EL Rincón de Yanka: LOS DIENTES DEL ESPÍRITU

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sábado, 25 de octubre de 2014

LOS DIENTES DEL ESPÍRITU

Matthias Stom (1600-1650) 
lectura del hombre por luz de las velas

Los dientes del espíritu
JOSÉ VICENTE PASCUAL

El estudio de las humanidades en la escuela y los centros de enseñanzas medias tiene el mismo problema que la honorabilidad de algunas damas: necesita argumentarse y defenderse cada cierto tiempo.


El estudio de las humanidades en la escuela y los centros de enseñanzas medias tiene el mismo problema que la honorabilidad de algunas damas: necesita argumentarse y defenderse cada cierto tiempo. Cuando algo, alguien, precisa analizarse a sí mismo y explicar al mundo su utilidad... malo. Y así está el asunto de las humanidades y su consideración como algo provechoso por el conjunto del vecindario: fatal, muy mal desde hace tanto que ni siquiera los más viejos redactores de esta página recuerdan épocas peores.

Triste es defender lo evidente, decía el poeta. Como mi tendencia es deprimirme pero no entristecerme, no voy a hacer un alegato en favor de las sufridas asignaturas de literatura, filosofía, historia, latín, griego... (¿religión?); nunca lo he hecho, ni siquiera cuando, siendo muy jovencito, mis familiares, amigos y otros allegados, entre los que se encontraban mis profesores, se extrañaban del fervor con que seguía el estudio de aquellas asignaturas (que en el fondo "no sirven para casi nada", escuché más de una vez), mientras que mi ineptitud para materias con futuro como las matemáticas, la física, la química y demás torturas docentes, era clamorosa. Una vez saqué un cinco en matemáticas y en mi casa hicieron fiesta. El caso era (es), que siempre me han fastidiado las disciplinas intelectuales que te dicen lo que tienes que pensar, lo correcto y lo inexacto, el horrendo 2+2 = 4 que nunca falla y jamás explica nada. Todos los números pares siempre son la suma de dos números primos (no impares, no te confundas; he escrito "primos"). ¿Por qué? Ni se sabe. Es un misterio que ningún matemático, al día de hoy, ha sabido desentrañar. Sin embargo, dos más dos siguen siendo cuatro. Y todos tan contentos porque las ciencias exactas son útiles y no hay nada más útil que lo útil.

Pues como te iba diciendo: me molesta la presuntuosidad de quienes saben de antemano lo que hay qué pensar y cómo hay que pensarlo. A la contra, siempre me ha encandilado la certeza de que existen materias, territorios de indagación, maestros, sabios que te enseñan a pensar pero no te dicen lo que tienes que pensar. Eso fueron siempre las humanidades para mí: el único camino coherente para aprender a pensar. En los demás paisajes, como con las aguas mansas, ya me valgo yo solito. Sé que la imagen puede resultar un poco grosera, pero ahí va: imaginen a un mozo en edad de crecer y alimentarse, al que sus progenitores abastecieran de abundante comida pero, ay, careciese de dentadura. También se puede comer sin dientes, claro. Pero muy mal. Puede que hasta se olvide la manera correcta de hacerlo, lo que nos conduce al recuerdo quevediano del infeliz pupilo del Dómine Cabra, enfermo sin remedio de un hambre muy antigua, al cual, ya en lecho de muerte, llevaban sus compañeros de pensión algunas tajadas, por ver si lo reanimaban y salvaban in extremis; lo malo fue que el agonizante no atinaba a llevarse a la boca aquellos garbanzos de urgencia, por la falta de costumbre.

Grosería suma: las humanidades son los dientes del espíritu. Perder la costumbre de usarlos es una condena segura a la única y verdadera plaga de nuestro tiempo: la muerte del espíritu por pura inanición.






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Por Jose Antonio Marina

Todos los alumnos nos han preguntado alguna vez: ¿Y esto para qué sirve? Suele ser una pregunta incómoda, que podemos interpretar como una muestra de cerrilismo del alumno. ¡No se dan cuenta de lo importante que es leer, saber historia, aprender filosofía, disfrutar con la poesía! Por su parte, muchos padres están preocupados por el futuro laboral de sus hijos y reclaman asignaturas útiles para ganarse la vida. Con frecuencia, los docentes nos refugiamos en las leyes educativas, o en una vaga evidencia del valor de lo que enseñamos, y dedicamos poco tiempo a explicar para que vale lo que deseamos que aprendan. Por eso me interesa mucho la obra de Martha Nussbaum, una gran humanista a la que se le concedió el Premio Príncipe de Asturias. Hace ya bastantes años, Emilio Lledó me dijo que era la mejor helenista del momento. Su libro La fragilidad del bien es admirable por su erudición y por su perspicacia. Luego ha escrito muchas obras sobre ética y filosofía del derecho, y trabajó con Amartya Sen, premio Nobel de economía, estudiando las hirientes diferencias sociales y las situaciones de injusticia. Hoy quiero referirme a dos libros suyos dedicados a la educación: El cultivo de la humanidad, y, sobre todo, Not for Profit, que lleva un subtítulo llamativo: ¿Por qué la democracia necesita las humanidades? En el primero, estudia la situación de las humanidades en la universidad americana, y expone las tres destrezas intelectuales que solo las humanidades desarrollan y que son imprescindibles para la convivencia democrática: (1) La capacidad de examinar críticamente las propias ideas y las tradiciones culturales en que se ha crecido, (2) La capacidad de verse a sí mismos no solo como ciudadano pertenecientes a una nación, sino como seres humanos vinculados a los demás seres humanos por lazos de reconocimiento y mutua preocupación, (3) Lo que podemos llamar “imaginación narrativa”, que permite ponerse en el lugar de los demás. El segundo libro comienza con una afirmación dramática: “Estamos en medio de una crisis de proporciones masivas y grave significado global. No, no me refiero a la crisis económica que comenzó el año 2008. Al menos, en este caso todo el mundo sabe que existe y muchos líderes mundiales trabajan rápida y desesperadamente para encontrar soluciones. No, me refiero a una crisis que está pasando desapercibida, como un cáncer, una crisis que puede ser, a largo plazo, mucho más destructiva para el futuro de la democracia: la crisis mundial en la educación.

Nussbaum sostiene que una preocupación obsesiva por el “beneficio”, por el progreso económico, está expulsando de la educación aspectos esenciales para una convivencia justa y noble. En este momento se ha asentado en los sistemas educativos la idea de que solo las ciencias, la tecnología y el inglés son importantes, mientras que las demás asignaturas son un “lujo mono”, como era la costura, el piano y la cultura general para las señoritas del siglo XIX. Todos colaboramos en esta idea, porque defendemos con poca contundencia argumental el papel de las humanidades. Para justificar la necesidad de leer, solo se nos ocurre decir que es un gran placer. Los maestros de la República veían las cosas con más claridad cuando imprimían carteles con el lema: “La lectura es la mejor defensa contra el fascismo”. Nussbaum comenta: “Las humanidades son necesarias para pensar críticamente, para superar las lealtades locales y acercarse a los problemas globales como un “ciudadano del mundo”, y, finalmente, para comprender empáticamente a otras personas.” Y estas cosas son esenciales para la democracia. Así pues, la educación -concluye- debe ser “for profit” y “not for profit”. Es decir, para conseguir bienes económicos y también para conseguir bienes no económicos. Como en los seriales.


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El experto en escepticismo griego reflexiona sobre la deriva de las Letras en su último libro, 'La terapia de lo inútil', y propone la Filosofía como remedio contra el tedio contemporáneo



-¿Por qué la democracia necesita de las humanidades?
-Las humanidades proporcionan tres ingredientes que cualquier sociedad decente necesita con urgencia: la capacidad socrática de examinarse a uno mismo y pensar críticamente, que no debe ser coartada ni por la autoridad, ni por las presiones. Especialmente en esta era de los medios de comunicación 'sound bites' (breves declaraciones que suenan bien) esta habilidad es más necesaria que nunca si queremos tener una cultura pública verdaderamente deliberativa y reflexiva. Otro sería la capacidad de pensar sobre los problemas universales como 'ciudadano del mundo', bien informado sobre la historia, la naturaleza de las principales religiones del planeta, y sobre la variedad de culturas. Por último, una imaginación cultivada, es decir, la capacidad de ver cómo el mundo mira a través de los ojos de personas muy diferentes de uno mismo. ¿Cómo podemos votar sobre políticas que afectan a otros sin antes saber cómo es el mundo en el que viven? Por lo tanto, es una cosa terrible que los programas de humanidades estén siendo recortados. Son parte esencial de la educación para todos los ciudadanos. En EE UU las damos a través de la asignatura 'artes liberales', donde todos los estudiantes tienen un tema principal que les prepara para una carrera concreta, pero también reciben cursos generales, incluyendo Humanidades, asignaturas que preparan para la ciudadanía y la vida.