EL Rincón de Yanka: UNA RENOVACIÓN DIVINA. DE UNA PARROQUIA CLIENTELAR A UNA MISIONERA

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¡BIENAVENTURADA NAVIDAD!

¡BIENAVENTURADA NAVIDAD!

domingo, 24 de julio de 2016

UNA RENOVACIÓN DIVINA. DE UNA PARROQUIA CLIENTELAR A UNA MISIONERA



Jesús dijo: 
"Id, bautizad, haced discípulos, 
enseñarles lo que os he mandado". 

La Iglesia Católica hoy bautiza y enseña, pero no hace discípulos. 
Hacer discípulos hasta ahora no ha sido nuestro fuerte.

De una parroquia de mantenimiento 
a una parroquia misionera
En lugar simplemente de mantener sus edificios y satisfacer las necesidades de sus feligreses, las parroquias están llamadas a ir más allá y abrazar su misión, que es hacer discípulos. Una renovación divina ofrece un modelo para hacer precisamente eso. Inspirándose en la enseñanza de la Iglesia y cargado de ideas prácticas probadas, el libro proporciona inspiración y orientación tanto para pastores como para parroquias. Es hora de empezar a hacer discípulos. El futuro de la Iglesia depende de ello.
P. James Mallon es pastor de la parroquia Saint Benedict (Nueva Escocia, Canadá) y fundador del Instituto de Enseñanza Media JP II. Además de ser un experto orador en temas sobre renovación de la parroquia y Nueva Evangelización.

"UNA RENOVACIÓN DIVINA". 
PRESENTACIÓN

UNA CASA DE JUEGOS DE NAIPES 

«No necesitamos conocer a Jesús, ¡lo que necesitamos es jugar a las cartas!». Tras decir esto, la señora dio un golpe en la mesa y un silencio sepulcral se abatió sobre todos los presentes en la sala. Se vieron expresiones de incredulidad mientras quedaban suspendidas en el aire las manos que estaban barajando la siguiente carta. Además de las caras de sorpresa, la gente aplaudía con la mirada, como diciendo que aquella señora había expresado lo que todos pensaban. 

La semana anterior, cuando se hizo público que yo iba a secuestrar los salones de la parroquia todos los lunes durante diez semanas para albergar un programa de evangelización llamado «el Curso Alpha», el clamor popular fue tan grande que se convocó una reunión de emergencia del consejo parroquial. A pesar de los consejos recibidos para que me echara atrás, yo, un sacerdote de 31 años encargado de pastorear mi primera parroquia, seguí adelante testarudamente. No había otra opción. Lo que no sabía era que aquella sería la primera de muchas partidas en las que tendría que batirme contra los juegos de naipes a lo largo de los diez años siguientes de mi sacerdocio. 

Dios bendijo nuestra parroquia inmensamente en aquellos primeros intentos de realizar Alpha y alcanzar a los alejados de nuestra comunidad. 
En el transcurso de un año, aquella presentación pequeña parroquia llegaría a acoger en sus salones, durante las noches de los lunes, a grupos de más de cien personas para escuchar la presentación del mensaje del Evangelio junto con una invitación a responder. Muchas vidas estaban siendo transformadas. Los tibios se encendían y gente que había estado alejada de la Iglesia se encontraba con Jesús de una manera poderosa, experimentando al Espíritu Santo y regresando a la comunidad de fe. La gran confrontación contra los naipes había merecido la pena. 

Aunque habíamos ofrecido al grupo del club de cartas la prioridad para que eligiera cualquier día u hora de la semana que no fueran las noches de los lunes, optaron por abandonar los locales e irse a otro sitio. No pocos se sorprendieron; a fin de cuentas, el club de cartas llevaba existiendo desde el siglo xiv, e incluía a algunos de sus miembros originales (o, por lo menos, eso era lo que parecía). El misterio por el que no podían cambiarse a otra noche se resolvió un año más tarde. 

Durante mi segundo verano en aquella parroquia, se me asignó una segunda más pequeña, la cual se encontraba a unos doce kilómetros de allí. Era una iglesia en declive cuya asistencia decaía. No tenía actividad pastoral y en ella no había más que los ministerios litúrgicos y unos pocos miembros generosos que cuidaban los edificios. Apenas llegaban a final de mes gracias a que cedían los salones parroquiales para cenas de su localidad. Mi primera tarea fue poner en marcha un programa de catequesis. Para ello, tenía que meter sentados en una clase a treinta niños de cinco a dieciséis años en un minúsculo y saturado espacio mientras me las arreglaba para encontrar cada semana a alguna baby-sitter/catequista que los atendiera. Queríamos poner a los niños de noveno curso en adelante en un club para ellos solos y hacer del mismo una experiencia más parecida a un grupo juvenil que a una clase. La única noche posible era la de los martes y resultaba ser la noche en la que se daba cita el grupo que jugaba a los naipes… que estaba formado justo por la misma gente que había desalojado de las noches de los lunes en la otra parroquia. El misterio se había resuelto: la razón por la que no podían cambiar la noche de su partida, ¡era porque jugaban a las cartas en un lugar diferente cada día de la semana! 

Entre 2004 y 2010 fui párroco de una parroquia relativamente próspera, en la zona más rica de la ciudad. Tradicionalmente, había sido la joya de la corona de la diócesis y siempre había acogido al vicario general de la archidiócesis y un grupo de coadjutores. Hasta hace muy poco, todavía era vista por los sacerdotes que llegaban a la edad de prejubilación como el lugar al que ser destinado antes de colgar las botas. Como consecuencia, nada nuevo había pasado en aquel lugar durante treinta años. Los edificios se estaban desmoronando a causa de la falta de mantenimiento y la iglesia de piedras vivas —los fieles de la parroquia— no estaba en una forma mucho mejor. No había formación de adultos en la fe ni se había desarrollado ningún liderazgo. En gran medida estaba viviendo de las rentas del pasado. La única cosa por la que se salvaba era que no tenía clubes de naipes. Pero, eso sí, había Lobatos, Scouts y Rangers 1, los cuales usaban nuestro edificio cuatro noches por semana desde hacía ya treinta años. 

Una vez más, comenzaron una serie de conversaciones con los grupos de la ciudad que estaban usando nuestros edificios gratis para ver si, al menos, podíamos conseguir una noche en la que pudiéramos utilizar nuestros salones para hacer Alpha. En los seis años que estuve allí, pudimos recuperar el control de nuestros edificios y continuamos llevando a cabo una docena de programas de formación en la fe semanales que, en cada ocasión, albergaban grupos de setenta a ochenta personas. No hace falta decir que esta aletargada parroquia comenzó a despertar y empezaron a suceder cosas sorprendentes. 

En 2005, un año después de que me mudara a esta nueva parroquia, de nuevo se me asignó una segunda. Aquella parroquia, sita a un kilómetro y medio de distancia, se podría describir exactamente de la misma manera que la otra, con la excepción de que el 90% de sus instalaciones habían sido alquiladas a un colegio de varones y, además, albergaba una liga de baloncesto de la ciudad, la cual no tenía ninguna conexión con la parroquia, aparte del hecho de que uno de sus equipos jugaba bajo el nombre de la misma. Adivinen por quién estaba celosamente guardado el poco espacio que no usaban estos grupos: dos clubes sociales de juego de naipes. 

Finalmente, me mudé a la que es mi actual parroquia, San Benedicto, tres meses después de la construcción de sus flamantes y modernas instalaciones. Esta parroquia se formó mediante la integración de tres parroquias que existían previamente y los fieles —algunos a gusto y otros a disgusto— acababan de mudarse bajo el mismo techo por lo que llevaban juntos apenas unos meses. Yo iba a tomar posesión como pá­ rroco antes de que comenzara el primer «año ministerial». «Fantástico» —pensé— «un comienzo desde cero. Sin grupos de la ciudad que usen nuestros edificios. Montones de espacio para iniciar programas de evangelización y formación de adultos en la fe de manera que podamos construir una iglesia de piedras vivas que se acomoden en la hermosa estructura física». 

Para mi horror, en menos de una semana me di cuenta de que se habían hecho promesas de palabra a asociaciones de la ciudad para que usaran nuestro espacio disponible. Tenía que moverme con celeridad. Intentamos llegar a acuerdos y posibilitar todo, pero no pudimos. Aunque no fuéramos a lanzar ninguna iniciativa en los cuatro meses siguientes y nos dispusiéramos a usar aquel tiempo para prepararnos, los Scouts necesitaban un compromiso a largo plazo de nuestra parte, así que decidieron irse a otro sitio. El otro grupo era... un club social de juego de naipes muy grande. Llegamos a una solución de compromiso. Compartiríamos el espacio hasta diciembre, pero en enero (cuando lanzáramos el curso Alpha en San Benedicto) tendrían que mudarse a otro horario u otra localización. La primera vez que nos reunimos para compartir el espacio, nos aguardaban unas cuantas sorpresas. 

La primera era que ciento sesenta personas dieron un paso al frente para ser entrenadas como líderes para Alpha. La segunda fue que, cuando puse el pie en los salones, fui recibido con miradas airadas de jugadores de cartas de entre 60 y 80 años, muchos de los cuales eran las mismas personas que había desahuciado de aquella pequeña parroquia rural diez años antes. 

En los capítulos siguientes, postularé que mucha de la confusión que reina en nuestra Iglesia hoy día, incluyendo aquella acerca del propósito de nuestros edificios, tiene su raíz en una crisis de identidad. Somos una Iglesia esencialmente misionera. Pondré las bases de un fundamento teológico para esta identidad proponiendo un modelo para una vida parroquial renovada. Ruego a Dios que los líderes eclesiales y todo aquel a quien le importe el futuro de nuestra Iglesia encuentren en estas líneas una hoja de ruta para el proceso de una Renovación Divina de esta Iglesia que tanto amamos.