EL Rincón de Yanka: CRISTOCENTRALIDAD

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martes, 20 de agosto de 2024

LOS CRISTIANOS SON LOS QUE "ESTÁN EN LA BRECHA" 🏰


LOS CRISTIANOS SON
LOS QUE ESTÁN EN LA BRECHA 

«Busqué entre ellos alguien que levantara un muro 
y se pusiera en pie en la brecha 
delante de Mí a favor de la tierra, 
para que Yo no la destruyera, 
pero no lo hallé». Ezequiel 22:30

Dios nos desafía a pensar con más cuidado y en oración sobre lo que Él quería que hiciéramos con nuestra vida. La necesidad de ponerse en pie en la brecha ante Dios es tan urgente ahora como lo fue seiscientos años antes de Cristo.

‘Estar en la brecha’ para señalar a aquella persona que lucha por conseguir un propósito con el que está comprometido y también encontramos que es usada para indicar que alguien está en una buena posición, que ha triunfado o destacado en algo.
La ‘brecha’ a la que hace referencia la locución era la rotura que un ejército podía hacer en la muralla de un castillo en el momento de un ataque, por la cual podrían romper la defensa del enemigo y traspasar sus líneas (con intención de conquistar un castillo, lugar…).
De ahí que decir que alguien estaba en la brecha se convirtiera en sinónimo de aquel que lucha y consigue un propósito (ganar al enemigo).

Vivir para llegar a ser quien estás llamado a ser.

Charles Péguy o la novedad del cristianismo 
frente al desafío de la modernidad

Péguy nos ofrece una «teología en acto», una filosofía de combate cristiano, alimentada por lo mejor de la cultura humanista


Charles Péguy está de actualidad, y no sólo porque conmemoremos el 150 aniversario de su nacimiento. Hay que releer sus escritos sobre el mundo moderno, de asombrosa pertinencia más de cien años después. Una literatura de combate, que fustiga el derrotismo y describe al cristiano como defensor del Reino, de la pluma del escritor que perdió la vida en el otoño de 1914.

En junio de 1912 Charles Péguy describía la situación del cristianismo en el mundo moderno: «Nuestra misma miseria ya no es una miseria cristiana. Esa es la verdad. En tanto la miseria era una miseria cristiana, en tanto eran cristianas las bajezas, en tanto que los vicios eran pecados, en tanto que los crímenes llevaban a la perdición, por así decirlo, aquello era bueno. Usted ya me entiende, amigo mío, cómo lo digo, en qué sentido. Había un recurso; había algo; había como naturalmente materia para la gracia. Pero hoy todo es nuevo, todo es diferente. Todo es moderno. Eso es lo que tenemos que ver. Eso es lo que hay que decir. Eso es lo que no debe negarse. Todo es incristiano, perfectamente descristianizado».

Quien escribe estas líneas es un producto puro de la meritocracia instaurada por la Tercera República. Nacido en Orleans el 7 de enero de 1873, Charles Péguy procedía de una familia pobre. Huérfano de padre, fue criado por su madre y su abuela. En octubre de 1885 obtuvo una beca para estudiar en el instituto de la ciudad. Con el bachillerato acabado, se fue a París para preparar el examen de ingreso en la École Normale Supérieure. Tras dos intentos fallidos y su servicio militar, ingresó en la École Normale en 1894. Realiza sus estudios al mismo tiempo que su actividad militante en las filas del socialismo, organizando colectas de dinero para apoyar a los mineros en huelga, denunciando la masacre de los armenios y escribiendo artículos para diversas revistas. Durante este mismo periodo escribió un drama sobre Juana de Arco.

Pero estos años estuvieron marcados sobre todo por su implicación en el asunto Dreyfus, siguiendo los pasos de su maestro, Lucien Herr, bibliotecario de la École Normale. El 1 de mayo de 1898 abre una librería socialista y en enero de 1900 funda los Cahiers de la Quinzaine. Hasta su muerte fue su gerente, director y principal animador. Publicaba textos que, a su juicio, debían arrojar luz sobre el momento actual sin ningún prejuicio ideológico. A partir de entonces su independencia de espíritu y su libertad de tono disgustan a los dirigentes socialistas.
"Querer perfeccionar el cristianismo es como querer perfeccionar la dirección del norte" Charles Péguy
Igual que la ciudad socialista, la ciudad de los Cahiers es libre. Péguy no quiere ejercer una autoridad de mando o de formación, ni sobre sus lectores ni sobre sus colaboradores: «Nuestros Cahiers [...] forman un gran y variable pueblo libre», escribe. «Constituyen una ciudad, una amistad, lo más bello que el mundo ha visto jamás». En 1907 anuncia a unos amigos que ha vuelto a la fe de su infancia. A partir de entonces aborda la crisis de la civilización con una nueva lucidez, aunque siendo consciente del eco que la crisis de la modernidad estaba teniendo entre los fieles y el clero. Critica a quienes quieren perfeccionar el cristianismo adaptándolo al mundo moderno: 

«Es un poco, es incluso de hecho como querer perfeccionar el norte, la dirección del norte». Frente a este desafío radical, es inútil tratar de acomodarse al nuevo régimen intelectual que se ha instaurado, que es, para Péguy, radicalmente impermeable a la gracia de la salvación. A partir de aquí, critica a los cristianos, especialmente a los clérigos, que no se han dado cuenta de lo que representa el advenimiento del mundo moderno: «Quien quisiera hacer un proceso al mundo moderno, y no pudiera resistir la tentación, sería necesario, en primer lugar, para encontrar su necedad incurable, penetrar, denunciar todo este parasitismo universal del mundo moderno que vive únicamente, que no vive más que de las herencias de todos esos mundos antiguos de los que se pasa, al mismo tiempo, todo su tiempo diciendo que todos esos mundos, que todos esos mundos precisamente, eran mundos estúpidos, mundos tontos del carajo, y los últimos mundos imbéciles».

Frente a esta nueva barbarie, Péguy propone una presentación orgánica del misterio cristiano como fuente de esperanza y de inteligibilidad renovada de la realidad, como posibilidad también de un compromiso finalmente fecundo para la Iglesia, a imagen de la vocación de Juana de Arco. La contemplación de los grandes misterios de la fe (Creación, Encarnación, vida sacramental, santidad cristiana, reino de la gracia…) está en el origen del compromiso cristiano contra el mundo moderno. Además hay que estar dispuestos a luchar cuando, como Juana de Arco, nos enfrentemos al espíritu de abandono y a la capitulación moral y espiritual universal: «Es anticipar la derrota, es querer deliberadamente la derrota y la capitulación poner o dejar en los más altos puestos de mando, en los más altos puestos de gobierno, a hombres que tienen en su propia médula el gusto y el instinto y el hábito inveterado de la derrota y la capitulación», escribía en abril de 1913, menos de dieciocho meses antes de su muerte, alcanzado por una bala alemana el 5 de septiembre de 1914 cerca de Villeroy, él que llevaba años anunciando con lucidez el conflicto ineluctable.

La comprensión que Charles Péguy tiene del misterio cristiano, que descubre y presenta en su actualidad siempre viva, sigue siendo un misterio para historiadores y teólogos, pero da testimonio de la libertad de la gracia y de la fecundidad de la Palabra de Dios, que nos comunica la verdad sobre nuestra salvación y nuestra participación posible en la vida divina. La obra de Péguy y su vuelta a la fe (incluso aunque afirme haber pecado a veces contra la letra, nunca contra el espíritu: «Hemos seguido constantemente, nos hemos mantenido constantemente en el mismo camino recto, y es este mismo camino recto el que nos ha llevado hasta donde estamos... Es por esta razón, debemos ser conscientes de ello, tanto unos como otros, es por esto por lo que nunca renegaremos de un átomo de nuestro pasado. Podemos haber sido pecadores. Lo hemos sido, ciertamente, y mucho. Pero nunca hemos dejado de estar en el buen camino») es como una ilustración de las palabras de su maestro Henri Bergson: «La verdad lleva, pues, en sí misma un poder de convicción, incluso de conversión, que es la marca por la que se la reconoce».

Esta presentación del misterio cristiano y de su fecundidad frente a la esterilidad del mundo moderno se manifiesta a través de una multiplicidad de escritos y géneros literarios: textos polémicos, demostraciones históricas y filosóficas, textos poéticos largos (en verso regular o libre), relatos, reseñas... Si las palabras son a veces violentas (pero de una violencia jamás gratuita o sistemática, a diferencia de Léon Bloy), o más bien apasionadas, si la ironía es a menudo mordaz, emerge siempre una inteligencia del misterio revelado y de la situación del cristiano en este mundo que nunca alcanzaron los teólogos de la época o posteriores (aunque muchos de ellos se inspiren en los escritos de Péguy).
Juntamente con Bernanos, Péguy nos ofrece una «teología en acto», una filosofía de combate cristiano, alimentada por lo mejor de la cultura humanista (Bergson, pero también Pascal y Corneille...). Su obra, que hay que abordar en su coherencia y totalidad, nos ofrece un remedio intelectual y espiritual contra las ilusiones de una modernidad que se derrumba y sobre todo contra la tentación, hoy aparentemente triunfante entre los católicos, de asumir una visión del mundo que nada tiene de cristiana, el olvido de las exigencias de la salvación, la negación práctica de la Redención.
Los discípulos de Péguy, en cambio, están llamados a la batalla de la Esperanza: «Las virtudes que sólo se exigían a unos pocos se exigen ahora a todos [...]. Todo el mundo es soldado a pesar de su consentimiento. Qué prueba de confianza en las tropas [...]. Ahora todos estamos en la brecha. Todos estamos en la frontera. La frontera está en todas partes [...]. Todos estamos situados en las marcas del reino».

Esa es la diferencia entre INDIVIDUO y PERSONA: 
Los inidividuos miran sólo su individualidad. 
En cambio, las personas miran por todos. 
Como dice un proverbio latino y cristiano: 
"Homo sum, humani nihil a me alienum puto": 
"Soy un hombre, nada de lo humano me resulta ajeno".

EL CABALLERO CRISTIANO CONTRA EL MUNDO MODERNO - EL AULLIDO DEL LOBO


"EL CRISTIANO HA NACIDO PARA LUCHAR"
 PAPA LEÓN XIII

“Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan.
"La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del Bien Común, y provechosas únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. El cristiano ha nacido para la lucha”.

SER CATÓLICO NO ES PARA COBARDES

«En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33) Yo soy católico, apostólico y romano, por ello nada temo, ni a la misma muerte, y, de los que advierten a todos los que nos amenazan, “venid por la cruz y os encontraréis con la espada”.
VER+:



domingo, 14 de julio de 2024

LA RESPUESTA PERDURABLE DE LA IGLESIA CATÓLICA AL ATEÍSMO PRÁCTIVO DE NUESTRA ÉPOCA por MONSEÑOR ROBERT SARAH 🔥

Cardenal Sarah denuncia el mal del “ateísmo práctico”
El 13 de junio, invitado por el Napa Institute y el Catholic Information Center, el Cardenal Robert Sarah pronunció una Conferencia en la Catholic University of America (Universidad Católica de América) en Washington, D.C., donde enfatizó el mal del "ateísmo práctico", calificándolo como una gran tentación en la Iglesia de hoy. (Ver video)
"Por ateísmo práctico, me refiero a una pérdida del sentido del Evangelio y de la centralidad de Jesucristo", señaló el Cardenal. El ateísmo práctico no niega a Dios ni lo rechaza de plano, agregó Monseñor Sarah, sino que saca a Dios del centro de la vida. Criticó además a la Iglesia en Europa, advirtiendo asimismo sobre la "pérdida del sentido del Evangelio" que ha impregnado gran parte de la vida cotidiana en Occidente.

La conferencia fue precedida por una misa en la Iglesia de la Cripta en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, a la que asistieron cientos de personas más, dijeron los organizadores

Lea a continuación el texto completo de la Conferencia.


I. Observaciones introductorias

Agradezco reunirme con ustedes, distinguidos invitados del Instituto Napa. Sr. Busch: gracias por la invitación y al Centro Católico de Información por su copatrocinio. Mi discurso, "La respuesta duradera de la Iglesia Católica al ateísmo práctico de nuestra época", refleja bien su misión: preparar líderes para llevar la verdad, la fe y el valor al mundo moderno a través de la liturgia, la formación y la comunidad.

Primero, sin embargo, me gustaría decir algo sobre la Iglesia Católica aquí en los Estados Unidos. He tenido el privilegio de viajar muchas veces a vuestro país y lo he encontrado un lugar de gran importancia para la Iglesia universal. Estados Unidos es parte de lo que comúnmente se llama "Occidente". Occidente, aunque no es la cuna del cristianismo, es el hogar de gran parte de lo que una vez se llamó cristiandad, y mucho de lo que se ha convertido en la sociedad moderna, cuyas raíces son firmemente europeas.

La identidad cultural, económica, política y, en menor medida, religiosa de Estados Unidos se asemeja a la de Europa. Si bien Estados Unidos es el fruto de la fe y la ilustración europeas, es único en muchos aspectos significativos.

Con respecto al catolicismo de los Estados Unidos, es bien sabido que los católicos fueron durante mucho tiempo una minoría reconocible. Los católicos iban a diferentes iglesias y escuelas; ayunaban los viernes; celebraban los días santos de manera diferente; A menudo vivían en barrios étnicos. En resumen, los católicos eran diferentes. Sin embargo, también eran orgullosamente estadounidenses. Su fe inspiraba un patriotismo. En la Segunda Guerra Mundial, los católicos lucharon y murieron por la libertad junto a sus hermanos y hermanas protestantes y judíos. Fue la fe de los católicos la que inspiró tal sacrificio. Eran una minoría religiosa, firmes en la fe, aunque a veces se les tratara como ciudadanos de segunda clase, o algo peor.

Desde la década de 1960, los católicos han perdido cada vez más su identidad única. Ya no son una minoría reconocible porque se han asimilado completamente a la cultura estadounidense. Los católicos aquí son a menudo estadounidenses primero, católicos después.

Las consecuencias son obvias. Muchos católicos tienen las mismas creencias que la población en general. Tenemos un presidente que se identifica a sí mismo como católico y que es un ejemplo de lo que el cardenal Gregory describió recientemente como un "católico de cafetería". Muchos de sus funcionarios públicos católicos están en la misma categoría. Muchos de sus hospitales y universidades católicas son católicos solo de nombre. El estatus de minoría de tantas cosas católicas aquí en los Estados Unidos, que proporcionaron un importante testimonio de la plenitud de nuestra fe católica, ha sido cambiado por la asimilación cultural.

He visitado los Estados Unidos lo suficiente como para saber que, si bien la singularidad de la comunidad católica se ha perdido a nivel macro, hay mucho que celebrar sobre aspectos específicos de la comunidad católica aquí. La Iglesia Católica de los Estados Unidos es muy diferente de la Iglesia en Europa. La fe en Europa está muriendo, y en algunos lugares está muerta. La interacción entre los gobiernos severamente seculares y la Iglesia no ha servido bien a la fe allí.

Algo de eso existe en los Estados Unidos, pero también hay un dinamismo de fe aquí que no existe en otros lugares de Occidente. Lo he visto de primera mano. Como presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, he sido testigo personalmente de cómo los estadounidenses se encuentran entre las personas más generosas del mundo. Gracias. Sus seminarios han sido reformados en gran medida, los apostolados laicos están insuflando nueva vida a la fe, en las parroquias hay focos de vida, y mi sensación es que su liderazgo episcopal está generalmente comprometido con el Evangelio, la fe en Jesucristo y la preservación de nuestra Sagrada Tradición. No hay duda de que hay divisiones y conflictos internos, pero no hay un rechazo total de la fe católica como vemos en muchas partes de Europa y América del Sur. Mi observación es que hay modelos de fe aquí en los Estados Unidos que tal vez podrían ser una lección para otros países occidentales.

Dicho esto, su cultura en términos más amplios se ha vuelto hostil a la fe. Hay un ateísmo práctico que se ha apoderado de vuestro país y está amenazando el bien común. Esto es lo que me gustaría reflexionar hoy con vosotros: el ateísmo práctico que está infectando a Occidente y que se está infiltrando notablemente en la Iglesia misma.

II. Ateísmo práctico

Como señalé en un reciente discurso a los obispos de Camerún:

"Muchos prelados occidentales están paralizados por la idea de oponerse al mundo. Sueñan con ser amados por el mundo. Han perdido la preocupación de ser un signo de contradicción. Tal vez demasiada riqueza material conduzca a un compromiso con los asuntos mundiales. La pobreza es una garantía de libertad para Dios. Creo que la Iglesia de nuestro tiempo está experimentando la tentación del ateísmo. No el ateísmo intelectual. Pero este estado mental sutil y peligroso: el ateísmo fluido y práctico. Esta última es una enfermedad peligrosa aunque sus primeros síntomas parezcan leves".

Por ateísmo práctico, me refiero a una pérdida del sentido del Evangelio y de la centralidad de Jesucristo. Las Escrituras se convierten en una herramienta para un propósito secular en lugar de ser un llamado a la conversión. No creo que esto esté muy extendido entre sus obispos y sacerdotes aquí en los Estados Unidos, gracias a Dios, pero se está volviendo más común en otras regiones de Occidente. Demasiados no toman en serio la fe y la tratan como un obstáculo para el diálogo.

San Pablo nos advirtió de esto: "Porque llegará el tiempo en que los hombres no tolerarán la sana doctrina, sino que, siguiendo sus propios deseos y su insaciable curiosidad, acumularán maestros y dejarán de escuchar la verdad y se desviarán a los mitos" (2 Tm 4, 3-4).

Y, sin embargo, sabemos que la fe, y las Escrituras y los sacramentos en particular, nos dan vida. Es por eso que San Pablo también nos encargó que "proclamáramos la palabra; ser persistente, ya sea conveniente o inconveniente; convencer, reprender, animar con toda paciencia y enseñanza» (2 Tim 4,2).

No hay, por supuesto, ateísmo puro. Uno debe poner su confianza en algo. Entonces, la pregunta no es si crees en Dios o no, sino en qué crees; ¿Cuál es tu "G" minúscula – Dios? Para muchos en la cultura secular, es el sexo y todos sus derivados libertarios. Para otros, es una comprensión positivista de la naturaleza, donde los datos objetivos son el único factor por el cual se deben tomar decisiones. Y, sin embargo, para otros, es la riqueza, el poder, el estatus social o el activismo social.

Todos estos son ídolos corruptos y falsos por medio de los cuales elevamos algo que no es el único Dios verdadero, en toda Su majestad, amor y misericordia, tal como los israelitas adoraban al Becerro de Oro. Esto no es nada nuevo. La creación, en sus muchas formas, siempre ha competido con el Creador por nuestra lealtad. Lo que es de particular interés es cómo este tipo de ateísmo práctico se ha filtrado en la Iglesia. Me gustaría repasar lo que nuestros tres papas más recientes han dicho sobre esto como un recordatorio de que la Iglesia es la voz profética de nuestros tiempos y debemos permanecer atentos a las voces internas que desean alterar su voz para convertirla en algo aceptable para la cultura secular.

III. San Juan Pablo II

El gran Papa San Juan Pablo II entendió los peligros del ateísmo tan bien como cualquiera. Vivió los horrores de un sistema político desconectado de Dios y de todas sus consecuencias. Si bien muchos de los horrores del comunismo ateo y el fascismo ocurrieron durante nuestra vida, o al menos durante mi vida, parece que hemos olvidado sus brutales lecciones. Millones, tal vez cientos de millones, de vidas fueron sacrificadas con fines ideológicos impulsados por la pérdida de lo sagrado. Todos sabemos que la familia,

La vida humana, la dignidad de la persona humana creada a imagen de Dios y a su semejanza, son las más sagradas de todas las criaturas vivientes. Sin embargo, asesinatos, torturas, violaciones, familias destrozadas y tantos otros pecados horribles contra la dignidad de la persona se cometieron en nombre de mentiras que separan al hombre de Dios.

San Juan Pablo entendió todo esto y aprovechó las armas de la fe contra el ateísmo que emanaba del comunismo y de Oriente. En un nivel, ganó esa guerra, pero, en otro nivel, la guerra continúa a nivel global y nacional, e incluso dentro de cada uno de nosotros. Como lo describió Solzhenitsyn, "la línea que separa el bien del mal no pasa a través de los estados, ni entre clases, ni entre partidos políticos, sino a través de cada corazón humano, y a través de todos los corazones humanos". Esta es la batalla a la que cada uno de nosotros se enfrenta y también la Iglesia la vive de manera escatológica. La batalla no está "ahí fuera" sino aquí, comenzando dentro de cada uno de nosotros.

Esta localización del distanciamiento de Dios es algo que cada uno de nosotros debe examinar regularmente. ¿En qué o a quién

¿Encontrar sentido? Como he dicho en otro lugar: debe ser Dios, de lo contrario nos quedamos sin nada.

"Dios o nada", es el título de uno de mis libros. Esto vale para cada uno de nosotros, pero también para la Iglesia misma.

En una audiencia general de 1999, el Papa Juan Pablo II habló sobre un ateísmo práctico que se puede aplicar a algunos en la Iglesia de hoy:

"Comenzando por la Sagrada Escritura, notamos inmediatamente que no se menciona el ateísmo 'teórico', mientras que hay una preocupación por rechazar el ateísmo 'práctico'... En lugar de ateísmo, la Biblia habla de maldad e idolatría. Quien prefiere una serie de productos humanos, falsamente considerados divinos, vivos y activos, al verdadero Dios es malvado e idólatra".

Vemos esto en la Iglesia cuando la sociología o la "experiencia vivida" se convierte en el principio rector que da forma al juicio moral. No es un rechazo rotundo de Dios, sino que empuja a Dios a un lado. ¿Con cuánta frecuencia escuchamos de teólogos, sacerdotes, religiosos e incluso de algunos obispos o conferencias episcopales que necesitamos ajustar nuestra teología moral a consideraciones que son exclusivamente humanas?

Hay un intento de ignorar, si no rechazar, el enfoque tradicional de la teología moral, tal como lo definen tan bien la Veritatis Splendor y el Catecismo de la Iglesia Católica. Si lo hacemos, todo se vuelve condicional y subjetivo. Acoger a todos significa ignorar la Escritura, la Tradición y el Magisterio.

Ninguno de los proponentes de este cambio de paradigma dentro de la Iglesia rechaza a Dios de plano, pero tratan la Revelación como algo secundario, o al menos en pie de igualdad con la experiencia y la ciencia moderna. Así es como funciona el ateísmo práctico. No niega a Dios, sino que funciona como si Dios no fuera central.

Vemos este enfoque no sólo en la teología moral, sino también en la liturgia. Las tradiciones sagradas que han servido bien a la Iglesia durante cientos de años ahora se presentan como peligrosas. Tanto enfoque en lo horizontal empuja hacia afuera lo vertical, como si Dios fuera una experiencia en lugar de una realidad ontológica.

Hay un entendimiento implícito por parte de los proponentes del ateísmo práctico de que la fe de alguna manera limita a la persona. Toman el axioma de San Ireneo, "la gloria de Dios es el hombre plenamente vivo", para significar que el fin más alto del hombre es ser plenamente él mismo. Esto es cierto si entendemos al hombre como una criatura hecha para Dios, pero los ateos prácticos ven a Dios y su orden moral como un factor limitante. Nuestra felicidad, según esta forma de pensar, se encuentra en ser quienes queremos ser, en lugar de conformarnos a Dios y a su orden.

Todo está muy orientado al "ahora". Lo que tiene sentido es aquello que habla del momento contemporáneo, divorciado de nuestra historia individual y corporativa. Esta es la razón por la que las tradiciones de nuestra fe pueden ser descartadas tan fácilmente. Según los ateos prácticos, la tradición es vinculante, no liberadora.

Y, sin embargo, es a través de nuestras tradiciones que nos conocemos más plenamente a nosotros mismos. No somos seres aislados y desconectados de nuestro pasado. Nuestro pasado es lo que da forma a lo que somos hoy.

La historia de la salvación es el ejemplo supremo de esto. Nuestra fe siempre resuena en nuestros orígenes, desde Adán y Eva, a través de los reinos del Antiguo Testamento, hasta Cristo como el cumplimiento de la antigua ley, hasta el advenimiento de la Iglesia y el desarrollo de todo lo que nos fue dado por Cristo. Esto es lo que somos como pueblo cristiano. Todo está radicalmente conectado. Somos un pueblo que vive dentro del contexto de lo que Dios nos creó para ser, que ha sido recibido más profundamente a lo largo de los siglos, pero que siempre está conectado con la revelación de Cristo, que es el mismo ayer y hoy. Buscar la realización bajando la vista a nuestra experiencia, emociones o deseos es rechazar lo que somos como criaturas de Dios, dotadas de una dignidad sublime y creadas en última instancia para Él.

IV. El Papa Benedicto XVI

Esto nos lleva al Papa Benedicto XVI. Él también entendió de primera mano los peligros del ateísmo, explícito o implícito. Su trabajo como teólogo, prefecto y papa tuvo un énfasis particular en la vida de fe en Europa, que buscó renovar. Entendió que Occidente estaba siendo atacado por un ateísmo dentro de las culturas tradicionalmente cristianas de Europa.

Fue aún más explícito que Juan Pablo II sobre sus preocupaciones con respecto a la pérdida de fe dentro de la Iglesia. Como Papa dijo:

"En nuestro tiempo ha surgido un fenómeno particularmente peligroso para la fe: en efecto, existe una forma de ateísmo que definimos, precisamente, como 'práctica', en la que las verdades de la fe o los ritos religiosos no son negados, sino que simplemente se consideran irrelevantes para la vida cotidiana, separados de la vida, sin sentido. Así es que la gente a menudo cree en Dios de una manera superficial, y vive "como si Dios no existiera" (etsi Deus non daretur). Al final, sin embargo, este estilo de vida resulta aún más destructivo, porque lleva a la indiferencia a la fe y a la cuestión de Dios" (Audiencia general, 14 de noviembre de 2012).

En una conferencia de 1958, años antes del Concilio Vaticano II, que sugiere que nuestra situación actual tiene raíces mucho más profundas que la revolución cultural de las décadas de 1960 y 1970, dijo:

"Esta Europa llamada cristiana se ha convertido desde hace casi cuatrocientos años en el lugar de nacimiento de un nuevo paganismo, que crece constantemente en el corazón de la Iglesia y amenaza con socavarla desde dentro".

La Iglesia, continuó,

"Ya no es, como lo fue antes, una Iglesia compuesta de paganos que se han convertido al cristianismo, sino una Iglesia de paganos que todavía se llaman a sí mismos cristianos, pero que en realidad se han convertido en paganos. El paganismo reside hoy en la Iglesia misma" (Los nuevos paganos en la Iglesia, 1958)

Esta es una dura crítica a la Iglesia, y sin embargo esto se dijo en 1958, por lo que la crítica de que existe un ateísmo práctico en la Iglesia no es nueva en este momento. Es, sin embargo, más evidente ahora que cuando Joseph Ratzinger hizo estas

observaciones y se produce en la pérdida de una vida cristiana devota, o de una cultura cristiana obvia, y en forma de disidencia pública, a veces incluso de funcionarios de alto rango o instituciones prominentes.

¿Cuántos católicos asisten a misa semanalmente? ¿Cuántos están involucrados en la iglesia local? ¿Cuántos viven como si Cristo existiera, o como si Cristo se encontrara en su prójimo, o con la firme creencia de que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo? ¿Cuántos sacerdotes celebran la Sagrada Eucaristía como si fueran verdaderamente alter Christus y, más aún, como si fueran ipse Christus, Cristo mismo? ¿Cuántos creen en la Presencia Real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía? La respuesta es muy pocas. Vivimos como si no necesitáramos redención a través de la sangre de Cristo. Esa es la realidad práctica para muchos en la Iglesia. La crisis no es tanto el mundo secular y sus males, sino la falta de fe dentro de la Iglesia.

El proceso sinodal, particularmente en algunos países europeos, es un ejemplo en el que se promueven puntos de vista disidentes en el contexto de la Iglesia institucional. El cardenal Zen ya lo ha expuesto de manera efectiva en su carta a los participantes en el Sínodo el año pasado, pero me gustaría agregar algunas reflexiones adicionales.

Se nos dice que el Sínodo sobre la sinodalidad debe poner en diálogo a toda la Iglesia. Quizás este pueda ser un camino a través del cual

el Espíritu Santo habla a la Iglesia. Eso sería una bendición. Sin embargo, existe la preocupación de que este no sea un camino a través del cual se ejerza el sensus fidelium.

Hay voces en el Sínodo que no hablan desde dentro del sensus fidei. El hecho de que alguien se identifique como católico no significa que sea parte del sensus fidelium. Ser católico es más que una identificación cultural; Es una profesión de fe. Tiene un contenido particular de fe. Salir de ese contenido, tanto en la creencia como en la práctica, es salir de la fe. Y es un grave peligro considerar legítimas todas las voces. Esto llevaría a una cacofonía de voces que equivaldría a ruido, que parece estar haciéndose más fuerte en estos días. Como dijo el Cardenal Ratzinger:

"Una fe que podemos decidir por nosotros mismos no es fe en absoluto. Y ninguna minoría tiene ninguna razón para permitir que una mayoría prescriba lo que debe creer. O la fe y su práctica nos vienen del Señor a través de la Iglesia y sus servicios sacramentales, o no existe tal cosa" (Verdad y Tolerancia [San Francisco: Ignatius Press, 2004], Parte 2, Sección 1).

Este acercamiento a la fe conduce a la confusión y a la inestabilidad. De nuevo, de Ratzinger:

"Todo lo que hacen los hombres también puede ser deshecho por otros... Todo lo que decida una mayoría puede ser revocado por otra mayoría. Una iglesia basada en resoluciones humanas se convierte simplemente en una iglesia humana... La opinión reemplaza a la fe" (Llamados a la Comunión, San Francisco: Ignatius Press, 1991, p139).

Esta actitud hacia una falsa libertad y conformismo parece estar creciendo dentro de la Iglesia. Por ejemplo, algunos prelados prominentes han expresado su apertura a la perspectiva de la ordenación de mujeres, sugiriendo que la doctrina puede cambiar. Este es el tipo de cosas que los católicos deberían creer que es imposible y, sin embargo, tenemos un alto funcionario que defiende una eclesiología que rechaza la estabilidad de la doctrina. La implicación, por supuesto, es que somos libres de definir la fe como mejor nos parezca. Esto no es católico, y es una fuente de gran confusión que está dañando a la Iglesia y a los fieles. Afortunadamente, el Papa Francisco ha dejado claro que esto no es posible, pero la confusión crece en torno a estas preguntas cuando el

El proceso sinodal global fomenta tales consideraciones. El ejemplo de Alemania es bien conocido, pero es importante recordarlo.

El cardenal Ratzinger identificó esta crisis de fe, este ateísmo práctico, como el fruto de una mala eclesiología. Dijo esto:

"La Iglesia de Cristo no es un partido, ni una asociación, ni un club. Su estructura profunda y permanente no es democrática sino sacramental, por lo tanto jerárquica. Para la jerarquía basada en la sucesión apostólica es la condición indispensable para llegar a la fuerza, a la realidad del sacramento. Su autoridad no se basa en la mayoría de los votos; se basa en la autoridad de Cristo mismo, que quiso transmitir a los hombres que habían de ser sus representantes hasta su regreso definitivo" (The Ratzinger Report, p49).

Este es el meollo de la cuestión. La fe, la Iglesia, se basa en Cristo. Sin Cristo, nosotros no tenemos nada. Demasiados en la Iglesia encuentran el corazón de la fe en sus afiliados. Sí, en cierto sentido formamos el cuerpo místico de Cristo, pero sólo en la medida en que vivimos en Cristo y nuestra fe está centrada en Cristo.

V. Francisco

El Papa Francisco ha continuado el llamado contra el ateísmo. Lo hace de manera diferente a Juan Pablo II y Benedicto XVI, pero tiene claro que la vida sin Dios es un camino hacia la destrucción. En 2015 dijo:

"En una sociedad cada vez más marcada por el secularismo y amenazada por el ateísmo, corremos el riesgo de vivir como si Dios no existiera. A menudo las personas se sienten tentadas a ocupar el lugar de Dios, a considerarse el criterio de todas las cosas, a controlarlas, a usar todo según su propia voluntad. Es muy importante recordar, sin embargo, que nuestra vida es un don de Dios, y que debemos depender de Él, confiar en Él y dirigirnos siempre a Él" (Encuentro con la delegación de la Conferencia de Rabinos Europeos).

El Santo Padre entiende que hay focos dentro de la Iglesia que no viven del corazón de Jesús. Exhorta a los obispos y sacerdotes a vivir vidas que sean coherentes con el Evangelio. Ha dicho repetidamente que el eclipse de Dios conduce a la destrucción del hombre. Tomemos en serio su llamado a recordar a Dios, especialmente para aquellos de nosotros en la Iglesia.

Observaciones finales

¿Hacia dónde vamos? Permítanme hablar de la cuestión como obispo. Los obispos deben alzar la voz y convertirse en claros maestros de la fe, testimoniando tanto con la palabra como con la santidad de vida. La unidad de la fe viene a través del oficio de obispo, que debe ser reafirmado hoy. Hay demasiada confusión en torno a la Iglesia, y nos corresponde a nosotros, los obispos, aportar claridad para que los fieles laicos puedan ser testigos de la verdad.

Como dijo el Papa Juan Pablo II:

"El obispo está llamado de modo particular a ser profeta, testigo y servidor de la esperanza (...) Apoyándose en la Palabra de Dios y aferrándose firmemente a la esperanza, que como un ancla segura y firme llega hasta el cielo (cf. Hb 6, 18-20), el obispo se erige en medio de la Iglesia como centinela vigilante, profeta valiente, testigo creíble y fiel servidor de Cristo" (Pastores gregis, #3).

Esto requiere la voluntad de ser un signo de contradicción (ver Lc 2:34) para el mundo contemporáneo y, sí, para partes de la iglesia contemporánea.

Esta responsabilidad se cumplirá a través de la enseñanza correcta y la santidad, santidad que está arraigada en una relación personal e íntima con Cristo. El Papa Francisco ha dicho: "¡No hay testimonio sin un estilo de vida coherente! Hoy no hay gran necesidad de maestros, sino de testigos valientes, convencidos y convincentes; testigos que no se avergüenzan del nombre de Cristo y de su cruz" (Homilía a los nuevos arzobispos metropolitanos, 29 de junio de 2015).

Permítanme terminar dando vueltas de regreso al punto de partida. Estados Unidos es diferente a Europa. La fe aquí es todavía joven y madura. Esta joven vitalidad es un don para la Iglesia. Así como vimos a la Iglesia africana, que también es joven, dar un testimonio heroico de la fe a raíz de ese documento equivocado, Fiducia Supplicans, y salvar a la Iglesia de un grave error, la Iglesia aquí en los Estados Unidos también puede ser un testimonio para el resto del mundo.

El ateísmo cultural que se ha apoderado de Occidente no tiene por qué apoderarse de la Iglesia aquí. Ustedes tienen un buen liderazgo episcopal, buenos sacerdotes jóvenes, comunidades con familias católicas jóvenes y vibrantes. Debéis fomentar el crecimiento de todo esto por el bien de vuestras familias, pero también por el bien de la Iglesia mundial. El Instituto Napa y el Centro Católico de Información son parte integral y vital de esta misión. Debes ser elogiado por lo que estás haciendo.

Estados Unidos es grande y poderoso política, económica y culturalmente. Esto conlleva una gran responsabilidad. ¡Imagínese lo que podría suceder si Estados Unidos se convirtiera en el hogar de comunidades católicas aún más vibrantes! La fe de Europa está moribunda o muerta. La Iglesia necesita sacar vida de lugares como África y América, donde la fe no está muerta.

Tal vez sea sorprendente para algunos que los Estados Unidos puedan ser un lugar de renovación espiritual, pero yo creo que es así. Si los católicos en este país pueden ser un signo de contradicción con su cultura, el Espíritu Santo hará grandes cosas a través de ustedes.

Una vez más, gracias, Sr. Busch y al Instituto Napa, y al Centro de Información Católica por esta oportunidad de hablar con ustedes hoy en el Capitolio de su país y en el campus de la Universidad Católica de América. Que la fe de tu pueblo crezca para que la luz de Cristo brille más intensamente. Gracias.


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domingo, 7 de julio de 2024

ERES HIJO DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA 🕂ERES HIJO DE OCCIDENTE, FILOSOFÍA GRIEGA, DERECHO ROMANO Y LA CULTURA CATÓLICA

 

Eres hijo de la civilización cristiana
🕂
 
En cada pueblo y ciudad de Europa hay iglesias porque miles de tus ancestros se resguardaron en Cristo. 
Hasta el calendario empieza al nacer Él. 
No olvides esto, por más deconstruido y sin rumbo que te hayan dejado.

Lo que tú ves aquí no es solo la catedral de Sevilla, es la victoria final de la cristiandad y el nacimiento de Europa. 
Eres hijo de Occidente, heredaste la filosofía griega, el derecho romano y los valores cristianos, extendidos por toda América en la lengua de Cervantes, la que siglos despues solidifica a todo un continente; pisas el mismo barro que todos aquellos que construyeron nuestra civilización, donde nacieron los Estados, y el legado de tus ancestros demuestra que la historia de la humanidad no puede entenderse sin la existencia de España. 
Recuérdalo por mucha basura ideológica que viertan sobre ti.





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jueves, 18 de mayo de 2023

NECESITAMOS VOLVER AL ESPÍRITU DE LA IGLESIA PRIMITIVA: 🕀 VOLVER A LAS CATACUMBAS 🕀 EUROPA, NECESITA RECUPERAR LA SAVIA CRISTIANA DE SUS RAÍCES



VOLVER A LA IGLESIA PRIMITIVA

Cuando surgen las dificultades, las dudas y las incertidumbres en la fe, debemos volver al origen. Esto es lo que tenemos que hacer cuando nos planteamos los objetivos (misión) de nuestra comunidad cristiana: echar la mirada atrás a las primeras comunidades de la Iglesia primitiva (visión).
El Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los apóstoles, nos da una idea de cómo los primeros cristianos comenzaron a proclamar el Evangelio, lo que hacían y nos muestra numerosos rasgos esenciales de la Iglesia de Cristo que debemos imitar:

Llenarse de Espíritu Santo

“Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse.” (Hechos 2, 3-4 ).
Los cristianos no sólo hablamos de Dios; le experimentamos. Esto es lo que hace que la iglesia sea diferente de cualquier otra organización en el planeta: que tenemos el Espíritu Santo.

Nuestro gobierno no tiene el Espíritu Santo. Las ONGs no tienen al Espíritu Santo. Ninguna otra organización tiene el poder de Dios en ella. Dios prometió su Espíritu para ayudar a su Iglesia. La Iglesia tiene y se llena del poder de Dios.
Cuando se refiere a “hablar en lenguas extrañas” quiere decir hablar en el idioma de quienes nos escuchan. La gente realmente escuchaba a los primeros cristianos hablar en sus propios idiomas, ya fuese en farsi, en swahili, en griego o lo que fuera.
El Plan de Dios es para todos. No es sólo para los judíos. Pero no sólo se refiere a idiomas de sus países de origen sino a hablar en el lenguaje que cada persona entiende. ¿Estamos usando otros “lenguajes” para llegar a la gente?

Utilizar los dones de todos

“Entonces Pedro, en pie con los once, les dirigió en voz alta estas palabras: “Judíos y habitantes todos de Jerusalén: percataos bien de esto y prestad atención a mis palabras. …Y haré aparecer señales en el cielo y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. …Pero el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Hechos 2, 14, 19, 21).
En la iglesia inicial no había espectadores; el 100% de las personas participaban en proclamar el Evangelio de Jesús. Y, aunque igual que entonces, no todos estamos llamados a ser sacerdotes, todos estamos llamados a servir a Dios. Por tanto, debemos esforzarnos para que todos participen. La pasividad no es una opción. Si alguien quiere sentarse y ser servidos por los demás, que busquen otro sitio.

Ofrecer una verdad que transforma

La iglesia primitiva no ofrecía una nueva psicología, ni un moralismo cómodo, ni una espiritualidad agradable. Ofrecía la verdad del Evangelio que tiene el poder de cambiar vidas. Ningún otro mensaje transforma vidas. Cuando la verdad de Dios entra en nosotros, es cuando nos transformamos.
En Hechos 2, Pedro dio el primer sermón cristiano, citando el libro de Joel del Antiguo Testamento y afirmando que la iglesia primitiva se dedicó a la “enseñanza de los apóstoles”.

Crear comunidad

“Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la unión fraterna, en partir el pan y en las oraciones.” (Hechos 2, 42).
En la iglesia del primer siglo, los cristianos se amaban y cuidaban unos a otros. La iglesia no es un negocio, ni una ONG ni un club social. La Iglesia es una familia. Para que nosotros experimentemos el poder del Espíritu Santo como en la Iglesia primitiva, tenemos que convertirnos en la familia que ellos eran.

Vivir la Eucaristía

“Todos los días acudían juntos al templo, partían el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2, 46).
Cuando la Iglesia primitiva se reunía celebraban la Eucaristía, conmemorando la última cena “con alegría y sencillez de corazón”. Debemos entender y enseñar que la Eucaristía es una celebración. Es un festival, no un funeral. Es el banquete de Dios. Cuando la Eucaristía es alegre (y litúrgicamente rigurosa), la gente quiere estar allí porque buscan alegría.
¿Crees que si nuestras iglesias estuvieran llenas de corazones alegres, de palabras alegres y de vidas llenas de esperanza, atraeríamos a los alejados?

Compartir según la necesidad

“Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común; vendían las posesiones y haciendas, y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno.”(Hechos 2, 44-45).
La Biblia nos enseña a hacer generosos sacrificios por el bien del Evangelio.
Los cristianos durante el Imperio Romano fueron la gente más generosa del imperio y eran famosos por su desprendimiento.
Literalmente lo compartían todo, “según la necesidad de cada uno”. Incluso la vida. Muchos murieron por la fe en el Coliseo romano.

Crecer exponencialmente

“Alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. El Señor añadía cada día al grupo a todos los que entraban por el camino de la salvación.” (Hechos 2,47).
Cuando nuestras iglesias demuestran las primeras seis características de la iglesia primitiva, el crecimiento es automático. La gente veía a los primeros cristianos como extraños, pero les gustaba lo que éstos hacían.
Veían el amor que se tenían los unos por los otros, los milagros que ocurrían delante de ellos y la alegría que irradiaban. Querían lo que los cristianos tenían. Y la Iglesia crecía exponencialmente.


«En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: 
yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33)


"Tenemos que defender la verdad a toda costa, 
aunque volvamos a ser solamente doce"
San Juan Pablo II

 "Si yo no fuera católico, y estuviera buscando 
la verdadera Iglesia en el mundo de hoy, 
buscaría la Iglesia que no se
 lleva bien con el mundo, en pocas palabras, 
buscaría la Iglesia que el mundo odia". 
Fulton Sheen


Europa, 
necesita recuperar 
la savia cristiana de sus raíces

El viejo continente necesita recuperar la savia cristiana de sus raíces

Europa, tierra de misión

Comencé a escribir estas líneas en la fiesta de santa Brígida de Suecia, una mujer de características singulares y de enorme actualidad por la conexión que realizó desde la periferia, el norte de Europa, con Roma, en pleno y agitado siglo XIV, con los Papas aún en Avignon. Se comprende que Juan Pablo II la nombrara copatrona de Europa, con santa Catalina de Siena y santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).

Bien necesita el viejo continente recuperar la savia cristiana de sus raíces después de siglos de creciente deterioro. Me parece recordar —cito de memoria que Alain Touraine dictó la conferencia de apertura del Congreso Mundial de Sociología que se celebró en Madrid hace veinte años. Hablaba de tradición y modernidad, pero venía a decir que la reiterada contraposición entre Ilustración y tradición celaba en el fondo la animadversión del racionalismo hacia la religión.

Se prometía que la liberación del dogmatismo religioso daría paso a una nueva época de prosperidad, progreso y paz, siempre con base en la ciencia y en la libertad. Pero el siglo XX se encargó de alumbrar los dos absolutismos quizá más letales de la historia: el comunismo y el nazismo. Se comprende el posterior desencanto que llevó hacia el pensamiento débil de la cultura postmoderna, que debía arrumbar al fin los absolutos.

Pero fue penetrando poco a poco, como señaló claramente en su día Allan Bloom, la dictadura de lo políticamente correcto, que es cada vez más lo socialmente impuesto. Se entremezcló pronto con los fundamentalismos, tanto el laicista heredero de la modernidad, como el más peligroso del islamismo. En ese contexto, Europa comenzó cierto declive intelectual del que no se ha recuperado.

Hace falta, por tanto, una renovación del pensamiento, mucho más allá de exabruptos a lo Oriana Fallaci, comprensibles, pero imposibles de compartir. En cambio, el magisterio de Gaudium et Spes, convenientemente desarrollado por Juan Pablo II y Benedicto XVI, ofrece inspiraciones abundantes y profundas para reanudar el camino con bases más firmes.

Me parece que ese es el contexto del importante anuncio que hizo el 28 de junio de 2012 el Papa Benedicto XVI, en la Basílica de San Pablo Extramuros, durante las vísperas de los santos Pedro y Pablo: “he decidido crear un nuevo organismo, en la forma de “Consejo Pontificio”, con la tarea principal de promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de “eclipse del sentido de Dios”, que constituyen un desafío a encontrar los medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo“.

Como repetía Benedicto XVI, “el hombre del tercer milenio desea una vida auténtica y plena, tiene necesidad de verdad, de libertad profunda, de amor gratuito. También en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo”. De ahí la responsabilidad de los creyentes, cada uno desde su sitio, de aportar luces nuevas, en la estela de los primeros cristianos.

La novedad, según reitera el Papa, no está tanto en los contenidos, como en el impulso interior, abierto a la gracia del Espíritu Santo. No deberíamos olvidar que lo cansino está del lado de las fuerzas del mal, que se repiten hasta el aburrimiento. En cambio, el Espíritu, como invoca una oración clásica, renueva todas las cosas, también la vida de los cristianos. Les hace capaces de encontrar modalidades que “sean adecuadas a los tiempos y a las situaciones”.

No deja de ser significativo que Benedicto XVI anunciara esa decisión en la misma fecha en que Juan Pablo II firmó su Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa”, que era un llamamiento, después del anterior Sínodo de Obispos celebrado en Roma, para dar testimonio de Cristo en los países del viejo continente, y ayudar a sus habitantes a recuperar la fe en sus más profundas raíces.