EL Rincón de Yanka: ¡CRISTO RESUCITÓ! SANTA PARUSÍA MARANATA (EL SEÑOR VIENE) MARAN ATA (VEN SEÑOR)

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domingo, 24 de abril de 2011

¡CRISTO RESUCITÓ! SANTA PARUSÍA MARANATA (EL SEÑOR VIENE) MARAN ATA (VEN SEÑOR)





¡CRISTO RESUCITÓ
Y EL SEÑOR VIENE!:
¡ALELUYA! Y ¡MARANATHA!

"Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos,
que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?
Os digo que les hará justicia pronto.
Pero, cuando el Hijo del hombre venga,
¿encontrará la fe sobre la tierra?
(Gracias a muchos "teólogos", no.)"
Lc 18, 7-8 

MARANATA

 
... padeció bajo el poder de Poncio Pilato
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios,
Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir (y de nuevo vendrá con gloria)
a juzgar a vivos y muertos...

"MARANATHA"
Los cristianos de la antigüedad la utilizaban como saludo, algo que aún se acostumbra entre algunas agrupaciones religiosas.
- Maranata
- Maran ata


Los fundamentalistas reducen el significado de «Parusía» a la venida de Cristo al final de los tiempos; pero para el pueblo del siglo I en lengua griega, la palabra significaba «presencia». La teología católica mantiene este significado originario.

En su libro «Escatología» el cardenal Ratzinger escribió: «La Santa Parusía es la más alta intensificación y cumplimiento de la liturgia. Y la liturgia es Parusía... Cada Eucaristía es Parusía, el Señor que viene, y aún la Eucaristía es incluso más verdaderamente el tenso anhelo de que Él revelará su gloria escondida».

"Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.
El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús". Ap 22, 17 y 20

La Santa Parusía es verdaderamente el Alfa y el Omega, el comienzo y el fin, la primera y la última palabra de la predicación de Jesús; que ella es la llave, la explicación, la razón de ser, en fin, el acontecimiento supremo al cual se refiere todo la demás, y sin el cual todo lo demás se derrumba y desaparece”.  Cardenal Luis Billot


La Santa Parusía

Uno de los principales dogmas de la fe cristiana es el de la segunda venida de Cristo. Y así lo reiteramos en el Credo “… y de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos”. Todos los católicos afirmamos diariamente este dogma en el Credo durante la Santa Misa. Además en el Padre Nuestro rezamos: “venga a nosotros tu reino” y qué pocos piensan lo que realmente pedimos en esta afirmación, que no es sino que se realice el segundo advenimiento de Cristo y con Él su reinado que no tendrá fin. Lamentablemente para la mayoría de los católicos, y para la casi totalidad de la humanidad, este hecho fundamental y extraordinario en la historia del mundo es bastante olvidado. Es un espléndido dogma muy poco meditado: “Varones de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús que os ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así tal como le habéis visto subir a Él” (Hechos 1, 11), dijeron los dos ángeles de la Ascensión.
Así pues, el dogma de la segunda venida de Cristo o también llamado Santa Parusía es tan importante como su primera venida o Encarnación. Si esto no se entiende, simplemente no se entiende nada de la Escritura ni nada de la historia de la Iglesia, ni nada de lo que está ocurriendo en estos tiempos. Así que contra lo que muchas crean y opinen hoy en día, Jesucristo vuelve, y vuelve pronto, muy pronto y está a las puertas.

Por eso hoy en día la enfermedad mental del mundo moderno es pensar que Jesucristo no vuelve más, o al menos, no pensar que vuelve. Y en consecuencia, el mundo moderno no entiende lo que está pasando hoy en día. Muchos piensan que el universo y la vida del hombre en la tierra es un proceso natural, pero esto no es así. La existencia del hombre y toda la creación en general es un poema gigantesco, un poema dramático en el cual Dios se ha reservado la Iniciación, el Trama y el Desenlace. Dicho con palabras teológicas: Creación, Redención y Parusía. Los personajes de este poema son los hombres con su libertad, pero el primer actor y director de la orquesta es Dios.

¡CRISTO VUELVE!
Por Ana Casper


“Yo, Jesús, he enviado a mi mensajero para dar testimonio de estas cosas a las Iglesias. Yo soy el Retoño de David y su descendencia, la Estrella radiante de la mañana. El Espíritu y la Esposa dicen: ‘¡Ven!’, y el que escucha debe decir: ‘¡Ven!’ Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida. Yo advierto a todos los que escuchan las palabras proféticas de este Libro: ‘Si alguien pretende agregarles algo, Dios descargará sobre él las plagas descritas en este Libro. Y al que se atreva a quitar alguna palabra de este Libro profético, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la Ciudad santa, que se describen en este Libro’. El que garantiza estas cosas afirma: ‘¡Sí, volveré pronto!’ ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! Que la gracia del Señor Jesús permanezca con todos. Amén.”(Ap.22, 16-21)

Con esas palabras concluye el Apocalipsis. Cristo vuelve. Así nos lo dice la doctrina de la fe. Así lo afirmamos al recitar el Credo: “… y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Este es un artículo fundamental de nuestra fe católica. En la Misa exclamamos: “Cada vez que comemos de este Pan y bebemos de este Cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”. O bien, “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven Señor Jesús!” Son palabras que decimos para pedirle que vuelva pronto, que no se tarde en venir. Pero se nos ha hecho tal la costumbre de pronunciarlas que hemos perdido de vista su real significado.

Resulta extraño constatar que esta verdad central de nuestra fe está casi ausente en las predicaciones y las catequesis. Exceptuando la liturgia, es difícil detectarla en el contenido de la acción concreta la Iglesia. Tampoco está presente en las conversaciones entre hermanos en la fe, y no se hace fácilmente perceptible en nuestras vidas. Vivimos como persuadidos de que el regreso de Nuestro Señor no va a acontecer todavía, al menos en el tiempo de nuestras vidas. Pensamos que eso sucederá luego, mucho después. Tanto tardará en venir que no es preciso apurar ningún preparativo. A otras generaciones les tocará ocuparse de ello.

Los cristianos ya no vivimos expectantes, no miramos hacia el Oriente porque no anhelamos la venida definitiva de Cristo. Pero sí que hay otros advenimientos que logran captar nuestra atención: lo que se viene en el mundo tecnológico, los modelos de automóviles que están por salir al mercado, el próximo campeonato de fútbol, los vaivenes de la economía, las decisiones que emanarán de las poderosas organizaciones internacionales que gobiernan este mundo, etcétera. El olvido del advenimiento que los cristianos hemos de esperar expectantes no puede causar más que daño. No sólo a nosotros mismos, también a quienes aún no conocen a Cristo.

Nos daña porque nos distrae de tal manera que nuestra vida puede disiparse perdiendo de vista su centro y su dirección, y nublándose su sentido: ¿En qué se convierte un cristiano que no anhela la llegada de su Señor? Si justamente el cristiano es alguien que por la fe en Cristo vive en la esperanza de Su manifestación gloriosa.

El olvido de esta promesa del Señor daña también a los demás. Cuando alguien es enviado a cumplir una misión no puede dormirse o entretenerse por el camino sin riesgo de arruinarla. El cristiano es enviado a anunciar el Evangelio, es decir anunciar a Cristo y proclamar que Él vuelve a buscar a los suyos. Pero si el mensajero se duerme o se distrae con las cosas de este mundo, los destinatarios de la Buena Noticia dejan ya de recibirla. Si los que aún no creen en Cristo no perciben en nosotros la urgencia que produce en nuestras vidas la próxima venida del Señor, entonces no estarán viendo nada diferente de lo que ven en cualquier hombre de buena voluntad. Seremos cual sal que ha perdido su sabor.

En su libro Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Leonardo Castellani escribe al respecto: “el mundo moderno no entiende lo que le pasa. Dice que el cristianismo ha fracasado. Inventa sistemas, a la vez fantásticos y atroces, para salvar a la humanidad. Está a punto de dar a luz una nueva religión. Está lleno de profetas que dicen ‘Yo soy. Aquí estoy. Este es el programa para salvar al mundo. La Carta de la Paz, el Pacto del Progreso y la Liga de la Felicidad. ¡La Una, la Onu, la Onam, la Unesco! ¡Mírenme a mí! Yo soy’. […] Es ateísmo radical revestido de las formas de la religiosidad. Con retener todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo, transformándolo en una adoración del hombre; o sea, sentando al hombre en el templo de Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre como si sus fuerzas fuesen infinitas. Promete al hombre el reino de Dios y el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas. La adoración de la Ciencia, la esperanza en el Progreso y la desaforada Religión de la Democracia, no son sino idolatría del hombre; o sea, el fondo satánico de todas las herejías, ahora en estado puro. De los despojos muertos del cristianismo protestante, galvanizados por un espíritu que no es el de Cristo, una nueva religión se está formando ante nuestros ojos. Esto se llamó sucesivamente filosofismo, naturalismo, laicismo, protestantismo liberal, catolicismo liberal, modernismo… Todas estas corrientes confluyen ahora y conspiran a fundirse en una nueva fe universal […] Esta religión no tiene todavía nombre y, cuando lo tenga, ese nombre no será el suyo. Todos los cristianos que no creen en la Segunda Venida de Cristo se plegarán a ella. Y ella les hará creer en la venida del Otro. ‘Porque yo vine en nombre de mi Padre y no me recibisteis; pero otro vendrá en su propio nombre y le recibiréis’ (San Juan, V, 43)”.

Cristo vuelve. Despertemos, que Él viene; y aún tenemos que completar cada cual nuestra misión. Hay mucho por hacer, la cosecha es abundante, los trabajadores pocos. Pero menos serán si permanecemos dormidos.



MARANA THA

Sé que vendrá Jesús un día,
sé que vendrá como marchó,
con los cabellos relucientes
y la estameña como el sol.
Por eso tengo siempre abiertos
los dos vatientes del balcón;
que no sorprenda su venida
despreocupada mi atención.
Sé que vendrá súbitamente,
como un relámpago, el Señor,
por eso tengo siempre abierto
el ventanal del corazón.
No tardes más; la vida es corta;
no la dilates tú, mi Dios.
Que nos anuncie la veleta
qué viento trae, al fin, tu voz.
Sé que traerás entre las manos
la paz de mi resurrección,
con tu mirada trascendente
como la luz, como el amor.

***


Baja otra vez al mundo,
¡baja otra vez, Mesías!
de nuevo son los días
de tu alta vocación;
y en su dolor profundo
la humanidad entera
el nuevo oriente espera
de un sol de redención.

Corrieron veinte edades
desde el supremo día
que en esa Cruz te vía
morir Jerusalén;
y nuevas tempestades
surgieron y bramaron,
de aquellas que asolaron
el primitivo Edén.

De aquellas que le ocultan
al hombre su camino
con ciego torbellino
de culpa y expiación;
de aquellas que sepultan
en hondos cautiverios
cadáveres de imperios
que fueron y no son.

Sereno está en la esfera
el sol del firmamento;
la tierra en su cimiento
inconmovible está:
la blanca primavera
con su gentil abrazo
fecunda el gran regazo
que flor y fruto da.

Mas ¡ay! que de las almas
el sol yace eclipsado:
mas ¡ay! que ha vacilado
el polo de la fe;
mas ¡ay! que ya tus palmas
se vuelven al desierto
no crecen, no, en el huerto
del que tu pueblo fue.

Tiniebla es ya la Europa:
ella agotó la ciencia,
maldijo su creencia,
se apacentó con hiel;
y rota ya la copa
en que su fe bebía,
se alzaba y te decía:
«¡Señor! yo soy Luzbel.»

Mas ¡ay! que contra el cielo
no tiene el hombre rayo,
y en súbito desmayo
cayó de ayer a hoy;
y en son de desconsuelo,
y en llanto de impotencia,
hoy clama en tu presencia:
«Señor, tu pueblo soy.»

No es, no, la Roma atea
que entre aras derrocadas
despide a carcajadas
los dioses que se van;
es la que, humilde rea,
baja a las catacumbas,
y palpa entre las tumbas
los tiempos que vendrán.

Todo, Señor, diciendo
está los grandes días
de luto y agonías,
de muerte y orfandad;
que, del pecado horrendo
envuelta en el sudario,
pasa por un Calvario
la ciega humanidad.

Baja ¡oh Señor! no en vano
siglos y siglos vuelan;
los siglos nos revelan
con misteriosa luz
el infinito arcano
y la virtud que encierra,
trono de cielo y tierra
tu sacrosanta Cruz.

Toda la historia humana
¡Señor! está en tu nombre;
Tú fuiste Dios del hombre,
Dios de la humanidad.
Tu sangre soberana
es su Calvario eterno;
Tu triunfo del infierno
es su inmortalidad.

¿Quién dijo, Dios clemente,
que tú no volverías,
y a horribles gemonías,
y a eterna perdición,
condena a esta doliente
raza del ser humano
que espera de tu mano
su nueva salvación?

Sí, tú vendrás. Vencidos
serán con nuevo ejemplo
los que del santo templo
apartan a tu grey.
Vendrás y confundidos
caerán con los ateos
los nuevos fariseos
de la caduca ley.

¿Quién sabe si ahora mismo
entre alaridos tantos
de tus profetas santos
la voz no suena ya?
Ven, saca del abismo
a un pueblo moribundo;
Luzbel ha vuelto al mundo
y Dios ¿no volverá?

¡Señor! En tus juicios
la comprensión se abisma;
mas es siempre la misma
del Gólgota la voz.
Fatídicos auspicios
resonarán en vano;
no es el destino humano
la humanidad sin Dios.

Ya pasarán los siglos
de la tremenda prueba;
¡ya nacerás, luz nueva
de la futura edad!
Ya huiréis ¡negros vestiglos
de los antiguos días!
Ya volverás ¡Mesías!
en gloria y majestad.


Himno al Mesías,
de Gabriel García Tassara
(1817–1875)