EL Rincón de Yanka

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lunes, 27 de abril de 2020

SER IGLESIA: NO SOMOS UN BAR NI UN ESTADIO ⛪🎪🏪


No somos un bar ni un estadio

Ha pasado ya una semana de la irrupción, probablemente ilegal y anticonstitucional, de la policía en la Catedral de Granada y en algunos otros templos de la ciudad.
En un primer momento no quise decir nada, porque cuando uno está enfadado es mejor callarse y dejar pasar un poco de tiempo. Pienso que ha llegado el momento de hacer algún comentario.
El despropósito de esa irrupción de la policía arranca de una visión de la jugada radicalmente diferente. Para una autoridad no cristiana o con una fe floja, un templo es un lugar de reunión, muy poco distinto a lo que pueda ser un bar, un estadio, o una sala de cine. Desde este punto de vista es coherente que, si los otros lugares de reunión están cerrados, también deberían cerrarse las iglesias.

El problema estriba en que hay un error de bulto en el planteamiento. Una iglesia no es un lugar de reunión, sino la casa de Dios: un lugar al que, una persona con fe, tiene derecho –amparado por la Constitución– de acudir cuando lo necesite, para hablar con Dios, o adorarle como mejor sepa y quiera. Derecho que ha sido respetado por el Real Decreto del estado de alarma del 14 de marzo, en su artículo número 11, que admite incluso la asistencia a la Santa Misa con el único requisito de que se cuiden las medidas de prudencia necesarias para evitar los contagios: separación suficiente, etc.

Me parece que este conflicto debería hacernos reflexionar a los cristianos. ¿No será que, con nuestra actuación, hemos dado la impresión de que nuestras iglesias son un lugar de reunión social, en vez de la casa de Dios? ¿A qué vamos a las iglesias? ¿Cuando estamos en una boda, en un funeral o unas primeras comuniones… estamos adorando y hablando con Dios?, ¿o estamos más bien hablando con los de al lado? Hay un gran número de cristianos, es evidente, que saben estar en el templo con la reverencia debida al Dios escondido en el sagrario; pero no son pocos los que han perdido ese sentido de la trascendencia.

Si los cristianos, en nuestros templos, no sabemos comportarnos de un modo que deje claro que no son lugares de encuentro social, sino sitios para adorar y tratar a Dios… ¿cómo pretender que las personas sin fe no los consideren simplemente como un lugar más de reunión?
Y, con todo respeto a quienes puedan opinar de modo distinto, pienso que, en la situación de pandemia en la que nos encontramos, nuestros templos deberían estar abiertos todo el día. Pienso –repito que es una opinión personal– que la Iglesia debería dar un fuerte ejemplo de fe real y práctica. Y ese ejemplo debería pasar, entre otras cosas, por abrir las puertas de los templos de par en par.
Aunque venga poquísima gente. Pero que nunca, nadie, pueda decir que ha ido a una iglesia en un tiempo de necesidad como este… y se la ha encontrado cerrada. Si nuestras iglesias son la casa de Dios, no podemos cerrar las puertas a nadie, y menos en un momento de dolor y sufrimiento como el actual.

Estamos en unos momentos muy angustiosos para muchas personas, y es tarea de los sacerdotes ofrecerles la posibilidad de rezar delante del sagrario, así como de escucharles cuando tengan necesidad. Y también, lógicamente, de ayudar a resolver las numerosas situaciones de extrema penuria económica que están dándose estos días. Las parroquias abiertas estamos recibiendo un auténtico aluvión de personas desesperadas, que no tienen donde dormir o qué comer. Con la iglesia cerrada es imposible ayudar a nadie.

Evidentemente, con la prudencia necesaria para evitar contagios. No estoy proponiendo una vuelta masiva a Misa, sino que las iglesias no estén cerradas. Además, es mucho más fácil evitar la infección en una iglesia, que en un supermercado o en un lugar de trabajo. No hay ningún peligro de contagio cuando en un templo como la catedral de Granada, donde caben miles de personas, acuden a misa una veintena: están más separadas y con menos contacto que en un supermercado o en la cola de la farmacia.
En resumen: son momentos duros; pero, precisamente estos momentos duros son, a la vez, los momentos de la fe. Momentos para demostrar con hechos reales que nuestra fe no es una mera cuestión cultural.
Y esa demostración pasa, entre otras muchas cosas, por defender, entre todos, nuestro derecho a rezar en las iglesias. Nuestros templos no son bares ni estadios de fútbol.
Jorge Ordeig Corsini 
es doctor en Filosofía 
e Ingeniero de Telecomunicaciones
Párroco de la iglesia de San Ildefonso, de Granada

LA NUEVA (SUB) NORMALIDAD EN LA MISA
ESTO OCURRE EN MÉXICO - ARGENTINA - ESPAÑA, ETC, ETC. 

MASCARILLAS, TAPABOCAS, GUANTES, ALCOHOL EN GEL, DISTANCIA SOCIAL  Y LA MISA  NOVUS ORDO (Nuevo Orden de los Siglos) aparece en el reverso del Gran Sello de los Estados Unidos, diseñado por primera vez en 1782 e impreso en la parte de atrás del billete de un dólar estadounidense desde 1935. CADA VEZ PEOR...




ESCUCHEN ESTO SACERDOTES ! Y GENTE DE IGLESIA, ESCUCHEN !


San Francisco de Sales: "Los enemigos declarados de Dios y de la Iglesia deben ser atacados y censurados con toda la fuerza posible. La caridad obliga a gritar al lobo cuando un lobo se ha deslizado al medio del rebaño y aún en cualquier lugar que se lo encuentre” 
Santo Tomás de Aquino: “Si soportar las injurias que nos alcanzan personalmente (y respetar a las personas que las profieren) es un acto virtuoso, soportar las que atañen a Dios es el colmo de la impiedad”.
Quien No Se Encoleriza Santamente Cuando lo Exige La Razón, Peca: San Juan Crisóstomo: “Sólo aquel que se indigna sin motivo se vuelve culpable; quien se indigna por un motivo justo no tiene culpa alguna. Pues, si faltase la ira la ciencia de Dios no progresaría, los juicios no tendrían consistencia y los crímenes no serían reprimidos. Más aún: aquel que no se indignare cuando la razón lo exige, comete un pecado grave; pues la paciencia no regulada por la razón, propaga los vicios, favorece las negligencias y lleva al mal, no solamente los malos, sino sobre todo los buenos”. (Hom. XI, In Nath.)


MASCARILLEIROS
DIMISIÓN JULIÁN BARRIO BARRIO
AVISO sobre el uso de mascarilla en el interior 
de la Catedral de Santiago de Compostela
Coruña Galicia

domingo, 26 de abril de 2020

LIBRO "SE HACE TARDE Y ANOCHECE" DEL CARDENAL ROBERT SARAH 🌑🕂🌕

EL MISTERIO DE JUDAS

Gloria Esteban Villar (Traductor), 
Nicolas Diat (Colaborador)

«La Iglesia, que debería ser un lugar de luz, 
se ha convertido en una madriguera de tinieblas»
«¡NO DUDEN! ¡MANTENGAN FIRME LA DOCTRINA! ¡MANTENGAN LA ORACIÓN!»

En su libro "Se hace tarde y anochece", el cardenal Robert Sarah abre su alma para abordar la espantosa crisis que sufre la Iglesia: «No quiero adormecerlos con palabras tranquilizantes y mentirosas. No busco ni el éxito ni la popularidad. ¡Este libro es el grito de mi alma! Es un grito de amor por Dios y por mis hermanos»

"En la raíz de la quiebra de Occidente hay una crisis cultural e identitaria. Occidente ya no sabe quién es, porque ya no sabe ni quiere saber qué lo ha configurado, qué lo ha constituido tal y como ha sido y tal y como es. Hoy muchos países ignoran su historia. Esta autoasfixia conduce de forma natural a una decadencia que abre el camino a nuevas civilizaciones bárbaras".

Esta afirmación del cardenal Robert Sarah resume el propósito del tercer libro de entrevistas con Nicolas Diat, la profunda crisis espiritual, moral y política del mundo contemporáneo: crisis de la fe y de la Iglesia, declive de Occidente, traición de sus élites, relativismo moral, globalización sin límites, capitalismo desenfrenado, nuevas ideologías, agotamiento político, entre otros. Tras tomar conciencia de la gravedad de la crisis, el cardenal propone los medios para evitar el infierno de un mundo sin Dios, sin el hombre y sin esperanza.
El camino de la vida del hombre ha de experimentar la elevación del alma para difundirla a su alrededor y dejar en herencia una criatura más excelsa de lo que era al entrar en este mundo: con la certeza de hacer lo que está a nuestro alcance, que es lo que nos pide Dios que está siempre bien cercano a nosotros.
Robert Sarah nació en Guinea en 1945. Sacerdote desde 1969, en 1979 fue nombrado Arzobispo de Conakri, con 34 años de edad. En 2001 Juan Pablo II lo llamó a la Curia romana, donde desempeñó sucesivamente dos altos cargos. Benedicto XVI lo creó Cardenal en 2010, y en 2014 el Papa Francisco lo nombró Prefecto de la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los Sacramentos.

El libro, el último volumen de tres que ha escrito con el autor francés Nicolas Diat, será «el más importante» debido a lo que dice acerca la «decadencia de nuestro tiempo» que tiene «todas las caras del peligro mortal».
El cardenal guineano de 74 años dijo que después de sus dos libros anteriores "Dios o nada" y "La Fueza del Silencio", este es el «último volumen de la trilogía que quería escribir».

"Dios o nada": Entrevista sobre la fe fue una entrevista autobiográfica publicada en el 2015 que detalla cómo se inspiró en los sacerdotes misioneros que habían hecho grandes sacrificios para llevar la fe a su aldea remota. Recordó también cómo se convirtió en sacerdote en medio de la opresión de la Iglesia por parte del gobierno guineano y cómo llegó luego a ser obispo y cardenal.
Su segundo libro, "La Fueza del silencio": Frente a la dictadura del ruido , se publicó en 2017. En él, el Cardenal Sarah hizo un tratado espiritual sobre la fuerza del silencio en un momento en que la tecnología penetra en las vidas de las personas y el materialismo ejerce una poderosa influencia en el mundo moderno.
El silencio, escribió, «es más importante que cualquier otra obra humana, porque expresa a Dios. La verdadera revolución viene del silencio; nos lleva hacia Dios y hacia los demás para colocarnos humildemente y generosamente a su servicio».


«No quiero adormecerlos con palabras tranquilizantes y mentirosas. No busco ni el éxito ni la popularidad. ¡Este libro es el grito de mi alma! Es un grito de amor por Dios y por mis hermanos» Cardenal Sarah
¿Por qué tomar de nuevo la palabra? En mi libro anterior, os invito al silencio. Sin embargo, no puedo callarme. No debo callarme. Los cristianos están desorientados. Cada día, recibo de todas partes las llamadas de auxilio de quienes ya no saben qué creer. Cada día, recibo en Roma a sacerdotes desanimados y heridos. La Iglesia atraviesa la experiencia de la noche oscura. El misterio de iniquidad la envuelve y la ciega.

Diariamente nos llegan noticias cada vez más aterradoras. No pasa ni una semana sin que un caso de abuso sexual se nos revele. Cada una de estas revelaciones lacera nuestro corazón de hijos de la Iglesia. Como decía san Pablo VI, el humo de Satanás nos invade. La Iglesia, que debería ser un lugar de luz, se ha convertido en una madriguera de tinieblas. Ésta debería ser una casa familiar segura y apacible, y ¡he ahí que se ha convertido en una cueva de ladrones! ¿Cómo podemos soportar que entre nosotros, en nuestras filas, se haya introducido predadores? Numerosos sacerdotes fieles se comportan cada día como pastores solícitos, en padres llenos de dulzura, en guías firmes. Pero ciertos hombres de Dios se han convertido en agentes del Maligno. Estos han buscado profanar el alma de los más pequeños. Han humillado la imagen de Cristo en cada niño.

¡Desgraciadamente, Judas!

Los sacerdotes del mundo entero se han sentido humillados y traicionados por tantas abominaciones. Después de Jesús, la Iglesia vive el misterio de la flagelación. ¡Su cuerpo está lacerado. ¿Quiénes son los que golpean? Aquellos mismos que deberían amarla y protegerla! Sí, me atrevo a tomar prestadas las palabras del Papa Francisco: el misterio de Judas se cierne sobre nuestro tiempo. El misterio de la traición transpira por los muros de la Iglesia. Los abusos sobre los menores lo revelan de la manera más abominable. Pero se necesita tener el valor de mirar nuestro pecado a la cara: esta traición ha sido preparada y causada por muchos otros, menos visibles, más sutiles pero al mismo tiempo profundos. Vivimos después de mucho tiempo el misterio de Judas. Lo que ahora sale a la luz tiene causas profundas que es necesario tener el valor de denunciar con claridad. La crisis que vive el clero, la Iglesia y el mundo es radicalmente una crisis espiritual, una crisis de la fe. Vivimos el misterio de la iniquidad, el misterio de la traición, el misterio de Judas.

Permítanme meditar con ustedes sobre la figura de Judas. Jesús le había llamado como a todos los apóstoles. ¡Jesús le amaba! Él lo había enviado a anunciar la Buena Nueva. Pero poco a poco la duda se apoderó del corazón de Judas. De manera insensible, se puso a juzgar la enseñanza de Jesús. Se dijo a sí mismo: este Jesús es demasiado exigente, poco eficaz. Judas quiso hacer venir el Reino de Dios sobre la tierra, enseguida, por medios humanos y según sus planes personales. Sin embargo, había escuchado a Jesús decirle: « No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos » (Is 55, 8). Judas se alejó a pesar de todo. Ya no escuchó a Cristo. Ya no le acompañó en aquellas largas noches de silencio y de oración.

Judas se refugió en los asuntos del mundo. Se ocupó de la bolsa, del dinero y del comercio. El mentiroso continuaba siguiendo a Cristo, pero ya no creía. Él murmuraba. La tarde del Jueves Santo, el Maestro le había lavado los pies. Su corazón debió estar bien endurecido para no dejarse tocar. El Señor estaba ahí frente a él, de rodillas, servidor humillado, lavando los pies de aquel que debía entregarlo. Jesús posó sobre él una última vez su mirada llena de dulzura y de misericordia. Pero el diablo ya se había introducido en el corazón de Judas; él no bajó la mirada. Interiormente, debió pronunciar la antigua palabra de la revuelta: « non serviam », « no serviré ». En la Última Cena, él comulgó mientras que su proyecto esperaba. Aquella fue la primera comunión sacrílega de la historia. Y él traicionó.

Judas es para la eternidad el nombre del traidor y su sombra se cierne hoy sobre nosotros. Sí, como él, ¡hemos traicionado! Hemos abandonado la oración. El mal del activismo eficaz se infiltró por doquier. Buscamos imitar la organización de las grandes empresas. Olvidamos que sólo la oración es la sangre que puede irrigar el corazón de la Iglesia. Afirmamos que tenemos tiempo para perder. Queremos emplear ese tiempo en obras sociales útiles. Aquel que ya no reza, ya ha traicionado. Ya está listo para todos los compromisos con el mundo. Camina sobre el camino de Judas.

Toleramos todas las puestas en causa. La doctrina católica es puesta en duda. En nombre de posturas llamadas intelectuales, los teólogos se divierten deconstruyendo los dogmas, vaciando la moral de su sentido profundo. El relativismo es la máscara de Judas disfrazada de intelectual. ¿Cómo asombrarse cuando nos enteramos que tantos sacerdotes rompen sus compromisos? Relativizamos el sentido del celibato, reivindicamos el derecho a tener una vida privada, lo que es contrario a la misión del sacerdote. Algunos llegan incluso a exigir el derecho a conductas homosexuales. Los escándalos se suceden, entre los sacerdotes y entre los obispos.

El misterio de Judas se extiende. Quiero entonces decir a todos los sacerdotes: Permaneced fuertes y rectos. Ciertamente, por causa de algunos ministros, seréis etiquetados como homosexuales. Se arrastrará al lodo a la Iglesia católica. Se la presentará como si estuviera compuesta por completo de sacerdotes hipócritas y ávidos de poder. Que vuestro corazón no se turbe. El Viernes Santo, Jesús fue acusado de todos los crímenes del mundo, y Jerusalén gritaba: « ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! » No obstante las encuestas tendenciosas que os presentan la situación desastrosa de eclesiásticos irresponsables con una anémica vida interior, al mando del mismo gobierno de la Iglesia, permaneced serenos y confiados como la Virgen y San Juan al pie de la Cruz. Los sacerdotes, los obispos y los cardenales sin moral no empañarán en nada el testimonio luminoso de más de cuatrocientos mil sacerdotes a través del mundo que, cada día y en fidelidad, sirven santa y alegremente al Señor. A pesar de la violencia de los ataques que pueda sufrir, La Iglesia no morirá. Es la promesa del Señor, y su palabra es infalible.

Los cristianos tiemblan, vacilan, dudan. He querido este libro [‘Le soir approche et déjà le jour baisse’] para ellos. Para decirles:
¡No duden! ¡Mantengan firme la doctrina! ¡Mantengan la oración! He querido este libro para reconfortar a los cristianos y a los sacerdotes fieles.
El misterio de Judas, el misterio de la traición, es un veneno sutil. El diablo busca hacernos dudar de la Iglesia. Quiere que la veamos como una organización humana en crisis. Sin embargo, ella es más que eso: ella es Cristo continuado. El diablo nos empuja a la división y al cisma.
El diablo quiere hacernos creer que la Iglesia ha traicionado. Pero la Iglesia no traiciona. La Iglesia, llena de pecadores, ¡ella misma es sin pecado! Habrá siempre bastante luz en ella para quienes buscan a Dios. No seáis tentados por el odio, la división, la manipulación. No se trata de crear un partido, de dirigirnos los unos contra los otros: « El Maestro nos ha puesto en guardia contra estos peligros al punto de tranquilizar al pueblo, incluso respecto a los malos pastores: no era necesario que a causa de ellos se abandonara la Iglesia, este púlpito de la verdad […] No nos perdamos entonces en el mal de la división, por causa de aquellos que son malvados », decía ya San Agustín (carta 105).

La Iglesia sufre, ella es burlada y sus enemigos están al interior. No la abandonemos. Todos los pastores son hombres pecadores, pero llevan en ellos el misterio de Cristo.
¿Qué hacer entonces? No se trata de organizar y poner en obra estrategias. ¿Cómo creer que podríamos mejorar por nosotros mismos las cosas? Ello sería entrar todavía en la ilusión mortífera de Judas.
Ante la avalancha de pecados en las filas de la Iglesia, estamos tentados a querer tomar las cosas en nuestras manos.
Estamos tentados a querer purificar la Iglesia por nuestras propias fuerzas. Esto sería un error.

¿Qué haríamos nosotros? ¿Un partido? ¿Una corriente? Tal es la tentación la más grave: el oropel de la división. Bajo pretexto de hacer el bien, nos dividimos. No reformamos la Iglesia por la división y el odio. ¡Reformamos la Iglesia comenzando por cambiarnos a nosotros mismos! No dudemos, cada uno en nuestro lugar, en denunciar el pecado comenzando por el nuestro.
Tiemblo ante la idea de que la túnica sin costuras de Cristo corra el riesgo de ser desgarrada de nuevo. Jesús sufrió la agonía viendo por adelantado las divisiones de cristianos. ¡No le crucifiquemos de nuevo! Su corazón nos suplica: ¡tiene sed de unidad! El diablo teme ser nombrado por su nombre. Él ama envolverse en la niebla de la ambigüedad. Seamos claros. «Mal nombrar las cosas, es sumar a la desgracia del mundo», decía Albert Camus.

En este libro no dudaré en tener un lenguaje firme. Con la ayuda del escritor Nicolas Diat, sin quien pocas cosas habrían sido posibles y que ha estado desde que escribí ‘Dios o nada’ con una fidelidad sin falla, quiero inspirarme en la palabra de Dios que es como una espada de dos filos. No tengamos miedo de decir que la Iglesia tiene necesidad de una reforma profunda y que ésta última pasa por nuestra conversión.
Perdonen si algunas de mis palabras os incomodan. No quiero adormecerlos con palabras tranquilizantes y mentirosas. No busco ni el éxito ni la popularidad. ¡Este libro es el grito de mi alma! Es un grito de amor por Dios y por mis hermanos. Os doy, a vosotros cristianos, la única verdad que salva. La Iglesia se muere porque los pastores tienen miedo de hablar con toda verdad y claridad. Tenemos miedo de los medios de comunicación, miedo de la opinión, ¡miedo de nuestros propios hermanos! El buen pastor da la vida por sus ovejas.
Hoy, en estas páginas, os ofrezco lo que es el corazón de mi vida: la fe en Dios. Dentro de poco tiempo, compareceré ante el Juez eterno. Si no os transmito la verdad que he recibido, ¿qué le diré entonces? Nosotros obispos deberíamos temblar al pensar en nuestros silencios culpables, en nuestros silencios de complicidad, en nuestros silencios de complacencia con el mundo.

A menudo me preguntan: ¿Qué debemos hacer? Cuando la división amenaza, es necesario reforzar la unidad. Ésta no tiene nada que ver con una atención del cuerpo como existe en el mundo. La unidad de la Iglesia tiene su fuente en el corazón de Jesucristo. Debemos mantenernos cerca de él. Ese corazón que ha sido abierto por la lanza para que podamos refugiarnos en él, será nuestra casa. La unidad de la Iglesia reposa sobre cuatro columnas. La oración, la doctrina católica, el amor a Pedro y la caridad mutua deben convertirse en las prioridades de nuestra alma y de todas nuestras actividades.

Cardenal Robert Sarah
Con Nicolas Diat
Traducción al español por Dominus Est.

Cardenal Sarah: 

«Ha llegado el momento de que las homilías recuerden la urgencia de la salvación»

El cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino entre los años 2014 y 2021, ha publicado un Catecismo de la vida espiritual con el que hacer frente a la descristianización avanzada y anemia espiritual que caracteriza nuestros tiempos. Christophe Geffroy le ha entrevistado en La Nef.
-¿Cuál es su objetivo al proponer a los lectores un Catecismo de la vida espiritual?
-La fe cristiana solo está completa cuando está viva. Sin esta vida del alma con Dios ¡somos cristianos muertos o agonizantes! La vida espiritual es el despliegue vital de nuestra unión con Dios a través de la oración y los sacramentos. He querido recordar a los cristianos los fundamentos de esta vida con Dios a la cual están llamados. Sin esta amistad con Dios, que nos da la gracia, esta intimidad del alma con su Creador en el amor, nos arriesgamos a convertirnos en personas áridas y desencarnadas o blandos y tibios. Solo la vida con Dios puede preservarnos de estos excesos y hacernos vivir según la verdad en la caridad y la dulzura. En este libro expongo con sencillez las leyes ineludibles de esta vida del alma. He querido llamarlo "catecismo" porque no quiero hacer grandes demostraciones, quiero que esta obra sea accesible a todos.
-¿Cree usted que a los cristianos de hoy en día les falta formación, sobre todo para fundamentar su vida espiritual?
-Sí, la formación tiene una importancia capital. ¿Cómo avanzar por este camino si no se nos enseñan los medios para progresar en él? Sería como emprender un viaje sin mapa ni equipamiento. A la menor dificultad nos arriesgamos a sentirnos descorazonados, a perder la esperanza y renunciar.
»¿Quién sabe hoy en día qué es el estado de gracia? ¿La gracia santificante? ¡Y sin embargo se trata de nuestra misma esencia de ser cristianos! Creo que es necesario que los sacerdotes no tengan miedo de enseñar la vida espiritual en las homilías y el catecismo. Después de todo, ¿no es esta la única materia en la que son irremplazables? Sabemos cómo encontrar laicos competentes para hablar de política y ecología, pero ¿quién guiará a la grey hacia el Cielo sino los pastores del rebaño? Además, Jesús, durante sus años de vida pública, no hizo más que enseñar la vida espiritual. El sermón de la montaña de los capítulos 5, 6 y 7 del evangelio de San Mateo es el primer "catecismo de la vida espiritual". Pero esto es verdad en todo el evangelio. Cuando Jesús recibe, de noche, a Nicodemo (Jn 3,1-21), se convierte en catequista de la vida del alma, explica qué es la vida de la gracia dada por los sacramentos.
-Usted habla sobre la pandemia y juzga con severidad las limitaciones al culto que entonces prevalecieron, sobre todo en Francia: ¿por qué esa limitación del culto es ilegítima cuando se trata, no de perseguir a los cristianos, sino de proteger a la población?
-Una cosa me asombró: nos ocupábamos mucho de la salud del cuerpo, del equilibrio económico de las empresas, pero nadie parecía preocuparse por la salvación de las almas.
Algunos sacerdotes fueron admirables, visitando a los enfermos, asistiendo a los moribundos, llevando la comunión y predicando por todos los medios. No podemos -¡nunca podemos!- impedir que un moribundo reciba la asistencia de un sacerdote. Es tarea de las autoridades políticas adoptar las medidas necesarias para impedir la propagación de las epidemias. Pero esto no puede hacerse en detrimento de la salvación de las almas. ¿Para qué sirve salvar el cuerpo si perdemos nuestra alma? Me impresionó mucho ver a jóvenes franceses movilizándose para reclamar la misa. Este es un bien esencial. No podemos estar privados de ella de manera indefinida.
-Impresiona un retroceso tan generalizado y rápido de la fe en Occidente: ciertamente, podemos ver la consecuencia de un anticristianismo antiguo y virulento, pero ¿es suficiente como análisis cuando observamos que nuestras sociedades occidentales ya no son cristianas más por indiferencia de los ciudadanos a las cosas de Dios que por el anticristianismo de los gobiernos? ¿Acaso la responsabilidad principal no es de los mismos cristianos?
-Ciertamente, la tibieza de los cristianos es la raíz más profunda de la apostasía que estamos viviendo. Cuando vivimos como si en práctica Dios no existiera, acabamos por no creer de todo en Él.
Portada del 'Catecismo de la vida espiritual' del cardenal Sarah.
»Que quede claro, la persecución latente llevada a cabo por la cultura contemporánea actúa como acelerador de este movimiento. Las almas más débiles se dejan tocar por este veneno del ateísmo práctico transmitido por doquier en la cultura dominante.
»Creo que cuanto más hostil sea el mundo a Dios, más deben vigilar los cristianos su vida espiritual. Es la única resistencia posible al ateísmo líquido que nos rodea y nos asfixia. Un cristiano ferviente es un verdadero resistente a la cultura de la muerte que impregna la sociedad. La vida del alma nos preserva de este veneno extendido.
-En su libro usted cita con frecuencia el Concilio Vaticano II y, sobre todo, Gaudium et spes, constitución conciliar que es la "bestia negra" de ciertos tradicionalistas que en ella ven la ruptura con el magisterio anterior por la manifestación del "culto al hombre" que habría sustituido al "culto a Dios". ¿Qué les responde y como analizaría usted los pasajes del papa Francisco que, en su carta a los obispos que acompaña a Traditiones custodes, amonestaba a los tradicionalistas que, además de la misa de Pablo VI, rechazan también el Concilio Vaticano II visto como ruptura del magisterio?
-No soy nadie para juzgar ni para dar lecciones. Pero gracias a mi fe católica sé con toda certeza y seguridad que la Iglesia no se contradice. En consecuencia, los que convierten al Concilio Vaticano II como un punto de ruptura, sea para alegrarse, sea para lamentarse, se equivocan. Consideran que la Iglesia es una sociedad sometida a los vientos de los partidos y opiniones (conservadores, progresistas, tradicionalistas...). Todo esto no es más que la superficie de las cosas. La Iglesia es la barca de Cristo, ella nos lleva al Cielo. Nunca se contradirá sobre las cosas de la fe.
»El Concilio debe ser leído a la luz de toda la enseñanza tradicional de la Iglesia. No hace más que poner de relieve, bajo un día nuevo, lo que la Iglesia ha creído y enseñado siempre para el crecimiento de la vida de la gracia en nuestras almas. Cualquier otra lectura del Concilio, en un sentido u otro, estaría dictada por la ideología y no por la fe.
-Usted deplora la pérdida del sentido del pecado, incluso en los católicos que, según usted observa, se confiesan muy poco, hasta el punto que prácticas como el aborto o la unión de personas del mismo sexo ya no son consideradas como pecado: ¿cómo se puede explicar esta situación y cómo se debe hablar a nuestros contemporáneos que no entienden la posición de la Iglesia en estos temas?
-Creemos que la Iglesia condena a las personas cuando lo que quiere es iluminarlas y llevarlas por el camino de la salvación. La vida del alma es la vida que Dios nos da por la gracia santificante recibida en el bautismo. La gracia es esta amistad con Dios que le permite residir en nosotros como su morada.
»Hay actos que, objetivamente, no son compatibles con esta amistad divina, son nuestros pecados graves, nuestros pecados mortales. Matan en nosotros la vida divina, la vida espiritual. Un pecado, para ser mortal, debe ser plenamente deliberado, cometido con toda consciencia de la gravedad del acto y en un tema grave. Todo ello atañe al secreto de las conciencias. Pero la Iglesia, para iluminarlas, debe recordar que ciertos comportamientos contradicen objetivamente la alianza de amistad con el Creador. Es tarea de los sacerdotes acoger a cada alma con bondad y misericordia en el sacramento de la confesión. Cada historia es única y Cristo no nos reduce a nuestras faltas.
»La práctica del sacramento de la penitencia es una necesidad absoluta para renovar en nosotros la vida de la gracia que el pecado oscurece. Un alma viva se confiesa con reconocimiento, un alma tibia abandona la confesión, por lo que está en peligro de muerte.
-Actualmente se insiste, con razón, sobre la misericordia de Dios contra una visión, a veces un poco jansenista, de la religión que antaño castigaba con dureza; pero ¿no hemos ido demasiado lejos en este sentido inverso, dando así la impresión de que la salvación ya no es el reto principal -¿quién predica hoy en día los fines últimos en la Iglesia?-, de que el pecado no debe ser denunciado, como si todo el mundo se salvara automáticamente y el infierno se quedara vacío? ¿Dónde está el justo equilibrio?
-¡El equilibrio no está a medias entre el jansenismo y el laxismo! ¡En absoluto! ¡La vida cristiana está totalmente impregnada de misericordia porque es consciente de la tragedia del pecado!
Sacerdote en el confesionario.
Un alma que no se confiesa está en peligro de muerte, advierte el cardenal Sarah. Foto: Alessandro Vicentin / Cathopic.com
»La misericordia es el Corazón de Dios que quiere salvarme de mi miseria. Mi miseria es mi pecado, que me aleja de Dios. Dios me ofrece la salvación eterna por pura misericordia. Ha llegado el momento de que las homilías recuerden la urgencia de la salvación. Nuestra vida espiritual no es otra cosa que la salvación eterna empezada y anticipada. ¿Acaso tenemos otro objetivo, otra preocupación en la tierra que valga la pena? No; estamos aquí para dejarnos salvar por Dios, para recibir de Él nuestra salvación eterna.
»Es justo que hablemos del infierno. Porque Dios nos deja libres de rechazar esta salvación. El infierno es la salvación rechazada. El Cielo es la salvación aceptada y recibida. Estas realidades deberían ser el centro de todas nuestras predicaciones. Es esto lo que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo esperan de la Iglesia. Todo el resto es secundario. Es el corazón de la predicación de Jesús en el evangelio.
-Usted escribe que la institución del matrimonio está en peligro. ¿Cómo hemos llegado a una situación que habríamos juzgado imposible hace poco tiempo atrás (como negar la diferencia entre hombre y mujer)? ¿Qué podemos hacer para luchar contra una tendencia que, en nombre de la libertad individual, parece hoy en día imposible revertir?
-Los cristianos tienen por caridad la obligación de dar testimonio de la verdad. ¿Cómo puede creer la mayoría si no se proclama la buena nueva revelada por Dios sobre el matrimonio? Los cristianos deben anunciar lo que Cristo nos ha enseñado acerca del matrimonio. Pero, sobre todo, ¡deben vivirlo! Al ver a un matrimonio cristiano, deberíamos poder decir: ¡es perfecto! Pero más bien, a pesar de sus pecados y sus límites, se aman como Dios nos ama. Las parejas cristianas deben ser evangelizadoras a través del ejemplo y el testimonio.
»Su alegría debe enseñarnos que la fidelidad hasta la muerte, lejos de ser un yugo insoportable, es fuente de libertad. La comunión eucarística de los esposos es la fuente de su vida espiritual. Reciben lo que están llamados a formar: el cuerpo de Cristo. Necesitamos familias cristianas que nos demuestren que esta vía es posible y gozosa. Las leyes de la Iglesia sobre el divorcio, la imposibilidad de que los divorciados vueltos a casar comulguen, no son leyes inventadas por la rigidez del clero, sino que expresan y protegen la coherencia íntima de la vida espiritual.
-Desde un punto de vista humano, en nuestros países europeos, el futuro es poco alentador para la Iglesia y los cristianos, que están convirtiéndose en una pequeña minoría; sin embargo, esta no parece ser la preocupación principal de nuestros pastores. ¿No somos los cristianos demasiado tímidos, demasiado timoratos con los desafíos cruciales que tenemos ante nosotros?
-Estamos ante un desafío inmenso y decisivo. ¿Somos capaces de ofrecer la salvación del alma a todas estas poblaciones que la ignoran? Doy gracias a Dios por los misioneros franceses que vinieron hasta donde yo vivía, hasta África, para ofrecerme este servicio. Ahora me toca a mí, e invito a todos los cristianos a hacerse misioneros.
»Las almas están muriendo de sed, no podemos guardarnos para nosotros los tesoros de la vida espiritual.
Traducido por Verbum Caro.




Presentación completa del libro 'Se hace tarde y anochece' 
del cardenal Robert Sarah en Madrid (desde el min. 43:54)


sábado, 25 de abril de 2020

PRÓLOGO DEL LIBRO "ÚLTIMAS NOTICIAS DEL HOMBRE (Y DE LA MUJER)" POR FABRICE HADJADJ 📰

ÚLTIMAS NOTICIAS DEL HOMBRE
 (Y DE LA MUJER) 
PRÓLOGO

Últimas noticias del hombre (y de la mujer) no es un libro más de Fabrice Hadjadj. Originariamente, no fue un ensayo sobre un tema concreto, sino una colección de artículos aparecidos en "Avvenire" con periodicidad semanal, entre septiembre de 2015 y julio de 2017. 
Este prólogo pretende explicar, sobre todo, por qué esta circunstancia permite que la prosa de Hadjadj brille como nunca (¡y ya es decir!) y por qué arroja luz sobre las obras anteriores y sobre el carácter del propio autor. Pero empecemos por el principio.

Fabrice Hadjadj (Nanterre, 1971) es, además del escritor católico de moda, muchas otras cosas, y no me refiero esta vez a sus múltiples raíces biográficas -francés de origen judío, apellido y familia tunecina y padres maoístas, con pasado nihilista y revolucionario, converso desde 1998, casado con la actriz Siffreine Michel y padre por ahora de siete hijos-, aunque todas esas cosas, todas, una tras otra, dejan una huella muy honda en su escritura. Fabrice Hadjadj es también escritor teatral, aplaudido conferenciante y cantautor casi secreto.

En España, la editorial "Nuevo Inicio", loable iniciativa del Arzobispado de Granada, apostó por empezar, fiel a su nombre, a traducir al entonces desconocido autor. Lo hizo en espléndidas versiones Sebastián Montiel, el mismo traductor de este volumen. En Granada se han editado "La fe de los demonios" (2010), "La profundidad de los sexos" (2010), "Tenga usted éxito en su muerte" (2011), "El paraíso en la puerta" (2012), "¿Cómo hablar de Dios hoy?" (2013), "¿Qué es una familia? "(2015) y "Puesto que todo está en vías de destrucción" (2016). Cuando una misma editorial (y pequeña) sostiene ese esfuerzo ciclópeo sin solución de continuidad y a todo ritmo, es que, además de otras consideraciones más elevadas, ha dado con un público. Encima, lejos de agotar el mercado o de saturarlo, Hadjadj ha enraizado en España, y a los libros publicados en "Nuevo Inicio", se han sumado la BAC, que publicó, traducido por José Luis Abares, una estremecedora (y divertidísima) obra de teatro "Job o la tortura de los amigos" (2015); y Ediciones Rialp, con "La suerte de haber nacido en nuestro tiempo" (2016) en traducción de Gloria Esteban. Horno Legens se une ahora a la fiesta con estas "Últimas noticias del hombre (y de la niujer)".

Porque Fabrice Hadjadj es una fiesta. Sus raíces intelectuales coinciden con sus raíces biográficas y él no las oculta, las exalta. Presume del pensamiento judío, del que se siente heredero, y al que cita con fruición. ¡Qué de historias talmúdicas en sus libros! También se le notan las maneras del revolucionario que fue en su querencia a la provocación y en su irreprimible pasión por epatar al burgués. ¡Qué francesa es, finalmente, su fascinación por esa femme fatale que es la frase refinada!

Si conjugar en una obra extensa y coherente todas esas raíces ya tiene un enorme mérito y un gran atractivo, más aún su capacidad de armonizar todos los intereses intelectuales y vitales que se le ramifican. Si fuera de sus libros ya dijimos que es escritor teatral, aplaudido conferenciante e, incluso, cantante casi secreto; en ellos, Hadjadj es, a la vez, teólogo, filósofo, crítico literario, exégeta bíblico, comentarista de tendencias sociales, polemista, humorista, cascarrabias, vividor, micro-narrador y poeta entrelíneas. De todo ello, menos dela canción de autor, quedan testimonios en sus páginas.
Quizá lo más urgente sea subrayar que hace auténtica teología porque es lo más elevado y porque es lo que sostiene todo lo demás. Más claro no puede avisarlo: 

"Cuando se pretende fundamentar el humanismo sobre el hombre mismo, ocurre lo mismo que cuando se pretende erigir un edificio al margen de cualquier apoyo exterior: se derrumba. Para que el edificio pueda elevarse, le hace falta un suelo. Para que el hombre pueda elevarse, le hace falta un cielo". 

El afán teológico es un propósito firme de Hadjadj: tras citar a Benny Lévy ("¿y si bajo los adoquines de la política se escondiera la playa de la teología?"), explicita que la misión del pensamiento es "excluir lo cripto" y avisa de que "lo político es criptoteológico". Sin embargo, porque lo teológico parece que ya no entra para nada en nuestros cálculos y como él no ahueca jamás la voz, puede pasársenos por alto tal interés en lo Alto. Asombra la cantidad de lecturas que confluyen en unos textos de factura tan desenfadada. Ha leído a fondo a santo Tomás de Aquino, a Bernanos, a Pascal, a Girard; ha dialogado desde la fe con Baudelaire, con Houellebecq, con Finkielkraut; ha venerado a santa Teresa de Jesús, a santa Teresita de Lisieux, a la beata Teresa Benedicta de la Cruz y a la madre Teresa de Calcuta, y no por fijación con un nombre, sino por el interés en una linea continuada de espiritualidad que ese nombre resalta. Pero lo que más y mejor ha leído Fabrice Hadjadj es la Biblia. Deslumbran sus análisis textuales, ante los que se siente la gravitación de la raza, la sabia herencia de los cabalistas.

Aunque tan francés, trae muy bien aprendida la lección de los apologetas ingleses. La fe de los demonios recordaba, más que nada, a "Las cartas del diablo a su sobrino" de C. S. Lewis. En ambas obras se utiliza al demonio como guía moral (contrario sensu, por supuesto) y a la ironía como herramienta ascética. Pero Chesterton es el gran predecesor de Hadjadj. Le ha heredado la pasión por las paradojas, el recurso al humor como excusa para decir lo que nadie se atreve por demasiado serio y la alegría corno telón de fondo de la vida.

Como Chesterton, Hadjadj es un escritor excelente. A veces, demasiado, si puede decirse así, pues algo abusa de los juegos de palabras. ¿No define su obra como una lección de Ka(ra)tecismo , técnica de lucha doctrinal? La mayoría de sus incesantes juegos de ingenio son, sin embargo, brillantes, iluminan al lector y contribuyen a hacer de la filosofía una disciplina con chispa. Coincidiendo, de nuevo, con Chesterton, la explicación de tanto jugueteo es teológica. Hadjadj se ha tomado en serio la encarnación. Por eso, su gozosa defensa del sexo, naturalmente. Y esa repugnancia casi física al intelectualismo, a la gnosis y a las teorías que no se realizan (todo lo imperfectamente que sea) en una vida concreta. Contra la tentación del quietismo escribe esta frase definitiva: "Abandonarse a Dios es abandonarse a la causa primera de todo obrar". Su amor por los significantes y por la sintaxis no es sino la expresión verbal de un materialismo que paladea hasta el mínimo acento y se goza con la más forzada aliteración. Los sonidos y las letras, los significantes, son el cuerpo de los significados, y es natural que un partidario del sexo se recree así en su plástica materia.

De ahí deriva la agotadora intensidad que ofrece y exige su lectura. Su obra no da un respiro al lector. Sus libros monográficos no siguen un hilo argumentativo, sino un reguero de pólvora. Lo reconoce abiertamente cuando nos invita a abrirlos por donde queramos, sin guardar ningún orden. Allí (o sea, en cualquier parte) encontraremos un polvorín de ideas capaces de hacernos saltar por los aires. O de hacer saltar por los aires, mejor dicho, nuestras cómodas ideas preconcebidas y nuestra confortable moral de salón. "Cuidado, que explota", deberían avisar las portadas de sus libros.

La explosión del fenómeno Hadjadj resulta estimulante. Celebro su éxito comercial a posta y contra mi querencia, como excepción. En condiciones normales, apenas doy importancia al éxito de un escritor que me gusta. Deduzco, como mucho, que su éxito es un accidente que no añade nada de nada a su calidad intrínseca. Por supuesto, Hadjadj me interesaría lo mismo si fuese un autor secreto, pero de su predicamento me alegro en especial. Es un indicio de esperanza.

Significa que lo que podríamos llamar "el método Chesterton" sigue vivo y coleando. No consiste, como piensan algunos, en la llana declaración de la ortodoxia a contrapelo, con lo meritoria que pueda ser esa declaración, sino en una manera particular de sostener la ortodoxia. Sin ninguna concesión en lo doctrinal, pero con toda la versatilidad del talento literario: fe y razón, sí, y también estilo. Englobándose en el estilo, las paradojas , por supuesto, y el humor (la fe y la gracia) y el cariño a los rivales ideológicos, esto es, la suprema caridad de señalarles que están bastante equivocados sin negarles ni un ápice de la verdad que pudieran tener sus discursos, ni darlos a ellos jamás por perdidos. Éstos agradecen, generalmente, que se les trate como adultos, que no se les adultere el desacuerdo y que, si acaso, se les endulce sólo con las buenas maneras del aprecio personal. ¡Están tan poco acostumbrados, últimamente, a lo uno y a lo otro!

Ese espíritu chestertónico, exacerbado en Hadjadj, es el causante de algunos de los que, a simple vista, pudieran parecer defectos suyos. La crítica, ojo, se la hace él solo: "Me da miedo no haber pasado de retórico", nos confiesa. Y se la remató una vez, según nos cuenta, Claude Mussino, un vecino: "Has estado muy brillante", le dijo, "tan brillante que teníamos la impresión de que muy bien hubieras podido defender la tesis contraria". Hadjadj a ratos brilla hasta perder la transparencia y parece capaz de sostener con repentinos relámpagos retóricos cualquier idea.

Queda bastante paradójico en el prólogo de un libro destacar algunos defectos menores del autor. ¿Por qué lo hago? Porque de entre toda la bibliografia de Hadjadj este libro es, como adelanté, el que mejor los conjura. Precisamente (¡otra paradoja más!) porque incurre en ellos más que ninguno de los precedentes. Y, de paso, los explica y aclara.

Fabrice Hadjadj es un escritor católico también en el sentido etimológico del término. El universo entero sostiene su fe y su visión. "El diablo triunfa cada vez que despreciamos una parcela de la creación, porque a través de ese desprecio se insulta a su Creador", nos ha advertido, y él, desde luego, ni desprecia ni deja la mínima parcela sin visitar. Husmea en todas. Es lógico que no se le acaben los ejemplos, las metáforas y las historias. Y también que, a veces, prime el apunte sobre el acabado. Va a toda pastilla y a todas partes. Avanza en zig-zags.

Él lo ha descrito reconociendo el síntoma, detectando una causa y regocijándose en las consecuencias. Nada más empezar ¿Qué es una familia?, advierte que ese libro "no hubiera nacido sin el concurso de los que me han impedido hacerlo".Es un libro sobre la familia que su familia no le ha permitido escribir (bien). Cuando le preguntan cómo hace para publicar tantos títulos con una familia tan numerosa, contesta: "Pues lo hago mal. Dejo que los niños hagan imposible mi Gran Obra, y dejo que los te'tos que sigo garabateando hagan que no pueda estar del todo disponible para los niños". "Pero puede que así lo esté haciendo bien. Porque lo que una y otra cosa pierden en perfección lo ganan en verdad de vida". Y en vibración estilística. Esta prosa nerviosa, fibrosa, forzuda, deshilachada por los bordes, esta prosa que nos electrifica, sería imposible sin la tensión familiar que la potencia. Vuelve a explicarlo: su familia es menos un obstáculo que un dique que hace que suba el nivel de las aguas. No estamos ante un autor que habla sobre la familia. Habla desde la familia, bajo la familia, con la familia, alrededor de la familia, desde dentro de la familia, sumergido. Él se lo diagnostica con su familia, pero le pasa, en realidad, con la realidad entera.
A las causas teológicas y a las consecuencias estilísticas, se suman las características filosóficas. Porque ese encontrarse desbordado y sin tiempo para investigar, deviene en una vuelta a los primeros principios, que le beneficia. Lo sabe muy bien: "El metafisico es, a menudo, un hombre demasiado perezoso para documentarse. Los demás tienen la diligencia de acumular montones de información y, por eso, se ven condenados a ser superficiales". Hadjadj puede ser profundo porque, gracias a su interés desperdigado y a su falta de tiempo para especializarse en todos sus frentes abiertos, ha de centrarse sin ren1edio en lo esencial de todo.

En ninguno de sus libros anteriores cumple tanto como "En últimas noticias del hombre (y de la mujer)" con este despliegue cósmico. "En la profundidad de los sexos", recogía la defensa de Parménides [Platón, Pannénides 13oc-e] de la filosofía que se ocupa del pelo, del barro, de la suciedad o de cualquier otra cosa despreciable y vil. Entonces, cuando Sócrates replica que tiene miedo a caer en algún abismo de necedad y perderse, Parménides le contesta: "Es que todavía eres joven, Sócrates, y la filosofía no te ha cogido aún con la mano firme con que, estoy seguro, te cogerá el día en que ya no desprecies esas cosas". Siendo este libro una colección de artículos de prensa, se propicia que Hadjadj se ocupe, a lo Parménides, de cualquier cosa. Era su querencia en todos los libros anteriores. Ahora la realiza. Ha encontrado el género literario para hacerlo a gusto, a bote pronto y a base de bien. El columnismo resulta un magnífico sostén para una atención de 360° a la redonda. Si lo dudan, vayan a ese artículo maravilloso al dedo gordo del pie. El dedo índice del filósofo del cuadro de Rafael, se convierte en cualquiera de los veinte dedos del hombre, todos buenos para una metafísica de paisano a pie de obra.

Tanta libertad le favorece. La pluma de Hadjadj es de velocista. Él es como esos atletas olímpicos capaces de correr y ganar en los 400 metros libres, en los 200 y en los 110 metros vallas, pero con las condiciones inmejorables para los 100 metros lisos, porque son explosivos y despliegan la máxima potencia en las distancias cortas. Un libro de artículos es una sucesión de pistoletazos de salida, líneas rectísimas y vertiginosas llegadas a la cinta de meta. El espacio preciso para alcanzar la máxima punta de velocidad. Este libro es un conjunto de apabullantes sprints de un velocista nato.

Para que nada falte, tampoco cuesta trabajo encontrar un hilo conductor, aunque aquí no sea un punto de partida o un camino marcado, sino una línea de llegada. Una vez que se tiene el hilo, aparece, tirando de él hacia atrás, el laberinto. Y, a renglón seguido, hace su aparición estelar, como mandan los cánones, el Minotauro.

En "Últimas noticias del hombre (y de la mujer)", hay una advertencia constante contra el Minotauro del transhumanisnmo y la biotecnología. El hilo, por tanto, es la maraña de cables que el progreso plantea al hombre (y a la mujer). Quizá Hadjadj no sigue ese hilo, pero éste le persigue con la fidelidad de una obsesión apremiante. Hadjadj, que ha escrito "La suerte de haber nacido en nuestro tiempo", matiza aquí su optimismo. Estamos ante su obra más combativa e, incluso, reaccionaria. Hadjadj argumenta, como siempre, con paradojas a lo Chesterton, pero, de golpe, con la virulencia inadaptada de un Bloy.

Ve al hombre (a la naturaleza humana, al hombre y a la mujer, a todos) en grave peligro. El sentido ha sido reemplazado por el progreso y, por tanto, la tendencia y la tentación serán suprimir al ser humano tal y como lo conocemos: "Sus necesidades van contra el progreso. Es el último obstáculo para la felicidad de la humanidad. Igual que un jardín puede vivir sin flores, ¿no puede el hombre vivir sin él mismo? El problema está ahí. La experiencia está en curso", cita a Vialatte. Fabrice Hadjadj no puede quedarse con los brazos cruzados. Frente a la eutanasia, al aborto, a la confusión entre medios y fines, al control de natalidad, etc., constata que "el que quiere ser cristiano de veras se ve casi obligado, al estilo de Bloy, a ir contra el 'amor' y preferir la cólera". Es una frase muy seria. Si no le ha impresionado bastante, pruebe usted con otra: "La caridad está llamada a parecer cada día más cruel, la misericordia cada vez menos compasiva".

La sombra de Bloy es alargada. No digo que no estuviese subterránea en sus libros anteriores, pero aquí la sombra sale (otra paradoja) a la luz. Claro que Hadjadj no deja de argumentar como Chesterton. Qué magistral, por ejemplo, cuando al referirse a las tecnologías del futuro, recuerda que Jim Thomas las llama NBIC, pero que él prefiere llamarlas BANG: "bits, átomos, neuronas y genes". De un solo golpe de muñeca provoca la muy justa e inquietante onomatopeya de la explosión.

Tras un diagnóstico tan duro de la actualidad y unas profecías tan negras, no se resigna. Traza un plan de combate. El título, tal y como nos explica, es polisémico, periodístico y apocalíptico a la par: "Últimas noticias: las dos cosas a la vez, frescas y fatídicas". Pero también es un título paradójico. Las últimas noticias no son, como amaga el título, sobre el hombre y la mujer, sino de aquello que rodea (cerca (sitia)) al hombre y a la mujer de hoy. Es al revés: contra las últimas noticias, se alza el hombre y la mujer de siempre, su naturaleza común y sincronizada. Lo permanente es la última esperanza.

Las barricadas de defensa que propone Hadjadj resultan muy interesantes. Desde luego, la carne, que ya le había ocupado en "La profundidad de los sexos" (por una mística de la carne). Estamos ante un teólogo encarnado, heredero legítimo de la teología del cuerpo de san Juan Pablo II y de su sangre judía. Hadjadj no cesa de repetirlo: "Dios creo a la mujer para que el hombre pudiera abarcar el universo", y eso tiene consecuencias en el mundo superurbano, donde "el cuerpo sexuado es el último bastión de la vida natural, por no decir de la vida salvaje". Como estamos ante un libro combativo, no puede evitar una carga de profundidad al dogma de lo ecológico, puesto que "si no escuchamos a la naturaleza allí donde más cercana nos resulta -a saber, en nuestros cuerpos, a través del nacimiento, de la diferencia de sexos,de la necesidad de alimentos-, el ecologismo se convierte en fantasía, en ideología".

De la defensa del sexo, nace la de la familia. Es un tema muy suyo, en la teoría y en la práctica. Y donde consigue inmejorables tonos épicos, con densidad de poema, como en esta descripción de la mesa de la comida familiar: "Como bustos siameses de un mismo centauro inmóvil, reunidos, abriéndose como ramas floridas de un único árbol místico y manifestándose en su especificidad humana, es decir, a la vez animal y razonable, comiendo con la boca y hablando con ella por turnos, con sus manos entrechocando los vasos y haciendo que circulen los platos".

Mucho más novedosa es su postura sobre la propiedad y la economía. Reconoce un cambio de posición o, al menos, de predisposición: "Hay una frase de la que yo he hecho uso, hasta el abuso, después de que otros muchos lo hicieran antes que yo: 'Los hombres se preocupan de tener, pero se trata, ante todo, de ser', para continuar después con una denuncia de la 'posesión' y de las 'riquezas'... ¡Cuántos medio filósofos han puesto este disco una y otra vez! Su trabajo metafísico consiste en plantear tan obsesivamente la 'cuestión del ser' que se olvidan de la del tener, dejándola fuera del pensamiento, abandonándola al capricho y al cálculo. Hablan también de la esencia del hombre corno si no fuera esencial para él tener un hábitat y unos hábitos, mientras sugieren que, sin embargo, sí sería decisivo que tuviera sus libros, los escritos por ellos". La cita es larga y podría serlo más, porque es un tema en el que insiste. Con ternura, describe la sorpresa de unos jóvenes enamorados cuando se dan cuenta de que necesitan también un respaldo patrimonial, que es parte de su proyecto de vida: "El romanticismo no los había preparado para eso, entregándolos al amor con las manos y los pies atados. Está claro que ellos lo perciben como una caída. Pero la caída original es, por el contrario, convertirse en una pareja sin economía: caer, para Adán y Eva, fue perder ese Edén en cuyo seno fueron 'establecidos para cultivarlo y guardarlo"'. Y cita a santo Tomás de Aquino y a Martin Heidegger para recordar, por el campo de la ontología más pura, la trascendencia del tener.

La subsiguiente defensa de la economía, concebida como la ordenación de la casa familiar, frente a la política, que organiza la ciudad, confluye sorpresivamente con la de Roger Scruton y reúne a ambos pensadores en un sentido común que es un denominador común. Hadjadj prima la economía doméstica, con magnífica audacia y audaz beligerancia, no sólo a la política, sino también a la técnica y, por supuesto, a las finanzas. Scruton no hace otra cosa.

Hemos hablado de que "Ultimas noticias del hombre (y de la mujer)", al ser una colección de artículos de prensa, implica una limitación en el espacio de los capítulos y una ampliación en una diversidad de temas que permiten que Fabrice Hadjadj se concentre estilísticamente, mientras temáticamente se abre en abanico, beneficiándose de ambos movimientos contradictorios y complementarios. Pero, junto a la limitación del espacio, la segunda dimensión del articulista de prensa es la premura de tiempo. Los breves plazos se te echan (quien los probó lo sabe) encima, y generan una especie de respuesta instantánea a los incentivos de la actualidad. Como si de un test psicológico proyectivo se tratase, fuerzan una reacción semiautomática.

Es un factor esencial para entender las peculiaridades de este libro. La denuncia es la primera reacción instintiva del intelectual y, por eso, el tono aquí se hace más áspero. El combate y la defensa vienen a renglón seguido. La alegría, en cambio, es fruto más tardío. Nace de una reflexión más honda sobre la esperanza, y aquí está, pero llegando, no dada por supuesta. Este libro, que nos muestra un Hadjadj más espontáneo (¡aún!), nos permite comprender los ritmos de su alma, los desarrollos de su mente. Bajo el optimismo antropológico de sus otros libros, bajo su esperanza teológica, bajo su alegría ignífuga, late un esfuerzo de resistencia que no duda en enfrentarse, con las armas de la inteligencia y el humor, a lo más tonto y triste de nuestro tiempo.

ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ

Introducción
Soñar con el mundo tal como es

Las "últimas noticias" pueden entenderse de tres formas: como las más recientes, como las finales o como las dos cosas a la vez, frescas y fatídicas. El sentido que prevalece aquí es el tercero. El que conjuga frescura y fatalidad.

Una primera interpretación podría explicarlo todo de esta manera: lo fresco es fatídico, el reino de la innovación es el de la obsolescencia programada. Su novedad provisional no solo supone la muerte de lo antiguo, sino también la destrucción de la novedad precedente, la cual, por consiguiente, estaba condenada a desaparecer desde su aparición. No hay nada más contrario a la innovación que la misma innovación. Quien quisiera adquirir para siempre uno de sus productos se transformaría inmediatamente en conservador. Conduciría un Ford-T. Tendría un fonógrafo de cilindros.

En "El mapa y el territorio", Michel Houellebecq evoca "tres productos perfectos" de la industria más reciente: "los zapatos Paraboot Marche, el combinado ordenador portátil / impresora Canon Libris y la parka Camel Legend'', y luego se echa a llorar. Estos tres productos ya no se pueden encontrar. Es imposible repararlos o pagar un rescate por ellos. Houellebecq habría podido deplorar igualmente -quizá mejor- la pérdida de la sandalia de cuero, de la pluma de oca o de la toga romana, que hicieron gala, cada una en su tiempo, de una perfección insuperable. En el fondo, si llora es porque vislumbra que su suerte apenas se distingue de la de esos objetos:el hombre del futuro es el hombre desechable, obligado a pagarse la última prótesis o a cambiar de cerebro electrónico para que no lo lleven al desguace demasiad!o pronto.

El hombre de antes poseía una novedad bastante más duradera. Dios le había dado un modelo de cuerpo más exactamente, dos modelos emparejados, macho y hembra- y ahí se detuvo al ver que aquello era muy bueno. Sin demasiada vanidad ni errores -¿acaso no era el Todopoderoso?-, se había asegurado de hacer algo nuevo para siempre, como algo que fluyera de una fuente, que surgiera de esa eternidad que se mantiene más venerable que lo antiguo y más joven que lo porvenir. Con una garantía divina como esa, todos estábamos llamados a renovar nuestra visión de lo ya presente. A redescubrir unas manos más capaces de recibir que de tomar, una boca en la que entra el pan y de la que sale la palabra, un sexo como un dedo índice o como un vaso vuelto siempre hacia el otro...

Esa época parece pasada. El sentido ha sido reemplazado por el progreso. Si las cosas tienen sentido, se hace difícil sustituirlas por nuevas mercancías.Para eso, haría falta que perdieran el sentido. Que nuestras manos perdieran su vocación eterna (manejar la horquilla, tocar la lira, acariciar a la mujer, elevarse como ofrenda de la tarde...) para ser reemplazadas por cualquier mecanismo con oferta especial de lanzamiento.

Esta primera interpretación, que pone el acento sobre la fatalidad, se va transformando por sí sola en una segunda, que comienza y acaba en la frescura. Es usual oponer frontalmente a los "decadentistas" y a los "progresistas". Sin embargo, a poco que se reflexione, dicha oposición pierde toda su evidencia. El progresista magnifica el mundo futuro: ¿no menosprecia de esa forma el presente? Por tanto, él es el primero en creer en la decadencia: tuvimos la decadencia de la Antigüedad, la de la Edad Media, la del Renacimiento, la de la Modernidad; ahora tenemos la decadencia de todo lo actual en beneficio de lo que se proyecta en un programa carente de promesa (porque la promesa sigue estando del lado de la memoria). Por esa razón, al final, lo único que hace el decadentista es consolar al progresista. Donde uno muestra los escombros, el otro envía sus excavadoras. Al discurso de la reconstrucción le es necesario el de la ruina.

Por lo que a mí respecta, como no soy decadentista, tampoco soy progresista. El mundo, en mi opinión, sigue siendo demasiado bello. Todavía no se ha agotado mi fascinación por las lombrices de tierra. Y sé que ninguna tecnología me permitirá comprender a mi mujer, ni quererla más. Mi resistencia frente al progresismo procede de querer acoger el mundo tal como se nos ha dado, incluso en su dramatismo. Aún no he aprendido a construir una casa ni a cultivar un huerto ni a pensar como san Agustín ni a cantar como Dante -¿para qué iba a matarme por un casco de realidad aumentada? No soy todavía lo bastante humano, ¿para qué iba a querer convertirme en un cíborg? Sería como abandonar mi puesto con la excusa de querer ir a vanguardia. Quien se queda maravillado por el nacimiento de un niño es poco sensible a la publicidad del último iPhone. Quien todavía sabe clamar por nuestra salvación no es lo bastante crédulo para consagrarse a la inteligencia artificial. A menos que la inteligencia artificial lo ayude a gritar con más fuerza, y a asombrarse de las lombrices de tierra.

Debo confesar, no obstante, que toda esa frescura la percibimos gracias a la hiperartificialización. Donde todo se recubre de cemento, la menor brizna de hierba que brote entre las losas es un milagro. Somos así desde el homo erectus, desde que las primeras generaciones descubrieran la marcha. Para nuestros padres, caminar era algo banal y no merecía asombro ninguno. Para nosotros, que vivimos sobre ruedas, en transportes motorizados o en naves espaciales, se ha convertido en algo tan raro que con frecuencia se oye a alguien contar el descubrimiento de sus piernas como una proeza que supera a la ciencia. Ahora que todo está sometido a la hegemonía de la innovación, un viejo grimorio necesitado de una nueva encuadernación, escrito a mano en latín, se convierte en algo nuevo y emocionante. Ahora que nuestros "contactos" se realizan sistemáticamente a través de la red, se hace inaudito tener un amigo que llame a la puerta. Pronto acabaremos inventando el agua caliente. Ya estamos a punto de descubrir nuestros diez dedos. Y soñamos con el mundo tal como es...

No soy enemigo de los objetos tecnológicos. No creo en un fantasmal "retorno a la naturaleza". Mis crónicas someten a juicio a la tecnología como paradigma que pretende sustituir al paradigma de la cultura. No se trata de excluir, sino de establecer una jerarquía: que el iPod se subordine a la guitarra, que la tableta electrónica se ponga al servicio de la tabla de madera sobre la que comemos, porque la tableta y el iPod nos empujan a un consumo individual desencarnado, mientras que la guitarra y la mesa nos invitan a prácticas carnales y sociales. Critico la tecnologia, pero solo en nombre de la misma técnica; las ciencias aplicadas, en nombre del saber hacer; la ingeniería, en nombre de la cultura; no para que esta última consiga abolir a la primera, sino para que la asuma, de tal forma que, en lugar de empeñarse en impulsar el crecimiento de la hierba tirando de ella hacia arriba, nos esforcemos por integrar la innovación en un crecimiento orgánico, fabriquemos máquinas que se arreglen para esposar el ritmo de la hierba.

Las palabras que uso están un poco devaluadas. Tomo prestadas las expresiones "paradigma tecnológico" y "paradigma tecno-económico" de la encíclica Laudato si'. La ventaja de la segunda es que pone en evidencia el vínculo entre el numerario y lo numérico: sería imposible hacer una crítica de la tecnología sin adentrarse en una crítica del capitalismo. Por eso -el fuerte olor a cerrado marxista que conlleva este último término así lo demuestra-, estos significantes mantienen una relación sesgada con sus significados e incluso con su referente original, de modo que la denuncia que se hace de ellos tiende a confirmar la usurpación que enuncia. En efecto, ataco el "paradigma tecno-económico "y, sin embargo, lo que le opongo es la técnica y la economía -en su sentido primero, vinculado con la tekhne y el oikos, si queremos hablar en griego, y con la cultura y la domus, si preferimos el latín. Y lo que es aún más molesto: normalmente uso el epíteto "liberal" en sentido peyorativo, mientras que, para los antiguos, la liberalidad es una virtud social opuesta a los principios del liberalismo. Tomás de Aquino establece esta definición: "Liberal es aquel que reserva para los demás una parte mayor que para sí mismo". Lo mismo pasa con lo "digital": lo desacredito a veces, pero únicamente porque nos priva de lo dactilar.

El principio fundamental -que se expone en el texto titulado "Eco-lógica"-es que nuestra relación con el mundo nunca es directa, sino que siempre está condicionada por un entorno económico y técnico. La práctica precede a la teoría, y esta no puede distanciarse de sus condicionantes más que por medio de otras prácticas, a riesgo de extraviarse en una abstracción lejana o en una neutralidad ilusoria. Solamente podremos relativizar Twitter con una lectura poética regular. Solamente podremos pensar Internet si aprendemos a cultivar patatas. Mis alumnos viven sin "ifi, no porque yo les ordene apagarlo, sino porque hacen la experiencia de tener una comunicación ultratecnológica, usando medios que cada vez son más revolucionarios: la mesa, el pan y el vino compartidos, los platos lavados entre todos, las canciones alrededor del fuego, el libro leído en voz alta...

Detrás de los dos paradigmas que compiten entre sí, lo que está en juego es nuestra manera de estar en el mundo. A decir verdad, no hay tal competencia. El mundo tiene sustancia únicamente si existe un orden trascendente que se ofrece y que se resiste a nosotros, que nos precede y que nos sobrepasa. El paradigma de la cultura garantiza el encuentro con él. Con la cultura, en efecto, tomada en su acepción agrícola (que no tiene nada que ver con la del Ministerio de Cultura), la cosa va de reconocer, de acompañar y de prolongar un dinamismo dado, por la naturaleza y por la historia, que es anterior a nosotros. Con el paradigma de la tecnología, se trata, por el contrario, de imponer nuestros planes y nuestros fines a una naturaleza sin finalidad propia,que existe solo como almacén de materiales, de energías y de leyes que podemos orientar a nuestro gusto. En este contexto, podríamos preguntarnos si todavía estamos en el mundo o si no estaremos, más bien, insertados en un dispositivo. Pero no insertados del todo aún, gracias a Dios.

Estas últimas noticias son, por lo tanto, las de un mundo al que ya no queremos venir, pero en el que nos fuerzan a entrar para ingresar en su "sistema de explotación'', como confiesa la informática. Venir al mundo es nacer. Desde que la innovación ha suplantado al nacimiento, ya no se trata de venir al mundo, sino de integrarse en un circuito. Solo nos queda, como he dicho más arriba, una vez instaurado el imperio de los robots, que el menor nacimiento aparezca ante nosotros como una Natividad. Hasta el niño trisómico es un mesías que nos salva del control de la instrumentalización. Y el buey y el asno son prodigios que ni Steve Jobs ni Larry Page habrían imaginado fabricar jamás.

Estas crónicas eran semanales. Aparecieron todos los domingos, desde comienzos de septiembre de 2015 hasta finales de julio de 2017, en el diario italiano Avvenire, traducidas por mi amigo Ugo Moschella. Muchas de ellas fueron puestas on line en la página de la revista Lünite. Su título era "Últimas noticias del hombre" -a secas. 

Retornaba yo así el título de una colección de crónicas ya existente, las de Alexandre Vialatte en Le spectacle du monde. La apropiación era voluntaria. Deseaba rendir un homenaje al maestro. El servicio jurídico de la editorial Tallandier estimó que el homenaje podría verse como un robo de propiedad intelectual. Optamos, por lo tanto, por modificarlo y elegir Últimas noticias del mundo, que también podría ir bien. ¡Pero resulta que ese título coincidía con el de una novela de Anthony Burgess que nunca he leído! François Maillot, que me honra publicando esta recopilación, ya no sabía qué hacer y se preguntaba, con Alfred de Musset, si, puesto que todos los títulos buenos parecen estar ya elegidos, no habremos "llegado demasiado tarde a un mundo demasiado viejo".

Para sacarlo del lío, le propuse una alternativa: volver al título inicial, añadiéndole este legítimo paréntesis: "y también de la mujer" (véase el texto titulado "Género cómico"), o decidirnos resueltamente por otro título que me parecía muy original y completamente acorde con mis consideraciones sobre la frescura y la fatalidad: Las flores del mal... Mi querido editor no tuvo ninguna dificultad para decidirse.

Una nota de Vialatte (aparecida en La Montagne, el día 2 de agosto de 1960) empezaba como sigue: "¿Qué es el hombre? Todavía lo conservamos, decía nuestra última crónica. Provisionalmente. Para el postre.
Ahora acaban de encontrar a uno que data de la Guerra de los Cien Años. Un inglés. En Boissy-le-Roi.
Buscando en el agua [...]. Pero la tendencia será, más bien, suprimir al hombre. Sus necesidades van contra el progreso. Es el último obstáculo para la felicidad de la humanidad. Igual que un jardín puede vivir sin flores, ¿no puede el hombre vivir sin él mismo? El problema está ahí. La experiencia está en curso".
Todavía no ha terminado. Y, por eso, Allah es grande.

Praroman, 29 de junio de 2017,
 En la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo


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Fabrice Hadjadj - El hombre puede vivir sin religion?