EL Rincón de Yanka: MÉXICO

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jueves, 20 de agosto de 2026

PELÍCULA "CON TODO EL CORAZÓN", 1952, MÉXICO 💕 y "LA DINASTÍA SOLER" y "EL CURA LORENZO": LA HISTORIA DEL CLUB DE FÚTBOL SAN LORENZO DE ALMAGRO

 CON  TODO  EL  CORAZÓN,  1952

Por motivos de salud el cura José debe dejar el orfanato que dirige en la Sierra Tarahumara y se va a vivir a su pueblo, donde su difunto hermano Luis le ha dejado como herencia un terreno. José se hace cargo de un niño huérfano a quien el presidente municipal y amigo del cura, quería meter a la cárcel por haberse robado un pan. El niño y el señor cura remodelan el viejo terreno que el cura ha heredado para convertirlo en en orfelinato, pero un cacique del pueblo quiere comprar el terreno para convertirlo en fábrica de deshilados, la cual ha estado contaminando el aire y el agua de la región por mucho tiempo. El cura se opone y tratará de frenar sus actividades para que la gente del pueblo pueda vivir en paz.

Película con el encanto y la impronta de la religión cristiano-católica concretizada en el México de la primera mitad del siglo XX. El guion nos descubre a un presbítero enfermo, muy paciente y tranquilo, que se retira a un lugar abandonado, herencia de un familiar; allí, siempre confiando en la Divina Providencia, monta un asilo para niños huérfanos con los mínimos recursos que la gente del lugar le va proporcionando.

Rafael E. Portas nos filma con bastante acierto teológico, la idiosincrasia de la Iglesia Católica, su excelencia y el porqué es la religión primordial de este mundo; todo lo cual in situ y más acá de las acusaciones de idolatría que le hacen los hermanos protestantes a los católicos (dizque rezan y veneran a las imágenes o estatuas de Cristo, la Virgen y santos celestiales), en verdad a lo que la Iglesia Católica «con todo el corazón» dedica más empeño es a los pobres, segregados y despreciados de este mundo. Esta es la huella moral, auténticamente material o si se prefiere de carne y huesos, constante reconocible por doquier, ejemplos y milagros a lo largo de dos milenios, faro de la Cristiandad, ya en España ya en México o en cualquier otro lado de la Tierra. 
En el caso concreto, según el filme que nos ocupa, sobre la bendita extensión mejicana que evangelizaron los españoles y donde bienaventuradamente se ha conservado y conserva, pese al siniestro e infiltrada masonería, el clamor de «¡Viva Cristo Rey!» hecho realidad corporal.


 
El cura Lorenzo - Augusto César Vatteone (1954)
Esta película recrea la historia por la cual el sacerdote Lorenzo Massa inspiró la creación del club San Lorenzo de Almagro (en esos tiempos un barrio marginal de Buenos Aires), en 1908.

 
Hoy no pasamos lista (1948) – Restauración digital - Fernando Fernán Gómez UHD Repara foto

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La dinastía Soler constituye uno de los casos más extraordinarios de la historia del espectáculo mexicano. Mientras otras familias produjeron una o dos grandes estrellas, los Soler consiguieron colocar a varios hermanos en posiciones fundamentales dentro del teatro y el cine nacional: Fernando, Andrés, Domingo, Julián y Mercedes se convirtieron en los integrantes más conocidos de una familia que participó directamente en la construcción de la llamada Época de Oro del cine mexicano. Filmoteca UNAM incluso describe a los Soler como un caso excepcional dentro de la vida cultural del país.

El origen de aquella dinastía estuvo en el teatro. Sus padres, los actores españoles Domingo Díaz García (gallego) e Irene Pavía Soler (valenciana), llegaron a México formando parte de una compañía teatral y recorrieron diferentes regiones del país, razón por la cual sus hijos nacieron en distintos lugares. Filmoteca UNAM señala que el matrimonio tuvo diez hijos y que Fernando, Andrés, Irene, Domingo, Gloria, Julián, Elvira y Mercedes desarrollaron actividades artísticas en teatro y cine. Más tarde, durante los años difíciles de la Revolución mexicana, la familia pasó una temporada en Estados Unidos y organizó una compañía en la que comenzaron a actuar varios de los hijos desde muy pequeños.

Aquello explica una característica fundamental de los Soler: antes de convertirse en estrellas cinematográficas ya eran actores de escenario. Sabían proyectar la voz, manejar los silencios, sostener largos diálogos y construir personajes frente a un público en vivo. Cuando el cine sonoro mexicano comenzó a desarrollarse durante los años treinta, llegaron con una preparación teatral que les permitió adaptarse rápidamente al nuevo medio.

El miembro que alcanzó mayor dimensión como estrella fue probablemente Fernando Soler, nacido en Saltillo, Coahuila, en 1896. Primogénito de la familia, comenzó profesionalmente en la compañía dirigida por su padre, trabajó posteriormente con diferentes grupos teatrales e incluso apareció en producciones del cine mudo de Hollywood antes de incorporarse de lleno al cine mexicano. Además de actor, fue director y guionista, por lo que su influencia se extendió mucho más allá de lo que hacía frente a las cámaras.

Fernando encontró uno de sus grandes territorios interpretativos en la figura del padre mexicano. Podía ser autoritario, cariñoso, conservador, orgulloso, divertido o terriblemente cruel dependiendo del personaje. Cuando los hijos se van, México de mis recuerdos, Una familia de tantas y La oveja negra representan distintas variantes de esa figura paterna; el Diccionario de Directores del Cine Mexicano considera precisamente Una familia de tantas como uno de los trabajos que consolidaron definitivamente su prestigio cinematográfico.

Su trabajo junto a Pedro Infante en "La oveja negra" y "No desearás la mujer de tu hijo" produjo algunas de las confrontaciones familiares más memorables del melodrama mexicano. Fernando tenía una presencia tan poderosa que podía dominar una escena mediante la voz, la mirada o una pausa, pero también sabía convertir la autoridad en vulnerabilidad. Su interpretación en No desearás la mujer de tu hijo le valió el Ariel a Mejor Actor, uno de los reconocimientos más importantes de su carrera.

Sin embargo, limitar a Fernando Soler al padre autoritario sería injusto. También hizo comedia, interpretó hombres elegantes, calaveras y personajes llenos de ironía, y trabajó con cineastas como Alejandro Galindo, Juan Bustillo Oro, Ismael Rodríguez, Luis Buñuel y Arturo Ripstein. Su carrera llegó incluso hasta películas como El lugar sin límites, de 1977, demostrando una capacidad poco común para sobrevivir al final de la Época de Oro y continuar trabajando con generaciones cinematográficas mucho más jóvenes.

Andrés Soler desarrolló una personalidad completamente distinta. Nacido en Saltillo en 1898, se convirtió en uno de los actores de reparto más reconocibles del cine mexicano y podía pasar con facilidad de personajes bondadosos a hombres severos, villanos o figuras cómicas. Participó en películas como El gran calavera, de Luis Buñuel; La oveja negra, de Ismael Rodríguez, y El ceniciento, además de trabajar junto a figuras como Pedro Infante, María Félix, Cantinflas, Jorge Negrete, Tin Tan y Columba Domínguez.

La grandeza de Andrés estaba precisamente en no necesitar siempre el papel principal. Comprendía perfectamente la función del actor de carácter: entrar en una historia, construir en pocos minutos un personaje reconocible y ayudar a que el protagonista funcionara mejor. Recibió cuatro nominaciones al Ariel como actor de reparto, pero su aportación más importante quizá ocurrió fuera de la pantalla.

Durante 19 años dirigió el Instituto Andrés Soler, escuela fundada en 1951 con participación de sus hermanos y el apoyo de Jorge Negrete y Rodolfo Landa. De esta manera, el talento familiar dejó de transmitirse únicamente entre los propios Soler y comenzó a utilizarse para formar a nuevas generaciones de intérpretes. Andrés murió en 1969, pero su legado pertenece tanto a las películas que hizo como a los actores que ayudó a preparar.

Domingo Soler fue quizá el más intensamente dramático de los hermanos. Nacido en Chilpancingo en 1901, había comenzado a actuar desde niño en la empresa teatral familiar y terminó convirtiéndose en un rostro habitual de personajes rurales, revolucionarios, sacerdotes, padres y hombres marcados por grandes conflictos morales. Uno de sus trabajos históricos fue su participación en ¡Vámonos con Pancho Villa!, de Fernando de Fuentes, una de las películas fundamentales sobre la Revolución mexicana.

Su consagración llegó con La barraca, dirigida por Roberto Gavaldón y basada en la novela de Vicente Blasco Ibáñez. La película se convirtió en un acontecimiento dentro de la naciente Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas: ganó el Ariel a Mejor Película y Domingo obtuvo el premio a Mejor Actor. Su interpretación demuestra por qué su estilo se diferenciaba del de Fernando y Andrés: Domingo poseía una gravedad extraordinaria y podía transmitir agotamiento, dolor y autoridad sin convertirlos necesariamente en grandilocuencia.
El caso de Julián Soler resulta todavía más singular porque consiguió desarrollar dos carreras prácticamente completas: una como actor y otra como director. Comenzó desde pequeño en el teatro familiar, trabajó posteriormente en diferentes compañías dramáticas y alcanzó reconocimiento como galán y primer actor; entre sus personajes destacados estuvo Simón Bolívar, interpretación por la que recibió una condecoración venezolana.

Pero Julián terminaría encontrando detrás de la cámara una actividad todavía más importante. Debutó como realizador en los años cuarenta y dirigió más de 80 películas, además de actuar en más de 50 y participar como guionista en numerosos proyectos. Su filmografía como director atravesó melodrama, comedia, romance y coproducciones internacionales, con títulos como Tormenta en la cumbre, ¡Me ha besado un hombre!, El pecado de Laura y Las rosas del milagro.
Julián tenía además fama de saber trabajar especialmente bien con los actores. Él mismo explicó que una de sus virtudes como director consistía en saber comunicar al intérprete exactamente lo que quería sin destruir su confianza. Esa capacidad probablemente procedía de haber pasado prácticamente toda su vida sobre un escenario antes de colocarse detrás de una cámara.

La presencia femenina más conocida del núcleo cinematográfico fue Mercedes Soler. Aunque su carrera tuvo menor dimensión pública que la de sus cuatro hermanos, participó en numerosas producciones y Filmoteca UNAM la reconoce expresamente como parte de la Dinastía Soler junto con Fernando, Andrés, Domingo y Julián. Entre las películas asociadas con su trayectoria se encuentran ¡Así es mi tierra!, Internado para señoritas, Yo maté a Juan Charrasqueado, El pecado de ser pobre y El vampiro.

Mercedes permitió además que la dinastía continuara hacia otra generación. Se casó con el actor Alejandro Ciangherotti y fue madre de Fernando Luján y Alejandro Ciangherotti, quienes también desarrollaron carreras importantes como actores. Fernando Luján, en particular, comenzó a trabajar desde niño, participó en más de setenta películas y recibió en 2013 la Medalla Filmoteca de la UNAM por su aportación al cine mexicano.

Esto convierte a los Soler en algo todavía más interesante que una familia de hermanos famosos. Su historia terminó conectándose con otros linajes actorales y prolongándose hacia generaciones posteriores, demostrando que la profesión no había sido simplemente un accidente de cinco hermanos que coincidieron en el momento adecuado, sino una auténtica tradición familiar construida alrededor del escenario y la cámara.
Lo más extraordinario, sin embargo, es que los hermanos Soler nunca parecieron simples imitaciones unos de otros. Fernando poseía el peso del gran protagonista y del patriarca; Andrés dominaba la actuación de carácter y posteriormente la enseñanza; Domingo aportaba una intensidad dramática formidable; Julián combinaba el oficio del actor con la visión del director, mientras Mercedes contribuyó como actriz y como vínculo hacia una nueva generación.

Juntos podían representar prácticamente todo el universo humano del cine mexicano de aquellos años: padres autoritarios, rancheros, políticos, revolucionarios, aristócratas, pobres, villanos, sacerdotes, hombres derrotados y personajes cómicos. Su extraordinaria formación teatral les permitió adaptarse a una cinematografía que necesitaba actores capaces de sostener historias donde la palabra, la presencia y las emociones tenían un peso enorme.

También resulta significativo que la familia no se limitara a beneficiarse de la industria cinematográfica, sino que ayudara a construirla. Fernando dirigió y escribió películas; Julián desarrolló una extensísima carrera como realizador; Andrés participó en la formación profesional de actores, y varios de ellos estuvieron relacionados con organizaciones fundamentales del gremio artístico. Por eso hablar de los Soler significa hablar no solamente de estrellas, sino de personas que participaron activamente en la creación de las estructuras profesionales del espectáculo mexicano.

La Filmoteca de la UNAM continúa recuperando sus películas y reconociendo a la Dinastía Soler como una de las familias más prolíficas y representativas de la cinematografía nacional. Sus trabajos siguen apareciendo en retrospectivas dedicadas al cine mexicano porque muchas de aquellas películas no solamente fueron éxitos de su tiempo: ayudaron a construir la imagen que varias generaciones tuvieron de la familia, la autoridad, el honor, la pobreza, el amor y los conflictos sociales.

Quizá por eso resulte difícil encontrar otra dinastía comparable dentro de la Época de Oro. Los Soler no fueron una familia que simplemente aprovechó la fama de uno de sus integrantes; cada hermano tuvo que construir su propio lugar y algunos alcanzaron carreras enormes por caminos completamente distintos.

miércoles, 1 de julio de 2026

DISCURSO ÍNTEGRO DE GONZALO CELORIO, GANADOR DEL PREMIO CERVANTES 2025 Y PATRIOTA DEL HISPANISMO

Discurso íntegro de 
ganador del Premio Cervantes 2025
Nació en la ciudad de México. Estudió letras hispánicas en la UNAM. Es miembro de número de la Academia Mexicana, a la que ingresó en 1996. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores desde 1994. Como escritor ha incursionado en diversos géneros: ha publicado seis libros de ensayo: El surrealismo y lo real-maravilloso (1976), Tiempo cautivo. La Catedral de México (1982), Los subrayados son míos (1987), La épica sordina (1990), El alumno (1996) y México, ciudad de papel (1997); un libro de crónicas: Para la asistencia pública (1984); una novela: Amor propio (1992), publicada en España, México y Cuba, y traducida al italiano bajo el título Non chiamarmi Ramón; y, de “varia invención”, El viaje sedentario (1994), que, por su traducción al francés, se hizo acreedor en 1997 al Prix des Deux Océans que otorga el Festival de Biarritz.
En su lecho de muerte, mi padre quiso despedirse de cada uno de sus doce hijos. Mi madre nos fue llamando uno a uno por orden de aparición en este mundo. Soy el undécimo de su descendencia, pero fui el último en comparecer ante él. La familia había querido evitar que mi hermana menor -una niña todavía-, presenciara el fatal desenlace. Entré en su habitación. Se respiraba en la penumbra un aire enrarecido por los olores que despedían los medicamentos. Me acerqué a su cama. Le rocé su mano lánguida con mis dedos tartamudos. Abrió los ojos y me dijo, con su aliento de hepatitis y la voz seca:

- "Tú llegarás, hijo." Y agregó: "Si no puedes, yo te empujo".
Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después. Gracias.

Sus reales majestades, miembros del presídium, señoras y señores:

De reojo, Miguel de Cervantes vigila mi escritura desde la cabecera de mi escritorio.

Engolado: con la gola o gorguera, metonimia de su efigie, que le rodea el cuello y en la que parece descansar la cabeza, y el rostro grave, como convendría a una voz grandilocuente. Tal es la imagen del más célebre escritor que ha engendrado la lengua española en todos los tiempos de su historia milenaria y en todos los lugares del vasto territorio donde se habla. Así figura en las portadillas de los libros de su autoría, en los grabados que ilustran las historias de la literatura española y hasta en el estrado del auditorio principal de la Real Academia Española. Hay en esta imagen, por supuesto, cierta correspondencia con el autorretrato literario que Cervantes incluyó en el prólogo a las Novelas ejemplares, publicadas entre la primera y la segunda parte del Quijote: el rostro aguileño, la nariz corva, los bigotes grandes, las barbas de plata que un tiempo fueron de oro, la boca pequeña, la color viva, antes blanca que morena.... También la frente desembarazada, ¡cómo no, si ya ha parido nada menos que el Quijote! Pero no se echa de ver la alegría de los ojos, que deberían reflejar, con su brillo, el ingenio del escritor, que supera al de su personaje, calificado con el epíteto de ingenioso. El gesto adusto no le permite la sonrisa ni la risa y mucho menos la carcajada, que pondría al descubierto sus dientes molenques, mal concertados los unos con los otros, pero que daría constancia del humor que Cervantes despliega a lo largo de las muchas páginas de su novela. El poeta zamorano exiliado en México, León Felipe, dice que "el primero que se ríe de don Quijote es Cervantes" y, con la licencia que le concede su condición de poeta para trasladarse al momento mismo de la escritura de la obra, exclama: "¡Cuántas veces, en los primeros capítulos, la carcajada incoercible le hace parar la escritura!".

En alguna página memorable de Rayuela, Julio Cortázar dice que el sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella. A través del humor, en buena medida derivado del discurso paródico que recorre el Quijote de principio a fin, Cervantes desvela la esencia de la condición humana, que se debate permanentemente entre el ideal inalcanzable y la cruda realidad, monda y lironda.

En uno de los prólogos de la edición conmemorativa del Quijote publicada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, Mario Vargas Llosa destaca la importancia de la libertad en la obra cervantina. Y la libertad, según él, no es otra cosa que la soberanía del individuo frente a la autoridad, frente a "los desafueros que puede cometer el poder, todo poder".

Es natural el fervor con que Cervantes valora la libertad después de haber permanecido en cautiverio durante más de cinco años en Argel y de haber sufrido sucesivos encarcelamientos posteriores. Y lo es a tal grado, que la libertad, en su discurso, tiene predominio aun sobre la justicia, de la que su propia experiencia le hace recelar.

Pero la libertad que Cervantes exalta a lo largo de las páginas de su obra no se limita a la ponderación que de ella hace don Quijote incontables veces y a las acciones que emprende para defenderla. Es también una condición de su propia escritura novelística. La novela cervantina rompe con todas las ataduras que pudieran aprisionar el género. Alejo Carpentier dice que toda gran novela empieza por hacer exclamar a sus lectores: "¡Pero esto no es una novela!" Y así la han de haber considerado los lectores de su tiempo, desconcertados por la absoluta libertad literaria que Cervantes despliega capítulo a capítulo.

¿Qué es el Quijote? Es un libro de caballerías que parodia los libros de caballerías; una novela que no sólo presenta una amplísima gama de variantes narrativas, sino que alberga en su seno otros géneros literarios: la poesía, la prédica, la reflexión ensayística y hasta otras novelas subsidiarias y varias comedias de enredo escritas al margen de la dramaturgia, amén de la crítica literaria que su autor pone en práctica en los prólogos que él mismo se ve conminado a escribir a falta de quien estuviera dispuesto a redactarlos. Carlos Fuentes dice que "Cervantes unió todos los géneros literarios previos -épica, picaresca, novela de amor, relato pastoril, novela morisca- para crear un género de géneros abarcador, incluyente, en el que tuvieran cabida todos los sueños, la memoria, los deseos, las imaginaciones, las debilidades y las fortalezas del ser humano." Y considera que, con posterioridad al Quijote, "el género se fue adelgazando hasta llegar a la anorexia por una exigencia de pureza mal avenida con la impureza radical del género." Por fortuna, la novela ha podido recuperar en nuestros tiempos la impureza que le otorgó Cervantes. Es en sí misma un género sucio, que se nutre de la vida con todas sus aspiraciones, sí, pero también con todas sus lacras y sus inmundicias.

Lo paradójico es que el Quijote, que se insubordina a cualquier canon posible, establece al mismo tiempo el canon indiscutible de la literatura de nuestra lengua.

Podría decirse que cualquier experimento narrativo o cualquier intento de ruptura de la tradición en busca de la modernidad ya están prefigurados en el Quijote. Si el fundamento del canon cervantino no es otro que la insubordinación a todo canon y ese canon sigue vigente, la novela ha cifrado su originalidad y su valor en tal iconoclasia. Y no sólo porque admita la concurrencia de varios géneros en su seno, como ocurre en el Quijote, sino por su renuencia radical a ubicar los géneros literarios en compartimentos estancos.

En la llamada literatura del yo, ha tenido preeminencia la poesía lírica. El poeta habla de sí mismo y de sus ensoñaciones. Y a nadie le extrañaría que, en una circunstancia como esta, el poeta se refiriera a su propia poesía. Pero la literatura del yo también se ejerce en la prosa -en el ensayo, la novela, la memoria, que son los géneros, entremezclados hasta la promiscuidad, en los que mi voz ha querido perseverar. A mi propia obra habré de referirme en esta alta ocasión. También hubiera querido hablar de otros asuntos: del tardío advenimiento de la novela en América con El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, cuya publicación en 1816, cuando ya se ha iniciado la revolución de Independencia en México, le confiere al género literario su condición de género libertario preconizada por Cervantes; del proceso de desespañolización, según el impetuoso término acuñado por Ignacio Ramírez tras la independencia política de mi país, que pretendió articular una literatura propia en una lengua que inopinadamente se sintió ajena cuando, sin ella, ni México, ni ningún otro país hispanoamericano, habría podido configurar su nacionalidad; del retorno de las carabelas, como el escritor peruano Luis Alberto Sánchez llamó a la influencia del modernismo, encabezado por el nicaragüense Rubén Darío, en la Generación española del 98 y que podría aplicarse también a la riqueza narrativa del llamado boom de la novela latinoamericana, que repercutió significativamente en la literatura española de la transición democrática. Pero no. Sólo manifestaré, en esta mera enunciación de temas que me hubiera gustado desarrollar, que la nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas, que le son inherentes. Con sus propias peculiaridades, en cierta medida derivadas de las culturas antiguas, en las que se ha intentado sobreponer la retrotopía del paraíso perdido, México es parte sustancial de lo que Carlos Fuentes denominó felizmente "el territorio de la Mancha"... Me limitaré entonces a hablar, con cierto pudorcillo desmañado, de mi propia obra literaria, porque es ella, a fin de cuentas, la que me ha traído hasta este paraninfo.

En principio, mis obras responden a los géneros del ensayo, la novela, la crónica o la memoria, como tradicionalmente se han denominado, pero ninguna de ellas se ha quedado encerrada en el sitio que la clasificación genérica les ha adjudicado. Mis presuntas novelas mucho tienen del centauro de los géneros, como Alfonso Reyes definió el ensayo por la concomitancia en su discurso de la inteligencia rectora y la imaginación bravía. Pero también hospedan en sus páginas la crónica, la confesión, la remembranza. Es el caso de las que integran la saga titulada, no sin ironía, Una familia ejemplar, a saber: Tres lindas cubanas, El metaly la escoria y Los apóstatas. Me concentraré en ellas porque en esa trilogía me parece que se articula lo que podría llamarse una poética narrativa.

Siempre había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y conocerme a mí mismo, porque nadie sabe bien a bien quién es si no sabe de dónde viene. Por lo poco que conocía de mis antepasados próximos -y sobre todo por lo mucho que de sus historias me habían ocultado deliberadamente en casa-, intuí que sus vidas eran novelables, como bien mirada, cualquier vida lo es. Pero las suyas quizá todavía más por la dimensión histórica que fueron cobrando sus involuntarias hazañas.

Tan pronto empecé a averiguar por mi propia cuenta los pasajes más determinantes de sus biografías, advertí que casi todos ellos habían desempeñado, sin sospecharlo siquiera, un papel épico en el transcurso de sus días. Y esa condición épica, que en su momento adoptaron con naturalidad y sin conciencia, era susceptible de ser contada en clave novelística. Pensé que aquellas personas, convertidas en personajes merced al artificio de la literatura, podrían ser trascendentes no sólo para mí y los míos por tratarse de nuestra propia estirpe, sino para cualquier lector capaz de vivir como suyas sus convulsivas historias: historias de migración y de exilio; de bonanzas ubérrimas y latrocinios arteros; de vicios inconfesables y amnesias enajenantes; de obsesiones satánicas y luchas revolucionarias. Unos habían sufrido los trastornos generados por la Revolución mexicana o la Guerra civil española, otros habían abrazado la causa de le Revolución cubana o, proscritos por el nuevo régimen, habían tenido que emprender el camino de la diáspora. Alguno más había participado en la gesta de la Revolución sandinista que destapó una Nicaragua tan violentamente dulce, como la calificó Cortázar sin que la vida le hubiera dado la oportunidad de asistir a su conversión en una oprobiosa dictadura.

Durante mucho tiempo me di a la tarea de indagar sobre aquellas ramas que por razones puritanas habían sido podadas de mi árbol genealógico y por las que mi curiosidad infantil hubiera querido encaramarse.

A lo largo de los muchos años de escritura de la saga, la literatura se fue enseñoreando de la historia de mi familia hasta avasallarla por completo.

Liberado de las exigencias de la veracidad histórica, le di cabida a la imaginación literaria: modifiqué nombres, fechas, parentescos; suprimí de un plumazo personajes anodinos para la literatura por más que hubieran sido relevantes para la vida familiar, de igual manera que engendré otros que se desplazaron por mis páginas con la misma naturalidad que si hubieran transitado por la historia. La escritura se pobló de hipérboles, falacias, invenciones, lo que, paradójicamente, me permitió hacer calas más profundas en aquella historia original. 9 Porque la ficción puede llegar adonde la veracidad histórica se detiene como delante de un precipicio. Y es que la novela tiene la potencia de ampliar las escalas y las categorías de la realidad. No se limita a contar lo que los seres humanos hacen, dicen o piensan, sino que incorpora a su discurso lo que recuerdan, lo que imaginan, lo que sueñan... todo aquello que forma parte de su realidad, entendida en un sentido amplio e incluyente. Y al mismo tiempo, la realidad, ensanchada por la imaginación que la subvierte y por el verbo que la recrea, se despliega con mayor amplitud y se revela con mayor hondura.

En el proceso de escritura, les fui suministrando a mis novelas en ciernes los datos que había podido recabar a propósito de la historia ancestral de mi familia: documentos de toda índole -actas, testamentos, fotografías, recortes de periódicos y hasta recetarios de cocina. Consulté hemerotecas y archivos históricos, realicé viajes de estudio a varios países, entrevisté a decenas de testigos sobrevivientes, leí intrusivamente cartas que no estaban dirigidas a mí, profané diarios íntimos que habían hecho las veces de confesionarios... Y de manera milagrosa, la novela misma los fue procesando conforme yo escribía y acabó por devolvérmelos a mí, su autor, convertidos en un discurso que leí, sorprendido por las revelaciones que la novela misma me proporcionaba. Mis novelas me han dado a conocer sucesos pavorosos de los que yo no tenía noticia ni la más mínima sospecha antes de escribirlas: adulterios escondidos, homicidios encubiertos, abusos pederastas. Sí, la novela es el género indagatorio por excelencia. Y ejercerlo es una aventura de alto riesgo.

Nunca he adoptado ninguna consideración teórica previa a la escritura. Decía Maurice Blanchot que escribir una novela es como lanzarse al mar sin cera en los oídos y estar dispuesto a oír el canto de las sirenas. Puedo conocer el lugar del que zarpa mi embarcación, pero ignoro cuál puede ser mi puerto de llegada, si es que llego a puerto y no me quedo varado en medio del piélago, seducido y hechizado por alguna Circe que me retenga en una isla y me impida continuar la travesía.

Después de veinte años de navegación, por fin atraqué en la Ítaca de mis antepasados.

Yo no conocí a ninguno de mis cuatro abuelos. Pero sé que el padre de mi padre salió de un caserío llanisco de Asturias, a mediados del siglo XIX para "hacer las Américas" cuando apenas era un mozalbete de dieciséis años. Se estableció en México y al cabo de un tiempo de esfuerzos denodados y muchas privaciones, pudo casarse con una mujer mexicana con la que fundó la estirpe de la que procedo. Gracias a la novela que escribí sobre los avatares de su historia, lo conozco mejor que si lo hubiera conocido en vida.

Mi abuela materna nació en La Habana cuando Cuba, "La Perla de las Antillas", era todavía una de las provincias españolas de ultramar. Se dice que ella bordó la estrella de la primera bandera cubana de su incipiente y malhadada independencia. En la novela que escribí sobre 11 sus tres hijas -una de ellas, mi madre- no quise dar cuenta de aquel memorable episodio. Habría ido en detrimento de la credibilidad. De la misma manera que la literatura me permite contar como verdadero lo que no ocurrió, aunque hubiera podido ocurrir, me desaconseja relatar como verdad lo que, habiendo sucedido, no pasa la criba de la verosimilitud literaria.

A pesar de sus muchas ocupaciones, mi madre siempre encontró tiempo para leer novelas. Tanto disfrutaba la lectura, que una vez, cuando un hermano mío estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte a causa de una feroz peritonitis, le prometió a la Virgen del Perpetuo Socorro, de la que era devota, que dejaría de leer novelas durante cinco años, si lo salvaba. Ese era el mayor sacrificio que podía ofrecer. Mi hermano sobrevivió y ella cumplió su promesa con religiosa disciplina. Al cabo de cinco años pudo recuperar lo que más le deleitaba, su enorme gusto por leer novelas. A destiempo la comprendo, aunque yo no tenga su fe ni tendría el arrojo de hacer tamaño sacrificio.

Mi padre le escribió una carta de amor a mi madre todos los días, aunque ambos estuvieran en casa. Todavía lo puedo ver, sentado en su escritorio, escribiendo sus cartas cotidianas, rumiando sus nostalgias e inventando artilugios que nunca alcanzarían la bendición de la patente o que ya eran moneda de uso corriente en otras partes y aun en otros tiempos sin que él se hubiera enterado siquiera. Igual que yo ahora, que me paso la vida, sentado en mi escritorio, con los pies metidos debajo de las patas delanteras de la silla para no caer en la tentación de levantarme y abandonar la tarea, escribiendo lo que acaso, sin yo saberlo, ya escribieron otros.

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Miguel, mi hermano mayor, que me llevaba 22 años, los mismos que le llevo yo a mi primogénito, me adoptó como hijo suyo cuando yo era niño, para contrarrestar la senectud de mi padre. Algunas tardes me invitaba a su habitación, que era menos un dormitorio que una biblioteca, y me hacía aprender de memoria frases rimbombantes que tendría que decir en voz alta cuando llegara a casa alguna novia suya. Entonces me tomaba de los codos, me subía a la mesa del comedor y me preguntaba con un guiño de complicidad: Gonzalo, ¿hasta dónde me quieres? Y yo le respondía delante de la novia, te quiero más allá de la Cólquida donde Jasón y los argonautas buscaron el vellocino de oro; te quiero hasta la más lejana estrella de la Vía Láctea, te quiero hasta el último confín del universo. Yo, por supuesto, no sabía quién era el tal Jasón, ni qué era la Vía Lactea ni qué significaba la palabra confín. Pero mis respuestas suscitaban el aplauso de la pequeña concurrencia y me otorgaban una singularidad en esa familia regida por el precepto equitativo de mi madre con el que gobernaba a su prolífica descendencia: "todos mis hijos son iguales." La novia quedaba seducida y yo, diferenciado de todos mis hermanos. Creo haber sabido desde entonces que en la palabra se cifraba mi destino.

He dedicado toda mi vida a la palabra. Como escritor que acaso habla más de lo que lee que de lo que vive; como profesor que no ha tenido mayor placer que contagiar el entusiasmo por la literatura a las muchas generaciones de alumnos que han pasado por sus aulas; como "aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles" que ha formado una generosa biblioteca con los libros que ha podido adquirir o trasegar desde cada uno de los países por los que ha viajado; como académico de la lengua enamorado del organismo vivo y cambiante que estudian él y sus colegas; como editor que ha tenido el privilegio de convertir un manuscrito en un libro vivo y circulante como la sangre. Por eso, cuando alguien me pregunta que cuál es la palabra que más me gusta de la lengua española, le respondo que la palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra.



Una narración deslumbrante que logra reconstruir con las armas de la literatura el itinerario de una familia que encarna como pocas la historia reciente de México.
En 1874, Emeterio decide emigrar a México en busca de fortuna, y se despide de sus padres en una perdida aldea de Asturias. En México, su trayectoria le llevará de mozo de tienda, que duerme bajo el mostrador, a dueño de un emporio de establecimientos de bebidas alcohólicas. Pero sus esfuerzos exitosos en los negocios no se verán recompensados por la labor de sus hijos, que despilfarrarán la fortuna en una vida disipada con continuos viajes a Madrid, ni por sus hijas, condenadas a un papel secundario en una sociedad machista. Cuando uno de sus nietos, en la tercera generación, retome la iniciativa económica tendrá que enfrentarse con una amenaza inesperada y devastadora: la pérdida de la memoria.

EVERNESS

Solo una cosa no hay, es el olvido. 
Dios, que salva el metal, salva la escoria 
y cifra en Su profética memoria 
las lunas que serán y las que han sido. 

Ya todo está. Los miles de reflejos 
que entre los dos crepúsculos del día 
tu rostro fue dejando en los espejos 
y los que irá dejando todavía. 

Y todo es una parte del diverso 
cristal de esa memoria, el universo; 
no tienen fin sus arduos corredores 

y las puertas se cierran a tu paso; 
solo del otro lado del ocaso 
verás los Arquetipos y Esplendores. 

Jorge Luis Borges 

La vida no ha terminado: todavía hay 
esperanzas para el olvido. 

Juan Carlos Onetti, La vida breve


martes, 24 de febrero de 2026

EL HOMBRE ES DE MAÍZ Y, LA MUJER, DE FRIJOL 🌽🌱 por RODRIGO GARCÍA PLATAS

 


EL HOMBRE ES DE MAÍZ Y, 
LA MUJER, DE FRIJOL 


La frase “El hombre es de maíz…, y la mujer de frijol”, atribuida a los pueblos mexicas o llamados hoy Aztecas, no es una simple metáfora agrícola: Es una declaración ontológica, una forma de explicar el equilibrio del mundo desde la tierra misma.

En la cosmovisión mesoamericana, el maíz no era sólo alimento: era origen.

En el libro sagrado Popol Vuh se narra que los hombres fueron creados de maíz. El maíz simboliza fuerza, sostén, verticalidad; crece erguido, desafía el viento, apunta al cielo. Representa la estructura, la presencia visible, la columna que sostiene.

El frijol, en cambio, crece enredándose, abrazando, adaptándose. No compite por altura: se integra. Nutre desde lo discreto, desde lo esencial. Su fuerza no es vertical sino envolvente. No impone; complementa. No compite; completa.

Y aquí está la profundidad:
no se trata de superioridad, sino de interdependencia.

En la milpa —esa sabiduría agrícola ancestral— maíz y frijol no sobreviven igual separados. El frijol fija nitrógeno en la tierra, la enriquece, la prepara. El maíz sirve de guía y soporte. Juntos crean un sistema perfecto.
Separados, pierden potencia.
La frase entonces no define roles rígidos; revela un principio:
La vida florece en complementariedad, no en rivalidad.

El hombre sin la energía que nutre, acompaña y transforma, se vuelve rígido.
La mujer sin la estructura que sostiene y protege, puede agotarse en el dar.
Pero cuando maíz y frijol se reconocen, se honran y cooperan, la tierra produce abundancia.

Esta enseñanza ancestral nos confronta hoy, en tiempos dónde a veces confundimos igualdad con uniformidad. Igual no es idéntico. Igual es digno. Igual es valioso.

Diferente no es opuesto: es necesario.
Ser de maíz o de frijol no habla de género como etiqueta biológica, sino de energías que todos llevamos dentro.

Todos tenemos algo de raíz firme y algo de enredadera sensible. El verdadero equilibrio no está en negar una parte, sino en integrarlas.

Tal vez la sabiduría antigua nos susurra algo sencillo y profundo:
No fuimos creados para competir.
Fuimos sembrados para complementarnos.
"Porque cuando el maíz se eleva y el frijol abraza, la tierra —y el corazón— dan fruto".

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miércoles, 18 de febrero de 2026

LIBRO "Y ERA DE NOCHE": UNA CRÓNICA DE TRAICIONES. BASADO EN UNA HISTORIA REAL por CHARLES THEODORE MURR

Y ERA DE NOCHE

UNA CRÓNICA DE TRAICIONES

BASADO EN UNA HISTORIA REAL


“Y ERA DE NOCHE” (una novela del autor Charles Theodore Murr) aborda la cuestión del efecto psicológico de la traición, no en el traidor, sino en el traicionado. ¿Qué significa para un hombre fundamentalmente bueno ser traicionado por alguien en quien confía implícitamente? Peor aún, ¿ser traicionado por un grupo de antiguos amigos que conspiran juntos, cada uno por sus propios fines egoístas? «Dios te ampare cuando un amigo se propone traicionarte», le dice un mentor a Charlie al inicio de Y Era de Noche. «Tus enemigos no pueden traicionarte, Charlie; solo un amigo puede hacerlo; pero cuando los amigos colaboran en una traición… ¿quién podría salir victorioso contra… toda una compañía de Judas?»

Ambientada en la capital italiana, el centro de México y Nueva York durante las décadas de 1970 y 1980, la intrincada trama de este libro es vasta y laberíntica. Aunque no es para los pusilánimes, la novela contiene una buena dosis de humor. (Un obispo particularmente inepto, por ejemplo, es “la nada hecha carne”; y una excéntrica madre general de Rímini, que se cree destinataria de revelaciones divinas, “no solo habla en lenguas, sino que evidentemente también piensa en lenguas”).

En conjunto, "Y Era de Noche" resulta difícil de clasificar. Como relato de un hombre bueno pero imperfecto en el sacerdocio, que busca su salvación con “temor y temblor” en México, recuerda a El poder y la gloria de Graham Greene. Por su galería de personajes absolutamente extravagantes y sus giros argumentales disparatados, evoca La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Es también un roman à clef, una especie de ajuste de cuentas, una denuncia sin tapujos de la iniquidad humana, cuyo propósito es claramente poner nombres sobre la mesa.

Por encima de todo, sin embargo, es la historia de la vida de un hombre, narrada en forma de novela pero carente de la unidad artificial que una ficción puede lograr, participando así de la rareza y el misterio que caracterizan a toda vida humana. Charlie Murr, junto con el lector, se pregunta por qué Dios, en su providencia, permitió que le sucedieran cosas tan terribles y maravillosas.

En este último aspecto, Y Era de Noche recuerda un episodio de La Divina Comedia. En los cielos de Saturno, san Pedro Damián se adelanta a recibir al peregrino Dante, y este le pregunta por qué Dios lo eligió a él, entre todos los santos de aquel cielo, para ser portavoz. El santo responde: “El alma más iluminada del cielo, el serafín que fija más su mirada en Dios, no podría dar respuesta a tu pregunta”. La respuesta a tales interrogantes, dice, “se halla oculta en lo profundo del abismo de la ley eterna de Dios, de modo que la vista de cualquier criatura que Él creó queda apartada de ella”. Y concluye: si tales cosas son incognoscibles incluso para los bienaventurados en el cielo, ¡cuánto más escaparán a quienes aún habitamos en el mundo mortal!

En Y Era de Noche un hombre se plantea esas mismas preguntas sobre su propia vida y, al aceptar finalmente que de Dios no llegarán respuestas, encuentra en ello una respuesta. Como Job al final de la catástrofe, no queda con preguntas acerca de los cómos y porqués de Dios, sino con las preguntas de Dios hacia él mismo. Y, como Job, llega a comprender que las preguntas de Dios son mucho más saciantes que las respuestas de los hombres.

INTRODUCCIÓN

OTOÑO EN NUEVA YORK, 1994.

Por tercera vez en dos meses, nos reunimos en el mismo restaurante, en la esquina de la calle 61 con la 3a Avenida, y nos sentamos en la misma mesa apartada. Todo en la Isla de Capri era de estilo italiano antiguo, incluido el personal de camareros, todos hombres maduros. «Me gusta mucho este establecimiento», comentó mi nuevo amigo y saludó amablemente con la cabeza a una pareja que le sonreía desde el otro lado de la sala, pintada de rojo intenso. 
«Es un lugar seguro para conversar», me aseguró, también por ter­ cera vez en dos meses.

Yo acababa de terminar de leer "Los jesuitas" y había venido preparado para hacer preguntas, escuchar y aprender y, sobre todo, para deleitarme con la sagaz compañía del doctor Malachi Martín.
Pasamos bastante tiempo discutiendo nuestras opiniones ligeramente dis­tintas sobre los verdaderos villanos del Concilio Ecuménico Vaticano 11 y nos turnamos para destrozar a Pierre Teilhard. Coincidimos en el daño causado por los modernistas, Rahner, Kung, Congar, Schillebeecks y de Lubac, pero discrepamos sobre los principales actores posconciliares que se encargaron de llevar a la práctica de forma ultramoderna, la teoría modernista.

Todavía puedo oír la risa maliciosa de Malachi cuando recité una pequeña canción que había aprendido a principios de los años 70, entre clases, en el Café-Bar Gregoriana:

Schillebeecks, Rahner and Küng, 
Their praises are everywhere süng 
Says Ottaviani: "There'll be no domani, 
Untíl they are, each of them, hüng!" 
Schillebeecks, Rahner and Küng 
sus alabanzas se cantan por todas partes 
Ottaviani dice: "No habrá mañana 
Hasta que a todos los cuelguen!".


El cardenal Alfredo Ottaviani nos explica, de modo muy sencillo, en qué consiste el corrosivo laicismo. Dios quiera que volvamos a tener algún día cardenales como éste:
«Éstos son los frutos de la civilización laicista, de la anti-Iglesia, obtenidos únicamente por tener la satisfacción de gritar: “No queremos que Cristo, por mediación de su Iglesia, irradie su influjo en la sociedad”. Ha repudiado la caridad cristiana que actúa por la gracia de Dios, por amor de Dios. [...] Ésta es la gloria de la civilización laicista: la filantropía que no está hecha con la gracia de Dios no la avala la ayuda divina, porque se halla bien lejos de la fraternidad cristiana; es un desahogo del egoísmo individual, familiar, nacional. [...] ¿Qué ha sacado a la luz el laicismo? El placer, el placer hasta sus ultimas consecuencias, hasta la putrefacción, hasta aquel hábito luciferino de gozar, de gozar de cualquier cosa que pueda satisfacer estos apetitos bestiales que enervan [a la juventud]. [...] Ha repudiado la “pax” cristiana. Jesús ha dicho: “Os doy mi paz, os dejo mi paz, que no es la del mundo”. Pero el mundo ha querido “su” paz, el pacifismo de los laicistas. [...] Y las guerras se han multiplicado, llevadas a cabo con tanta ferocidad, sin distinción de golpes, con todos los horrores que hemos lamentado en la última guerra [mundial]» (Alfredo Ottaviani, «El baluarte», Barcelona: Ediciones Cruzado Español, 1962, pp. 44-45).

Un punto en el que estábamos en completo desacuerdo concernía a dos cardenales de la Curia romana: el francés Jean Cardenal Villot [secretario de Estado bajo Pablo VI, Juan Pablo I y, brevemente, bajo Juan Pablo II] y su aliado más cercano (y leal compañero de logia), el italiano Sebastiano Cardenal Baggio, prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos (dur­ante doce críticos años posconciliares). Villot dominaba y controlaba al papa Pablo VI, mientras que Baggio revolucionaba la Iglesia colocando "vescovi di sinistra" (obispos de izquierda) en prácticamente las 3,000 diócesis católicas en todo el mundo. Una vez más, denuncié el abominable papel de Baggio en la muerte del papa Juan PabloI. Una vez más, Malachi mantuvo que Villot había envenenado al pontífice.

Mientras que a mí me interesaba el notable conocimiento de Martin sobre los acontecimientos anteriores, durante e inmediatamente después del Con­ cilio Vaticano II, a él le interesaba mi conocimiento de las personas y situaciones de los años setenta y ochenta: Los cardenales Giovanni Benelli, Edouard Gagnon, Silvio Oddi, Pietro Palazzini, Darío Hoyos Castrillón; los monseñores Mario Marini, Giuseppe Lobina y Guglielmo Zannoni.

Aunque ambos coincidimos de nuevo en que Villot y Baggio eran los dos mayores villanos de la historia eclesiástica moderna, discrepamos en cuál de los dos era el peor. Hicimos un rápido repaso de nuestras dos últimas conversaciones sobre mi odisea romana/mexicana de 22 años. Justo cuando estaba a punto de atacar un plato humeante de penne arrabiata, Malachi me lanzó el desafío:

«O escribes esa historia o me das permiso y la escribo yo mismo». Le presté toda mi atención. «Ponerlo por escrito es el primer paso», continuó, «Tu his­toria, Charlie, es material para un éxito de taquilla. Veo una película, mejor aún», sus ojos se iluminaron, «una miniserie. "El pájaro espino"», ofreció un ejemplo brillante, «Te das cuenta, ¿no?». Hay suficiente material destacado y momentos culminantes en tu saga para tres, ¡quizás cinco libros!».

Le dije que escribiría mi historia. No obstante, le pedí al gran maestro de la ficción su inestimable ayuda y para mi alivio, Malachi aceptó. De noviem­bre a junio, elaboramos el esquema. Más tarde, añadió un miembro más al equipo, un hombre llamado "Chuck", su amigo de confianza y editor de libros. (Me emocionó descubrir que "Chuck" era el padre Charles Fiore, mi an­tiguo profesor de Cristología en Roma).

En junio de 1995, me fui a Austria a estudiar alemán y psicología. Las comunicaciones a larga distancia eran mucho más difíciles de lo que habíamos previsto. Capítulo a capítulo, envié y recibí «disquetes» a través del Atlántico de Martin y Fiore. Algunos llegaron dañados, otros nunca llegaron. Para com­plicar las cosas, Malachi estaba terminando "Wíndswept House: A Vatícan Novel".

Volví a Nueva York [en 1997) con una sobrecarga de trabajo excesiva, mien­tras continuaba mis estudios de posgrado en psicología en la Universidad de Nueva York. La escritura de mi novela se había detenido por completo.
De vez en cuando, Malachi y yo hablábamos por teléfono. Él terminaba todas las conversaciones con la advertencia: «¡Tienes que terminar tu libro!». 
Solo nos volvimos a ver una vez más para cenar, en la Isla de Capri, por supuesto. Poco después enjulio de 1999, el padre Fiore me llamó por teléfono para informarme de la prematura muerte de Malachi. Unos años más tarde, supe que el padre Charles "Chuck" Fiore también había fallecido.

La inspiración y la motivación para terminar mi libro parecieron morir con ellos.
HASTA QUE...
Hace dieciocho años (2006], recibí una llamada de unos amigos de Gua­dalajara, Jalisco. Pensaron que me gustaría saber de un libro recientemente publicado en México, especialmente porque yo estaba en uno de sus capítu­los, y porque parecía estar generando artículos similares.

El "libro" era el neplus ultra del amarillismo mexicano, un género literario que haría que los tabloides sensacionalistas estadounidenses más bajos, dis­ponibles para "mentes inquisitivas" en la mayoría de las cajas de los super­ mercados Piggly-Wiggly, se leyeran como sonetos shakespearianos. Es más, la única y "fiable" fuente de información del autor sensacionalista era uno de los sociópatas más notorios del centro de México: el infame narco-médico, doctor Jorge Mejía !turbe, alias «El Monje», alias Doctor Jorge Mejía Monje. (Cumpliendo una condena prolongada en una prisión federal mexicana, el doctor Jorge Mejía Iturbe no está disponible para hacer comentarios).

Después de leer varias páginas de la cloaca literaria, llamé por teléfono a dos amigos de toda la vida, ambos profesores de derecho; uno en la Ciudad de México y el otro en la ciudad de Nueva York. Ambos se opusieron a de­ mandar por difamación. Además de la enorme cantidad de tiempo y dinero que supondría una demanda de este tipo, señalaron la evidente futilidad de que un extranjero intentara demandar a una editorial mexicana, en México, bajo el código legal mexicano (napoleónico). Además, si por algún milagro el extranjero ganara, los tribunales mexicanos solo podrían concederle: 

1) una disculpa de sus detractores por escrito, 
y 2) 1,275 pesos mexicanos (11 dó­lares estadounidenses)en concepto de daños y perjuicios.

Seguí el consejo de mis abogados y no presenté la demanda. Sin embargo, eso no significaba que fuera a rendirme y hacerme el muerto. En 2006, volví a mi manuscrito sin terminar. Ocho meses más tarde, con 3,300 pá­ginas mecanografiadas, llamé a un viejo amigo en Roma, el periodista y escritor australiano Desmond O'Grady, quien accedió a editar el manuscrito completo que Malachi Martín me animó a comenzar en 1995. En 2009 se publicó "La sociedad de Judas".

Poco después de publicar La Sociedad de judas, me di cuenta dolorosamente de algunos errores estructurales y de estilo en el libro. La trama no tenía un desarrollo fluido. Había demasiados personajes para que el lector medio pudiera seguirlos. El lenguaje de los diálogos, especialmente el escrito en la lengua vernácula mexicana -aunque auténtico y fiel a la realidad- era a menudo demasiado vulgar y crudo para muchos de mis lectores.

El mayor error, sin embargo, fue haber "suavizado' el abominable estado moral y mental de uno delos personajes principales. El narco médico, "Doctor Jorge Menda", vivía una vida escalofriante, doble y triple llena de extor­siones, secuestros, torturas, violaciones, sodomías, asesinatos e intentos de asesinato internacional. Omití deliberadamente muchas de las escabrosas aventuras del médico y minimicé (o suavicé) muchas otras. Temía que mis lectores encontraran imposible de soportar la verdad completa sobre el mé­dico. Las personalidades de Jekyll y Hyde del "Doctor Jorge Menda" no sur­gieron de forma tan dramática y evidente como deberían haberlo hecho.
En cualquier caso, decidí que "La sociedad de Judas" necesitaba una reesc­ritura seria y, el año pasado, eso es exactamente lo que me propuse hacer, empezando por el nuevo título inspirado en [Juan 13:30]. 
"Y era de noche" está previsto que se publique en Navidad de 2024.
Para aquellos de ustedes que ya leyeron mi libro original, espero que esta novela "nueva y mejorada" no les decepcione.

Charles T. Murr
21 de enero de 2025

 
¿ES DE NOCHE EN LA IGLESIA? EDITADO-ILUSTRADO P. CHARLES MURR

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