, 
¡San Miguel!, dame tu escudo, 
tu rejón y tu puñal, 
Niño de Atocha bendito, 
Santísima Trinidá. 
(En compases de silencio 
negro bongo que echa a andar. 
¡Salud, señores! El alba 
bebiendo en el paso real).

Alberto Arvelo Torrealba 

Alberto Arvelo Torrealba nació el 30 de septiembre de 1905 en Barinas. Murió el 28 de marzo de 1971 en Caracas. Poeta, abogado, político, diplomático, educador y ensayista. 

En la Universidad Central de Venezuela obtuvo el grado de doctor en ciencias políticas (1935). Ejerció la docencia y desempeñó altos cargos públicos, entre ellos: presidente del Consejo Técnico de Educación en 1940, gobernador del estado Barinas entre 1941 y 1944, consejero de la Embajada de Francia, embajador extraordinario de Venezuela en Bolivia (1952), embajador en Italia, ministro de Agricultura y Cría (1953). En 1968 fue elegido individuo de número de la Academia de la Lengua. En 1966 obtuvo el premio Nacional de Literatura, mención Prosa, por su ensayo: Lazo Martí: vigencia en lejanía. Otras obras suyas fueron Música de cuatro (1928), Cantas (1932), Glosas al cancionero (1940), Florentino y el Diablo (1940/1957) y Caminos que andan (1952). 

Tras una aparente y engañosa ubicación dentro del criollismo y del nativismo, Alberto Arvelo Torrealba nos ofrece una poesía de gran fuerza lírica y épica, a la cual no son ajenas las reflexiones filosóficas y existenciales, aunque sin disminuir ni enajenar la intensidad estética. La gran popularidad de sus versos se explica por los temas sacados de la vida y del paisaje cotidiano del habitante de las llanuras venezolanas, y por el uso de formas métricas y estróficas de atractiva sonoridad y de larga tradición popular, heredada de nuestro pasado hispánico: el octosílabo, la copla, la décima o espinela, el romance... Pero sus imágenes son muchas veces herméticas, producto de una elaboración poética rica y compleja, con los recursos de una vasta cultura. 

Sus versos, además, responden a una vocación profundamente humana y universal. Un profundo contenido reflexivo, netamente existencial, que universaliza la angustia del poeta ante el mundo y la vida, y la expresión estética ricamente elaborada, trasvasada en imágenes de la más variada especie, aun sin dejar de apoyarse en un lenguaje a veces, pero no siempre, típicamente popular, y muy frecuentemente traducida en imágenes herméticas, cuya forma popular esconde la dificultad para captar plenamente su sentido. 
La riqueza creadora de Arvelo Torrealba es tal, en efecto, que es frecuente encontrar décimas, por ejemplo, en las cuales prácticamente todos sus versos contienen imágenes de hermosísima factura, aunque a menudo de difícil comprensión. 

La calificación de Arvelo Torrealba como «poeta nativista» nos parece hoy bastante discutible. No porque en su poesía no se cante, efectivamente, al paisaje y, en general, a la naturaleza venezolana, sino porque al lado de esto hay también en sus versos otros elementos, a nuestro juicio más importantes y definitorios, pero que la utilización, casi excluyente, del verso octosílabo, la cuarteta y otros recursos característicos de la poesía popular dominante en los llanos venezolanos, ha hecho que aquellos elementos pasen un tanto inadvertidos, incluso para críticos generalmente muy sagaces.

Alexis Márquez Rodríguez
En Arvelo Torrealba, Alberto. Obra poética.
Monte Ávila Editores. Caracas (Venezuela), 1999.

FLORENTINO Y EL DIABLO LEYENDA COMPLETA


AlbertoArveloTorrealba.pdf by Miguel Benitez