EL Rincón de Yanka: LIBRO "GRACIA DE CRISTO": LA GRACIA ES UN VALOR VITAL DE VIRTUD PLENA. JESÚS DERROCHABA ENCANTO Y EMPATÍA 😄😇

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lunes, 4 de marzo de 2024

LIBRO "GRACIA DE CRISTO": LA GRACIA ES UN VALOR VITAL DE VIRTUD PLENA. JESÚS DERROCHABA ENCANTO Y EMPATÍA 😄😇


GRACIA   DE   CRISTO
"La gracia es una virtud en el mejor sentido. 
Tener gracia es tener también una virtualidad transformadora 
de cuanto procede del sujeto gracioso. 
No es un valor cultural, es un valor vital".
Jesús era amento y entretenido por naturaleza. 
Derrochaba encanto y empatía".

Los Evangelios dicen de Cristo que se entristece, que llora, ¡incluso que se enfurece y se indigna!, pero no llegan a decir nunca que sonría. Es como si hubiera asumido todas las expresiones humanas salvo la risa, lo cual ha hecho pensar prolijamente a los teólogos: ¿cómo es posible que Cristo, perfecto hombre, no haga algo tan específicamente humano como (son)reírse? ¿No es ya eso una broma? G.K. Chesterton terció en este debate afirmando que Dios había ocultado su alegría al hombre porque era algo demasiado grande para mostrárselo.
En Gracia de Cristo, Enrique García-Máiquez, que es chestertoniano para todo salvo para esto, contradice al maestro y sostiene, primero, que basta una lectura atenta de los Evangelios para imaginar las (son)risas de Jesús y, segundo, que Éste no sólo reía sino que fue, además, lógicamente, el perfecto humorista: no dejó ni uno de los géneros sin cultivar, ni siquiera los humores marrón y negro.
El autor glosa en este ensayo los momentos más luminosos, ¡los más desternillantes también!, de la vida de Cristo y nos muestra que los Evangelios pueden leerse como la mejor comedia jamás escrita: qué existencia tan graciosa, la de Jesús, y qué final tan insuperablemente feliz.
SANGRE DE CRISTO, EMBRIÁGAME

La risa ¿es seria o no? ¿Resulta irremediablemente mal­ vada o desdeñosa o cruel? Raro es el pensador que en los ú ltimos 25 siglos no haya echado su cuarto a espadas en este laborioso debate. Dentro de la gran controversia, se inserta la duda trascendental acerca de si Jesús reía y sonreía o no, que ha tenido partid arios y detractores dentro y fuera de la Iglesia, santos y doctores, escritores y artistas, en un lado y en otro. En una serie de tres artícu­ los titulada «Risas divinas», Juan Manuel de Prada hizo en 2017 un repaso de los defensores a ultranza de la cir­cunspección del Redentor, y les dio un repaso. Yo llevaba unos años siguiendo las huellas de la sonrisa de Cristo, me encantó la coincidencia y admiré la complementarie­dad de enfoques. De Prada nos regalaba un comprimido trabajo de campo que ni mi falta de estudios patrísticos ni mi pereza me permiten.

Mi posición de partida es distinta. El gran Ramón Llull había dicho que «quien a Jesucristo no ama no tiene derecho a reír». Yo no diría tanto o, mejor dicho, tiendo a decirlo al revés: «Quien a Jesucristo ama no dejará de reír». No me conformo con el silogismo que discurre que Jesucristo era perfecto hombre y que el humor es una virtud humana, ergo Él tenía humor. No me sirve porque es un abstracto apriorismo aséptico y yo quiero verlo -también al humor- encarnado. Leo en los Evangelios situaciones concretas y frases literales con una sonrisa que acá y allá estalla en una carcajada. Este pequeño glosario sigue el hilo de esa hilarante lectura y nada más. En ningún versículo se avisa de que «Jesús rio», pero en muchos salta a la vista que predicó con el ejemplo. Im­porta estar a la que salta porque, como advierte Tomás Moro en "La agonía de Cristo", los circunspectos, «al no contar con la ironía, no aciertan a veces en el sentido real de la Escritura».

Benedicto XVI comienza su biografía de Jesús apun­tando que el saludo del ángel a María ya anunciaba muy claramente el pellizco de la alegría. «Conviene comprender -escribió el Papa- el verdadero significado de la pa­labra chaire: ¡Alégrate![...] La misma palabra reaparece en la Noche Santa en labios del ángel, que dijo a los pastores: "Os anuncio una gran alegría" (Lc 2,10)». Con chaire se marca en el pórtico mismo de los Evangelios «la conexión entre la alegría y la gracia. En griego, las dos palabras, alegría y gracia (chará y cháris), se forman a partir de la misma raíz. Alegría y gracia van juntas».

Con tal pórtico, abundan en los Evangelios las res­puestas y las circunstancias provocadas por Jesús que demuestran esa jovialidad y hasta la retranca mediterránea de la personalidad del Maestro. Por supuesto, no se subrayan en el texto o en el margen con un «ja, ja, ja ,., mas al fondo se escuchan las risas y, sobre todo, se vis­lumbran las sonrisas. Eso basta para un buen lector. (Y además es más gracioso).

Me he ceñido a los Evangelios sin recurrir a añadidos imaginativos ni al comodín de los apócrifos. Vengo a recrearme en su sentido del humor, no a recrearlo. He seguido el orden de losevangelistas y, cada vez que di con la dulzura gozosa de Jesús, su piedad inaudita, su deliciosa astucia, su guasa amable, sus paradojas, su finura intelec­tual. .., anoté la ocasión, contextualizándola lo mínimo o extrayéndola de las entrelíneas.

Mis glosas dan por sentado que se conocen los episo­dios evangélicos o incluso que están recién leídos. Este modus operandi me dispensa de hacer una narración para­lela, inexorablemente más torpe. También de abismarme en los laberintos de la sistematización de los tipos de humor, que es tarea académicamente interesante, pero cal vez con tradictoria con el humor mismo, que va por libre. He ido recogiendo, fiándome de mi instinto, lo que abraza la gracia de Cristo: ironía, delicadeza, retintín, sátira, ingenio, socarronería... Jesús se inclina por lo que Adán Buenosayres, el personaje de Leopoldo Marechal, llamó chumorismo angélico,., por el cual la risa sigue «el orden manso de la caridad,. y «Se dirige a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres».

Claro que Cristo, tan por encima de los espíritus pu­ros, suma a ese humorismo angélico una soterrada gracia encarnada, que nace de la sorpresa inconcebible de verse compartiendo nuestra naturaleza, tan cómica de por sí, si se piensa. Aquí anduvo -sobre las aguas o sobre la tie­rra, es igual de sorprendente- con su cuerpo sometido al tiempo, al sueño, al hambre y a un sinfín de limitaciones extravagantes para Dios. Leonardo Castellani resumió el trasfondo teológico: «El humor de Cristo traduce la inserción de lo eterno en lo finito, y desparrama lo finito. Podría destruirlo y aniquilarlo, pero no hace más que despatarrarlo; y por eso es humor». Jesucristo es la apo­teosis del Deus ludens, cuyas delicias son jugar con los hijos de los hombres, y del que Daniel Capó nos habla en su libro "Florecer".

Un paso por detrás de los que dicen que no río nun­ca, vienen los que reconocen su risa, pero acusan a la lglesia de haber hecho oídos sordos. Qué diparate. El cristianismo y la Cristiandad han sido siempre como mí­nimo subconscientes de la gracia del Señor y de cómo lo transfiguraba todo. Puede apreciarse en la vida de tan­tos santos -imitadores de Cristo- jocundos. «Un santo triste es un triste santo», cinceló san Francisco de Sales. Y también se disfruta en innumerables obras de arte, simbolizadas en las gárgolas góticas de las catedrales eu­ropeas, por no hablar de tantas otras manifestaciones culturales, como las fiestas populares o los vinos, licores y cervezas monacales.

Jesús tampoco supuso ruptura alguna con la veta ve­terotesramentaria. «Quien lo hereda no lo hurta», reza el refrán, y Él es digno Hijo de su Padre, que, además de en la Creación, demuestra un extenso sentido del humor a lo largo y ancho del Antiguo Testamento. Esta mezcla de sarcasmo y de compasión del Levítico, por ejemplo, resulta desternillante: «No maldigas a un sordo ni le colo­ques nada delante a un ciego». Georges Mikes, reputado especialista anglo-húngaro en humorismo, contó: «Una vez oí a un piadoso y sabio no judío q ue la Biblia ordena a los judíos el sentido del humor». Mikes añadía que los Evangelios no han abolido ni una jota ni u na tilde de esta Ley y que la mejor definición de humor práctico del mundo es de Jesús: «Aquel que se exalte será humillado y aquel que se humille será exaltado».

La gracia bien puede definirse como «verdad con gozo»; y a Cristo se la vieron sus contemporáneos. No­ sotros la vamos a atisbar en el Evangelio, pero Flavio Josefo (primer testimonio histórico sobre Jesús, siglo 1, Roma) deja constancia de que fue recibido con un amor que ni la tremenda cruz ensombreció: «En aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, porque fue autor de hechos asombros, maestro de gente que recibe la ver­dad con gozo, y atrajo a muchos judíos y a muchos de origen griego. Cuando Pilato, frente a la denuncia de aquel los que son los principales entre nosotros, lo había condenado a la cruz, los que antes le habían amado, no dejaron de hacerlo».

En cambio, sir Arthur Quiller-Couch, profesor de li­teratura en Cambridge, en su famosa conferencia «Ün the Art of Reading», expuso: «Asumo que si a un hombre corriente de mi edad se le preguntase qué le había ayu­dado mejor a soportar los golpes de la vida, si la religión o el buen humor, él, siendo honesto, sería lapidado por su respuesta». Lo cuenta Elron Trueblood, autor de "The Humor of Christ", que añade un punto en el cual el hombre corriente no rendría por qué escoger: «Es verdad que en la vida odinaria nos ayudan las dos cosas: el hu mor auténtico y la religión auténtica. En las enseñanzas de Cristo, van unidas». Qué bien lo ve alzarse don José Ji­ménez Lozano sencilla e implacablemente contra todos los pesimismos y ni hilismos del mundo: 

«El pensamiento filosófico de Qoholet o Nietzsche no puede encontrar si no lo que hay en la realidad: el atroz vacío, el mundo que no pesa, el tarro de mermelada echada a estropear:

"humo de humo y todo humo'', como literalmente dice Qoholet. Y quizá a los mismos poetas un día u otro les espera ese destino: enfrentarse a una nada, a un agujero negro, el mismo que Teresita veía en su agonía y todos los místicos han conocido. ¡Ah!, pero Jesús cuenta historias de hombre, del sembrador o el pescador y la mujer que ha perdido una de las monedas de su tocado de novia, menciona los lirios y a los pájaros, y junto a un pozo mantiene una formidable conversación con una mujer no muy bien afamada. El mundo entero se ilumina, y se ilumina la vida de cada hombre en su trabajo, en su alegría y en su tristeza. Todo esto no sólo no es vano, sino que no será roído por el tiempo ni por los gusanos. Cuando Jesús ponía la mano sobre las cabezas de los niños para hacerlos un repelús, los veía viviendo para siempre; no destinados a la nada como Qoholet y los otros».

Así de sencillo, y ya podríamos em peza r a leer los Evangelios. Sin embargo, antes de entrar en materia, quisiera advertir de los riesgos que me acechan. Las po­sibilidades de degeneración de la teología, según san John Henry Newman, son «la hipersistematización, el fanta­sear, el dogmatismo y la mojigatería». Se conoce que este libro no es en absoluto de teología porque esas posibili­dades no me amenazan para nada, pero sí otras...