EL HOMBRE ES DE MAÍZ Y,
LA MUJER, DE FRIJOL
La frase “El hombre es de maíz…, y la mujer de frijol”, atribuida a los pueblos mexicas o llamados hoy Aztecas, no es una simple metáfora agrícola: Es una declaración ontológica, una forma de explicar el equilibrio del mundo desde la tierra misma.
En la cosmovisión mesoamericana, el maíz no era sólo alimento: era origen.
En el libro sagrado Popol Vuh se narra que los hombres fueron creados de maíz. El maíz simboliza fuerza, sostén, verticalidad; crece erguido, desafía el viento, apunta al cielo. Representa la estructura, la presencia visible, la columna que sostiene.
El frijol, en cambio, crece enredándose, abrazando, adaptándose. No compite por altura: se integra. Nutre desde lo discreto, desde lo esencial. Su fuerza no es vertical sino envolvente. No impone; complementa. No compite; completa.
Y aquí está la profundidad:
no se trata de superioridad, sino de interdependencia.
En la milpa —esa sabiduría agrícola ancestral— maíz y frijol no sobreviven igual separados. El frijol fija nitrógeno en la tierra, la enriquece, la prepara. El maíz sirve de guía y soporte. Juntos crean un sistema perfecto.
Separados, pierden potencia.
La frase entonces no define roles rígidos; revela un principio:
La vida florece en complementariedad, no en rivalidad.
El hombre sin la energía que nutre, acompaña y transforma, se vuelve rígido.
La mujer sin la estructura que sostiene y protege, puede agotarse en el dar.
Pero cuando maíz y frijol se reconocen, se honran y cooperan, la tierra produce abundancia.
Esta enseñanza ancestral nos confronta hoy, en tiempos dónde a veces confundimos igualdad con uniformidad. Igual no es idéntico. Igual es digno. Igual es valioso.
Diferente no es opuesto: es necesario.
Ser de maíz o de frijol no habla de género como etiqueta biológica, sino de energías que todos llevamos dentro.
Todos tenemos algo de raíz firme y algo de enredadera sensible. El verdadero equilibrio no está en negar una parte, sino en integrarlas.
Tal vez la sabiduría antigua nos susurra algo sencillo y profundo:
No fuimos creados para competir.
Fuimos sembrados para complementarnos.
"Porque cuando el maíz se eleva y el frijol abraza, la tierra —y el corazón— dan fruto".
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