EL Rincón de Yanka: PALABRA

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miércoles, 22 de julio de 2026

LIBRO "LAS GRATITUDES" 💕 por DELPHINE DE VIGAN

 LAS GRATITUDES 

DELPHINE DE VIGAN

“«¿Adónde van las palabras / 
Que resisten / Que desisten / Que razonan / Y emponzoñan? /
 [...] ¿Adónde van las palabras / Que nos hacen y deshacen /
 Que nos salvan / Cuando todo nos abandona?»

Una bellísima novela sobre la gratitud, sobre lo importante que es poder dar las gracias a aquellos que nos han ayudado en la vida.
«Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería. A menudo pensaba: “Le debo tanto”. O: “Sin ella, probablemente ya no estaría aquí”. Pensaba: “Es tan importante para mí”. Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?», reflexiona Marie, una de las narradoras de este libro. Su voz se alterna con la de Jérôme, que trabaja en un geriátrico y nos cuenta: «Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias. Y con el miedo a morir. Forma parte de mi oficio».

A ambos personajes —Marie y Jérôme— los une su relación con Michka Seld, una anciana cuyos últimos meses de vida nos relatan estas dos voces cruzadas. Marie es su vecina: cuando era niña y su madre se ausentaba, Michka cuidaba de ella. Jérôme es el logopeda que intenta que la anciana, que acaba de ser ingresada en un geriátrico, recupere aunque sea parcialmente el habla, que va perdiendo por culpa de una afasia.
Y ambos personajes se involucrarán en el último deseo de Michka: encontrar al matrimonio que, durante los años de la ocupación alemana, la salvó de morir en un campo de exterminio acogiéndola y ocultándola en su casa. Nunca les dio las gracias y ahora querría mostrarles su gratitud…
Escrita con un estilo contenido, casi austero, esta narración a dos voces nos habla de la memoria, el pasado, el envejecimiento, las palabras, la bondad y la gratitud hacia aquellos que fueron importantes en nuestras vidas. Son las respectivas gratitudes las que unen a los tres inolvidables personajes cuyas historias se entrelazan en esta conmovedora y deslumbrante novela.

¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias? Gracias por la sal, por la puerta, por la información. 
Gracias por el cambio, por el pan, por el paquete de tabaco. 
Unas gracias de cortesía, de conveniencia, automáticas, mecánicas. Casi huecas. 
A veces tácitas. 
A veces demasiado enfáticas: Gracias a ti. Gracias por todo. Infinitas gracias. 
Gracias de verdad. 
Unas gracias profesionales: Gracias por su respuesta, por su atención, por su colaboración. 

¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda. 
¿A quién? 
¿Al profesor que os abrió la puerta al mundo de los libros? ¿Al joven que intervino cuando os agredieron en la calle? 
¿Al médico que os salvó la vida? 
¿A la vida misma? 

Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería. 
A menudo pensaba: «Le debo tanto». O: «Sin ella, probablemente ya no estaría aquí». 
Pensaba: «Es tan importante para mí». 

Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?

Me pongo a pensar en los últimos meses, en las últimas horas. En las conversaciones que tuvimos, en las sonrisas, en los silencios. 

Me vienen a la memoria los momentos compartidos. Otros los he olvidado. E invento los que me perdí.

Intento determinar el día en que me di cuenta de que algo había cambiado irremediablemente y empezaba la cuenta atrás.

De Vigan Las Gratitudes 2021 by Maite Carballo




martes, 14 de julio de 2026

DICCIONARIO CRÍTICO ETIMOLÓGICO CASTELLANO E HISPÁNICO


DICCIONARIO CRÍTICO ETIMOLÓGICO 
CASTELLANO E HISPÁNICO


El Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico es la obra más importante sobre el origen de las palabras en español. Fue escrito por el filólogo Joan Coromines y el lingüista José Antonio Pascual. La obra explica de dónde vienen las palabras, su historia y cómo cambiaron sus significados.

El primer formato se publicó entre 1954 y 1957 bajo el nombre de Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana. Años más tarde, los autores actualizaron y ampliaron la obra. La publicaron de nuevo en varios tomos entre 1980 y 1991.

El diccionario etimológico del castellano por excelencia es "el Corominas", el Diccionario crítico etimológico. El esfuerzo que llevó a cabo Joan Coromines (o Corominas, según se escribe a veces) fue inmenso, y lo inició en paralelo con sus también magnos trabajos sobre el catalán. Poseía una cultura lingüística inmensa, que abarcaba todo el conjunto de lenguas de la Península: catalán, gallego, portugués, leonés, vasco, mozárabe, judeoespañol, etc., conocimientos que le permitieron profundizar en el estudio del castellano. 
Esta sabiduría y erudición se beneficiaron de la aplicación de los criterios científicos más rigurosos, que situaron la obra en la vanguardia de los estudios lexicográficos y etimológicos de las lenguas románicas, lugar en el que permanece al cabo de tantos años de su aparición.

En este diccionario puedes encontrar:
El origen exacto de cada palabra.
La fecha aproximada en la que se empezó a usar en español.
Su evolución y las palabras similares en otros idiomas.

Breve Diccionario Etimologico de La Lengua Castellana (OCR) by luis apolinario muñoz


miércoles, 1 de julio de 2026

DISCURSO ÍNTEGRO DE GONZALO CELORIO, GANADOR DEL PREMIO CERVANTES 2025 Y PATRIOTA DEL HISPANISMO

Discurso íntegro de 
ganador del Premio Cervantes 2025
Nació en la ciudad de México. Estudió letras hispánicas en la UNAM. Es miembro de número de la Academia Mexicana, a la que ingresó en 1996. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores desde 1994. Como escritor ha incursionado en diversos géneros: ha publicado seis libros de ensayo: El surrealismo y lo real-maravilloso (1976), Tiempo cautivo. La Catedral de México (1982), Los subrayados son míos (1987), La épica sordina (1990), El alumno (1996) y México, ciudad de papel (1997); un libro de crónicas: Para la asistencia pública (1984); una novela: Amor propio (1992), publicada en España, México y Cuba, y traducida al italiano bajo el título Non chiamarmi Ramón; y, de “varia invención”, El viaje sedentario (1994), que, por su traducción al francés, se hizo acreedor en 1997 al Prix des Deux Océans que otorga el Festival de Biarritz.
En su lecho de muerte, mi padre quiso despedirse de cada uno de sus doce hijos. Mi madre nos fue llamando uno a uno por orden de aparición en este mundo. Soy el undécimo de su descendencia, pero fui el último en comparecer ante él. La familia había querido evitar que mi hermana menor -una niña todavía-, presenciara el fatal desenlace. Entré en su habitación. Se respiraba en la penumbra un aire enrarecido por los olores que despedían los medicamentos. Me acerqué a su cama. Le rocé su mano lánguida con mis dedos tartamudos. Abrió los ojos y me dijo, con su aliento de hepatitis y la voz seca:

- "Tú llegarás, hijo." Y agregó: "Si no puedes, yo te empujo".
Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después. Gracias.

Sus reales majestades, miembros del presídium, señoras y señores:

De reojo, Miguel de Cervantes vigila mi escritura desde la cabecera de mi escritorio.

Engolado: con la gola o gorguera, metonimia de su efigie, que le rodea el cuello y en la que parece descansar la cabeza, y el rostro grave, como convendría a una voz grandilocuente. Tal es la imagen del más célebre escritor que ha engendrado la lengua española en todos los tiempos de su historia milenaria y en todos los lugares del vasto territorio donde se habla. Así figura en las portadillas de los libros de su autoría, en los grabados que ilustran las historias de la literatura española y hasta en el estrado del auditorio principal de la Real Academia Española. Hay en esta imagen, por supuesto, cierta correspondencia con el autorretrato literario que Cervantes incluyó en el prólogo a las Novelas ejemplares, publicadas entre la primera y la segunda parte del Quijote: el rostro aguileño, la nariz corva, los bigotes grandes, las barbas de plata que un tiempo fueron de oro, la boca pequeña, la color viva, antes blanca que morena.... También la frente desembarazada, ¡cómo no, si ya ha parido nada menos que el Quijote! Pero no se echa de ver la alegría de los ojos, que deberían reflejar, con su brillo, el ingenio del escritor, que supera al de su personaje, calificado con el epíteto de ingenioso. El gesto adusto no le permite la sonrisa ni la risa y mucho menos la carcajada, que pondría al descubierto sus dientes molenques, mal concertados los unos con los otros, pero que daría constancia del humor que Cervantes despliega a lo largo de las muchas páginas de su novela. El poeta zamorano exiliado en México, León Felipe, dice que "el primero que se ríe de don Quijote es Cervantes" y, con la licencia que le concede su condición de poeta para trasladarse al momento mismo de la escritura de la obra, exclama: "¡Cuántas veces, en los primeros capítulos, la carcajada incoercible le hace parar la escritura!".

En alguna página memorable de Rayuela, Julio Cortázar dice que el sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella. A través del humor, en buena medida derivado del discurso paródico que recorre el Quijote de principio a fin, Cervantes desvela la esencia de la condición humana, que se debate permanentemente entre el ideal inalcanzable y la cruda realidad, monda y lironda.

En uno de los prólogos de la edición conmemorativa del Quijote publicada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, Mario Vargas Llosa destaca la importancia de la libertad en la obra cervantina. Y la libertad, según él, no es otra cosa que la soberanía del individuo frente a la autoridad, frente a "los desafueros que puede cometer el poder, todo poder".

Es natural el fervor con que Cervantes valora la libertad después de haber permanecido en cautiverio durante más de cinco años en Argel y de haber sufrido sucesivos encarcelamientos posteriores. Y lo es a tal grado, que la libertad, en su discurso, tiene predominio aun sobre la justicia, de la que su propia experiencia le hace recelar.

Pero la libertad que Cervantes exalta a lo largo de las páginas de su obra no se limita a la ponderación que de ella hace don Quijote incontables veces y a las acciones que emprende para defenderla. Es también una condición de su propia escritura novelística. La novela cervantina rompe con todas las ataduras que pudieran aprisionar el género. Alejo Carpentier dice que toda gran novela empieza por hacer exclamar a sus lectores: "¡Pero esto no es una novela!" Y así la han de haber considerado los lectores de su tiempo, desconcertados por la absoluta libertad literaria que Cervantes despliega capítulo a capítulo.

¿Qué es el Quijote? Es un libro de caballerías que parodia los libros de caballerías; una novela que no sólo presenta una amplísima gama de variantes narrativas, sino que alberga en su seno otros géneros literarios: la poesía, la prédica, la reflexión ensayística y hasta otras novelas subsidiarias y varias comedias de enredo escritas al margen de la dramaturgia, amén de la crítica literaria que su autor pone en práctica en los prólogos que él mismo se ve conminado a escribir a falta de quien estuviera dispuesto a redactarlos. Carlos Fuentes dice que "Cervantes unió todos los géneros literarios previos -épica, picaresca, novela de amor, relato pastoril, novela morisca- para crear un género de géneros abarcador, incluyente, en el que tuvieran cabida todos los sueños, la memoria, los deseos, las imaginaciones, las debilidades y las fortalezas del ser humano." Y considera que, con posterioridad al Quijote, "el género se fue adelgazando hasta llegar a la anorexia por una exigencia de pureza mal avenida con la impureza radical del género." Por fortuna, la novela ha podido recuperar en nuestros tiempos la impureza que le otorgó Cervantes. Es en sí misma un género sucio, que se nutre de la vida con todas sus aspiraciones, sí, pero también con todas sus lacras y sus inmundicias.

Lo paradójico es que el Quijote, que se insubordina a cualquier canon posible, establece al mismo tiempo el canon indiscutible de la literatura de nuestra lengua.

Podría decirse que cualquier experimento narrativo o cualquier intento de ruptura de la tradición en busca de la modernidad ya están prefigurados en el Quijote. Si el fundamento del canon cervantino no es otro que la insubordinación a todo canon y ese canon sigue vigente, la novela ha cifrado su originalidad y su valor en tal iconoclasia. Y no sólo porque admita la concurrencia de varios géneros en su seno, como ocurre en el Quijote, sino por su renuencia radical a ubicar los géneros literarios en compartimentos estancos.

En la llamada literatura del yo, ha tenido preeminencia la poesía lírica. El poeta habla de sí mismo y de sus ensoñaciones. Y a nadie le extrañaría que, en una circunstancia como esta, el poeta se refiriera a su propia poesía. Pero la literatura del yo también se ejerce en la prosa -en el ensayo, la novela, la memoria, que son los géneros, entremezclados hasta la promiscuidad, en los que mi voz ha querido perseverar. A mi propia obra habré de referirme en esta alta ocasión. También hubiera querido hablar de otros asuntos: del tardío advenimiento de la novela en América con El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, cuya publicación en 1816, cuando ya se ha iniciado la revolución de Independencia en México, le confiere al género literario su condición de género libertario preconizada por Cervantes; del proceso de desespañolización, según el impetuoso término acuñado por Ignacio Ramírez tras la independencia política de mi país, que pretendió articular una literatura propia en una lengua que inopinadamente se sintió ajena cuando, sin ella, ni México, ni ningún otro país hispanoamericano, habría podido configurar su nacionalidad; del retorno de las carabelas, como el escritor peruano Luis Alberto Sánchez llamó a la influencia del modernismo, encabezado por el nicaragüense Rubén Darío, en la Generación española del 98 y que podría aplicarse también a la riqueza narrativa del llamado boom de la novela latinoamericana, que repercutió significativamente en la literatura española de la transición democrática. Pero no. Sólo manifestaré, en esta mera enunciación de temas que me hubiera gustado desarrollar, que la nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas, que le son inherentes. Con sus propias peculiaridades, en cierta medida derivadas de las culturas antiguas, en las que se ha intentado sobreponer la retrotopía del paraíso perdido, México es parte sustancial de lo que Carlos Fuentes denominó felizmente "el territorio de la Mancha"... Me limitaré entonces a hablar, con cierto pudorcillo desmañado, de mi propia obra literaria, porque es ella, a fin de cuentas, la que me ha traído hasta este paraninfo.

En principio, mis obras responden a los géneros del ensayo, la novela, la crónica o la memoria, como tradicionalmente se han denominado, pero ninguna de ellas se ha quedado encerrada en el sitio que la clasificación genérica les ha adjudicado. Mis presuntas novelas mucho tienen del centauro de los géneros, como Alfonso Reyes definió el ensayo por la concomitancia en su discurso de la inteligencia rectora y la imaginación bravía. Pero también hospedan en sus páginas la crónica, la confesión, la remembranza. Es el caso de las que integran la saga titulada, no sin ironía, Una familia ejemplar, a saber: Tres lindas cubanas, El metaly la escoria y Los apóstatas. Me concentraré en ellas porque en esa trilogía me parece que se articula lo que podría llamarse una poética narrativa.

Siempre había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y conocerme a mí mismo, porque nadie sabe bien a bien quién es si no sabe de dónde viene. Por lo poco que conocía de mis antepasados próximos -y sobre todo por lo mucho que de sus historias me habían ocultado deliberadamente en casa-, intuí que sus vidas eran novelables, como bien mirada, cualquier vida lo es. Pero las suyas quizá todavía más por la dimensión histórica que fueron cobrando sus involuntarias hazañas.

Tan pronto empecé a averiguar por mi propia cuenta los pasajes más determinantes de sus biografías, advertí que casi todos ellos habían desempeñado, sin sospecharlo siquiera, un papel épico en el transcurso de sus días. Y esa condición épica, que en su momento adoptaron con naturalidad y sin conciencia, era susceptible de ser contada en clave novelística. Pensé que aquellas personas, convertidas en personajes merced al artificio de la literatura, podrían ser trascendentes no sólo para mí y los míos por tratarse de nuestra propia estirpe, sino para cualquier lector capaz de vivir como suyas sus convulsivas historias: historias de migración y de exilio; de bonanzas ubérrimas y latrocinios arteros; de vicios inconfesables y amnesias enajenantes; de obsesiones satánicas y luchas revolucionarias. Unos habían sufrido los trastornos generados por la Revolución mexicana o la Guerra civil española, otros habían abrazado la causa de le Revolución cubana o, proscritos por el nuevo régimen, habían tenido que emprender el camino de la diáspora. Alguno más había participado en la gesta de la Revolución sandinista que destapó una Nicaragua tan violentamente dulce, como la calificó Cortázar sin que la vida le hubiera dado la oportunidad de asistir a su conversión en una oprobiosa dictadura.

Durante mucho tiempo me di a la tarea de indagar sobre aquellas ramas que por razones puritanas habían sido podadas de mi árbol genealógico y por las que mi curiosidad infantil hubiera querido encaramarse.

A lo largo de los muchos años de escritura de la saga, la literatura se fue enseñoreando de la historia de mi familia hasta avasallarla por completo.

Liberado de las exigencias de la veracidad histórica, le di cabida a la imaginación literaria: modifiqué nombres, fechas, parentescos; suprimí de un plumazo personajes anodinos para la literatura por más que hubieran sido relevantes para la vida familiar, de igual manera que engendré otros que se desplazaron por mis páginas con la misma naturalidad que si hubieran transitado por la historia. La escritura se pobló de hipérboles, falacias, invenciones, lo que, paradójicamente, me permitió hacer calas más profundas en aquella historia original. 9 Porque la ficción puede llegar adonde la veracidad histórica se detiene como delante de un precipicio. Y es que la novela tiene la potencia de ampliar las escalas y las categorías de la realidad. No se limita a contar lo que los seres humanos hacen, dicen o piensan, sino que incorpora a su discurso lo que recuerdan, lo que imaginan, lo que sueñan... todo aquello que forma parte de su realidad, entendida en un sentido amplio e incluyente. Y al mismo tiempo, la realidad, ensanchada por la imaginación que la subvierte y por el verbo que la recrea, se despliega con mayor amplitud y se revela con mayor hondura.

En el proceso de escritura, les fui suministrando a mis novelas en ciernes los datos que había podido recabar a propósito de la historia ancestral de mi familia: documentos de toda índole -actas, testamentos, fotografías, recortes de periódicos y hasta recetarios de cocina. Consulté hemerotecas y archivos históricos, realicé viajes de estudio a varios países, entrevisté a decenas de testigos sobrevivientes, leí intrusivamente cartas que no estaban dirigidas a mí, profané diarios íntimos que habían hecho las veces de confesionarios... Y de manera milagrosa, la novela misma los fue procesando conforme yo escribía y acabó por devolvérmelos a mí, su autor, convertidos en un discurso que leí, sorprendido por las revelaciones que la novela misma me proporcionaba. Mis novelas me han dado a conocer sucesos pavorosos de los que yo no tenía noticia ni la más mínima sospecha antes de escribirlas: adulterios escondidos, homicidios encubiertos, abusos pederastas. Sí, la novela es el género indagatorio por excelencia. Y ejercerlo es una aventura de alto riesgo.

Nunca he adoptado ninguna consideración teórica previa a la escritura. Decía Maurice Blanchot que escribir una novela es como lanzarse al mar sin cera en los oídos y estar dispuesto a oír el canto de las sirenas. Puedo conocer el lugar del que zarpa mi embarcación, pero ignoro cuál puede ser mi puerto de llegada, si es que llego a puerto y no me quedo varado en medio del piélago, seducido y hechizado por alguna Circe que me retenga en una isla y me impida continuar la travesía.

Después de veinte años de navegación, por fin atraqué en la Ítaca de mis antepasados.

Yo no conocí a ninguno de mis cuatro abuelos. Pero sé que el padre de mi padre salió de un caserío llanisco de Asturias, a mediados del siglo XIX para "hacer las Américas" cuando apenas era un mozalbete de dieciséis años. Se estableció en México y al cabo de un tiempo de esfuerzos denodados y muchas privaciones, pudo casarse con una mujer mexicana con la que fundó la estirpe de la que procedo. Gracias a la novela que escribí sobre los avatares de su historia, lo conozco mejor que si lo hubiera conocido en vida.

Mi abuela materna nació en La Habana cuando Cuba, "La Perla de las Antillas", era todavía una de las provincias españolas de ultramar. Se dice que ella bordó la estrella de la primera bandera cubana de su incipiente y malhadada independencia. En la novela que escribí sobre 11 sus tres hijas -una de ellas, mi madre- no quise dar cuenta de aquel memorable episodio. Habría ido en detrimento de la credibilidad. De la misma manera que la literatura me permite contar como verdadero lo que no ocurrió, aunque hubiera podido ocurrir, me desaconseja relatar como verdad lo que, habiendo sucedido, no pasa la criba de la verosimilitud literaria.

A pesar de sus muchas ocupaciones, mi madre siempre encontró tiempo para leer novelas. Tanto disfrutaba la lectura, que una vez, cuando un hermano mío estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte a causa de una feroz peritonitis, le prometió a la Virgen del Perpetuo Socorro, de la que era devota, que dejaría de leer novelas durante cinco años, si lo salvaba. Ese era el mayor sacrificio que podía ofrecer. Mi hermano sobrevivió y ella cumplió su promesa con religiosa disciplina. Al cabo de cinco años pudo recuperar lo que más le deleitaba, su enorme gusto por leer novelas. A destiempo la comprendo, aunque yo no tenga su fe ni tendría el arrojo de hacer tamaño sacrificio.

Mi padre le escribió una carta de amor a mi madre todos los días, aunque ambos estuvieran en casa. Todavía lo puedo ver, sentado en su escritorio, escribiendo sus cartas cotidianas, rumiando sus nostalgias e inventando artilugios que nunca alcanzarían la bendición de la patente o que ya eran moneda de uso corriente en otras partes y aun en otros tiempos sin que él se hubiera enterado siquiera. Igual que yo ahora, que me paso la vida, sentado en mi escritorio, con los pies metidos debajo de las patas delanteras de la silla para no caer en la tentación de levantarme y abandonar la tarea, escribiendo lo que acaso, sin yo saberlo, ya escribieron otros.

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Miguel, mi hermano mayor, que me llevaba 22 años, los mismos que le llevo yo a mi primogénito, me adoptó como hijo suyo cuando yo era niño, para contrarrestar la senectud de mi padre. Algunas tardes me invitaba a su habitación, que era menos un dormitorio que una biblioteca, y me hacía aprender de memoria frases rimbombantes que tendría que decir en voz alta cuando llegara a casa alguna novia suya. Entonces me tomaba de los codos, me subía a la mesa del comedor y me preguntaba con un guiño de complicidad: Gonzalo, ¿hasta dónde me quieres? Y yo le respondía delante de la novia, te quiero más allá de la Cólquida donde Jasón y los argonautas buscaron el vellocino de oro; te quiero hasta la más lejana estrella de la Vía Láctea, te quiero hasta el último confín del universo. Yo, por supuesto, no sabía quién era el tal Jasón, ni qué era la Vía Lactea ni qué significaba la palabra confín. Pero mis respuestas suscitaban el aplauso de la pequeña concurrencia y me otorgaban una singularidad en esa familia regida por el precepto equitativo de mi madre con el que gobernaba a su prolífica descendencia: "todos mis hijos son iguales." La novia quedaba seducida y yo, diferenciado de todos mis hermanos. Creo haber sabido desde entonces que en la palabra se cifraba mi destino.

He dedicado toda mi vida a la palabra. Como escritor que acaso habla más de lo que lee que de lo que vive; como profesor que no ha tenido mayor placer que contagiar el entusiasmo por la literatura a las muchas generaciones de alumnos que han pasado por sus aulas; como "aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles" que ha formado una generosa biblioteca con los libros que ha podido adquirir o trasegar desde cada uno de los países por los que ha viajado; como académico de la lengua enamorado del organismo vivo y cambiante que estudian él y sus colegas; como editor que ha tenido el privilegio de convertir un manuscrito en un libro vivo y circulante como la sangre. Por eso, cuando alguien me pregunta que cuál es la palabra que más me gusta de la lengua española, le respondo que la palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra.



Una narración deslumbrante que logra reconstruir con las armas de la literatura el itinerario de una familia que encarna como pocas la historia reciente de México.
En 1874, Emeterio decide emigrar a México en busca de fortuna, y se despide de sus padres en una perdida aldea de Asturias. En México, su trayectoria le llevará de mozo de tienda, que duerme bajo el mostrador, a dueño de un emporio de establecimientos de bebidas alcohólicas. Pero sus esfuerzos exitosos en los negocios no se verán recompensados por la labor de sus hijos, que despilfarrarán la fortuna en una vida disipada con continuos viajes a Madrid, ni por sus hijas, condenadas a un papel secundario en una sociedad machista. Cuando uno de sus nietos, en la tercera generación, retome la iniciativa económica tendrá que enfrentarse con una amenaza inesperada y devastadora: la pérdida de la memoria.

EVERNESS

Solo una cosa no hay, es el olvido. 
Dios, que salva el metal, salva la escoria 
y cifra en Su profética memoria 
las lunas que serán y las que han sido. 

Ya todo está. Los miles de reflejos 
que entre los dos crepúsculos del día 
tu rostro fue dejando en los espejos 
y los que irá dejando todavía. 

Y todo es una parte del diverso 
cristal de esa memoria, el universo; 
no tienen fin sus arduos corredores 

y las puertas se cierran a tu paso; 
solo del otro lado del ocaso 
verás los Arquetipos y Esplendores. 

Jorge Luis Borges 

La vida no ha terminado: todavía hay 
esperanzas para el olvido. 

Juan Carlos Onetti, La vida breve


jueves, 23 de abril de 2026

LIBRO "ANTONIO GAUDÍ": LA PALABRA EN LA PIEDRA. Los símbolos y el espíritu de la Sagrada Familia por Jean-Paul Hernández SJ ⛪➕

 ANTONIO GAUDÍ:

Los símbolos y el espíritu 
de la Sagrada Familia

La Sagrada Familia es mucho más que el principal reclamo turístico de Barcelona. Es un poderoso mensaje oculto, una vibrante «homilía en piedra» diseñada por el genio Antoni Gaudí. Descubre los misterios que esconden las sobrecogedoras fachadas de la Natividad y la Pasión. Adéntrate en el significado real de su asombroso bosque interior y sorpréndete con el innovador trencadís, elaborado de forma revolucionaria con pedazos de baldosas rotas y materiales de desecho. El jesuita Jean-Paul Hernández nos revela las motivaciones profundas, la intensa aventura mística y el rotundo compromiso social de un artista que elevó a los trabajadores a protagonistas de la belleza y que decidió convertirse en un auténtico «monje en la ciudad». En un momento histórico en el que el complejo religioso se acerca más a su esperada culminación, esta es una guía absolutamente imprescindible para creyentes, amantes del arte y todo aquel que quiera dejarse transformar por una de las catequesis en piedra más deslumbrantes del mundo.
“La Belleza es el resplandor de la Verdad” Antoni Gaudí.

A veces pasamos por la vida con la mirada pegada al asfalto, olvidando que justo encima de nosotros sucede un milagro diario: el árbol buscando la luz. No es un esfuerzo agónico, sino una orientación vital, un instinto de supervivencia que se convierte en danza.
Para Antoni Gaudí (del que el 10 de junio se cumplen 100 años de su muerte), ese movimiento no era simple biología. Era el rastro de un Creador que se comunica en el lenguaje de las formas orgánicas.

Gaudí entendió que las leyes de la física —la gravedad, el equilibrio de una parábola, la resistencia de un tronco— son, en realidad, pensamientos de Dios. Al observar un árbol, no veía solo madera; veía una lección de sencillez y firmeza.
Como bien explora Jean-Paul Hernández en “La Palabra en la piedra” (publicado en el sello Mensajero), Gaudí no pretendía ser un innovador rompedor por ego, sino un traductor humilde. Su arquitectura es un intento de volcar en la piedra el susurro de Dios que él escuchaba en el bosque.

Y por eso, la Sagrada Familia es una homilía en piedra. Hernández nos recuerda que Gaudí bebía de fuentes profundas: la Biblia y la liturgia (especialmente a través de Dom Guéranger). Cada columna, cada capitel y cada vitral no están ahí por estética, sino por corazón. Y uno entregado casi por completo a Dios.
Al final, todos estamos llamados a ser un poco como la Sagrada Familia: obras en construcción, a veces incompletas y rodeadas de andamios, pero destinadas a ser un reflejo de la luz divina en medio del mundo.

Gaudí busca aproximar el Cielo y la Tierra, recrear la Jerusalén Celeste cimentada sobre la presencia de la Trinidad en el plan divino de la salvación, y sintetizar todo ello, en la forma simbólica suprema del templo (Puig, 2011: 47-49). 
La clave simbólica básica del interior la proporcionó el propio Gaudí al afirmar con sus palabras lo siguiente: Será como un bosque […] la decoración de las bóvedas serán hojas, en las cuales se verán los pájaros propios de la tierra. Los pilares de la nave principal serán palmeras; son los árboles de la gloria, del sacrificio y del martirio. Los de las naves laterales serán laureles, árboles de la gloria, de la inteligencia […] Las formas helicoidales son infinitas, se encaraman hacia arriba, sin acabar, como la eternidad. Así serán los pilares de la Sagrada Familia. (Giralt-Miracle, 2012: 216)

Gaudí aspiraba a convertir la Sagrada Familia en una suprema síntesis de teología cristiana, geometría, naturaleza y espíritu, con el sueño, según las palabras del teórico ya mencionado Armand Puig (2011: 217): 
“el sueño de la totalidad, como el Raimundo Lulio del Ars Magna, como el Dante de la Divina Comedia, o como el Tomás de Aquino de la Summa Theologica”. 
El templo es asimismo el resultado de la síntesis de innumerables formas arquitectónicas, entre ellas la de Santa Sofía de Constantinopla, las Catedrales de Reims, Tarragona, Mallorca, la iglesia de Santa María del Mar, y un largo etcétera de arquitecturas vistas, sentidas o imaginadas en el crisol de la mente Gaudiana (Puig, 2011: 218). 

Como hemos mencionado, varias dimensiones simbólicas se funden en el templo; por un lado, como ya se ha indicado recientemente, la Sagrada Familia es una figuración simbólica de la Jerusalén Celestial Apocalíptica, con la presencia de detalles interesantes que reflejan símbolos claros extraídos del apocalipsis, desde el Alfa y la Omega en la torre central dedicada a Cristo, hasta el lampadario que cuelga bajo el cimborrio central con la figura de Cristo crucificado.

Por otro lado, la Sagrada Familia se ha considerado como un himno a la presencia providencial de la Trinidad y de la propia Sagrada Familia en la naturaleza y la historia, que cristaliza en la figura suprema de Cristo como centro teológico y simbólico del templo (García Álvarez, 2017: 196). También se ha planteado por parte de algunos estudiosos, que la Sagrada Familia expresaría de forma simbólica la identidad entre el curso solar y la vida de Cristo. 

De esta manera, la fachada del Nacimiento está dirigida hacia Oriente, quedando iluminada por el sol naciente, al contrario que la la fachada de la Pasión orientada hacia Poniente, del modo que la mortecina luz solar del atardecer expresaría el luto por la muerte de Jesús (Torii, 1983: 131). Consideramos de gran importancia enfatizar en esta fachada porque, aunque se sabe que Gaudí no pudo contemplar su materialización plena, el mismo deja constancia sobre la intensidad con la que concebía la fusión simbólica entre la materia y la idea, en un esclarecedor testimonio al también arquitecto Joan Bergós:

Puede ser que alguien encuentre demasiado extravagante esta fachada, pero yo querría que llegara a dar miedo, y, para conseguirlo, no escatimaré el claroscuro, los elementos salientes y los vaciados, todo lo que resulte del más tétrico efecto […] Es más, estoy dispuesto a sacrificar la misma construcción, a romper, a cortar columnas, con el objetivo de dar una idea de como es de cruento el edificio. (Giralt-Miracle et alt, 2012: 198).

El templo también puede valorarse como la pura naturaleza hecha arquitectura, en donde se exhibe naturaleza local y mediterránea con toda clase de especies que, como una expresión de esa naturaleza local, quedan exaltadas y glorificadas por su presencia en el templo del espíritu. Elementos como las torres están dedicadas a los doce apóstoles, los Evangelios, la Virgen y Cristo (Puig, 2011: 77); dichas estructuras se elevan como si se trataran del resultado de los movimientos tectónicos que, en sus orígenes, produjeron la elevación de esa montaña sagrada en el pensamiento del arquitecto, Monserrat, pero también nos recuerdan subliminalmente, el resultado de elevar a una escala monumental, la forma natural del crespinell, la planta salvaje ya mencionada con anterioridad cuyo sencillo perfil se funde con la forma final del templo. 

Los remates de la propias torres, suponen una de las manifestaciones definitorias de la fusión simbólica de naturaleza, geometría, imaginación y espíritu; nos resulta difícil imaginar como es posible condensar en un espacio tan limitado, una cantidad de tales estructuras geométricas que sirvan de soporte a esos simbolismos naturales, imaginarios y espirituales, algo que para una mente contemplativa de la visión trascendental de nuestro arquitecto, sirve para referenciar como broche final, la grandeza de su legado artístico y personal.

Gaudí 

Fuiste enviado a este mundo para crear 
Quizás más de un tormento tuviste que pasar 
Tu genialidad artística quisiste dejar 
Realizaste una obra para recordar 

El mundo contemplabas de una manera diferente 
Para ti la naturaleza fue siempre alma latente 
Tu fe te convirtió en un devoto creyente 
Para ti un simple vistazo a la vida no fue suficiente 

Alzaste con tu dominio el Nacimiento 
Esculpiste con tu talante la Gloria 
Erigiste con tu saber la Pasión 
Alcanzaste una divina inmortalización.




sábado, 4 de abril de 2026

"JESÚS, EL NOMBRE SOBRE TODO NOMBRE" y "LENGUA DE DISCÍPULO"

"El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado". Isaías 50,4-7

Lengua de discípulo

Saber decir al abatido
una palabra de aliento.
Saber mirar su dolor,
y adivinar los resquicios
por donde se abre un mañana.
Saber curar sus heridas
con discreción y paciencia.
Saber aquietar desvelos
mostrando una paz posible.
Saber sembrar, en su tierra,
las semillas de una vida
que se yergue, vencedora.
Saber amar, en silencio,
las flaquezas y desgastes,
las roturas y cansancios.
Saber contar que el Amor
ni se rinde, ni abandona
nuestro barro.

(José María R. Olaizola, s.j)
"Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre". Filipenses (2,6-11)
JESÚS, EL NOMBRE SOBRE TODO NOMBRE

El Nombre Sobre Todo Nombre

martes, 13 de enero de 2026

"ANTISEMITISMO, LA INTIFADA DE LAS PALABRAS" por DANI LERER 👿👥💣💥💀

Antisemitismo, 
la intifada de las palabras
El antisemitismo no empieza con balas. No irrumpe de golpe con bombas, un cuchillo o un fusil. El antisemitismo empieza mucho antes, de manera bien planificada y, por eso mismo, más peligrosa: empieza con palabras.
Empieza cuando se normalizan discursos que deshumanizan. Cuando se reciclan viejas mentiras con un lenguaje nuevo y aceptable. Cuando el odio se presenta como conciencia social, como militancia moral o como supuesto compromiso con los derechos humanos. Empieza cuando se llama a una “intifada global” como si fuera una consigna abstracta, casi poética. Pero la intifada nunca fue una metáfora: es violencia, es terrorismo, es muerte.
La feroz ola de antisemitismo que atraviesa hoy a Occidente no es casual ni espontánea. No es el resultado de un “clima social” difuso. Es la consecuencia directa de años de ingeniería social cuidadosamente diseñada y financiada, con Qatar como uno de sus principales impulsores, y ejecutada por una alianza antinatura: el Islam radical y la izquierda woke, unidos por un enemigo común, el Estado de Israel y el pueblo judío.

Esta alianza encontró en el lenguaje su principal arma. Universidades, parlamentos, organizaciones sociales, medios de comunicación y redes sociales fueron colonizados por un relato que no busca la paz ni la justicia, sino la demonización sistemática de Israel. Bajo el rótulo de “antisionismo”, se promueve en realidad la negación del derecho del único Estado judío a existir.
Y no se trata de expresiones marginales. Diputados, legisladores y referentes políticos repiten sin pudor consignas que llaman abiertamente a la desaparición del Estado de Israel. No hablan de fronteras, ni de políticas, ni de gobiernos: hablan de borrar del mapa a un país entero. Eso no es crítica política. Es odio ideológico.

El antisionismo contemporáneo es el nuevo disfraz del antisemitismo clásico. Cambia el vocabulario, pero conserva el objetivo. Señalar al judío como opresor absoluto, como mal encarnado, como culpable colectivo. Y cuando ese discurso se legitima desde bancas legislativas, cátedras universitarias o tribunas militantes, la violencia deja de ser una excepción para convertirse en una consecuencia previsible.
Nada de lo que vemos hoy ocurre en el vacío. Los atentados terroristas antisemitas, los ataques a sinagogas, escuelas y personas judías en distintas partes del mundo son el punto final de un proceso que empieza con palabras. Palabras repetidas, amplificadas y protegidas por el silencio cómplice de quienes prefieren no incomodar a sus propias filas ideológicas.

La historia es clara y brutal al respecto: cada vez que el antisemitismo fue tolerado en el discurso público, terminó expresándose en sangre. Cada vez que se permitió que el odio avanzara bajo la excusa de la libertad de expresión, el resultado fue violencia.
Combatir el antisemitismo no es una cuestión de seguridad, sino de coraje moral. De animarse a decir lo que muchos saben y pocos se atreven a afirmar: que los discursos de odio matan, que la intifada empieza en las palabras y que quienes hoy la promueven desde la política y la militancia cargan con una responsabilidad directa sobre lo que vendrá después.

Porque cuando el odio se normaliza, el terror no sorprende. Se anuncia. Y ya lo estamos escuchando.

martes, 28 de octubre de 2025

LIBRO "TIERRA NUESTRA" y "LÉXICO y REFRANERO" EN LA OBRA DE SAMUEL DARÍO MALDONADO VIVAS

TIERRA NUESTRA


Samuel Darío Maldonado Vivas tenía 49 años cuando terminó de escribir "Tierra Nuestra", en la población de Tucupita, Venezuela,  en el año 1919, capital del Territorio Delta Amacuro donde fue gobernador durante dos años. El libro, considerado una novela enciclopédica, narra y describe lo que es la selva, la recolección de la sarrapia y la geografía del río Caura. Otros autores consideran que se trata de un texto autobiográfico por su estilo narrativo. Escrito en forma de charla, está poblado de comentarios en torno a diversos temas científicos y humanísticos. Incluye también relatos de experiencias con sus amigos, registros de sus lecturas y cientos de referencias amorosas al territorio, cuyos problemas y necesidades le preocupaban. 
"Tierra nuestra" cuenta con tres ediciones: la primera de 1921 publicada por el autor. La segunda, editada el año 1960 por la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, a propósito del año cuatricentenario de San Cristóbal. Y la última del año 1970, una edición de la Presidencia de la República como parte de la celebración del centenario del nacimiento del autor.


El Reverendo Padre Pedro Pablo Barnola, ilustre y eminente Director de la Academia Venezolana dé la Lengua, correspondiente de la Real Española, escribió en el magnífico prólogo que redactó para la edición de "Tierra Nuestra", de Samuel Darío Maldonado, publicada por la Presidencia de la República, con motivo del centenario del nacimiento de aquel ilustre escritor, las siguientes palabras: 

"Pero una de las cosas que sí parece muy clara es que poseía un conocimiento y una práctica admirables de la lengua castellana. Tal vez sea uno de los aspectos más importantes que deba prestarse a un estudio detenido de las páginas de este libro... Fue generoso en el uso de los términos criollos, tanto de los que él llama provincialismos -voces populares de legítimo uso, aunque entonces no registradas en el Diccionario-, como también de palabras originarias de nuestras diversas lenguas indígenas... 
Y todavía queda otro notable filón de gran interés cultural y lingüístico: 
el concerniente a los refranes, adagios y dichos populares, no pocos de pura extracción criolla, los cuales acuden con increíble facilidad a la pluma de Maldonado, y matizan muy expresivamente muchas de sus páginas. Ojalá que esta reedición de Tierra Nuestra despertara en algún estudioso de estas materias el interés de recoger, catalogar y estudiar esta parte del tesoro de nuestra sabiduría popular, de nuestro refranero, contenido en estas páginas".

Aunque sin méritos en el campo filológico Y lingüístico; me he atrevido a corresponder a la insinuación del Padre Barnola en lo que atañe al material léxico y al de los decires y· refranes de Tierra Nuestra, de Samuel Darío Maldonado. Cuidadosamente he seleccionado ese precioso material lexicográfico con el propósito de analizar cada palabra y buscarle su posible etimología, así como al refranero y a los decires su procedencia histórica.  Aspiro a contribuir con este trabajo al conocimiento y significado de muchas palabras criollas,  especialmente las de uso en los Andes venezolanos, pues como el propio Padre Barnola lo dice en su prólogo: 

"Es posible que algunos de éstos y otros vocablos estén en uso en el habla tachirense, tan rica en voces castellanas poco conocidas en otras regiones. de Venezuela".

Caracas, junio de 1972.
TULIO CHIOSSONE


En Ureña, Táchira, Venezuela, nació el 7 de febrero de 1870 un hombre que marcaría la historia venezolana: Samuel Darío Maldonado Vivas. Médico, escritor, antropólogo y reformador social, su vida fue una constante búsqueda por el conocimiento y el progreso del país. 🩺📚
Graduado como Doctor en Ciencias Médicas en 1893, llevó su talento desde los hospitales del Táchira y Cúcuta hasta los más altos cargos del Estado. Fue Ministro de Instrucción Pública, fundador de la Oficina de Sanidad Nacional, gobernador del Amazonas y Delta Amacuro, y senador de la República. Su visión moderna sentó las bases de la salud pública y la educación venezolana. 🏛️✨
Pero también fue un intelectual brillante y pionero de la antropología, apasionado por el estudio de los pueblos indígenas y autor de obras que dejaron huella, como Tierra Nuestra (1920), donde mezcló poesía, reflexión y ciencia. 🌿✒️
Falleció en Caracas el 6 de octubre de 1925, a los 55 años. Su legado sigue vivo como ejemplo de vocación, sabiduría y servicio a la nación. 💫
🎧 Conoce su historia y descubre por qué Samuel Darío Maldonado fue mucho más que un médico: fue un hombre adelantado a su tiempo.


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Tierra Nuestra Samuel D Maldonado 1920 by juan.carlos.ramirez


Lexico Refranero Tierra Nuestra by LESTER-RUBIO