EL Rincón de Yanka: ¿PRESIENTES UNA FELICIDAD? CARTA DE ROGER DE TAIZÉ, 2001

inicio








lunes, 22 de octubre de 2012

¿PRESIENTES UNA FELICIDAD? CARTA DE ROGER DE TAIZÉ, 2001

 

«El Evangelio no ha cambiado,
somos nosotros que empezamos a entenderlo mejor».
Estas palabras fueron pronunciadas por el papa Juan XXIII en vísperas de su muerte.

 
 
 
 
¿Presientes una felicidad?
Carta 2001
 
Traducida a 58 idiomas (de los cuales 23 son de Asia y 7 de África), esta carta ha sido escrita por el hermano Roger de Taizé, y ha sido publicada con ocasión del Encuentro de Barcelona. Será retomada y meditada durante el año 2001 en los encuentros que tendrán lugar en Taizé, semana tras semana, y en otros lugares del mundo.
 

 
Si pudiéramos darnos cuenta de que una vida feliz es posible, incluso en las horas de oscuridad... 1 Lo que hace feliz una existencia es avanzar hacia la sencillez: la sencillez de nuestro corazón, y la de nuestra vida. 2
Para que una vida sea hermosa, no es indispensable tener capacidades extraordinarias o grandes facilidades. Hay una felicidad en el humilde don de la persona. Cuando la sencillez está íntimamente asociada a la bondad del corazón, 3 incluso personas sin recursos pueden crear un espacio de esperanza en su entorno.

 
¡Sí, Dios nos quiere felices! 4 Pero jamás nos invita a permanecer pasivos, nunca a estar indiferentes ante el sufrimiento de los otros. 5 Todo lo contrario: Dios nos propone ser creadores, y llegar a crear incluso en los momentos de prueba. Nuestra vida no está sometida al azar de una fatalidad o de un destino. ¡Lejos de eso! Nuestra vida adquiere sentido cuando es, ante todo, respuesta viva a una llamada de Dios. ¿Pero cómo reconocer esta llamada y descubrir lo que Él espera de nosotros? Dios espera que seamos un reflejo de su presencia, portadores de una esperanza de Evangelio. 6 Quien responde a una llamada semejante no ignora sus propias debilidades, pero también guarda en su corazón estas palabras de Cristo:

 
«¡No temas, cree sencillamente!» 7
Hay quienes perciben, aunque al principio débilmente, que la llamada de Dios es para ellos una vocación para toda la existencia. 8 El Espíritu Santo tiene la fuerza de sostener un sí para toda la vida. ¿No ha depositado Él ya en nosotros un deseo de eternidad y de infinito? En Él, a cada edad, es posible reencontrar un impulso, y decirnos: «¡Ten un corazón decidido, 9 y prosigue tu camino!» Y de esta manera, por su misteriosa presencia, el Espíritu Santo suscita un cambio en nuestros corazones, rápido para unos, imperceptible para otros. Lo oscuro, e incluso inquietante, llega a esclarecerse. Hasta el final de nuestros días, la confianza de un sí puede aportar tanta claridad. Llamados a hacer don de nuestra persona, no hemos sido hechos para semejante don. Cristo comprende lo que nos obstaculiza interiormente. Al superarlo, le damos una prueba de nuestro amor.

 
Atentos a la llamada de Dios, comprendemos que el Evangelio nos invita a asumir responsabilidades para aliviar los sufrimientos humanos. 10 La mirada de los inocentes, la de tantos pobres a través de la tierra, nos cuestiona: ¿Cómo compartir una esperanza con quienes no la tienen? Y la palabra de Cristo en el Evangelio aporta una respuesta clara: «Lo que hicisteis por los más humildes, a mí me lo hicisteis». 11 Dios no puede sino dar su amor, el sufrimiento nunca viene de Él. Dios no es el autor del mal, Él no quiere ni la angustia humana, ni las guerras, 12 ni los desastres naturales, ni la violencia de los accidentes. Él comparte el dolor de quienes atraviesan la prueba y nos hace capaces de consolar a los que conocen el sufrimiento.

 
Dios nos quiere felices: ¿pero dónde está la fuente de esta esperanza? Está en una comunión con Dios, que vive en el centro del alma de cada persona. 13 ¿Podemos comprenderlo? Nos cautivará el misterio de una comunión con Dios. Este misterio atañe lo que hay de único y más profundo del ser. 14 Dios es Espíritu 15 y su presencia permanece invisible.

 
Vive siempre en nosotros: tanto en los momentos de oscuridad como en los de plena claridad. 16 ¿Y si existen en nosotros abismos de lo desconocido, y también pozos de culpabilidad que vienen de no se sabe dónde? Dios no amenaza a nadie 17 y el perdón con el que inunda nuestras vidas viene a curar nuestra alma. ¿Cómo podría un Dios de amor imponerse con amenazas? ¿Será Dios un tirano? Si las dudas nos asaltan a veces, son sólo agujeros de incredulidad, nada más. El dominio de nuestros pensamientos puede ayudar a sostenernos en medio de los avatares de nuestra existencia. 18

 
¿Y si surge la impresión de un alejamiento entre Dios y yo, como si la mirada interior se apagara imperceptiblemente? Recordemos que Dios jamás retira su presencia. 19 El Espíritu Santo no se separa jamás de nuestra alma: incluso en la muerte, la comunión con Dios permanece. Saber que Dios nos acoge por siempre en su amor se convierte en fuente de una confianza apacible. 20 Nuestra oración es una realidad sencilla. ¿Y si es un pobre suspiro? Dios nos sabe escuchar. Y no olvidemos nunca que, en el corazón de cada persona, es el Espíritu Santo quien ora. 21 Mantenernos en silencio en presencia de Dios es ya una disposición interior abierta a la contemplación. 22

 
Al entrar en el tercer milenio, ¿nos damos cuenta suficientemente de que, hace dos mil años, Cristo vino a la tierra no para crear una nueva religión, sino para ofrecer a toda la humanidad una comunión en Dios? 23 El segundo milenio ha sido el tiempo en que muchos cristianos se han separado unos de otros. ¿Nos comprometeremos desde ahora, sin tardanza, desde el comienzo del tercer milenio, a hacer todo lo necesario para vivir en comunión 24 y construir la paz en el mundo? Cuando los cristianos se mantienen en una gran sencillez y con una infinita bondad de corazón, cuando están atentos a descubrir la belleza profunda del alma humana, son llevados a estar en comunión unos con otros en Cristo y a convertirse en buscadores de paz por toda la tierra. 25 ¿Nos damos cuenta de que «todo bautizado que se dispone interiormente a confiar en el Misterio de la Fe está en la comunión de Cristo»? 26 Estar en comunión unos con otros supone amar y ser amados, perdonar y ser perdonados. Cuando esta comunión que es la Iglesia se vuelve diáfana porque busca amar y perdonar, deja traslucir las realidades del Evangelio con un frescor de primavera. 27 ¿Entraremos pronto en una primavera de la Iglesia? Cristo nos llama a nosotros, pobres del Evangelio, a vivir la esperanza de una comunión y de una paz, y que irradien en nuestro entorno. Incluso el más sencillo puede llegar a hacerlo. ¿Presientes una felicidad? ¡Sí, Dios nos quiere felices! ... Y hay una felicidad en el humilde don de uno mismo.
 
 
SEGUIR AQUÍ:
 


 
 
© Ateliers et Presses de Taiz
Taizé-Communauté, 71250 Taizé, France