EL Rincón de Yanka: NUEVOS EVANGELIZADORES PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN. LIBRO DE JOSÉ H. PRADO FLORES

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martes, 16 de diciembre de 2014

NUEVOS EVANGELIZADORES PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN. LIBRO DE JOSÉ H. PRADO FLORES






YA, YA POR FAVOR



Quiero comenzar estas páginas rompiendo paradigmas de lo que debe ser la presentación de un libro. Si el tema que tratamos es la Nueva Evangelización, entonces también se precisa un nuevo tipo de presentación. Por eso, prefiero compartir una reciente experiencia cuyo perfume ha impregnado mi ministerio.


Estaba terminando de escribir estos capítulos, cuando recibí una cordial invitación de don Pigi Perini, un viejo y buen amigo, pero cuya amistad, con los años, se había ido alejando. Sin embargo, me pedía impartir un Retiro a Sacerdotes comprometidos en las Células de Evangelización, que se difunden por todo el mundo. El tema sería: La Nueva Evangelización. El lugar: la Sacristía Monumental de la Parroquia de San Eustorgio, en Milán, Italia.

Como don Pigi me comentó que el expositor del Retiro el año anterior había sido el Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, yo preparé cuidadosamente mi temario, con refuerzos teológicos y citas del Magisterio de la Iglesia.
Mi propósito era resumir 40 años de experiencia evangelizadora, aunque tal atrevimiento me parecía como pretender encerrar el fuego de la zarza del Horeb en una caja de fósforos. Cuando comenzamos el retiro, el clima era frío, pues estábamos en pleno invierno, por lo que precisábamos de calefacción artificial.
Así, con mis apuntes en mano, fui siguiendo cuidadosamente cada paso, con la lógica y pedagogía que supuse requerían los selectos participantes.
Comencé presentando el relato de los discípulos de Emaús que, de simples reporteros que repetían lo que las mujeres decían lo que los ángeles les habían referido, fueron convertidos en testigos de la Resurrección de Jesús cuando su corazón se encendió con el fuego de la Palabra.
Les mostré, asimismo, la diferencia entre kerigma y catequesis; entre proclamar y enseñar; y cómo el problema de la Iglesia no es que no se evangelice (Primer Anuncio), sino que evangelizan quienes no están evangelizados, y convierten en fría catequesis la presentación de la Buena Noticia que no es algo, sino Alguien: El mismo Señor Jesús, único mediador entre Dios y los hombres.

Con detalle y precisión expliqué luego el contenido, el objetivo y la metodología del anuncio kerygmático, aclarando que se trataba de la Gran Comisión de Jesús encomendada a los suyos (proclamar la Buena Noticia), pero que desgraciadamente en la Iglesia Católica se había convertido en la Gran Omisión, porque desde la Contrarreforma preferíamos nuestros esquemas teológicos, raciocinios doctrinales y silogismos filosóficos, en vez del Anuncio fascinante de la Buena Nueva de Jesús, como lo hacía el diácono Felipe (Hech 8, 35).

Posteriormente, afirmé que, para que se dé una Nueva Evangelización, se necesitan cuatro elementos; primero, haber fracasado para sentir la necesidad de algo nuevo; segundo, ser apremiados por el Amor de Cristo; tercero, convertirse en nuevos evangelizadores que sean testigos, y cuarto, un Nuevo Pentecostés donde la Ruaj divina sea viento huracanado y no aire acondicionado que nosotros controlamos.
También les mostré la preeminencia del kerigma sobre la Catequesis, Moral o Teología, pues primero se nace y luego se crece.
Igualmente los reté a aceptar el desafío de que el vino nuevo precisa de odres nuevos, y que había que renunciar a fórmulas anquilosadas y devocionales que ya no responden ni al Evangelio ni al mundo de hoy.
El momento clave fue cuando les dije que no podíamos evangelizar si primero no éramos nosotros mismos testigos, con una experiencia de salvación y un encuentro personal con Jesús.
De pronto, en medio de mi contundente disertación, un Sacerdote levantó la mano; y sin esperar que yo le concediera la palabra, me retó diciendo en alta voz:
-¡YA!
Todos quedaron mudos; yo el primero y el más sorprendido.
-¡YA, POR FAVOR!, gritó más fuerte todavía.
Yo no entendía de qué se trataba y guardé silencio; abrí mis manos pidiéndole una explicación de lo que parecía ser una queja y una súplica al mismo tiempo.
-¡Ya! –insistió él- ¡Ya no nos hables del kerigma! Ya, por favor, danos la Buena Noticia!
Cerré mis ojos, asentí con mi cabeza y, en una milésima de segundo, entendí que lo que ellos necesitaban no era una radiografía del kerigma, sino el Evangelio que tiene un perfil y un nombre: Jesús, Salvador y Señor. Dejé mis apuntes de lado, tomé mi Biblia y afirmé:

-Yo soy testigo de que Jesús transforma vidas, porque Él cambió la mía. No de pecador a justo, sino de justo a hijo, con derecho a la herencia. Y aún más, mucho más. Mi verdadera conversión fue de justo por mis obras a justificado por su gracia. Y si un fariseo como yo experimentó la vida nueva, esto lo puede vivir cualquiera otro. Si Él lo hizo en mí, es factible realizarlo en cada uno de ustedes.
Y así, a lo largo de tres horas, anuncié a Jesús y el Evangelio de la gracia mediante el cual fuimos salvados gratuitamente. En ese lapso de tiempo, tuvimos la oportunidad tanto de confesar a Jesús como único y suficiente Salvador, como de proclamarlo Señor de nuestras vidas. Y culminamos con una oración personal por cada Sacerdote para pedir una nueva efusión del Espíritu, que Jesús llama “Bautismo en el Espíritu Santo”. (Hech 1, 5).
Yo me acordé entonces de aquella frase de San Lucas: “Muchos sacerdotes iban aceptando la fe” (Hech 6, 7c).

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Hoy día se reflexiona y se habla más acerca de la Nueva Evangelización. Para adentrarnos en estas apasionantes latitudes, hay qué partir de dos preguntas y una afirmación.
¿En verdad estamos convencidos de que nuestros planes, sínodos y estrategias que hemos usado hasta ahora para evangelizar son insuficientes y por eso se necesita una Nueva Evangelización? De ser así, ¿estamos dispuestos a pagar el peaje de una reforma a fondo y no sólo un barniz superficial? Desde nuestro campo de trabajo, afirmamos que la Nueva Evangelización no es un concepto que hay que discutir ni profundizar teóricamente, sino una acción evangelizadora que hay que emprender con prontitud. En este campo no hay que seguir el itinerario escolástico “de la teoría a la práctica”, porque nunca vamos a comenzar, sino “de la práctica a la teoría”.
Cuatro años antes que Pablo VI escribiese la Evangelii Nuntiandi, emprendimos un derrotero por caminos inéditos de evangelización kerygmática. No había puntos de referencia ni antecedentes en cuanto el kerygma o Primer Anuncio. Recuerdo que en un Retiro sacerdotal pregunté a los asistentes si conocían el kerygma, y si ya lo habían recibido. Y un profesor del seminario respondió aludiendo a los doce discípulos de Éfeso: ¡Ni siquiera sabíamos que existía el kerygma!

Para que haya Nueva Evangelización, es preciso deducir con lógica que si la Primera Evangelización fue fruto de la irrupción del Espíritu Santo, la Nueva Evangelización será consecuencia de un Nuevo Pentecostés, como lo preveía proféticamente el Papa Juan XXIII. La Ruaj divina es viento huracanado que nos desinstala, y no aire acondicionado para alimentar nuestra rutina.
El Espíritu Santo es el protagonista de esta Nueva Evangelización, pero junto con Él, se precisan nuevos evangelizadores, sin excluir a los tradicionales, siempre y cuando dejen la inercia de lanzar rutinariamente la red hacia el mismo lado de la barca y estén dispuestos a romper paradigmas para abrir nuevos horizontes con métodos inéditos.

Para saber si necesitamos o no una Nueva Evangelización, hay que plantearnos con objetividad aquella pregunta de Jesús a los pescadores del mar de Galilea que se habían fatigado toda la noche: ¿Tienen pescados?
Partiendo de nuestra respuesta, y no de ninguna otra cosa, debemos decidir si conviene arriesgarnos a echar la red del otro lado, aplicando un principio que tal vez Jesús aprendió de su misma madre: “No romper un vestido nuevo para remendar un vestido viejo” (Lc 5,36). Por lo tanto, no se trata de remendar, sino de hacer algo nuevo.
Por otra parate, si “los Apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesús con gran poder” (Hech 4,33), ese también debe ser nuestro cometido, ya que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8). No sólo hay que evangelizar, ni siquiera evangelizar con poder, sino evangelizar con gran poder. ¿Dónde radica este secreto?
“No me avergüenzo del Evangelio de Cristo, que es dynamis – fuerza de Dios-, para la salvación de todo el que cree.” (Rom 1,16).
El problema principal de la Iglesia no es que no evangelicemos, sino que “evangelizan” quienes no están evangelizados.


La Nueva Evangelización no es un concepto para discutir o profundizar, sino una acción desafiante que urge emprender, porque “el Amor de Cristo nos apremia” (2Cor 5,14a).


La evangelización depende de los evangelizadores. 

El Papa Pablo VI soñó con “una Iglesia evangelizada y evangelizadora”, lo cual supone que para evangelizar se debe estar evangelizado previamente. No puede haber una Nueva Evangelización sin Nuevos Evangelizadores que hayan vivido su Jordán, su Damasco, su Pentecostés y su Emaús. Evangelizar, sin antes ser evangelizado, sería construir sobre la arena.

Si la salvación depende de la Proclamación, la evangelización depende de los evangelizadores.

A. PARA EVANGELIZAR CON GRAN PODER, HAY QUE SER EVANGELIZADOS CON GRAN PODER

Si la Iglesia primitiva daba testimonio δυνάμει μεγάλη - dynamei megale: con gran poder (Hech 4,33), era porque había sido evangelizada con la fuerza del Espíritu. Por lo tanto, si hoy queremos vivir la experiencia evangelizadora de la Iglesia primitiva, antes necesitamos haber sido evangelizados con la Dynamis del Espíritu, pues “el Evangelio es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rom 1,16). Para evangelizar con poder, hay que haber sido evangelizado con poder. Pero para evangelizar con gran poder, necesitamos haber sido evangelizados con gran poder.

B. EL ATRIO DE LOS GENTILES 
HA INVADIDO EL ATRIO 
DE LOS SACERDOTES

Los “Lineamenta” del Sínodo de Obispos del 2012 sobre la Nueva Evangelización, nos invitan a atrevernos a incursionar “el Atrio de los Gentiles” para hacer llegar el Evangelio a quienes no conocen a Jesús. Pero, con temor y temblor creo que el Atrio de los Gentiles; es decir, el Atrio de los paganos, ha ampliado sus muros y ha invadido ya “el Atrio de los sacerdotes”. Hay ministros y predicadores que trabajan en la viña, pero no conocen al Viñador. Han sido catequizados y hasta catequizan, pero no han vivido su Damasco, ni su Pentecostés personal.

Hace 35 años escribí un libro, titulado “Id y evangelizad a los bautizados”, que se ha vuelto clásico porque en nuestra Iglesia existen muchas personas que han recibido el bautismo, pero no han sido previamente evangelizadas. El mandato de Jesús de proclamar la Buena Nueva a toda la creación, se ha trasformado hoy en “Id y evangelizad a los bautizados”.

En 1997 impartimos un retiro para 150 sacerdotes en Kielce, Polonia. La víspera, me sorprendió una joven y rubia periodista de ojos claros, que abruptamente me retó:
- ¿Qué va a enseñar un laico mexicano a los sacerdotes polacos?
Yo respiré profundo y pensé: “tan linda y tan agresiva”. Pero le respondí con claridad:
- Yo no vengo a enseñar nada; yo sólo soy testigo de lo que he visto y oído.
El tema del retiro sacerdotal versó sobre “El poder de la Palabra que convierte, salva y cura”.
Al final, se me acercó un sacerdote de casi dos metros de altura, que me sugirió con autoridad:
- José Prado, tú debes escribir otro libro. Es urgente.
- ¿Cuál libro?, le pregunté.
- Si tú ya escribiste “Id y evangelizad a los bautizados”, ahora tienes que escribir: “Id y evangelizad a los Ordenados”, porque hay muchos ministros consagrados que conocen a Jesús sólo por referencias, pero no de forma personal.
- Ah, no, le contesté. Eso lo debe hacer un sacerdote, porque yo no quiero que me corten la cabeza todavía.

La realidad es que “el Atrio de los Gentiles”, para no llamarlo Atrio de los paganos, ha invadido “el Atrio de los Sacerdotes”, pero también tiene sucursales en seminarios y centros de catequesis.
Benedicto XVI sorprendió a los obispos de Estados Unidos el 28 de noviembre de 2011 cuando les dijo: “Evangelization thus appears not simply a task to be undertaken ad extra; we ourselves are the first to need re-evangelization” (La evangelización no es simplemente una tarea externa. Somos nosotros mismos los primeros que necesitamos ser re-evangelizados). El Papa lo expresa en primera persona, del plural “nosotros”, incluyéndose a sí mismo, para que nadie intente decir: “No, yo no. Yo no entro en ese grupo de los que deben ser evangelizados, porque yo ostento una alta responsabilidad eclesial o un título académico”.
Una persona ya evangelizada tiene más y más sed del Evangelio y no se ofende cuando se le señala que precisa ser evangelizada, porque sabe que todavía le falta camino para ser identificado con Jesús, evangelizador y Evangelio.

C. SI NO ESTÁS EVANGELIZADO, 
NO EVANGELICES

Con este presupuesto voy a desentonar con quienes aseguran que todos tenemos el derecho y la obligación de evangelizar, porque en nuestro bautismo nos identificamos con Cristo profeta y luego en la confirmación recibimos el Espíritu Santo para ser testigos.
El principal problema pastoral en la Iglesia no es que no se evangelice, no; sino que evangelizan personas que no están evangelizadas. Por eso, me atrevo a aplicar el grito paulino: “Ay de mí si no evangelizara”, en “Ay de aquél que evangelice sin antes estar evangelizado” porque no sólo está reduciendo la Buena Nueva a propaganda, sino que pone en juego la credibilidad de la Iglesia.

Por eso, en vez de motivarlos a evangelizar, pido: Si su corazón aún no arde como el de los discípulos en su camino a Emaús, por favor, no evangelicen, porque las personas van a quedar vacunadas para recibir el Mensaje de un verdadero testigo. Si no han tenido un encuentro personal con Jesús resucitado, mejor dejen las barcas en la orilla y abandonen las redes, porque no es el tiempo de ustedes para proclamar la Buena Nueva todavía.
Quien no haya vivido su Damasco y sólo conozca las verdades de la fe por estudio académico, es preferible que no evangelice porque no trasmitirá vida, sino doctrina; que es buena, sí, con la condición que sea impartida después del Anuncio Kerygmático.
Para evangelizar, se precisa antes tanto un Damasco como un Pentecostés personal, que nos hagan experimentar el poder del Espíritu que da testimonio de Jesús resucitado.
Cuando presentamos la moral cristiana sin Cristo, caemos en el moralismo. Cuando celebramos la liturgia antes de haber experimentado lo que conmemoramos, se transforma en ritualismo. Cuando presentamos la doctrina de la fe a quienes no han nacido de nuevo, es lavado de cerebro o dogmatismo.
Quien no haya experimentado antes en carne propia que la Predicación o Kerygma es “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”, es mejor que no evangelice, porque únicamente los convencidos convencen y sólo los motivados, motivan.

Sólo si estamos convencidos por experiencia, vamos a ser testigos que convencen. Sólo los motivados motivan.

Andrés era discípulo de Juan Bautista, pero nunca intentó ni logró que su hermano Simón siguiera los pasos del agreste predicador del Jordán. ¿Andrés nunca lo invitó? ¿No lo convenció? Pero en cuanto encontró al alegre mensajero de Buenas Noticias, inmediatamente fue a buscar a su hermano y lo trajo a Jesús (Jn 1,40-42). Estaba convencido.

Lo confirmo con mi experiencia personal:

Durante mucho tiempo intenté evangelizar sin estar evangelizado. Presumía ser maestro de Biblia sin antes ser “siervo de la Palabra” (Lc 1,2). Mi conversión no fue de escandaloso pecador a cumplidor de una moral. No. La mía fue la más difícil transformación de este mundo: pasar de ser siervo que cumple los mandatos divinos a vivir como hijo, con derecho a una herencia.
Yo había acumulado amplios conocimientos de Biblia. Hasta era profesor de lenguas bíblicas, pero no había bajado a mi corazón lo que yo tenía en mi cabeza. Si Dios ha podido convertir un fariseo como yo, es capaz de transformar a cualquier otro.

D. SI ERES CATEQUISTA, 
DEJA QUE LOS EVANGELIZADORES 

ACTÚEN PRIMERO

Si comparamos la pedagogía de la fe a la construcción de una casa, el evangelizador coloca los cimientos; los catequistas y maestros, todo lo demás.
Conforme a la gracia de Dios que me fue dada,
yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, 

y otro construye encima. 
¡Mire cada cual cómo construye!: 1Cor 3,10.
La recomendación del Apóstol para ver cada uno cómo está construyendo, sigue siendo vigente, pues se debe construir sobre la roca que se llama Jesús.
Primero es lo primero: el trabajo del evangelizador que debe ser continuado después, pero sólo hasta después, por el catequista o maestro. Son dos momentos sucesivos y complementarios.
Si comparamos el proceso de la pedagogía de la fe con un partido de fútbol que tiene dos tiempos consecutivos, a todos los catequistas y maestros les pido: Por favor no entren al campo de juego en el primer tiempo. Esperen el segundo, cuando ya se hayan cumplido las metas de una verdadera evangelización kerygmática.

Para evangelizar se precisa estar evangelizado, de otra manera sólo se hace propaganda.