ESTUDIOS SOBRE EL ESPAÑOL DE AMÉRICA
LOS CONQUISTADORES Y SU LENGUA
¿Cómo hablaban los hombres que desembarcaron en las costas americanas en el siglo XVI?Frente al mito recurrente que reduce las huestes de la Conquista a una masa iletrada o, por el contrario, a una elite señorial desconectada de la realidad terrenal, Ángel Rosenblat emprende un deslumbrante rastreo filológico e histórico para reconstruir el verdadero mapa sonoro de la Conquista.En esta obra, el autor examina con rigor y elegancia la amalgama de dialectos, la impronta andaluza, los giros marineros y las transformaciones semánticas que sufrieron las palabras castellanas al enfrentarse a la exuberancia, la fauna y la geografía del Nuevo Mundo.La lengua no llegó a América como un bloque petrificado: se moldeó en la marcha, en las crónicas, en los campamentos y en el contacto inevitable con las lenguas originarias.Una pieza imprescindible de la ensayística y la filología hispanoamericana.
Prólogo
Regresar a un libro viejo es siempre motivo para sentirse joven. Algo sucede en el lector cuando vuelve a páginas que tuvo en sus manos años atrás. Toda relectura tiene su encanto. Interviene la memoria y pone a prueba la sensibilidad y la experiencia, también la cordura y la nitidez de las imágenes y los recuerdos de voces, sentimientos y de aquello que acompañó la primera lectura. Resulta inevitable encontrarse con que el tiempo supo cuidar frases, ideas, o, sencillamente, en ocasiones, el tiempo hizo de las suyas y el lector no recuerda qué lo llevó al libro ni cómo salió de su visita.
En cualquier caso, el regreso rejuvenece —al menos un rato— pero también interpela y puede llegar, incluso, a desenmascarar el presente y a hacernos ver que nada o poco ha cambiado.
Athenaica invita a releer a Ángel Rosenblat. Es una invitación que un hispanohablante y, en particular, un hispanoamericano acepta de inmediato, con gusto.
Para quienes frecuentamos la obra de Rosenblat cuando la vocación ganaba perfil y solidez, la oportunidad que nos brinda Athenaica solo puede merecer agradecimiento. No es un cumplido retórico, originado por las circunstancias de un Prólogo, sino la expresión de quien leyó y frecuentó estas páginas en un entorno que refrenaba intereses académicos y filológicos, mientras veía abrirse un extenso y rico mar de posibilidades sobre el español de América en la prosa y el trabajo de un investigador consagrado cuyo dominio y rigor disciplinar despertaba la admiración de jóvenes universitarios que apenas cerrábamos la época escolar.
En la obra de Rosenblat el español de América abandona la dimensión abstracta y política y ocupa el espacio vivo y real en que se sitúan los hablantes y las culturas americanos. Podría decirse que le interesó la lengua en uso, el terreno del hablar y de la historia social. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente. En ocasiones no lo parece, en otras, es evidente.
Cuando Rosenblat empezó sus exploraciones y sus reflexiones sobre el español de América el estructuralismo parecía la orientación triunfante en el debate internacional. Cuando fallece, en 1984, la lingüística generativa y su entorno cognitivista y formal no cesaban de presentarse como las únicas perspectivas modernas y auténticamente científicas.
La obra de Rosenblat no es ni lo uno ni lo otro. Difícilmente podría ser identificado con la primera, aunque sea esa la corriente que parece haberle sido más familiar; de la segunda, no hay señal ni la he percibido ni extrañado en el libro.
En Rosenblat se conserva, más bien, el impulso y la energía de la filología, tan vapuleada y criticada desde los trabajos de Saussure (en realidad desde antes), y teñida hoy de valoraciones negativas que la convierten en ejemplar de una disciplina arcaica y poco científica, alejada del rigor y de los intereses que ahora entusiasman con más facilidad. Pero detrás de los prejuicios, la filología es una disciplina viva que se renueva e incorpora nuevas hipótesis, los resultados de otras disciplinas, que ensancha su base empírica y, sobre todo, que no pierde su aspiración a ofrecer explicaciones integrales de la lengua y de la cultura sirviéndose de textos y discursos.
Rosenblat representa un periodo, ciertamente fructífero y prolífico, de la filología hispana y, en particular, de la filología que impulsó Amado Alonso desde Buenos Aires. Vemos así sucederse en sus trabajos las referencias a Menéndez Pidal, a Henríquez Ureña, a Cuervo, a Wagner, Navarro Tomás, Lenz, Catalán, Lapesa, Guitarte y, claro, a Alonso. Uno puede tomar distancia de las ideas e hipótesis planteadas por ellos; puede incluso levantar la voz ante los vacíos y especulaciones que a veces traen sus obras, pero nada de eso afecta el valor de sus trabajos ni su contribución con el desarrollo de la filología hispanoamericana y, en un ámbito más constreñido pero no de menor importancia, las críticas —a veces injustas y anacrónicas— no dañan su papel en el conocimiento de la historia del español de América y en el interés que despertaron hacia el contacto y la convivencia de las lenguas amerindias con la lengua que llevó Colón al Nuevo Mundo.
Este libro está precisamente situado en ese momento de la historia de la lingüística y de la filología hispánicas y son, fundamentalmente, esos nombres el apoyo que ofrece Rosenblat cuando razona, describe y opina en los tres ensayos que componen el libro:
I. Los conquistadores y su lengua;
II. Contactos interlingüísticos en el mundo hispánico: el español y las lenguas indígenas de América;
III. El debatido andalucismo del español de América.
Todos están unidos por una orientación que integra el español en la vida de los pueblos americanos y en los usos y percepciones que acompañan la transformación del entorno prehispánico y el surgimiento de una realidad verbal y cultural compleja, impredecible y, en muchos aspecto, ignorada hasta la actualidad. No hay exageración en lo dicho. A Rosenblat se debe, por ejemplo, la —para decirlo con léxico posmoderno— «deconstrución» del mito en torno del origen social de los españoles que llegaron a América en búsqueda de fortuna en el siglo XVI.
Se decía por aquí y por allá, incluso se repite en las escuelas, que la conquista fue esencialmente obra de delincuentes y forajidos. Rosenblat sitúa la leyenda y demuestra que la verdad es otra. El proceso fue más equilibrado y menos descuidado. La presencia de grupos «educados» y profesionales no fue la excepción, tampoco la norma, por cierto. Al margen de su densidad y de su espesor demográfico, basta su presencia para instaurar un contexto sociolingüístico distinto del que se surge cuando se asume que únicamente llegó gente de malvivir, delincuentes y cazadores de fortunas. Sin duda que esta manera de diferenciar y valorar a la población es problemática. Aunque se ensanche la base documental, siempre será plausible dudar de la veracidad y el alcance de «categorías» tan subjetivas, usadas además en los siglos XVI y XVII, muchas veces sin otra justificación que la palabra del implicado, y de los criterios empleados por los cronistas para sancionar en una u otra dirección a una persona.
Siempre cabe algún escepticismo. Pero la información que reúne Rosenblat sí permite concluir que el trasplante de español a América fue obra de individuos con distintos grados de formación, con diferentes expectativas sobre su destino y, sobre todo, con desigual dominio de la lectura y de la escritura. La imagen es, pues, la de una población heterogénea, en lo social y en lo cultural.
No llama, entonces, la atención que si, por una parte, hay quienes exaltan la buena conversación y el buen hablar americanos, por otra, encontremos a quienes, en el Nuevo Mundo, dan rienda suelta al boato y la ostentación, pretendan convertirse a toda costa en hidalgos con derechos patrimoniales, busquen obtener fortuna con rapidez, y al mismo tiempo, se tengan noticias de algunos que no renunciaron a cultivar el teatro, la prosa culta, la poesía y las formas del quehacer artístico y literario europeo.
Un contexto tan heterogéneo, variable y complejo, tuvo que dejar huella en el lenguaje, en la modalidad que luego se impuso en América y que, con el tiempo, desembocó en una variedad de modos de hablar español.
Rosenblat no lo dice así. Pero su primer ensayo apunta en esa dirección: la lengua española llega a América con su natural diversidad de registros y dominios. Rosenblat tiene presente que el trasplante ocurrió por intermedio de hablantes que decidieron cruzar el mar y llevaron consigo no sólo su lengua sino también ideas, creencias y esperanzas asentadas en una concepción del mundo, de Dios, de la cultura y del universo labradas durante siglos en Europa.
No es poco equipaje. De su consideración deriva una perspectiva que le permite ocuparse, con absoluta normalidad y sin sobresaltos, de la hispanización de América como un proceso que tiene un componente esencial e ineludible: el contacto con las lenguas indígenas.
La historia del español americano es la historia del contacto y de la convivencia, generalmente asimétrica y violenta, con otras lenguas y culturas; es la historia de mezclas, préstamos e interferencias explicables por las lenguas que encuentra el español en su camino hacia la Patagonia y en el proceso de arraigo e imposición en territorios y sociedades claramente diferentes que impusieron nuevas condiciones y contextos a la lengua que promovió la cancillería de Alfonso X y que siglos después los Reyes católicos asumieron como lengua del imperio.
El español penetra en el continente, en los pueblos, en las creencias, en los cantos, en la comunicación y en la mente de millones de individuos y cambia. No es otra lengua, ciertamente, pero cambia y se enriquece del universo de voces, sentidos, expresiones y sonidos que asimila o crea en su trayectoria americana. Sucede lo mismo con las lenguas amerindias. Ellas sienten la fuerza del español, el contacto también las alimenta con nuevas estructuras, pero, como en el contexto colonial son las lenguas de los pueblos dominados, incapaces de resistir y de oponerse a la presión del nuevo poder, muchas de esas lenguas indígenas terminan desapareciendo, perdidas en el silencio de la conciencia individual y de la memoria histórica, o, cuando no, sus radios de influencia pierden extensión y lentamente son arrinconadas en las periferias, alejadas de los centros administrativos y de las ciudades que empezaron a florecer en el siglo XVI.
Es un proceso duro, complejo, cuya realidad es imposible de resumir y explicar mediante argumentos que reduzcan el conflicto a dos bandos en abierta oposición. Hay zonas intermedias, espacios de tránsito y de contienda que Rosenblat ofrece en el segundo y en el tercer ensayo del libro, tanto cuando atiende a las estructuras internas del español, en cualquier de sus niveles lingüísticos, como cuando sus preguntas se dirigen a la representación de las novedades que traen los documentos españoles: los juicios y las descripciones de los hombres, de los animales y de los objetos que el conquistador español encontró en América y que, de repetidos y creídos, consagran estereotipos en la percepción europea, gatillan políticas educativas y avivan los afanes evangelizadores que acompañaron la empresa conquistadora y dieron paso a la imposición de una nueva fe y de un nuevo Estado.
América nace a imagen de Europa. Nace juzgada, valorada e interpretada desde un universo cultural distinto y extraño. En realidad, no es un nuevo mundo sino el viejo mundo puesto al otro lado del mar. Ninguno de estos asuntos queda fuera del estudio de Rosenblat.
Todos convergen, precisamente, como expresiones de la historia del español americano, una historia social y cultural, no abstracta ni previsible, sino dinámica, múltiple y, en muchos aspectos, desconocida. Pero si la vida del español corre pareja a su proceso de naturalización americana, gracias a su arraigo territorial y social, mantiene —como es lógico— su entronque con el español peninsular.
Suponer que su llegada a otro continente y los diferentes contactos «interlingüísticos» a los que se ve expuesta dan origen a otra lengua es una premisa que no resiste mayor análisis. Sin embargo, de la mano de esa manera de entender las cosas, estuvo el temor a la fragmentación de la lengua española, la pérdida de la unidad y la consiguiente imposibilidad de comprensión entre pueblos unidos históricamente por una lengua.
El tiempo demostró la inconsistencia del temor y reveló que, junto a razonamientos lingüísticos y teóricos, estuvo el interés por conservar dominio y poder, interés que lógicamente fomentaba la homogeneidad y patrones generales y únicos para una inmensa y creciente multitud de hispanohablantes. La oposición centro-periferia entró a tallar y situó a Hispanoamérica, con sus millones de hablantes, en la periferia de los centros normativos. Lo que en realidad hubo es una manifiesta incapacidad para valorar y tolerar la diversidad, en este caso, las diversas modalidades de hablar una lengua histórica. Aceptarlo es hoy (casi) un lugar común; antes no era así.
El debate en torno del andalucismo del español de América, tema del último ensayo, está situado en ese marco de preocupaciones y disputas sobre la continuidad o la autonomía de los rasgos americanos respecto de la variedad andaluza. Obviamente hubo quienes abogaron en un sentido y quienes remaron en sentido contrario. Ambos grupos pusieron sobre la mesa argumentos de índole histórico, lingüístico y filológico, en ocasiones, expuestos con maestría y rigor irrefutables. Pero, con la misma firmeza, es posible entrever el juego de posiciones políticas antagónicas: la de quienes aprecian y valoran positivamente la cercanía y la persistencia de patrones peninsulares en América y la de quienes afirman el carácter autónomo y libre de los pueblos, las artes y las lenguas americanas. Por cierto, no faltó quien advirtió las dimensiones involucradas y no dejó de señalar la pérdida de tiempo en este tipo de discusiones.
Para Guitarte debe desaparecer el seudoproblema del andalucismo de América; el único problema válido es el problema histórico de cómo se constituyó el español de América.
Athenaica nos permite regresar a esos temas y recoger el guante dejado por Rosenblat para, primero, leer sus trabajos y aprender de ellos, como hicimos antes y hacemos también ahora, y, segundo, para plantearnos nuevamente las cuestiones que dieron pie a estos ensayos sobre una realidad que no cesa de cambiar ni de mostrar la riqueza de la diversidad y el precioso entramado de culturas e historias que le da sentido y anuncia un futuro, felizmente, indócil.
Carlos Garatea G.
Pontificia Universidad Católica del Perú Lima,
junio 2016
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