EL Rincón de Yanka: NEUROCIENCIA Y DIOS: NEUROTEOLOGÍA (NEUROFENOMENOLOGÍA DE LA EXPERIENCIA RELIGIOSA)

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miércoles, 10 de septiembre de 2014

NEUROCIENCIA Y DIOS: NEUROTEOLOGÍA (NEUROFENOMENOLOGÍA DE LA EXPERIENCIA RELIGIOSA)



Javier Igea es sacerdote y doctor en Astrofísica 
por la Universidad de Nueva York.




La neurociencia se quiere convertir en la madre y en el padre 
de las ciencias matando a la filosofía


Considero que existen al menos tres puntos de diálogo entre la neurociencia y la religión: la cuestión del alma y su relación con el cerebro, las experiencias religiosas ordinarias y las experiencias religiosas psicóticas. La primera cuestión, desde el punto de vista filosófico, es simple: alma y cuerpo (no cerebro) se relacionan como materia y forma mediante una unión substancial. Esta es la manera habitual de evitar el monismo materialista y el dualismo cartesiano salvando que en el hombre hay un componente espiritual que explica nuestra libertad y capacidad de conocimiento abstracto. Sin embargo, para que esto pueda ser aceptado es necesario que la materia (en este caso las neuronas, sus sinapsis u otras estructuras cerebrales) tengan propiedades que permitan una correlación alma-cuerpo. Una hipótesis sobre como este contacto puede darse es la propuesta por Beck y Eccles en 1994, quienes desarrollaron un modelo cuántico para un proceso de la exocitosis en las sinapsis cerebrales basándose en el efecto túnel de los electrones. Una física no determinista como es la cuántica posibilitaría la acción del «yo» en el cerebro. Para ser honestos hay que decir que este modelo no ha sido universalmente aceptado, pero la hipótesis es sugerente.



La neurociencia actual indaga otras líneas de investigación para explicar los fenómenos conscientes del hombre y busca sus mecanismos. En general saca como conclusión que la postura que se debe mantener es la de un monismo emergentista. La mente sería el resultado de la interacción de miles de millones de neuronas a través de sus sinapsis en el cerebro y del cerebro con otros órganos del cuerpo y con el mundo que nos rodea. Este sería, en resumen, el modo como el cerebro crea la mente o, en otras palabras, como la mente emerge del cerebro.



Yo sostengo que la opción por el monismo en base a unos datos científicos es una opción más filosófica que científica. El ánima es el principio que anima un cuerpo vivo, lo que distingue un ser inanimado de un ser animado. Por ello, ánima es lo que hace que exista vida. Y también el ánima es lo que da forma a la materia, esto es su in-formación. Por ello, no es incompatible conocer los mecanismos con los que se maneja la información en el cerebro y los mecanismos de la vida humana y creer en el alma tal como se concibe en la filosofía aristotélica: por medio de la causalidad formal. Es más, no me terminan de convencer las propuestas monistas para explicar el más sagrado de los elementos del hombre: su libertad. Por todo esto no veo ninguna incompatibilidad entre la neurociencia y la existencia de Dios.

"Somos seres condicionados pero no determinados". 
Paulo Freire


Otro punto que la neurociencia analiza es el de los mecanismos cerebrales que explicarían las experiencias religiosas. Se han hecho experimentos para ver qué zonas del cerebro están activas en los momentos de meditación en los que dicen experimentar la presencia de Dios. Se han descubierto dichas zonas e incluso se formulan teorías evolutivas del cerebro que explican el origen de la religión en base a estos descubrimientos. Algunos incluso llegan a decir que si se suprimieran estas áreas cerebrales desaparecería la fe en Dios. Sin embargo, se puede argumentar que relacionar la fe en Dios con la existencia de estas áreas es lo mismo que decir que los olores se deben a que existe la nariz. ¡Amputemos la nariz y desaparecerán los olores! Aun cuando es cierto que durante la oración pueden activarse determinadas áreas del cerebro, la existencia de Dios no depende de que uno lo llegue a experimentar por medio de lo que los creyentes llamamos la experiencia mística. Ésta es subjetiva, mientras que Dios es para el creyente un ser objetivo independiente de él, y del que tiene serias razones metafísicas para admitir su existencia. Pero basta con esto en lo referido a la neurociencia.

El filósofo Piergiorgio Odifreddi nos argumentaba a favor del ateísmo poniendo como prueba que sólo un 7% de los científicos de altura creen en Dios. Este porcentaje tan pequeño me recuerda al número tan pequeño de sabios que creían en la Edad Media que la Tierra era redonda; era bajo el porcentaje, pero tenían razón. Y uno de los que lo sostuvo fue San Alberto Magno. Encuentro que lo más peculiar de la negación de Dios desde la matemática es la rotundidad de la misma. Yo no me atrevería a tanto. Sostengo que ni la física ni la matemática pueden afirmar o negar la existencia de Dios por una razón muy simple: el teorema de Gödel que limita la posibilidad de hacer afirmaciones absolutas. John Barrow lo expone de la siguiente manera: si se define una religión como un sistema de pensamiento que requiere una creencia en unas verdades que no se pueden probar, entonces la matemática es la única religión que puede probar que es una religión. Y la física también tiene limitada la posibilidad de hacer afirmaciones porque se basa en la matemática, aunque según algunos es posible que se den las condiciones para que no se le apliquen a la física las limitaciones impuestas por el teorema de Gödel.

PERO VOLVIENDO a Odifreddi, no veo coherente su afirmación de que existen solo logoi en matemáticas; es cierto que la matemática contiene logoi, pero la existencia de estos logoi lleva a la existencia de un único logos, que él reconoce; las razones que él expone para llamarlo Dios vienen más bien de no creer en el misterio de la Encarnación o en la historicidad de Jesucristo. Con razón el papa Benedicto XVI le dice que si el logos es racional y existe, teniendo en cuenta las limitaciones de la teología apofática y la analogía para hablar de Dios, podemos afirmar la existencia del Logos con mayúscula que los creyentes llamamos Dios. Por ello, el ateísmo de Odifreddi es más bien un rechazo del cristianismo que una negación de la existencia de Dios, pero el análisis de la coherencia de su rechazo del cristianismo no es el objeto de este artículo.

Pero no todos los matemáticos han sido ateos. Gödel fue un hombre de fe, conocedor de la filosofía de Leibniz. Esto le distinguió de Einstein, conocido seguidor de Spinoza. El planteamiento religioso de Einstein se puede resumir en su siguiente afirmación, que leída con atención no afirma la existencia de un Dios personal: todo aquel que está seriamente comprometido con el cultivo de la ciencia, llega a convencerse de que en todas las leyes del universo está manifiesto un espíritu infinitamente superior al hombre, y ante el cual, nosotros con nuestros poderes debemos sentirnos humildes. Gödel fue más lejos. Estudió el argumento ontológico incluyendo las modificaciones de Leibniz. Una revisión de la literatura sobre el tema indica un creciente interés en el argumento ontológico por parte de lógicos y filósofos.

En conclusión, la negación de Dios se hace muchas veces a la ligera. La fe en Dios tampoco es fácil para quien quiere tomársela en serio. El creyente tiene en la fe un tesoro que, por desgracia, no siempre vive. Pero también desde la fe el creyente aprende a ver a todos con los ojos del Dios en que cree, y asume las palabras que el libro de la sabiduría predica de Dios: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado» (Sab 11,23).

Las conclusiones de muchos estudios, como de otros numerosos que aquí no es posible describir en detalle, llegaron a afirmar que durante la experiencia religiosa numerosas regiones cerebrales se activan, especialmente a nivel de la corteza. Esto implica unas redes neuronales complejas, cognitivamente estructuradas, con activación relevante en comparación a un estándar (monjas que no estaban orando) de la famosa AAA (Attention Association Area), zona cerebral asociada a la concentración. Los cientificos evidenciaron también la reducción de activación de la OAA (Orientation Association Area) o zona de la asociación y de la orientación espacial. Ya en 2004 Olaf Blanke del Departamento de Neurología de Ginebra (Suiza), había publicado en la revista Brain un interesante trabajo sobre la implicación de esta zona y las experiencias extracorpóreas o out-of-body experience.

Como datos científicos, estos resultados revelan sencillamente esto: durante una experiencia espiritual numerosas áreas de nuestro cerebro vienen moduladas (se activan o se desactivan). Lo que se mide no son las experiencias místicas en sí, sino una intensa actividad intelectivo-emocional. La riqueza de la experiencia religiosa, natural en todo ser humano, se manifiesta en la dimensión corporal a nivel de las complejas redes neuronales en juego.

Del dato científico muchas veces se pasa a su interpretación hasta llegar a una verdadera manipulación. Así el doctor Andrew Newberg de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia (EEUU), realizando los mismos experimentos con monjes budistas y franciscanos y llegando a los mismos resultados científicos, escribió un libro titulado Dios en el cerebro (God in the brain, Why God Won’t Go Away), donde se reduce la experiencia religiosa a producto de nuestro cerebro. Newberg y otros reduccionistas interpretan los datos sobre la experiencia de lo trascendente como si el cerebro mismo fuese la causa directa y última de tal experiencia. Entonces podríamos concluir según el ‘padre’ de la neurociencia contemporánea, Michael S. Gazzaniga: si nuestro cerebro produce la experiencia religiosa, Dios está en el cerebro, y al fin de cabo, el cerebro se vuelve Dios. Sencillo, casi un silogismo perfecto. Esta visión fue divulgada con éxito por el español *E. Punset en su libro El alma está en el cerebro. 

La verdad es, desafortunadamente para este tipos de científicos (que son la minoría), que los datos neurocientíficos no investigan directamente la experiencia humana de Dios, sino que tratan de identificar las bases neurofisiológicas que se asocian en la fenomenología de cualquier experiencia religiosa.

Las falsas interpretaciones de los resultados a nivel de imágenes de resonancia magnética funcional no son desenmascaradas fácilmente por el público no experto. Por eso a la hora de interpretar los datos se requiere mucha prudencia y mucho equilibrio. Hay que recordar que la experiencia humana, justo por ser ‘humana’, se caracteriza por una riqueza y complejidad notable.

Vuelve a la memoria una afirmación importante de Tomás de Aquino, hoy como nunca actual en el contexto de la reducción de la persona humana a simple materialidad: “hic homo singularis intelligit” (S. Th. I, q.76, a.1, c.), es este hombre quien piensa. No es su cerebro el que hace la experiencia de Dios, sino que es él mismo, él en su totalidad, quien se pone en contacto con una realidad no medible y empírica. Una verdad no se puede encarcelar en un aparato de resonancia magnética, aunque sea ‘funcional’. Según el filósofo vienés Günther Pöltner este enfoque a la vida práctica de Tomás representa una contribución al contemporáneo debate imbuido de reduccionismo psicológico y neurológico.


Hace falta abrir toda la potencialidad de nuestra racionalidad y no reducirla al tamaño de nuestro órgano cerebral.

Nuestro cerebro no cree en nada. Ni siquiera sabe que existe. El reduccionismo de la actual y “oligopólica” Neurociencia, está encegueciendo a la Ciencia.



Señalan algunas líneas científicas actuales que los momentos álgidos de experiencias religioso-místicas a las que se refieren algunos de los personajes más ilustres de la historia no serían más que síntomas de epilepsia. Por ejemplo, existen autores que explican la conversión de Pablo de Tarso como una crisis de epilepsia localizada en el lóbulo temporal del cerebro; o también, conforme a las afirmaciones del neurólogo Esteban García-Albea, que las crisis místicas de Santa Teresa no serían otra cosa que un tipo de epilepsia que le hacía suplicar a Dios en busca de su liberación. Pero no sólo en el cristianismo: Mahoma no escapa de esta caza de brujas y se dice del profeta que pudo encontrar su inspiración al respecto de su particular visión del paraíso en plena crisis epiléptica. Cuando esta vía de justificación (la epilepsia) se hace inaccesible, comienza entonces a surgir la idea de que aquellos raros estados podrían estar causados por algún tipo de sustancia alucinógena. La Universidad John Hopkins se refiere, por ejemplo, al poder del psilocybin, un hongo que modifica el comportamiento de las personas y les permite acceder a vivencias místicas; se administraron dosis de tal hongo a algunos voluntarios, y la narración de sus experiencias resultó ser muy similar a la que recogen textos bíblicos y religiosos de todos los tiempos.

La cuestión a plantear es si cabría entonces reducir la religión a un conjunto de acontecimientos neurológicos… si esa misma activación en el cerebro pudiera ser producida por máquinas ajenas a la persona en cuestión. 

Si en definitiva, los dioses y la religiosidad están en el cerebro, la única alma posible. 

¿Qué fenómeno de la vida no puede ser reducido a patrones psico-fisiológicos? ¿Qué quieren decirnos mediante este determinismo, cada vez más agrio y pasado de moda (por mucho que la neurociencia “sea el futuro”, como dicen sus acólitos), y que afirma poder explicar lo por antonomasia inexplicable? ¿Cómo se origina un pensamiento? ¿Dónde está el pensar? ¿Qué significa conocer la localización de nuestro pensar, si su contenido sigue siendo insondable?

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Una historia muy larga prueba que la ciencia jamás es inocente. Todo lleva a pensar que el complejo cultural es una proyección externa del cerebro; sin embargo, escribe el profesor Changeux (1983), se está creando una profunda desarmonía entre el cerebro del hombre y el mundo que lo rodea.

Médicos, psicólogos, y psiquiatras están en diferentes países al servicio de los verdugos. El científico trabaja para el Estado que le paga. El Premio Nobel, prestigiosa consagración científica, ha sido a veces otorgado a notorios racistas. El científico también es un hombre, dotado de un cerebro imperfecto legado por la evolución: tiene prejuicios.


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Hace unas semanas Gerald Crabtree, director del Laboratorio de Genética de la Universidad de Stanford publicó un artículo en el que aseguraba que el ser humano en los últimos tiempos en lugar de evolucionar ha involucionado y que de seguir así en unos años un niño tendrá serios problemas para realizar una suma. ¿es eso cierto? ¿Pueden las nuevas tecnologías creadas por el hombre y las comodidades de nuestro estilo de vida provocar esto?