EL Rincón de Yanka: CONCEPTOS

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

LIBROS "LAS 48 LEYES DEL PODER" por ROBERT GREENE y "PRINCIPIOS DEL PODER" por SERGIO HORACIO FELER


PRINCIPIOS
DEL   PODER

Libro I: Éxito y Felicidad

Volumen I: Poder Interior

Sergio Horacio Feler

Introducción

El libro en tus manos es un compilado de “Principios” básicos, pero poderosos. Son ideas profundas, que funcionan como herramientas mentales prácticas para pensar y actuar con inteligencia.

No vienen a decirte cómo vivir, sino a mostrarte caminos posibles. No buscan que admires, sino que te transformes. Están escritos para generar impacto, no para complacer.

Estos surgen de la síntesis e integración de disciplinas esenciales como la economía, la filosofía, la psicología y las finanzas. También se nutren de las enseñanzas de figuras como Aristóteles, Charlie Munger, Maquiavelo, Sun Tzu, Ayn Rand, Adam Smith, Warren Buffett y Daniel Kahneman, entre otros.

Aclaración: Tenga el lector presente que estos “Principios” no son recetas universales, son generalizaciones que admiten excepciones, y deben ser usados como mapas, no como mandatos. Con ellos no pretendo tener la verdad absoluta ni decirle a nadie cómo vivir; pero me complace si ayudan a otras personas.

Gracias por leer.


Izquierda y derecha sirven para orientarnos políticamente. El problema empieza cuando creemos que explican todo.
Más Estado no significa automáticamente izquierda. Mercado no significa automáticamente derecha. El populismo puede aparecer en ambos lados. También el autoritarismo.
Y quizás el error más interesante sea creer que dos movimientos son necesariamente opuestos porque se ubican en extremos distintos del mapa político.
Las etiquetas ayudan. Hasta que empiezan a pensar por nosotros.


LAS 48 
LEYES DEL 
P
O
D
E
R


Una guía diseñada para mostrarle al lector cuáles son las cualidades personales que se deben de tener para alcanzar el poder en términos sociológicos, un método práctico para todo aquel que quiera conseguir el poder, observe el poder, o tenga que defenderse del poder. La obra contiene temas y elementos de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y ha sido comparado con el clásico de Sun Tzu, El arte de la guerra. Para explicar sus leyes y cómo estas se deben de ejecutar, el autor utiliza como ejemplo las estrategias, los aciertos y desaciertos de personajes históricos famosos como Julio César, Haile Selassie  I, Napoleón Bonaparte, Carl von Clausewitz, Isabel I, Henry Kissinger, Pancho Villa, P.  T.  Barnum, Mao Zedong y muchos otros, recurriendo también a hechos reales importantes de la historia universal.

El libro es una guía diseñada para poder mostrarle al lector cuáles son las "cualidades personales" que se deben de tener para alcanzar el poder en términos sociológicos, un método práctico para todo aquel que quiera conseguir el poder, observe el poder, o tenga que defenderse del poder. La obra contiene temas y elementos de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y ha sido comparado con el clásico de Sun Tzu, El arte de la guerra.

Para explicar sus leyes y cómo estas se deben de ejecutar, el autor utiliza como ejemplo las estrategias, los aciertos y desaciertos de personajes históricos famosos como Julio César, Haile Selassie I, Napoleón Bonaparte, Carl von Clausewitz, Isabel I, Henry Kissinger, Pancho Villa, P. T. Barnum, Mao Zedong, Lope de Aguirre y muchos otros, recurriendo también a hechos reales importantes de la historia universal. El libro contiene 48 capítulos, uno dedicado a cada ley, y cada ley posee su propia transgresión, observación y regresión.

CLAVES PARA ALCANZAR EL PODER 

El animal humano se distingue por su constante creación de formas. Al expresar muy raras veces sus emociones de manera directa, le da forma a través del lenguaje o rituales socialmente aceptables. No podemos comunicar nuestras emociones sin algún tipo de forma. Sin embargo, las formas que creamos cambian de manera constante: en moda, en estilo, en todos los fenómenos humanos que representan el humor y el estado de ánimo del momento. Constantemente alteramos las formas que hemos heredado de las generaciones previas, y estos cambios son signos de vida y vitalidad. La verdad es que las cosas que no cambian, las formas que se vuelven rígidas, terminan pareciéndonos muertas y las destruimos. Es entre los jóvenes donde se observa esto con toda claridad: incómodos con las formas que la sociedad les impone, sin una identidad formada, juegan con sus propios caracteres, probándose una diversidad de máscaras y poses para expresarse. Esa es la vitalidad que impulsa el motor de la forma y crea constantes cambios de estilo. Los poderosos son a menudo personas que en su juventud han demostrado enorme creatividad para expresar algo nuevo mediante nuevas formas. 

La sociedad les otorga poder porque ansía la renovación y la premia con generosidad. El problema surge más tarde, cuando esos jóvenes creativos se tornan conservadores y posesivos: ya no sueñan con crear nuevas formas, sus identidades están demarcadas, sus hábitos se han congelado y su rigidez los convierte en blancos fáciles. Todo el mundo conoce o intuye el próximo paso que darán. En lugar de imponer respeto, generan aburrimiento: ¡Bájese del escenario!, decimos, deseosos de que otra persona, más joven, diferente, nos entretenga. Cuando permanece encerrado en el pasado, el poderoso resulta cómico: una fruta demasiado madura que espera caer del árbol.

El poder solo puede crecer y desplegarse si es flexible en sus formas. Ser cambiante en las formas que se adoptan no significa ser amorfo, todo tiene una forma, esto es algo imposible de evitar. La no forma del poder se parece más al agua, o al mercurio, que adopta la forma de lo que lo rodea. Como cambia constantemente, nunca es predecible. Los poderosos crean formas sin cesar, y su poder proviene de la rapidez con que son capaces de cambiar. Esa carencia de forma definida está destinada al enemigo, que no puede ver lo que ellos traman y por lo tanto no disponen de un objeto sólido que atacar. Esta es la principal pose del poder: inasible, evasivo y veloz como el dios Mercurio, que podía tomar la forma que más le complacía y usaba esa habilidad para crear gran confusión en el monte Olimpo. 

Las creaciones humanas evolucionan hacía la abstracción, hacia una identidad más mental y menos material. Esta evolución se evidencia en el arte que en este siglo hizo el gran descubrimiento de la abstracción y el conceptualismo. También se lo puede ver en política, que a través del tiempo se ha vuelto menos abiertamente violenta, más complicada, indirecta y cerebral. La guerra y la estrategia han seguido este modelo. La estrategia comenzó con la manipulación de ejércitos en tierra, dispuestos en formaciones ordenadas. En tierra, la estrategia es relativamente bidimensional y es controlada por la topografía. Pero todas las grandes potencias han terminado por volcarse hacia el mar, tanto para el comercio como para la colonización. Y para proteger sus rutas comerciales debieron aprender a luchar en el mar. 

La guerra marítima requiere tremenda creatividad y capacidad de pensamiento abstracto, dado que las líneas cambian de modo constante. El capitán de navío se destaca por su habilidad de adaptarse a la literal fluidez del medio y confundir al enemigo con formas abstractas y difíciles de prever. Opera en una tercera dimensión: la mente. En tierra, la guerra de guerrillas también demuestra esa evolución hacia la abstracción. T. E. Lawrence fue quizás el primero de los estrategas modernos en desarrollar y practicar la teoría en que se basa este tipo de guerra. Sus ideas influyeron a Mao, que vio que sus escritos eran un extraño equivalente occidental del wei-chi.

Lawrence trabajaba con árabes que luchaban por defender su territorio contra los turcos. Su idea consistió en hacer que los árabes se mimetizaran con el vasto desierto, de modo de no ofrecer nunca un blanco ni reunirse nunca en un lugar. A medida que los turcos se esforzaban al tratar de combatir a ese ejército espectral, se desgastaban y agotaban, desperdiciaban energía al moverse de un lugar a otro sin obtener resultados. Eran los turcos quienes tenían la mayor capacidad de fuego, pero los árabes tomaban la iniciativa jugando al gato y al ratón, sin darles nada a que aferrarse y destruyéndoles la moral. 

«La mayoría de las guerras fueron guerras de contacto… La nuestra debiera ser una guerra de distanciamiento —escribió Lawrence—. Debemos contener al enemigo con la amenaza secreta de un vasto desierto desconocido, sin mostrarnos hasta que nos ataquen». Esta es la forma más sofisticada de estrategia. La guerra del enfrentamiento directo es demasiado peligrosa y costosa, lo indirecto y evasivo permite lograr mejores resultados a un costo mucho menor. El principal costo, en realidad, es el mental: el pensamiento y la planificación que exige alinear las fuerzas en un esquema disperso y socavar la mente y la psicología del adversario. Nada enfurecerá y desorientará tanto al enemigo como la falta de una forma definida. 

En un mundo en que las guerras de distanciamiento están a la orden del día, la no forma es fundamental. 
El primer requisito psicológico de la no forma es el de aprender a no tomar nada de manera personal. Nunca se muestre a la defensiva. Cuando actúa a la defensiva, usted muestra sus emociones y revela una forma clara. Sus adversarios se darán cuenta de que han tocado un nervio, un talón de Aquiles, y volverán a golpearlo una y otra vez. De modo que entrénese para no tomar nada en forma personal. Sea como una pelota enjabonada que nadie puede sostener: no permita que nadie vea qué es lo que lo afecta o hiere, ni cuáles son sus puntos débiles. Mantenga su rostro como una máscara sin forma y terminará enfureciendo y desorientado a sus intrigantes colegas y adversarios. 

Un hombre que supo utilizar esta técnica fue el barón James Rothschild. Como judío (SIONISTA) alemán en París, inmerso en una cultura hostil a los extranjeros, Rothschild nunca tomaba como algo personal cualquier ataque que le hicieran, ni se mostraba herido de modo alguno. Además, iba adaptándose al clima político del momento, cualquiera que fuere: la acartonada y formal restauración de la monarquía de Luis XVIII, el reino burgués de Luis Felipe, la revolución democrática de 1848, el surgimiento de Luis Napoleón, coronado emperador en 1852. 

Rothschild los aceptaba a todos y se mimetizaba con el entorno. Podía darse el lujo de parecer un hipócrita o un oportunista, porque lo valoraban por su dinero, no por su política, su dinero era la moneda del poder. Mientras se adaptaba y prosperaba, sin mostrar forma alguna por fuera, la mayoría de las otras grandes familias que al comienzo del siglo poseían inmensas fortunas se arruinaron en los complejos vaivenes sociopolíticos y económicos. Al aferrarse al pasado, se tornaban visibles. A lo largo de la historia, el estilo de gobernar por medio de la no forma fue practicado con preferencia por reinas que regían solas. Una reina se encuentra en una posición radicalmente distinta que un rey, por ser mujer, sus súbditos y cortesanos suelen dudar de su habilidad para gobernar y de su fuerza de carácter. Si se inclina por una de las partes en algún forcejeo ideológico, la acusan de actuar por motivaciones emocionales. 

Por otra parte, si reprime sus emociones y asume el papel de monarca autoritaria, al estilo masculino, despierta aún mayores críticas. Ya sea por naturaleza o por experiencia, las reinas tienden a adaptar un estilo de gobierno flexible, que a la larga se revela más poderoso que la masculina forma directa. Dos líderes femeninas que constituyen un claro ejemplo de este estilo de gobierno sin forma definida son la reina Isabel I de Inglaterra y la emperatriz Catalina la Grande de Rusia. Durante las violentas guerras entre católicos y protestantes, Isabel mantuvo un curso intermedio. Evitó alianzas que la comprometerían con una u otra parte y a la larga perjudicarían al país. Se las ingenió para mantener la paz hasta que estuvo lo bastante fuerte para enfrentar una guerra. Su reinado fue uno de los más gloriosos de la historia, gracias a su increíble capacidad de adaptación y a su ideología flexible. También Catalina la Grande desarrolló un estilo de improvisación en su gobierno.

Después de destituir a su esposo, el emperador Pedro II, y asumió el control de Rusia, nadie creyó que consiguiera sobrevivir. Pero no tenía ideas preconcebidas ni filosofías o teorías que dictaran sus políticas. A pesar de que era extranjera (alemana), comprendió la mentalidad rusa y los cambios que esta nación había sufrido a lo largo de los años. «Hay que gobernar de forma tal que el pueblo crea que son ellos mismos quienes desean hacer lo que uno les ordena», dijo, y para lograr este objetivo siempre debió anticiparse a los deseos de su pueblo y adecuarse a su resistencia. Al no imponer nunca algo por la fuerza, logró reformar Rusia en un período sorprendentemente breve. Este fluido estilo de gobierno femenino, quizás haya surgido como una forma de sobrevivir y prosperar en circunstancias difíciles, pero ha resultado muy seductor para quienes lo han ejercido. Con un gobernante fluido, la obediencia resulta bastante fácil a los súbditos, ya que se sienten menos presionados, objeto de menor coerción, menos obligados a seguir la ideología del gobernante. También abre opciones en las cuales la adherencia a una doctrina los aísla. No comprometerse con un sector determinado permite al gobernante usar a un enemigo contra el otro. 

Las normas rígidas podrán parecer fuertes, pero con el tiempo su inflexibilidad crispa los nervios y los súbditos encuentran formas de sacar de escena a esos soberanos. Los gobernantes flexibles, sin forma definida, serán muy criticados pero perduran, y con el tiempo la gente termina identificándose con ellos, dado que son como sus súbditos: cambiantes frente a los cambiantes tiempos, abiertos a las circunstancias. A pesar de trastornos y demoras, el estilo de poder permeable y flexible, es en general el que triunfa, así como Atenas prevaleció sobre Esparta gracias a su dinero y su cultura. 

Cuando usted se encuentre inmerso en un conflicto con alguien más fuerte y más rígido permítale una victoria temporal. Simule inclinarse ante su superioridad. Luego, prescindiendo de una forma definida y adecuándose, conquiste poco a poco el alma del rival. De esta manera lo sorprenderá con las defensas bajas, porque quienes son rígidos, están siempre a la defensiva para repeler golpes directos, sin reparar en que eso los torna indefensos ante lo sutil y lo insinuante. Para tener éxito con este tipo de estrategia es necesario convertirse en camaleón: adecuarse por fuera mientras se doblega al enemigo desde adentro. 

Durante siglos, los japoneses aceptaron graciosamente a los extranjeros y se mostraron susceptibles a las culturas e influencias foráneas. João Rodríguez, un sacerdote portugués que llegó a Japón en 1577 y vivió allí muchos años, escribió lo siguiente: «Estoy pasmado ante la disposición de los japoneses a probar y aceptar todo lo que sea portugués». Veía en las calles a los japoneses, vestidos con ropa portuguesa, con rosarios alrededor del cuello y crucifijos sujetos a los cinturones. Podrán parecer una cultura débil y mutante, pero la adaptabilidad de Japón fue lo que protegió al país de que se le impusiera una cultura extranjera a través de una invasión militar. Sedujo a los portugueses y a otros occidentales y les hizo creer que los japoneses cedían a una cultura superior, cuando en realidad la cultura extranjera no era más que una moda que se usaba y luego se descartaba. Bajo aquella superficie de adaptación prosperaba la verdadera cultura japonesa. Si los japoneses hubiesen sido rígidos e intentado defenderse de toda influencia extranjera, podrían haber sufrido las heridas que Occidente le infligió a China en sucesivas guerras. 

Este es el poder de la no forma: no ofrece al agresor nada que agredir. En la evolución de las especies, la dimensión excesiva es a menudo el primer paso hacia la extinción. Lo que carece de movilidad y además necesita alimentarse constantemente. Los poco inteligentes suelen ceder a la tentación de creer que el tamaño es símbolo de poder. 

En el siglo 483 a. C. el rey Jerjes de Persia invadió Grecia, creyendo poder conquistar el país con una sola y rápida campaña. Después de todo, él disponía del ejército más grande que se hubiese reunido jamás para una invasión, estimado por el historiador Herodoto en más de cinco millones de hombres. Los persas proyectaban construir un puente por sobre el Helesponto para invadir Grecia por tierra, mientras su armada, igualmente inmensa, retenía a los buques griegos en el puerto e impedía que sus fuerzas escaparan por vía marítima. El plan parecía perfecto, pero mientras Jerjes preparaba aquella invasión, su asesor Artabano le advirtió de sus temores: 
«Las dos potencias más poderosas del mundo están contra ti». 
Jerjes se echó a reír: ¿qué potencia podía compararse con su inmenso ejército? «Te diré cuáles son —contestó Artabano—. La tierra y el mar». No había puertos seguros lo bastante grandes para albergar la flota de Jerjes. Y cuanto más tierra conquistaran los persas, más se estirarían sus líneas de abastecimiento y mayor y más deficitario sería el costo de alimentar al inmenso ejército. Creído de que su consejero era un cobarde, Jerjes procedió a la invasión. Sin embargo, tal como Artabano había predicho, las tormentas diezmaron la flota persa, que era demasiado grande para refugiarse en cualquier puerto. 

En tierra, entretanto, los persas destruyeron todo cuanto encontraron a su paso, por lo cual resultó imposible alimentar a las tropas, ya que la destrucción incluía cosechas y depósitos. Las fuerzas persas constituían además un objetivo lento y fácil de atacar. Los griegos llevaron a cabo todo tipo de maniobras engañosas para desorientarlos. Al fin, la derrota de Jerjes a mano de los aliados griegos fue un desastre de increíble magnitud. 

Esta historia es simbólica para todos aquellos que sacrifican movilidad por tamaño: los ágiles y flexibles casi siempre ganarán, porque tienen más opciones estratégicas. Cuanto más gigantesco sea el enemigo, tanto más fácil será lograr que se desmorone. La necesidad de la no forma se hace mayor a medida que avanzamos en edad, dado que tendemos a reafirmarnos en nuestras modalidades y adoptamos formas demasiado rígidas. Nos tornamos predecibles, lo cual es siempre la primera señal de la decrepitud. Y la predecibilidad hace que resultemos cómicos. Aunque el ridículo y el desdén parezcan formas leves de agresión, en realidad constituyen armas poderosas que con el tiempo erosionan los fundamentos del poder. 

Un enemigo que no lo respeta se volverá audaz, y la audacia convierte en peligroso aun al animal más pequeño. La corte francesa de fines del siglo XVIII, uno de cuyos principales exponentes fue María Antonieta, se había atado sin remedio a una rígida formalidad, que el francés promedio consideraba una reliquia estúpida. Esta devaluación de una institución que había perdurado durante siglos fue la primera señal de una enfermedad terminal, dado que representaba una liberación simbólica de los lazos entre el pueblo y la monarquía. A medida que la situación empeoraba, María Antonieta y el rey Luis XVI se iban aferrando con mayor firmeza al pasado, lo cual no hizo sino acelerar su camino rumbo a la guillotina. 

El rey Carlos I de Inglaterra reaccionó de forma similar ante la ola de cambio democrático que sacudió a Inglaterra en la década de 1630: disolvió el Parlamento y los rituales de su corte se tornaron cada vez más formales y distantes. Quería regresar a un antiguo estilo de gobierno y observar de modo estricto todo tipo de mezquinos protocolos. Su rigidez intensificó el deseo de cambio de los súbditos. Antes de poder recapacitar, fue arrastrado a una devastadora guerra civil, y al fin perdió la cabeza bajo el hacha del verdugo. A medida que usted vaya envejeciendo deberá apoyarse cada vez menos en el pasado. Esté atento, no sea que la forma que adopte lo haga parecer una reliquia del pasado. Pero tampoco se trata de imitar las modas de juventud, algo igualmente ridículo. 

Es su mente la que deberá adecuarse de manera constante a cada nueva circunstancia, incluso al inevitable cambio que implica comprender que ha llegado el momento de dar un paso al costado y dejar que los más jóvenes se preparen a ascender. La rigidez solo le dará la apariencia desagradable de un cadáver. 

Nunca olvide, sin embargo, que la falta de forma es una pose estratégica. Le brinda espacio para crear sorpresas tácticas, mientras sus enemigos luchan por adivinar el próximo paso que dará usted, revelan su propia estrategia, y se ponen en decidida desventaja. Esto permite que usted conserve la iniciativa y en muchos casos trabe por completo el accionar de sus enemigos al obligarlos a reaccionar de continuo. Así, usted anula el espionaje y el trabajo de inteligencia del rival. Recuerde que la no forma es una herramienta. 

Nunca confunda esta estrategia con el estilo de «nadar con la corriente» o con una resignación religiosa a las vueltas del destino. Utilice la falta de forma definida, no para alcanzar armonía y paz interior, sino para incrementar y reafirmar su poder. Por último, aprender a adaptarse a cada nueva circunstancia significa ver los hechos a través de sus propios ojos, y a menudo ignorar los consejos que la gente le ofrece. Significa que, en última instancia, usted tendrá que desechar las leyes que otros predican y los manuales que otros escriben, y también el sabio consejo de sus mayores.

«Las leyes que rigen las circunstancias son abolidas por las nuevas circunstancias», escribió Napoleón, lo que significa que es responsabilidad de usted evaluar cada situación nueva. Si confía demasiado en las ideas de los demás, terminará adoptando una forma que no es la construida por usted. Demasiado respeto por la sabiduría ajena hará que usted termine despreciando la suya. Sea brutal con el pasado, sobre todo con el suyo propio, y no respete las filosofías que le sean endilgadas desde afuera.

Utilizar el espacio para dispersarse y crear diseños abstractos no debiera ser sinónimo de abandonar la concentración de poder cuando ello resulta ventajoso y de gran valor. La ausencia de una forma definida hace que los adversarios busquen en todas partes y dispersen sus propias fuerzas, tanto mentales como físicas. Sin embargo, cuando usted al fin los enfrente, deberá asestarles un golpe poderoso y certero. 

Así fue como Mao triunfó sobre los nacionalistas: fraccionó las fuerzas enemigas en pequeñas unidades aisladas, a las cuales luego pudo vencer con un solo y enérgico ataque. 

La ley de concentración fue lo que prevaleció. Cuando usted juegue con la ausencia de forma, no pierda el control del proceso y tenga siempre presente su estrategia a largo plazo. Cuando adopte una forma y se lance al ataque, use la concentración, la rapidez y el poder. Como dijo Mao: «Cuando luchamos contra usted, nos aseguramos de que no pueda escapar».


Ley nº 1.- Nunca le hagas sombra a tu jefe.
Ley nº 2.- Nunca confíes demasiado en tus amigos; aprende a utilizar a tus enemigos.
Ley nº 3.- Disimula tus intenciones.
Ley nº 4.- Di siempre menos de lo necesario.
Ley nº 5.- Casi todo depende de tu prestigio; defiéndelo a muerte.
Ley nº 6.- Busca llamar la atención a cualquier precio.
Ley nº 7.- Logra que otros trabajen por ti, pero no dejes nunca de llevarte los laureles.
Ley nº 8.- Haz que la gente vaya hacia ti y, de ser necesario, utiliza la carnada más adecuada para lograrlo.
Ley nº 9.- Gana a través de tus acciones, nunca por medio de argumentos.
Ley nº 10.- Peligro de contagio: evita a los perdedores y los desdichados.
Ley nº 11.- Haz que la gente dependa de ti.
Ley nº 12.- Para desarmar a tu víctima, utiliza la franqueza y la generosidad en forma selectiva.
Ley nº 13.- Cuando pidas ayuda, no apeles a la compasión o a la gratitud de la gente, sino a su egoísmo.
Ley nº 14.- Muéstrate como un amigo pero actúa como un espía.
Ley nº 15.- Aplasta por completo a tu enemigo.
Ley nº 16.- Utiliza la ausencia para incrementar el respeto y el honor.
Ley nº 17.- Mantén el suspenso. Maneja el arte de lo impredecible.
Ley nº 18.- No construyas fortalezas para protegerte: el aislamiento es peligroso.
Ley nº 19.- Averigua con quién estás tratando: no ofendas a la persona equivocada.
Ley nº 20.- No te comprometas con nadie.
Ley nº 21.- Finge candidez para atrapar a los cándidos: muéstrate más tonto que tu víctima.
Ley nº 22.- Utiliza la táctica de la capitulación. Transforma la debilidad en poder.
Ley nº 23.- Concentra tus fuerzas.
Ley nº 24.- Desempeña el papel de cortesano perfecto.
Ley nº 25.- Procura recrearte permanentemente.
Ley nº 26.- Mantén tus manos limpias.
Ley nº 27.- Juega con la necesidad de la gente de tener fe en algo, para conseguir seguidores incondicionales.
Ley nº 28.- Sé eficaz al entrar en acción.
Ley nº 29.- Planifica tus acciones de principio a fin.
Ley nº 30.- Haz que tus logros parezcan no requerir esfuerzos.
Ley nº 31.- Controla las opciones: haz que otros jueguen con las cartas que repartes.
Ley nº 32.- Juega con las fantasías de la gente.
Ley nº 33.- Descubre el talón de Aquiles de los demás.
Ley nº 34.- Actúa como un rey para ser tratado como tal.
Ley nº 35.- Domina el arte de la oportunidad.
Ley nº 36.- Menosprecia las cosas que no puedes obtener: ignorarlas es la mejor de las venganzas.
Ley nº 37.- Arma espectáculos imponentes.
Ley nº 38.- Piensa como quieras, pero compórtate como los demás.
Ley nº 39.- Revuelve las aguas para asegurarte una buena pesca.
Ley nº 40.- Menosprecia lo que es gratuito.
Ley nº 41.- Evita imitar a los grandes hombres.
Ley nº 42.- Muerto el perro, muerta la rabia.
Ley nº 43.- Trabaja sobre el corazón y la mente de los demás.
Ley nº 44.- Desarma y enfurece con el efecto espejo.
Ley nº 45.- Predica la necesidad de introducir cambios, pero nunca modifiques demasiado a la vez.
Ley nº 46.- Nunca te muestres demasiado perfecto.
Ley nº 47.- No vayas más allá de tu objetivo; al triunfar, aprende cuándo detenerte: lo puedes perder todo.
Ley nº 48.-Sé cambiante en tu forma.

VER+:


Principios Del Poder Volumen I(Mar2026) by megavil68


Las 48 Leyes Del Poder by Ronald Rincon Salgado


martes, 14 de julio de 2026

DICCIONARIO CRÍTICO ETIMOLÓGICO CASTELLANO E HISPÁNICO


DICCIONARIO CRÍTICO ETIMOLÓGICO 
CASTELLANO E HISPÁNICO


El Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico es la obra más importante sobre el origen de las palabras en español. Fue escrito por el filólogo Joan Coromines y el lingüista José Antonio Pascual. La obra explica de dónde vienen las palabras, su historia y cómo cambiaron sus significados.

El primer formato se publicó entre 1954 y 1957 bajo el nombre de Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana. Años más tarde, los autores actualizaron y ampliaron la obra. La publicaron de nuevo en varios tomos entre 1980 y 1991.

El diccionario etimológico del castellano por excelencia es "el Corominas", el Diccionario crítico etimológico. El esfuerzo que llevó a cabo Joan Coromines (o Corominas, según se escribe a veces) fue inmenso, y lo inició en paralelo con sus también magnos trabajos sobre el catalán. Poseía una cultura lingüística inmensa, que abarcaba todo el conjunto de lenguas de la Península: catalán, gallego, portugués, leonés, vasco, mozárabe, judeoespañol, etc., conocimientos que le permitieron profundizar en el estudio del castellano. 
Esta sabiduría y erudición se beneficiaron de la aplicación de los criterios científicos más rigurosos, que situaron la obra en la vanguardia de los estudios lexicográficos y etimológicos de las lenguas románicas, lugar en el que permanece al cabo de tantos años de su aparición.

En este diccionario puedes encontrar:
El origen exacto de cada palabra.
La fecha aproximada en la que se empezó a usar en español.
Su evolución y las palabras similares en otros idiomas.

Breve Diccionario Etimologico de La Lengua Castellana (OCR) by luis apolinario muñoz


viernes, 13 de febrero de 2026

LIBRO "LA SALUD MENTAL NO EXISTE. LA SALUD, SÍ": CÓMO INTEGRAR CUERPO Y MENTE PARA VIVIR MEJOR por DR. JOSÉ LUIS MARÍN

LA SALUD MENTAL 
NO EXISTE.
LA SALUD, SÍ.

Cómo integrar cuerpo y mente 
para vivir mejor


No hay lugar para un cerebro lúcido
en un cuerpo agotado ni para una vida
en calma en una sociedad enferma.

Durante décadas hemos separado la mente del cuerpo como si fueran piezas separadas. Médicos y psicólogos suelen tratar síntomas aislados sin atender al cuadro general ni indagar en las verdaderas causas de nuestro malestar.
José Luis Marín, uno de los médicos psicoterapeutas más respetados de nuestro país, desafía la visión dominante: no hay salud mental; solo hay una salud, donde la biología, las emociones y el contexto social están profundamente entrelazados.
Partiendo de su dilatada experiencia, el doctor Marín recorre la historia de la psiquiatría desde el auge cientificista de los años setenta y la fiebre de la serotonina que él mismo secundó en sus inicios, pasando por la «invención» de trastornos mentales, hasta la progresiva psiquiatrización de la vida cotidiana.
Con lucidez, valentía y esperanza, propone un cambio de paradigma radical: dejar de tratar los síntomas y empezar a cuidar a las personas. Un libro imprescindible para comprender por qué nos sentimos mal y qué necesitamos para vivir mejor.

«No hay enfermedades, solo enfermos. Y cada enfermo es una historia que une el cuerpo con la emoción, la biografía y el mundo. Cuando olvidamos eso, la medicina deja de curar para empezar a reparar piezas». Dr. José Luis Marín


Es vital diferenciar el dolor emocional de una enfermedad:

- El sufrimiento es humano: Sentir dolor no siempre significa tener un trastorno mental.
- El peligro del diagnóstico: Etiquetar cada malestar lleva inevitablemente a la medicalización inmediata de la persona.
- No somos etiquetas: Hay muchísimo sufrimiento real, pero no todo debe tratarse con fármacos bajo un nombre clínico.
Cuidado con convertir las crisis de la vida en diagnósticos médicos.
¿Crees que hoy en día se etiqueta demasiado rápido cualquier tipo de tristeza o malestar? 
Compartimos un fragmento de la entrevista con @penguinlibros con @joseluismarinpsicoterapeuta a raíz del lanzamiento La Salud Mental no Existe - Nuevo libro del Dr. José Luis Marín.

Prólogo
Con ánimo de provocar

Llevo más de cuatro décadas viendo a todo tipo de personas pasar por mi consulta. He escuchado miles de relatos de sufrimiento humano y he sido testigo de los síntomas más diversos. Durante mis primeros años como médico y psiquiatra, cuando la psiquiatría era todavía una especialidad recién nacida, pensamos que habíamos descubierto la fórmula para resolver todo lo que nos estaba ocurriendo como especie. Creímos que los fármacos y la genética, la medicina y la química nos iban a salvar. Nos hicimos esa promesa como profesionales, y también se la hicimos a las personas que acudían a nosotros. Lo íbamos a curar todo.

Ha pasado casi medio siglo y esas promesas no se han cumplido. Si dejamos de lado las mejoras innegables en cirugía y algunas enfermedades que sí se tratan ahora con muchísima más facilidad, como las infecciosas, podemos decir sin miedo a equivocarnos que el modelo en el que pusimos toda nuestra fe no nos ha servido de mucho. ¿Por qué puedo afirmar algo así? Por algo tan sencillo y objetivo como los números. Tenemos más enfermedades crónicas, más suicidios infantiles, más fracaso escolar, más pacientes medicados, más psicólogos, más psiquiatras. Todos, profesionales y pacientes, nos damos cuenta hoy de que la promesa de que íbamos a curar la mayoría de las manifestaciones del sufrimiento sigue sin cumplirse.

Hoy más que nunca, a la gente le pasan cosas. A ti también: no puedes dormir, estás enfadado, no tienes interés por las actividades cotidianas, estás aburrido, estás harto, te llevas mal con todo el mundo, no quieres comer o, al revés, necesitas comer en exceso, no consigues concentrarte… A ti te pasan cosas, y nosotros, que no hemos aprendido a curarlo, sí hemos aprendido a ponerle una etiqueta. Lo llamamos depresión, o trastorno por ansiedad, o fobia social, o bulimia nerviosa o TDAH, y mandamos a esa persona que sufre a su casa con una receta para un medicamento que, en el peor de los casos, estará tomando toda su vida. Dejamos de preguntarnos qué le hace sufrir, qué ha pasado en su vida antes de venir a vernos, cómo creció, quiénes eran sus padres, dónde y cómo vive. La persona desaparece junto a las preguntas que no queremos hacer. Y solo queda el diagnóstico.

Decía Ortega y Gasset que la única función social de un intelectual es la provocación, así que lo digo: la depresión no existe, la ansiedad no existe, la fobia social no existe. La salud mental no existe. Existe el sufrimiento de esta persona detrás de todas las etiquetas, por supuesto que sí, pero cada uno de esos diagnósticos los hemos inventado los profesionales porque convienen al sistema, no al paciente. ¿Qué es la depresión? Una manera de estar mal, una manera de expresar un sufrimiento individual que nunca nunca se manifiesta solamente a través de lo mental. Nada de lo que hacemos como seres humanos es solo mental o solo corporal. Todo buen enamorado sabe que el amor afecta al corazón igual que al cerebro, como todo aquel que se haya declarado alguna vez sabe que los nervios se llevan en el estómago tanto como en la mente, y así ocurre con todas las emociones. Por eso aquella promesa de que curaríamos lo mental con un fármaco para el cerebro ha demostrado ser una enorme cortina de humo que durante mucho tiempo nos ha impedido ver cómo funciona realmente la salud.

Casi todo lo que creemos sobre la depresión y otros trastornos mentales está equivocado o es contradictorio. Y casi todo lo que hacemos para tratarlos está mal hecho o es insuficiente.


domingo, 11 de enero de 2026

FIRMEZA

 


FIRMEZA

La rabia enceguece al oprimido;
pero la firmeza valiente amedrenta a su opresor.

-El miedo nos somete
-La rabia nos ciega
-La seducción nos hechiza.

Cuando seamos capaces de superar estas tres barreras encontraremos las armas para esta contienda:
-Serenidad
-Convicción
-Coraje
-Firmeza

La convicción requiere indagación y discriminación (ambas imposibles sin la adecuada serenidad)

Quienes caminan sobre el suelo firme de la convicción, encuentran ese coraje que derriba el artificio verborréico (tan utilizado por quienes ocultan su codicia bajo el disfraz de su hipocresía).

Las ideas nos dividen, las actitudes nobles nos unen.

Cultivemos una convicción serena y valiente y enfrentemos con firmeza al verdadero enemigo.

No olvidemos que la lucha externa es el reflejo de la interna y que el engaño interno es lo que facilita el externo.

Cultivando nuestro interior recuperemos esa fuerza y dignidad que nos pertenece.
Sólo guarnecidos de esta forma podremos vencer al enemigo externo.

lunes, 15 de diciembre de 2025

LIBROS "UNA GRAMÁTICA DE LA DEMOCRACIA" y LOS ADJETIVOS (ÁRBOL) DE LA DEMOCRACIA" por MICHELANGELO BOVERO

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Conferencia dictada el 08 de noviembre de 2011

Democracia es sencillamente una palabra. Es una de las palabras que más han padecido una situación inflacionaria en el lenguaje común, a tal grado que corre el riesgo de convertirse en una palabra vacía. Corre el riesgo de perder cualquier significado compartido. Es por eso que, en los últimos años, varios estudiosos estamos intentando, desde distintas perspectivas, restaurar el significado de la palabra democracia, es decir, de reconstruir un concepto de ella. Por mi parte, pretendo presentar sintéticamente una propuesta teórica cuyo objetivo inicial es el de redefinir un concepto de democracia aceptable, que sea acorde con los usos prevalecientes de la palabra a lo largo de la historia de la cultura occidental. Para comenzar, procederé a esta tarea por medio de aproximaciones sucesivas muy sencillas. 

La palabra democracia significa, quizás como dirían los lógicos, un mundo social posible. Es decir, una de las configuraciones que puede asumir la organización de la convivencia colectiva. Con mayor precisión, democracia implica, ante todo y esencialmente, una forma de gobierno en el sentido más amplio y tradicional de esta expresión. O un tipo de régimen, como yo prefiero decirlo. Los antiguos habrían dicho que la democracia es una politeia, es decir, una de las constituciones, de acuerdo con el modo más frecuente de traducir la palabra griega politeia. Aristóteles nos enseñó a reconocer la Constitución, la politeia de una polis, de una comunidad, en la arquitectura de los poderes públicos sobre los cuales se atribuye la tarea de tomar las decisiones colectivas. Usando un lenguaje más moderno, pero manteniendo la misma sustancia, diríamos que los tipos de régimen se distinguen entre sí en base a las reglas constitutivas que en cada uno de ellos se establecen. Para utilizar las esclarecedoras fórmulas de Bobbio: el quién y el cómo de las decisiones políticas. 

Quién, es decir, cuáles y cuántos sujetos tienen el derecho o el poder de participar en el proceso de toma de decisiones; y cómo, es decir, mediante cuáles procedimientos debe llevarse a cabo este proceso. Por lo tanto, el régimen democrático se distingue de los otros regímenes por sus reglas específicas, es decir, por una clase determinada de respuestas a las preguntas relativas al quién y al cómo de las decisiones políticas. Podríamos decir también, utilizando una metáfora común, que la democracia es un juego, un sistema de acciones e interacciones típicas regido por un conjunto de reglas fundamentales a las que denominamos precisamente como reglas del juego. 

Si no sabemos cuáles son las reglas, no podemos saber a qué juego estamos jugando. 
Si no establecemos cuáles reglas son democráticas, no podemos juzgar si los regímenes realmente existentes y a los cuales llamamos democracias, merecen de verdad ese nombre. Pero, ¿cómo establecer si una regla del juego político es democrática o no? ¿Cuál es el criterio que debemos seguir? 

Aprendimos de los antiguos a llamar democracia a un régimen en el que las decisiones colectivas, las normas vinculantes para todos, no emanan de lo alto, es decir, de un solo sujeto –el monarca o el tirano–, ni tampoco de unos pocos sujetos –los aristócratas, los oligarcas– que se erigen por encima de la colectividad, sino que las reglas, las normas, son producto de un proceso de decisión que se inicia desde abajo, desde la base, proceso en el que todos, o muchos, tienen el derecho de participar de manera igualitaria y libre. La democracia es sencillamente el régimen de la igualdad política y de la libertad política. 

Las reglas del juego democrático están contenidas implícitamente en los principios de igualdad y libertad políticas, o lo que es lo mismo, son reconocibles como democráticas aquellas reglas constitutivas –constitucionales– que representan una consecuente expresión jurídica de los principios de libertad y de igualdad políticas. Por ello, dichas reglas valen como las condiciones –en el sentido lógico– bajo las cuales un régimen es reconocible como democracia, es decir, como un régimen de igualdad y libertad políticas. El juego político es democrático a condición de que –y hasta que– tales reglas sean respetadas.

Si éstas se alteran o se aplican incorrectamente, de manera no coherente con los principios democráticos, entonces se empieza a jugar otro juego, tal vez incluso sin darnos cuenta de ello. Tanto el renacimiento moderno del ideal democrático, como el proceso gradual de democratización de los sistemas políticos históricamente existentes, tienen algunos siglos de vida muy tormentosos, como lo sabemos en Italia y en Chile; y la reflexión teórica, muy contrastada, aunque solo tardíamente a mediados del siglo XX, logró elaborar una concepción de la democracia exenta de muchos equívocos: la así llamada “concepción procedimental”, que precisamente pone en el centro de la atención a las reglas del juego. 

La teoría de Norberto Bobbio es generalmente considerada como la versión más puntual y madura de la concepción procedimental de la democracia. Como les decía, en los últimos cinco o seis años he vuelto a reflexionar en torno a este núcleo central del pensamiento político bobbiano. 
He buscado reconstruirlo, desarrollarlo, reconducirlo hacia la formulación de una teoría de las condiciones de la democracia, y he intentado aplicar esta teoría, que me gustaría designar como neo-bobbiana, a la realidad de nuestro tiempo, utilizándola como instrumento de análisis y parámetro de juicio de los regímenes contemporáneos que habitualmente llamamos democracias. En esta ocasión intentaré presentar, en extrema síntesis, algunos resultados de mis últimas investigaciones. 

A partir de una redefinición rigurosa del concepto de democracia, mediante la identificación de las condiciones lógicas de la misma, y con base en este concepto, pretendo sostener tres tesis. 

La primera tesis es que en todo el mundo la democracia está en camino a una degeneración autocrática. Segundo, en muchos lugares las tendencias autocráticas sirven para alimentar a –y son sostenidas por– formas de gobierno de los peores, vale decir que favorecen –y son favorecidas por– el deterioro progresivo de la calidad de las clases dirigentes. La tercera tesis dice que la llamada “tercera ola” del proceso de democratización que se expandió durante el último cuarto del siglo XX, produciendo la caída de varios regímenes autoritarios, dictatoriales, totalitarios, en realidad diseminó por el mundo una miríada de democracias aparentes. 
Sugiero tomar en consideración, como punto de partida, el elenco de las reglas del juego democrático que se encuentran en la teoría general de la política de Norberto Bobbio. Las reglas del elenco bobbiano son muy simples. En apariencia y en realidad, cada una de ellas tiene que ver con un complejo abanico de problemas. La primera regla del elenco de Bobbio establece una condición, en el sentido lógico, de igualdad entendida como inclusión. Todos los ciudadanos “pasivos” –en el sentido jurídico– sometidos a la obligación política de obedecer las normas de la colectividad, deben ser también ciudadanos “activos” –otra vez en el sentido jurídico–, es decir, titulares del derecho o el poder de participar, y ante todo, pero no solo con el voto electoral, en el proceso de formación de las decisiones políticas sin ningún tipo de discriminación. 

La segunda regla impone una condición de igualdad, esta vez como equivalencia. Los votos de todos los ciudadanos deben tener un peso igual. Ninguno debe contar más o menos que otro. 

La tercera regla establece una condición de libertad subjetiva. La opinión política de cada uno se debe poder formar libremente y, por lo tanto, debe estar basada en un correcto conocimiento de los hechos y estar protegida frente a interferencias o manipulaciones distorsionadoras, lo cual exige, por lo menos, que esté garantizado el pluralismo de los medios de información y persuasión. 

La cuarta regla plantea una condición de libertad objetiva. Los ciudadanos deben poder escoger entre propuestas y programas políticos efectivamente diferentes entre sí, dentro de una gama de alternativas lo suficientemente amplia para permitir a cada uno el poder identificarse con una orientación precisa, lo que exige que al menos esté asegurado el pluralismo de partidos, asociaciones y movimientos políticos. 

La quinta regla plantea una condición de eficiencia para todo el proceso de decisión política. Las decisiones deben ser tomadas con base en el principio de mayoría, que es sencillamente, para Bobbio y para mí, una regla técnica idónea para superar la heterogeneidad, el contraste o el conflicto de las opiniones particulares. 

La sexta y última regla del elenco de Bobbio tiene un carácter especial. No se refiere ni al quién ni al cómo, es decir, no se refiere a la forma, sino más bien se refiere al qué cosa, al contenido o la sustancia de las decisiones políticas. Estas decisiones no pueden traducirse en normas que estén en contradicción con los principios democráticos de igualdad y libertad. 

En la teoría general de la política, la sexta regla se encuentra expresada con una formulación muy corta, muy reductiva. Para comprender su alcance efectivo, que es muy amplio, es necesario releer un pasaje de Bobbio que dice así: “Estas reglas” –las que he mencionado y reformulado– “establecen cómo se debe llegar a las decisiones políticas y no qué cosa debe decidirse. Desde la perspectiva de qué cosa, el conjunto de las reglas del juego democrático no prescribe nada, salvo la exclusión de decisiones que podrían en algún modo contribuir a tornar vanas y a hacer inútiles una o más reglas del juego”. 

En suma, la sexta regla de Bobbio establece que ninguna decisión asumida por medio de las otras reglas del juego democrático debe desnaturalizar u obstaculizar al juego mismo. Esta formulación general se puede precisar articulando un elenco de cinco imperativos específicos, que en mi teoría corresponden a otras tantas condiciones ya no formales sino sustanciales, de salvaguardia o supervivencia de la democracia. 

En primer lugar, se prohíbe cualquier decisión que esté orientada a alterar o abolir las otras reglas del juego, esto es, las condiciones formales de la democracia, aun cuando una decisión de este tipo haya sido tomada de acuerdo con las mismas. Por ejemplo, se prohíbe que un parlamento, elegido con sufragio universal, introduzca el sufragio restringido. 

En segundo lugar, se prohíbe volver vanas, es decir, vacías o inútiles, las otras reglas del juego, limitando o, peor aún, aboliendo aquellos derechos fundamentales de libertad individual, de libertad personal de opinión, de reunión o de asociación, que constituyen las precondiciones liberales de la democracia. 

En tercer lugar, se impone a los poderes públicos de una democracia la obligación de volver efectivo el goce universal de estas mismas libertades, mediante la garantía de algunos derechos fundamentales ulteriores que representan, en mi lenguaje, las precondiciones sociales de las precondiciones liberales de la democracia. Así como es cierto que las primeras cinco reglas formales del juego democrático serían vanas si no estuviesen garantizados los derechos a la libre manifestación de las ideas, a la libertad de reunión o asociación, también lo es que estos mismos derechos de libertad estarían vacíos, o reducidos de facto, como meros privilegios de algunos, si no estuvieran garantizados para todos, por ejemplo, el derecho social a la educación pública gratuita y el derecho a la subsistencia, es decir, a gozar de condiciones materiales que vuelvan a todos los individuos como tales, capaces de ser libres, y no los empujen a alienar su propia libertad al mejor postor. 

En cuarto lugar, se prohíbe violar las precondiciones constitucionales de la democracia, específicamente los principios de separación y equilibrio de los poderes del Estado. En otras palabras, se impone asegurar las técnicas jurídicas idóneas para prevenir el despotismo, incluso el de la mayoría. 

En quinto lugar, se prohíbe toda forma de concentración de aquellos que Bobbio llama los tres poderes sociales: el poder político, fundado en última instancia en el control de los métodos de coacción; el poder económico, basado en el control de los bienes y los recursos materiales; y el poder que Bobbio llama poder ideológico, que se funda en el control de las ideas, de las conciencias, es decir, los medios de información y de persuasión. 

Estos cinco imperativos, que se pueden considerar implícitos en la sexta regla del juego, con la cual se cierra el elenco de Bobbio, corresponden a otras tantas condiciones de la democracia, ya no de tipo formal como las primeras cinco, sino sustanciales. No son normas que se refieran al quién –normas de competencia–, ni normas que se refieran al cómo –normas de procedimiento–, sino que son normas de conducta política, en la medida que limitan o vinculan con obligaciones positivas o negativas el comportamiento de los sujetos autorizados para tomar las decisiones políticas, y en consecuencia limitan y/o vinculan el contenido –el qué cosa– de sus actos.

De esta manera, se delinea un decálogo de condiciones de la democracia, cinco formales, cinco sustanciales, aunque a continuación veremos que resulta necesario, según pienso yo, asumir una onceava condición a la que llamaré institucional. Antes de ello quisiera hacer una aclaración. No acepto la propuesta de mi querido amigo Luigi Ferrajoli, quien identifica una democracia sustancial al lado de una democracia formal. En mi teoría, la democracia es formal por definición. Es una forma de gobierno, una forma de régimen. Toda forma es formal. 

La palabra democracia implica una forma de gobierno, de régimen, la cual, para poder nacer, para seguir existiendo sin volverse aparente y para no morir, está vinculada al respeto de algunas determinadas condiciones sustanciales. El problema, de acuerdo con Bobbio, es que las reglas del juego resultan muy sencillas de enumerar, pero difíciles de aplicar correctamente. Por ello, en el análisis de los casos concretos de las llamadas democracias reales, Bobbio decía que se debe tomar en cuenta la posible distancia entre la enunciación del contenido de las reglas, y la manera en que estas son aplicadas, y dado que ningún régimen histórico ha observado jamás por completo los dictados de todas estas reglas, es justificado hablar de regímenes más o menos democráticos. Bobbio decía esto en 1984. 

En mi opinión, hoy el problema se presenta en términos mucho más graves, mucho más serios. Considerando la historia reciente de las democracias reales, debemos preguntarnos si estos regímenes, unos más y otros menos, no se han acercado ya peligrosamente a una frontera crítica, y si en algunos casos, incluso, no se ha cruzado ya la línea de demarcación entre la democracia y la no-democracia: la autocracia, de acuerdo con el lenguaje de Hans Kelsen. Es decir, que se haya cruzado la frontera entre un régimen que asegura todavía un grado apreciable de libertad e igualdad política, y un régimen en el cual las decisiones caen, generalmente, desde lo alto. 

El proceso de democratización que ha caracterizado, a veces de manera discontinua, heterogénea e incluso sangrienta, los últimos dos siglos, consistió en el acercamiento de muchos sistemas políticos reales al paradigma de una correcta aplicación de las reglas del juego: ampliación de los derechos de participación política hasta llegar al sufragio universal, mejores garantías de libertad y así sucesivamente. Pero si un análisis desprejuiciado de la realidad contemporánea nos llevara a constatar que los regímenes que hoy comúnmente son llamados democracias han invertido la ruta, alejándose de este paradigma, creo que deberíamos hablar de una degeneración de la democracia y de una decadencia progresiva hacia la autocracia. Los lectores de Bobbio saben que en 1984 este autor expresaba una opinión completamente diferente. 

Él decía que con todo lo que ha ocurrido y no obstante todas las transformaciones que los nobles ideales democráticos han sufrido, no se puede hablar de una degeneración de la democracia. Bobbio decía: “Aun la democracia real más alejada del modelo, de un paradigma de la correcta aplicación de las reglas del juego, no puede ser confundida de ninguna manera con un estado autocrático”. Yo pregunto si esto sigue siendo cierto hoy. 
¿Estamos dispuestos a reconocer todavía como válida esta afirmación, después de un cuarto de siglo? Si mantenemos la perspectiva fundamental de Bobbio, que asumía como término de comparación a los totalitarismos del siglo XX, claro que sí. Pero preguntémonos, después del análisis de Bobbio, ¿cuáles son las transformaciones ulteriores que ha sufrido la democracia? ¿Ha disminuido o se ha incrementado la distancia con el modelo ideal que identifica las condiciones de la democracia con un conjunto de reglas correctamente aplicadas? 


Aquí expongo la siguiente tesis. Al observar en retrospectiva las últimas tres décadas de vida de las democracias reales, o dicho de manera un poco triste, los “treinta poco gloriosos”, es claramente reconocible un proceso de degeneración que, aunque se diferencia fenoménicamente en distintos lugares, es sustancialmente homogéneo y aún está en marcha, y tiende a hacer que la democracia asuma gradualmente características de una forma de gobierno distinta, a la que propongo llamar “autocracia electiva”. Obviamente se trata esto de un oxímoron, de una paradoja. 

El autócrata clásico dispone de sí y de los demás a su propio arbitrio. Se pone a sí mismo como el principio del poder. Se impone, no se propone a los ciudadanos, pero a mi juicio, la propia debilidad política de nuestros tiempos es precisamente, a la vez, un oxímoron y una paradoja. No parece difícil individualizar, en la historia reciente de las democracias reales, un verdadero primer golpe de timón, al menos en la cultura política, y a partir del cual se ha comenzado a prospectar, en los epicentros políticos del mundo, la posibilidad de jugar el juego político de modo no democrático o de modos menos democráticos, aplicando incorrectamente las condiciones de la democracia o alterando algunas de sus reglas del juego, y atacando o erosionando sus presupuestos, o las precondiciones de la democracia. 

Como fecha simbólica de esta inversión de ruta se podría señalar el año 1975, en que se publicó el famoso informe sobre la gobernabilidad de las democracias de Crozier, Huntington y Watanuki. Desde entonces, la retórica de la gobernabilidad se difundió rápidamente en muchos ambientes, no solo entre los académicos, hasta convertirse en una especie de lugar común. Según esa opinión, el diagnóstico era, en el fondo, simple: la democracia funciona mal o poco, en el sentido de que no es eficiente en la función política esencial que es producir decisiones colectivas, y funciona mal porque es un régimen difícil y demasiado exigente. Por lo tanto, la terapia aconsejada era clara: para hacerla funcionar mejor o de una manera más eficiente, debemos disminuir sus exigencias. Entonces: 

1) En caso de necesidad, la democracia debe convertirse en un régimen menos inclusivo, en contraste con la primera regla. Piénsese en el problema de la inmigración, que se ha agudizado en los últimos tiempos sobre todo en Europa, donde masas crecientes de individuos no solamente son excluidos de los derechos de ciudadanía, sino que incluso son reducidos a condiciones semi-serviles o directamente criminalizados. 
2) En la medida en que le es útil al decision-making, se puede alterar el peso de los votos individuales en franca violación a la segunda regla. Me refiero con esto a las más o menos sofisticadas manipulaciones ingenieriles de los sistemas electorales, hechas en nombre de la gobernabilidad. 
3) Debido a que las lógicas “objetivas” del mercado global, ante las que debemos arrodillarnos como si fueran leyes divinas, inducen a grandes concentraciones, e incluso a monopolios de los medios de comunicación, resulta inevitable –sostienen los emperadores de la comunicación– infringir también la tercera regla, que exigiría lo contrario, es decir, el pluralismo informativo como obstáculo, tal vez insuficiente pero indispensable, contra la manipulación de la opinión pública. 

4) No solo razones de eficiencia sino algunas presuntas razones ideales son frecuentemente invocadas para promover una drástica simplificación del pluralismo político, reduciéndolo de hecho a un dualismo. Piénsese en los duelos televisivos. De este modo se provoca, en contra de la letra y el espíritu de la cuarta regla, la desafección de la democracia de todos aquellos que no se reconozcan en ninguna de las alternativas disponibles. 
5) Para asegurar eficazmente la gobernabilidad, se tiende a concebir, a ingeniar y a practicar el juego político como si éste fuese un juego de suma cero, en el cual es atribuido todo el poder al ganador a través de la absolutización indebida o distorsionada de la regla cinco, es decir, del principio de mayoría. 
El exorbitante alcance que ha venido a asumir el principio mayoritario, al grado de llevar a los estudiosos a aislar como una subespecie del régimen democrático a la así llamada “democracia mayoritaria”, acompaña y favorece lo que yo considero como la degeneración última, el paso final hacia el umbral que separa a la democracia de la autocracia. 

La institución de las elecciones es interpretada de manera unilateral, reductiva y distorsionada como un método para la investidura personal de un jefe supremo. La elección en verdad decisiva, o la que es percibida como tal, vale decir, como la que determina el rumbo político de un Estado y que incluso marca el destino de una colectividad, al menos hasta la siguiente consulta popular, consiste o se resuelve en la designación del jefe del ejecutivo, a quien le es conferido de facto el papel de guía del Estado. ¿Saben como se dice guía en latín? Dux… Duce.




















Árbol de la Democracia | 69: Michelangelo Bovero


LA DECADENCIA DEL LENGUAJE

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Esta publicación quiere abrir un espacio para pensar juntos qué significa vivir en democracia, no como un eslogan sino como una práctica exigente que requiere atención, límites y cuidado. 
A partir de la obra La democracia en nueve lecciones y de sus investigadores, presentamos un recorrido breve por quiénes son y qué aportan al estudio contemporáneo de lo político. 
Michelangelo Bovero es un filósofo político italiano formado en Turín, discípulo de Norberto Bobbio y especializado en teoría democrática y educación cívica. 
Gianfranco Pasquino es politólogo, profesor en Bolonia y experto en partidos, sistemas electorales y análisis comparado. 
Luigi Bobbio fue sociólogo y politólogo, profesor en Turín, dedicado a políticas públicas y participación ciudadana. 
Alfio Mastropaolo es politólogo italiano, investigador del populismo, la representación política y la relación entre ciudadanía y élites. 
Gian Luigi Vaccarino es economista y estudioso de las políticas fiscales, la deuda pública y sus efectos sobre la gobernabilidad democrática. 
Marco Revelli es sociólogo e historiador de las ideas, profesor en Turín, dedicado a estudiar democracia, mercado y transformaciones sociales. 
Luigi Ferrajoli es jurista italiano, uno de los principales teóricos del garantismo, especializado en derechos fundamentales y límites del poder penal. 
Elena Paciotti es jurista y magistrada, dedicada al estudio de la democracia europea, la supranacionalidad y la tutela de los derechos en la Unión Europea. 
Giovanni Sartori fue uno de los politólogos más influyentes del siglo XX, experto en sistemas de partidos, teoría democrática y metodología comparada. 
Valentina Pazé es filósofa política y profesora en Turín, centrada en ciudadanía, participación democrática y educación cívica.