EL Rincón de Yanka: LA INDIFERENCIA COMO SÍNTOMA SOCIAL

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domingo, 27 de abril de 2014

LA INDIFERENCIA COMO SÍNTOMA SOCIAL


“Lo opuesto al amor no es el odio sino la indiferencia,
lo opuesto a la fe no es la herejía sino la indiferencia,
lo opuesto a la vida no es la muerte, sino la indiferencia”. 
Elie Weisel 

*
"La memoria fortalece la cultura, alimenta la esperanza
y humaniza al ser humano". “... deseosos de pasar la página de la Historia, en el umbral de un nuevo desafío ético que excluya el dogma de la identidad, el “YO” SOY “YO”, frente a la alteridad, al “TÚ” ERES “TÚ”, que al tiempo niega o “ningunea”.
Sin ALTERIDAD no hay SOLIDARIDAD: 
Adherirse a la causa del otro”. 
 Elie Weisel 

*
"El peor pecado es la indiferencia 

y la superficialidad". 

Yanka


La indiferencia como síntoma social




Un psicoanalista colombiano examina el fenómeno de la indiferencia como respuesta social al “destierro”, en una realidad lindante con la tragedia, donde nadie parece escandalizarse frente a la realidad. Es así que José Fernando Velásquez prefiere abordar este tema como un síntoma social, como el lugar de una verdad no dicha, que escapa al sentido. 


Sobre este fenómeno “natural”. ¿Por qué la gente no se siente concernida, por qué prefiere no involucrarse, no asumir ningún tipo de responsabilidad?
El psicoanálisis no distingue entre la realidad psíquica y la realidad social porque como lo afirma J.-A. Miller, la realidad psíquica es la realidad social[1] en un punto fundamentalmente: en la dimensión del goce que circula en los vínculos humanos. El psicoanálisis plantea que este goce que tiende a repetirse, es tramitado por medio del discurso y de acuerdo a él, por un medio más específico, por medio del síntoma, definido como una invención individual que hace cada sujeto para hacer parte de un lazo social.

Podemos tratar el fenómeno de la indiferencia como síntoma social, el cual tiene sus causas y sus consecuencias, y como cualquier síntoma, también aloja una verdad no dicha, que se escurre y escapa al sentido, que duele y molesta.

Nuestra hipótesis es que el apogeo de la deshumanización, la ignorancia e irresponsabilidad, y finalmente, la indiferencia frente a la violencia y el desplazamiento como fenómenos sociales, corresponde a lo que desde el psicoanálisis se viene nombrando como el feroz crecimiento de la tendencia a la segregación a partir de la supremacía del goce individual y la facilidad para que este emerja. Claro que ella tiene su particularidad en cada localidad, en cada punto de este mundo global. Desarrollaremos además una observación: Esta segregación se fomenta por medio de una manipulación perversa, orientada por un sector del discurso social. 

Las palabras tienen un poder oculto al evocar goce con su capacidad de seducción, con su sonido o su entonación, con todo lo que está más allá del significado. Indiferencia es una palabra que tiene una evocación de lo frio, que no despierta el calor del afecto, la curiosidad o el interés. Y esto es lo que dice el Diccionario de la Real Academia, que indiferencia es un “estado de ánimo en el que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado; no hay ni preferencia, ni elección”. Desde la palabra indiferencia es fácil deslizarse a lo “indiferenciado”, que nombra lo que no posee una característica o identidad diferenciada.

La definición del Diccionario concluye de la siguiente forma, “la indiferencia es una de las formas en que el sujeto responde a la presencia del otro semejante”. 

La voluntad de la indiferencia 

La indiferencia tiene diferentes matices, puede ser sabia e inspirarnos profundo respeto, por ejemplo la profunda indiferencia de Sócrates ante las demandas de amor de Alcibíades, o la indiferencia del maestro Zen ante la pregunta angustiosa del principiante por cómo alcanzar la sabiduría. Freud mismo fue indiferente respecto a la ética burguesa de su época.La indiferencia también es útil en algunas ocasiones, por ejemplo como parte la doxa del método científico, que no considera para nada la dimensión subjetiva o afectiva.

El énfasis ahora lo ubicaré en una característica de la indiferencia: aquello que hace que lo humano llegue a ser irrelevante para otro ser humano. Paso a ilustrarlo:

Primero, ustedes pueden experimentar la indiferencia cuando piden un servicio en una de las telefonías o en cualquiera de los sistemas burocráticos de las entidades oficiales o en otras, por ejemplo las entidades prestadoras de servicios de salud o financieros. Allí encontramos una voluntad bien establecida para eludir lo que puede tener de personal, el pedido que ustedes hacen. Los que atienden no tienen nada que escuchar de las condiciones singulares de aquél a quien interpelan.

Segundo: ahora el ejemplo es gráfico: la pintura expresionista que todos conocen, llamada “El grito”, pintado por Edvard Munch en 1893. Una forma humana reducida que se tapa las orejas, abre grande la boca, y grita. De acuerdo a lo que he estudiado, este grito refleja la angustia personal o la protesta contra las injusticias sociales y las desigualdades económicas que acompañaron la Revolución industrial. En ese paisaje singularmente dibujado, como lo describe Lacan, hay una ruta que fuga al fondo, y en ella hay dos paseantes, dos sombras humanas elegantes, presas de sus propias convenciones y normas burguesas, que exhalan una atmósfera de represión moral. Ellas son la imagen que subraya la indiferencia frente a ese otro ser que sufre.

Tercero: Un testimonio. Para Elie Wiesel, escritor rumano sobreviviente de los campos de concentración http://es.wikipedia.org/wiki/Nazi y quién obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1986, la sociedad que le tocó vivir estaba compuesta por tres sencillas categorías: los asesinos, las víctimas y los indiferentes. De su conferencia de fin del milenio en Washington Los peligros de la indiferencia, extraigo los siguientes párrafos.


¿Qué es la indiferencia? 

Un estado extraño e innatural en el cual, las líneas entre la luz y la oscuridad, el anochecer y el amanecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal, se funden. ¿Cuáles son sus cursos y sus inescapables consecuencias? 

¿Es una filosofía? ¿Es concebible una filosofía de la indiferencia? ¿Puede uno ver la indiferencia como virtud? ¿Es necesario, de vez en cuando, practicarla, simplemente para conservar nuestra sanidad, vivir normalmente, disfrutar una buena comida y un vaso de vino, mientras el mundo alrededor nuestro experimenta una terrible experiencia?

Por supuesto, la indiferencia puede ser tentadora, más que eso, seductora. Es mucho más fácil alejarse de las víctimas. Es tan fácil evitar interrupciones tan rudas en nuestro trabajo, nuestros sueños, nuestras esperanzas. Es, después de todo, torpe, problemático, estar envuelto en los dolores y las desesperanzas de otra persona…. Allá, detrás de las puertas negras de Auschwitz, (…) algunos de nosotros sentíamos que ser abandonados por la humanidad no era lo último. 


Nosotros sentíamos que ser abandonados por Dios era peor que ser castigados por él. Era mejor un Dios injusto que un Dios indiferente….En cierta forma, ser indiferente a ese sufrimiento es lo que hace al ser humano, inhumano. La Indiferencia, después de todo, es más peligrosa que la ira o el odio. La ira puede ser a veces creativa. (…) Aún el odio a veces puede obtener una respuesta. La Indiferencia no obtiene respuesta. La Indiferencia no es una respuesta. Y por lo tanto, la indiferencia es siempre amiga del enemigo. El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar, se sienten abandonados, no por la respuesta a su súplica, no por el alivio de su soledad sino porque no ofrecerles una chispa de esperanza es como exiliarlos de la memoria humana. Y al negarles su humanidad traicionamos nuestra propia humanidad.

Indiferencia, entonces, no es sólo un pecado, es un castigo. Y es una de las más importantes lecciones de la amplia gama de experimentos del bien y el mal del siglo pasado.[2]

“Primero se llevaron a los comunistas pero a mí no me importó porque yo no era. 
En seguida se llevaron a unos obreros pero a mí no me importó porque yo tampoco era. 
Después detuvieron a los sindicalistas pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista. 


Luego apresaron a unos curas pero como yo no soy religioso tampoco me importó. 


Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde”.  Martin Niemöller (1892-1984)


La pregunta posible es, así como los alemanes aparentemente no involucrados, los desentendidos, los indiferentes, los atemorizados, todos aquellos que con su silencio consentían o colaboraban sin proponérselo al holocausto. 





La indiferencia vs. la responsabilidad con el otro 



Thomas Hobbes consideró que el hombre liberado a sí mismo es el lobo del hombre. En el Leviatán, describe que “en su estado natural todos los hombres tienen el deseo y la voluntad de causar daño”. «Todos nosotros somos culpables de todo y de todos ante todos, y yo más que los otros», decía Dostoievski. Paul Auster en Ciudad de Cristal dice, “Si uno no considera humano al hombre que tiene delante, se comporta con él sin ningún escrúpulo”. Según muchos autores, entre ellos, Hobbes, Hegel, Freud, Lévinas, el fin de dicho estado y con él las condiciones para que pueda existir una sociedad, surgen, no por un proceso natural, sino por medio de una construcción, mediante un pacto llamado “afirmación social” por la cual se reconoce la humanidad del otro ser humano. Hegel señaló que este reconocimiento debe ser recíproco porque de lo contrario lo que resulta es “la tolerancia”. La tolerancia es una benigna desatención a lo diferente, y sobre lo que se tiene una apreciación negativa. Siguiendo este misma dirección, Goethe afirmó que “tolerar significa ofender” porque se tolera sólo aquello que de antemano es objeto de rechazo[3].


La indiferencia es contraria a la responsabilidad social. El sujeto que se coloca en posición indiferente frente a otro es porque el sentimiento de responsabilidad ante la humanidad del otro no lo perturba. Los ejecutores del exterminio y los indiferentes, también son individuos corrientes, excepcionalmente son monstruos asesinos. Lo que ocurre es que la indiferencia cala de manera que no hay reconocimiento, no del semejante, sino de la responsabilidad que se tiene con él. 

Entonces mientras no haya reconocimiento de la responsabilidad con el semejante, lo que hay es goce del semejante, al reducir a éste a la condición de objeto, de cualquier tipo, bien sea de asistencia, de dominio, etc., pero donde se borran los ideales colectivos, y se actúa bajo el egoísmo y la inhumanidad.

Freud esbozó algo interesante respecto a la indiferencia y el amor. El concebía que entre las posibles antítesis que pueden darse en las relaciones entre los hombres, había una particular, que era la indiferencia. El afirmó que lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia. “El amor es susceptible de tres antítesis. Aparte de la antítesis “amar-odiar”, existe la de “amar - ser amado”, y la tercera, “el amor y el odio, tomados conjuntamente, se oponen a la indiferencia”[4].

El régimen hitleriano utilizaba palabras y expresiones de significado neutro o positivo para nombrar el terror y el exterminio. Así como en el Holocausto, la “solución final” nombraba el exterminio; “tratamiento especial” significaba matanza; “direccionamiento de la colonización” designaba la expulsión de los judíos; el “reagrupamiento” nombraba a la deportación; la “zona judía de residencia” eran los ghettos, y la expulsión hacia los campos de concentración se denominaba “desplazamiento de residencia”. Esta forma de orientar y conducir el lenguaje y el sentido está destinada a que la población civil se desentienda del crimen, elimine la categoría de verdugo por parte de los perpetradores, consienta a lo que se dice que es justicia, y que pase por encima la responsabilidad con el otro semejante.

Se produce lo que Freud plantea: “Allí donde la comunidad se abstiene de todo reproche, cesa también la yugulación de los malos impulsos, y los hombres cometen actos de crueldad, traición y brutalidad, cuya posibilidad se hubiera creído incompatible con su nivel cultural”[9]. H. Arendt, nombra que previo al exterminio judío, se instaló y construyó en el discurso social alemán algo que ella llamó la “banalidad del mal”[10], que diluyó el sentimiento de responsabilidad entre los civiles. 


Por paradójico que parezca no hay violencia si no hay cultura[12] entendida como el lazo social, y por tanto, ella no es un proceso natural sino humano. Varios tipos de violencia responden a cada uno de los registros o dimensiones del psiquismo (Miller)[13]:
aquella suscitada por la rivalidad, la competencia y los celos; la originada a nombre de un ideal público o en una confrontación política; y la violencia de lo real, violencia que no es útil sino que obedece a un goce que no se deja capturar por el sentido. Es el goce de un ser humano en condición de Amo sin tachadura, que se rehúsa al orden jurídico, se asegura de impedir el proceso de asunción de responsabilidades, y que solo acepta su propia ley. Es la satisfacción de aquel que Freud en “Psicología de las masas” llama “criminal sin remordimiento”, donde la satisfacción de goce prima sobre los ideales, captura todas las aspiraciones, y desdibuja concomitantemente todo el amor de sí mismo al quedar auto sacrificado a la satisfacción. Es un goce que insiste y no se detiene, no renuncia, es refractaria a diferentes advertencias o pronunciamientos. Es una violencia que no requiere de semblantes, que se hace en forma directa, sin engaños. Dice Nietzsche que ellos, los tiranos, “disfrutan con la libertad de toda constricción social… como si estuvieran en la selva, pueden retornar a la inocencia propia de la conciencia de los animales rapaces, los cuales dejan tras sí una serie abominable de asesinatos, incendios, violaciones y torturas con igual petulancia y con igual tranquilidad de espíritu que si lo único hecho por ellos fuera una travesura estudiantil”[14].






La destrucción de la potencialidad del otro, sin destruirlo a él mismo, es una forma de violencia Real, es decir, de una violencia que se goza, tal como ocurre en la estructura del acto de Sade. Sabemos que el sádico no niega la existencia del otro, sino que no es alterado en su conducta por el dolor o el miedo que provoca en el otro. La máxima sadiana del “derecho al goce”[15], excluye la reciprocidad y convierte a cualquier hombre en un déspota cuando goza. Tal como Sade lo hacía con sus víctimas, las tiranías regionales se han instalado en lo más íntimo de la comunidad para inscribir el miedo de manera permanente entre sus habitantes, instalar en ellos la incertidumbre y vacunarlos contra cualquier forma de subjetividad; insertándose en el control de la actividad política y los negocios, legales e ilegales, hasta el dominio sobre numerosas instancias de la vida social a nivel micro: inciden en aspectos como el manejo del cuerpo, el lenguaje y la relaciones afectivas de las personas que habitan los barrios, veredas y municipios en que operan, la prohibición de movilización por ciertos sectores, la fijación de horarios para el cierre de los negocios, la injerencia en la autonomía de las organizaciones de la comunidad, así como el establecimiento de un sistema propio de administración de justicia frente a delitos y contravenciones. Una vez allí, se instaura una moral abominable: la delación, la que termina por romper cualquier entramado social previo. 



La indiferencia y los efectos perversos en lo colectivo. 


Allí donde la responsabilidad por el otro no es aceptada o no se sabe cómo asumirla, se produce un vínculo impersonal árido, se instala lo inhumano en la existencia de lo humano, lo mezquino se convierte en algo natural. La indiferencia social produce efectos perversos en la cultura y en los sujetos. Lo fundamental de la estructura perversa es la instrumentalización de otro sujeto sin que medie ninguna pregunta, ninguna duda, ningún freno; es la desmentida de la condición de humanidad de quien la ejerce, como de quien la padece.

Las consecuencias en los sujetos sociales son:

1. Favorece la ininteligibilidad de los sucesos donde es imposible construir una narrativa que explique y dé sentido a la experiencia como parte de la historia personal, social y política. Desentendidos de tanto cuanto sea posible, se suspende la facultad de pensar, la capacidad de elaborar, y la voluntad de actuar. Solo se producen reacciones puntuales y efímeras ante determinados hechos. Se está presto a ser fácilmente manipulable por lo emotivo.

2. Los semblantes se hacen inconsistentes: Uno de ellos, la llamada Tolerancia. “A este desentendimiento con grados diferentes de selección al cual todo le da lo mismo, hemos llegado a darle el nombre eufemístico de tolerancia para encubrir nuestro conformismo, nuestras carencias de información, de convicciones y de valor cívico”[16].

- La docilidad, el silencio y la fe se instalan como recursos para soportar la condición: “El silencio, a la vez que es un mecanismo de defensa y conservación, se convierte en el principal mecanismo de propagación de la cultura del miedo”[18]. La fe en un dios infinitamente generoso que decide lo que sucederá.

- El sujeto puede inscribirse en una versión fraudulenta del privilegio de ser “víctima”, al punto de llegar a la irresponsabilidad[19], y al impedimento para que el sujeto se implique en su proceso. La posición de “víctima”, puede llegar a ser un lugar peligroso donde el padecimiento, el temor, incluso la belleza, pueden fascinar e intimidar al otro y retenerlo. Hacerse a este nombre, “víctima”, es transformar el Nombre propio, el que se tenía antes, en algo que debe conducirse según lo determine el discurso. 

1- Miller, J. A. Hacia Pipol 4. Transcripción de Catherine Bonningue de la intervención de J-A Miller en las Jornadas PIPOL 3, celebradas en París, los días 31 de junio y 1 de julio de 2007, sobre el tema “Psicoanalistas en contacto directo con lo social”. Traducción: Jesús Ambel. 
2- Wiesel, Elie. Discurso pronunciado en la sede del Centro de Investigación y difusión de la cultura sefaradí (20/04/05). Embafrancia-argentina.org. 
3- Citado por: Gutiérrez, Carlos B. “La tolerancia como desvirtuación del reconocimiento”. En: Revista Palimsestos. Fac. de ciencias humanas. 
Universidad Nacional de Colombia. No. 5. Bogotá, 2005, 2006. Pág. 13. 
4- Freud, S. “Pulsiones y destinos de pulsión”. Tomo XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires. Pág. 128. 
5- García, Clara Inés. “Paradojas de los conflictos violentos”. Colección Legado del saber. Universidad de Antioquia. No. 6. Medellín. Diciembre 2002. 
6- Cuartas, Gloria. Los carniceros del Urabá antioqueño. Estrategia del horror para viabilizar un proyecto económico. www.dhcolombia.info/spip.php?article619
7- Ruiz, Marta. “Doce años”. Columna en la revista Arcadia. Semana. Bogotá. No. 34. Julio 2008. 
8- Bustamante Cesar H. El sofista en palacio. lacomunidad.elpais.com, 14 Ago 2008. 
9- Freud. S. “La desilusión provocada por la guerra”. Obras completas. Amorrortu. Tomo XIV. Pág.281-282. 
10- Arendt, H. Eichmann en Jérusalem.Editorial De Bolsillo. 1997. 
11- CODHES Boletín 74. Bogotá, Prensa CODHES, 30/09/08. 
12- Sanmartín, José. “La violencia y sus claves”. Ed. Ariel. Barcelona. 2001. 
13- Miller, J. A. “Sociedad, violencia y síntoma”. Piezas sueltas. Curso de la Orientación Lacaniana. Publicación de un fragmento de la clase del 2 de Febrero de 2005, en Mediodicho, No. 31 noviembre 2006. EOL sección Córdoba. 
14- Nietzsche, F. “Genealogía de la moral”. 
15- Sade. Filosofía en el tocador. “Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme cualquiera, y este derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me 
detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él”. 
16- Gutiérrez, Carlos B. “La tolerancia como desvirtuación del reconocimiento”. En: Revista Palimsestos. Fac. de ciencias humanas. Universidad Nacional de Colombia. No. 5. Bogotá, 2005, 2006. Pág. 14. 
17- “Medios y población en situación de desplazamiento”. Taller MPP. “Cubrimiento Responsable del Desplazamiento Forzado y Desvinculación y Vinculación de Niños a Grupos Armados Irregulares”. Tallerista: María Teresa Herrán ©. Cali, Septiembre 17,18 y 19 de 2004. 
18- Jaramillo, A. et al. “Miedo y desplazamiento, experiencias y percepciones”. Corporación Región. Medellín. 2005. Pág. 67. 
19- Álvarez, Nora. “Sobre la víctima. Un cuerpo. Responsabilidad subjetiva”. En: El caldero de la Escuela. #83. Pág. 110-112.



"Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que máquinas necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades la vida será violenta y todo estará perdido". El Gran Dictador, Charles Chaplin

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