EL Rincón de Yanka: CREDO

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viernes, 12 de junio de 2026

CANCIÓN "SOY CATÓLICO" por RESONANCIA DE GRACIA

SOY CATÓLICO

RESONANCIA DE GRACIA

No soy una hoja que mueve el viento
Tengo raíces, tengo cimientos
Vengo de una historia de dos mil años
De mártires, santos y grandes rebaños
Navego en la barca que Cristo fundó
La misma que a Pedro Él le confió
Y aunque las olas golpeen con fuerza
Las puertas del mal no podrán contra ella
Llevo el sello del agua en mi frente
Y el fuego del Espíritu en mi mente
No camino solo, somos millones
Un solo cuerpo, en mil naciones
¡Soy Católico! Y lo grito sin miedo
Esta es mi casa, este es mi Credo
Creo en el Pan que se hace Carne en el altar
Creo en la Madre que me enseña a caminar
Amo la Cruz donde el cielo se abrió
Y a la Iglesia que Cristo nos dejó
Universal es mi nombre, firme es mi pie
¡Soy Católico! ¡Esta es mi fe!
Me define el milagro de la Eucaristía
Dios escondido en el pan cada día
No es un símbolo, es Su presencia
La fuente de vida, mi gran diferencia
Y tengo una Madre que ruega por mí
La misma que dijo aquel dulce "sí"
Con el Rosario me ato al Señor
Cadena de gracia, misterio de amor
Sé que soy frágil, que puedo caer
Pero en el confesionario vuelvo a nacer
Y miro al cielo, a mis santos hermanos
Que me dan aliento y me tienden la mano
La fe y las obras van en mi andar
Amar y servir, esa es mi verdad
¡Soy Católico! Y lo grito sin miedo
Esta es mi casa, este es mi Credo
Creo en el Pan que se hace Carne en el altar
Creo en la Madre que me enseña a caminar
Amo la Cruz donde el cielo se abrió
Y a la Iglesia que Cristo nos dejó
Universal es mi nombre, firme es mi pie
¡Soy Católico! ¡Esta es mi fe!
Una sola fe (Una sola fe)
Un solo bautismo (Un solo bautismo)
Un solo Dios y Padre
Que nos llama a ser uno en el abismo
De su inmenso amor
Desde Roma hasta el último rincón
Un solo latido
Un solo corazón
Soy Católico

SOY CATÓLICO - RESONANCIA DE GRACIA


LibroEnDefensaDelCatolicismoLoQueTodoCatolicoDebeSaberPHF by Betty Fragoso



martes, 2 de junio de 2026

GEDEÓN Y LOS 300 GUERREROS ⚔ y EL EFOD COMO MONUMENTO MEMORIAL QUE SE CONVIRTIÓ EN IDOLATRÍA

 
GEDEÓN Y LOS 300 GUERREROS

Gideón o Gedeón (hebreo גִּדְעוֹן “cantero” "picapedrero"), también llamado Yerubbaal (Jc. 6,32; 7,1; etc.), y Yerubbeset (2 Sam. 11,21, en el texto hebreo).
Gedeón fue uno de los Grandes Jueces de Israel. Pertenecía a la tribu de Manasés, y a la familia de Abiezer (Jc. 6,34). El padre de Gedeón se llamaba Joás y vivía en Ofrá (Jc. 6,11).
Gedeón vivió en una de las épocas más desalentadoras de la historia de Israel, tiempo de confusión y de apostasía; por esto Israel fue entregado en manos de los Madianitas por 7 años; "y los hijos de Israel clamaron a Yahveh".
Gedeón venció con solo 300 hombres porque Dios tenía un punto que dejar claro: no es la multitud la que gana la batalla, es la Presencia la que abre el camino.
Cuando Dios está contigo, lo poco se vuelve suficiente, lo pequeño se vuelve invencible, y lo imposible se vuelve testimonio.
Prepárate… porque Dios está por demostrar que no necesitas más números, solo más de Él.

El siguiente es en substancia el relato de la magistratura de Gedeón según es narrada en los capítulos 6 a 8 de Jueces: Israel había abandonado el culto a Yahveh y por siete años habían sido sumamente humillados por las incursiones de los madianitas y otras tribus orientales. Al fin, se volvieron a Dios quien les envió un libertador en la persona de Gedeón. En una primera teofanía, concedida a él de día mientras éste majaba trigo, Gedeón recibió la difícil misión de liberar a su pueblo; después de lo cual le erigió un altar al Señor (Jc. 6,24). En una segunda teofanía, a la noche siguiente, se le ordenó que destruyera el cipo-altar de Baal y que erigiera uno a Yahveh. Él realizó esto con el resultado de que la gente clamó por su muerte para vengar el insulto a sus falsos dioses. Sin embargo, Joás salvó la vida de su hijo con el ingenioso sarcasmo, que le aseguró a Gedeón el nombre de Yerubbaal: “Si Baal es dios, que pleitee con él, ya que le destruyó su altar” (6,25-32).

Así comisionado divinamente, Gedeón naturalmente tomo el liderato contra Madián, Amalec y otras tribus orientales que habían cruzado el Jordán, y acampaban en el valle de Jezrael. Reconfortado por la famosa señal del vellón (6,36-40), y acompañado por guerreros de Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí, ocupó su posición no lejos del enemigo. Pero la intervención de Dios era para mostrar que fue Su Poder que liberó a Israel, y por tal razón redujo el ejército de Gedeón de 32,000 a 300 hombres (7,1-8). Según una directriz divina, el caudillo divino hizo una visita de espionaje nocturno al campamento enemigo y oyó sobre un sueño que lo impulsó a actuar de inmediato, ciertamente en victoria (7,9-15). Le proveyó a sus hombres antorchas dentro de cuernos y cántaros, los cuales, siguiendo su ejemplo, rompieron y gritaban: “Espada por Yahveh y Gedeón”. Presas del pánico por el repentino ataque, los enemigos de Israel volvieron la espada cada uno contra el otro, y emprendieron la huida hacia los vados del Jordán (7,16-23). Pero, convocados por Gedeón, los efrainitas atajaron a los madianitas en los vados y capturaron y mataron a sus dos príncipes, Oreb y Zeeb, cuya cabeza enviaron al líder hebreo, reprochándole el no haberlos llamado antes para venir en su ayuda. Gedeón los apaciguó con un proverbio oriental, y persiguió al enemigo más allá del río Jordán (7,24; 7,3).

Al pasar por Succot y Penuel, éstos se negaron a proveerle provisiones para sus desfallecidos soldados, y Gedeón los amenazó a ambos con tomar venganza a su regreso (8,4-9). Al fin tomó y derrotó a los enemigos de Israel, capturó a sus reyes, Zéjab y Salmunná, regresó triunfante; de regreso castigó a los hombres de Succot y Penuel, y finalmente mató a Zéjab y Salmunná (8,10-21). Agradecidos por esta gloriosa liberación, los paisanos de Gedeón le ofrecieron la dignidad de la monarquía hereditaria, la cual rechazó con estas nobles palabras: “No seré yo el que reine sobre vosotros ni mi hijo; Yahveh será vuestro rey” (8,22-23). Sin embargo, les pidió a sus soldados y obtuvo los anillos de oro y otros ornamentos que le habían quitado al enemigo; y con todo ello hizo lo que parece que pronto se convirtió en objeto de culto idolátrico en Israel.

La judicatura pacífica de Gedeón duró cuarenta años. Tuvo setenta hijos, “murió en una dichosa vejez y fue enterrado en la tumba de su padre en Ofrá” (8,24-32). En Is. 10,26 y en el Salmo 83(82),12, se hace referencia a su victoria, donde se menciona claramente a los cuatro reyes de Jueces 7 y 8, un hecho que muestra que, en la fecha que se compuso este salmo, las proezas de Gedeón eran comúnmente conocidas en su forma presente.

Los variados rasgos literarios exhibidos por el texto de Jueces, 7 a 8, han sido minuciosamente examinados y variamente apreciados por eruditos recientes. Varios comentadores consideran que estos rasgos---por ejemplo, los dos nombres, Gedeón y Yerubbaal; las dos teofanías que afectan la vocación de Gedeón; la aparentemente doble narrativa de la persecución de Gedeón a sus desbandados enemigos, etc. prueban concluyentemente el origen compuesto del registro sagrado de la magistratura de Gedeón. Otros, por el contrario, tratan de reconciliar todos los rasgos del texto con la unidad literaria de Jueces 6 a 8. Sea como fuere, una cosa es perfectamente segura, a saber, que cualesquiera hayan sido los documentos que fueron utilizados para trazar la narrativa de las hazañas de Gedeón, todos concuerdan substancialmente en su descripción de las palabras y proezas de este Gran Juez de Israel.

La historia de Jueces 7 es épica: Gedeón tiene un ejército de 10,000 hombres, y Dios le dice que son demasiados. Los lleva al río a beber agua para hacerles una prueba.
La mayoría se arrodilla para beber. Solo 300 hombres se quedan de pie y llevan el agua a su boca con la mano, lamiéndola "como perros". Dios elige a los 300.
Siempre nos han enseñado que Dios los eligió porque al estar de pie y beber con la mano, "mantenían la vista al frente y estaban más alertas ante un ataque sorpresa".
Pero la arqueología y la cultura de Canaán nos revelan que esto no fue una prueba militar; fue una prueba de adoración.

EL CÓDIGO: EL CULTO A BAAL

En aquella época, el dios falso que dominaba la región era Baal. Baal era considerado el "dios de la lluvia, los ríos y las aguas".
El ritual obligatorio para adorar a Baal y pedirle un favor era llegar a un cuerpo de agua y postrarse de rodillas frente a la corriente para beber. Era un reflejo automático en la cultura de ese tiempo.
Cuando los soldados de Gedeón llegaron al río, estaban muertos de sed. El instinto cultural y religioso de 9,700 hombres fue arrodillarse frente al agua.
Pero hubo 300 hombres que se negaron. Tenían la misma sed que los demás, pero rehusaron doblar sus rodillas frente a la fuente de agua. Prefirieron incomodarse, quedarse de pie y llevarse el agua a la boca con la mano.

DIOS NO BUSCA SOLDADOS, BUSCA FIELES

Dios no vio "soldados súper tácticos". Dios vio a 300 hombres que dijeron: "Me estoy muriendo de sed, pero no me voy a arrodillar ante las costumbres de este mundo para saciarme".

UN MENSAJE PARA TI

Cuando la crisis aprieta, cuando la necesidad financiera te reseca la garganta y estás desesperado por un respiro, el mundo te ofrece su "agua": hacer trampa en los negocios, mentir, pisar a otros o abandonar tus principios para ganar un poco de dinero rápido.
El sistema te pide que "dobles la rodilla" para beber. Pero Dios está buscando a sus 300. Personas que, a pesar del cansancio extremo y la necesidad, deciden mantener su integridad de pie.



El efod de Gedeón es un objeto religioso mencionado en el libro bíblico de Jueces 8. Tras una gran victoria contra los madianitas, el juez Gedeón recolectó oro del botín y mandó confeccionar un efod, una prenda sacerdotal.

El propósito y el error

Aunque el efod original era una vestimenta sagrada usada por los sumos sacerdotes para consultar a Dios, el de Gedeón se convirtió en un monumento o símbolo que colocó en su ciudad, Ofra.
La intención: Se cree que Gedeón quiso crear un memorial para recordar la victoria divina y honrar a Dios como el único rey de Israel.
El resultado: El pueblo de Israel comenzó a venerar el efod en lugar de a Dios, cometiendo idolatría. Las Escrituras describen esto como un "adulterio espiritual" o una trampa que llevó al pecado a Gedeón y a su casa.

El efod era una sagrada vestidura sacerdotal del judaísmo antiguo, descrita en la Biblia, que incluía dos piedras de ónice en las hombreras y un pectoral con 12 piedras preciosas. Estas gemas representaban a las doce tribus de Israel y servían como oráculo y símbolo de unidad.

Las doce piedras estaban organizadas en cuatro filas de tres:

Primera hilera: Cornalina (o Rubí), Crisólito y Esmeralda.
Segunda hilera: Turquesa, Zafiro y Jade (o Diamante).
Tercera hilera: Jacinto, Ágata y Amatista.
Cuarta hilera: Berilo, Ónice y Jaspe.

Gedeón: El Valiente Juez que Derrotó a los Madianitas | Impactante Historia Bíblica Jueces 6 al 8


sábado, 28 de marzo de 2026

LIBRO "CRISTIANISMO: DE LA ESENCIA DE LA FE A LA EXISTENCIA CRISTIANA": Introducción general a la cosmovisión cristiana por MARCELO BRAVO PEREIRA

CRISTIANISMO: 
DE LA ESENCIA DE LA FE A LA 
EXISTENCIA CRISTIANA

Introducción general a la 
cosmovisión cristiana


La fe cristiana ha forjado la cultura occidental. Nuestro modo de hablar de Dios, del mundo y del ser humano lleva impresa la huella de la experiencia religiosa que se remonta a Jesús de Nazaret. Las ciudades de Europa y de América Latina se han construido en torno a iglesias, santuarios y monasterios. La arquitectura, la pintura, la escultura, la música: todo el universo del arte occidental testimonia cómo el cristianismo ha sabido sintetizar lo mejor de la herencia clásica con el genio artístico y espiritual de los pueblos en los que ha germinado. 
Este libro, del teólogo Marcelo Bravo Pereira, ofrece una introducción clara, rigurosa y profundamente humanista a la cosmovisión cristiana. No se trata de un tratado de apologética, sino de una guía para comprender, más allá de la adhesión personal, qué significa esta propuesta religiosa en sus elementos esenciales: su visión de Dios, del hombre, del mundo y del sentido de la vida. 
Primera edición en lengua española, esta obra recoge la experiencia del autor como docente universitario en Roma y responde a una necesidad urgente: conocer el cristianismo no solo para dialogar con los creyentes, sino para entender nuestras raíces culturales, las personas que nos rodean, nuestras calles y ciudades, incluso nuestras leyes y nuestra economía. Porque, en última instancia, conocer el cristianismo es conocernos más profundamente a nosotros mismos.

VER+:

El P. Marcelo Bravo nos invita a acercarnos al cristianismo no solo como una propuesta confesional, sino también como una propuesta cultural que ha dado forma a nuestra manera de entender al ser humano y el mundo.
Nuestra cultura occidental es heredera de esta visión, y reconocerlo nos ayuda a descubrir que, más allá de la fe personal, muchos elementos del cristianismo siguen vivos en nuestra forma de pensar, valorar y vivir.
Una reflexión para comprender mejor quiénes somos y de dónde venimos.

La fe no nace de una evidencia empírica, sino de la credibilidad de un testigo. Creemos no porque podamos demostrarlo todo, sino porque confiamos en quien nos transmite una verdad.
En este fragmento, el P. Marcelo Bravo profundiza en la esencia misma de la fe: una adhesión libre y razonable que se apoya en la confianza. Cuando el testigo es creíble, puede surgir una fe auténtica capaz de transformar la vida.
Escucha el fragmento y descubre cómo razón y confianza se encuentran en el corazón de la experiencia creyente.


Marcelo Bravo Pereira, LC: Comprender la religión en el siglo XXI


viernes, 27 de marzo de 2026

LIBROS "HUIR DE LA HEREJÍA": GUÍA CATÓLICA SOBRE ERRORES ANTIGUOS Y MODERNOS y "CREDO: COMPENDIO DE LA FE CATÓLICA" por ATHANASIUS SCHNEIDER


 HUIR DE LA HEREJÍA
GUÍA CATÓLICA SOBRE ERRORES
ANTIGUOS Y MODERNOS


«Mis viajes y mi ministerio pastoral me han dejado claro que hoy en día se necesita un libro en el que se recopilen y rebatan ciertos errores contra la verdadera fe, para que puedan ser más claramente reconocidos y evitados en nuestro tiempo.
He compuesto la presente obra para consolar a los católicos fieles mostrándoles cómo las herejías y otras formas de error religioso han formado parte de la historia de la Iglesia desde el siglo I; y que, como toda forma de maldad, Dios siempre ha utilizado el error para lograr un bien mayor en su misteriosa providencia. Para informarles sobre los errores más destacados y dañinos a los que se ha enfrentado la Iglesia desde su fundación. Puede resultar sorprendente saber que muchos de los errores actuales ya han sido abordados por la Iglesia, a menudo hace siglos.
Espero que, al abordar claramente los errores pasados y presentes, los católicos puedan combatirlos mejor, abrazar las verdades inmutables de la Revelación divina y guiar a otros hacia el mismo fin», monseñor Athanasius Schneider.

HUIR DE LA HEREJÍA. Guía católica sobre errores antiguos y modernos. Athanasius Schneider.

VER+:


Contra los Herejes 
San Ireneo de Lyon


SAN IRENEO de LYON, Contra Las Herejias. Adversus Haereses, 1. 1999 by Luciano II de Samosata


Contra las herejias - San Ireneo [Libro 3] by elvis cantillano


Schneider, Athanasius Credo Compendio de La Fe Catolica Trad Automatica by Ricardo Sebastián O. D.


LibroEnDefensaDelCatolicismoLoQueTodoCatolicoDebeSaberPHF by Betty Fragoso



sábado, 28 de febrero de 2026

LIBRO "DIOS. LA CIENCIA. LAS PRUEBAS": EL ALBOR DE UNA REVOLUCIÓN por MICHEL-YVES BOLLORÉ y OLIVIER BONNASSIES

DIOS
LA CIENCIA
LAS PRUEBAS

EL ALBOR DE UNA 
REVOLUCIÓN

En este libro se revelan, al cabo de tres años de trabajo en colaboración con unos veinte científicos y especialistas de alto nivel, las pruebas modernas de la existencia de Dios. Durante cerca de cuatro siglos, de Copérnico a Freud, pasando por Galileo y Darwin, los descubrimientos científicos se acumularon de manera espectacular, dando la impresión de que era posible explicar el Universo sin la necesidad de recurrir a un dios creador. Fue así como a principios del siglo XX se asistió al triunfo intelectual del materialismo. De manera tan imprevista como sorprendente, el péndulo de la ciencia se puso en movimiento en sentido inverso, con una fuerza increíble. Los descubrimientos de la relatividad, de la mecánica cuántica, de la expansión del Universo y de la complejidad de la vida llegaron uno tras otro. Estos nuevos conocimientos llegaron para dinamitar las certezas ancladas en el espíritu colectivo del siglo XX, hasta tal punto que hoy se puede decir que el materialismo, que nunca fue más que una creencia como otra, está en vías de transformarse en una creencia irracional.
Con un lenguaje accesible a todos, los autores de este libro retoman, de manera apasionante, la historia de esos avances y ofrecen un panorama riguroso de las nuevas pruebas de la existencia de Dios. En los albores del siglo XX, creer en un dios creador parecía oponerse a la ciencia. ¿No sería hoy todo lo contrario?

PRÓLOGO

Este libro es una muy buena presentación del desarrollo de la teoría del Big Bang y de su impacto en nuestras creencias y en nuestra representación del mundo. Tras haber leído los diferentes capítulos consagrados a la cosmología, pienso que esta obra ofrece una perspectiva particularmente interesante sobre la ciencia, la cosmología y sus implicaciones filosóficas y religiosas. 

Según los autores, Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies, ambos ingenieros, un espíritu superior podría estar en el origen del Universo; aunque esta tesis general no me aporta una explicación suficiente, acepto su coherencia. Ya que, si bien mi trabajo de cosmólogo se limita a una interpretación estrictamente científica, puedo comprender que la teoría del Big Bang dé lugar a una explicación metafísica. En la hipótesis de un Universo estacionario, sostenida por Fred Hoyle, mi profesor de Cosmología en Caltech, el Universo es eterno y no hay motivo para plantear la cuestión de su creación. Pero si, a la inversa, como lo sugiere la teoría del Big Bang, el Universo tuvo un comienzo, no podemos evitar esta pregunta. 

Al inicio de mi carrera, como la mayor parte de mis colegas, pensaba que el Universo era eterno. A mis ojos, el cosmos siempre había existido y la cuestión de su origen ni siquiera se planteaba. Ahora bien, no sabía que estaba a punto de descubrir, por casualidad, algo que iba a cambiar para siempre mi visión del Universo. En la primavera del 1964, mi colega Arno Penzias y yo mismo nos preparábamos para utilizar, en las instalaciones de los laboratorios Bell, en Holmdel, el gran reflector de veinte pies para llevar a cabo varios proyectos de radioastronomía. Uno de ellos consistía en buscar un halo alrededor de la Vía Láctea. Pero, durante las experiencias preliminares de control, habíamos constatado la presencia inesperada e indudable de un exceso de «ruido» detectado por la antena. En esa época, estábamos aún lejos de darnos cuenta de que ese misterioso «ruido» no podía ser nada menos que el eco de la creación del Universo. Afortunadamente, uno de nuestros amigos, el radioastrónomo Bernie Burke, nos señaló en ese momento los trabajos de un joven físico de Princeton, Jim Peebles. Siguiendo las sugerencias del profesor Robert Dicke, había establecido por cálculo que la radiación residual del Big Bang podría ser detectada en el cosmos. Había redactado en ese entonces un artículo aún inédito sobre esa hipótesis. Inspirados por las perspectivas extraordinarias de ese artículo (predicciones que, paralelamente a una carrera excepcional en cosmología, valieron a Jim Peebles el Premio Nobel en 2020), realizamos rápidamente algunos test finales y publicamos nuestras medidas al mismo tiempo que el artículo de Peebles y Dicke. La única explicación verosímil de nuestros resultados era que, sin duda, habíamos encontrado la «radiación fósil» proveniente de una época muy antigua del Universo, tal como había sido predicho por Dicke y calculado por Peebles. 

Nuestro descubrimiento hizo añicos la creencia según la cual el Universo no tenía comienzo ni fin. Lo más sorprendente es que, desde los primeros microsegundos tras el Big Bang hasta hoy, la evolución del Universo predicha por la física actual corresponda tan bien a nuestras observaciones. De tal modo que la teoría del Big Bang parece ser una representación fiel de la manera en que el Universo comenzó y se desarrolló. Pienso que se trata de una conformidad notable entre la teoría y la observación. 

Sin embargo, esta imagen confortable presenta dos problemas. El primero es que actualmente solo conocemos aproximadamente el 4% de la materia y de la energía del Universo. La materia y la energía oscuras representan, respectivamente, un 26% y un 70% de lo que contiene el Universo, pero no sabemos de qué se trata. La resolución de este problema podría hacer surgir una nueva física, que cambiaría nuestra actual comprensión de la génesis y de la evolución de nuestro Universo desde el Big Bang. El segundo problema es quizá aún más serio. En efecto, para que el Universo primordial haya podido evolucionar hacia el que nos ha engendrado y que hoy comprendemos, el Big Bang ha debido necesariamente configurarse de manera ultraprecisa. Diferencias increíblemente pequeñas en la densidad del Universo primitivo habrían provocado o bien una expansión tan rápida que el Sol y la Tierra no se habrían formado nunca, o bien, por el contrario, una expansión breve seguida de una nueva desintegración, mucho antes del nacimiento del Sol, hace aproximadamente 4700 millones de años. Tal como veremos en este libro, la inflación cósmica pudo haber iniciado el Big Bang de la manera requerida. De todos modos, la inflación cósmica está basada en una nueva física que, si bien no está en conflicto con la física del momento, no puede ser corroborada por otras observaciones. Además, no cualquier inflación daría el resultado adecuado. Para ello se necesita una forma de inflación muy específica, en la que los valores de las constantes físicas sean justo los correctos. De hecho, una de ellas, la constante cosmológica de Einstein, que se precisa para el proceso inflacionista, difiere —en lo que los científicos llamarían su valor natural— en 120 órdenes de magnitud. De este modo, aunque la inflación podría haber lanzado el Big Bang como lo conocemos, los requerimientos que necesita no dan explicación en sí del origen del Universo: simplemente lo desplazan un nivel hacia atrás. Una explicación actual a este problema sugiere que somos parte de un multiverso que existe desde siempre y que quizá haya habido un número infinito de Big Bang, cada uno con unas constantes físicas aleatorias. Desde ese punto de vista, nosotros vivimos en el Universo en el que las constantes iniciales eran las adecuadas para que apareciéramos, tal como lo describe el conocido principio antrópico. Nada de todo esto, a mi entender, da una explicación científica satisfactoria de cómo empezó el Universo. 

Este libro explora la idea de un espíritu o de un Dios creador —idea que se encuentra en muchas religiones— en relación con los conocimientos científicos actuales. Ciertamente, para una persona religiosa formada en la tradición judeocristiana, no puedo pensar en una teoría científica del origen del Universo que coincida mejor con las descripciones del libro del Génesis que el Big Bang. Aunque, en cierto modo, esto solo pospone una vez más la cuestión de su último origen. ¿Cómo llegó a existir ese espíritu o Dios, y cuáles son sus propiedades? 

A veces, cuando levanto los ojos hacia los millares de estrellas que brillan en la noche, pienso en todas las personas que, como yo, levantaron los suyos hacia el cielo de la misma manera y se preguntaron cómo empezó todo esto. Ciertamente, no conozco la explicación. Pero quizá algunos lectores tendrán la suerte de encontrar el principio de la respuesta en este libro.

Robert W. Wilson,
Universidad de Harvard, 
28 de julio del 2021

DIRECTO | Presentación del libro 'Dios. La ciencia. Las pruebas'
   
LOS DOMINGOS, 2025

Ainara, una joven idealista y brillante de 17 años, ha de decidir qué carrera universitaria estudiará. O, al menos, eso espera su familia que haga. Sin embargo, la chica manifiesta que se siente cada vez más cerca de Dios y que se plantea abrazar la vida de monja de clausura. La noticia pilla por sorpresa a toda la familia, provocando un abismo y una prueba de fuego para todos.



EL MISTERIO DE LA FE


Hay en la sociedad una resurrección del debate sobre Dios, sobre el sentido de la vida y sobre qué somos y por qué estamos aquí.

EL 23 de noviembre de 1654 Blaise Pascal sintió la presencia de Dios en su habitación. Lo sabemos porque, tras su muerte, se encontraron unas notas, cosidas dentro del forro de su abrigo. Apuntó: «Certeza. Gozo. Paz: Dios de Jesucristo». Estas palabras me vinieron a la cabeza al salir del cine tras ver "Los domingos", la película de Alauda Ruiz de Azúa, que narra la historia de una joven de 17 años que decide ser monja de clausura. Su familia intenta disuadirla, pero ella persiste. 

Hay dos visiones que se confrontan en este extraordinario filme, lleno de matices y que entronca con el debate sobre la existencia de Dios. 
La primera es la de quienes creen que la joven ha sido abducida y que es víctima de un espejismo, producto de su inmadurez y de la muerte de su madre. 
La segunda es la de la propia protagonista, que, como la fe es un don gratuito, está convencida de haber escuchado la llamada de Dios y toma los hábitos contra viento y marea.

Estoy leyendo estos días el libro de Byung Chul Han sobre Simone Weil, una mujer que concilió la lucha contra la injusticia con una visión mística de la existencia. El filósofo coreano escribe: «No es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba»
Retomando la concepción de Weil, Han apunta que la sociedad contemporánea, distraída por el espectáculo, padece una falta de atención que le impide escuchar la voz del Señor. 

«Quien no es capaz de mantener una actitud contemplativa, de mirar, no puede acceder a la verdad, al verdadero y duradero orden de las cosas», escribe. De sus palabras, se desprende que el filósofo sustenta que hay una verdad y un orden inmutables, a los que se puede llegar mediante un proceso de ascesis o, dicho con otras palabras, por la oración. Vemos en la película de Alauda a la joven que llora cuando escucha la llamada de Dios en una iglesia. Como yo sentí lo mismo cuando era adolescente, entiendo esa emoción. Salí conmovido del cine. Mientras mi mujer y mis amigos se centraban en el perfil psicológico de la joven, su vulnerabilidad y la fascinación por los ritos, yo pensaba en la frontera infranqueable que separa a los que creen de los que no creen. 

Me resisto a calificar la fe de una ilusión y la religión como un refugio que nos aporta seguridad. Por el contrario, sostengo que es una apuesta en el sentido pascaliano, una opción personal o, si se quiere, un don gratuito de Dios. Yo me considero agnóstico porque, como nadie ha vuelto de la muerte, no es posible saber lo que hay más allá. Tan racional es creer como no creer. Sí constato que hay en la sociedad una resurrección del debate sobre Dios, que es tanto como decir sobre el sentido de la vida y sobre qué somos y por qué estamos aquí. Sólo puedo dejar constancia de que no he encontrado respuestas a esas preguntas.

Roger Penrose: probabilidad del universo con condiciones para vida es tan improbable que escribirla requiere más ceros que átomos.
Einstein: "Dios no juega dados". 
Hawking: "Conoceríamos mente de Dios".
No eres accidente, eres milagro matemático de 1 en 10^10^123 con propósito divino.

John C. Lennox - Ha enterrado la ciencia a Dios..pdf by Paulo Ramiro

¿HA ENTERRADO LA CIENCIA A DIOS? por JOHN C. LENNOX


Origen Del Universo - Principio Antropico - Manuel Carreira, S.J by claferib

ORÍGEN DEL UNIVERSO por MANUEL CARREIRA

VER+:




domingo, 30 de noviembre de 2025

VILLANCICO DEL COLEGIO DE FOMENTO "MI DIOS DE CARNE" de POVEDAS y "DENTRO DE TI" CORO DE TAJAMAR, 2025


MI DIOS DE CARNE

Ver para creer, 
el cielo cabe entero en una cueva de Belén. 
Arde la Nochebuena con un nuevo amanecer: 
Que el misterio desvela su poder. 

Brazos de José, 
el Creador se mueve con la gracia de un bebé. 
Llora María llena de alegría y sencillez, 
la doncella más bella de Israel.

 ¡Tantos que quisieron ver sin ver!
¡Tanto abrazo que esperaba su querer!
Hoy la eternidad es todo don: 
Sangre de mi sangre, niño Dios. 

¡Mi Dios de carne!
pañales, besos, ojos de sus ojos de su madre, 
los Ángeles estallan al mirarle, 
el verbo balbucea y pide amor.

 ¡Mi Dios de carne!
La creación renueva su mensaje, 
la muerte y las tinieblas se deshacen,
"¡os ha nacido un Salvador!".

Nace el mundo hoy 
iluminado todo con el rostro de mi Dios. 
Dorado Pan divino, verdadera luz del Sol, 
plenitud de la vida y del amor. 

Santa Trinidad, 
hay una madre virgen con un Niño en un Portal, 
ella me llama y mira toda conmovida al entregar 
en mis brazos la pura eternidad. 

 ¡Tantos que quisieron ver sin ver!
¡Tanto abrazo que esperaba su querer!
Hoy la eternidad es todo don: 
Sangre de mi sangre, niño Dios. 

¡Mi Dios de carne!
pañales, besos, ojos de sus ojos de su madre, 
los Ángeles estallan al mirarle, 
el verbo balbucea y pide amor.

 ¡Mi Dios de carne!
La creación renueva su mensaje, 
la muerte y las tinieblas se deshacen,
"¡os ha nacido un Salvador!".

“Mi Dios de Carne” - Villancico del Colegio de Fomento El Prado de POVEDAS


Villancico 2025 | Dentro de ti - Coro de Tajamar

jueves, 30 de octubre de 2025

LIBRO "¡CREER O MORIR!": HISTORIA POLÍTICAMENTE INCORRECTA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA 💥 por CLAUDE QUÉTEL y PELÍCULA SOBRE EMIGRACIÓN VENEZOLANA POR LA NARCOTIRANÍA

¡Creer o morir!
Historia políticamente incorrecta 
de la Revolución francesa



Libertad, Igualdad 
y  Fraternidad… 
o  LA MUERTE
¡Creer o morir! ¡He aquí el anatema pronunciado por espíritus ardientes en nombre de la libertad!
Así expresaba su indignación el periodista Jacques Mallet du Pan en el Mercure de France del 16 de octubre de 1789, al comienzo mismo de la Revolución francesa. Una proclama que desmiente la tesis, hoy casi oficialmente aceptada, de que hubo dos «revoluciones»: una buena, la de los derechos humanos, que se habría corrompido en una mala, la del Terror.
Pero… ¿y si toda la Revolución francesa hubiera sido un desastre enorme y lamentable desde sus inicios? ¿Y si, lo que durante mucho tiempo se ha presentado como el levantamiento de todo un pueblo, no fuera otra cosa que la locura asesina e innecesaria de un puñado de parisinos ebrios de ideología que provocaron una guerra civil cuya memoria aún divide al mundo entero?
Quétel ha osado romper el tabú. Para ello ha revisado las fuentes, retirando las capas de propaganda acumuladas para descifrar los hechos, liberándolos de las distorsiones de la historia políticamente correcta. Ofrece una nueva mirada, directa y sin prejuicios, que pone en cuestión relatos tan asumidos como el de la toma de la Bastilla y nos hace descubrir que antes del Gran Terror vino el Gran Miedo o que la Asamblea vivió sumida en un tumulto perpetuo y aplastando las libertades que proclamaba desde su inicio.
Este relato, detallado y apasionante, está dirigido a todos aquellos que deseen que finalmente se les cuente otra historia de la Revolución francesa. La verdadera historia.
PRÓLOGO

¿Se puede escribir un nuevo libro sobre la Revolución Francesa? ¿Tiene sentido? ¿No está todo dicho? 

Es probable que una gran mayoría responda que no vale la pena. ¿Para qué añadir más páginas a una bibliografía que ya supera lo que se puede leer durante una vida entera? 

Claude Quétel, por el contrario, ha tenido la audacia de responder que no, que no todo estaba dicho. Aún más, se ha atrevido a escribir ese libro que faltaba… ¡y ha salido airoso! Porque, digámoslo ya, esta Historia políticamente incorrecta de la Revolución francesa es un libro magnífico, de esos que hay que leer lápiz en mano, subrayando, y al que hay que volver con regularidad para refrescar esos hallazgos, esos apuntes, esos retratos que aportan una poderosa luz a sucesos que nos han llegado envueltos en brumas. 

¿Cuál es el secreto de Quétel? 

En primer lugar y, ante todo, un conocimiento exhaustivo y profundo del periodo. Saber, y saber mucho, es la primera condición para escribir algo original sobre cualquier tema, y aquí Quétel cumple con nota. Investigador en el CNRS (Centre national de la recherche scientifique), director científico del Mémorial de Caen, comisario del Centro nacional del libro en Francia, un dato nos pone sobre aviso acerca de con quién estamos tratando: sobre la toma de la Bastilla, un momento particular del proceso revolucionario, Quétel ha escrito tres libros en los que está todo, absolutamente todo, analizado y explicado. 

En segundo lugar, una mirada despojada de apriorismos ideológicos. Quétel no solo ha estudiado la Revolución francesa, sino también la historiografía de la misma y es muy consciente de hasta qué punto la toma de partido previa puede distorsionar la lectura que se hace de los hechos, resaltando unos, ocultando otros, retorciendo el relato para que encaje en aquella interpretación que se había decidido de antemano. El anexo final de ¡Creer o morir!, un repaso a las obras que han ido configurando a través del tiempo nuestra visión de la Revolución francesa, es la demostración de que la metáfora del lecho de Procusto es una realidad bien palpable. 

Quétel adopta la actitud contraria. Y empieza confesando su ambición: «hacer el relato, libre y detallado, de la Revolución francesa, fuera de todo academicismo y de toda postura. Un relato sincero». Ni a favor, ni en contra… lo que a veces puede resultar más devastador que aquellos relatos que, cargando en exceso las tintas desde sus primeras líneas, quedan irremisiblemente desacreditados. Algo, por otra parte, muy sencillo de enunciar pero que solo está al alcance de quien ha leído mucho, ha entendido mucho y ha alcanzado esa madurez que te permite ver el bosque sin olvidar cada uno de los árboles. Quétel se sabe al dedillo toda la historiografía, pero precisamente por ello prefiere ir directamente a los hechos, a las fuentes, a los textos contemporáneos. Los resultados son espectaculares, consigue un relato apasionante que se lee casi como una novela (como de costumbre, la realidad supera a la más exuberante ficción), en el que nada está predeterminado por fuerzas ciegas, en el que sus protagonistas no son peleles del destino, pero en el que las causas, por escondidas que estén, provocan invariablemente sus consecuencias. 

Así, con ¡Creer o morir!, Quétel nos muestra una Revolución francesa liberada de todas las capas que se le han ido añadiendo a lo largo de dos siglos. El ejemplo de la «épica» toma de la Bastilla es paradigmático. Los liberadores de la Bastilla, nos explica el autor, a pesar de lo mucho que buscaron y rebuscaron, solamente encontraron a siete presos: cuatro falsificadores en espera de juicio que aprovecharon para escaparse mientras que los tres otros eran paseados por las calles entre aclamaciones. El problema fue que enseguida resultó evidente que dos de esos tres son dementes que hay que encerrar al día siguiente en Charenton. El único prisionero, supuesta víctima de la crueldad absolutista, que se puede mostrar en público está preso por delito de incesto y pronto hay que apartarlo para no desprestigiar la memorable gesta. En definitiva, ni un prisionero presentable. 

¿Qué hacer? ¿Cómo erigir un mito heroico con estos mimbres? Claude Quétel nos explica que esta aparentemente difícil tarea no será un problema para los revolucionarios, los artistas de la propaganda y la manipulación: se inventarán un octavo prisionero, creación de su fantasía: un tal «conde de Lorges», cubierto de cadenas y encerrado desde hacía 32 años, que pasa a ocupar las portadas de las gacetas y panfletos del momento y del que se informa que, cuando expresó desorientado no saber adónde ir, la multitud, con una sola voz, le respondió: «la nación te alimentará». Todo producto de la calenturienta imaginación de los panfletistas revolucionarios, reforzada por cuadros poco escrupulosos encargados por los revolucionarios tras tomar el poder. Como se suele decir, así se escribe la historia. 

Nos preguntábamos al inicio si tenía sentido aún escribir (y leer) sobre la Revolución francesa. 
¿Vale la pena dedicar nuestro tiempo a unos sucesos de hace más de dos siglos? Me atrevo a afirmar que es imposible que, tras la lectura de este libro, alguien tenga la más mínima duda de que sí, y mucho. Y es que, para bien y para mal, la Revolución francesa es el acontecimiento que de forma más evidente inaugura el mundo en que vivimos. En cierto modo, lo que ocurre durante unos años en Francia está tan cargado de sentido que resulta como una condensación de todo lo que va a desplegarse en el ámbito sociopolítico desde entonces. Permítanme la exageración, pero todo lo que ocurre después ya sucedió durante la Revolución francesa. La demagogia parlamentaria, el terror, la manipulación de las masas, el arribismo, la reescritura de la historia, la propaganda política… Todo aquello que consideramos típico de diversos momentos y regímenes está ya presente en esa especie de tragedia griega (con su inexorable destino en forma de mecánica revolucionaria y sus insaciables saturnos devorando a sus hijos) que se desarrolla en Francia durante la última década del siglo XVIII.
Conocerla a fondo es comprender la historia contemporánea: no solo tiene sentido seguir estudiándola, sino que es crucial si queremos orientarnos en el presente. 

Algunos ejemplos servirán, o al menos eso espero, para convencerlos de la que quizás parezca a algunos una atrevida afirmación. Empezando por la constatación de que con la Revolución francesa se inicia el reinado de la opinión pública y, en consecuencia, los esfuerzos para conformarla. Pronto descubrirán los revolucionarios que la influencia de las obras baratas y populares es mucho mayor que la de las obras caras y prestigiosas. Quétel lo ilustra con una carta de Voltaire a d’Alembert en 1756 en la que podemos leer: 
«Querría saber qué daño puede hacer un libro que cuesta cien escudos. Jamás veinte volúmenes in-folio harán una revolución: 
son los libros pequeños de treinta sueldos los que hay que temer. 
Si el Evangelio hubiese costado doscientos sestercios la religión cristiana nunca habría sido establecida». Hoy podríamos decir que un youtuber es capaz de movilizar más que veinte tesis doctorales. 

Otro de los mecanismos que ya aparecen bien a las claras durante las jornadas revolucionarias y que nos resulta por desgracia muy familiar es la descalificación absoluta, radical, del discrepante, de quien se aparta de la doctrina oficial. Quétel nos advierte de que ya en la Revolución francesa el discrepante es declarado enemigo de la humanidad: 
«se convierte ipso facto en cómplice del oscurantismo y enemigo del progreso, es decir, del género humano». 
No es que pueda estar errado, algo siempre posible y en ocasiones incluso probable, es que se convierte en enemigo del pueblo, que es algo muy distinto. Como escribe Taine, «como el jacobino es la Virtud, no se le puede resistir sin cometer un crimen». Hoy son cada vez más quienes equiparan discrepancia con crimen y pretenden convertir en delito (de odio, climático, discriminatorio…) cualquier opinión que se desvíe de la doxa oficial del momento. 

Pero no se confundan, Quétel no es un nostálgico del Antiguo Régimen, dispuesto siempre a cargar las tintas contra los revolucionarios y a exonerar de toda responsabilidad a Luis XVI y los suyos. Lo decíamos antes, la originalidad de su enfoque es esa mirada libre, no predispuesta por ninguna toma de partido. Una mirada que le permite ver cómo el mito de una revolución «buena» y pacífica que va ser traicionada por una revolución «mala» y violenta es una invención que no resiste el más mínimo análisis de los hechos, que gritan a los cuatro vientos que el terror empieza con sus primeros pasos (para convertirse en Terror, con mayúscula, de forma natural, progresiva y consecuente). Sí, la «leyenda rosa» de la Revolución francesa queda herida de muerte tras la lectura de este libro. 

Pero esa misma mirada también muestra sin rodeos ni disimulos todas las deficiencias y errores del rey, sumido en la indecisión y que solo está a la altura de su estirpe y posición en los últimos momentos de su vida. Quétel no nos oculta, al contrario, el desacertado camino tomado por Luis XVI, combinando imprevisión, rigidez e indecisión, como cuando llama a los regimientos suizos a Versalles pero no les ordena actuar, sin comprender que, tal y como escribe Quétel, «la amenaza sin acción es la peor de las soluciones». Algo que, desde padres a gobernantes, deberíamos grabar a fuego en nuestras mentes.

¿Necesitan aún más muestras de que vivimos en el mundo nacido de la Revolución francesa? Fíjense en esta descripción de un conocido y popular político: 
«Sabía que el hombre de genio habla más a los sentidos que al espíritu: 
también su gesto, su mirada, el sonido de su voz, todo, hasta su manera de peinarse, estaba calculado sobre un conocimiento profundo del corazón humano. Su elocuencia ruda, salvaje, pero rápida, animada, repleta de metáforas audaces, de imágenes gigantescas, dominaba las deliberaciones de la Asamblea. Su estilo duro, rocalloso, pero expresivo, abundante, hinchado con palabras sonoras, parecido a un duro martillo en manos de un hábil artista, modelaba a su voluntad a hombres a quienes no se trataba de convencer, sino de aturdir y subyugar». 
Es la descripción que el marqués de Ferrières hace de Mirabeau y que Quétel recoge en este libro, pero encaja a la perfección, al menos parcialmente, en numerosísimos líderes políticos desde entonces, algunos, me atrevo a afirmar, presentes entre nosotros (les dejo a ustedes la tarea de ponerles nombre). Por cierto, Rivarol, refiriéndose al mismo Mirabeau, nos dejó esta perla a medio camino entre el elogio y la crítica mordaz: «Es capaz de todo, incluso de una buena acción». 

Y ya que destacamos las citas que recoge Quétel, no hay duda de que su método de dar voz al juicio, a la opinión, a los comentarios de quienes viven en presente la Revolución francesa es una de las claves que dan valor a este libro y que lo convierten en algo vivo y apasionante, muy alejado del árido tratado abstracto y aleccionador. Como cuando acude a los escritos de Arthur Young, un agrónomo inglés de visita en París, que es testigo de la escasez de trigo en París en 1789. Young se percata enseguida de cuál es la actitud de los revolucionarios y escribe: «Me parece que a los violentos amigos de los comunes no les molesta el alto precio del grano, pues es de gran ayuda para sus posturas y facilita así la apelación a los sentimientos apasionados del pueblo y facilita sus proyectos mucho más que si el precio fuera bajo». Aquello de «cuanto peor, mejor» ya funciona a pleno rendimiento en los albores de la Revolución francesa. 

O también cuando reproduce extractos de la carta del intendente de Alençon el 18 de julio de 1789, en la que explica la situación que se vive en aquella localidad del noroeste francés conocida hoy en día por ser la localidad natal de Santa Teresita de Lisieux: «Las revueltas se multiplican y la impunidad de que se jactan, porque los jueces temen irritar al pueblo con ejemplos de severidad, no hace más que enardecerlos». Observaciones que desde entonces han cruzado los Pirineos y son de aplicación a nuestra actualidad más próxima. 

O por seguir con los paralelos entre la Revolución francesa y la historia de España más reciente, llama la atención las similitudes entre el ambiente posterior a la caída de Robespierre, el «posTerror», y nuestra Transición, marcados ambos por el veloz realineamiento a la nueva situación. En cuestión de días el gorro rojo, «glorioso ayer, de repente se convierte en objeto de oprobio». París, ciudad sans-culotte, ahora es termidoriana: se recupera el hablar de usted, el trato de monsieur reemplaza al de ciudadano y el famoso pintor David, que antaño glorificara entre otros a Marat, diseña ahora el traje de los nuevos cinco directores que gobiernan Francia tras el golpe. Se llega incluso a que lo más chic sea tener un pariente guillotinado, que vendría a ser como el haber corrido delante de los grises. 

Confío en que si alguien lee estas líneas y duda aún si embarcarse o no en la lectura de ¡Creer o morir! deje atrás sus titubeos y se embarque en esta travesía por la sacudida que cambió el mundo. Se sumergirá en una década (1789-1799) inflamada de pasión, peligrosa, tremenda y cargada de enseñanzas, asistirá a sucesos decisivos casi como si de un espectador contemporáneo se tratara (con la ventaja de que no pondrá en riesgo su vida) y comprenderá mucho mejor no solo aquellos hechos, sino el mundo en que vivimos. Una propuesta que, aunque se pueda rechazar, hará bien en aprovechar.
Jorge Soley

INTRODUCCIÓN

Este libro solo tiene una ambición, pero es grande: contar la historia, libre y detallada, de la Revolución francesa, sin ningún tipo de academicismo ni postura. Un relato sincero. 

Pero ¿podemos observar la Revolución desde lo alto de Sirio, con toda serenidad, como lo haríamos desde otro período de la historia de Francia? Obviamente no. «No hay etnología posible en un paisaje tan familiar», escribe François Furet. El historiador de la Revolución francesa añade: 
«debe anunciar sus colores», dando de antemano «su opinión, esa forma de juicio que no se requiere sobre los merovingios, pero que es esencial en 1789 o 1793. Que dé su opinión y estará todo dicho, y tendremos al realista, liberal o jacobino». 

Sin embargo, resulta que el autor de este libro no es realista ni liberal, y mucho menos jacobino. No es, además, un especialista de la Revolución francesa (Furet tampoco), sino «del siglo XVIII». Esto le da una gran libertad frente a los entendidos del tema, los guardianes del templo, porque, de hecho, se trata de un santuario. 

El gran profanador fue Taine a fines del siglo XIX, tan radicalmente contrarrevolucionario que durante mucho tiempo se le impuso la ley del silencio. Un siglo después, el gran «revisionista» fue François Furet, quien dio una terrible patada en el hormiguero de los historiadores marxistas. De hecho, la tesis de una revolución popular confiscada por la burguesía ya había sido refutada por los historiadores anglosajones, pero esta no era una razón, a los ojos de los ortodoxos, para proclamarla en Francia. 

Sin embargo, y mirándolo más de cerca, el propio Furet no criticó radicalmente la Revolución. Con una ilación liberal inaugurada a principios del siglo XIX, salvó lo esencial al distinguir dos revoluciones sucesivas, la segunda resultante del «resbalón» de la primera, la de 1789 y la de 1790, la buena de alguna manera, ya que dio a luz a los derechos del hombre: «El Antiguo Régimen había sido la desigualdad de los hombres y la monarquía absoluta; en la bandera de 1789 aparecieron los derechos del hombre y la soberanía del pueblo. Es esta ruptura la que expresa más profundamente la naturaleza filosófica y política de la Revolución francesa; es lo que le da la dignidad de una idea y el carácter de un comienzo» (Diccionario de la Revolución francesa). 

Pero ¿cuáles son estos derechos humanos de los que seguimos oyendo hablar? ¿Los habría inventado la Revolución francesa? Obviamente no. La idea no era nueva, desde el cristianismo se asignó un valor único y absoluto a cada ser humano (ya que tiene un alma) hasta la filosofía de la Ilustración que puso siempre delante al hombre. La Declaración de Independencia de Estados Unidos los proclamó al universo el 4 de julio de 1776: «Todos los hombres son creados iguales; están dotados por el Creador de unos derechos inalienables: entre estos derechos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Y, de hecho, en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano del 26 de agosto de 1789 se hicieron eco de aquellos, comenzando con su famoso artículo 1: «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos». 

Entonces, si no los había inventado, ¿la Revolución francesa habría instituido los derechos humanos, los habría puesto en práctica? Nadie se aventuraría a decir que fue durante los diez años de su historia convulsa y mortífera. ¿El crédito valdría entonces para sus sucesores? ¿Para nuestras Repúblicas III, IV y V? 

Pero, salvo para traicionarlas constantemente, ¿qué libertad? ¿qué igualdad? ¿qué fraternidad? ¿Cuándo entraron estos nobles principios en la realidad histórica? ¿Desde cuándo la proclamación de los derechos del hombre lleva concretamente al respeto por los seres humanos como personas? ¿No será que, dicho de forma más trivial, la sociedad, como escribió en broma Chamfort en la época de la Revolución, está, incluso hoy, «compuesta de dos grandes clases: los que tienen más cenas que apetito y los que tienen más apetito que cenas»? 

En esta pseudoconquista de los derechos humanos, la Revolución francesa se engañó a sí misma y, paradójicamente, todavía nos sigue engañando a nosotros, en la doxa 1 republicana y, por consiguiente, en los libros de texto, pero también en la historiografía2, incluso reciente. ¡Oh! Por supuesto, ya no se celebra la Revolución como el glorioso episodio fundador de la República. Se le ha echado agua al vino. Se condena el Terror (sin embargo, hay una tendencia actual en la historiografía a relativizarlo e incluso reducirlo a un mito), pero se invocan hasta la saciedad los famosos derechos del hombre. ¿Una conquista semejante no valía una revolución, no importa cuál fuera su precio? Por gracia de la Revolución francesa, Francia se ha convertido en «la patria de los derechos humanos» y da lecciones al respecto, una y otra vez, a todo el mundo. «Desde el tiempo que Francia lleva brillando, escribía Jean-François Revel, me pregunto cómo no se ha muerto el mundo entero por insolación». 

Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Platón ya nos habló del fracaso de su apuesta política: no pudo hacer del tirano Dionisio el Joven un rey filósofo. La realidad del poder apagó la frágil llama de los principios filosóficos que parecía haber aprendido. El rey filósofo (como el rey-filósofo defendido por Fénelon en su Telémaco) es una figura imposible de la historia. Por lo tanto, concluye Platón, «no habrá tregua a los males sufridos por los Estados; no más, creo, que a los del género humano». 

Y ahora, desde los primeros siglos de la historia mundial, la justicia (en el sentido moral), la humanidad, la libertad, la fraternidad quedan relegadas al firmamento de los deseos piadosos, la utopía, la magia. Porque, ¿quién es este «hombre» al que la «razón» de los filósofos reconoce todos esos «derechos naturales», sino un hombre abstracto, libre de toda contingencia histórica, política y social, «fuera del suelo», si se puede decir así? Sin embargo, este es el hombre que blandió la Declaración de 1789. 

Pero no importa, ya que los derechos humanos se alejan de la política para proceder del Evangelio y del culto. Valentine Zuber (Le culte des droits de l’homme) ve en ellos «una religión civil republicana, un conjunto de creencias, símbolos y ritos relacionados con las cosas sagradas llevadas por una sociedad y alejadas del debate». 

Un mantra y, además, venenoso: «No se trata de sentir si un ideal es en sí mismo bueno, verdadero, etc. 
Se vuelve infernal si está más allá de nuestro alcance, cuando queremos tomarlo para hacerlo norma de gobierno de los hombres y de la organización de la sociedad», escribe Augustin Cochin. Toda la historia de la Revolución francesa está ahí. 

Sacralizados de esta forma, los derechos humanos son intocables. «Hoy resulta inconveniente, blasfemo y escandaloso, criticar la ideología de los derechos humanos tal y como antes lo era dudar de la existencia de Dios», según Alain de Benoist (Más allá de los derechos humanos)3. Bajo esta bandera, la Revolución francesa es igual de insospechada. Sigue avanzando, escondiéndose detrás de su mito universalista.

Ha llegado el momento de descubrir la impostura detrás de la postura y finalmente aceptar que la Revolución francesa fue un horrible episodio, de principio a fin, de la historia de Francia. No fue la sublevación magnífica de todo un pueblo, sino una locura asesina e inútil, una guerra civil cuya memoria continúa hoy dividiendo fundamentalmente a los franceses. El resbalón, invocado por François Furet, que se habría producido después de la mágica Declaración, fue en realidad el de toda la Revolución, desde los primeros días de los Estados Generales e incluso desde que se emitió la simpática idea de convocarlos. Luego todo fue de mal en peor, hasta el punto de que, para salvar a Francia de la anarquía, fue necesaria una dictadura militar.
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1 Opinión. [N.d.T.]
2 Cf. al final del volumen, un ensayo de historiografía crítica, «La Revolución es seguramente un bloque».



CUANDO SOLO QUEDA 
AFERRARSE A LA FE PARA VIVIR

"Creer o Morir" cuenta la historia de David, un niño alegre creyente de 8 años, 
que junto a su abuela Nasha de 85 años, descubrirá un mundo de fe, 
sueños y posibilidades, más allá de los que sus ojos pueden ver.

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