EL Rincón de Yanka: MEMORIA DE UNA NOCHE Y RELEYENDO HOY EL ÉXODO

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CALENDARIO DE ADVIENTO 2017

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viernes, 11 de marzo de 2011

MEMORIA DE UNA NOCHE Y RELEYENDO HOY EL ÉXODO

MEMORIA DE UNA NOCHE

El verano en Canaán es cálido y largo.
Al atardecer, cuando comienza a soplar la brisa,
la gente de los clanes se sienta a la entrada de las tiendas
y recuerdan juntos viejas historias,
las antiguas tradiciones de sus antepasados
que vuelven a narrar a sus hijos y nietos.

"Nuestro padre, Jacob, subió a Egipto con sus doce hijos
y sus descendientes se llamaron "israelitas"
porque Israel fue el nombre que recibió Jacob
la noche en que luchó con el ángel a orillas del Yabbok"
Gen 32,26-33

Llegamos a ser tan numerosos y fuertes,
que el Faraón tuvo miedo y nos sometió a dura servidumbre. Ex 1

Fuimos esclavos en medio de un pueblo
que tenía una religión de esclavos
y nos obligó a construir tumbas y templos
para los que ellos adoraban como dioses,
pero que eran incapaces de salvar a nadie de la muerte.
El trabajo se convirtió para nosotros en esclavitud,
nuestra vida consistía ya sólo en producir,
en comer y dormir para seguir teniendo la fuerza
que nos permitiría seguir produciendo.
Ex 5

Los que nos habían quitado la libertad y las canciones,
mataban también a nuestros hijos recién nacidos
y, con ellos, nos robaban el nombre por un número
y nos adentraban en la noche de los que no tienen futuro.
Nuestra vida entera se convirtió en un gemido,
en un clamor que rasgó los cielos
y llegó a los oídos de nuestro Dios que es Único.
Ex 3
Y supimos entonces,
(y es nuestro orgullo contárselo a nuestros hijos)
que Su Nombre es "EL que Está con vosotros".
Y que es un Dios que Mira y que Escucha,
un Dios de entrañas conmovidas ante el dolor de sus hijos.
Nadie tuvo que convencernos desde fuera,
fuimos nosotros los que experimentamos
el fuego abrasador de su Amor
(quizá por eso ardía la zarza desde la que llamó a Moisés
cuando andaba pastoreando
por la zona más remota del desierto,
cerca del Horeb...).

Lo supimos, sobre todo, aquella noche maravillosa
en la que salimos de las tinieblas
y nos adentramos en la luz gozosa
que nos hizo sentirnos como renacidos a la libertad.
Ex 12-13

Aquella noche, distinta a todas las demás noches,
está grabada como un tatuaje
en la memoria de nuestro pueblo
y por eso la revivimos cada Pascua
de generación en generación.
Los egipcios nos perseguían y, en nuestra huida,
nos encontramos frente al otro gran enemigo: el mar.
Estábamos acorralados y perdidos
y el miedo nos ahogaba con sus olas gigantes.
Cuando, de pronto, un fuerte viento comenzó a soplar.
Y no supimos si fue su fuerza
o la del cayado de Moisés extendido sobre el mar
lo que hizo que las aguas permitieran, obedientes,
que nos adentráramos en ellas como en una procesión real
mientras nuestros enemigos eran engullidos
en el fondo del abismo.
Ex 14

Y con ellos se hundieron nuestra vieja vida de esclavos,
y nuestro miedo y nuestras dudas.

Al llegar a la otra orilla,
éramos ya posesión perpetua
del Dios que nos había convertido
en un pueblo de sacerdotes y de reyes
que ahora podía celebrar una fiesta en el desierto.
Por eso las mujeres salieron a danzar
al son de tambores y cimbalillos
y todos entonamos con ellas:

"¡CANTEMOS AL SEÑOR, SUBLIME ES SU VICTORIA!
¡CABALLO Y CARRO HA ARROJADO EN EL MAR!".
Ex 15

Aquella noche fue una noche de vela,
noche en que veló el Señor
para sacarnos de Egipto,
de la casa de esclavitud.
Y será noche de vela para los israelitas
por todas las generaciones.
Ex 12, 42


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RELEYENDO HOY EL ÉXODO

Sentimos a veces la vida como un sin fin de obligaciones impuestas, como una carga que nos agobia y nos hace avanzar con pasos lentos y fatigados, trabados por el enredo sutil de mil ataduras que amarran y detienen nuestra libertad.
La vida y el trabajo tienen demasiadas veces el sabor de lo impuesto y vamos y venimos con nuestra carga de ladrillos sin saber bien por qué y para quién lo hacemos, mientras el sabor de la fiesta se nos perdió con la infancia.

Otras veces nos convertimos en un "faraón" que se impone a los otros y trata de manipularlos y utilizarlos, midiéndolos por lo que producen y no por lo que son.
Y si conseguimos hacer cesar el murmullo de nuestros pequeños problemas, escuchamos un clamor que viene de más allá de nosotros mismos, la voz sorda de gente que sufre y que está más cerca de nosotros de lo que nos gustaría reconocer, el grito de demasiadas gargantas, el gemido estremecedor de pueblos enteros del Sur condenados a construir, con su pobreza, las pirámides insaciables del nivel de vida del Norte.
Hieren nuestra mirada las espaldas encorvadas de millones de hombres, mujeres y niños abrumados por el peso de infinitas cargas, por los fardos insoportables de nuevas formas de servidumbre.

Podemos sentir la tentación de taparnos los ojos, o de increpar a Dios, de echarle la culpa de toda esa opresión, de todo ese sin sentido.
O de pensar que la historia da la razón a los que piensan con desesperanza que la vida humana no es más que eso:
esclavitud con mil hombres, vueltas a una noria sin referencia ni meta, clamor que nadie escucha.

Pero el recuerdo del Éxodo incendia nuestra memoria, quemando como un rastrojo nuestras viejas ideas sobre Dios, nuestro pesimismo desalentado, nuestros intentos infantiles de desentendernos de nuestros hermanos.
Porque sus palabras vuelven a repetirnos, cada vez más adentro, el secreto más sobrecogedor que la Biblia nos transmite:
que nuestro Dios es un Dios-a-favor de todas las liberaciones; un Dios que Escucha, Ve, Recuerda, Se Compadece y Toma partido, un Dios que, al elegir un Nombre, decide Ser Llamado:
"El que nos sacó de Egipto", El que nos liberó de la esclavitud; un Dios que está siempre urgiéndonos a salir de la tierra maldita de la inhumanidad para hacernos entrar en una tierra de hermanos en la que manan la leche y la miel de la justicia, y de la paz, y de la libertad.
Un Dios que desde la zarza ardiente de su Palabra, o desde la nube que envuelve el misterio de su cercanía, está queriendo confiarnos el dolor y la opresión de sus hijos, está llamándonos a ser, como su siervo Moisés, como su Hijo Jesús, alguien que sienta sobre sí la carga de otros, presencia fiel que acompaña a sus hermanos en su lucha por salir de todo lo que es esclavitud o muerte, de todo lo que aliena o empequeñece, compañeros solidarios que marchan junto a su pueblo,
empeñando su vida para que la dignidad de todos sea reconocida, apoyando y alentando todo lo que va haciendo que seamos hombres y mujeres libres.

Nos sabemos pocos y frágiles, como un pequeño grupo de conjurados contagiados irremediablemente de utopía, soñadores con los pies en el suelo, conscientes también de que este camino dinámico y esperanzado que llamamos ÉXODO, contamos con una energía que nos viene de otra parte porque, mientras lo recorremos, vamos aprendiendo cada vez con más hondura que en ese largo proceso pascual Dios está de nuestra parte y que, con mano fuerte y brazo extendido, nos va conduciendo a esa Tierra que es la nuestra pero que aún está en el horizonte.


¡Pesaj Sameaj!

Dolores Aleixandre, rscj
Extraído de la revista de Manos Unidas


VER+:
http://elrincondeyanka.blogspot.com/2008/03/pascua-psaj.html