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jueves, 12 de marzo de 2026

LIBRO "101 ARGUMENTOS CONTRA LA IZQUIERDA" por MARCELO DUCLOS

101 
ARGUMENTOS 
CONTRA LA 
IZQUIERDA

MARCELO DUCLOS

El debate político nunca ha sido tan dinámico como lo es en la actualidad. Parte de este fenómeno tiene que ver con las posibilidades de mayor participación del público; lectores o espectadores, antes pasivos, que son ahora más protagonistas que nunca. La contracara de esto —que es, en sí mismo, algo muy positivo— es que el mundo de las noticias y del debate de ideas puede resultar caótico, demasiado caudaloso y con sobreabundancia de información difícil de jerarquizar; un mundo en el que, a veces, las discusiones se disfrazan de intercambios virulentos de eslóganes y falacias que no conducen a ningún lado.
En este libro, Marcelo Duclos selecciona 101 de sus artículos con el criterio señalado desde su título: dar argumentos para la batalla cultural, sencillos, de lectura ágil pero no por eso menos sustanciosos. En ellos nos encontraremos con un desarrollo analítico profundo de conceptos clave, que contribuirán al sano debate, no solo para el liberalismo y quienes lo suscriben, sino para toda persona interesada en la discusión seria y bienintencionada; porque, cuando se tienen los argumentos, ni los gritos ni las chicanas alcanzan para acallar las ideas.
La invitación a leer estas páginas es un llamado a repensar el mundo que nos rodea y a entender de qué manera, mediante el cambio de paradigma que propone el pensamiento libertario, desde una mirada basada en la ética y el respeto más acérrimo a todos los individuos, se puede aspirar a salir de la destrucción a la que nos llevaron, en Argentina y en el mundo, las ideas colectivistas.

Bienvenidos a su lectura.

PRÓLOGO

Marcelo Duelos escribió La revolución que no vieron venir, junto a Nicolás Márquez, libro que fue traducido al polaco, al inglés, al portugués, al japonés y al hebreo, y del que-a más de un año de su publicación- siguen hablando en todos los medios. En él, hace una síntesis precisa de las ideas de la libertad, contribuyendo a explicar la hoja de ruta del gobierno para cuyo ejercicio los argentinos me han contratado como presidente.
Sin embargo, no fue este su inicio como escritor. Es periodista en un medio que no recibe ni recibió nunca pauta del Estado y escribe desde hace más de una década, ofreciendo artículos de coyuntura tanto como de análisis, difundiendo el ideario de la libertad. Digamos que hace llorar a los zurdos al mismo tiempo que ofrece herramientas conceptuales a los argentinos de bien que, día a día, cada uno desde su lugar, luchan la batalla cultural.

Esta nueva publicación es una selección de columnas a través de las cuales el autor busca contrarrestar al periodismo ensobrado del mainstream. Lo hace con armas humildes, propias de un medio pequeño que no cuenta con los recursos ni el financiamiento de los poderosos, pero donde se encuentran principios y contenidos que los medios pauteros, por más grandes que sean, no tienen. Las redes sociales, libres, equiparan el debate y cada persona elige libremente lo que leer. Aunque digan que el capitalismo beneficia a los más grandes, la evidencia empírica confirma otra cosa: que beneficia a los mejo­res, sean grandes, medianos o pequeños.
Enfocado en escenarios clave de esta batalla cultural-economía, filosofía, educación, cuestiones de género, cultura, arte y espectáculos, entre otros temas-va analizando hechos y personajes a fin de echar luces sobre asuntos de los que no se habla en los grandes medios, desmitificando tanto a las si­tuaciones como a sus protagonistas.

El proceso político que se vive en Argentina y que está empezando a contagiarse a muchos países del mundo necesita de este tipo de lecturas. Se necesita conocer los conceptos que van apareciendo en este libro. Se necesita el compromiso de todos para que pequeños medios, incluso streams y redes sociales, puedan pararse frente a las mentiras de los grandes, que hasta hace poco monopolizaban la comunicación. Se necesita de argumentos sólidos, que puedan soportar las embestidas de las falacias y de la construcción de relatos mentirosos, que son los últimos manotazos de ahogado de los zurdos empobrecedores, que buscan perpetuarse, criminalmente, a costa del sufri­miento de quienes con su trabajo sostienen a la casta.

El autor expone en sus columnas los principales conceptos de la Escuela Austríaca de Economía, en la cual está formado. Esta tradición había sido, hasta hoy, la gran ausente de los planes de estudio y de cualquier mención en medios de comunicación masiva. Las ideas de la libertad -a las que me dediqué durante años como conferencista y visitando cuanto programa en los medios podía para darles visibilidad- necesitan de más defensores. Los argentinos me pusieron en el lugar que hoy ocupo porque prefirieron como presidente a alguien que les decía una verdad incómoda antes que una men­tira confortable. El camino comenzó con dificultades. Nos habían dejado una bomba a punto de estallar. Pero estamos saliendo del infierno porque estamos del lado correcto de las ideas. Ideas que se expresan a través de los artículos que reúne este libro, que se suma a las voces que dan la batalla cul­tural, junto con la mía. Son artículos que ofrecen argumentos, que inspiran, que abren preguntas que incomodan y piden a gritos respuestas.

El lector encontrará en estas páginas una invitación a pensar y a defender las bases que definió muy bien nuestro prócer, Alberto Benegas Lynch (h), que siempre repito y seguiré repitiendo porque son nuestro faro: 
«El libera­lismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión, en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, cuyas instituciones fundamentales son la propiedad privada, los mercados libres de intervención estatal, la libre competencia, la división del trabajo y la cooperación social». 

Léanlo sabiendo que cada uno de ustedes es tan protagonista de la batalla cultural como el propio autor, o como yo mismo, que no soy más que un empleado de ustedes.

¡Viva la libertad, carajo!
Javier Milei
Buenos Aires, junio de 2025


"LA MENTIRA PUEDE MANTENER LA PAZ...
PERO LA VERDAD SIEMPRE REVELA LA REALIDAD". 
DOSTOIEVSKI

PALABRAS PRELIMINARES

Luego de un primer libro de bibliografía extensa y marco teórico nutrido -la segunda parte de Milei: La revolución que no vieron venir, cuyo primer bloque escribió Nicolás Márquez-, quise continuar la aventura literaria li­beral con un texto un poco más ligero, liviano en la forma, pero no en el contenido: con la fundamentación y el análisis que la materia requiere, por supuesto, pero más accesible (característica valorada -a veces en exceso­ en los tiempos que corren, tan condicionados por la inmediatez que impera en las redes sociales de las que todos participamos).
Debo reconocer que siempre fui reacio a las compilaciones y antologías. Probablemente porque, como lector, he notado muchas veces que, con la excusa de publicar una obra, se amontonan escritos sin un sentido que los amalgame de modo consistente.
Creo que este no es el caso. Con más de ocho mil artículos publicados en más de una década como periodista, este es el breve puñado que considero que merece ser rescatado del mar de notas de coyuntura política, que se leen en el día o la semana y luego pierden trascendencia. ¿Por qué? Porque los temas que se abordan aquí son conceptuales, históricos y analíticos; apun­tan a cuestiones de fondo y resultan útiles para dar la batalla cultural contra el estatismo.

En medio de esta batalla, agradezco infinitamente la generosidad del pre­sidente, que se tomó el tiempo de sumar su voz a través del prólogo de esta edición. En este sentido, dada la mala intención que caracteriza a la crí­tica opositora, vale aclarar que las opiniones que se leerán a partir de aquí me pertenecen y no todas tienen, necesariamente, que ser compartidas por ambos. No me llamaría la atención que busquen imputarle mis palabras como si fueran suyas. Si bien coincidimos en lo central, ciertos temas nos encuentran en disonancia, una disonancia que bien entendida enriquece el debate de ideas, filosófico, conceptual. Si uno presta atención a los detalles, puede encontrar diferencias con algunas posiciones del mandatario, y muchas más con algunas políticas públicas de su gobierno -que, más allá de purismos ideológicos, se desarrolla en un marco de restricciones propio de las prerrogativas del Poder Ejecutivo-, un gobierno al que apoyo de manera abierta y rotunda, ya que las coincidencias superan ampliamente las diferen­cias.

Hecha esta aclaración, solo me resta contarles que repasar los miles de ar­tículos publicados en diversos portales fue un trabajo agotador. Sin embargo, cada vez que encontraba alguno de los que podrán leer en este libro, la tarea cobraba sentido. Ninguno forma parte de esta obra por azar. Estoy conven­cido de que cada uno de ellos, desde su lectura rápida y sencilla, aporta algo valioso a la batalla cultural.

Los textos que habitan las siguientes páginas están separados en bloques temáticos y ordenados cronológicamente, de modo tal que resulte evidente el contexto en el que fue escrito cada uno. Aun así, pueden ser leídos en el orden que cada lector prefiera, ya que son columnas independientes entre sí. Incluso puede optarse por abordar algunas y dejar de lado aquellas que se consideren menos relevantes.
Cada palabra de este libro está enmarcada en la tradición liberal. Por eso, su publicación tiene una finalidad humilde, pero encierra, al mismo tiempo, una aspiración un poco más ambiciosa: que los tópicos tratados despierten el interés del lector, que abran puertas para profundizar el estudio de estos asuntos y que brinden argumentos sencillos para tener a mano en la discu­sión política.
Con esas ideas en el horizonte, está dedicado a la nueva generación liberta­ria. 
A los jóvenes - que ya son muchos más que nosotros, los que peinamos canas-, para que muy pronto superen a sus antecesores.

Los argumentos están de este lado de la biblioteca y de la historia. Si de­dicamos algo de tiempo al estudio y a la reflexión, el enemigo colectivista y estatista no tendrá chances en la batalla cultural.
Para que esta lucha continúe desarrollándose de forma exclusiva en el ámbito conceptual del debate público civilizado -garantizando nuestra li­bertad física, nuestra integridad, nuestra propiedad y nuestros derechos individuales-, los argumentos tienen que ser sistemáticos, permanentes, aplastantes y abrumadores.

Vamos por eso.

La realidad, la verdad, la lógica, 
las falacias y los datos

Una cosa es que una proposición sea falsa o verdadera, otra es que su razonamiento sea lógica o ilógico


Comencemos con las falacias, es decir razonamientos con apariencia de verdad pero que son errados. Aristóteles fue el primero en detallar y explicar las falacias y tal vez el listado más abundante fue realizado por David Hackett Fisher quien se refiere a 114 falacias. Aquí nos referimos a diez que son las más comunes en nuestro medio.

Primero, la falacia ad populum, es decir, si lo hacen todos está bien, si no lo hace nadie está mal. Con este criterio no hubiéramos pasado del taparrabos y el garrote pues el primero que empleó el arco y la flecha habría que condenarlo y así con todos los inventos de la humanidad. 
Segundo, la falacia ad hominem, esto es, referirse peyorativamente a la persona del contrincante y no a su argumentación. Decir, por ejemplo, que la contraparte está equivocada porque es extranjera o porque pertenece a tal o cual religión. 
Tercero, la falacia de generalización que puede aplicarse al caso de un buen deportista que por ser tal se lo consulta sobre la evolución de la economía o la política a lo que responde entusiasmado el candidato sin percatase de la trampa.

Cuarto, la falacia de carácter transitivo: se dice que una persona está equivocada porque está vinculada a otra que sostiene este o aquel principio. Puede ilustrarse esto con la pretendida refutación de un argumento de A porque es amiga de B y C o porque pertenecen al mismo país o grupo partidario. 
Quinto, la falacia ad baculum que amenaza con la fuerza no necesariamente física sino referida a cantidad de personas que apoyan la idea del opinante. 
Sexta, la falacia de autoridad que es la que circunscribe su pretendida razón porque fulano o mengano lo dicen. 
Séptimo, la falacia ad misericordiam, esto es la pretendida razón apelando a la situación de la persona. La ilustración extrema que es la más citada y la más ridícula es la del parricida que clama perdón por quedar huérfano.

Octava, la falacia de ignorancia que pretende un argumento valedero al concluir que por el hecho de no poder demostrar la falsedad de algo resulta verdadero o, por el contrario, por el hecho de no poder demostrar la veracidad de algo resulta falso. Por ejemplo, sostener que hay serpientes en cierto planeta no lo convierte en verdadero por el hecho de no poder demostrar su falsedad o por el contrario el afirmar que no hay esas serpientes en ese planeta no lo convierten en falso por el hecho de no poder constatar su veracidad. 
Novena, la falacia de causa falsa, esto es la pretensión de establecer nexo causal por el mero hecho que un acontecimiento precede a otro. 
Y por último en nuestro inventario en forma de decálogo, la petición de principio, la cual se presenta reiterando en la conclusión lo mismo que se estableció en la premisa.

Respecto al valor de los datos estadísticos y los gráficos, ponemos en una cápsula lo que hemos desarrollado detenidamente en otra oportunidad en este mismo medio en torno al slogan de aquello que dato mata relato. Ahora solo decimos que si fuera cierto que dato mata relato no habría relato pues hubiera fenecido dado el abarrotamiento de estadísticas que aparecen por doquier, sin embargo observamos que los relatos no sólo no han muerto sino que se multiplican con audiencias cada vez mayores en nuestra época.

¿Por qué ocurre esta llamativa multiplicación? Pues porque el debate de fondo no tiene lugar entre dato y relato sino en un plano anterior y de mucho mayor peso, cual es la confrontación entre interpretaciones contrarias de los nexos causales de la realidad y recién entonces, una vez comprendidos estos nexos, puede agregarse como una demostración de aquella refutación rigurosa la serie estadística en cuestión que ya en esa instancia sirve para reconfirmar el punto.

Esto que dejamos consignado lo ha explicado el premio Nobel en economía Friedrich Hayek en un célebre y notable texto titulado «The Facts in Social Sciences» donde muestra la gran diferencia entre las ciencias naturales y las sociales. Señala que en el primer caso se observan hechos como la mezcla entre un líquido y otro en el laboratorio produce tal o cual resultado, sin embargo en ciencias sociales no hay laboratorio sino que enfrentamos fenómenos complejos que hay que interpretar todos ellos, no hay las reacciones de laboratorio sino que hay acciones humanas que requiere se las entienda. En otras palabras, si por ejemplo el historiador se propone describir la Revolución Francesa aun viviendo en la época no la entenderá con solo mirar los movimientos de los personajes, debe interpretar el sentido y la razón de lo que ocurre (para no decir nada de los que no la vivieron que deben reinterpretar lo que otros interpretaron). Es decir, si alguien sostuviera que ese acontecimiento se produjo porque Luis XVI estornudó no hay forma de refutarlo en los hechos, solo se puede explicar a través del desarrollo de nexos causales.

Lo que venimos comentando desde luego no significa que cada cual tenga su interpretación y todas sean valederas, habrá unas que se acercan más a lo sucedido que otras y las habrá que dan en el clavo. El asunto entonces no es caer en la ingenua posición de sostener que todo se resuelve mostrando una planilla con los suficientes datos pues esos mismos datos serán (y son) interpretados de muy diversas maneras precisamente respecto al otro plano que venimos comentando. Como queda consignado, en ciencias naturales el hecho físico es suficiente pues no hay acción sino reacción, en cambio en ciencias sociales el hecho físico requiere explicación e interpretación de propósitos deliberados. Por eso es que libros y ensayos desde Ragnar Frisch, Jan Tinbergen, Roy G.D. Allen y Enrico Giovanini al actual Thomas Piketty están inundados de series estadísticas (y fórmulas), mientras que obras como las de Murray Rothbard, Israel Kirzner, Anthony de Jasay, James Buchanan, von Mises y Hayek no contienen una sola serie estadística para probar sus puntos. Entonces, para combatir el relato hace falta mucha más argumentación que lamentablemente por el momento está en gran medida ausente. Por eso en esta etapa los liberales en gran medida estamos perdiendo la batalla cultural. Los socialismos disimulan con estadísticas pero otros flancos argumentan a fondo con insistencia bajo el lema del mayo francés: “Seamos realistas, pidamos lo imposible».

Por último, respecto a lo que se discute en torno al realismo, se ha dicho que lo que no es percibido no es real, es decir, la tesis originalmente expuesta por Berkeley. Pero eso habría que extenderlo al mismo sujeto que observa, esto es, que no existiría si no lo percibe otro y así sucesivamente lo cual no termina en la Primera Causa ya que, paradójicamente, no tendría existencia real si no es percibida por otro, situación que conduce a la inexistencia de todo (incluso de la afirmación del no-realismo).

Por otra parte, hay cosas que se estiman percibidas como, por ejemplo, los espejismos, las ilusiones y las estrellas que creemos observar cuyas luces navegan en el espacio pero que pueden haber dejado de existir hace tiempo.

Por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos, propiedades y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.

Cuando se dice que no puede tomarse partido por tal o cual posición debe tenerse en claro que quien eso dice está de hecho tomando partido por no tomar partido, del mismo modo que quien sostiene que no debe juzgarse está abriendo un juicio. Como explicita Konrad Lorenz, si no hubiera tal cosa como proposiciones verdaderas no tendría sentido ninguna investigación científica puesto que no habría nada que investigar.

Paul Watzlawick en su libro titulado «¿Es real la realidad?» concluye que “la tesis básica del libro según la cual no existe una realidad absoluta, sino solo visiones o concepciones subjetivas, y en parte totalmente opuestas [de lo que es] la realidad, de las que se supone ingenuamente que responden a la realidad ´real´, a la ´verdadera´ realidad”.

Nos parece que aquí se confunden planos de análisis. Como queda dicho, el juicio subjetivo en nada cambia la existencia de las cosas, sus propiedades y atributos. Ese juicio podrá desde luego estar más cerca o más lejos de describir al objeto juzgado puesto que la proposición verdadera consiste en la concordancia o correspondencia del juicio con el objeto juzgado. Pero nuevamente decimos que esto no significa que las dificultades de lograr el cometido se hayan disipado: el camino para captar la realidad es siempre uno sinuoso y lleno de obstáculos. Se trata de una peregrinación. Hay en este sentido una permanente navegación pues no hay puerto o destino final en el conocimiento ya que remite a corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Nunca el ser humano llegará a una situación en que pueda ufanarse de haber completado su faena de haber abarcado la totalidad de lo real ya que estamos hablando de seres imperfectos, limitados y sumamente ignorantes.

Lo dicho no quita para nada lo certera de la observación de Watzlawick en cuanto a la influencia malsana del grupo en el individuo cuando un sujeto se deja atropellar por lo que dicen o hacen otros.

Pero esto no modifica nuestros comentarios sobre la realidad, solo que demuestra la enorme presión de la multitud sobre quienes opinan distinto, lo cual puede comprobarse a diario con personas que no se atreven a opinar lo que se considera “políticamente incorrecto” y, por ende, dejan de cumplir con su obligación moral de comportarse de acuerdo con la integridad elemental y la honestidad intelectual por cobardía, y así los timoratos dejan cada vez más espacio a la corriente dominante para que imponga su visión.

Para poner el asunto de otra manera, una cosa es afirmar erróneamente que la realidad depende de la opinión y que, por tanto, no hay verdad objetiva y otra bien diferente es reconocer que cada uno tiene el derecho de interpretar, debatir, exponer y mostrar según su criterio cual es la realidad de tal o cual cosa. Precisamente, en esto consiste la posibilidad de progreso y acercamiento a la captación de diferentes realidades. Como se ha apuntado, las sucesivas refutaciones parciales o totales permiten el avance en el conocimiento.

La duda (no de todo puesto que no dudamos que dudamos) y el racionalismo crítico son buenos ejercicios: ubi dubiun ubi libertas (si no hay duda, no hay libertad) puesto que en un mundo de dogmáticos no se requiere libertad ya que todo sería certezas. Pero lo contrario no significa escepticismo en el sentido de desconfianza en nuestra capacidad perceptual, sino que la conciencia del error nos da la pauta que somos capaces de distinguirlo de la verdad.

El realismo -también crítico- profesa la existencia del mundo exterior al sujeto que observa que es, por ende, distinto al sujeto que conoce. La ciencia se refiere a la expansión del conocimiento de ese mundo exterior que presupone para sus estudios y experimentos. La inteligencia, el inter-legum, apunta a expandir el conocimiento que no se refiere solo a lo que puede comprobarse en el laboratorio sino a fenómenos no verificables en la experimentación sensible sino en el razonamiento de procesos complejos.

Nicholas Rescher en su obra «Objetivity» escribe que “La independencia ontológica de las cosas -su objetividad y autonomía de las maquinaciones de la mente- constituye un aspecto crucial del realismo” de lo cual no se sigue que la mente pueda captar toda la realidad del universo, por lo que “coincidimos con el realismo en el énfasis de la independencia del carácter de la realidad, pero sabiendo que la realidad tiene una profundidad y complejidad que sobrepasa el alcance de la mente”. Esto, nuevamente recalcamos, es debido a las limitaciones de los humanos: el esfuerzo por captar la realidad para nada elimina la posibilidad de captar fragmentos de lo que existe.

Entonces y en resumen, una cosa es la proposición falsa o verdadera y otra es la lógica o ilógico del razonamiento para lo cual nada mejor que consultar el formidable estudio sobre lógica de Aristóteles quien también criticó a los sofistas al escribir que “la sofística es una sabiduría aparente, pero no lo es” y que como apunta Julián Marías son relativistas. Morris Cohen ha refutado la manía de sostener que una verdad debe ser demostrada vía la verificación empírica al responder al opinante que su conclusión no es verificable empíricamente y como nos ha enseñado Karl Popper solo hay corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones, pero en ningún caso en la ciencia hay verificación.

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sábado, 16 de agosto de 2025

LIBRO "NO PIENSES EN UN ELEFANTE": 🐘 LENGUAJE Y DEBATE POLÍTICO por GEORGE LAKOFF y "DERECHO DE RESISTENCIA Y TIRANÍA" por DALMACIO NEGRO


NO PIENSES EN UN ELEFANTE: 
LENGUAJE Y DEBATE POLÍTICO
🐘
Las palabras no son inocentes. Puede que aún menos de lo que pensábamos. La palabra «elefante» hace que evoquemos automáticamente a un animal de trompa flexible y orejas grandes. Incluso cuando le pedimos a alguien que no piense en uno, lo estamos evocando. No solo eso: estamos dando carta de validez a esa palabra para referirnos a ese animal en concreto.
Lo mismo ocurre en el lenguaje político. Los republicanos estadounidenses, desde Reagan y hasta Trump, han conseguido activar, en una parte significativa de la población, los marcos mentales que más les convienen, entre ellos el del Estado como «padre estricto» que define reglas de conducta, que castiga y educa con firmeza cuando la situación lo requiere. Movilizan así entre sus votantes representaciones como la del individuo expoliado por el Estado (para justificar la rebaja de los impuestos) y mitos como el del carácter sacrosanto del matrimonio (para oponerse al matrimonio homosexual).
¿Puede esa estrategia funcionar en sentido contrario? ¿Podrían utilizarse los marcos mentales para activar otros valores, principios y directrices políticas? ¿Hacer, por ejemplo, que la apuesta por la paz y el diálogo tenga más peso que el miedo al terrorismo? 
A estas preguntas trata de responder George Lakoff en este amenísimo ensayo convertido ya por derecho propio en un clásico contemporáneo.
■ Presentación

Este famoso y combativo libro de George Lakoff sobre el lenguaje político —con cientos de miles de ejemplares vendidos en EE. UU.— nace de las derrotas electorales de los demócratas estadounidenses y de la frustración de este estudioso ante el modo errático en que sus correligionarios entendían la comunicación en política. Pero ya en 1996 Lakoff había publicado un libro mucho más académico, Moral Politics. What Conservatives know that Liberals don't, en el que analizaba las «visiones del mundo» propias de los conservadores (republicanos) y los progresistas (demócratas) de EE. UU. No pienses en un elefante, este pequeño libro de combate, sintetiza décadas de trabajo y discusión en el ámbito de la lingüística cognitiva, en el que Lakoff es un autor de referencia. Y eso lo enriquece y hace fructífera su lectura. 

Los conservadores estadounidenses, señala Lakoff, han invertido billones de dólares desde los años setenta en think tanks 1, en financiar investigadores y encuentros dedicados a estudiar la mejor forma de estructurar y comunicar sus ideas y de destruir las posibilidades de su adversario. Y lo lograron. Consiguieron definir las grandes cuestiones políticas en sus términos y etiquetar a sus opositores desde su lenguaje y sus valores. Los demócratas estaban claramente a la defensiva, al menos hasta que, gracias en parte a la decidida contribución de Lakoff, éstos a su vez han conseguido recientemente afirmar una posición alternativa a la de los neoconservadores. 

Los conservadores elaboraron una estrategia adecuada a la sociedad de la comunicación, que es la de la mediatización de la política. La indagación de Lakoff parte de una perplejidad. 
¿Qué tienen en común, se preguntaba, las diversas posiciones conservadoras en los varios asuntos que componen la agenda política: los impuestos, el aborto, la guerra de Irak, los seguros sociales, etc.? Aparentemente nada, se decía; forman un puzle de actitudes incoherentes. Sin embargo, al ver esas políticas desde los sistemas de conceptos sobre la moral, que estaba entonces estudiando, Lakoff captó una coherencia subyacente a estas diversas posiciones. En su hipótesis, tanto las políticas conservadoras como las progresistas tienen una consistencia moral básica, se fundamentan en visiones diferentes de la moral familiar, que se extienden a la política y a otros ámbitos. 
La familia conservadora se estructura en torno a la imagen del padre estricto que cree en la necesidad y el valor de la autoridad, que es capaz de enseñar a sus hijos a disciplinarse y a luchar en un mundo competitivo en el que triunfarán si son fuertes, afirmativos y disciplinados. 
El gran logro de la estrategia de los conservadores ha sido el de estructurar todos los asuntos políticos en torno a estos valores básicos y profundamente asentados en la mentalidad de gran parte de los ciudadanos. Profundizando ese sistema de conceptos y valores, los intelectuales al servicio de los republicanos estadounidenses han sido capaces de elaborar un discurso articulado y un lenguaje eficaz. Eficaz porque reconoce el poder de nombrar, que es el de empotrar cada denominación en un marco conceptual que implica valores y sentimientos de los que las audiencias son generalmente inconscientes. Y ese lenguaje bien armado con sus implicaciones morales y emocionales tiene el poder de definir las realidades una vez introducido y reiterado en los medios de comunicación. La «guerra contra el terror» es un ejemplo. Activa el miedo a un terror difuso —y con el miedo, el marco del padre estricto— y asocia terrorismo con «guerra», que requiere un comandante en jefe, un «presidente de guerra», poderes especiales para la guerra, así como naciones que atacar, etc. 

Los progresistas tienen también un sistema moral que se enraíza en una concepción de las relaciones familiares. Es el modelo de los padres protectores, que creen que deben comprender y apoyar a sus hijos, escucharles y darles libertad y confianza en los demás, con los que deben cooperar. Este sistema moral inspira sus opciones políticas, como el del padre estricto organiza las de los conservadores. Pero los progresistas no han sido tan conscientes como éstos de la necesidad de dotarse de un lenguaje coherente que les permita definir desde sus propios valores y sentimientos los asuntos en juego en el espacio público. Y así han aceptado el lenguaje y los marcos de sentido impuestos por los radicales neoconservadores, aunque los discutieran. Pueden abandonar su posición defensiva sólo afirmándose en sus propios valores y sentimientos y en lo que éstos pueden aportar. Deben enmarcar los diferentes asuntos en su sistema de conceptos morales y su lenguaje. En el caso de la «guerra contra el terror» vale la pena afirmar, sostiene Lakoff en primer lugar, que ésta ha debilitado a los EE. UU. y que la identificación del enemigo, Sadam y su país, con Al Qaeda y el terrorismo era una ficción interesada; que la diplomacia es mejor que la guerra, etc. 

Esta notable obra de Lakoff permite introducir la reflexión sobre las implicaciones de los diferentes discursos políticos en otros ámbitos, como el español, donde los conservadores han aprendido la lección de sus correligionarios estadounidenses. Aquí también han optado por un lenguaje agresivamente afirmativo de un sistema conceptual unificado que organiza y da coherencia a sus posiciones políticas y las vincula con valores y sentimientos morales. Y esta capacidad de movilizar emociones es un arma de enorme valor en el contexto de la mediatización de la polí- tica. Algo que urge a los progresistas aprender a hacer.

Cristina Peñamarín

■ Prólogo

El cambio de marco es cambio social 

Los marcos son estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo. Como consecuencia de ello, conforman las metas que nos proponemos, los planes que hacemos, nuestra manera de actuar y aquello que cuenta como el resultado bueno o malo de nuestras acciones. En política nuestros marcos conforman nuestras políticas sociales y las instituciones que creamos para llevar a cabo dichas políticas. Cambiar nuestros marcos es cambiar todo esto. El cambio de marco es cambio social. 

Los marcos de referencia no pueden verse ni oírse. Forman parte de lo que los científicos cognitivos llaman el «inconsciente cognitivo» — estructuras de nuestro cerebro a las que no podemos acceder conscientemente, pero que conocemos por sus consecuencias: nuestro modo de razonar y lo que se entiende por sentido común. También conocemos los marcos a través del lenguaje. Todas las palabras se definen en relación a marcos conceptuales. Cuando se oye una palabra, se activa en el cerebro su marco (o su colección de marcos). Cambiar de marco es cambiar el modo que tiene la gente de ver el mundo. Es cambiar lo que se entiende por sentido común. Puesto que el lenguaje activa los marcos, los nuevos marcos requieren un nuevo lenguaje. Pensar de modo diferente requiere hablar de modo diferente. 

Actualmente en Estados Unidos sólo hay un think tank progresista implicado en una empresa importante de cambio de marco: el Instituto Rockridge. Es nuevo y está creciendo. El Instituto Rockridge reúne a científicos y lingüistas cognitivos con científicos sociales para reenmarcar todo la gama de las cuestiones importantes en políticas públicas desde una perspectiva progresista. Sus investigaciones no son partidistas y se publican en abierto en su página web. Este libro utiliza y difunde esas investigaciones. 

Como respuesta a la demanda del público, éste es un libro breve e informal. Quiere ser una guía práctica tanto para ciudadanos activistas como para cualquiera que tenga un serio interés por la política. Quienes deseen un tratamiento más sistemático y académico deberían leer mi libro "Moral Politics: How Liberals and Conservatives Think" (Política Moral: Cómo piensan los conservadores y los progresistas). Este libro fue escrito y publicado con ocasión de las elecciones americanas de 2004. Pero desde entonces su importancia ha aumentado mucho. Los sondeos a pie de urna revelaron lo que el libro predecía: que los valores morales eran más importantes que todas las demás cues- tiones: más importantes que el terrorismo, que la guerra, que la economía, que la sanidad o que la educación. En aquellas elecciones los progresistas se unieron como nunca lo habían hecho antes en la historia reciente. Lo que los unió, por decirlo así, visceralmente, lo que les dijo que Bush era inmoral, fueron sus propios valores progresistas.

Es vital —para nosotros, para nuestro país y para el mundo— que continuemos unidos. Lo que nos une son nuestros valores. Tenemos que aprender a expresarlos con firmeza y claridad. Para que los demócratas puedan ganar en el futuro, el Partido tiene que ofrecer al país una visión moral clara, una visión común a todos los progresistas. No puede presentar sus programas como si fueran una mera lista de la compra. Debe ofrecer una alternativa moral más tradicionalmente americana y que represente todo aquello de lo que los americanos están orgullosos. Este libro ha sido escrito al servicio de esa visión. ¡Disfrútalo! 

George Lakoff 
Noviembre, 2004
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1 Un think tank es una institución investigadora u otro tipo de organización que ofrece consejos e ideas sobre asuntos de política, comercio e intereses militares. El nombre proviene del inglés, por la abundancia de estas instituciones en Estados Unidos, y significa "depósito de ideas". Algunos medios en español utilizan la expresión "usina de ideas" para referirse a los think tank. Los think tank a menudo están relacionados con laboratorios militares, empresas privadas, instituciones académicas o de otro tipo. Normalmente se trata de organizaciones en las que trabajan varios teóricos e intelectuales multidisciplinares que elaboran análisis o recomendaciones políticas. Un think tank tiene estatus legal de institución privada (normalmente en forma de fundación no comercial). Los think tanks defienden diversas ideas. Sus trabajos tienen habitualmente un peso importante en la política, particularmente en Estados Unidos. En Europa los think tanks comienzan a aparecer, pero su capacidad de influencia sobre la política en sus respectivos países todavía está muy lejos de la alcanzada por las instituciones estadounidenses. El más influyente de los think tank españoles es el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos creado en el 2001 siguiendo el ejemplo del Royal Institute of International Affairs (Chatham House) en el Reino Unido. En los últimos años España ha registrado un intenso desarrollo de organizaciones independientes creadas bajo el mismo espíritu de los think tank americanos. Los más influyentes, y no vinculados a partidos políticos, son el CIDOB, fundado en 1973; el IECAH (Instituto de Estudios Sobre Conflictos y Acción Humanitaria IECAH), fundado en el año 2000, y FRIDE (Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior), fundado en 1999. Se trata de un think tank independiente que busca proveer conocimiento innovador sobre el papel de Europa en las relaciones internacionales. FRIDE es además el principal motor de iniciativas como el Club de Madrid, un grupo de ex-jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo que promueven el cambio democrático, o la edición española de Foreign Policy, mientras que el IECAH, una iniciativa privada que agrupa a un conjunto de especialistas en los ámbitos del estudio de los conflictos y la cooperación, prestándole una especial atención a los asuntos relacionados con la ayuda humanitaria, ha elaborado, en el año 2007, la Estrategia de Construcción de la Paz para el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación. Otros think tank vinculados a partidos políticos en España son la FAES, liderada por José María Aznar; y la Fundación Alternativas, vinculada a los partidos de izquierdas. (Esta descripción de “think tank” está tomada de WIKIPEDIA.


REVISTA "RAZÓN ESPAÑOLA" POR PEDRO PEDROSA


UN PUEBLO SIN PENSAMIENTO CRÍTICO 
ES EL SUEÑO DE TODO TIRANO

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viernes, 11 de julio de 2025

LIBRO "COSAS QUE HE APRENDIDO DE GENTE INTERESANTE": FILOSOFÍA, POLÍTICA Y RELIGIÓN por MIGUEL ÁNGEL QUINTANA PAZ

COSAS QUE HE APRENDIDO 
DE GENTE INTERESANTE

Filosofía, política y religión

Un arsenal de autores y argumentos para defenderse de las ideas más estúpidas de nuestra época.
¿Es racional sentirse orgulloso de tu país? ¿Es verdad que la izquierda tiene una mayor sensibilidad social que la derecha? ¿Cabe hablar de un ecologismo conservador? ¿Puede un católico criticar al Papa? ¿Son los cristianos mejores personas? Estas son sólo algunas de las preguntas a las que da respuesta el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz, en esta selección de los mejores artículos que ha publicado a lo largo de la última década.
De la mano de un vasto elenco de autores de todas las épocas, Quintana Paz aborda múltiples cuestiones de actualidad que conciernen a la filosofía, la política y la religión, demostrando que la historia del pensamiento puede servir para iluminar los debates contemporáneos, incluso los más pedestres.
Entre los temas recurrentes del autor están la epidemia de moralismo y emotivismo que nos aflige, las falacias discursivas del progresismo, la tibieza política del centroderecha liberal o el empobrecimiento de la educación religiosa.
Con su característico estilo mordaz y provocador, Quintana Paz se atreve a cuestionar nociones tan arraigadas como la empatía, el consenso, el diálogo o los valores éticos. Y todo ello para reivindicar el legado intelectual de la civilización occidental y sacarla del nihilismo que la atenaza. Cosas que he aprendido de gente interesante es un arma teórica fundamental para dar la batalla cultural contra ofendiditos, escandalizaditos y moderaditos de todo pelaje.
Introducción

A mí tía Josefa en casa la llamábamos Pepa y era carmelita descalza. Había dos maneras muy distintas de poder ver a la tía Pepa.

La primera pasaba por visitarla en su convento de clausura, sito en Peñaranda de Bracamonte. Lo pienso hoy día y me resulta curioso: esas visitas, algún que otro domingo, constituyeron una de las actividades extraordinarias de mi infancia. Íbamos al convento y charlábamos junto al brasero de una sala encalada, entreviendo el tocado de la tía Pepa a través de un doble enrejado, rodeados de cuadros religiosos con pátina de siglos, tomando los dulces y el mosto que poco antes nos habían entregado por el torno. (Todo tenía un aire como de novela de Gabriel Miró.) Lo pienso hoy día y me resulta curioso; hoy, que las actividades de nuestros niños tienen más que ver con videojuegos los sábados por la mañana o parques de bolas los domingos por la tarde; hoy, que palabras como brasero y torno les parecen provenir de una terra ignota.

La otra vía para llegar a estar con la tía Pepa era mucho más esporádica. En tales ocasiones, era ella quien venía a visitarnos a Salamanca. Aprovechaba para ello alguna cita médica en el hospital de al lado de casa. Décadas más tarde, revisando armarios y papeles, descubrí que las complicaciones de su salud (algo no iba del todo bien en su corazón) habían estado lejos de ser pequeñas o infrecuentes. Sus visitas al médico, con todo, habían sido escasas.

Uno de mis recuerdos más antiguos (¿tendría yo tres años?) se remonta a una de esas visitas de la tía Pepa. Con el paso del tiempo mi memoria resulta, claro, un tanto fragmentaria. Sólo sé que aquel día hacía sol, que la tía Pepa me regaló un caramelo alargado de fresa, que me cogió de la mano y que me llevó, por primera vez en mi vida, a la guardería parroquial. Ni ella ni yo lo sabíamos, pero durante los cincuenta años restantes yo ya no saldría de allí: había empezado mi relación con nuestro sistema educativo.

Durante estos años he atravesado mil vicisitudes, pero nunca he sentido que mi tía Pepa me estafara al regalarme un caramelo alargado de fresa como prólogo a todo lo que vendría más tarde. En la guardería aprendí algunas de las cosas más importantes de la vida: a leer, a contar y a rezar. Más tarde, en el colegio, en la universidad y ahora en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP), he seguido aprendiendo y, en lo posible, devolviendo algo de lo aprendido: es a eso a lo que llamamos ser profesor. He conseguido, incluso, que me remuneren por todo ello. Quizá podríamos aseverar, por tanto, que en cierto sentido humilde de la expresión soy un hombre feliz. 
¿Cómo no estarle agradecido, pues, a mi tía Pepa —y a todos los que vendrían más tarde—?

El último capítulo (por el momento) de esta historia de enseñanzas que vengo narrando lo encierra este libro que ahora tiene usted, amigo lector, entre manos. He querido recopilar aquí también (y anunciarlo ya desde el título) unas cuantas cosas que he venido aprendiendo en los últimos años de gente interesante: 
desde filósofos hasta santos, desde literatos hasta caudillos, incluyendo también algún progre y algún papa (nota: no me refiero a la misma persona con estos dos términos). Aquí hallará usted reflexiones diversas en torno a los tres asuntos que más me obsesionan: la filosofía, la política y la religión. De ahí que figuren en el subtítulo. Pero detrás de todas esas reflexiones espero que encuentre usted un mismo hálito: el de alguien que ha disfrutado, aprendiendo, de conversaciones a través de los libros con los muertos y con los vivos. Y que sólo quiere invitarle a usted a compartir un ratillo tales charlas.

La mayoría de los capítulos que le presento aquí se publicaron con anterioridad, en versión de artículo, en el periódico digital The Objective; apenas un puñado de ellos vio la luz en otros diarios españoles, como El Mundo, El Español, Economía Digital o Vozpópuli; también hay alguno editado por la Fundación Disenso. 
He de agradecerles a todos ellos la oportunidad que me otorgaron en su día de contrastar mis ideas con el gran público. Pues estos diálogos con gente interesante que aquí reúno me gusta pensar que no sólo implicarán a los lectores de hoy y mañana, como ya he apuntado, sino que también incluyeron en su momento a los lectores de entonces, que con sus ánimos y sugerencias me dieron el sustento moral para arribar hasta este libro. 
Entre tales lectores me gustaría destacar a una: Paula Quinteros, el alma detrás del diario The Objective, que durante casi diez años ha sabido ser ese puntal discreto donde te reconforta pensar que siempre podrías apoyarte.

Algunos de los conceptos que se me ocurrió idear (¿no somos eso, en el fondo, los filósofos: diseñadores de conceptos?) para los textos aquí reunidos han alcanzado a lo largo de estos últimos años, por así decirlo, vida propia; y ya corretean por ahí sin necesidad de apoyarse en su progenitor, al que en muchos casos se desconoce (y eso es un orgullo para todo padre). Así ocurrió pronto, por ejemplo, con el término ofendiditos. Lo utilicé por vez primera allá por mayo de 2017, en un artículo aquí recogido como capítulo inicial. Lo cierto es que por aquel entonces, deseoso yo como buen académico de trazar una mínima etimología del término, investigué si había sido ya empleado en el mismo sentido con que me disponía a dotarlo. El resultado de tales pesquisas fue negativo. Ahora bien, tras publicar mi textito, enseguida esa expresión y ese sentido irían cuajando en todo tipo de personas y personajes. Así, al año siguiente, ya lo manejarían el dúo cómico Pantomima Full o aparecería en el anuncio publicitario con el que la empresa Campofrío suele felicitar las Navidades. En 2019, la periodista Lucía Lijtmaer escribiría un libro de título homónimo; si bien, en su caso, para reivindicar el derecho a sentirse ofendidísimos por todo tipo de cosas. Hoy constituye una palabra de uso común en España.

Asimismo, hay nociones como «capitalismo moralista» o «PSOE state of mind» que han cuajado más allá de los textos donde hablé por primera vez de ellas —en 2019 y 2021, respectivamente—, textos que también aquí se recogen. Ambas expresiones, por cierto, han llegado a ser pronunciadas desde la tribuna del Congreso de los Diputados por parlamentarios a los que agradecí en su momento (y agradezco ahora) que me citaran. Esa misma cortesía me gustaría tenerla hacia los obispos españoles que incluyeron una reflexión sobre el capitalismo moralista en su documento de orientaciones pastorales para el período 2021-2025, titulado Fieles al envío misionero.

En ocasiones he observado que las ideas (que el lector podrá encontrar desarrolladas aquí) de un liberalismo «de niños burbuja» o de que vivimos bajo un «imperio del emotivismo» han sido empleadas con bastante tino aquí, allá o acullá.

Pero si hablamos de las repercusiones que ya se han dado de los textos aquí reunidos, quizá lo más notable resida en otra parte. La publicación en la primavera de 2025 de estas Cosas que he aprendido de gente interesante coincide con otro libro titulado, precisamente, como uno de nuestros capítulos primeros: Moderaditos. De forma análoga a Lucía Lijtmaer, en esta otra obra, cuyo autor es Diego Sánchez Garrocho, se trata de encomiar las virtudes de ser moderado, muy moderado o muy moderadito; algo sobre lo cual un servidor en el capítulo citado tiene una visión muy diferente (y nada moderadita). Cuando las personas afines a ti empiezan a usar tus conceptos te sientes, ciertamente, reconfortado; pero cuando son incluso quienes denuestan tus ideas los que recurren a las palabras que tú has popularizado, la complacencia alcanza zonas de tus sinapsis muy especiales. Agradezco, pues, a Diego Sánchez Garrocho la ocasión de tal deleite.

Con todo y con eso, a quien querría dedicar aquí mi agradecimiento más cordial es a Roger Domingo, director editorial de Deusto, con quien hablé por primera vez sobre la posibilidad de este libro allá por el año 2018. Desde entonces ha tenido la paciencia de esperar su advenimiento final. Podría, como tantos otros, echarle la culpa de este retraso a la pandemia de 2020, o podría también recurrir a la circunstancia de que en 2021 mi vida cambió sobremanera (dejé la universidad, me trasladé a Madrid, empecé a trabajar en ISSEP). Pero todo eso no serían sino falaces excusas para disimular mis yerros, por fortuna saldados gracias a la enorme generosidad de Roger.

Termino. Hay cierto pasaje donde Nietzsche compara la historia de la humanidad con un armario de disfraces que conviene conocer para así ser capaz, en cada momento, de ponerse el traje que mejor le venga a uno: vestir de pensador griego cuando proceda, de noble romano cuando sea lo preferible, de caballero medieval cuando resulte más oportuno. 

Me gustaría pensar en este libro de un modo similar a ese armario nietzscheano. No encontrará aquí el lector un «sistema» de filosofía, aunque hablaremos de filosofía; no hallará el desarrollo de una ideología política, aunque hablaremos de política; no se topará, ¡válgame el cielo!, con una teología determinada, aunque hablaremos de religión. Lo que aquí se guarda son más bien trajes distintos, herramientas diversas, conversaciones diferentes que podrán cuadrarle en alguna ocasión más que otra. 

Los capítulos a menudo están muy relacionados con el autor citado en su título; en otras ocasiones, la ligazón con el mismo resulta tenue, apenas una excusa para pensar. También hay capítulos (como los dedicados a los ofendiditos, a los escandalizaditos o al capitalismo moralista) que, por referirse a conceptos que ya han cobrado cierta vida propia —como comentábamos antes—, no contienen referencia a ningún autor en su título: no la precisan.

Aunque he intentado organizar todos estos textos según cierto orden, como en las estanterías de una biblioteca, lo cierto es que el lector es libre de picotear un capítulo aquí y otro más allá, como por entre las estanterías de una biblioteca. Al fin y al cabo, ¿no surge a veces el orden de nuestros vagabundeos más disipados? Los anglosajones han inventado una palabra, que en español decimos serendipia, para esos hallazgos casuales. Yo prefiero recordar el armario de Nietzsche, donde puedes toparte con una corona de laurel al lado de unas gafas de sabio, con un papiro antiguo al lado de un ordenador.

O también me gusta recordar, de vez en cuando, una de mis lecciones primeras. Ya la conoce el lector. En ocasiones, las cosas puede que empiecen con que te regalan un simple caramelo de fresa, alargado. Para que luego, al cabo de decenios, acabes encontrándote con que has aprendido una abigarrada multitud de cosas. Quizá no recuerdes exactamente en qué año o en qué mes comenzó todo. No importa en exceso. Pues de lo que sí estarás seguro es de que aquel fue un día soleado.

Solía contar el filósofo Gustavo Bueno el siguiente chiste. Cierto vasco, hombre de pocas palabras, asiste a un sermón dominical en que el sacerdote se prolonga perorando durante más de una hora. Al volver a su casa, su esposa le inquiere acerca de cuál fue el contenido de un sermón tan prolijo. 
«Habló sobre el pecado», contesta nuestro vasco. «Y ¿qué dijo el señor cura?», le repregunta su mujer. «Que no es partidario». 
Las universidades occidentales resulta que tampoco son partidarias del pecado y últimamente se afanan en dejárnoslo claro. Hace un tiempo, la Universidad de Oxford difundió entre sus miembros un pormenorizado «listado de microagresiones». Consisten tales listados en recopilaciones de mandamientos morales que habrás de obedecer si no quieres ser tachado de racista, machista, especista, homófobo, tránsfobo, animalófobo y demás pecados hodiernos. 

Las nuevas tablas de mandamientos de la Universidad de Oxford incluían, entre las formas de «racismo sutil, cotidiano» que denunciaban, el no mirar directamente a los ojos de la persona con que estés hablando. Ahora bien, inmediatamente se alzaron voces protestando porque este precepto ofendía a los autistas: muchos de ellos encuentran difícil mirar a los ojos de su interlocutor, pero ello no implica que sean reos de racismo. Intentando evitar las ofensas a las personas con otro color de piel, la Universidad de Oxford las había ofendido. De modo que ésta hubo de pedir perdón a los autistas. 

La moraleja es que en este tipo de asuntos uno camina siempre por terreno resbaladizo: si te esfuerzas por no ofender nunca a la gente de Guatemala, a veces acabas ofendiendo a la de Guatepeor. 

(Nota aclaratoria: en mi párrafo anterior no pretendo identificar a los autistas como algo «peor» que los guatemaltecos, sino que sólo hago un juego de palabras bastante tópico. Aprovecho, por cierto, el paréntesis para aclarar asimismo que en el párrafo primero de este texto ni don Gustavo Bueno ni un servidor pretendíamos ofender a los vascos poco locuaces). Permítaseme narrar ahora una anécdota más personal. Hace unos años yo mismo asistí a unas jornadas universitarias sobre transexualidad, bien sustanciosas. 

En un momento determinado me pareció oportuno preguntar a un conferenciante si había algún modo de diagnosticar la transexualidad a edades tempranas. El ponente, en primer lugar, me reprochó que utilizara el verbo diagnosticar para algo como la transexualidad, pues le parecía ofensivo. Dijo que «la patologizaba». 
En segundo lugar, me preguntó que cómo sabía yo mismo que yo era un varón y no una mujer. Cuando le fui a responder, el hombre me interrumpió para reconocerme que se había dado cuenta de que acababa de cometer un grave error. Y me pidió encarecidamente perdón por haber dado por supuesto que yo era un varón, fundándose sólo en cosas tan superficiales como mi aspecto físico o mi tono de voz, cuando en realidad yo podría poseer una rica interioridad de mujer que era a la postre, según él, lo único importante. 
Al final no tuve muy claro si era él o era yo quien más cosas supuestamente ofensivas había dicho en tan breve diálogo. Mas sí capté nítido que mi pregunta originaria había quedado sin contestar, sepultada bajo un grueso follaje de posibles ofensas mutuas. 

Estos ejemplos que ofrezco seguramente hayan traído a la mente del lector un variopinto elenco de casos similares. Vivimos, caben escasas dudas, en una época en que abunda la gente que se siente ofendida por cosas. Hay quien piensa que toda esa gente tiene siempre la razón, que si se ofenden es porque alguien habrá cometido la fechoría de ofenderlos y debe ser castigado.

Otros pensamos, sin embargo, que la actitud filosófica correcta reside en ponerse a distinguir entre ofensas reales y ofensas meramente imaginarias, dado que, al menos desde Platón, lo sensato es diferenciar siempre entre la verdad y lo engañoso. Pero también cabe otra pregunta filosófica acerca de todo esto: 
¿por qué vivimos en una época en que tanta gente se siente cada vez más ofendida por cada vez más cosas? Antes nunca ocurrió así. Se ha dado una respuesta de tipo, digamos, «psicológico» a tal interrogante. Vivimos en un mundo en que los adultos de hoy empiezan a ser cada vez más los antiguos críos de familias en que los padres pasaban poco tiempo con ellos. 
A veces por motivos laborales, a veces por divorcio, a veces porque los niños estaban sobrecargados de tareas extraescolares. Como consecuencia, esos padres han tratado a tales niños, en el escaso tiempo que podían pasar con ellos, con excesiva laxitud. 

Meredith Haaf, en su libro Dejad de lloriquear, explica que cada vez más padres ven como un deber dar siempre la razón a sus hijos, preservarlos de todo problema y contarles continuamente cuánto les gusta todo lo que hacen. 
Por consiguiente, esos niños, que hoy van siendo ya jóvenes adultos o simplemente adultos, no han aprendido cómo reaccionar ante gente que piensa o actúa de modo diferente al que ellos querrían. Y se ofenden. Existe también una respuesta política a nuestra pregunta. 

Ya en 1983, el sociólogo Alain Touraine explicó que nos adentrábamos en una época que él denominó «postsocialismo». Durante tal postsocialismo la izquierda dejaría de defender sólo a los trabajadores o a las partes más depauperadas de la sociedad y trataría de mostrarse como la principal defensora de cualquier minoría social (mujeres, gais, jóvenes, grupos étnicos o nacionales minoritarios ...). 

Dado que esos grupos a menudo pueden sentirse ofendidos por lo que la mayoría de la sociedad dice con respecto a ellos (las mayorías son así, no conocen todo lo que les molesta a las minorías), la nueva misión de la izquierda, según el análisis de Touraine, bien puede ser la de fomentar esos sentimientos de ofensa para, inmediatamente después, erigirse como el único paladín que librará a los ofendiditos de las garras de los pérfidos ofensores. Y cuantos más sean tales ofendidos, más votos irán al regazo de esa izquierda postsocialista que los quiere acurrucar. Alguien estaría sacando prósperos beneficios, pues, del actual incremento del número de ofendidos. Con todo y con eso, creo que ni la respuesta psicológica ni la respuesta política son capaces de explicar completamente por qué nos vamos sumergiendo en un mundo repleto de ofendidos. 

Y voy a proponer, para terminar, el esbozo de una respuesta más bien histórico-filosófica a todo este asunto. Occidente, que es la sociedad donde están sucediendo estas cosas, es desde hace unos 1.700 años una civilización marcada por el cristianismo. Y el cristianismo se caracteriza por dar una respuesta muy peculiar al problema del sufrimiento humano. En vez de echarle la culpa a la persona que sufre, como hacen algunas morales, o a las vidas anteriores que tuvo esa persona que sufre, como hacen otras religiones, el cristianismo aquí hace una afirmación atrevidísima: Dios mismo sufrió. Fue crucificado. Y, por tanto, el sufrimiento, por intolerable que parezca a veces, tiene siempre un sentido (divino). 

El Dios cristiano acompaña al que sufre, pero no como un cireneo que echa la mano por el hombro al sufriente, sino padeciendo Dios mismo también. Cualquier persona que sufre, pues, debería merecer de un cristiano su atención: Dios mismo está en ella. Mientras que, en otras culturas, podría merecer más fácilmente condenas, desprecio o indiferencia. Ahora bien, hoy nuestra sociedad ha olvidado estas nociones cristianas sobre lo divino del sufrimiento, pero parece haber conservado el empeño cristiano por fijarse en los que sufren. Así, no sabemos muy bien cómo tratar a todo el que dice que sufre, aunque tampoco aceptemos volver a la mentalidad romana o helénica, que invitaba a ignorarlos sin más. Ya no creemos en un Dios que acompañe a todo el que padezca algún daño, de modo que intentamos sustituirle y ser nosotros los que prestemos atención a cualquiera que diga sufrirlo; sin fijarnos mucho en si, a menudo, la causa de su dolor puede ser sólo una ofensa nimia. 

Entramos así en un mercadeo en que, si queremos recibir la atención de los demás, lo más fácil es mostrarnos como víctimas (el cristianismo apostaba por la víctima), pero sin tener ya muy claro cuál es el criterio para ser una verdadera víctima (hemos perdido al Dios cristiano, que sí lo tenía). Pensando habernos librado de un Dios crucificado y sus mandamientos, nos vemos ahora rodeados de cientos de diosecillos que exhiben sus cruces y nos reclaman miles de nuevos preceptos para no hacérselas más pesadas. Resulta poco sorprendente, pues, que ante todo esto Nietzsche pensara que nuestra sociedad es la sociedad de «los últimos hombres». Donde, naturalmente, ni la palabra hombres pretende ofender a las mujeres (Nietzsche no las excluía de tal decadencia), ni la palabra últimos pretende hacer daño a quienes preferimos no llegar los primeros a algunas metas. Como, pongamos por caso, en una carrera hacia la estupidez.


"La filosofía sirve para detestar la estupidez, 
hace de la estupidez una cosa vergonzosa.
Solo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento 
bajo todas sus formas, la filosofía no es sierva de nadie". 

VER+:


«Qué lecciones profundas (sobre la Verdad, la Nación o el Mal) no hemos sabido aprender, o aprendimos mal, durante nada menos que 80 años tras el Holocausto»


«Toda la charlatanería sobre ‘valores éticos’ puede abocar, en unos casos, a relativistas morales; en otros, a meros moralistas y en otros, a fanáticos»


«Estamos exhaustos más en el alma que en el cuerpo. Solo vemos alrededor seres empeñados en subir una piedra por una pendiente que siempre les traiciona»


«Si queremos vencer al progresismo desatado de nuestros días, hay al menos un requisito que no podemos pasar por alto: hay que dejar de ser imbéciles»


«El Gobierno más radical de nuestra historia ha aprobado leyes que no solo van contra la fe cristiana, sino contra las bases mismas de nuestra civilización»


Cada día se intenta etiquetar más y más cosas como “delitos de odio”, para castigar así a todo el que ose expresarse de forma que alguien considere “ofensiva”


Estas ansias de controlar verdades no ciñen sus tentáculos a nuestro presente. Para controlar el futuro, tanto o más necesario es fiscalizar el pasado: lo han sabido bien todos los enemigos de la libertad.

MIGUEL ÁNGEL QUINTANA PAZ: 
"CLARO QUE HAY QUE PROVOCAR, PROVOCAR INCOMODIDAD A VECES ESTÁ BIEN..."