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martes, 28 de abril de 2026

LOS ESPAÑOLES DE VENEZUELA: LA HISTORIA QUE TAMBIÉN CONSTRUYÓ EL PAÍS

 



LOS ESPAÑOLES DE VENEZUELA
LA HISTORIA QUE TAMBIÉN CONSTRUYÓ EL PAÍS

hasta que entiendes de dónde vienen.

Miles de españoles cruzaron el océano
buscando una oportunidad…
y en ese camino, dejaron algo mucho más grande:
Trabajo, conocimiento, cultura
y una huella que aún sigue viva.

Desde el campo…
hasta la industria,
desde la gastronomía…
hasta las ciudades que crecieron con su esfuerzo.

Cada historia, cada negocio, cada receta
forma parte de lo que hoy conocemos como Venezuela.

Porque este país no se construyó de un solo origen…
sino del encuentro de muchos.

👉 Si tienes raíces españolas, 
este carrusel también es parte de tu historia.

miércoles, 21 de enero de 2026

DES-CHAVITIZAR (DES-SOCIALIZAR) VENEZUELA: LIBROS "LA DESNAZIFICACIÓN" y "LAS CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DE LA PAZ" y "LA TIRANÍA DE LOS EXPERTOS" y "NAZI-COMUNISMO"

LA DESNAZIFICACIÓN 
¿Cómo afrontar el pasado nazi tras la caída del Tercer Reich? 
Alemania 1945-1949: una historia de purgas, olvidos y ocultamientos



“No hay verdad que, al pasar por la atención, no mienta"  (Jacques Lacan)


HAY QUE CREAR EL MUSEO 
DEL HORROR CASTROCHAVISTA 
PARA LA MEMORIA COLECTIVA

Al principio, la alianza antihitleriana exigía la verdad. Pero, ¿de qué tipo de verdad se trataba? ¿Cómo podían millones de alemanes que habían pertenecido al partido nazi o a una de sus organizaciones de masas, tras lacatástrofe alemana, decir toda la verdad y nada más que la verdad?

La referencia a Jacques Lacan al inicio del prólogo puede resultar sorprendente, incluso chocante. Por favor, no malinterpreten mis intenciones. No pretendo en absoluto hacer una lectura psicoanalítica de la sociedad alemana post-nazi a través de esta investigación sobre la desnazificación. La ambición de este libro es seguir los pasos de las experiencias de desnazificación y los millones de historias del Tercer Reich que produjeron.

Por otra parte, poner este libro bajo el patrocinio intelectual de Lacan es recordar lo que une la historia y el psicoanálisis, a saber, la atención común prestada a las verdades (co)producidas por individuos ordinarios situados en configuraciones sociopolíticas específicas en un momento dado. ¿Cómo intentaron millones de alemanes enfrentados a la desnazificación, a través de sus representaciones, estrategias retóricas y reconstrucciones necesariamente subjetivas del pasado, dar sentido a sus vidas después de 1945? ¿Cómo construyeron una identidad posnazi en una Alemania dividida en cuatro zonas de ocupación?

Decir la verdad en una comparecencia ante los miembros de una comisión de depuración, tras haber respondido por lo general a un cuestionario y recogido los certificados de buena conducta elaborados por su entorno, era una forma de intentar justificar su compromiso con el Partido Nacionalsocialista (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP) o con alguna de sus organizaciones satélites, y de poner de relieve las restricciones, a veces fuertes, que podían haber limitado sus opciones personales en la época de la dictadura.

Contar la verdad significaba compartir su experiencia personal de doce años de nacionalsocialismo directa o indirectamente con oficiales militares occidentales o soviéticos, y con alemanes de las fuerzas “democráticas” o “antifascistas” que formaban parte de los comités de depuración. Contar la historia de su vida bajo el Tercer Reich era un paso necesario para pasar página lo antes posible y seguir adelante, entre el olvido selectivo y el trabajo cultural sobre el pasado.

Dicho de otro modo, la verdad sobre las experiencias de la desnazificación, tal como se conserva hoy en cientos de miles de archivos, es fundamentalmente incompleta, sesgada o engañosa. El pasado de los años 1933-1945, e incluso el de un compromiso con el NSDAP anterior al 1 de mayo de 1933, ha sido modificado, corregido u omitido en función de los intereses del presente, a saber, el de escapar a las consecuencias de una lógica de purga considerada inicua y discriminatoria.

Estos millones de alemanes de a pie no podían simplemente deshacer su pasado nazi. Era una parte permanente de sus vidas. El régimen nacionalsocialista les había dado marcos para pensar y representar el mundo y, por tanto, formas de (sobre)vivir. A través de la ley y la violencia callejera de las SA, había trazado las fronteras racistas y excluyentes de la “comunidad popular”, que ellos habían aceptado o al menos tolerado. A veces les había ofrecido oportunidades de ascenso social, pero también les había aterrorizado y, en última instancia, les había conducido a la catástrofe moral y material de la guerra total y el exterminio de los judíos de Europa. Los alemanes seguían arrastrando ese pasado.

Después de 1945, lo llevaban consigo, no necesariamente como una carga o un estigma, sino ante todo como una experiencia histórica compleja que les resultaba difícil reducir a conceptos como culpa o responsabilidad. En la práctica, por tanto, fueron capaces de cambiar su significado durante la delicada y difícil fase de purga. Los hechos históricos más objetivos, tanto los más insignificantes como los más criminales, que pueden reconstruirse hoy leyendo los expedientes personales de la desnazificación, son siempre, hasta cierto punto, maleables. Siempre que pudieron, a menudo inicialmente por miedo a ser detenidos e internados o para eludir una prohibición de trabajo, millones de alemanes arreglaron, falsificaron o relativizaron elementos de sus biografías al tiempo que daban sus interpretaciones de la historia inmediata del nazismo. Estas reconstrucciones fueron examinadas y certificadas con mayor o menor exactitud por las comisiones de desnazificación.
(…)
Lo que Lacan nos dice sobre la verdad puede ayudarnos a comprender mejor lo que ocurrió entre el verano de 1945 y el final oficial de la ocupación en 1949, tanto en la esfera privada como en la pública. En la Alemania del “Año Cero”, a pesar de los sonados Juicios de Nuremberg que comenzaron el 20 de noviembre de 1945, la verdad de los hechos sólo se podía, en el mejor de los casos, “decir a medias”, porque para funcionar, la sociedad post-nazi necesitaba más que nunca una buena dosis de secretismo, por utilizar la expresión del sociólogo alemán Georg Simmel. La imposibilidad de decir nada, de admitir nada, de confesar nada, era moralmente reprobable pero socialmente necesaria, aunque sólo fuera a nivel familiar.
(…)
¿Hasta qué punto la desnazificación fue un gran momento colectivo de “relato a medias”? Más allá del caso singular de la Alemania postnazi, esta investigación pretende también aportar elementos históricos sobre la relación entre verdad y secreto en nuestras sociedades contemporáneas, enfrentadas a la exigencia de transparencia, la competencia de las memorias traumáticas, el desafío de las fake news y el régimen mediático-político de la posverdad.

Tal perspectiva, que vincula el pasado y el presente, hace plenamente pertinente un objeto histórico que todavía hoy se entiende esencialmente como un lugar negativo de la memoria, marcado por el sello del fracaso. No se trata de extraer lecciones de la Historia, sino de afinar las representaciones que podamos tener de este periodo.

Interesarse por las experiencias de la desnazificación significa, por tanto, preguntarse cómo la Alemania postnazi fue capaz de construir verdades de facto que contradecían las verdades de la razón, y cómo se creó un consenso en torno a este proceso”.

© Presses Universitaires de France – Humensis / Emmanuel Droit


Los principios de la propaganda formulados por Joseph Goebbels no son reliquias del pasado, sino herramientas de poder que siguen operando, con nuevos formatos, en la política, los medios y las redes sociales.
Analizarlos desde una perspectiva histórica y conceptual permite desarmar los mecanismos mediante los cuales se construye el consenso, se simplifica la realidad y se orientan emociones colectivas.


LAS CONSECUENCIAS 
ECONÓMICAS DE LA PAZ


"Las consecuencias económicas de la paz" (1919) fue escrito por John Maynard Keynes. Keynes asistió a la Conferencia de Versalles como delegado del Tesoro británico y abogó por una paz mucho más generosa. Fue un éxito de ventas en todo el mundo y contribuyó a establecer la opinión generalizada de que el Tratado de Versalles era una "paz cartaginesa". Ayudó a consolidar la opinión pública estadounidense contra el tratado y la participación en la Sociedad de Naciones. La percepción de gran parte de la opinión pública británica de que Alemania había sido tratada injustamente fue también un factor crucial para el apoyo público al apaciguamiento. El éxito del libro consolidó la reputación de Keynes como economista de referencia, especialmente en la izquierda. Cuando Keynes fue uno de los protagonistas de la creación del sistema de Bretton Woods en 1944, recordó las lecciones de Versalles y de la Gran Depresión. El Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial fue un sistema similar al propuesto por Keynes en Las consecuencias económicas de la paz.

INTRODUCCIÓN 

La facultad de adaptación es característica de la Humanidad. Pocos son los que se hacen cargo de la condición desusada, inestable, complicada, falta de unidad y transitoria de la organización económica en que ha vivido la Europa occidental durante el último medio siglo. Tomamos por naturales, permanentes y de inexcusable subordinación algunos de nuestros últimos adelantos más particulares y circunstanciales, y, según ellos, trazamos nuestros planes. Sobre esta cimentación falsa y movediza proyectamos la mejora social; levantamos nuestras plataformas políticas; perseguimos nuestras animosidades y nuestras ambiciones personales, y nos sentimos con medios suficientes para atizar, en vez de calmar, el conflicto civil en la familia europea. Movido por ilusión insana y egoísmo sin aprensión, el pueblo alemán subvirtió los cimientos sobre los que todos vivíamos y edificábamos. Pero los voceros de los pueblos francés e inglés han corrido el riesgo de completar la ruina que Alemania inició, por una paz que, si se lleva a efecto, destrozará para lo sucesivo —pudiendo haberla restaurado— la delicada y complicada organización —ya alterada y rota por la guerra—, única mediante la cual podrían los pueblos europeos servir su destino y vivir. 

El aspecto externo de la vida en Inglaterra no nos deja ver todavía ni apreciar en lo más mínimo que ha terminado una época. Nos afanamos para reanudar los hilos de nuestra vida donde los dejamos; con la única diferencia de que algunos de nosotros parecen bastante más ricos que eran antes. Si antes de la guerra gastábamos millones, ahora hemos aprendido que podemos gastar, sin detrimento aparente, cientos de millones; evidentemente, no habíamos explotado hasta lo último las posibilidades de nuestra vida económica. Aspiramos, desde luego, no sólo a volver a disfrutar del bienestar de 1914, sino a su mayor ampliación e intensificación. Así, trazan sus planes de modo semejante todas las clases: el rico, para gastar más y ahorrar menos, y el pobre, para gastar más y trabajar menos. 

Pero acaso tan sólo en Inglaterra (y en América) es posible ser tan inconsciente. En la Europa continental, la tierra se levanta, pero nadie está atento a sus ruidos. El problema no es de extravagancias o de «turbulencias del trabajo»; es una cuestión de vida o muerte, de agotamiento o de existencia: se trata de las pavorosas convulsiones de una civilización agonizante. 

Para el que estaba pasando en París la mayor parte de los seis meses que sucedieron al Armisticio, una visita ocasional a Londres constituía una extraña experiencia. Inglaterra sigue siempre fuera de Europa. Los quejidos apagados de Europa no llegan a ella. Europa es cosa aparte. Inglaterra no es carne de su carne, ni cuerpo de su cuerpo. Pero Europa forma un todo sólido. Francia, Alemania, Italia, Austria y Holanda, Rusia y Rumanía y Polonia palpitan a una, y su estructura y su civilización son, en esencia, una. Florecieron juntas, se han conmovido juntas en una guerra, en la que nosotros, a pesar de nuestro tributo y nuestros sacrificios enormes (como América en menor grado), quedamos económicamente aparte. Ellas pueden hundirse juntas. De esto arranca la significación destructora de la Paz de París. Si la guerra civil europea ha de acabar en que Francia e Italia abusen de su poder, momentáneamente victorioso, para destruir a Alemania y Austria-Hungría, ahora postradas, provocarán su propia destrucción; tan profunda e inextricable es la compenetración con sus víctimas por los más ocultos lazos psíquicos y económicos. 

El inglés que tomó parte en la Conferencia de París y fue durante aquellos meses miembro del Consejo Supremo Económico de las Potencias Aliadas, obligadamente tenía que convertirse (experimento nuevo para él) en un europeo, en sus inquietudes y en su visión. Allí, en el centro nervioso del sistema europeo, tenían que desaparecer, en gran parte, sus preocupaciones británicas, y debía verse acosado por otros y más terroríficos espectros. París era una pesadilla, y todo allí era algo morboso. Se cernía sobre la escena la sensación de una catástrofe inminente: insignificancia y pequeñez del hombre ante los grandes acontecimientos que afrontaba; sentido confuso e irrealidad de las decisiones; ligereza, ceguera, insolencia, gritos confusos de fuera —allí se daban todos los elementos de la antigua tragedia—. Sentado en medio de la teatral decoración de los salones oficiales franceses, se maravillaba uno pensando si los extraordinarios rostros de Wilson y Clemenceau, con su tez inalterable y sus rasgos inmutables, eran realmente caras y no máscaras tragicómicas de algún extraño drama o de una exhibición de muñecos. 

Toda la actuación de París tenía el aire de algo de extraordinaria importancia y de insignificante a la par. Las decisiones parecían preñadas de consecuencias para el porvenir de la sociedad humana, y, no obstante, murmuraba el viento que las palabras no se hacían carne, que eran fútiles, insignificantes, de ningún efecto, disociadas de los acontecimientos; y sentía uno, con el mayor rigor, aquella impresión descrita por Tolstoi en Guerra y Paz, o por Hardy en Los Dinastas, de los acontecimientos marchando hacia un término fatal, extraño e indiferente a las cavilaciones de los estadistas en Consejo: 

El Espíritu de los Tiempos Observa 
que toda visión amplia y dominio de sí mismas 
Han desertado de estas multitudes, ahora dadas a los demonios 
Por el Abandono Inmanente. 
Nada queda Más que venganza aquí, entre los fuertes, 
Y allí, entre los débiles, rabia impotente. 

El Espíritu de la Piedad 
¿Por qué impulsa la Voluntad una acción tan insensata? 

El Espíritu de los Tiempos 
Te he dicho que trabaja inconscientemente, 
Como un poseído, no juzgando.

En París, los que estaban en relación con el Consejo Supremo Económico recibían casi cada hora informes de la miseria, del desorden y de la ruina de la organización de toda la Europa central y oriental, aliada y enemiga, al mismo tiempo que conocían, de labios de los representantes financieros de Alemania y de Austria, las pruebas incontestables del terrible agotamiento de sus países. La visita ocasional a la sala caliente y seca de la residencia del presidente, donde los Cuatro cumplían su misión en intriga árida y vacía, no hacía más que aumentar la sensación de la pesadilla. No obstante, allí, en París, los problemas de Europa se ofrecían terribles y clamorosos, y era de un efecto desconcertante volver la vista hacia la inmensa incomprensión de Londres. Para Londres, estos asuntos eran cuestiones muy lejanas, y allí sólo preocupaban nuestros propios problemas más insignificantes. Londres creía que París estaba causando una gran confusión en sus asuntos; pero continuaba indiferente. Con este espíritu, recibió el pueblo británico el Tratado, sin leerlo. Pero este libro no se ha escrito bajo la influencia de Londres, sino bajo la influencia de París, por alguien que, aun siendo inglés, se siente también europeo, y que por razón de una reciente experiencia, demasiado viva, no puede desinteresarse del ulterior desarrollo del gran drama histórico de estos días que ha de destruir grandes instituciones, pero que también puede crear un nuevo mundo.

LA TIRANÍA DE LOS EXPERTOS

ECONOMISTAS, DICTADORES
Y LOS DERECHOS OLVIDADOS DE LOS POBRES

WILLIAM EASTERLY

En "La tiranía de los expertos", el reconocido economista William Easterly revela nuestros fallidos esfuerzos para combatir la pobreza global. El enfoque verticalista del desarrollo, aprobado por expertos, no solo ha logrado escasos avances duraderos, sino que ha demostrado ser una justificación conveniente para generaciones de violaciones de derechos humanos perpetradas por colonialistas, dictadores poscoloniales y responsables de la política exterior estadounidense. 
Easterly presenta una crítica devastadora del deplorable historial de desarrollo autoritario, demostrando cómo las tácticas tradicionales contra la pobreza han pisoteado la libertad de los pobres del mundo y suprimido un debate vital sobre enfoques alternativos para resolver la pobreza global. Si bien las agencias de ayuda, como el Banco Mundial y la Fundación Gates, aún se consideran bienintencionadas y eficaces, se basan en la creencia errónea de que los tecnócratas sabios de Occidente serán los salvadores de las víctimas indefensas del resto del mundo. Con demasiada frecuencia apoyan a dictadores, con la esperanza de que el desarrollo económico conduzca naturalmente a la democracia.
En esta edición revisada, Easterly presenta nuevas investigaciones que actualizan sus magistrales críticas para el presente. Revela los errores fundamentales inherentes al tan celebrado enfoque vertical y ofrece un nuevo modelo tanto para las agencias de ayuda occidentales como para los países en desarrollo: un modelo que, al basarse en el respeto a los derechos de las personas pobres, tiene el poder de erradicar la pobreza mundial de una vez por todas.


NAZI-COMUNISMO
POR QUÉ MARXISTAS, LENINISTAS 
Y NAZI FASCISTAS SON GEMELOS IDEOLÓGICOS

El comunismo y el nazismo suelen entenderse como ideologías que se ubican en las antípodas, pero ¿están realmente tan lejos? En este provocador ensayo, Axel Kaiser desmonta uno de los grandes mitos del siglo XX a través de un análisis riguroso y apoyado en fuentes históricas, filosóficas y económicas.

Con su ya clásico estilo claro y directo, Kaiser demuestra que ambas ideologías comparten raíces ideológicas similares y una esencia destructiva y totalitaria común, como también denuncia la doble moral que condena con razón los crímenes del nazismo, pero silencia o minimiza los horrores del comunismo. Con numerosas referencias a Hitler, Goebbels, Rosenberg, Lenin, Marx y Engels, entre otros, el autor desnuda al marxismo-leninismo como el gemelo ideológico anticapitalista, antindividualista, antiracionalista, anticristiano y antihumanista del nacional socialismo, alertando al mismo tiempo sobre la amenaza que implican las teorías colectivistas para la subsistencia de la libertad y la civilización.
Axel Kaiser es uno de los ensayistas liberales más influyentes del mundo hispano. Es autor de numerosos libros y artículos académicos sobre política, economía y cultura. Su obra se caracteriza por la defensa del pensamiento crítico y la libertad individual.

Introducción

Karl Marx es, por lejos, el intelectual más citado en el mundo académico, al punto de que solo su obra acumula una cantidad de citas similar a la de los trabajos de Friedrich Hayek, John Maynard Keynes y Milton Friedman juntos1. Su célebre pasquín junto a Engels, El manifiesto comunista, se entrega en cerca de cuatro mil programas universitarios en Estados Unidos, aunque casi todos son en humanidades2. De este modo, la influencia de Marx sobre nuestra cultura sigue siendo gigantesca y más aún si consideramos que todo el movimiento progresista woke deriva fundamentalmente de intelectuales neomarxistas como Michel Foucault y Jacques Derrida. No es una exageración afirmar que el marxismo, especialmente en la versión llamada “posmodernismo” está hoy contribuyendo decisivamente a destruir Occidente3. Mientras eso ocurre, la popularidad del socialismo en Estados Unidos experimenta un auge inédito, al punto de que un 36 % de los adultos declara tener una imagen positiva de esa ideología, cifra que sube a 57 % entre demócratas según encuestas de 2022 de Pew Research4. Cuando se distingue por edades, un 44 % de los jóvenes entre dieciocho y veintinueve años declara tener una buena imagen del socialismo, lo que es imposible no correlacionar con la influencia de la educación superior americana, hoy tomada mayoritariamente por profesores de izquierda e izquierda extrema5. De hecho, los datos muestran que a mayor nivel académico más aprobación tiene el socialismo. Así, entre personas con posgrado esta es de 41 %, mientras entre personas con educación escolar completa o menos es de 35 %. Y si bien podrá discutirse la definición exacta que estos grupos tienen del concepto “socialismo”, la verdad es que todos parecen compartir la intuición de que es un sistema más humano que el capitalista.

Cuando se habla de “comunismo” existe una aceptación cultural que sería imposible concebir para su equivalente totalitario, el nazismo. Y esta tiene que ver, en parte, con el lavado de imagen que la intelectualidad occidental ha hecho del comunismo y con la ignorancia respecto de este en la población. Basta revisar la definición de comunismo de la Enciclopedia británica para niños para entender este trabajo sistemático de hegemonía cultural en favor del comunismo: “El comunismo es un tipo de gobierno, así como un sistema económico (una forma de crear y compartir la riqueza). En un sistema comunista, las personas individuales no poseen tierras, fábricas ni maquinaria. En su lugar, el gobierno o toda la comunidad son los propietarios de estos bienes. Se supone que todos deben compartir la riqueza que crean”, señala y luego agrega:

En el siglo XIX, muchos países siguieron el sistema económico llamado capitalismo. Bajo el capitalismo, las personas individuales, llamadas capitalistas, poseen propiedades y dirigen empresas. Algunos capitalistas se hicieron ricos, pero pagaban muy poco a sus trabajadores. En respuesta, muchos trabajadores comenzaron a apoyar las ideas del socialismo. En un sistema socialista, el gobierno posee las empresas y distribuye la riqueza de manera más justa entre la población. Karl Marx, un pensador alemán del siglo XIX, llevó las ideas socialistas un paso más allá. Las ideas de Marx se convirtieron en la base del comunismo6.

En esta versión idealizada del comunismo no hay mención alguna de las hambrunas masivas, del odio que motivó a los revolucionarios, de la catástrofe económica, de los gulags y los más de cien millones de muertos y asesinados a manos de las dictaduras comunistas. Sin embargo, la misma Enciclopedia Britannica Kids, cuando habla de nazismo, recuerda que “bajo el liderazgo de Adolf Hitler, los nazis iniciaron la Segunda Guerra Mundial. También llevaron a cabo el Holocausto: el asesinato de aproximadamente seis millones de judíos”. Y añade: “Los nazis creían que el pueblo debía obedecer a un líder fuerte. No valoraban la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos ni la paz. Los nazis también enseñaban que los alemanes habían nacido para gobernar sobre lo que llamaban ‘razas inferiores’. Hitler predicaba un odio especial contra los judíos”7. En resumen, de acuerdo a la Enciclopedia Britannica Kids, el comunismo es bueno, una causa noble que busca igualdad frente al abuso y el nazismo es malo, criminal e inhumano.

En 2017, el filósofo británico Roger Scruton describía así el encubrimiento que la intelectualidad europea hace de los crímenes comunistas:

Nuestro currículo escolar se detiene constantemente en el Holocausto. Varios Estados han hecho del negacionismo de este hecho un crimen, y existen museos y monumentos dedicados a las víctimas del nazismo y el fascismo en todo el continente. Pero las millones de víctimas del comunismo son apenas recordadas. Una historia estándar de los tiempos modernos, ampliamente utilizada en nuestras escuelas, elogia la Revolución rusa por su objetivo de ‘la completa destrucción de la burguesía rusa y europea’, lo cual era necesario para ‘la victoria del socialismo’. Esta historia (Edad de los extremos, de Eric Hobsbawm) no menciona la abolición de los tribunales, ni la creación de la Cheka (la policía secreta), ni las brutales expropiaciones que destruyeron la economía rusa, ni la hambruna masiva impuesta a los campesinos ucranianos. Es inadmisible que un historiador escriba en términos distintos a los de repulsión sobre la destrucción nazi de los judíos; pero la igualmente cruel ‘destrucción de la burguesía’ puede ser descrita con una aprobación sin reservas8.

En un artículo de 2014, el profesor de Princeton y filósofo Peter Singer se preguntó precisamente por qué se daba una diferencia tan radical de actitudes frente a Adolf Hitler y Josef Stalin si ambos eran criminales igualmente genocidas9. Según Singer, mientras existían múltiples estatuas al líder soviético en diversos países, no había ninguna conocida al Führer. Más aún, Singer relató que había cenado en un restaurante en Nueva York que alababa a la Unión Soviética incluyendo decoración con imágenes de líderes soviéticos entre los que destacaba Stalin e incluía hasta garzones vestidos de oficiales soviéticos. Además, comentó que Nueva York tenía un bar KGB señalado que era imposible pensar en que existiera un bar de las SS o de la Gestapo. En seguida, Singer procedió a reflexionar en torno al genocidio del régimen comunista bajo Stalin comparándolo con el de Hitler en los siguientes términos:

[...] Entre dos y tres millones de personas murieron en los campos de trabajos forzados del gulag y quizás un millón fueron fusiladas durante la Gran Guerra de finales de la década de 1930. Otros cinco millones murieron de hambre en la hambruna de 1930-1933, de los cuales 3,3 millones eran ucranianos que murieron como consecuencia de una política deliberada relacionada con su nacionalidad o su condición de campesinos relativamente prósperos, conocidos como kulaks [...]. El número total de muertes que Snyder atribuye a Stalin es inferior a la cifra comúnmente citada de veinte millones, estimada antes de que los historiadores tuvieran acceso a los archivos soviéticos. No obstante, es una cifra horrenda, similar en magnitud a las matanzas de los nazis10.

Singer añadió un punto fundamental sobre la identidad criminal entre comunismo y nazismo al sostener que los archivos soviéticos demuestran que “no se puede afirmar que los asesinatos nazis fueran peores porque las víctimas fueran seleccionadas por su raza o etnia”, pues Stalin “también seleccionó a algunas de sus víctimas sobre esta base”. Entre ellos, añadió, se encontraban ciudadanos ucranianos y personas pertenecientes a minorías étnicas asociadas con países limítrofes con la Unión Soviética. Más aún, Singer recordó que “las persecuciones de Stalin también se dirigieron a un número desproporcionadamente grande de judíos”.

Singer elaboró una posible respuesta a la razón por la cual existe ese doble estándar moral entre nazismo y comunismo que lleva a considerar a uno como repugnante y a otro aceptable. Dice Singer que la mayor aceptación de Stalin —y de todos los comunistas, podríamos agregar— se debe probablemente al hecho de que “el comunismo conecta con algunos de nuestros impulsos más nobles, como la búsqueda de la igualdad para todos y el fin de la pobreza”. Nada de eso, añadió el profesor de Princeton, puede encontrarse en el nazismo, que de manera honesta declaraba no interesarle el bien común sino el de un grupo racial. Así, en lugar de declararse inspirado por amor, el nazismo se mostraba claramente motivado por el odio11.

Ahora bien, de que el nazismo se encontraba motivado por el odio es algo que nadie osaría discutir. En el caso del comunismo, sin embargo, dada su fraseología de amor al prójimo, esto es menos evidente a primera vista. Pero un examen un poco más detenido da cuenta de que fue el odio y no el amor por la humanidad lo que inspiró a Marx y a sus seguidores. Quien mejor advirtiera esto fue el filósofo inglés Bertrand Russell en su ensayo de 1956 “Por qué no soy comunista”. Russell, un ateo anticonservador, afirmaría que los principios teóricos del comunismo eran “falsos” y que sus máximas prácticas eran tales que producían “un incuantificable incremento de la miseria humana”12. De acuerdo con Russell, el principal referente de esta teoría, Karl Marx, poseía una “mente confusa” y su pensamiento estaba “casi enteramente inspirado por odio”13. Además, sugirió Russell, Marx era un fraude intelectual. Según el pensador británico, el autor de El capital estaba satisfecho con el resultado de sus teorías “no porque este concuerde con los hechos o sea lógicamente coherente, sino porque está diseñado para enfurecer a los asalariados”. Más aún, Russell explica que ideas centrales de Marx, como el materialismo dialéctico, eran “pura mitología” que este difundía porque “su mayor deseo era ver a sus enemigos castigados importándole poco lo que ocurriese a sus amigos en el proceso”14. En otras palabras, a Marx no le interesaba en lo absoluto la verdad y manipulaba sus argumentos para engañar al público de modo de desatar la violencia, aunque esto significara que se masacrara a sus propios partidarios.

Si hubiera que definir entonces la gran diferencia entre nazismo y comunismo esta sería ante todo una de tipo retórica, pues sus motivaciones y fines, a saber, el odio y el poder total, son idénticos. El pensador francés Jean-François Revel, quien fuera comunista y luego abrazaría el liberalismo, explicó este punto señalando que, mientras el comunismo era una utopía genocida indirecta, el nazismo era una utopía genocida directa, pues este último confesaba inmediatamente sus intenciones y motivaciones. Hitler, dijo Revel, hizo lo que prometió y por tanto no había decepcionados del nazismo, pues se sabía de antemano lo que buscaba. El comunismo, en cambio, es un totalitarismo “indirecto” porque disimula sus objetivos mediante la utopía15. Así, concluyó Revel, el comunismo “promete la abundancia y engendra miseria, promete la libertad e impone la servidumbre, promete la igualdad y desemboca en la menos igualitaria de las sociedades con la nomenklatura, clase privilegiada hasta un nivel desconocido incluso en las sociedades feudales”16. Del mismo modo, agregó Revel, “el comunismo promete el respeto a la vida humana y procede a ejecuciones en masa; el acceso de todos a la cultura y engendra el embrutecimiento generalizado; el hombre nuevo y fosiliza al hombre”17.

No es exagerado afirmar que siendo ambas ideologías engendros del lado más oscuro del alma humana, en cierto sentido el comunismo es más perverso que el nazismo. Y es que, al utilizar la utopía inclusiva como mascarada para todos sus crímenes torciendo la retórica y el lenguaje a niveles que ni siquiera conoció el nazismo, confunde a la gente llevándola a creer que todos serán salvados. El nazismo en cambio, si bien es idéntico en el sentido de prometer una utopía, la deja reservada para la raza aria.

Ahora bien, evidentemente, la afirmación de que nazismo y comunismo son esencialmente idénticos requiere de un análisis teórico e histórico más profundo. Esta es una tarea que resulta ineludible especialmente en tiempos en que las ideas marxistas y filomarxistas dominan las esferas intelectuales y políticas y gozan aun hoy de una aceptación popular que, como se ha dicho, resulta una amenaza seria a nuestra civilización. Por ello, lo que interesa para los efectos de este libro es demostrar que el comunismo, nazismo y fascismo son todas formas de socialismo que comparten raíces y fundamentos filosóficos. En este libro hemos analizado cinco de estos elementos centrales de las doctrinas marxistas leninistas y nazi-fascistas, aunque, sin duda, existen otros. Dado el carácter netamente destructivo de ambas ideologías, estos elementos se definen a partir de una negación, es decir, comunismo y nazismo comparten una esencia, si se puede hablar así, que es “anti” un conjunto de bienes humanos fundamentales.

El primer elemento es el antirracionalismo o relativismo epistemológico. Tanto nazis como comunistas negaron la existencia de una verdad objetiva cognoscible por todos independientemente de la raza o clase. Esto les permitió romper la unidad de la razón humana para señalar que la lógica proletaria y la burguesa y la de los arios y judíos, entre otros, eran existencialmente opuestas y que, como consecuencia, solo quedaba el conflicto violento y el exterminio de los opresores como alternativa. Para nazis y marxistas, la única verdad era la que ofrecía su ideología, y esta era irrefutable. 

El segundo elemento es el antiindividualismo o colectivismo. Este se deriva del primero e implica una negación del individuo y sus derechos para anteponer al colectivo —raza y clase— como criterio de acción política y argumentación teórica. El Estado, entonces, ya no vela por los derechos individuales, pues estos conspiran en contra de la clase o raza que representa la fuerza revolucionaria, sino por la tribu sin la cual el individuo es nada. Los derechos humanos individuales, por lo tanto, deben necesariamente desaparecer para concretar el proyecto colectivo. 

El tercer elemento es el anticapitalismo o socialismo. A diferencia de lo que sugiere la argumentación marxista, el nazismo fue una reacción anticapitalista, antiburguesa y antiliberal que, al igual que el comunismo, llevó a un control total de la economía por parte del Estado con desastrosos resultados. 

El cuarto elemento es el anticristianismo o gnosticismo político. Este es tal vez el menos conocido. Tanto nazis como comunistas fueron, ante todo, una reacción gnóstica en contra de la tradición judeocristiana que, junto con Grecia y Roma, sentó las bases de la civilización occidental. En lo sustancial, ambos pretendían poseer un conocimiento místico de la verdad única, que solo a ellos les había sido relevada y que los llevaría, mediante la destrucción del maligno orden cristiano prevaleciente, a crear un paraíso sobre la tierra. Se trata, en ambos casos, por lo mismo, de doctrinas escatológicas y utópicas para las cuales la ética y epistemología cristianas son un obstáculo en su afán por refundar totalmente el orden social.

El quinto y último elemento que comparten comunismo y nazismo y que analizaremos acá es el antihumanismo o luciferismo. Ambas ideologías fueron revolucionarias en el sentido de pretender recrear por completo el orden social y al hombre mismo con el fin de “purificarlo” de toda la corrupción producida por la burguesía y las “razas inferiores”.

Su propósito fue llegar al fin de la historia humana entendida como una etapa en que la utopía racial para los nazis y la de clase para los comunistas se alcanzara para siempre. Ambos vieron su misión como una rebelión contra el orden de Dios para suplantarlo destruyendo la creación, para sobre sus ruinas tomar la posición divina y crear un nuevo orden a imagen y semejanza de los líderes marxistas y nazis. La violencia sistemática y el terror purificador traducidos en genocidios son, así, parte esencial de las ideologías marxista y nacionalsocialista y no desviaciones de la doctrina originaria como se ha querido hacer creer en el caso del marxismo.

Los cinco elementos que configuran la identidad de estas doctrinas son tan sustanciales que hacen imposible trazar una distinción relevante entre ellas. En otras palabras, más allá de que el marxismo era internacionalista y contenía algunos elementos liberales en lo cultural, mientras el nazismo era nacionalista y, por tanto, más cercano a cierto conservadurismo de corte monárquico, el socialismo marxista leninista, el nacionalsocialismo y en menor grado el fascismo italiano, son ideologías idénticas en todo lo fundamental. Es precisamente el hecho de que contengan los mismos ingredientes lo que explica que hayan producido idénticos resultados en la práctica. Es por esta razón que se justifica la comparación que formula Singer entre Stalin y Hitler, lista a la que podemos sumar a Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung, Pol Pot y tantos otros.

Entender, entonces, que el socialismo marxista es equivalente al nazismo en su carácter criminal, totalitario, colectivista, luciférico, escatológico, gnóstico, anticapitalista y revolucionario, resulta imprescindible para acabar con la imagen positiva de la que goza el comunismo y una de sus doctrinas fundantes, el marxismo. A su vez, esto permitirá desterrar el fantasma comunista de una buena vez y asestar un golpe letal a la credibilidad moral de todos quienes siguen a Marx desde la política, academia y cultura y que se disfrazan de “antifascistas” y antinazis en circunstancias de que el nazismo no es más que comunismo desprovisto del internacionalismo y el engaño utópico inclusivo que hacen del comunismo una ideología más seductora y destructiva.

_______________________________

1 Paniagua, “Marx culpable”, 113.
2 Ibid.
3 Pluckrose y Lindsay, Cynical Theories, 30.
4 Pew Research Center, “Modest Declines in Positive Views of ‘Socialism’ and ‘Capitalism’ in U.S.”.
5 Abrams, “Professors Moved Left since 1990s, Rest of Country Did Not”.
6 “Communism”, Britannica Kids, kids.britannica.com/kids/article/communism/352989
7 “Nazi Party”, Britannica Kids, kids.britannica.com/kids/article/Nazi-Party/353523
8 Scruton, “As the Left Surges Back, Marxism’s Bloody Legacy Is Covered Up.”.
9 Singer, “A Statue for Stalin?”.
10 Ibid.
11 Ibid.
12 Russell, “Por qué no soy comunista”.
13 Ibid.
14 Ibid.
15 Revel, La gran mascarada, 97.
16 Ibid.
17 Ibid.

¿Cómo Reconstruir Una Sociedad Deshecha? |
 Programa Especial Con Ricardo Baroni Y Osmel Brito

NO SEA VENECO


DES-CHAVITIZAR VENEZUELA
DESNAZIFICACIÓN COMO MODELO


ABSOLUTEDU: Fíjense, por años vimos, leímos y escuchamos que la dictadura solo estaba en Miraflores, en los tribunales, en los cuarteles, en los medios tomados y en las instituciones secuestradas…
Pero en los últimos meses (y años) he visto en respuestas a algunos post, en videos de comunicadores, políticos y hasta en portales de noticias, algo que debería llamarnos la atención… hay una parte de la dictadura instalada en los hábitos.

¿Dónde?
En la viveza que se celebra como inteligencia.
En la chapa que es usada como privilegio.
En el contacto que resuelve lo que debería resolver la ley.
En el abuso pequeño que se normaliza porque “así funciona el país”…
En la corrupción y el enchufe disfrazado de necesidad.
En la obediencia maquillada de prudencia… y un largo etcétera de comportamientos que se están justificando.

Yo creo que Venezuela no solo necesita justicia política. Como hemos dicho en otros post, necesitamos una reconstrucción moral, cívica y cultural. Porque no basta con cambiar el poder si seguimos repitiendo los códigos que nos enseñaron a sobrevivir dentro del desastre.
Sí, la tiranía nos condicionó… Sí, la escasez nos empujó a vivir en emergencia. El miedo dejó marcas profundas. Pero entender el daño no puede convertirse en coartada para seguir justificando hábitos que también nos rompieron como sociedad…
Desaprender una dictadura implica recuperar convivencia, confianza, pensamiento crítico, responsabilidad ciudadana y el sentido común!! 🙏🏻
Así que les pregunto, ¿Qué hábito de dictadura crees que debemos desaprender primero?

sábado, 8 de noviembre de 2025

CONSTRUYAMOS UNA NUEVA "TEORÍA CRÍTICA" BASADA EN EL CRISTIANISMO por FORUM LIBERTAS


Construyamos una Nueva "Teoría Crítica" 
basada en el cristianismo


Tiene «críticas acertadas», pero el cristianismo puede «ofrecer alternativas más adecuadas»

Teoría crítica, el «nuevo arrianismo» 
que la Iglesia no puede ignorar 
si quiere derrotar al wokismo

Cuando se piensa en el término de teoría crítica, lo normal es que se antoje una nebulosa de conceptos, relaciones y doctrinas lejanas que resultan difíciles de definir, por muy determinantes que resulten. Pero si se habla de los postulados woke o de la Revolución sexual, se asimila con más facilidad. Y precisamente esa es una de las ideas clave que Carl R. Trueman busca difundir en su última publicación, To Change All Worlds: Critical Theory From Marx to Marcuse -Cambiar todos los mundos: teoría crítica de Marx a Marcuse-.
Se trata de una extensa obra en torno a la teoría crítica en la que el autor, desde la oposición, busca desprenderse de prejuicios para tratar de comprender las motivaciones que llevaron a ideólogos como Horkheimer, Adorno o Marcuse a diseñar los fundamentos de una de las ideologías más cruciales del presente, con “demandas legítimas”, pero con conclusiones demoledoras en la práctica. Solo así, declaró al ser entrevistado por Carl E. Olson (What We Need Now), los cristianos podrán hacerle frente.

Teoría crítica: una cosmovisión que rechaza la fe

Preguntado por la raíz de la teoría crítica, Trueman apunta a una amalgama de enfoques que “tienen en común la intención de desestabilizar el status quo [el orden establecido], desenmascarar los juegos de poder y las manipulaciones que se esconden tras de la moralidad, cuestionando sus fundamentos y buscando desenmascarar las relaciones de poder que la moldean.
Una de las preguntas más relevantes de esta doctrina es la del significado del ser humano, para los teóricos críticos “cambiante” a lo largo del tiempo y las culturas. Se trata de una pregunta a su juicio “legítima”, pues la historia ofrece ejemplos de cómo una comprensión de una naturaleza normativa “blanca” ha llegado a suponer en otros tiempos la justificación de la esclavitud.
“El problema es que este enfoque también tiende a asumir que categorías como la de naturaleza humana pueden reducirse a relaciones de poder. Esto es antitético a la afirmación cristiana sobre los seres humanos como seres creados a imagen de Dios como una realidad ontológica”, explica.

Críticas acertadas

En su libro, Trueman apunta que no todo lo sugerido por los teóricos críticos era en sí mismo errado, encontrándose entre sus análisis críticas acertadas como la tendencia de la sociedad moderna a tratar a las personas como cosas, lo que también se llama “cosificación”.
“Las burocracias lo hacen”, explica, “los empleadores que consideran a sus empleados como intercambiables lo hacen… De forma más sutil, las prácticas de la Revolución sexual que convierten el sexo en una recreación y a las parejas sexuales en meros instrumentos de satisfacción personal, [también] lo hace”.
Preguntado por algunos de los hitos centrales que han configurado un mundo marcado en buena parte por la teoría crítica, menciona “la tendencia a priorizar los sentimientos como determinantes de nuestra identidad como seres humanos”. A esto agrega una tendencia en la que, conforme la naturaleza humana “se psicologiza”, la política también se desplaza desde las preocupaciones económicas a las psicológicas.

Destruir la familia para destruir el capital

Pero el de la Revolución sexual es sin duda uno de los que mayor trascendencia han tenido en la configuración del presente. Para Trueman, sus orígenes se encontrarían en una Escuela de Frankfurt que se apropió de la idea de Freud de que los códigos sexuales son constitutivos de la sociedad.
Más tarde aportó un “giro marxista” a la cuestión, argumentando que esos códigos sexuales específicos “sustentaban formas específicas de sociedad y las formas particulares de opresión de las que dependían esas sociedades”.
El relato de la dialéctica estaba servido, abriendo así el camino para situar los códigos sexuales en el centro del debate político: “Para derrocar el capitalismo era necesario romper con esos códigos de matrimonios monógamos y heterosexuales como base de la familia nuclear, de los que dependía.

Los cristianos no deben desecharla a la ligera

La importancia de la teoría crítica y sus derivadas es tan destacada en el presente que los cristianos, según Trueman, cometerían un error al ignorarlo o rechazar de base toda crítica o argumento sin un análisis previo.
De este modo, explica que, si bien los postulados de Arrio eran incompatibles de la Iglesia, esta salió reforzada al responder preguntas planteadas durante el cisma como la relación entre el Padre y el Hijo.
“Algo similar ocurre con la teoría crítica, a la que los cristianos deben acercarse mejor porque plantea buenas preguntas que requieren respuestas cuidadosas y proporciona respuestas cuyas debilidades y problemas nos permiten encontrar otras más adecuadas. Atacar (o abrazar) la teoría crítica sin entenderla adecuadamente es desastroso por numerosas razones. Quizá la más obvia es que ese compromiso equivocado nos impide ofrecer una alternativa mejor”, comenta.

El cristianismo tiene mejores respuestas: debe ofrecerlas

Para Trueman, si los cristianos no pueden permitirse la derrota ni la ignorancia por parte de la teoría crítica, enfrentarla y refutar sus principios es la única salida posible.
Para ello, concluye llamando a los cristianos a acudir a las fuentes en su contexto, ser valientes como para reconocer la legitimidad de algunas de las preguntas que plantean sus ideólogos y, al mismo tiempo, no dejarse intimidar por ello.
“Cuando se trata de las preocupaciones centrales del significado del ser humano o de cómo deberían tratarse los humanos y por qué no lo hacen, el cristianismo tiene mejores respuestas. Demostrar la legitimidad de las preguntas de la teoría crítica debe ir acompañado de mostrar la insuficiencia de sus propuestas y ofrecer alternativas más adecuadas”, concluye el escritor.


¿Por qué necesitamos una Nueva Teoría Crítica formulada a partir de fundamentos cristianos de forma parecida, pero no mimética, a como la teoría crítica inicial se basa, sobre todo, en Marx, Freud y Hegel?

Pues porque en el mundo actual solo hay tres grandes destinos para el hombre. Uno, en declive y crisis, configurado por la cultura desvinculada que es hoy hegemónica en la mayor parte de Occidente. El gran Imperio de Oriente, que se forja en torno al estado inicialmente comunista, una visión adaptada del confucionismo y la tecnocracia, cuyo resultado es el éxito abrumador de China, y la alternativa ecuménica -que no globalizadora- que significa la concepción cristiana del ser humano, de su destino y del mundo. Es la única capaz de generar hoy una paz universal.
Y esta visión cristiana se ha de expresar en el orden secular mediante una Nueva Teoría Crítica, porque surge de su realidad, que es la de ser disidencia y alternativa a aquellos dos grandes Imperios.


La que conocemos como Teoría Crítica, o Teoría de la Crítica o Escuela de Frankfurt, es un enfoque filosófico y sociológico desarrollado principalmente por un grupo de intelectuales alemanes a fines de la década de 1920 y durante la década de 1930. La teoría se originó en el Instituto de Investigación Social en Frankfurt, Alemania, y fue influenciada por el marxismo y el psicoanálisis. Tenía como algunos de sus representantes más destacados a intelectuales como son: Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse y Jürgen Habermas entre otros.
La Teoría Crítica buscaba comprender y analizar las estructuras y dinámicas sociales y culturales con el objetivo de desentrañar las formas de dominación y opresión presentes en la sociedad contemporánea. Su enfoque crítico se dirige hacia el examen de las relaciones de poder, la alienación y la explotación que existen en las sociedades capitalistas.

Uno de los conceptos centrales en la Teoría Crítica es la idea de «razón instrumental» o «razón instrumentalizada», que se refiere al uso de la razón y la ciencia para el control y la manipulación de la naturaleza y la sociedad. Los teóricos críticos argumentan que esta forma de razón ha llevado a la creación de una sociedad tecnocrática y burocrática que aliena a los individuos y perpetúa la desigualdad y la dominación. Y en este punto hay una convergencia más que notable, porque precisamente es esa razón instrumental, surgida de la Ilustración, la que está en la raíz de la Sociedad Desvinculada Occidental.

Y este enfoque, que no sus fundamentos analíticos, es exactamente el mismo que necesitamos hacer ahora desde el juicio de la razón cristiana.
La Teoría Crítica se interesa por la cultura y la ideología, examinando cómo los medios de comunicación, las instituciones educativas y otras formas de producción cultural influyen en la forma en que pensamos y actuamos. Los teóricos críticos también exploran las contradicciones y tensiones dentro del capitalismo y la cultura de masas, y abogan por formas de emancipación y transformación social. Y este enfoque, que no sus fundamentos analíticos, es exactamente el mismo que necesitamos hacer ahora desde el juicio de la razón cristiana.

También hemos de partir de un enfoque multidisciplinario que busca analizar y cuestionar las estructuras sociales y culturales existentes con el fin de fomentar la liberación de las estructuras de pecado y la transformación hacia una sociedad más justa, solidaria y equitativa, que surgiendo del Evangelio se concreta en fundamentos y fines establecidos por el cristianismo social; la doctrina social de la Iglesia.

Iniciar la Nueva Teoría Crítica

Para llevar a cabo esta tarea necesitamos aquel trabajo pluridisciplinar y compartido, y una cierta hoja de ruta, un guion, que nos permite un trabajo común, un avance más o menos organizado.

Sirvan estas notas para progresar en este sentido.

Es necesario abordar un relato histórico que nos explique cómo hemos llegado hasta la situación actual. Cómo la razón instrumental substituyó a la razón objetiva cristiana, en nombre precisamente de la razón y la liberación, y cómo su evolución ha devorado a la razón ilustrada por la propia lógica interna del subjetivismo instrumental, hacia alcanzar el emotivismo más exagerado que culmina con el poder del deseo sin límites ni cauces, y de las emociones hasta la construcción del victimismo como máxima expresión del poder, dando lugar a la cultura de la desvinculación, las grandes rupturas y sus consecuencias: las continuas crisis ramificadas que no encuentran solución.

En este relato histórico es necesario:

1- Identificar y describir los periodos de ruptura del inicial orden objetivo cristiano.
2- Las grandes rupturas y cómo estas se entrelazan con grandes crisis concretas, construyendo un rizoma que va asfixiando la vida social de Occidente, y especialmente de Europa.
3- Cómo recuperar, en términos actuales, el orden objetivo perdido, y cuáles son los autores y obras de referencia y por qué son ellos y no otros, siempre a partir del razonamiento práctico guiado por el Evangelio. Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, y las lecturas actualizadas desde MacIntyre, y enfoques concretos de Charles Taylor, y muy específicos sobre las relaciones entre secularidad y religión de Habermas, el liberalismo perfeccionista de Raz, determinados enfoques de la Ortodoxia Radical y, porque no, una valoración crítica de Maritain, y una reflexión en torno de la aportación de Teilhard de Chardin.

En todo caso, y que quede claro, estas referencias, salvando las tres primeras, no persiguen establecer unilateralmente ningún canon, sino formular concreciones sugerentes abiertas a la reflexión y la conversación.
En una próxima editorial buscaremos desarrollar más este guion de una Nueva Teoría Crítica, para ofrecer un proyecto más concreto que, a ser posible, se alimente del diálogo con toda la comunidad de lectores de Forum Libertas.

Es necesario abordar un relato histórico 
que nos explique cómo hemos llegado 
hasta la situación actual. 
Cómo la razón instrumental substituyó 
a la razón objetiva cristiana, 
en nombre precisamente de la razón y la liberación.


Apuntábamos, que para ello “es necesario abordar un relato histórico que nos explique cómo hemos llegado hasta la situación actual. Cómo la razón instrumental substituyó a la razón objetiva cristiana, en nombre precisamente de la razón y la liberación”, y ha ido socavando la sociedad y destruyendo el sentido del Hombre, de la vida humana y de su presencia y destino en el mundo, y que todo esto requería identificar y describir los periodos de ruptura del inicial orden objetivo cristiano, definir sus consecuencias; esto es, las grandes rupturas y crisis concretas a las que dan lugar, y finalmente cómo recuperar en términos actuales el orden objetivo destruido.

Arranquemos de una afirmación:

El orden objetivo Occidental, que se transforma en un alcance global, surge de la articulación que lleva a cabo el cristianismo, entre la concepción bíblica y el pensamiento greco-latino, y tiene su fundamento primigenio en la concepción aristotélico–tomista, que demuestra su capacidad de superar la primera gran crisis del pensamiento del cristianismo latino, que podía haber dado al traste con la formación inicial de Europea y la cristiandad, a causa del conflicto que provoca la recuperación de la filosofía aristotélica en la teología agustiniana hegemónica en el siglo XI.
En su discurrir posterior podemos encontrar distintas fases, marcadas por rupturas revolucionarias, como las que señala Jacques Barzum en “Del Amanecer a la decadencia: 500 años de vida cultural de Occidente del 1500 a nuestros días”, que nos ayuda a entender la dinámica histórica.

La primera es la revolución religiosa de Lutero, que trata de qué creer o, mejor dicho, de cómo creer y abarca el periodo que transcurre desde el 1500, el inicio de lo que se llama edad moderna, hasta 1660. Ahí la cuestión no radica en la existencia de Dios, como remarca Charles Taylor, sino la mejor manera, la más fiel al mandato de Jesucristo de llegar a hasta Él. Introduce dos fracturas que se ensancharían con el paso del tiempo. La interpretación individual de la Biblia, que inicia la transformación del subjetivismo y su razón instrumental en lo que terminará substituyendo a la razón objetiva cristiana, y rompe hasta extremos de terrible radicalidad – las guerras de religión- la unidad de la cristiandad. Naturalmente, se mezclan con otros intereses de orden estrictamente temporal, de poder, pero el motor es aquel.

Sobre esta ruptura y bajo el motivo de resolverla, se produce la segunda revolución que abordan el estatus del individuo y la forma de gobierno que da lugar al comienzo de la formación de los estados modernos, que consuman la ruptura de la unidad que significaba la cristiandad, y dan lugar a la formación de las grandes monarquías absolutas entre 1661 a 1789. Pero se produce la reacción ante ellas.

La Revolución Francesa y la Ilustración, la gran ruptura, son sus máximos exponentes y dan lugar a las revoluciones liberales (1848) y las vías para alcanzar la igualdad social y económica y comprende desde 1790 a 1920 y el surgimiento de la modernidad.
Ahora estaríamos viviendo una nueva revolución marcada por la acumulación de todas las anteriores con la primacía de la nueva revolución antropológica
La última llegaría hasta finales del siglo XX, y ahora estaríamos viviendo una nueva revolución marcada por la acumulación de todas las anteriores con la primacía de la nueva revolución antropológica que une la dimensión intelectual y moral de la misma con la científica y tecnológica, todo ello presidido por la aceleración de la innovación científica y técnica.
Todo esto podríamos enmarcarlo en la concepción Macinteriana de fundamento aristotélico-tomista, que señala la grave afectación de nuestra época: la de su crisis moral y la incapacidad para reconocerla, que se inicia en la concepción ilustrada, con una Academia, que forjada en el periodo posterior aquella, surge durante la propia crisis moral y la asume como un estadio normal.

Podríamos añadir dos autores y sendos libros más, que nos ayudan en la interpretación: Charles Taylor y su “Fuentes del Yo, La construcción de la identidad moderna”, y particularmente útil como taxonomía de las reacciones al principal vástago de la Ilustración, la modernidad y el liberalismo, la obra de Carlos Granés “El puño invisible”.
Los cuatro libros señalados abordan el tema de la identidad, la moral y la cultura en el contexto de la modernidad y sus crisis.
Cada uno de ellos ofrece una perspectiva diferente, pero también poseen puntos de contacto, y estos son los que es necesario profundizar y articular, sobre los problemas y desafíos que plantea la vida humana en un mundo cambiante, diverso y conflictivo.

Jacques Barzun

Jacques Barzun, en su “Del Amanecer a la decadencia: 500 años de vida cultural de Occidente”, construye una monumental historia cultural de Occidente desde el Renacimiento hasta el siglo XX. El autor, un historiador francés radicado en Estados Unidos, analiza los principales acontecimientos, ideas, movimientos y personajes que han configurado la civilización occidental, con sus logros y sus fracasos, sus avances y sus retrocesos, sus luces y sus sombras.
Barzun sostiene que Occidente se encuentra en una fase de decadencia marcada por el relativismo, el escepticismo, el nihilismo y el cansancio cultural. Sin embargo, no se trata de un pesimismo fatalista, sino de una invitación a reflexionar sobre los valores y las tradiciones que han hecho grande a Occidente y que pueden servir de guía para su renovación.

Charles TaylorCharles Taylor

Charles Taylor es un reconocido filósofo canadiense que ha trabajado el tema de la identidad en el mundo moderno. En “Las Fuentes del Yo” Taylor explora las fuentes, originarias de nuestra cultura, sus concepciones morales que definen lo que significa ser una persona y vivir una vida buena. Taylor argumenta que la identidad moderna se ha construido a partir de tres fuentes principales: la razón, la naturaleza y la moralidad. Sin embargo, estas fuentes se han fragmentado y debilitado por el proceso de secularización y el individualismo. Taylor propone recuperar una visión más integral y dialogal del yo, que reconozca la importancia de las tradiciones culturales, las comunidades políticas y las aspiraciones espirituales.

Alasdair MacIntyreAlasdair MacIntyre

Alasdair MacIntyre es un filósofo escocés afincado en Estados Unidos, que en “Tras la Virtud”, a la que podríamos añadir otras obras suyas esenciales, crítica global e integralmente el discurso moral moderno. MacIntyre afirma que la moral moderna está en grave desorden, porque ha perdido el sentido de la teleología, es decir, de la finalidad o el propósito de la vida humana. MacIntyre defiende una ética de las virtudes, inspirada en Aristóteles y en la tradición cristiana medieval, que entiende la moral como una práctica social basada en el cultivo del carácter y la búsqueda del bien común. MacIntyre sostiene que solo así se puede construir una moral realmente capaz de movilizar a los individuos de nuestras atomizadas sociedades actuales en torno a un proyecto común.

Carlos GranésCarlos Granés

Finalmente, Carlos Granés, antropólogo colombiano, traza en “El puño invisible”, una historia cultural del fenómeno de las vanguardias artísticas y su impacto social. Desde el futurismo hasta los movimientos sociales que recorren el resto del siglo XX, pasando por el dadaísmo, el surrealismo, el situacionismo y el sesentaochismo, entre otros. Muestra cómo las vanguardias han sido una forma de revolución cultural que han buscado alterar las mentes, las costumbres, los valores y la forma de vivir de las personas y no dejan de ser una reacción al malestar de la modernidad. Afirma que las vanguardias han tenido un destino paradójico: aunque han fracasado en sus utopías políticas o estéticas, han logrado imponerse y ganar adeptos en una sociedad cada vez más ávida de experiencias fuertes, espectáculos emocionantes, aventuras transgresoras y actitudes rebeldes. De hecho, el siglo XXI es un receptor caótico y contradictorio de todas ellas.

Como un primer esbozo de lo que debe ser el desarrollo de este planteamiento articulado, se pueden establecer como grandes líneas de fuerza que pueden tener en común estos distintos textos: 
  1. Una visión crítica de la modernidad y sus crisis.
  2. Una búsqueda de sentido y orientación para la vida humana.
  3. Una valoración de la cultura como un ámbito fundamental para expresar y transformar la realidad.
  4. Una reflexión sobre el papel del arte y la creatividad en la sociedad.

Ni tan siquiera le han puesto nombre, ni lo han fechado. No hay especial conciencia del cambio radical de época. Podríamos referirnos a él como la gran crisis antropológica, pero nos quedamos con la concepción ya sistemáticamente construida de la Sociedad Desvinculada.

Las líneas de fuerza que deberíamos atender a partir de lo hasta aquí escrito, sería:

Establecer una teoría crítica de la modernidad, sus rupturas y crisis, dar respuesta a la búsqueda de sentido y orientación para la vida humana, efectuar una valoración de la cultura como un ámbito fundamental para expresar y transformar la realidad; esto es concretar, la alternativa cultural ante la cultura mainstream vigente, basada en el individualismo hedonista y narciso, el imperio de la satisfacción del deseo, el autoodio de la cultura woke y la ideología de género, enmarcados en lo económico, por la economía de las grandes corporaciones, por una parte, y la recuperación de una cierta idolatría de estado, como proveedor de todas las necesidades humanas. Finalmente, debería abordar una reflexión sobre el papel de la fe cristiana y de la Iglesia ante esta situación.

Comencemos con una referencia.

En “UnHerd, Paul Kingsnorth da un pronóstico sombrío para la civilización occidental. Desde la Ilustración, Occidente es hoy un «mundo inestable», donde «la noción de que Occidente está declinando, colapsando, muriendo o incluso suicidándose está llegando a un crescendo». Muchos proponen apuntalar las cosas, pero Kingsnorth considera estos esfuerzos como superficiales. «Los pollos de la modernidad, que Occidente creó y exportó, han vuelto a casa para descansar, y todos estamos cada vez más cubiertos de su guano». Nuestro mundo post-humano, post-natural, post-verdad, post-cristiano ha sucumbido a la tentación de la serpiente. En un mundo así, Kingsnorth pregunta: ¿Qué hay que conservar? Su respuesta aleccionadora es: «Nada». «Tenemos que cavar hasta los cimientos» y, sobre todo, orar.” Esto escribe Peter J. Leithart, presidente del Instituto Theopolis en “First Things”.
Creo, que la pregunta es pertinente porque obliga a una reflexión necesaria, pero sobre todo lo que necesitamos es establecer lo que queremos construir ahora, en este mundo, y el camino para lograrlo.

En el mismo texto que hemos citado antes, Leithart sostiene un punto de vista que debemos retener:

“A lo largo de su historia, la iglesia ha seguido la trayectoria espiritual establecida por Hechos. Ella lucha por seguir el ritmo de sus soñadores y visionarios salvajes: sus Constantines y Carlomagnos y Alfredos, sus Gregories y Patricks y Benedicts y Francises, sus Thomases y Luthers, sus Wesleys y Hudson Taylors. Guiado por el Espíritu de Pentecostés, el cristianismo no es ni revolucionario ni conservador, sino tampoco antirrevolucionario ni anticonservador. Es algo diferente, lo suficientemente flexible, lo suficientemente vivo, lo suficientemente espiritual como para recuperar lo que se puede recuperar e innovar cuando nada se puede recuperar. Por el Espíritu Pentecostal, la iglesia es, como nuestro Dios, siempre vieja, siempre nueva”.
Podemos discrepar sobre alguna de sus referencias nominales, pero como conjunto la música que arranca de Pentecostés es la adecuada.

Hemos de asumir que vivimos en una época decadente, y que no hemos de atar a ella ni a la Iglesia, ni al cristianismo. La decadencia no solo se percibe por su crisis moral (MacIntyre), y lo que ello entraña en relación de disponer de instituciones capaces de identificar y buscar correctamente el bien y la justicia, y donde lo necesario impere sobre lo superfluo, sino que también porque desde otras perspectivas se percibe el declive.
Siguiendo a Barzum, podemos codificar las señales del tiempo que nos indican el crepúsculo de esta cultura Occidental, la de la sociedad desvinculada. Se trata de que estamos viviendo el fin de algo, de una época, un descenso, una caída.
En primer lugar, la conciencia de que existe la inquietud por el futuro en no ver líneas de avance claras, la percepción de que se pierden posibilidades, lo que parece ser el agotamiento de formas de arte y de la vida.

El uso repetido de prefijos peyorativos anti y post y la promesa o necesidad de reinventar esta o aquella institución

Las instituciones funcionan a duras penas, existe un sentimiento de frustración que a veces es insoportable, el cansancio de las grandes fuerzas históricas, la búsqueda en todas direcciones de una nueva fe o de muchas, la idea de que los viejos ideales resultan gastados o inservibles, la aparición de nuevas luchas fragmentadas en defensa del aborto, contra el calentamiento global, para salvar la explotación de la naturaleza para promover el consumo de alimentos ecológicos, mágicos o veganos, la desconfianza en la ciencia y la tecnología a la vez que su aceptación plena en la vida práctica, el hecho de que toda medida de gobierno encuentra oposición en múltiples grupos organizados e improvisados, que aducen buenas raciones de razones contrarias, una atmósfera flotante de hostilidad hacia las cosas tal y como están y el uso repetido de prefijos peyorativos anti y post y la promesa o necesidad de reinventar esta o aquella institución.

De ahí la importancia de no confundirnos. De saber que la Iglesia no participa de esta decadencia, aunque una parte de sus hombres y mujeres puedan estar lógicamente contaminados, por ella atraviesa la historia y no es esclava de ella. De ahí también la referencia necesaria al rehacer y renacer que surge del Pentecostés eterna.
El encadenamiento que surge a partir de la Ilustración, y sus sucesivas revoluciones liberales, que dan lugar a la modernidad, y la pléyade de reacciones culturales, el sin fin de vanguardias y políticas que genera, desde el intento de construir a sangre y fuego un nuevo orden objetivo que abjura de toda metafísica, con el marxismo, hasta el súmmum de la revolución modernista y futurista en el plano político, el fascismo, que culmina con los treinta años de gran destrucción de la cultura europea 1914-1945, a los que les siguen los “treinta gloriosos” que tocan a su fin con las revueltas del mayo de 68.

Su evolución convertida en postmodernidad, que inicia la destrucción del gran relato ilustrado y su razón instrumental, y que culmina en el tiempo actual, que ya no es postmoderno -poco ha durado- porque si bien mantiene vivo el discurso del imperio del deseo, ya no lo quiere libre, porque impone nuevos grandes relatos como verdades incuestionables.
En ellos ya no es cierto, la máxima posmoderna de que no hay verdades, sino puntos de vista, porque ahora la gran verdad dogmática es la que formula la ideología de género y su feminismo y en paralelo, sus identidades LGBTIQ(+), como sendas interpretaciones opuestas, como sucedía en el marxismo con el leninismo y el trotskismo, a las que solo le une la culpabilización del hombre heterosexual.

Y a su lado, la ideología woke una evolución agresiva del autoodio occidental de algunas vanguardias surgidas a partir de los años cincuenta del siglo pasado.

Vivimos bajo un nuevo dogmatismo represivo y censurador, y esto es así porque en una buena parte de Occidente, empezando por España, el feminismo de la culpabilización del hombre y su revolución ha triunfado, son establishment, son poder, o están a punto de serlo, flanqueado por el triunfo del homosexualismo político.

Aquel feminismo, el de la condena completa del hombre, no están en el combate del espíritu contra la carne, no presumen de ningún puritanismo; todo lo contrario, juegan al empoderamiento sexual de la mujer. Su obsesión es la igualdad, no la castidad. Y al mismo tiempo que persiguen esta exaltación sexual y el imperio del deseo, donde el amor desaparece substituido por la concupiscencia, quieren que todo esto sea compatible, con el más escrupuloso respeto en estas relaciones.
No le dicen al hombre, “respeta”, una virtud básica en las relaciones humanas, sino “haz lo que desees si ella consiente”. El fracaso es espectacular. Nunca como ahora se había producido tanta violencia sexual y a edades más tempranas.
¿Cómo se llama este nuevo tiempo que sucede a la postmodernidad, que la hereda y a la vez rectifica?
Ni tan siquiera le han puesto nombre, ni lo han fechado. No hay especial conciencia del cambio radical de época. Podríamos referirnos a él como la gran crisis antropológica, pero nos quedamos con la concepción ya sistemáticamente construida de la Sociedad Desvinculada.



La cultura de la sociedad actual, sucesora de la breve postmodernidad que ha destruido la razón ilustrada, es la de la desvinculación.
Vivimos en la sociedad desvinculada que se caracteriza por haber convertido en hegemónica y constituir en razón política el principio fundamental de que la realización humana radica en la satisfacción de las pulsiones del deseo, sin cauces ni límites previos que la objetiven y permitan la existencia de otras causas.
La satisfacción del deseo significa el absolutismo del principio de autodeterminación humana. No existe ningún valor, afirmación religiosa, tradición, razón cultural, costumbre, ley, deber, compromiso o consecuencia que pueda impedirla, y si existe ha de ser cancelado o modificado.

En el siglo XXI se ha transformado en razón política

Este principio emergió culturalmente en el “Mayo 68” como datación simbólica, en el ámbito de la antropología y de las relaciones humanas y se extendió en los ochenta al ámbito económico, con las desregulaciones. En el siglo XXI se ha transformado en razón política.
El aborto, no como mal menor como era considerado, sino como derecho de la mujer (atención, un derecho que se basa en la muerte del ser humano engendrado), y la ley trans española son dos ejemplos paradigmáticos de este imperativo del deseo transformado en principio político.

Las grandes rupturas. La policrisis rizomática

La necesidad de reconstruir. Qué hay que salvar de nuestro tiempo

La desvinculación significa la ruptura o supeditación de todo vínculo y de sus fines, y esto, como es lógico, da lugar a unas grandes rupturas generadoras de una sucesión de crisis interminables, que se articulan unas con otras dando lugar a una fase de nuestra sociedad caracterizada por la policrisis rizomática por la forma cómo se entrelazan y refuerzan unas a otras.

Las principales rupturas que fundamentan la cultura de la desvinculación pueden conceptuarse así:

Ruptura con Dios y su cancelación pública

La ruptura con Dios y su cancelación pública, base de todas las demás y la reducción de la relación con él y como máximo, a una cuestión íntima basada en la más absoluta subjetividad. Es lógico, el Dios cristiano, la fe que proclama Jesucristo, es un marco de razón objetiva, incompatible con todos los principios de la desvinculación.

Ruptura moral

La ruptura moral, anunciada en 1984 por Alasdair MacIntyre en “Tras la Virtud”, significa la incapacidad social e institucional para identificar con claridad el bien y por consiguiente el bien común, discernir lo que es justo y diferenciar, y actuar en tal sentido, lo superfluo de lo necesario.

Ruptura con la naturaleza y concepción humana

La ruptura con la naturaleza y concepción humana, en el plano de las ideas y el de sus aplicaciones jurídicas y científicas. El tiempo desvinculado es el de la gran ruptura antropológica que también amenaza a la Iglesia, y que es tan fuerte y peligrosa como en su tiempo fue la herejía agnóstica, y todavía más la arriana. La perspectiva de género es una de las ideologías dominantes en este ámbito.

Ruptura cultural y la emergencia educativa

La ruptura cultural y la emergencia educativa. La tradición ha sido proscrita, las fuentes culturales cegadas. Solo se concibe la cultura como transgresión, como vanguardias sin canon, lo cual da una idea del desorden que impera y eso si el imperialismo del mercado es arte, todo aquello que el mercado reconoce como tal y paga por ello, de ahí una de las enésimas contradicciones de la desvinculación, en el reino del subjetivismo más desatado, lo que importa en el arte no es la belleza que podemos percibir, sino lo que dicta el prescriptor cultural.

En estas condiciones educar que significa “conducir” y, por tanto, disponer de un horizonte de sentido común, formar el carácter de acuerdo con las virtudes que la comunidad valora, resulta cada vez más imposible. Se confunde por parte de los propios legisladores la educación con dos extremos:
  • El adoctrinamiento ideológico en la ideología de género, que tiene en la incitación sexual uno de sus componentes básicos,
  • Y en el otro extremo, la especialización profesional de mercado.
Ruptura generacional

La ruptura generacional. Hiperprotegidos en su infancia son generacionalmente castigados depositando sobre sus espaldas pesadas losas que han creado las generaciones precedentes y recientes. Es la ruptura con la naturaleza, la explotación irracional de los recursos naturales, la contaminación del medio ambiente, la crisis del clima. Es la enorme deuda pública, la crisis en algunos países del sistema público de pensiones, la insuficiente natalidad fuente de graves problemas económicos, sociales, y culturales futuros. Es, incluso, el gasto público fuertemente decantado hacia las generaciones mayores.

Ruptura económica de la injusticia socialmente manifiesta

La ruptura económica de la injusticia socialmente manifiesta. Se combina la crítica a las elites, con los modelos de vida que hacen ostentación del lujo y la riqueza. El capitalismo financiero se desvincula, no ya de los trabajadores, sino de la propia empresa, las nuevas modalidades de trabajo basadas en una falsa idea de “libertad” reducen los derechos de los trabajadores convirtiéndolos en falsos autónomos. Todo esto se ve favorecido porque en el debate político, la cuestión del modo de producción y el cómo nos afecta, se ha visto substituido, enmascarado, por el debate sobre el modo de vida, basado en la politización de los comportamientos sexuales, que tiene como marco de referencia la perspectiva de género en sus vertientes del feminismo punitivo y las identidades LGBTIQ.

Ruptura política

La ruptura política: Se han deslegitimado las instituciones políticas por la partitocracia y la búsqueda de la polarización como fuente de poder. El liberalismo progresista y la izquierda de género, una vez alcanzado el poder, niegan todo derecho democrático a quienes se opone a ellas, descalificándolas políticamente. 

Todo ello genera desconfianza y un desinterés por la participación ciudadana, hasta darse una crisis de representación, una corrupción generalizada que no solo es política, sino de adulteración de los fines de las instituciones, y una ausencia de proyectos comunes. El mal del cortoplacismo, al haber convertido al ciudadano en simple consumidor de bienes que puede otorgar el estado, con el dinero de todos, sin derecho a sentirse en parte responsable del conjunto, da lugar a políticas cortoplacistas, que aun hacen más difícil resolver los problemas.

Todo ello se traduce en el desencadenante de crisis que se suceden y ramifican en un conjunto interminable.

La última desplaza a la anterior en la atención pública, pero todas siguen bien vivas y activas, y están deteriorando de manera muy grave a Europa, de manera particular a España, y someten a un conflicto de alta intensidad a la sociedad de Estados Unidos.

La necesidad de reconstruir. Qué hay que salvar de nuestro tiempo

El desastre de la sociedad desvinculada requiere una respuesta pronta y grande, o su consecuencia será la progresiva destrucción de la cultura Occidental, que afectará también a la Iglesia, o al menos a un núcleo tan importante como el europeo. De hecho, ya lo está haciendo, como muestra el sínodo alemán, y las tensiones que existen en o con Roma.

Desarrollar esta respuesta es la gran tarea y lo que ahora exponemos es un pequeño e incompleto esbozo, un apunte sugeridor más que otra cosa.

Se trata de reconstruir y fortalecer nuestras comunidades, la familia, la propia Iglesia y sus comunidades eclesiales, organizaciones y movimientos. Comunidades de memoria, vida, acción, trabajo y proyecto, que asumen su tradición, sus acuerdos fundamentales, reconocer las virtudes necesarias y tener capacidad de trasmitirlas, que refuerzan la fuerza de los vínculos del amor, del compromiso y del deber, que recuperan el sentido moral y con la capacidad de discernir el bien común, la justicia y la prioridad de lo necesario sobre lo superfluo.

Que identifican las causas de las crisis en las rupturas y actúan para repararlas.

Que recuperan las fuentes culturales, asumen una ecología integral que tiene en su centro la ecología humana, que ejercita el diálogo entre fe y razón desde la igualdad de los planos en el debate colectivo, que no confunde el estado laico, aconfesional, con el laicismo y el ateísmo práctico de estado.

Y todo ello actuando en tres planos:

En el de la fe basado en la conversión permanente, el sentido de pertenencia a la Iglesia, la asunción real y práctica de la evangelización y la tarea ahora para extender el Reino de Dios.
En el de la cultura, construyendo en todos los ámbitos la alternativa cultural cristiana a la cultura de la desvinculación.
Y el siempre olvidado ámbito de la política, saliendo de la marginalidad, abandonado la acomodación, construyendo un movimiento cristiano que decida trabajar para la transformación social y la promoción de los valores cristianos en todos los ámbitos de la vida y en todos los sectores y grupos de la sociedad.

Un movimiento que llama a la unión y al compromiso de todos los cristianos de fe y de cultura.

Es también un llamamiento para unir los esfuerzos individuales y colectivos de todas las personas que, con independencia de sus creencias religiosas o carencia de estas, se identifican con sus objetivos y los valores que los inspiran y tiene como eje vertebrador las aplicaciones de la Doctrina Social de la Iglesia.

Promueve mediante actuaciones concretas la modificación de las estructuras sociales y políticas para hacer efectivos los principios sociales cristianos.

Un movimiento, interlocutor de los partidos, que trabaja para lograr presencia y apoyo social; dialoga a nivel personal con sus miembros; reclamando que se posicionen en temas importantes; proponiendo políticas e iniciativas transversales, formas de amistad cívica entre políticos de diferentes partidos hasta la formación de grupos de diálogo y acción política (sin excluir la intervención directa, colectiva y organizad en el ámbito electoral, cuando sea necesaria).




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