EL Rincón de Yanka: PALANGRE

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jueves, 22 de enero de 2026

INFORME SOBRE PROPAGANDA Y TV PÚBLICA por EL INSTITUTO JUAN DE MARIANA

 



Datos, metodología y resultados que permiten evaluar hasta qué punto la televisión estatal cumple con su función informativa o actúa como instrumento de poder.

📊 La corporación RTVE gestiona hoy alrededor de 1.200 millones de euros anuales, un fuerte aumento en comparación con los 950 millones que manejaba en 2017, antes de la llegada de Pedro Sánchez al poder. La deuda del ente se ha disparado de 300 a 750 millones a lo largo del mismo periodo. La estructura sobredimensionada del ente incluye cerca de 7.000 empleados, con un coste de casi 475 millones (casi cinco veces más que Mediaset y cerca de diez veces más que Atresmedia). La subcontratación de contenidos ha crecido con fuerza, de modo que productoras externas se llevan el 20% del presupuesto (unos 230 millones anuales). La compra de derechos audiovisuales de competiciones deportivas también supone grandes desembolsos: 40 millones por la Eurocopa 2024, 66 millones por los JJ. OO. de París, 100 millones para los partidos de la selección española en 2026-2028 y la Eurocopa de 2028, etc. 

📰 Aunque el mandato de RTVE exige información veraz, plural y equilibrada, el análisis de contenidos formulado por IJM coincide con las informaciones que vienen denunciando un sesgo estructural que favorece de forma sostenida al gobierno de Pedro Sánchez y a las fuerzas políticas de izquierda. Así se desprende de un estudio para el cual se han aplicado técnicas avanzadas de análisis de contenido, elaboradas a partir de transcripciones y aplicación de inteligencia artificial. 

🔎 Se ha estudiado el tono político de ocho emisiones de Telediario programadas en septiembre y octubre. Las menciones negativas a PP (41,6%) y Vox (45,3%) son dos veces más frecuentes que para el gobierno (23,1%). Asimismo, las intervenciones de miembros del gobierno o de los partidos políticos que lo sustentan suman el 61,2%, frente al 20,3% que se concede a la oposición, existiendo también un diferencial en la duración de estas intervenciones (12 segundos de media en el caso de la izquierda, 6 en el de la derecha). En los bloques informativos que aluden al gobierno y sus fuerzas aliadas, el tono crítico representa el 21,4% de la emisión, frente al 56,2% apreciado cuando se habla de PP o Vox. En los 119 segmentos donde se formula algún tipo de atribución causal detrás de un problema o una crisis, vemos cómo las alusiones a asuntos delicados para el gobierno se abordan en un 68,9% de los casos haciendo alusión a factores externos: “contexto internacional”, “crisis energética global”, “emergencia climática”, etc.; en cambio, solamente en un 14,4% se liga la responsabilidad de lo ocurrido a acciones de la Administración. Por el contrario, cuando la controversia afecta a PP o Vox, el 72,3% se le imputa la responsabilidad de lo sucedido a dichas formaciones y los factores externos solamente son mencionados en el 9,6% de los casos. 

En cuanto al uso de terminología política cargada (por ejemplo, “ultraderecha”), el 84,6% fueron alusiones a PP o Vox. En cuanto a las voces explicativas empleadas para comentar sucesos, el 79,7% eran fuentes gubernamentales o expertos que comparten su discurso, frente a un 20,3% de escenarios donde la perspectiva ofrecida era más cercana al discurso de PP o Vox. Se observa, asimismo, un mayor sesgo izquierdista en la edición nocturna del telediario que en la vespertina, puesto que la desproporción en términos de visibilidad izquierda/derecha es un 60% mayor en la emisión que presenta Pepa Bueno. 

🎙 Para el programa Malas Lenguas que presenta Jesús Cintora se han analizado un total de ocho emisiones programadas en octubre. En el 87,5% de las retransmisiones, el balance de contenidos analizados fue favorecedor para los intereses del gobierno. En las frases con contenido político explícito, un 49,6% desarrollan argumentos a favor del Ejecutivo y la izquierda política. En cuanto a los sketches de supuesta motivación cómica, más del 75% contenían una lectura crítica con PP o Vox. La polarización de discurso se incentiva significativamente en Malas Lenguas, pero casi siempre en la misma dirección: el 82% de las expresiones despectivas o más políticamente cargadas (“ultraderecha”, etc) van dirigidas contra la derecha. Si nos fijamos en el pluralismo de los tertulianos y de los invitados, alrededor del 65% de los intervinientes se sitúan en el espectro político de la izquierda. 

🕐 En cuatro emisiones de La Hora de La 1 correspondientes a septiembre y octubre, el sesgo ideológico es claro y predomina un tratamiento favorable al Ejecutivo. En el programa de Silvia Intxaurrondo, el 43,5% de los segmentos con carga política reforzaron las posiciones de la izquierda, frente a un 22,6% que trataron temas con impacto negativo para dicho bloque. El 76% de los términos más ideológicamente cargados (“ultraderecha”, etc.) se dedica a PP y Vox. La composición de voces invitadas está también escorada a la izquierda: el 55% de las intervenciones corresponde a tertulianos o intervinientes con un discurso afín a PSOE o Sumar, mientras que solamente un 30% se puede identificar con las posturas de referencia de PP o Vox. 

📺 Del programa Mañaneros que presenta Javier Ruiz se han estudiado ocho programas emitidos en octubre. En una escala donde -1 representa un predominio de discurso favorable a PP y Vox y +1 hace lo propio para PSOE y Sumar, el sesgo detectado es de +0,29. El 41% de los segmentos analizados reforzó las posturas del Ejecutivo y sus partidos aliados, frente a un casi anecdótico 3% que hizo lo propio con los mensajes que caracterizan a PP y Vox. El 76% de las expresiones con mayor carga política (“ultraderecha”, etc.) fueron dirigidas contra el bloque del gobierno. 

💰 A la deriva editorial de un canal de televisión convertido en máquina de propaganda del gobierno hay que sumarle el uso intensivo de recursos públicos para reforzar la influencia de la izquierda política en el ecosistema mediático. Ejemplo de ello son los 270 millones de publicidad institucional y comercial, la entrada de la SEPI en empresas como Telefónica, la operación frustrada para tomar el control de PRISA, la politización que denuncian los trabajadores de la agencia EFE, el despliegue masivo de subvenciones y ayudas fiscales al cine (167 millones en ayudas directas, deducciones de hasta el 85% en el Impuesto de Sociedades y hasta 3.100 millones de fondos europeos) y, más recientemente, el uso de dinero público para la contratación de influencers y creadores de contenido en redes sociales. 

En conjunto, la investigación concluye que RTVE se ha convertido en un aparato de propaganda política que vulnera su mandato institucional y erosiona la confianza en las instituciones democráticas. Como salida, se plantean dos alternativas reformistas: vincular la financiación del ente a una contribución voluntaria del ciudadano —por ejemplo, mediante una casilla en la declaración de la renta— o explorar la privatización total o parcial de los múltiples canales de televisión y radio que controla el ente.


INFORME SOBRE PROPAGANDA Y TV PÚBLICA por EL INSTITUTO JUAN DE MARIANA by Yanka


miércoles, 6 de agosto de 2025

"NO LES CREAN NADA" 💩 por WASHINGTON ABDALA


"NO LES CREAN NADA"

No les crean nada, 
se  pasan la vida hablando de lo bien inspirados que están, 
que los más desgraciados, 
que los más humildes, y no es así, es falso.
usan a los más desgraciados.

No les crean cuando invocan a los héroes,
lo hacen para usarlos, 
les importa muy poco la espada, el poncho, nada, 
sólo apelan a la mitología para hipnotizar, 
para mentir, y los hacen sin complejos.

No les crean nada cuando se les muestran abiertos, 
pero siempre, siempre están al servicio 
de un pensamiento autoritario, 
supremacista, apropiador de minorías, 
para desde esos colectivos, avanzar raudos 
hacia la verdad totalitaria de su mente. 

Nunca, pero nunca les crean 
que les importamos, nosotros,
los seres de carne y hueso, 
los que disentimos con ellos, 
los que no nos arrodillamos ante sus insolencias, 
porque ellos son capaces de afirmar 
que hasta nuestro relato les interesa.

Nada, no le interesamos nada, 
no le importamos nada;
es más, nos odian fervientemente, 
militantemente, explícitamente.
Nosotros, no. 

Sólo creemos que no tienen validez, legitimidad.
Nosotros no odiamos, sólo ignoramos, al mordaz, 
al falso, al que nos hiere y al que nos hiere a todos.
Nos indigna, sí, que usen los recursos, 
el dinero de todos para sus antojos.

Hablan del estado, y se lo apropiaron; 
se apropian de lo que es de todos, y lo malgastan,
Creen que el estado es un baño público cuando lo miran,
pero cuando buscan e dinero para hacer esos baños públicos,
lo desparraman en imbecilidades.
¿Cómo se llama el mal uso del dinero?

En el fondo no creen en el capitalismo; 
lo usan para un capitalismo de oportunidades, sus oportunidades.
No creen en la democracia, pero la invocan pero no la respetan.
Sólo creen en ellos, en sus barras, en sus amigotes, en sus negocios.
Es así, duele así. Son bravos, y están ahí arriba, y es nuestra culpa.
Algo habremos hecho para padecerlos.

Llorar menos, y resistir más.
Luchar con lo que se tenga, 
desde una pieza de ajedrez hasta un discurso.
Nunca con un arma, nunca matando, nunca con la violencia.
Y no dejarse pasar por arriba en el plano moral.
¿Quiénes son estos para dar cátedra moral?

domingo, 20 de julio de 2025

"GROTESCOS DEBATES PROGRES": ESTOS REPORTEROS SON PERSEGUIDOS PORQUE CANTAN LAS VERDADES por JUAN MANUEL DE PRADA

 

GROTESCOS DEBATES PROGRES

Juan Manuel de Prada

Estos reporteros son perseguidos porque cantan las verdades del barquero a la patulea que nos gobierna
Aceptar las premisas del enemigo condu­ce siempre a la derrota; pero, tristemente, es la afición vergonzante de la derecha fel­pudo. Así está ocurriendo ahora con el de­bate intestino que los progres se han montado en torno a una reforma del reglamento del Congreso que impide el acceso al antro de «seudoperiodistas financiados por la ultraderecha». Al parecer, un pe­riodista progre pero no desquiciado ha alertado so­bre el peligro latente de que tal reforma ampare en el futuro una deriva autoritaria; y enseguida otros periodistas progres y completamente desquiciados han salido en tromba a demonizarlo.

De inmediato.la derecha felpudo se hasumado al debate. haciendo pandilla con el periodista pro­gre pero no desquiciado.aceptando la premisa de que los reporteros a quienes la reforma de marras pretende silenciar son «seudoperiodistas financiados por la ultraderecha». Pero, aun aceptándola, la derecha felpudo alerta sobre el peligro de que ma­ñana el doctor Sánchez amplíe la prohibición: y de que para entonces no haya nadie que pueda defendernos de los abusos del poder, si ahora no se de­ fiende a los «seudoperiodistas financiados por la ul­traderecha», aunque sea tapándonos las narices.

Ignoro quién financia a esos reporteros que se atreven a hacer las preguntas impertinentes que la prensa lamerona y generosamente untada no hace; pero, viéndolos tan menesterosos y con sus micró­fonos descangallados, debe de ser un financiador muy rácano. En este rincón de papel y tinta somos firmes detractores de la llamada «libertad de expre­sión», como en general de toda libertad a la que no se le añade un «para qué»; pues, desprovista de una finalidad legítima la libertad se convierte en un ins­trumento nihilista: libertad para sembrar el odio y extender la mentira, libertad para envilecer los es­píritus e inclinarlos al mal. Estos reporteros no son perseguidos porque ejerzan la «libertad de expre­sión» que a liberales y progres tanto gusta; son per­seguidos porque cantan las verdades del barquero a la patulea criminal que nos gobierna, porque la asaltan en los pasillos del Congreso para rebozarle por sus morros ahítos lo que la prensa lamerona y rumbosamente untada oculta servilmente: que son puteros, que son ladrones, que son yernos de rufia­nes, que son una chusma vil que merece, además de un castigo severísimo, el escarnio público. Los per­siguen porque son el niño de la fábula que se atreve a decir que el rey va desnudo, mientras la prensa la­merona y rumbosamente untada se dedica a describirnos sus imaginarios ropajes.

A estos reporteros menesterosos los persiguen porque, a su modo cachondo y expeditivo, procla­man las fechorías que la organización criminal go­bernante desea silenciar. Basta ya de hacer el caldo gordo en grotescos debates progres sobre los «límites» de la esa «libertad de expresión» que el progre­sismo siempre ha utilizado para sembrar el odio y extender la mentira, para envilecer los espíritus e inclinarlos al mal.



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sábado, 19 de julio de 2025

"LA OPINIÓN DE LOS HOMBRES" por JUAN MANUEL DE PRADA 💬

LA OPINIÓN DE LOS HOMBRES

Son muchas las personas que me escriben o me preguntan la razón por la que he dejado de intervenir en 'tertulias' radiofónicas o televisivas. Sin duda, se trata de personas cándidas que viven en Babia.

En un pasaje especialmente abyecto de su Contrato social, Rousseau se refiere sin empacho a la necesidad de conformar la 'opinión pública' de forma inducida: «La voluntad es siempre recta, pero el juicio que la guía no siempre es esclarecido. Hay que hacerle ver los objetos tal cual son. Todos tienen igualmente necesidad de guías. Hay que obligar a unos a conformar sus voluntades a su razón; hay que enseñar a otros a reconocer lo que quieren». Y, un poco más adelante, Rousseau apuntala esta visión ignominiosa del ser humano con un apotegma maligno: «Corregid las opiniones de los hombres y sus costumbres se depurarán por sí mismas».

Para coronar un ejercicio de ingeniería social que cambie las costumbres de los hombres, convirtiéndolos en un rebaño fácilmente manipulable, hay primero que corregir sus 'opiniones'. ¿Y cómo se 'corrigen' las opiniones de los hombres? En los regímenes totalitarios antañones, la fórmula era muy sencilla: se recurría a la técnica del martillo pilón, que golpeaba machaconamente las meninges de la pobre gente sometida, hasta molturar sus almas: los comisarios políticos repetían como papagayos la doctrina de obligado cumplimiento; la propaganda oficial ubicua se preocupaba de recordarla a cada instante; y las cachiporras se encargaban de aleccionar a los disidentes. Pero este método, propio de regímenes totalitarios, no resulta presentable en los regímenes democráticos, que proclaman una fingida 'libertad de opinión'; y tampoco resulta eficaz y operativa, pues la doctrina que se impone con violencia o siquiera obligatoriamente acaba siendo detectada incluso por las personas más lerdas, que procuran zafarse de su influjo (porque a nadie le gusta que le den la tabarra y le digan lo que tiene que pensar). Así que los regímenes democráticos han probado otros sistemas más sofisticados para corregir las opiniones de los hombres.

Para ello, hay que crear lo que Marcuse denominaba una «dimensión única de pensamiento», infundiendo en los hombres la creencia ilusoria de que piensan por sí solos, cuando en realidad están siendo dirigidos por otros. Tal ilusión se genera consiguiendo que los individuos «internalicen» o hagan suyos una serie de paradigmas culturales que el sistema les impone, para convertirlos en seres pasivos, conformistas y gregarios, sometidos a consignas que confunden con expresiones emanadas de su voluntad (esa voluntad que el bellaco de Rousseau consideraba siempre «recta», aunque necesitase «guías» que encarrilasen su «juicio»). Para lograr esta «dimensión única de pensamiento» manteniendo el espejismo de que existe una sacrosanta pluralidad, los regímenes democráticos limitan las ideas que pueden ser sometidas a discusión o controversia, mediante la imposición de unas premisas fundamentales que permanecen tácitas o inexpresadas. 

Se otorga la voz a personas que comparten unas mismas premisas que sin embargo nunca se enuncian; y se las pone a 'debatir' fingidamente en representación en representación de los negociados ideológicos en liza, siempre sobre cuestiones menores (aunque presentadas con mucha grandilocuencia tremebunda, para que parezca que son cuestiones primordiales), con un ardor tan enconado y una apariencia de disentimiento tan aspaventera y chirriante que la gente ingenua piensa que defienden posiciones contrarias (cuando en realidad están de acuerdo en lo fundamental). Como ha señalado Noam Chomsky, «la forma inteligente de mantener a las personas pasivas y obedientes es limitar estrictamente el espectro de la opinión aceptable, pero permitir un airado debate dentro de este espectro (incluso fomentando puntos de vista críticos y disidentes). Esto les brinda a las personas la sensación de que hay un libre pensamiento aconteciendo, pese a que todo el tiempo los presupuestos del sistema están siendo reforzados por los límites impuestos en el espectro del debate».

Cualquier opinión que contradiga las premisas fundamentales sobre las que se sostiene el sistema, cualquier pensamiento que se salte los límites impuestos al debate, acaba siendo silenciado. Durante algún tiempo, en mi participación en estos cochambrosos lodazales mediáticos donde se representa una apariencia de debate, logré camuflar mis pensamientos disolventes de las ideologías en liza mediante el uso de la prudencia y hasta de la disciplina del arcano. Pero tarde o temprano te calan, descubren que eres un elemento peligroso y te expulsan. That´s all, folkes. 


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La DURÍSIMA Crítica de Juan Manuel de Prada a Los Medios de Comunicación


martes, 5 de noviembre de 2024

LIBRO "(POS)VERDAD Y DEMOCRACIA" por MANUEL ARIAS MALDONADO 📰📺📻📲

(POS)VERDAD Y DEMOCRACIA

El vínculo entre verdad y política ha ganado un inesperado protagonismo en los últimos años. Se postula una tesis inquietante: en el marco de una conversación pública desordenada en la que surgen nuevas formas de comunicación, los ciudadanos han perdido la capacidad de discernir la verdad de la mentira.
Hablamos así de posverdad para designar un estadio de la cultura donde los hechos no cuentan y la verdad ya no juega su papel tradicional; de ahí fenómenos como las fake news o la polarización grupal. Nada de esto puede entenderse sin el impacto de unas tecnologías digitales que han transformado el espacio público, facilitando el ascenso del populismo y la sentimentalización de la política. A nadie puede extrañar que nuestras democracias sufran una erosión iliberal que amenaza con reducirlas a la condición de autocracias electorales.

Pero conviene no adherirse de manera irreflexiva a este diagnóstico. Porque no está claro que la posverdad sea lo que se dice que es, ni está demostrado que las redes sociales socaven la conversación pública. Verdad y política se relacionan de manera intrincada, hasta el punto de que no sabemos qué lugar debe (o puede) ocupar la primera en una democracia liberal.
Si abrazar una concepción fuerte de la verdad puede dificultar la convivencia y poner en riesgo el pluralismo, conformarnos con el relativismo conduce a la toma de malas decisiones colectivas y abre la puerta al gobierno de los demagogos. ¿Qué hacer? En este libro, Manuel Arias Maldonado arroja una mirada nueva sobre este viejo dilema, empleando categorías originales y rehuyendo los lugares comunes sin incurrir en el alarmismo ni caer en la complacencia.


"En realidad, el hombre no tiene derechos en una democracia.
No los perdió en beneficio de la colectividad nacional ni de la nación, sino de una casta político-financiera de banqueros y agentes electorales. 
La democracia masónica (globalista), a través de una traición sin igual, se disfraza de apóstol de la paz en esta tierra y al mismo tiempo proclama la guerra entre el hombre y Dios.
"Paz (Pacifismo) entre los hombres y guerra contra Dios". Corneliu Zelea Codreanu

INTRODUCCIÓN:

ALARMA EN EL EXPRESO

Si la política es la continuación de la guerra por otros medios (como propuso Foucault dando la vuelta a Clausewitz) y la verdad es siempre la primera víctima de cualquier guerra (como quizá dijo ya Esquilo), ¿acaso hay que concluir que la verdad es incompatible con la política?1 Así parece creerlo nuestra época, alarmada por el efecto de la digitalización sobre la opinión pública: incremento de la desinformación, credibilidad del fake, éxito del populismo. Desde este punto de vista, la democracia se encontraría hoy en peligro porque los ciudadanos han perdido la capacidad de distinguir la verdad de la mentira y los medios tradicionales han dejado de cumplir su función moderadora. Tanto los líderes autoritarios como los partidos extremistas aprovechan esa novedad para ganarse el favor de un público desorientado. De ahí que haya hecho fortuna la idea de que vivimos en el tiempo inédito de la posverdad: aquel en que dejamos de creer que la verdad exista o pueda llegar a encontrársela. 
La posverdad sería, por decirlo con el filósofo Juan Antonio Nicolás, el lugar al que llegan las comunidades humanas «al final de un proceso histórico de impugnación de los pilares fundamentales de la modernidad ilustrada». 2 A consecuencia de ello, la democracia se convierte en el escenario de una lucha de poder donde la deliberación racional es sustituida por la movilización afectiva y donde la verdad solo es uno de los disfraces de la mentira. 

Se trata de una hipótesis —la posverdad como nuevo paradigma cultural— que trae bajo el brazo un buen número de interrogantes. La desigual literatura sobre el tema ha tratado de explorarlos sin demasiado éxito. 3 
¿Se ha producido la transformación cultural y social que postulan los defensores de esta noción fuerte de posverdad? Y si es el caso, ¿debemos resignarnos a que la política sea aquella esfera de la vida social donde prevalecen la mentira y la simulación? O lo que es igual: ¿puede una democracia prescindir de la verdad y seguir llamándose democracia? 
No se trata solamente de un escrúpulo moral; hay razones para pensar que una democracia que abandonase la verdad como criterio rector para la toma de decisiones (sustituyéndola por el sentimiento político o el dogma ideológico) sería incapaz de proporcionar a los ciudadanos aquellos bienes de orden material que incrementan la legitimidad de tal democracia —del crecimiento económico a la redistribución de la riqueza, pasando por el eficaz funcionamiento de los servicios públicos o el mantenimiento del orden público— y que la hacen preferible a sus alternativas. 

Atención: si concluimos que la democracia debe vincularse estrechamente a la verdad, ¿cómo podríamos hacer tal cosa sin restringir la libertad individual y poner con ello en riesgo la convivencia pacífica entre los diferentes? Si las democracias liberales son la forma ideal de gobierno para las sociedades pluralistas, es porque en ellas no hay manera de evitar —sí de atenuar— el conflicto moral y político que surge cuando entran en contacto quienes tienen formas de ver el mundo inconciliables entre sí. ¿Dónde queda la verdad cuando no hay acuerdo posible? Siempre se puede invocar la fórmula propuesta por el filósofo norteamericano Richard Rorty: cuida la libertad, que la verdad se cuidará sola. 4 
Si creamos las condiciones necesarias para el libre intercambio de opiniones y el desenvolvimiento de distintas formas de vida, en definitiva, la verdad se impondrá por sí misma tarde o temprano. ¿Y qué pasa si no lo hace, o lo hace cuando ya es demasiado tarde para evitar resultados catastróficos?

Verdad y política, mentira y democracia, consenso y pluralismo: he aquí un bonito puzle para teóricos sociales. El inconveniente está en que sus piezas no terminan de encajar; solucionarlo se ha demostrado imposible hasta ahora. De hecho, la experiencia acumulada durante los últimos quince años ha creado la sensación de que estamos más lejos que nunca de lograrlo: al desorden suscitado por la digitalización del espacio público se han sumado el malestar producido por la Gran Recesión y la incertidumbre creada por la sucesión de calamidades —pandemia, invasión rusa del territorio ucraniano, recrudecimiento del conflicto palestino-israelí— que definen este siglo. Para colmo, las propias democracias liberales se encuentran sometidas a la presión generada por fuerzas iliberales de distinto signo —populistas, extremistas, nacionalistas, activistas woke— que operan en su interior y han dejado una huella indeleble en algunas de ellas. 

Piénsese en la salida del Reino Unido de la Unión Europea, decidida mediante un referéndum popular que vino precedido de una campaña dominada por la demagogia. Se manejaron en ella argumentos inverosímiles sobre los beneficios que traería consigo para los británicos el abandono de la organización política comunitaria; ahora que la fantasía soberanista ha dejado paso a la realidad, el hecho de que un número significativo de británicos haya cambiado de posición sirve ya de poco: el daño está hecho. 
Y no olvidemos al insoslayable Donald Trump, quien ganó las elecciones presidenciales estadounidenses en 2016 y alentó la toma del Capitolio por parte de sus seguidores tras caer derrotado ante Joe Biden en noviembre de 2020: 
si su primera victoria causó estupor en el mundo entero, provocando un intenso debate acerca de la capacidad de los electorados para seleccionar a sus gobernantes, la sola posibilidad de que regrese al cargo parecería confirmar los peores temores acerca de la trayectoria declinante de la democracia de masas. 

Sobre la base proporcionada por estos dos ejemplos se ha levantado toda una rama de la industria editorial dedicada a anunciar la crisis de la democracia liberal y advertir sobre la posibilidad de su colapso. 5 
Al listado de amenazas se fueron sumando después los partidos y líderes de la extrema derecha: Abascal, Meloni, Marine Le Pen, Bolsonaro, Alternativa por Alemania. Todos estos casos demostrarían que el uso de la mentira política y de la desinformación propicia el ascenso de líderes autoritarios con tendencia al extremismo ideológico. 
Que esta pulsión iliberal no es patrimonio exclusivo de la derecha había quedado ya claro con el ejemplo venezolano, y se vio reafirmado después con los éxitos del Movimiento 5 Estrellas en Italia y de Podemos en España, sin olvidarnos de López Obrador en México. Y qué decir del procés impulsado por el separatismo catalán, sostenido en todo momento por un puñado de mentiras —existe un conflicto centenario entre Cataluña y España, la primera es objeto de expolio fiscal a manos de la segunda, los jueces reprimen a unos separatistas que se limitan a expresar sus opiniones— que el socialismo español parece haber dado por buenas tras forjar una alianza con los nacionalistas catalanes con objeto de recuperar el poder y conservarlo después. 

Hay quienes creen que de este callejón solo se podrá salir restaurando la autoridad pública de la verdad. O sea: afirmando sin ambages su existencia y reforzando las instituciones que están llamadas a protegerla. Dicho de otra manera: las sociedades liberales solo podrán seguir siéndolo si limitan los efectos corrosivos de ese relativismo que viene socavando sus cimientos desde que los filósofos posmodernos denunciasen que la modernidad ilustrada estaba desnuda y apostaran por un descreimiento irónico que se refugia con demasiada facilidad en el cinismo. Nuestra cultura pública, erosionada por la desinformación y la intolerancia, debe recuperar el rigor sin perder el vigor, volviendo a comprometerse con la búsqueda de la verdad y el respeto a los valores democráticos; una tarea a la que están convocados por igual gobiernos, medios de comunicación y ciudadanos. 

De qué manera pueda hacerse tal cosa, sin embargo, no está demasiado claro. Y tampoco conviene dar por bueno este diagnóstico a las primeras de cambio; la situación en la que se encuentran las democracias liberales contemporáneas puede explicarse de distintas maneras, y ni la devaluación de la verdad ni el impacto de la digitalización son necesariamente los factores más determinantes. Sostener que los líderes populistas o autoritarios son resultado de la posverdad supone pasar por alto que ha habido líderes populistas y autoritarios en el pasado. Y supone reducir al mínimo el papel que hayan podido jugar en la deriva iliberal de muchas democracias —no todas sufren este destino— factores como el impacto anímico de la Gran Recesión, la zozobra causada por la globalización o el mismísimo cambio demográfico. No cabe duda de que explicar a Donald Trump o el Brexit como un efecto de la digitalización del espacio público y de la facilidad con que gracias a ella puede mentirse a los ciudadanos resulta sin duda consolador; es también autocomplaciente y superficial. 

Aunque la atención periodística dispensada al fenómeno ha terminado por causar la impresión contraria, los estudiosos de la política no se ponen de acuerdo sobre si existe la posverdad, ni —si concluimos que existe— cuál es la relevancia que haya de dársele a la hora de explicar la disfuncionalidad de nuestras democracias. 
La razón es simple: ni sabemos cómo se relacionan en la práctica verdad y democracia, ni, sobre todo, tenemos una idea compartida sobre cómo deberían relacionarse idealmente. Por lo demás, de nada sirve desear que la verdad reine en democracia si no existen medios que hagan posible la consecución de tan discutible propósito. Para decir posverdad hay que saber primero cuál es la verdad que habría sido superada a golpe de fakes y desplazada con ello del núcleo deliberativo de las democracias liberales. 

¿Nos estamos refiriendo a una verdad «factual» cuya integridad se vería amenazada por la postulación de «hechos alternativos» y demás expresiones de una desinformación potenciada por las tecnologías digitales de la comunicación? ¿O tal vez se alude a un cambio cultural más amplio, según el cual la creencia compartida en la verdad estaría viéndose socavada, hasta el punto de que las condiciones sociales que hacen posible distinguir la verdad de la mentira desaparecen a ojos vista? Si fuera el caso, ¿podrán las democracias mantenerse en pie? ¿Y no podría ser que estuviéramos dejándonos llevar por el pánico, exagerando el significado de un conjunto de transformaciones que tienen tanto consecuencias positivas como evidentes contraindicaciones? ¿No es característico de las democracias liberales considerarse a sí mismas en estado crítico y bajo amenaza de extinción? 

Concédase a los pesimistas que ya no creemos que la democracia liberal sea una forma de gobierno inevitable y llamada a ser adoptada de manera paulatina por las distintas sociedades humanas. Por más que Francis Fukuyama acertase en su momento al sostener que no existe mejor manera de organizar el gobierno de las sociedades pluralistas que por medio de un régimen liberal, lo cierto es que el avance global de la democracia se ha detenido y la calidad de su desempeño allí donde ya existía ha sufrido un deterioro reseñable. Y si bien algunos de los factores que explican esta preocupante trayectoria —que va del fin de la Historia a la sintomatología iliberal— tienen un aire conocido, como pasa con el auge de los extremismos o la tentación del hombre fuerte, otros nos resultan más novedosos. 
Ahí están la disrupción tecnológica de la esfera pública, la difusión del estilo político populista en el interior de sociedades desarrolladas o la fragmentación creciente de una comunidad política que se divide en tribus identitarias que apenas dialogan entre sí. 
Todas estas novedades, que no carecen de precedentes, son en gran medida un efecto de la radicalización de los presupuestos del liberalismo democrático: de un lado, la exaltación de la autonomía personal y de la diversidad social complican la creación de una voluntad colectiva, obstaculizando la deliberación pública; de otro, el populismo se autolegitima invocando el fundamento ideológico de la democracia, con arreglo al cual el pueblo se gobierna a sí mismo en lugar de ser gobernado por unas élites corruptas y distantes.

Igual que el concepto de «modernidad tardía» ha sido empleado por los sociólogos para caracterizar a unas sociedades que se ven enfrentadas a las consecuencias imprevistas de su propio desarrollo, 6 como sucede por ejemplo con el cambio climático, propongo que hablemos de democracia liberal tardía para designar el momento histórico particular en el que se encuentran hoy los regímenes democráticos occidentales. Porque también las democracias liberales se ven enfrentadas a las consecuencias imprevistas de su propio desarrollo, que han quedado a la vista tras el estallido de la Gran Recesión y por efecto de la nueva expresividad de masas posibilitada por las redes sociales. 
A eso hay que añadir todavía otro rasgo capital de nuestro presente tardío, que afecta por igual a la modernidad y a la democracia: el desencanto que padecen quienes han escuchado ya en demasiadas ocasiones las mismas promesas emancipatorias y comprueban que ni las sociedades liberales —por no hablar de las demás— ni las democracias que las gobiernan experimentan la constante mejora que se les suponía. La historia es triste y hemos leído ya todas las constituciones; no hay fórmulas mágicas cuya aplicación pueda dar de golpe la vuelta al desánimo que parece cundir en nuestras sociedades. 

La posverdad forma parte de esa condición tardía o crepuscular y se refiere asimismo a la radicalización de los presupuestos conceptuales e ideológicos de la democracia liberal. Pero la dificultad de conciliar pluralismo y objetividad dista de ser nueva; solo se nos ha hecho más evidente en una coyuntura definida por los rendimientos materiales decrecientes y por la correlativa sensación de que se han incumplido las expectativas heredadas. 
Así que resulta difícil elucidar si nos encontramos ante un fenómeno genuinamente original o solo ante una turbación pasajera que cesará cuando las sociedades democráticas y quienes participan en ella —políticos, medios, ciudadanos, movimientos sociales, periodistas— se adapten al nuevo espacio público. También cabe la posibilidad de que esa adaptación no conduzca de regreso a la vieja estabilidad, sino que transforme de manera duradera los regímenes democráticos. Seguimos a oscuras. 

En cualquier caso, el impacto combinado de populismos y redes sociales ha suscitado una conversación sobre el papel de la verdad en la democracia; una conversación a la que no puede sino darse la bienvenida. Y es que de poco sirve escudriñar la conversación pública en busca de mentiras y bulos si no tenemos claro cuál es la función que la verdad puede cumplir en la política democrática. Solo una vez que hayamos fijado un estándar realista, lo que quiere decir uno que vaya más allá de la expresión de buenos deseos, podremos empezar a hablar de desviaciones de la norma y anomalías democráticas. Y solo entonces podrá plantearse la posibilidad de realizar ajustes institucionales destinados —si tal cosa es posible— a reducir el impacto negativo de la desinformación y la mentira. 

Breve noticia de este libro 

Tales son los asuntos a los que se dedica este trabajo, que los aborda con las herramientas propias de la teoría política y reclama el auxilio de disciplinas como las ciencias de la comunicación, la filosofía, la sociología o la psicología política. A fin de llegar al lector culto de carácter no especializado, he buscado dar a esta obra un tono ensayístico —más que aquel propio de la investigación científica en las ciencias humanas— sin tampoco renunciar al rigor argumentativo ni prescindir de las referencias bibliográficas llamadas a dar solidez a las tesis que aquí se defienden. 

En cuanto a la organización del trabajo, he dedicado los primeros capítulos a plantear los términos del debate sobre la posverdad; tras preguntarme si las democracias liberales están en crisis, presento dos tesis contrapuestas acerca del protagonismo que en el aparente deterioro de estas democracias cabe atribuir a la posverdad: la que sostiene que tal posverdad es causa principal del auge de populismos y extremismos y la que responde que no hemos de confundir la radicalización del pluralismo con la crisis de la democracia. 
A continuación, trato de arrojar luz sobre la relación entre verdad y posverdad, defendiendo la necesidad de distinguir clases diferentes de «verdad» y poniendo esa tipología en relación con aquello que la política democrática pueda o deba hacer con ellas. Presentada la distinción en apariencia crucial entre hechos y opiniones, me ocupo de revisar críticamente las contribuciones de la filósofa Hannah Arendt sobre la verdad y la mentira en la política, tomadas a menudo como referencia en nuestros días para abordar el fenómeno de la posverdad; me ocupo asimismo de la relación entre verdad y lenguaje, dando cuenta de las tesis de los posmodernos y sopesando la llamada a la claridad verbal que hizo en su momento George Orwell y que muchos hoy hacen suya. 

La segunda mitad del libro comienza explorando la potencia epistémica de la democracia, sometiendo a escrutinio la idea de que las democracias liberales gozan de mayor eficacia epistémica que sus alternativas y analizando la relación que esa premisa guarda con el conocimiento (o ignorancia) de los ciudadanos que creen, opinan y votan. Planteado ya el problema de la búsqueda de la verdad en la democracia, vuelvo la mirada a los expertos y me pregunto por su función en el proceso democrático: ¿quién es experto, qué le confiere autoridad, cuán corrompible es? 
El capítulo siguiente aborda la digitalización del espacio público y su impacto sobre la formación de la opinión pública: si la arena democrática es aquella donde buscamos la verdad, su transformación a manos de la tecnología debe ser tenida en cuenta; máxime cuando no faltan quienes advierten contra los efectos perniciosos de Internet sobre la producción, difusión y consumo de información en las sociedades liberales. 
El último capítulo reflexiona sobre la paradójica posición que la verdad ocupa en el liberalismo político, describiendo el fundamento normativo de la democracia pluralista y presentando a esta última como el mejor marco institucional posible para la convivencia pacífica de quienes albergan creencias incompatibles entre sí. 
Finalmente, la conclusión propone una lectura de la posverdad que se funda en la premisa de que la democracia liberal ha entrado —como la modernidad de la que forma parte— en una fase tardía donde el desencanto juega un papel anímico determinante: bajo esa ambigua luz debemos evaluar la melancólica preocupación por el estatuto de la verdad y el futuro de las sociedades liberales. 

Debo el acicate para la elaboración de este trabajo a mi participación en el Proyecto de Investigación de carácter multidisciplinar «Posverdad a debate: reconstrucción social tras la pandemia» (P020_00703), dirigido por el catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada Juan Antonio Nicolás y financiado por la Junta de Andalucía. Quisiera agradecer al profesor Nicolás su generosidad al invitarme a coordinar el grupo dedicado a la Ciencia Política, del que formaron parte mis colegas Elena García Guitián, Rafael Rubio, Daniel Gamper y Carlos Fernández Barbudo; las discusiones que se desarrollaron durante más de tres años entre académicos pertenecientes a disciplinastan variadas como la historia, la psicología, la economía, la filosofía o el derecho resultaron a la vez instructivas y estimulantes. 
He reelaborado aquí trabajos realizados para las reuniones científicas del proyecto, además de alguna publicación posterior derivada del mismo —en particular mi artículo «(Pos)verdad y política en la democracia liberal», publicado en la revista Quaderns de Filosofía, vol. X, número 2, 2023, páginas 69-92—. 
Igualmente, me he servido de algunas entradas aparecidas en mis blogs, primero Torre de Marfil (Revista de Libros) y luego Casa Rorty (Letras Libres), acostumbrado como estoy a usarlos a la manera de un laboratorio ensayístico más o menos apegado a la actualidad social o teórica.

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1. Sobre la afirmación de Foucault, véase su Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976), FCE, México DF, 2000, p. 29.
2. J. A. Nicolás Marín, «Posverdad: cartografía de un fenómeno complejo», Diálogo filosófico, 105, 2019, p. 303.
3. Véanse, entre otros, J. Elkins y A. Norris (eds.), Truth and Democracy, University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 2012; A. Besussi, Filosofia, verità e politica. Questioni classiche, Carocci, Roma, 2015; M. d‘Ancona, Post-Truth: The New War on Truth and How to Fight Back, Ebury Press, Londres, 2017; S. Fuller, Post-Truth: Knowledge as a Power Game, Anthem Press, Londres, 2018; B. McNair, Fake News: Falsehood, Fabrication and Fantasy in Journalism, Routledge, Londres, 2018; L. McIntyre, Post-truth, The MIT Press, Cambridge (Mass.), 2018; M. Ferraris, Posverdad y otros enigmas, Alianza, Madrid, 2019; J. Farkas y J. Schou, Post-Truth, Fake News and Democracy: Mapping the Politics of Falsehood, Routledge, Nueva York, 2020; M. C. Navin y R. Nunan (eds.), Democracy, Populism, and Truth, Springer, Cham, 2020; S. Giusti y E. Piras (eds.), Democracy and Fake News: Information Manipulation and Post-Truth Politics, Routledge, Londres y Nueva York, 2021.
4. R. Rorty, Take Care of Freedom and Truth Will Take Care of Itself: Interviews with Richard Rorty, Stanford University Press, Stanford, 2005.
5. Véanse S. Levitsky y D. Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Ariel, Barcelona, 2018; W. Merkel y S. Kneip (eds.), Democracy and Crisis. Challenges in Turbulent Times, Springer, Berlín, 2018; T. Snyder, The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America, Tim Duggan Books, Nueva York, 2018; D. Runciman, Así termina la democracia, Paidós, Barcelona, 2019; A. Przeworski, Crises of Democracy, Cambridge University Press, Cambridge y Nueva York, 2019; T. Ginsburg y A. Z. Huq, How to Save a Constitutional Democracy, University of Chicago Press, Chicago, 2020; A. Applebaum, Twilight of Democracy: The Seductive Lure of Authoritarianism, Doubleday, Nueva York, 2020; A. Sajó, Renáta Uitz, Stephen Holmes (eds.), The Routledge Handbook of Illiberalism, Routledge, Nueva York y Londres, 2022.
6. Véanse U. Beck, Risikogesellschaft. Auf dem weg in eine andere Moderne, Suhrkamp, Fráncfort, 1986; A. Giddens, The Consequences of Modernity, Polity, Cambridge, 1991.


DEMOCRACIA DEMAGOGA

jueves, 29 de agosto de 2024

"DIME QUIÉN TE PAGA Y TE DIRÉ QUE ESCRIBES" O CÓMO LOS "PEDODISTAS" HAN SACRIFICADO LA VERDAD por CARMEN GAYTÁN 📰📺📻

“Dime quién te paga y te diré que escribes”, 
o cómo los periodistas han sacrificado la verdad
El palangre o palangrismo es la forma de cobrar o aceptar dinero para favorecer una o varias personas u una o varias instituciones sin importar la verdad del hecho. En lenguaje periodístico, práctica de recibir palangre (pago ilícito).

En pleno siglo XXI (como dirían quienes afirman que entre más reciente y moderno es algo, más bueno es) y con acceso casi ilimitado a información a través de múltiples plataformas digitales, es uno de los momentos en los que la verdad se encuentra más indefensa. Nos enfrentamos a diario con organizaciones, movimientos e ideologías que se han olvidado de lo obvio, de lo lógico y lo razonable.

En pleno siglo XXI, dirían los “iluminados”, parece impensable tener que defender algo tan sagrado como la vida del ser humano, la familia como núcleo de la sociedad, la fe y hasta el patrimonio cultural, pero es lo que una sociedad consumida por el materialismo y lo efímero ha obligado a hacer.

Recuerdo al inicio de mis estudios como periodista que todos recalcaban la importancia de la defensa de la verdad. Escuché durante años que ser un buen periodista es ser la voz de quienes son oprimidos, de quienes no tienen una voz. Un buen periodista cuenta la historia de esa persona que no puede hacerlo para evidenciar la injusticia y la maldad y así, cambiar y salvar vidas. Era algo que en el contexto socieconómico en el que vive la mayoría del país era y sigue siendo necesario e imperativo.

Aunque muchos lo saben por su fe, llevar esa misión de enseñar la verdad a un campo profesional era para lo que mis compañeros de clase y yo nos preparábamos. Al salir al campo de batalla, un periodista se enfrenta con la dura realidad de que muchos colegas, grandes profesionales y personas de gran corazón, parecen haber olvidado su misión, el motor de su misma profesión: la defensa y protección de la verdad.

Atacar la verdad puede ser una cuestión personal, una convicción malvada o puede ser un compromiso que se hace a cambio de dinero, una especie de transacción en donde, por necesidad económica o ambición, el periodista está dispuesto a modificar la forma en que habla, a engañar a sus lectores y a promover todo menos la verdad.
Estos motivos, si no es que todos juntos, son los que han hecho que ahora muchos “medios de comunicación” alcen la bandera de la independencia de información, de la “defensa de la dignidad de los pueblos”, de la “defensa de los tergiversados Derechos Humanos”, de la “defensa de las minorías oprimidas y la intolerancia”, entre otras frases inventadas. Y hablo en comillas porque detrás de estas frases tan populares se esconde un objetivo macabro, utilitarista y hasta sangriento.

Sí, existe la desigualdad, la pobreza extrema, el hambre y la sed, existe la violencia. La mayoría de guatemaltecos no tiene acceso a servicios básicos de salud y educación, el desempleo crece cada vez más y existen realidades terribles como el abuso sexual, las redes de tráfico de personas y cosas que cuesta imaginarse. Negar esta realidad es un extremo tan peligroso como que un periodista utilice el sufrimiento ajeno para un fin perverso que responde a una agenda antiderechos que el financista de un medio de comunicación desea avanzar.

No, no existe la objetividad en el periodismo porque los periodistas son personas y tienen sus convicciones y visiones de una problemática. Y cada vez este sesgo, natural y saludable de la profesión, se convierte en un peligro cuando leemos quién está detrás de una nota periodística, quién financia estos falsos medios de comunicación (desinformación) “tan modernos y progresistas”. Aparecen los mismos nombres de siempre, esos que te hacen reír y decir: “¡Cómo crees esas conspiraciones!”: International Planned Parenthood Foundation (IPPF, la multinacional que ha asesinado a más de 25 millones de personas no nacidas en lo que va del 2020), organizaciones feministas de la Organización de las Naciones Unidas, embajadas europeas (sí, esas de países de “primer mundo”), Bill y Melinda Gates Foundation (que te da cátedras de población y vacunas, ¿no hacían computadoras?), entre otros.

Dime quién te paga y te diré que escribes, porque el que paga los mariachis pide las canciones. El que financia el medio en el que un periodista trabaja es quien le dice qué escribir, cómo hacerlo y con qué objetivo. Así de fácil, miles de periodistas en el mundo se han vendido como esclavos a un patrono que los amarra con jugosos salarios y falsas promesas de éxito en el campo periodístico.
Así de fácil, miles de periodistas en todo el mundo han sacrificado la verdad a cambio de unos billetes más o fama. Nada trascendental, porque “¿quién sigue creyendo en algo trascendente? ¡Eso es para los medievales!”, dirían.
Resulta decepcionante cómo quienes tienen esa gran misión de informar a quien no conoce y formar su opinión ahora hasta hayan decidido que una letra “o” oprime a cierto segmento de la población, que una persona en el vientre materno es un tumor que hay que extraer, que Dios es una idea venida de las cavernas. Han sacrificado el lenguaje, la vida y hasta la religión que les dio la dignidad humana y fundó la sociedad “patriarcal” en la que viven. ¿Qué más están dispuestos a sacrificar con un solo artículo, un solo video o columna de opinión?

“Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad”, decía Joseph Göbbels, titular del Ministerio del Tercer Reich para la propaganda. Tal parece que los pseudo periodistas obedecen a este principio. Aterrador y lo es más cuando los vemos doblegarse totalmente ante sus líderes, nublando su vista y sin intención de plantarse en su contra.
Afortunadamente, este siglo “tan moderno y progresista” también ha levantado del silencio y del sueño a muchos periodistas que no están dispuestos a sacrificar la verdad ni sus ideales por unas monedas o por quedar bien con el discurso imperante de las mayorías. Ellos, a quienes Twitter y Facebook censura y quienes no aparecen en las principales páginas de los periódicos, son quienes merecen ser escuchados y leídos.

Hoy más que nunca, el lector y consumidor de información en redes sociales deben tener más abiertos los ojos y leer las letras pequeñas al borde del documento; preguntarse: ¿quién financia este medio? ¿Qué es lo que ese financista quiere que yo crea? Con estas dos preguntas podremos diferenciar la verdadera información de la propaganda, la verdad de la mentira.

«Llegará el día en que será preciso desenvainar una espada para afirmar que el pasto es verde”, decía el gran periodista inglés G. K. Chesterton. 
¡Qué sería del periodismo si más personas lo imitaran! Pues ese día llegó para todos, pero especialmente para el buen periodista, ese que por quien no puede hacerlo para evidenciar la injusticia y la maldad y así, cambiar su realidad. El día llegó para el comunicador que con el mundo entero en su contra, entre las balas de una cultura antivida, antifamilia y anticristiana, no tiene miedo a pararse firme y nadar contra la corriente en defensa y propagación de la verdad.
Aunque le tiemble la voz, aunque le tiemble la pluma, aunque le gane el sentimiento, ese deseo trascendental de ayudar al prójimo, de bondad y de belleza le hará el más grande de todos.


“El gran problema de la prensa española 
es la verdad”

“Los hechos se retuercen para que se adecúen a los prejuicios ideológicos de cada medio”, dice. 
“Así, los medios han contribuido a difundir la idea de que no hay hechos incontestables sino visiones parciales de la realidad. Como consecuencia ha acabado echando raíces la especie de que, al igual que los políticos, todos mienten, o todos cuentan una parte interesada de la verdad”. 
Un número creciente de españoles están sedientos de noticias políticas pero no confían en que los periodistas les informen de forma honesta. 
El periodismo es la segunda profesión menos respetada en España, justo detrás de la de los políticos y de los jueces. Y según el último informe de Reuters Digital News, los medios de comunicación españoles tienen la credibilidad más baja de Europa.
De hecho, los españoles desconfían de sus periodistas casi tanto como de sus políticos. 

A primera vista, el panorama de los medios de comunicación españoles es amplio y diverso. Los 47 millones de habitantes pueden elegir entre unos 85 periódicos. Dejando de lado los diarios deportivos, el mayor de los seis principales diarios nacionales es El País, con una tirada de 360.000 y unos 1,9 millones de lectores por día, seguido de cerca por el diario gratuito 20 Minutos (1,7 millones) y El Mundo (1.2 millones). El País, de izquierda y estrechamente ligado y subvencionado al Partido Socialista, fue considerado durante mucho tiempo el diario de referencia en España, pero ha sufrido una pérdida de lectores, recursos y reputación. 
El Mundo, la voz principal de la derecha liberal (en contraposición a la derecha tradicionalista y católica) también ha pasado por dificultades. 
La oferta televisiva es igualmente amplia. Una ancha franja de redes comerciales existe al lado de canales de financiación pública, tanto nacionales como regionales; aquéllos copan alrededor del 80% del mercado.

Pero esta aparente variedad de opciones es engañosa. La gran mayoría del mercado está en manos de unos diez conglomerados mediáticos. 
El grupo PRISA, que publica El País y sus ediciones globales en español, inglés y portugués, es propietario de un grupo de revistas, cadenas de televisión y radio, productoras y, hasta el año pasado, un brazo editorial masivo que llegaba hasta las Américas. 
El grupo Vocento posee 14 diarios, incluido el diario nacional ABC. El grupo Planeta, la mayor editorial en lengua española del mundo, tiene una participación importante en televisión y es dueño del periódico conservador La Razón. Aunque muchos de los conglomerados comenzaron como empresas familiares, ahora están controlados por empresas transnacionales o un puñado de poderosas instituciones financieras.
Durante la última década y media, el declive de los ingresos por publicidad ha puesto a estas corporaciones contra las cuerdas. La Gran Recesión hizo que se dispararan las deudas.
Durante la última década y media, el declive de los ingresos por publicidad ha puesto a estas corporaciones contra las cuerdas. La Gran Recesión hizo que se dispararan las deudas. Hubo despidos masivos para satisfacer el deseo de los accionistas de beneficios a corto plazo, sin que se tocaran los astronómicos paquetes de compensación de los ejecutivos. En 2013, El País despidió a 129 empleados y recortó los salarios de la plantilla en un 8 por ciento, mientras ese mismo año el ejecutivo de PRISA, Juan Luis Cebrián, se embolsó más de 2 millones de euros. Como ha señalado el periodista Gregorio Morán, la mayor parte de los dirigentes actuales de los medios proviene de la misma élite burguesa que medró bajo el régimen de Franco.

Lo que queda de las redacciones desmanteladas subsiste con un ejército de autónomos y becarios mal pagados. 

“La diferencia entre el que más cobra y el que menos en los periódicos tradicionales es escandalosa”, dice la joven periodista Berta del Río. En los principales periódicos digitales hoy, dice, los autónomos cobran entre 30 y 40 euros por reportaje, fotografía incluida. 
“Algunos no pagan nada. Y si pagan, es a 90 días” Por otra parte, dice, se espera que los periodistas produzcan seis o siete temas por semana, a la vez que se mantienen al día con las redes sociales. Esto deja poco tiempo para la investigación o la comprobación de la información.

La deuda de los conglomerados ha impactado de forma directa en la libertad de prensa, afirma Guillem Martínez, periodista veterano que escribe para El País en Cataluña. 
“Desde la crisis de 2008, los bancos han cambiado su deuda en los principales medios por acciones”, dice. 
“Son propietarios y ejercen esa propiedad como en el siglo XIX”. 
A veces esto lleva a la supresión de noticias. El 8 de enero de este año -recuerda Martínez- el Banco Santander suspendió la cotización en la bolsa americana. 
“Esa noticia no apareció en la prensa española”, afirma. 
Otras veces, los bancos han ejercido su poder en la misma sala de redacción. Martínez recuerda un caso en 2013, cuando un ejecutivo bancario llamó a un editor y le dijo que despidiera a un periodista que estaba tuiteando críticamente sobre el banco. 
“He trabajado en medios donde me han dicho que no dijera nada malo de una determinada empresa o sobre tal o cual político”, dice Mar Cabra, que ahora trabaja en Madrid para el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). 
“Se consideraba normal. Algunas empresas o algunos partidos políticos eran tabú debido a la afinidad del medio con ellos o porque eran grandes anunciantes”.
Cuando los indignados tomaron las calles en mayo de 2011 denunciaban también la insuficiencia de los medios para responsabilizar a las élites políticas y económicas ante los intereses de los ciudadanos
Cuando los indignados tomaron las calles en mayo de 2011 no sólo denunciaban la falta de democracia en España, sino también la insuficiencia de los medios para responsabilizar a las élites políticas y económicas ante los intereses de los ciudadanos. 
“Los medios de comunicación en España se parecen al sistema en el que han medrado desde la muerte del dictador Franco: una democracia con resabios autoritarios, en la que la participación ciudadana se ha reducido a su mínima expresión”, dice la periodista Trinidad Deiros. 
“La política y el periodismo en España han sido dos torres elitistas e inexpugnables, comunicadas entre ellas, en las que el español de a pie ha sido un convidado de piedra.”

En ninguna parte queda más clara esta conexión que en los medios públicos. Al contrario que en otros países europeos, muchos ciudadanos españoles ven la televisión pública, la radio y los servicios de noticias como meros portavoces de los gobiernos nacionales y autonómicos. Y la interferencia política no se limita a los canales públicos; también los medios privados reciben fondos de los gobiernos. 
“Existen motivos claros para sospechar favoritismo en el uso que dan los distintos gobiernos –tanto el nacional como los autonómicos– a la publicidad institucional, o a la concesión de licencias y subvenciones”, afirma David Cabo, de CIVIO, una organización sin ánimo de lucro que lucha por la transparencia y el libre acceso a los datos públicos por parte de los ciudadanos.

Esfuerzos como el de CIVIO se enfrentan a una clase política que no está dispuesta a ceder el control. En un intento de cortarles las alas de los medios, el gobierno del PP se ha valido de su mayoría absoluta en las Cortes para aprobar la polémica nueva Ley de Seguridad Ciudadana, conocida como la ley mordaza. 
La ley, que entró en vigor el 1 de julio, no sólo limita el derecho de los ciudadanos a protestar en persona o por escrito, en forma impresa o digital, sino que también frena la capacidad de los medios de comunicación para cubrir esas protestas. 

Miguel Mora, ex periodista de El País, escribió en la revista italiana Internazionale que la ley “contiene 44 artículos que conceden al Gobierno la potestad de multar a los ciudadanos con sanciones económicas que oscilan entre los 100 euros y los 600.000 por faltas administrativas agrupadas en tres categorías.” 
El propósito de la ley, añadió, es eludir el sistema judicial. 
“En efecto nos devuelve a los tiempos de la dictadura franquista y nos mete de lleno en un estado policial”. 
La ley mordaza ha provocado protestas por parte de entidades tan diversas como las Naciones Unidas, el Instituto Internacional de Prensa, y The New York Times.

A diferencia de Estados Unidos o Gran Bretaña, los políticos españoles nunca aceptarían “que un periodista le haga cuarenta veces la misma pregunta si considera que no ha respondido”. 
“Esta actitud también es responsabilidad nuestra, de los periodistas españoles, siempre demasiado dóciles”. “Lo que en parte se explica por nuestras pésimas condiciones laborales que, obviamente, no incitan a rebelarse”.