EL Rincón de Yanka: PERDÓN

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viernes, 15 de agosto de 2025

LIBRO "LA CONSTRUCCIÓN DE LA AMÉRICA HISPÁNICA" y "La Academia de la Historia tendría que pedir perdón a España por permitir el triunfo de la leyenda negra" por CESÁREO JARABO JORDÁN


LA CONSTRUCCIÓN DE LA
AMÉRICA HISPÁNICA

El legado civilizador de España
en el Nuevo Mundo


Una obra monumental que revela el genio organizativo, jurídico, científico y humano de la España imperial. De la Casa de Contratación al traje espacial, una herencia que transformó el mundo.
Esta obra meticulosa documenta el extraordinario legado institucional, jurídico, científico y cultural que España estableció en los territorios americanos durante su época imperial. El lector descubrirá el funcionamiento de instituciones clave como el Consejo de Indias, la Santa Hermandad o el Juzgado General de Indios, al tiempo que comprenderá la verdadera dimensión de acontecimientos como la Controversia de Valladolid o la Real Expedición de la Vacuna.
La Corona española implantó un sofisticado sistema de gobierno que reconocía derechos fundamentales a los indígenas, creaba figuras como el Protector de Indios y establecía tratados formales con los pueblos originarios. Brillan con luz propia innovaciones jurídicas como el juicio de residencia, junto a avances científicos en campos como la cartografía, la navegación o la medicina.

UN IMPERIO QUE LEGISLÓ A FAVOR DE LOS MÁS DÉBILES,
DEBATIÓ SOBRE LA LEGITIMIDAD DE SUS PROPIAS CONQUISTAS Y
COMPARTIÓ SUS DESCUBRIMIENTOS CON TODA LA HUMANIDAD.

Esta obra invita a redescubrir la verdadera dimensión de la presencia española en América: una potencia que construyó una sociedad nueva donde convergieron mundos, lenguas, razas y credos, adelantándose siglos a su tiempo en el reconocimiento de derechos humanos y en el desarrollo del conocimiento científico.
Este libro es un arma cultural poderosa contra la autocensura, el relativismo y la desmemoria. Una llamada a redescubrir la Hispanidad como modelo histórico alternativo frente a la globalización deshumanizante. Una obra imprescindible para quienes no aceptan que se pida perdón por lo que fue, sencillamente, grandioso.
«España no llevó solamente su espada, llevó su alma. No impuso solamente leyes, sembró civilización». Paul Claudel, poeta y diplomático francés.

PRÓLOGO

El prólogo de un libro se concibe comúnmente como una reflexión, una exposición introductoria o incluso una síntesis —que a todo prologuista honra— con el propósito de hacer una aproximación al lector de la obra y sobre su autor. Este es el propósito que me anima y en ambos casos, obra y autor, debo anticipar que estamos ante dos elementos muy sobresalientes que merecen toda consideración. 

La Historia de una gran comunidad como es la hispanoamericana puede servir de lastre o de revulsivo para las generaciones presentes o futuras. El autor pretende lo segundo y doy fe que lo consigue, haciendo justicia del reconocimiento al ímprobo esfuerzo de generaciones de nuestros antepasados que pusieron por delante el beneficio colectivo al bienestar personal. Los orígenes singulares y magnos fundamentos que engendraron esta ingente labor colectiva no deja dudas pues es constatable que su principal pretensión no fue otro que el progreso, no solo material de la comunidad que se alcanzó con altas cotas a las puertas de las independencias americanas, sino también de excelencia en lo espiritual, lo político y lo cultural. 

La expedición que organizó Colon en 1492 con el apoyo inestimable de la Reina Isabel I de Castilla y el establecimiento de bases sólidas de una civilización que concretaron con el paso de los años los súbditos españoles en América constituyó, no solo un cambio rotundo en el porvenir de los reinos de la península ibérica, un impulso para la cristiandad sino además un cambio trascendental de la Historia de la Humanidad. Si digo bien, de la Humanidad. Los habitantes de la tierra desconocían algo tan asumido en nuestros días como los límites, las características geográficas y hasta la forma de nuestro planeta. Esta asombrosa gesta, esta proeza humana abarcando la comprensión de la misma realidad del globo terráqueo que propició la Corona de Castilla en 1492 no tiene parangón en cuanto al reto humano y tecnológico de la época, del anisa exploradora de los hombres españoles y portugueses en la Historia de la Humanidad, por ello estos capítulos del pasado se merecen cuando menos una atención adecuada, un interés consistente y constante, y un trato riguroso que, en ocasiones o me atrevería a decir incluso con demasiada frecuencia, no se da por razones espurias, ocultación torticera, por conveniencia ideológica, geoestratégica, política o por simple desidia. 

Por esta razón, el simple hecho de atreverse a la apasionante experiencia de investigar, documentar, redactar, revisar, y escribir un libro de esta naturaleza es un motivo de satisfacción, o más bien diría yo de admiración, pero además nos parece una cuestión de necesidad. 
El lector tiene en sus manos un trabajo concienzudo, serio y riguroso como los que nos tiene acostumbrado el autor haciendo justicia a la grandeza de dicha gesta española. La prolífica actividad intelectual de Cesáreo Jarabo en la edición de nuevos trabajos de referencia como el que nos ocupa, así como en la divulgación es incansable asumiendo contra viento y marea, el esfuerzo silencioso, fértil y espartano por divulgar el conocimiento honesto del pasado, la defensa de la verdad histórica y la recuperación de la memoria colectiva hispánica tan maltratada cuando no groseramente vilipendiada. 

Merecen ser expuestas algunas líneas más sobre su autor, que bien conozco y me honro en su amistad, así como esta obra. Cesáreo Jarabo es un extraordinario investigador, un apasionado divulgador de la historia y cultura española. Asume sin desmayo la ardua e incansable labor de estudio y divulgación de hechos históricos por noble espíritu de compromiso. Compromiso con la verdad histórica y la divulgación honesta, sincera del pasado. Sobresale siempre la meticulosidad con la que afronta cada trabajo sin dejar ningún episodio de nuestra singular historia en el olvido o condenado al ostracismo. Podría decirse que este compromiso es muestra de un profundo espíritu de rebeldía contra el mal trato al pasado hispánico y que en los tiempos que corren es tan necesario conocer bien. El mérito de este autor se agranda y es muy significativo porque en estos tiempos hay un vacío de conocimiento, extraño, sospechoso, ofensivo con las omisiones de numerosas universidades y centros académicos. Los mal pensados y otros dirán lo mejor informados pensaran quizás que tan lamentable trato académico tiene una intención «oculta»: conseguir que un pueblo sin pasado o en el mejor de los casos con un pasado bochornosamente distorsionado pierda el aprecio a si mismo y por lo tanto se convierta en un pueblo condenado a desparecer. Sin memoria colectiva, no hay autoestima y quien carece de vocación a defenderse incurre en una forma de inconsciencia que nos lleva a la muerte como diría Ramiro de Maeztu. Y esto el autor lo sabe bien. 

Respecto a lo que se refiere el contenido de esta magnífica obra, el lector va a encontrar un portento de erudición. Esta obra no deja ningún aspecto sustancial de ese pasado hispanoamericano en el olvido por lo que se convierte de facto en una obra de referencia. Se aborda con verbo firme, narración amena e inteligencia todos los aspectos que han determinado el devenir de los tiempos y que dieron forma a la historia de Hispanoamérica tal y como hoy la conocemos. La obra saca a la luz la esencia de nuestro ser. Se afronta con maestría de escribano versado la descripción de las instituciones elementales, las personalidades más notables, la economía, el ordenamiento jurídico de Indias, la ciencia, el legado de desarrollo y progreso. En definitiva, la labor civilizadora de España que se dejó, no solo el continente americano sino en islas del Pacifico como Filipinas o la Guinea Ecuatorial. 
El libro por lo tanto nos da muestra de un trabajo ímprobo de dedicación y esfuerzo que aspira cuando menos al reconocimiento de los ciudadanos intelectualmente más honestos.  
Este libro es un texto de obligado conocimiento para todos y bien harían los centros de enseñanza en darse cuenta de ello retomando un conocimiento sensato de nuestro pasado.

Además, la obra tiene una estructura óptima para alcanzar una correcta exposición de la visión verdadera y de conjunto de lo que ha sido la aportación de España a América —y de América a España— y por lo tanto al mundo. Un análisis cabal y pormenorizado de las singularidades, de las diferentes etapas de desarrollo, de las instituciones, de hitos históricos que definen un espíritu de grandeza de nuestros antepasados que favorecen la comprensión documentada de la realidad histórica y de nuestro ethos hispánico, es decir del conjunto de rasgos que constituyen nuestra comunidad hispánica llamada a los grandes retos de presencia en lo universal. 

Y para ir concluyendo, según escribo estas líneas y en estos mismos momentos me encuentro con la noticia (El Debate. 14/3/2025) que «El Instituto Cervantes abraza la “desconquista” española promovida por la presidenta por México». La noticia no sorprende a nadie en España por la suicida tendencia patria que sin pudor exhiben los poderes públicos cuando de hacer justicia histórica se trata y de romper una lanza en justicia por nuestro pasado. Los organismos oficiales llamados —en teoría— a la divulgación y defensa de la cultura española no se implican para nada en esta labor y, más bien por el contrario, se suman a cuantas campañas e iniciativas se produzcan para la estigmatización de lo hispano. Por esta razón se hacen más necesarias las investigaciones serias y escritores como Cesáreo Jarabo pues lo que no haga la sociedad civil hispanoamericana que es quien ha asumido la verdadera labor de estudio, defensa y difusión de la verdad histórica, no lo va a hacer nadie. 

Solo cabe decir para finalizar esta modesta introducción, que este libro le proporcionará mucho disfrute en su lectura, contribuirá a mejorar conocimientos y a redescubrir un fascinante pasado, pero lo que es más importante contribuirá a la forja de ciudadanos de ambos hemisferios más libres, juiciosos y bien formados. Que así sea.

Madrid, marzo de 2025
JULIO HENCHE 
Abogado y escritor


Cesáreo Jarabo Jordán (Gascueña, Cuenca, 1953) es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de numerosos trabajos históricos, ha abordado a lo largo de los años temas tan diversos como Los Campamentos del Frente de Juventudes —su tesis de licenciatura—, la figura de Omar Ben Hafsún en la novela histórica El primero de los insurgentes, o la Primera República en El cantonalismo. Hispanista convencido, se ha adentrado en el estudio de los momentos de esplendor del Imperio español, así como en las causas de su decadencia y descomposición. 

Entre sus obras destacan 1898. Un hito en la gran traición y El final del Imperio de España en América, donde analiza el desastre de 1898 y sus implicaciones históricas. También ha publicado El aprendiz de Quijote, un ensayo en torno a la célebre obra cervantina. Su actividad se extiende al ámbito audiovisual, con una prolífica serie de vídeos en YouTube — bajo el título “Pensamiento hispánico”— en los que disecciona los elementos que conforman la génesis y evolución de la Hispanidad. Colaborador habitual en diversas publicaciones digitales, imparte conferencias y participa en debates en canales hispanistas, siempre con el objetivo de profundizar en la historia y el legado cultural del mundo hispano.

En esta entrevista, conversamos con él sobre su más reciente trabajo, La construcción de la América Hispánica, un exhaustivo compendio que analiza con detalle la génesis de la Hispanidad y su proyección humanística en el mundo. 

Usted es una persona bastante conocida y referencial en el elenco de personalidades que se dedican desde hace un lustro a difundir los valores de la hispanidad y su origen, desarrollo civilizatorio y derrumbe, sus causas y procesos. El libro que presentamos hoy ante nuestros lectores contiene una documentación y datos de tal envergadura que a mi parecer es un libro de consulta, con cierto sentido enciclopédico. 
¿Qué le ha inspirado a usted el escribir una obra que implica muchas horas de estudio y recopilación? La composición de este libro, casi casi, podemos decir que ha sido casual. Ha sido como el que encuentra algo que no buscaba.
Pero claro, encontrar algo que no se busca no deja de ser producto del trabajo, de la investigación. Es el caso que estoy en grupo de amigos de las historia que funciona en Internet bajo el nombre de “España en la Historia”. Es ahí donde el coordinador me dijo un día que por qué no escribía algo sobre Diego García de Paredes. Lo hice, y a partir de ahí cada semana aporté un nuevo personaje, siendo que esa labor me llevó a hacer lo mismo con acontecimientos que me parecían curiosos. Las semanas fueron pasando, y los artículos empezaron a contarse por centenares, lo que me llevó a ordenarlos por temas y presentárselo a mi editor, que de entrada rechazó todo lo que hacía referencia a cuestiones militares, y me dijo que agrupase lo que tenía hecho sobre cuestiones de ciencia, derecho y economía.
Eso me costo muy poco, y el resultado está recogido en el libro que recientemente ha sido publicado con el título de La construcción de la América Hispánica. 

¿Su libro va dirigido a algún grupo de lector específico? 
Mi libro sí va dirigido a un grupo de población específico: la Hispanidad, y mi objetivo es que el pueblo hispánico avente sus complejos y conozca su gloriosa historia. Se trata de un texto divulgativo, accesible, creo, a todos los niveles de formación. El lenguaje utilizado es cordial, fácil de leer, y sus 360 páginas, que para la cultura de mensaje breve a que estamos sometidos pueden parecer interminables, son salvadas por el hecho de que está compuesto por 115 artículos independientes, algunos de ellos relacionados entre sí. 

Usted, como yo mismo, tiene formación académica como pedagogo.
¿Qué pretende con el libro a los efectos de formación de las mentes en un momento como el presente de verdadero desierto cultural? 
Aunque ha resultado sin planteamiento previo, entiendo que la estructura del libro puede ser de alto interés pedagógico para gentes de todas las edades; para los mayores desacostumbrados al estudio y para los alumnos de secundaria. Y en todo caso para cualquier persona cuyo conocimiento de la historia se limite a lo que ha aprendido en la enseñanza reglada y a quienes asumen sin cuidado la producción cinematográfica, tanto extranjera como nacional. 

¿Considera usted que hay avances en el conocimiento de la Historia relacionada con el Imperio español y lo que supuso para la civilización occidental? 
Hay avances, sí, y ya hasta en algún sector del entramado educativo ha hecho mella la actividad cultural que se está produciendo desde el mundo hispanista. Incluso se puede encontrar en red un libro de Historia de España para alumnos de tercero de la ESO

Pero la labor es ingente, pues mientras personas en principio alejadas de la enseñanza de la Historia estamos luchando por difundir la verdad histórica, el Ministerio de Educación, sumiso a las instrucciones recibidas, mantiene unos curricula negrolegendarios, y la Academia de la Historia, que podía haberse hecho notar hace ya más de un siglo, parece que empieza a desperezarse, pero dando síntomas de amodorramiento. A pesar de esa actuación de las autoridades, resulta evidente que hay un creciente interés popular por el conocimiento de la Historia, y si bien no en los medios públicos de propaganda, que se mantienen firmes en su campaña negrolegendaria, la gente, y en especial la gente joven, empieza a preguntarse cosas, y eso es muy positivo. 

¿Es posible cambiar la sensibilidad de la masa de la población que ignora, incluso la génesis de la nación que ha alumbrado su ser como persona? ¿Se puede llegar a entusiasmar con una obra como la suya, verdaderamente erudita? 
No podemos caer en el triunfalismo. Sería nuestro primer enemigo, pero ciertamente entiendo que es posible revertir la situación. Por supuesto sería mucho más fácil si contásemos con los medios que en su momento contaron los instauradores de la leyenda negra y con los medios que cuentan hoy sus mantenedores. No tenemos ministerios, no tenemos medios públicos de comunicación, pero contamos con un medio sumamente potente como es Internet. Cierto que ellos, además de ministerios, editoriales y medios de comunicación también cuentan con potentes motores de Internet, pero el caso es que nosotros vamos tejiendo una red que cada día es más extensa y tupida, y con eso, de momento tenemos más que suficiente, ya que el crecimiento de los activistas culturales es exponencial mientras la confianza en los medios del sistema es cada día menor.
Además, la confianza que da conocer que el dato no puede ser vencido por el relato, posibilita que quién toma contacto con la realidad histórica se convierta en ferviente defensor de la misma. 

¿Qué mensaje de fondo quiere transmitir a través de su libro al posible lector? 
Quiero que el lector descubra algo de lo que yo estoy profundamente convencido y que cuando lo expreso llena de estupor a mi interlocutor, que hasta llega a dudar de mi salud mental: Fuimos grandes y fuimos libres, mientras hoy somos pequeños y somos esclavos. No debo adentrarme en hechos sucedidos a lo largo del siglo XVIII y del siglo XIX, atendidos en otro libro editado con anterioridad y titulado “El fin del imperio de España en América”; sin embargo son hechos que hoy pesan como una losa sobre el pueblo español. 

No debo adentrarme, pero lo voy a hacer, porque todo lo positivo que relato en La Construcción de la América Hispánica ha sido condenado al ostracismo por quienes hoy nos esclavizan. Los españoles de ambos lados del Atlántico; los españoles del Pacífico somos esclavos; estamos colonizados por quienes siempre, y hasta el siglo XIX, nos combatieron por todos los medios; por quienes en esos momentos tenían armadas piratas que eran corridas por la marina española. Con el cambio de dinastía cambiaron demasiadas cosas y ninguna para bien. 

Con el cambio de dinastía se olvidó de manera premeditada nuestra historia y se dio pábulo al triunfo de la leyenda negra que ya llevaba dos siglos urdiéndose contra España. Con el triunfo de la Ilustración la cultura popular sufrió un deterioro sideral, cayendo el nivel de alfabetización a límites del absoluto subdesarrollo cuando resulta que en los siglos anteriores se estaban creando latinistas en las selvas amazónicas. Y todo ello conllevó un sometimiento ovejuno primero a afrancesados y posteriormente a Inglaterra, que si mantiene una base militar en Gibraltar no es sino para garantizar la sumisión absoluta de la colonia, que es España. Y ese sometimiento al enemigo histórico hizo que en la insultantemente conocida como Guerra de la Independencia, Arthur Wellington fuese nombrado capitán general de los ejércitos de España… y grande de España. Pero, ¿quién era Arthur Wellington? No otro que el pirata que vino a la Península para combatir a los ejércitos franceses, pero lo hizo con la armada que tenía dispuesta para llevar a cabo el tercer intento de asalto a Buenos Aires.

Y lo hizo para derruir los castillos que rodeaban Gibraltar, y para bombardear los incipientes núcleos industriales españoles… y para robar arte que hoy está expuesto en Londres… y para coordinar los movimientos separatistas de América. Y fue nombrado duque de Ciudad Rodrigo, y hoy, sus descendientes son grandes de España y poseedores de importantes posesiones territoriales, “obsequio” de los súbditos británicos que vienen gobernando España. Este alegato, y la posibilidad cierta de poder revertir los hechos si nos decidimos a ello, es el mensaje claro y contundente que quiero transmitir a los lectores. 

Hay una gran proliferación de obras relacionadas con el tema hispanista, afortunadamente en este momento. ¿Se haría necesario crear una academia específica sobre la Hispanidad, y sobre el Imperio español y sus fundamentos axiológicos, a imitación de la Real Academia de la Historia? 
Debo dejar manifiesto mi particular desconfianza de la Real Academia de la Historia, que desde su creación en 1738 ha sido colaborador necesario de la leyenda negra, ya que ha sabido ocultar los hechos que hoy están sacando a la luz un cada día más nutrido grupo de amigos de la historia, que no necesariamente historiadores titulados.

Tal vez, digo tal vez, la Academia de la Historia tendría que pedir perdón a España y a la Humanidad por haber permitido el triunfo de la leyenda negra sobre la historia; por haber ocultado hechos como los que ahora relato, o hechos como la gran traición de 1898, por ejemplo. Pero no es sólo la Real Academia. El Instituto Elcano, por cierto dirigido por un británico, Charles Powell, no habla de Hispanoamérica ni de Hispanidad, sino de Latinoamérica, y manifiestamente sirve los intereses británicos sin tener muy en cuenta la verdad histórica. Y todo pagado por España. Con esas dos experiencias, parece manifiestamente necesaria la creación de un instituto que se mantenga al margen del poder político establecido. 

Para terminar, resuma en una frase lo que define su libro y por qué es deseable que se lea en beneficio del futuro de la civilización occidental que se configuró desde la conquista y civilización de aquel espacio que fue la obra de España en el mundo tras el periodo de la Reconquista, en una génesis asombrosa. 
Seremos libres cuando por amor a la verdad seamos fieles a la Historia.



viernes, 29 de diciembre de 2023

LA LECCIÓN ESPIRITUAL DEL 'KINTSUGI': RÍOS DE ORO PARA ALMAS ROTAS por WILHELM 🙌 y DESMONTANDO EL PSICOANÁLISIS: "PARA FREUD, EL SANTO ES EL MAYOR NEURÓTICO"

La lección espiritual del 'Kintsugi': 
ríos de oro para almas rotas
"Thereis a crack, a crack in everything /
That's how the light gets in"
Leonard Cohen, 'Anthem'
"Hay una grieta, una grieta en todo (en cada cosa) / 
Así entra la luz" 
Leonard Cohen, 'Himno'

Cuentan que un día, durante la ceremonia del té, al sirviente del gran señor feudal Hideyoshi se le cayó al suelo un valiosísimo bol de cerámica. Los trozos saltaron por los aires en todas direcciones. No era una pieza cualquiera, sino una de las favoritas del daimyō, que alzó con furia la mano para castigar al criado. Uno de sus invitados, el samurái poeta Yusai Hosokawa decidió intervenir. Con una canción improvisada calmó los ánimos de su señor, asumiendo la responsabilidad por la falta del mayordomo.

Hosokawa recogió los pedazos de cerámica y los unió de nuevo, aplicando laca en las fisuras y cubriendo las "heridas" con oro. La belleza del resultado conmovió a Hideyoshi, que perdonó a su sirviente, y la historia -convertida en fábula- se extendió por todo Japón. Con el tiempo, esta técnica se popularizó entre los artesanos nipones, recibiendo el nombre de Kintsugi, unión de las palabras japonesas "oro" y "reconectar''.

"El Kintsugi no solo repara un recipiente roto, sino que transforma la cerámica rota en algo más hermoso aún que la pieza original'; reflexiona el pintor Makoto Fujimura en su libro Art + Faith. A Theology of Making. Para él, esta técnica tradicional no se limita a las tazas o los cuencos, sino que emerge como una metáfora perfecta para comprender la acción de Dios en nuestras vidas: 
"El ejemplo del Kintsugi captura y amplifica esta promesa [del Evangelio]. (...) Cristo no vino a repararnos, no vino solamente a restaurarnos, sino a convertirnos en una nueva creación"; escribe.

A Cristo por la belleza y el martirio

Fujimura se encontró con Cristo cuando tenía 27 aüos, en Tokio. El joven artista había viajado a Japón tras graduarse en la universidad en EE.UU. y estaba aprendiendo el arte del Nihonga, una antigua técnica de pintura japonesa que emplea materiales preciosos como la malaquita o la azurita como base para los pigmentos. En esta búsqueda artística, Fujimura se topó con su propio límite. 
"Me di cuenta de que no había un lugar en mi corazón -un estante- para sostener aquella belleza, aquella misma belleza que estaba creando"; recuerda en un testimonio filmado por el canal Explore God.

El pintor identifica varios momentos cruciales en su camino espiritual, como la lectura del poema épico Jerusalem, de William Blake, (compuesto en himno) el que hay un diálogo entre el personaje simbólico Albión y Jesús en la cruz: 
"En aquel momento Jesús ya no era una figura histórica, sino quien me había estado llamando desde siempre a través de mi creatividad": 
El Kintugi no solo repara un recipiente roto, sino que lo transforma en lago más hermoso aún que la pieza original".
Otros hitos en su proceso de conversión -según relata en una entrevista para Religion News Service- fueron la relación con un grupo de misioneros protestantes o una visita a un museo en Tokio donde se topó con algo inesperado. Frente a él se alineaban docenas de losetas con la imagen de Jesús o de la Virgen, pero no se trataba de una simple colección de arte sacro, sino que eran testimonios de algo mucho más doloroso. Durante doscientos cincuenta años, los cristianos fueron perseguidos en Japón: los magistrados forzaban a los creyentes a pisotear aquellos iconos bajo la amenaza de la tortura y la muerte, llevando a muchos al martirio por mantenerse fieles.

Fujimura vio en aquellas imágenes un "misterio profundamente marcado por las cicatrices'; que le tocó en lo más hondo de su ser: 
"Todo lo que he hecho deriva de aquello"; confiesa. Hoy, Fujimura tiene 63 años, y se ha convertido en uno de los pintores contemporáneos de arte sacro más reconocidos en todo el mundo. Su obra, que aúna la tradición japon esa, el expresionismo abstracto y una fe profunda y meditada, cuelga en las paredes de iglesias y museos de todo el mundo. Y en todo ello -vida, obra, fe­ late como un hilo dorado una intuición: 
"El Dios artista se comunica con nosotros antes que el Dios profesor".
La teología del hacer

En el citado Art + Faith, Fujimura plantea las bases de lo que él llama "teología del hacer"; un modo de comprender la relación con Dios y con el mundo basado en la misericordia y la belleza. Para el pintor, vivimos en un mundo caído, pero "cuando creamos, invitamos a la abundancia del mundo de Dios a entrar en la realidad de la escasez que nos rodea". Leyendo el Antiguo Testamento, Fujimura identifica guiños en la importancia de esta actitud: constata por ejemplo que Adán, poniendo nombre a los animales en el Jardín del Edén, realiza un acto de creatividad, o que las primeras personas en ser citadas como "llenados" por el Espíritu Santo son dos artesanos, Bezalel y Oholiab, los autores materiales del Arca de la Alianza.

Frente a una concepción utilitarista o mecanicista de la relación con Dios, Fujimura escribe que "Dios no necesita ninguna de nuestras instituciones para existir, punto; pero su amor exuberante nos invita a nosotros, vasijas rotas elegidas por Dios, a cocrear en la nueva creación a través de Jesús". La imagen de las vasijas rotas nos devuelve a la metáfora del Kintsugi, una concepción que parte de reconocer u na verdad: no somos perfectos.
"Cuando creamos, invitamos a la abundancia del mundo de Dios a entrar en la realidad de la escasez que nos rodea".
"No podemos mantener las promesas que hacemos, y mucho menos las promesas que Dios nos mandó mantener. (...) Somos fragmentos rotos de algo que una vez fue hermoso": comenta Fujimura, apuntando al pecado original y destacando que a los apóstoles les ocurría lo mismo. Pero también que este no es el final: 
"A aquellos que traicionaron, que huyeron, que no pudieron ser valientes cuando era necesario serlo... A aquellos corazones miserables les pasó algo después de la resmrección".

La resurrección de Cristo -elemento nuclear de la fe cristiana y también de esta "teología del hacer"- no es, para Fujimura, una mera restauración. No es un viaje atrás en el tiempo a un estado sin pecado ni maldad, sino una transfiguración del mundo y de cada uno, una nueva creación. El ejemplo más claro de ello -escribe- es el propio Cristo: su cuerpo resucitado no está impoluto, sino que -como descubrieron santo Tomás y los otros­ conserva las llagas y las heridas de la pasión.

"Cuando el hacer honra la ruptura -continúa el artista-, las formas quebradas pueden revelarse como componentes necesarios del nuevo mundo por venir"; y sigue: 

"Esta es la promesa más escandalosa de la Biblia, y está en el corazón de nuestro camino hacia lo nuevo: no solo somos restaurados, sino que estamos llamados a participar en la cocreación de lo nuevo a través de nuestras heridas y dolor". La sangre de Cristo, como el oro que fluye por las grietas en el Kintsugi, no tapa ni borra el pasado, sino que -concluye Fujimura- "es precisamente a través de nuestras fisuras donde puede brillar la gracia de Dios".

"El hombre no está hecho para la derrota 
-se dijo el viejo pescador 
en medio de la lucha-. El hombre puede ser destruido, 
pero no derrotado (gracias a Jesucristo)".
(El viejo y el mar, E. Hemingway)

Desmontando el psicoanálisis: 
«Para Freud, 
el santo es el mayor neurótico»


Analiza la figura del «padre del psicoanálisis», una doctrina anclada en el pesimismo antropológico

Pocos autores han tenido tanta influencia en las ciencias de la salud mental contemporáneas como Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis. Sobre su figura han escrito muchos; entre ellos el psicólogo y doctor en Filosofía Joan d’Àvila Juanola, profesor de la Universidad Abat Oliba CEU, que entiende el psicoanálisis freudiano «más como doctrina y no tanto como hipótesis científica», como apunta en Antropología cristiana y ciencias de la salud mental. En esta entrevista, aborda a fondo la cuestión del psicoanálisis: sus postulados, su validez y –también– su relación con la tradición cristiana.

–Empecemos definiendo el objeto de estudio: ¿en qué consiste el psicoanálisis y cuáles son sus postulados principales?
–Es una explicación acerca del funcionamiento psíquico humano que elaboró Sigmund Freud, basándose en las investigaciones acerca del origen y tratamiento de la histeria que se estaban llevando a cabo en el Hospital de la Pitié-Salpêtrière bajo la dirección de Jean-Martin Charcot. Su postulado principal es que la vida psíquica está dirigida desde pulsiones psíquicas inconscientes e irracionales.

–¿Cuál es el papel de la sexualidad en la teoría freudiana?
–Para Sigmund Freud, la vida humana se interpreta desde la pulsión de vida (eros), cuya energía es la libido. La descarga energética es necesaria para evitar la tensión psíquica y esta es objetual, empezando por el pecho materno y terminando con el coito. La transicionalidad de los objetos de descarga erótica marca las conocidas distintas fases del desarrollo psico-sexual: oral, anal, fálica y sexual. En las neurosis podrían identificarse comportamientos interpretables como fijación en etapas previas del desarrollo psico-sexual o regresiones. Una anamnesis completa de la historia del paciente permite establecer conexiones entre eventos del pasado y conflictos presentes. Sin embargo, yo nunca he trabajado desde estas interpretaciones freudianas, sino que he preferido dialogar con los pacientes sobre sus consideraciones respecto de estas conexiones. Prefiero trabajar desde la introspección consciente del paciente y su juicio al respecto.
Freud quiere evitar cualquier intervencionismo sobre este proceso del paciente, para evitar la transferencia
–La imagen típica es la del diván, donde el paciente habla y habla mientras el psicoanalista le escucha.
–La escucha activa, al generar la convicción en el paciente de que se le está escuchando y de que se está empatizando con su situación, es una herramienta terapéutica muy eficaz. En el psicoanálisis que plantea Freud no se trata tanto de tener una escucha activa del paciente como de darle un espacio para que pueda asociar libremente las ideas que le vengan a la mente y, de esta forma, expresar cosas reprimidas al inconsciente. A través de este soliloquio asociativo, se irían haciendo conscientes los complejos reprimidos que son causa del malestar psíquico del paciente y, consecuentemente, se rebajaría su tensión psíquica, su neurosis. Freud quiere evitar cualquier intervencionismo sobre este proceso del paciente, para evitar la transferencia: es decir, que el paciente empiece a establecer vínculos afectivos con el terapeuta y estos complejicen más la situación terapéutica.

–Freud aseguraba que este método daba buenos resultados, pero en el libro Antropología cristiana y ciencias de la salud mental, usted advierte que este éxito «no es necesariamente atribuible a esta forma de terapia».
–En esta concepción hay una serie de presupuestos que deben tenerse en cuenta, como que el origen del malestar psíquico es resultante de un complejo reprimido y que se alivia al hacerse consciente. Es probable que el espacio de libertad que brinda la asociación libre redunde en cierto desahogo, pero no necesariamente mejorará su salud psíquica si no se discuten sus interpretaciones sesgadas de la realidad. Se deja al paciente tranquilo con su versión, consciente y sin censura, de la historia. Sin embargo, cabe considerar que las interpretaciones de un paciente neurótico sean discutibles y que sea precisamente esta discusión lo que permita al paciente ver la situación más objetivamente. No se puede disociar la salud psíquica de la realidad de las cosas y hacerla depender de representaciones reprimidas. Los autores neopsicoanalistas se han ido alejando del énfasis en lo irracional para centrarse más en el «Yo», aunque esto ha sido tachado de heterodoxo por los autores fieles a Freud.

–En este mismo capítulo usted señala que «el quid de la cuestión es antropológico». ¿El psicoanálisis trae consigo una visión propia del hombre?
–Freud escribe que para el psicoanalista no hay ningún aspecto del psiquismo que sea azaroso, y que la labor psicoterapéutica pretende encontrar sus causas. Los fenómenos más banales deben interpretarse como signos, o síntomas. Sueños, olvidos o tartamudeos son tomados como indicios de represión psíquica; son síntomas neuróticos. Este determinismo psíquico puede dar cierta seguridad, pero esta premisa es incompatible con la libertad humana; de ahí la necesidad de psicoanalizarse para descubrir las causas reprimidas del malestar. Las relaciones pretendidamente altruistas, desinteresadas, amorosas también son relaciones objetales; es decir, relaciones con objetos que permiten la descarga libidinal de la pulsión erótica del sujeto. Por eso, coloquialmente, se dice que para Freud todo es sexual. La práctica del psicoanálisis lleva a que el paciente tome conciencia de la naturaleza pulsional de su vida psíquica, y negarlo es interpretado como un síntoma neurótico, represión que ejercen los principios morales introyectados en el «superyó” (o «superego») del paciente.
Existe una conexión entre la teología de Martín Lutero y el psicoanálisis de Freud
–El poeta Tomás Segovia veía el psicoanálisis «más una religión que una tendencia en psicología». Freud se consideraba un ateo acérrimo, pero ¿tiene el psicoanálisis algo de sustitutivo de la fe?
–Existe una conexión entre la teología de Martín Lutero y el psicoanálisis de Freud: su pesimismo antropológico. Lutero entiende que el ser humano no juega ningún papel en su propia salvación, sino que es por pura voluntad divina, pues su naturaleza humana está completamente corrompida y cualquier pensamiento sobre el mérito es sospechoso de pecaminoso, por soberbio. Análogamente, Freud defiende que negar la naturaleza pulsional, irracional, de la vida psíquica es de hipócritas pretenciosos. En ambos casos, la salud-salvación humana proviene de una toma de conciencia. El psicoanálisis, por otra parte, se ha considerado religioso porque afirma dogmáticamente el Complejo de Edipo como primer complejo reprimido y, por lo tanto, la interpretación psicoanalítica de la primera causa de la neurosis está determinada a priori.

–En esta línea, Freud considera que la ascesis cristiana es un proceso neurótico.
–Sí, para Freud el santo es el mayor neurótico porque se niega a aceptar la naturaleza pulsional del sujeto. El santo pretendería superar su naturaleza pulsional a través de la adquisición de la virtud y la unión con Dios, pero, en realidad lo que estaría haciendo es sublimar energía pulsional (libido) mediante la ascética. En todo caso, tampoco la sublimación resolvería del todo la tensión neurótica puesto que solo permitiría una descarga parcial de la libido. Desde el planteamiento cristiano se entiende que la ascética es necesaria para vencer la concupiscencia resultante del pecado original, y que la tensión psíquica por el conflicto entre la razón y las pasiones es una condición que se tiene que asumir desde la humildad y la confianza en Dios. Hay una diferencia sustancial entre ambos planteamientos porque, según el psicoanalítico, el santo actúa contra natura y, según el cristiano, el santo logra restaurar la naturaleza humana a la que remite Jesús cuando dijo: «Al principio no era así».
Bien se dice que quien no vive como piensa, acaba pensando como vive
–¿Es compatible el psicoanálisis con la fe católica? Es decir, ¿cabe plantear un «psicoanálisis católico», una conciliación -como tratan de defender algunos-, o la ruptura se plantea en la raíz?
–Ha habido autores que han intentado separar el método psicoanalítico del trasfondo psicoanalítico. Sin embargo, no se pueden separar porque el método aplicado es consecuente con el trasfondo antropológico. El método psicoanalítico por excelencia es la asociación libre de ideas, como decía antes. Hasta cierto punto, tener un momento para pensar y decir libremente las cosas que vienen a la mente puede permitir que la persona se aclare, pero cabe considerar que las personas trastornadas caigan en sus propias trampas mentales y no logren una conclusión saludable en sus monólogos. Bien se dice que quien no vive como piensa, acaba pensando como vive.

–Le cito una última vez: «[La salud mental] no debería considerarse desvinculada de la madurez humana, de la felicidad ni tampoco de la santidad». En un sentido más general, ¿la psicología contemporánea ha reducido su campo de visión a lo biológico, excluyendo la relación con lo trascendente?
–La psicología contemporánea considera que la salud es el bienestar emocional, por herencia del planteamiento homeostático de la salud mental que propone Freud —es decir, la necesaria descarga de la energía pulsional para volver a un punto de equilibrio—. Pero cabría puntualizar que el bienestar emocional debe provenir de la salud y no al revés. La salud está en el orden de los procesos que constituyen la vida humana. Los avances en el campo de la neurobiología han permitido conocer mejor la materialidad de la actividad psíquica, pero no pueden dar una respuesta suficiente a la pregunta por la felicidad humana. Biológicamente, tengo salud cuando no estoy enfermo ni tengo hambre. Humanamente considerada, la felicidad no puede solo tener en cuenta la salud neurobiológica sino el cumplimiento de mi naturaleza humana, que implica vivir racionalmente, en sociedad y con un sentido de la propia existencia.


Venid a mí los que estáis cansados por el hermano Carlos María

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martes, 12 de diciembre de 2023

DESDE EL CENTRO PENITENCIARIO DE TEIXEIRO, LA CORUÑA, 📩 CARTA DE UN PRESO A SU FAMILIA y 📩 CARTA A UN PRESO QUE PUEDE SER UN ALCOHÓLICO

En el comienzo de la Santa Misa, un interno del Centro Penitenciario realizó la siguiente monición de entrada:

DESDE EL CENTRO PENITENCIARIO DE TEIXEIRO, 
CARTA DE UN PRESO A SU FAMILIA

Din…Don…Din….Don. Hola mamá, hola princesas mías, vengo a deciros que estas navidades papá no estará con vosotras, físicamente, pero si, en de corazón y pensamiento, siempre estaré a vuestro lado; os amo hijas mías, mamá.
A veces, las personas cometemos errores y tenemos que pagarlos de una forma o de otra.
Estas navidades elegí pasarlas al lado de mis compañeros del módulo 7, y mis ex-compañeros de ingresos que visitaré,-si me dejan-, y compartir con ellos mis pequeñas alegrías, ya que la felicidad no es completa. La vida nos da grandes golpes…, pero es tan importante saber recibir los golpes como levantar la rodilla del suelo.

La navidad es hermosa, muy hermosa, las casas están llenas de felicidad y las ilusiones afloran, los árboles de navidad se encienden y lo más importante, el abrazo fraternal que nos damos, todos nos deseamos una feliz navidad y un próspero año nuevo. En esta casa donde estoy viviendo provisionalmente es muy grande, una casa un poco especial, pero no deja de sorprendernos todos los días de una forma positiva o negativa. Tenemos nuestros adornos, nuestro árbol de navidad, del cual cuelgan infinidad de regalos; el regalo más preciado nuestra libertad, eso es lo que pienso todas las mañanas cuando lo veo; y nuestro nacimiento, donde está el niño Jesús. Todo esto es posible gracias al trabajo de los compañeros, unos con más ganas y otros con menos, pero cada uno de nosotros aportamos nuestro grano de arena y eso se transforma en el cariño y fraternidad de unos con otros.

El niño Jesús está a punto de nacer en el portal de Belén, con su madre María y su padre Jesús, un gran día, las estrellas brillan más que nunca. Estamos ante un momento único, este niño traerá paz a la Tierra.
Niño Jesús protege y acoge en tus brazos a los que no tienen techo, dale un trozo de pan a los que no lo tienen, a los enfermos dales fuerzas seguir luchando, a ellos y a sus familias, a nosotros fuerzas para nuestra libertad. Querido Niño Jesús, te pido por toda esta gran familia, que es el centro penitenciario de Teixeiro, que familia tan especial, pero familia.
Quiero dar las gracias a la pastoral penitenciaria y a todos sus voluntarios que colaboran desinteresadamente, por su aliento y esperanza. Lucharemos por nuestros sueños de libertad, ¡si libertad! ¡el que la tiene ahorra palabras!. Feliz Navidad Familia




Un mensaje de esperanza de parte de miembros de Alcohólicos Anónimos anteriormente encarcelados, este folleto contiene historias personales que explican cómo A.A. puede ayudar a los alcohólicos a dejar de beber incluso en prisión. Incluye un cuestionario auto diagnóstico para quienes creen que pueden tener un problema con la bebida.

Alcohólicos Anónimos® es una comunidad de hombres y mujeres que comparten su mutua experiencia, fortaleza y esperanza para resolver su problema común y ayudar a otros a recuperarse del alcoholismo.
• El único requisito para ser miembro de A.A. es el deseo de dejar la bebida. Para ser miembro de A.A. no se pagan honorarios ni cuotas; nos mantenemos con nuestras propias contribuciones.
• A.A. no está afiliada a ninguna secta, religión, partido político, organización o institución alguna; no desea intervenir en controversias; no respalda ni se opone a ninguna causa.
• Nuestro objetivo primordial es mantenernos sobrios y ayudar a otros alcohólicos a alcanzar el estado de sobriedad.
Copyright © por AA Grapevine, Inc., 
reimpreso con permiso.

Primera Parte

CÓMO ERA 

La bebida no era algo de lo que nos gustaba hablar — era algo que nos gustaba beber. Bebíamos licores finos y bebíamos matarratas — y todo lo que hubiera entremedias. Muchos de nosotros no nos dimos cuenta de que teníamos un problema hasta que fue demasiado tarde. Alcohólicos Anónimos nos dio nuestra segunda oportunidad. Muchos de nosotros hemos estado encarcelados. Y la bebida desempeñó un papel muy importante en los crímenes que cometimos — mucho más importante de lo que nos imaginamos. 

“Tengo 57 años, y llevo once años sobrio en A.A. Trabajo como ejecutivo en una empresa industrial, y tengo el respeto de mi familia. Pero no siempre fue así; de mis 57 años, 25 los pasé en prisión”. Cuando éramos más jóvenes, nos agradaba beber. Nos hacía sentir bien. Podíamos ser parte de un grupo, o estar solos, no nos importaba. Cuando bebíamos, parecía que nos sentíamos mejor. Podíamos bailar, contar chistes, o simplemente quedarnos parados en algún rincón, “siendo importantes”. Parecíamos ser más valientes, más inteligentes, e incluso más guapos al habernos tomado un par de tragos. La gente era más divertida. Podíamos ir donde siempre habíamos querido ir. Todo nos era más fácil y cómodo. Podíamos despreocupamos de nuestros problemas por un rato y relajarnos. 

“Me emborraché por primera vez cuando tenía 13 años. Pasados cuatro años me encontré sentenciado a once años en prisión”. Sin embargo, tarde o temprano, las cosas nos iban mal. Nos enfadábamos y bebíamos para mostrar a la gente que no podían fastidiarnos. A veces no podíamos ni recordar lo que habíamos hecho. Nos enojábamos con nuestras familias. Si alguien nos hacía preguntas acerca de nuestra costumbre de beber, les mentíamos. A veces nos jactábarnos de cuánto bebíamos. “Cuando fui por primera vez a prisión, me quedó únicamente una emoción — la ira”.

Empezamos a esperar que la gente nos dejara en paz. Veíamos a otras personas que parecían estar bien, y no podíamos imaginarnos cómo lograban hacerlo. Algunos de nosotros nos dábamos cuenta de que la bebida se estaba volviendo en contra nuestra, otros no. Pero ya no nos importaba. Sentimos como si alguien nos debiera algo, y empezamos a apropiarnos de lo que creíamos era nuestro. “Algunos meses después robé una farmacia. Se estaba repitiendo la misma cosa”. Vimos cómo era cuando las puertas de la prisión se cerraron detrás de nosotros. Para muchos no era esa la primera vez. Cuando todo el mundo se estaba desintegrando, creíamos necesitar la bebida. Pensábamos que era la única cosa que nos mantenía integros. El futuro nos parecía sombrío. Muchos de nosotros empezamos a preguntamos: “¿De qué nos valdría otra oportunidad?”

Segunda Parte

HABÍA UNA SOLUCIÓN

La gran mayoría de nosotros no tuvimos intención de beber tanto como para meternos en graves dificultades. Pero así acabamos. Había que cambiar algo. ¿Quizá la bebida tuviera algo que ver con los problemas? “El encargado de libertad condicional me dijo que me era obligatorio asistir a la reunión semanal de A.A., así es que fui. Sé que la ira que me envolvía hizo sentirse incómodos a los demás, pero eso no me molestó en absoluto”. Habíamos hecho grandes esfuerzos para demostrar que podíamos beber normalmente. Pero siempre nos acontecía lo mismo — nos emborrachábamos. Seguíamos creyendo que sería diferente la próxima vez — pero nunca lo era. Y las cosas no iban mejorando; empeoraban. Decidimos pararnos a pensar en cómo bebíamos. “Ingresé en el programa como un escéptico. Todavía creía que podía aguantar la bebida. No tenía la menor idea de cuánto me agradaría estar sobrio”. Nos pusimos a pensar seria y sinceramente en cómo bebíamos. Consideramos lo bueno y lo malo. Cierto que era divertido, pero teníamos que mirar también la otra cara de la moneda.

Para muchos de nosotros, esa fue la primera vez en que fuimos sinceros con nosotros mismos respecto a la bebida. Vimos que bebíamos aun cuando no queríamos beber. Que, una vez que comenzábamos a beber, no podíamos parar. Que nos habíamos escondido detrás de la botella. “Cuando se formó un grupo de A.A. en la institución en donde estaba, me burlé de él. Pero más tarde, cuando uno de mis viejos compañeros de copas se unió al grupo, empecé a asistir a las reuniones. Me gustó lo que oía y veía”. Ya nos habíamos metido en tantas dificultades que decidimos tratar de no beber. Aunque sólo fuera por un rato. Muchos de nosotros habíamos oído hablar de A.A. “Durante muchos años estuve resentido con mi primera esposa por enviarme a prisión, con la policía por haberme arrestado, y con mis amigos por no prestarme más dinero para comprar bebidas. Ahora, trato de tener conciencia de que cada uno, a su manera, me estaba haciendo un favor, empujándome hacia mi presente sobriedad”. 

Una de las primeras cosas que oímos decir en A.A. era que teníamos una alternativa. Podíamos optar por no beber. Nos era evidente que la gente de A.A. sabía de lo que hablaba — tanto del beber como del no beber. Decidimos escuchar lo que tenían que decir. Incluso si no estábamos seguros y solamente creíamos que era posible que tuviéramos un problema con la bebida, éramos bienvenidos en las reuniones de A.A. A.A. no quiso que dejáramos de beber mientras no lo quisiéramos nosotros. Nos decían que si nos sentíamos fuera de lugar, podíamos simplemente irnos y tomarnos un trago. Pero nos hacían saber que seríamos bienvenidos si quisiéramos volver. No le importaba a A.A. cuánto bebíamos, ni lo que habíamos hecho en el pasado. No importaba si bebíamos whisky o vino — cerveza o ginebra casera. Para A.A. lo único importante era si queríamos hacer algo respecto a nuestra forma de beber. “Los muros se me estaban derrumbando y no sabía qué hacer. De pronto, me encontraba esperando ansiosamente la próxima reunión de A.A.” A.A. nos estaba diciendo que teníamos una alternativa, y queríamos saber más. Lo mismo que ser sincero en cuanto a la bebida, para muchos de nosotros ésta fue la primera vez que pedimos ayuda en serio.

Nos explicaron que algunas personas no podían beber sin peligro. Nadie sabe por qué. Los médicos dicen que el alcoholismo es una enfermedad. De los mismos miembros de A.A., aprendimos que la fuerza de voluntad nunca funcionaba, ni el “secarse” por un rato. Tarde o temprano, estos A.A. nos dijeron, volvieron a beber. Era como una alergia, nos indicaron, y la dura experiencia les enseñó que eran alérgicos a la bebida. En A.A. nos decían que no se podía ser un poco alcohólico. Pero si podíamos admitir que teníamos un problema, había esperanza. “Una vez que estuve dispuesta a escuchar y a aceptar que no era una mala persona, que era capaz de amar y de ser amada, que podía andar con dignidad y respetarme a mí misma, en ese momenta supe que todo iría bien”. 

Muchos de nosotros lo pasamos mal bebiendo. Estábamos sin dinero, sin techo. Dormíamos en portales, mendigábamos. Vivíamos en los barrios perdidos, o peor aún, confinados repetidas veces en instituciones siquiátricas o carcelarias. Estábamos llenos de ira, violentos. Y muchos de nosotros todavía tenemos las cicatrices que lo demuestran. Sin embargo, no todos los alcohólicos tienen problemas como estos. Muchos nunca perdimos nuestros empleos, o nuestras familias. No obstante, teníamos también las cicatrices — de heridas por dentro. Teníamos el mismo problema que los demás — no podíamos beber sin peligro. En A.A. aprendimos que lo mismo que las bebidas, los alcohólicos son de varias clases. Oímos decir que lo importante no era cuánto bebía o qué bebía o por cuánto tiempo bebía. Era lo que la bebida le hace a uno. 

“Trataron de iniciarme en A.A., pero les dije, ‘¿Para qué sirve A.A. aquí adentro?’ Y además, todo eso era algo para los vagabundos que vivían a orillas de los ríos y bebían alcohol de quemar”. Durante la mayor parte de nuestra vida, siempre hemos mirado a otros diciendo, “Ese es un alcohólico”. Ahora, nos centramos en nosotros mismos y en nuestra costumbre de beber. Ya no nos importa quién bebe más o menos que nosotros. No tratamos de hacer parar de beber a nadie más que a nosotros mismos.

¿ES USTED ALCOHÓLICO?

La lista de preguntas que aparece a continuación ha ayudado a mucha gente a entender cómo les afecta la bebida. Pero, recuerde, usted es la única persona que puede decir si tiene o no un problema. Aun si le han dicho que sí, lo importante es llegar a su propia decisión. Lo único que le pedimos es sinceridad. Y después de considerar las preguntas, cualquiera que sea su decisión, le diremos algo más acerca de A.A. en la siguiente parte de este folleto. 


Tercera Parte 

CÓMO FUNCIONA 

Muchas personas tienen dudas sobre A.A. Se preguntan, “¿Por qué me quiere ayudar esta gente? ¿Qué ventajas busca?” 

NO SOMOS PROFESIONALES 

A algunas personas se les paga por el trabajo que hacen con los alcohólicos. Son médicos, consejeros, siquiatras o asistentes sociales. A nosotros los A.A., no se nos paga. Somos borrachos. Somos borrachos que hemos descubierto un método para dejar de beber que surte efecto. No pretendemos tener todas las respuestas. Pero queremos compartir con otros lo que ha funcionado para nosotros. Y lo hacemos porque nos ayuda a mantenernos sobrios. 
De hecho, nuestro objetivo primordial es mantenernos sobrios y ayudar a todo aquel que desee dejar de beber. Como comunidad, no tenemos opiniones sobre asuntos aparte de los de A.A. Pero estamos seguros de una cosa: lo que nos pone borrachos es el primer trago. Muchos de nosotros creíamos que era el tercer trago, o la última gota al fondo de la botella lo que lo hacía. En Alcohólicos Anónimos llegamos a entender que era el primer trago. Después de tomarlo, no había duda de que tomaríamos otros. No nos oponemos al uso del alcohol, y no mantenemos que A.A. es la única solución. Solamente podemos decir que funciona para nosotros. 

NO SOMOS RELIGIOSOS 

Mucha gente en A.A. habla de Dios o de un Poder Superior. Pero A.A. no está afiliada a ninguna religión. 
La única razón que muchos de nosotros tenemos para hablar de Dios es que nos ayuda hacerlo, y no esperamos que usted crea en las mismas cosas. La religión es asunto personal. No hay que creer en Dios para ser miembro de A.A. Lo único que necesita es el deseo de dejar de beber. Puede tener cualquier Poder Superior que desee, o ninguno. 

HABLAMOS DE NUESTRAS EXPERIENCIAS 

A.A. empezó con un borracho que hablaba con otro acerca de la bebida. Y todavía surte efecto. A.A. no es una terapia de grupo, ni una confesión religiosa. Aprendimos que nos hacía bien hablar con una persona que sabía por experiencia lo que estábamos sufriendo a causa de la bebida. 
Preguntamos a otros miembros de A.A. cómo ellos dejaron de beber, y escuchamos lo que nos dijeron. Descubrimos que no se tenía que acatar un sistema de normas. Pero si podíamos aprender de las experiencias de gente que ya lo habían pasado, podíamos evitarnos una pérdida de tiempo. 

LO HACEMOS POR 24 HORAS 

Cuando sentimos un fuerte deseo de beber, tratamos de aplazarlo por un día. A veces este es un plazo demasiado largo, así que lo hacemos por seis horas, o una hora, o cinco minutos. Es también de ayuda el utilizar el “Plan de 24 Horas” cuando nos desanimamos con la autocrítica. Oímos decir, “Si miras con un ojo hacia ayer, y con otro hacia mañana, te quedas bizco hoy”. No podemos cambiar el pasado enfadándonos con él, y no podemos prever el futuro preocupándonos por él. Pero sí podemos hacer algo en cuanto a cómo nos sentimos ahora. 

MANTENERSE ALEJADO 

A algunos de nosotros, nos fue fácil dejar de beber. Lo habíamos hecho repetidas veces. Lo difícil era mantenernos alejados de la bebida. Empezamos a entender lo que los A.A. decían respecto a no tomarse el primer trago. Y nos contaban lo que les pasó a los que tomaron aquel primer trago, aun después de haberse mantenido sobrios por algún tiempo. Siempre les pasó lo mismo. Se emborracharon. Comenzamos a darnos cuenta de que lo más difícil en A.A. era mantenerse alejado de la bebida. No obstante, para hacerlo se nos ofrecía la ayuda más constante, día a día. 

LOS PASOS 

Muchos miembros hablaban de “trabajar en los Pasos”, y nos llevó algún tiempo captar el sentido. Aprendimos que los Pasos son el corazón del programa de recuperación de A.A. y algunos miembros los llamaban “los pasos que dimos que nos llevaron a una nueva vida”. 

LAS TRADICIONES 

Cuanto más aprendimos acerca de A. A. — que no hay jefes en A.A., que el bienestar común tiene preferencia, por qué la segunda “A” de A.A. significa “anónimos” — más podíamos apreciar la importancia de las Tradiciones. Si los Pasos son el corazón de A.A., las Tradiciones son su espina dorsal. 

APROVECHAR EL MATERIAL DE A.A. 

Existen muchos folletos y libros de A.A., y tratamos de conseguirnos tantos como pudimos. Aun si nos pareciera que nunca los íbamos a leer, los cogimos. Casi siempre resultaban ser exactamente lo que necesitábamos. Había también muchos lemas que los miembros de A.A. utilizaban y que empezaban a tener sentido para nosotros en nuestra vida diaria. Oímos decir, “Haz lo primero primero”, y esto nos ayudó a desenredamos de muchos apuros. Y “Tómalo con calma” era un sabio consejo cuando empezamos a enfadarnos por cosas que no podíamos cambiar. Además nos sugerían que no tuviéramos demasiada hambre, que no nos enojáramos demasiado, que no nos cansáramos demasiado ni nos aisláramos. 

Estas ideas nos ayudaban a “mantenerlo sencillo”, y cuando nos cuidábamos de estas cosas, nos veíamos menos deseosos de echarnos un trago. A.A. también edita una revista en español que se titula La Viña, que sale cada dos meses, y hay parecidas revistas publicadas en español por otros países, como Compartimiento (Guatemala), Plenitud (Mexico) y El Mensaje (Colombia), y tratamos de conseguir algunos números. Leímos historias de miembros de A.A. de todas partes del mundo, y así nos formamos una idea más clara de cómo funciona el programa. Para aquellos de nosotros a quienes nos gusta escribir cartas, descubrimos que la Oficina de Servicios Generales de A.A. (O.S.G). tiene un Servicio de Correspondencia Institucional, a través del cual podíamos ponernos en contacto con miembros de A.A. “de afuera”. Muchos de nosotros escribíamos y recibíamos cartas, y esto nos parecía una forma maravillosa de compartir nuestros pensamientos y, al mismo tiempo, de aprender más acerca de A.A. 

VIVIENDO SOBRIO 

Nos dimos cuenta de que lo que estábamos aprendiendo acerca de A.A. era maravilloso. No obstante, teníamos que ponerlo en acción en nuestra vida diaria. Nadie podía hacerlo por nosotros. Llegamos finalmente al punto en que tuvimos que nadar o ahogarnos. A.A. puede ofrecer únicamente su experiencia, fortaleza y esperanza. Con gusto lo compartiremos con usted, cuandoquiera que lo desee. La decisión es suya.

Cuarta Parte 

HISTORIAS PERSONALES 

Las siguientes historias fueron escritas por miembros de A.A. 

Carlos M. 

Hace casi ocho años, me desperté en la cárcel. Ya que no era la primera vez, no me preocupé mucho. Pero me pasmó descubrir que había pasado tres días allí, y no una sola noche como había creído. Entonces, me puse enseguida a tratar de tomar las medidas para ser liberado. Otra sorpresa. En vez de ser puesto en libertad, iba a ser procesado por robo a mano armada. Me encontré sentenciado a 19 años en prisión. Llegué a la prisión lleno de todos los malos sentimientos que uno se podría imaginar, especialmente el resentimiento contra el mundo y desprecio hacia todos los oficiales de la prisión. Durante un año entero estuve intratable, deprimido y resuelto a guardar mi rencor. No obstante, con el paso del tiempo, empecé a fijarme en los “forasteros” que venían a la prisión y parecían efectuar reuniones de algún tipo. Supe que eran miembros de A.A. — alcohólicos que ya no bebían. 

Creía personalmente que eran chiflados, pero ví que de vez en cuando había entre ellos una mujer. Así que comencé a asistir a las reuniones, con el único motivo de “contemplar el bello sexo”. Entretanto, mi mujer se había iniciado en A.A. afuera. Logró su sobriedad y me escribió para decirme que estaba muy contenta de que yo también estuviera en el buen camino. Para causarle buena impresión, aprendí de memoria los pasajes enteros de los libros y folletos de A.A. y los incluí en las cartas que le escribía. Desgraciadamente, ella se dio cuenta de esto prontamente, y me sugirió que dejara de engañarme y que fuera sincero conmigo mismo y con A.A. 

Mi primera reacción fue explotar de ira, pero cuando me calmé, decidí meditar seriamente sobre algunos de los pasajes que tenía memorizados. Poco tiempo después, tuve que admitir que, durante casi toda mi vida, había sido engreído, egocéntrico y egoísta. También tuve que admitir que era alcohó1ico y que necesitaba ayuda. Después de admitirlo, hice un verdadero progreso en A.A. Los cuatro años siguientes los pasé felices, aunque estaba en prisión. Tuve un buen expediente, sin acciones disciplinarias, debido a A.A., y trabé más amistades sinceras y genuinas de las que nunca antes había tenido. Mi mujer siguió apoyándome, y después de cumplir seis años de los 19 de mi sentencia, fui puesto en libertad condicional.

Mi primer contacto después de ser liberado fue con un grupo de A.A. del pueblo donde vivía. Me aceptaron como lo que era — un ser humano. El grupo sabía que acababa de ser puesto en libertad, pero los miembros me trataron de igual a igual. Pasado poco tiempo, me eligieron secretario del grupo, y después me escogieron como uno de los oradores principales para la convención estatal de A.A. Mi esposa y yo fuimos dos de los miembros más felices de A.A. del mundo. Si no fuera por A.A. en prisión, y la ayuda sincera y honesta que los grupos de afuera prestaban a nuestro grupo de reclusos, todavía estaría entre rejas. La sociedad raramente reflexiona sobre las consecuencias de enviar una persona a prisión. Pero doy gracias a Dios por los que creyeron que valía la pena tratar de salvarnos. Doy gracias a Dios por A.A. 

Lisa T. 

Tengo 25 años de edad, casi 26. Pero me siento más vieja debido a la prostitución, la bebida y la droga. He estado metida en todo eso durante unos seis o siete años. Dí a luz a dos hijas gemelas, pero tuve que darlas a adoptar. Lo he aceptado, porque quería que se criaran con más de lo que tenía yo. Todavía me atormenta, pero sé que hice lo debido. En mi corazón, siento que ellas son felices y amadas. Cuando tenía cinco años y medio mi propio padre me violó y creo que eso era algo que me consumía y emponzoñaba en mis adentros, y me causaba mucho dolor, ira y resentimiento. Después de sufrir esa experiencia, siempre me detesté a mí misma. Así que acabé metiéndome en todas las malas cosas. Sentía como si tuviera que hacer siempre lo que yo quería hacer. No quise hacer caso de los consejos de nadie. Me sorprende que mi madre y mi hermano nunca me dieron por perdida. Siempre estuvieron a mi lado. 

Cuando tenía problemas, me ayudaban si podían. Siempre me estaba enredando en problemas con los rufianes, con la policía y con todos a mi alrededor. Al principio me emborrachaba o drogaba para poder acostarme con quienquiera que fuese. Siempre me recordaban a mi padre de alguna manera, y por eso les trataba horriblemente. Dejé de tomar cocaína hace unos dos años y solamente bebía. Finalmente, la bebida Iogró dominarme. Perdí el control completamente, y luego me ví inundada de odio. Odiaba a todo — incluso la bebida, pero no podía dejar de beber. Entonces, empecé la ruta del suicidio. Durante los últimos dos años, atenté varias veces contra mi vida, y la última vez casi lo logré, y como fracasé incluso en eso, llegué a darme cuenta de que debía de haber otro destino preparado para mí.
Ahora, doy gracias a Dios y al programa de Alcohólicos Anónimos. Creo que, sin su ayuda, no estaría viva hoy. Por primera vez me estoy instruyendo en A.A. y en todo lo que supone. Me siento contenta conmigo misma por primera vez desde hace muchos años. 

Juan G. 

De jovencito robaba bicicletas para conseguir dinero y comprarme bebidas. Después, con un amigo, robaba autos; los conducíamos fuera del estado y los desmontábamos. Una vez robamos alambre de cobre por un valor de casi $20,000; lo quemamos para que pareciera usado, y lo vendimos por unos doscientos dólares. Gastamos el dinero en bebidas. Mas tarde me casé, conseguí un buen empleo en una acería y tuve tres hijitas. Pero regularmente gastaba todo mi sueldo en bebidas, hasta que mi esposa hizo que me arrestaran y me llevó a los tribunales para pedir el divorcio. El juez me ordenó que hiciera los pagos de la pensión alimenticia, pero a veces hice solamente pagos “parciales”’ y otras veces ninguno. Sabía que estaba en apuros, así que me fui del estado. Robé un auto, me emborraché y acabé estrellando el auto contra un poste telegráfico. A cambio de un par de tragos que la policía me dio, acordé firmar los documentos de extradición, y me enviaron de nuevo al estado de donde venía. Me sentenciaron a tres años en la penitenciaría estatal. Trataron de iniciarme en A.A., pero les dije: “¿Para qué sirve A.A. aquí adentro?” Además, se podía ver claramente que yo no era alcohólico. 

Todo eso de A.A. era algo para los vagabundos que vivían a orillas del río y bebían alcohol de quemar. El día en que por fin me pusieron en libertad condicional, me emborraché inmediatamente. Debía haber ido a una ciudad en donde me habían puesto bajo la custodia de un cura, pero perdí el tren. Finalmente, diez días después llegué. Asistí a las reuniones de A.A., pero no trabajaba en el programa. En una de las reuniones, conocí a una mujer que también estaba teniendo dificultades para mantenerse sobria, y empezamos a salir juntos. Poco tiempo después, nos casamos y nuestro beber fue empeorando hasta llegar al punto en que tomábamos bebidas extrañas sólo para emborracharnos. Una vez llegué a pegarle fuego a la casa. Por fin nos dimos cuenta de que éramos alcohólicos e impotentes ante el alcohol, exactamente como los A.A. decían en las reuniones. Regresamos a A.A., pero esta vez porque queríamos la sobriedad.

Veinticuatro horas a la vez, hasta este mismo momento, hemos llevado una vida buena, feliz y sobria. Mi jefe sabe que tengo antecedentes penales, pero recientemente dijo que yo era la persona de mayor confianza que tenía empleado. Sé que hay cosas con las cuales tengo que tener cuidado ahora — principalmente, el resentimiento. Durante muchos años estuve resentido con mi primera esposa por enviarme a prisión, con la policía por haberme arrestado, y con mis amigos por no prestarme más dinero para comprar bebidas. Ahora trato de tener conciencia de que cada uno, a su manera, me estaba haciendo un favor, empujándome hacia mi presente sobriedad. 

Jorge V. 

Tengo 57 años de edad, y llevo 11 años sobrio en A.A. Trabajo como ejecutivo de una empresa industrial, y tengo el respeto de mi familia. Pero no siempre fue así; de mis 57 años, 25 los pasé en prisión. Mis padres estaban bastante acomodados, y yo disfrutaba de muchas ventajas que otros jóvenes nunca conocieron. No obstante, al llegar a la edad de 20 años, ya había sido arrestado numerosas veces, por pelear, por conducir bajo los efectos del alcohol, y por otros varios delitos. Estuve casado dos veces — una vez el matrimonio fue anulado, el otro terminó con un divorcio, y mientras se alargaba la lista de mis ofensas, empecé a asociarme con contrabandistas y jugadores. No obstante, la mayoría de las veces, me las arreglé para no ir a la cárcel, pagando multas y contratando a abogados que conocían las escapatorias. Poco a poco, me fui acercando al hampa. Trabajé en varios garitos, pero perdí cada empleo a consecuencia de la bebida. Me uní a una pandilla de ladrones y una noche traté de robar en un bar a solas. Pero comencé a beberme el licor detrás de la barra y perdí el conocimiento antes de llegar a la caja. 

Me encontraron allí por la mañana dormido todavía. Me sentenciaron de cinco a quince años por esa ofensa. Siete años después, cuando me pusieron en libertad condicional, estaba resuelto a no volver a mis viejas costumbres. No obstante, pasados seis meses, después de una borrachera, destruí un coche en una colisión, y me arrestaron por conducir bajo los efectos del alcohol. Me enviaron de nuevo a prisión, por haber violado las condiciones de mi libertad, y cumplí el resto de mi sentencia. Y al cumplirla, ¿dónde fui? Directamente a un bar donde agarré una borrachera que duró seis meses y me Ilevó nuevamente a la cárcel, esta vez por allanamiento de morada.

Cuatro años después, me pusieron de nuevo en libertad condicional — y esta vez me encontré con una cantidad considerable de dinero, representando las entradas de uno de los “negocios” en los que me había involucrado en prisión. Pero mi dinero desapareció rápidamente y tuve que asociarme con un ladrón que conocí en el Juzgado. Algunos meses más tarde, robé una farmacia. Se estaba repitiendo la misma cosa. Comencé a beberme el surtido del jarabe para la tos y perdí el conocimiento antes de tocar un peso. Un policía haciendo su ronda vio que la puerta había sido forzada. Me sentenciaron a diez años, sin posibilidad de salir en libertad condicional. Durante los primeros siete años, el único interés que tenía en la vida era el juego, y en obtener toda la bebida que podía. 

Cuando se formó un grupo de A.A. en la institución donde estaba me burlé de él. Pero más tarde, cuando un viejo compañero de copas se unió al grupo, empecé a asistir a las reuniones. Me gustó lo que oía y veía. Llegué a la decisión de admitir que yo era alcohólico y que Alcohólicos Anónimos me podía ayudar a mantener mi sobriedad. Me puse a trabajar activamente en el grupo, y a ayudar a otros alcohólicos. Y aunque podía haber conseguido alcohol, no tomé ni una gota durante los últimos tres años de mi sentencia. Desde que salí de la prisión, me he mantenido sobrio —principalmente trabajando estrechamente con los grupos locales de A.A. y tratando de ayudar a otros alcohólicos que todavía estan en prisión. Hago lo mejor que puedo, y funciona — para mí. 

Alberto S. 

Me emborraché por primera vez cuando tenía 13 años de edad. A la edad de 17 años, me encontré cumpliendo una sentencia de 11 años. Después de ser puesto en libertad, conseguí un buen trabajo, conocí a una mujer, nos casamos y pasamos cuatro años felices. Según se iba aproximando el nacimiento de nuestro primer hijo, empezamos a tener problemas conyugales. No estaba listo para asumir la responsabilidad de la paternidad y comenzamos a reñir por pequeñas frustraciones. Una noche, me fui airado de casa para echarme unos tragos y calmarme los nervios. No volví durante cuatro meses. Mi mujer no me dejó ver al bebé, y me obligó a salir de la casa. Recurrí de nuevo al alcohol, y empecé a robar para pagar los tragos. Seguía tratando de reconciliarme con mi esposa, pero ella no podía aguantarme más, y me amenazó con llamar a la policía para hacerme arrestar. 

Mi forma de beber empeoraba, y me encontraba en una constante laguna mental. Una noche, recobré el conocimiento después de haber chocado con un coche de la policía. Uno de los policías y yo resultamos gravemente heridos. Descubrí además que había cometido otra ofensa, por la que actualmente estoy cumpliendo mi sentencia. Uno de los médicos en la prisión me preguntó si quería unirme a un grupo de A.A. que se estaba formando, y le dije que sí, principalmente para complacerle. Ingresé en el programa como un escéptico. Creía todavía que podía aguantar la bebida. No tenía la menor idea de cuánto me agradaría estar sobrio. Desde entonces, el programa de A.A. me ha enseñado mucho. Una de las cosas más importantes fue que no había llegado aún a la madurez. Pero he aprendido a vivir día a día, y a enfrentarme con mis problemas en vez de escapar de ellos. 

Además, he hecho muchísimos buenos amigos en A.A., que se quedarán conmigo durante toda mi vida. Créanme, no hay nadie que entienda a un alcohólico mejor que otro alcohólico. 

Geneva 

Cuando fui por primera vez a prisión me quedó únicamente una emoción — la ira. Era como un fuego incontenible que me estaba consumiendo el cerebro. ¿Por qué? Porque me habían encerrado, de cinco a quince años, lejos de mi más fiel amiga, la bebida. Durante los dos años siguientes, mis pensamientos estuvieron fijos en una única cosa — el próximo trago. Aun durmiendo, soñaba con los bares, con mis compañeros de tragos e incluso con las resacas. El encargado de libertad condicional me dijo que era obligatorio asistir a la reunión semanal de A.A., así es que fui. Sé que la ira que me envolvía hizo sentirse incómodos a los demás, pero eso no me molestó en absoluto. Yo era como un lanzallamas. No quería que nadie me hablara, ni me tocara, y cuando veía sonreír a aquella gente de A.A., quería pegarles. 

Por lo tanto, durante casi dos años, asistí a las reuniones sin decir nada y sin escuchar. Mi vida, como la veía yo, no tenía nada de malo, y estaba ansiosa de volver a las andadas. Para mi gran consternación, esos A.A. eran los seres más persistentes que nunca había conocido. Poco a poco, iban despojándome de mi ira, sin que yo me diera cuenta. Una noche, en mi celda después de una reunión de A.A., experimenté otra emoción que se estaba mezclando con la ira. No sabía lo que era, pero sabía que me sentía como si fuera a explotar y que no me podía permitir estar con otros. Fui a sentarme en mi cama y, de repente, me encontré de rodillas en el suelo, con la cara bañada en lágrimas. Las únicas palabras que salían a borbotones de mi boca eran: “¡Dios mío, ayúdame! No puedo más”. 

A la mañana siguiente, aún me quedaba algo de la ira, pero sentía también temor y confusión. Los muros se me estaban derrumbando, y no sabía qué hacer. De pronto, me encontraba esperando ansiosamente la próxima reunión de A.A. Aquel viernes bajé la cuesta deseando verdaderamente la reunión. Al entrar, vi parada en el pasillo a una desconocida que parecía asustada y nerviosa. Me encontré a mí misma acercándome a ella y estrechándole la mano, agradeciéndole por haber venido. Nos hicimos muy amigas. Otra cosa sucedió. Estaba sedienta del saber y del amor que nos mostraban en las reuniones, pero no había posibilidad de asistir a más de una reunión de una hora cada semana. Antes de que saliera de la prisión, estábamos celebrando cinco reuniones a la semana y teníamos otras muchas actividades en las que participaban las reclusas y sus familias. 

El día en que fui puesta en libertad, una A.A. muy atenta vino a buscarme a la puerta y, durante tres o cuatro meses, me guió por la vida. No me fue fácil adaptarme a la vida “de afuera” sin el alcohol. Pero tuve mucha ayuda. A nadie le importaba dónde había estado ni qué había hecho — se preocupaban sólo por dónde estaba yendo, y cada vez que yo tropezaba con un obstáculo, por pequeño que fuese, estaban allí a mi lado. Desde entonces, han pasado siete años. Todavía asisto a las reuniones de A.A. y sigo ayudando y apoyando a otros hombres y mujeres alcohólicos. Nada me ha sido pan comido. Pero cada día que no bebo; se me hace más fácil. Me han sucedido multitud de cosas buenas y todas se las debo a la gente persistente y cariñosa de Alcohólicos Anónimos. 

Una vez que estuve dispuesta a escuchar y aceptar que no era una mala persona, que era capaz de amar y de ser amada, que podía andar con dignidad y respetarme a mí misma, en ese momento supe que todo iría bien. Son numerosas las personas que me devolvieron mi vida, y el decir “gracias” es muy poco para darles a cambio. Por ello, primero por mí misma y por todos los que me extendieron su mano, trataré de mantenerme sobria día a día y echarles una mano a todos los que vengan.

Federico S. 

Mi última sentencia fue de tres a cinco años. He sido miembro de A.A. desde mi primera semana en prisión. He encontrado la verdadera esperanza. Al principio, no hice más que escuchar a los demás miembros. Pero, ya que los oradores nos decían: “¡Participa activamente!”, empecé a hacerlo. Estaba resuelto a ayudarme a mí mismo, y he tratado de transmitir lo que he aprendido. ¿Por qué creo que el programa funciona para mí? Bueno, cuando recientemente había cumplido el tiempo suficiente como para ser considerado apto para libertad condicional, ésta me fue denegada. Tengo esposa y cuatro hijos, por los que me preocupo mucho. 

Estar con ellos era algo que quería tanto que casi lo podía saborear. No obstante, cuando me notificaron la decisión, la acepté sin rencor, sabiendo que no podía hacer nada al respecto. “Acepta las cosas que no puedes cambiar”, les oía decir en A.A. Y descubrí que podía aceptar esa desilusión. Desde el principio se me dijo que lo único que A.A. haría por mí sería ayudarme a mantener mi sobriedad; que no es una agencia social ni de colocaciones, y que no conseguiría para ningún recluso la libertad condicional. Y sé que, cuando cumpla mi sentencia, no podré esperar que A.A. haga más que ayudarme a conservar mi sobriedad. Desde que ingresé en A.A., he conocido a muchas personas que comparten el mismo problema. Algunos dicen que no han ganado mucho con respecto a lo material; no obstante, la mayoría de ellos parecen encontrarse mejor que antes. 

Lo que me impresiona más es el hecho de que todo miembro de A.A. que he conocido que ha pertenecido a la Comunidad durante un plazo lo suficientemente largo, parece estar contento con la manera de vivir que el sencillo programa de recuperación le ofrece. En cuanto a mi propio caso, incluso bajo circunstancias que no elegí, trabajando en los Doce Pasos lo mejor que puedo, he encontrado que la vida tiene un atractivo para mí que nunca había tenido antes. No me estoy engañando. Tal vez la vida del “mundo libre” no resulte la Utopía que esperaba. No obstante, estoy seguro de que no será el caos inmanejable que fue. El mantenerme sobrio y el vivir día a día me proporciona unos beneficios adicionales: una vida alegre con una familia contenta. ¿Quién puede pedir más?

Lo que A.A. no hace 

A.A. no 

1. recluta miembros; 
2. lleva archivos ni historiales de sus miembros; 
3. hace investigaciones científicas; 
4. se afilia a agencias sociales, aunque muchos miembros cooperan con tales agencias; 
5. escudriña en la vida de sus miembros ni trata de controlarlos; 
6. hace diagnósticos o pronóstieos médicos o siquiátricos; 
7. suministra hospitalización, medicamentos o tratamiento médico o siquiátrico; 
8. se mete en ninguna controversia sobre el alcoholismo u otros asuntos; 
9. suministra alojamiento, alimento, ropa, trabajo, dinero u otros servicios similares; 
10. ofrece servicios religiosos; 
11. facilita asesoramiento matrimonial o profesional; 
12. acepta dinero por sus servicios ni contribuciones de fuentes ajenas de A.A.; 
13. suministra cartas de recomendación a las juntas de libertad condicional, los abogados, o los funcionarios de los tribunales; 
14. da a los alcohólicos la motivación inicial para recuperarse.

LOS DOCE PASOS DE ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS

1. Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables. 
2. Llegamos a creer que un Poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio. 
3. Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos. 
4. Sin temor, hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos. 
5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos, y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos. 
6. Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de todos estos defectos de carácter. 
7. Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos. 
8. Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos. 
9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible, el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros. 
10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente. 
11. Buscamos, a través de la oración y la meditación, mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla. 
12. Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a otros alcohólicos y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos.

LAS DOCE TRADICIONES DE ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS

1. Nuestro bienestar común debe tener la preferencia; la recuperación personal depende de la unidad de A.A. 
2. Para el propósito de nuestro grupo sólo existe una autoridad fundamental: un Dios amoroso tal como se exprese en la conciencia de nuestro grupo. Nuestros líderes no son más que servidores de confianza. No gobiernan. 
3. El único requisito para ser miembro de A.A. es querer dejar de beber. 
4. Cada grupo debe ser autónomo, excepto en asuntos que afecten a otros grupos o a A.A., considerado como un todo. 
5. Cada grupo tiene un solo objetivo primordial: llevar el mensaje al alcohólico que aún está sufriendo. 
6. Un grupo de A.A. nunca debe respaldar, financiar o prestar el nombre de A.A. a ninguna entidad allegada o empresa ajena, para evitar que los problemas de dinero, propiedad y prestigio nos desvíen de nuestro objetivo primordial. 
7. Todo grupo de A.A. debe mantenerse completamente a sí mismo, negándose a recibir contribuciones de afuera. 
8. A.A. nunca tendrá carácter profesional, pero nuestros centros de servicio pueden emplear trabajadores especiales. 
9. A.A. como tal nunca debe ser organizada; pero podemos crear juntas o comités de servicio que sean directamente responsables ante aquellos a quienes sirven. 10. A.A. no tiene opinión acerca de asuntos ajenos a sus actividades; por consiguiente su nombre nunca debe mezclarse en polémicas públicas. 
11. Nuestra política de relaciones públicas se basa más bien en la atracción que en la promoción; necesitamos mantener siempre nuestro anonimato personal ante la prensa, la radio y el cine. 
12. El anonimato es la base espiritual de todas nuestras Tradiciones, recordándonos siempre anteponer los principios a las personalidades.

Carta De Un Preso - Nena Leal (Audio Oficial)

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