EL Rincón de Yanka: ENTRE LA HIPOCRESÍA Y EL PURITANISMO

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#GALICIANOARDELAQUEMAN

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martes, 17 de febrero de 2009

ENTRE LA HIPOCRESÍA Y EL PURITANISMO


1 de agosto de 2014


Revelan que el planeta está entrando en un periodo de Enfriamiento Global

Un verano frío ártico ha llevado a un aumento récord de la capa de hielo, lo que lleva a los expertos predecir un período de enfriamiento global.
El frío ártico de verano ha dejado cerca de un millón más de kilómetros cuadrados de océano cubierto de hielo que en el mismo período del año pasado – un aumento del 60%.

Algunos eminentes científicos creen ahora que el mundo se encamina hacia un período de enfriamiento que no terminará hasta mediados de este siglo – un proceso que expondría los pronósticos informáticos del calentamiento catastrófico inminente como peligrosamente engañoso.
Hay evidencia de que los niveles de hielo del Ártico son cíclicos. Los datos descubiertos por los historiadores del clima muestran que hubo un deshielo masivo en las décadas de 1920 y 1930, seguido de un intenso re congelamiento que termino sólo en 1979.
Las instituciones primero, marcando la pauta, y después las gentes siguiendo el ejemplo, se esfuerzan todos en exhibir una impudorosa exposición de fingimientos filantrópicos que deja como un neófito al famoso Tartufo de Moliere.

Se trata del rasgo mas común que retrata una época en la que los ciudadanos hacen gala ante los demás de su infinita bondad, solidaridad, conciencia medioambiental, preocupación por el Tercer Mundo y fanática defensa de toda especie animal, especialmente gatitos y perritos, elevados a la categoría humana. En general, el artificio se reduce a un derrame de grandes palabras y términos altisonantes cuyo objetivo esencial acaba siendo la denuncia de los que no están en este exquisito club de las simulaciones.

Escudados en la defensa del nuevo orden puritano se imponen un sinfín de normativas, que bajo el pretexto del bien común, rozan a menudo los límites de las libertades esenciales del ciudadano. Invariablemente van apareciendo cruzadas contra fumadores, bebedores, taurófilos, cazadores, contaminadores, machistas, mentes conservadoras o simples aficionados a la incorrección política. Es obvio que a medida que la mediocridad invade el poder político, más normativas son necesarias para suplir la falta de criterio de cualquier dirigente. El resultado puede ser, en breve plazo, una nueva forma con tintes autoritarios encubierta en la aquiescencia general y el sufragio universal.

No parecen existir antecedentes históricos de una epidemia
generalizada con tal grado de impostura e hipocresía
como la que venimos sufriendo en las sociedades occidentales.


Los temas medioambientales figuran hoy en lugar destacado entre las exhibiciones de magnanimidad con las que los gobiernos tratan de justificarse ante un electorado tan exquisitamente predispuesto con las abstracciones sentimentales. En este ámbito virtual, se legislan medidas destinadas a inculpar al ciudadano del progresivo deterioro del planeta. Obviamente, tales medidas tienen buen cuidado que no perjudiquen un ápice al consumo general, al cual, paradójicamente, se le hace responsable del deterioro. Sin embargo, la realidad demuestra que todas las medidas emprendidas sobre el tema tienden a convertirse en un nuevo negocio con patente de corso ecológica.


Que llega el apocalipsis
La situación resulta extravagante. Desde los gobiernos se promueve una información alarmista destinada a las masas, en la cual fluyen las amenazas sobre el cambio climático y la subida de los océanos, pero en el fondo todo se reduce a un acto de fe en los políticos. Si aparece alguna referencia a los científicos, se tiene buen cuidado de citar solo aquellos que abonan sus argumentos y cuyas tesis permitan seguir promoviendo el filón medioambiental. De momento, con una actuación semejante, es difícil creer nada grave en relación a este tema y el número de escépticos se mantiene aun en una proporción razonable.


No obstante, el Apocalipsis pronosticado corre el riesgo de convertirse en una nueva inducción religiosa destinada a la masa de tartufos que andan siempre persiguiendo asuntos para la exhibición, y precisamente, en este sentido es donde hay razones para la inquietud. La coartada de la salvación del planeta puede resultar una causa perfecta para que fanáticos y sectarios compulsivos puedan encontrar motivos urgentes que justifiquen una nueva doctrina ordenancista de carácter indiscutible.


Ya sabemos que en el mundo desarrollado son muchos los ciudadanos que actualmente abandonan las creencias tradicionales para poner la misma fe al servicio de estrafalarias religiones laicas. He conocido algunas gentes involucradas en estas místicas y siempre me ha parecido un personal de alto riesgo, como por ejemplo, es el caso de los antitaurinos. Se da la paradoja de que estos individuos e individuas desprenden una violencia insólita en contradicción total con los argumentos pacifistas que pregonan. Si esta voluntad fundamentalista la trasladamos a la trama medioambiental con el objetivo de salvar el planeta, cabe pensar que la sustancia del asunto se convierte todavía en algo más peligroso, porque el tema esgrime razones superiores al ser humano. ¿Quién se opondrá a la salvación del planeta?


Mi impresión personal es que no deberíamos permitir que los gobiernos se vayan recreando tan frívolamente sobre estas cuestiones, pues se corre el riesgo de que la amenaza no sea tanto el deshielo y la subida del mar, como una ola de fanatismo e intolerancia que encuentre de nuevo una imagen con apariencia altruista para imponer nuevas formas de represión a las libertades individuales. Como de costumbre, con la inmaculada excusa del bien común. No recuerdo ningún sistema totalitario que haya esgrimido otras razones.

Albert Boadella

El calentamiento global no es ciencia, 
es ideología

En las últimas décadas venimos siendo bombardeando mediáticamente con mensajes apocalípticos sobre las devastadoras consecuencias del calentamiento global, culpabilizando a la humanidad por el supuesto incremento de las temperaturas y el riesgo que eso puede tener para el ecosistema y la vida animal y vegetal. Hay quienes incluso nos califican a los humanos como una amenaza, como una especie invasora, una plaga de langostas que destruye todo a su paso cual marabunta que es preciso exterminar para preservar el equilibrio ecológico de la “Madre Tierra”.

El motivo de la alarma es que desde hace unas décadas, concretamente desde 1970, la temperatura del planeta parece que ha aumentado unas décimas. Un hecho que según los calentólogos nos tiene que hacer recapacitar. Que en 40 años la Tierra haya sufrido una variación tan drástica de la temperatura –unas cuantas décimas- es para algunos un hecho muy preocupante, que no debiera dejarnos dormir.

Pero pongamos las cosas en perspectiva. Nuestro planeta se formó hace unos 4.550 millones de años. A lo largo de esos 4.550 millones de años la Tierra ha sufrido 7 Eras Glaciares de entre 1.500 millones de años a unos 65 millones de años de duración cada una de ellas y ha habido 4 épocas de frío extremo durante las cuales el planeta estuvo totalmente cubierto de hielo, en lo que vienen siendo conocidas como “Tierra Blanca”. Durante la Era Cenozoica –que es en la que nos encontramos y que dio comienzo hace 65 millones de años- se repite la misma pauta de alternancia de épocas frías o glaciales y cálidas que ya se dieron en el pasado y hace 2 millones de años empezó la Época del Cuaternario, en la que aun estamos inmersos. El homo sapiens apareció hace unos 200.000 años y sabemos por vestigios humanos documentados que el clima en los últimos 5.000 años ha variado mucho: desde el otrora boscoso Sahara poblado de hipopótamos a la verde Groenlandia y pasando por la Pequeña Edad de Hielo padecida entre los siglos XV y XIX.

Es decir, la vida del planeta es una sucesión de cambios de temperatura constante que se prolongan durante millones de años y en ocasiones con alteraciones bruscas y breves. Pretender evaluar la climatología del planeta sobre la escala temporal humana o incluso de un par de décadas –que es en lo que estamos- no es sólo una boludez, es una irresponsabilidad. Es como si quisiéramos medir la distancia entre galaxias utilizando la unidad de medida de los milímetros en vez de la de los años luz. O como si una mosca –cuya vida oscila entre los 15 y los 30 días- se dedicara también a preocuparse por el cambio climático que se produce entre las 7 y las 9 de la mañana de un mismo día. La escala climatológica de la Tierra no puede trasladarse a referencias temporales de escala humana. No puedes sacar conclusiones sobre la base del cambio de temperatura producido en 40 años respecto de algo que tiene 4.550 millones de años y que los geólogos miden en eras de entre 1.500 y 65 millones de años y éstas a su vez en épocas de 2,4 millones de años, glaciaciones de 125.000 años e interglaciaciones de 10.000, sencillamente es una estupidez mayúscula y un fraude de desastrosas consecuencias para millones de personas que ven cómo las absurdas, inútiles y carísimas medidas para luchar contra el supuesto “cambio climático” están lastrando la recuperación económica y destruyendo empleo.

Se estima que el coste para el contribuyente español del cumplimiento de los Acuerdos de Kioto para el periodo 2008-2012 fue de 3.000 millones de euros –sólo los directos por la compra de derechos emisión de CO2- y los compromisos adquiridos para nuevo tratado, el de París, se calcula que nos costarán unos 385.000 millones de euros de aquí a 2050, 10.000 millones al año, más de lo que el Estado van a invertir en 2017 en infraestructuras a través de los Ministerios de Fomento, Agricultura y Energía (unos 7.000 millones). Y todo eso no se sabe muy bien para qué, como mucho para reducir -según unos modelos teóricos simulados por ordenador bajo unas premisas arbitrarias e interesadas- un par de décimas o tres la temperatura media del planeta dentro de 33 años.

Las variaciones climatológicas, los altibajos en las temperaturas producidas en unas cuantas décadas a escala geológica es como pretender valorar las variaciones que pueden producirse en una fracción de segundo. Lo que está claro es que el calentamiento global es un gran negocio para muchos y un muy mal negocio para el ciudadano y los contribuyentes. Y es que, al fin y al cabo, el calentamiento global no es ciencia, es ideología.
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