EL Rincón de Yanka: CENSURA

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lunes, 8 de junio de 2026

PURGA LITERARIA Y BORRADO DE NUESTRA MEMORIA LITERARIA: LA ÉLITE NO QUIERE QUE LEAS ESTO: ESTÁN DESTRUYENDO TODOS LOS LIBROS DEL MUNDO EN SECRETO 🔥📕📗📘📙📕📗📘📙🔥

 



La élite entendió algo antes que tú: si controlan lo que lees, controlan lo que piensas👁️📚
Ahora entierran libros en algoritmos, los vetan en escuelas y los vuelven invisibles en plataformas
Este carrusel revela cómo empezó la purga del conocimiento y por qué nadie quiere que lo notes 🔥

👇 Pregunta incómoda:
¿Qué libro salvarías si el sistema inicia una purga?:
LA BIBLIA


🔥
"Dónde se queman libros se terminan quemando personas"

O bueno, estaban intentando que fuera un secreto, pero los siguen destruyendo.
Trabajadores y dueños de librerías de segunda mano de España, Italia, Australia, Estados Unidos y otros países están reportando lo mismo: una empresa canadiense llamada Zoom Book está haciendo pedidos de compras de miles de libros pagando hasta tres veces más de su valor.
Las características de los pedidos son siempre las mismas: libros que no sean de ficción, que estén fuera de catálogo, de relatos locales, de batallas disruptivas. Básicamente, libros extraños para la mayoría.
En principio se creía que era una estafa, ¿quién se gasta tanto dinero en libros que nadie lee? Pero una investigación hecha por The Washington Post encontró una demanda hecha en Estados Unidos contra Anthropic por derechos de autor, donde salió a relucir el nombre de Zoom Book.
Lo que se cree que está pasando es que, como sus modelos de IA ya consumieron TODO el conocimiento que hay en internet, deben buscar otra fuente confiable. ¿Cuál es esta fuente? Los libros antiguos.
Lo que hacen, según The Washington Post, es que esta empresa (la cual no tiene humanos, solo equipos automatizados) corta el lomo del libro para separar las páginas y escanearlas en segundos, y después tritura el libro.
Un juez en Estados Unidos determinó que esto era legal ya que la IA no está robando los datos, sino que los transforma, pero esto no ha generado otra cosa más que un enorme debate en redes sociales.
Que unas pocas empresas tecnológicas sean las dueñas de TODA la información podría ser muy peligroso; muchas personas sugieren que estas compañías ya son prácticamente las únicas que manejan cierto conocimiento de la humanidad y que en un futuro podrían cambiarlo a conveniencia.
Obviamente Zoom Book ya emitió un comunicado diciendo que esta acusación es falsa, pero la demanda presentada por The Washington Post está allí.
El plan GLOBALISTA LIBERTICIDA de los dueños de la IA es que quieren que pase lo mismo que con los dvd y vhs, que los libros vayan desapareciendo de a poco... que las bibliotecas dejen de existir... y que como con Netflix, a la larga tengas que pagar una subscripcion mensual para poder acceder a la versión digital y que no seas dueño de nada... después van a empezar a censurar, manipular y borrar la historia... quieren que la gente tenga que pagar para acceder al conocimiento... y que la inteligencia sea un privilegio solo para los adinerados...




domingo, 17 de mayo de 2026

ORACIÓN POR LOS EMIGRANTES Y EL CESE DEL SUFRIMIENTO Y "VERSITOS DEL EMIGRANTE" por NADIT LEÓN

ORACIÓN POR LOS EMIGRANTES Y EL CESE DEL SUFRIMIENTO

"Dios de la Vida, misericordia, mira a tus hijos que caminan con miedo, 
lejos de su tierra, buscando solo vivir y sostener a los suyos.
Acompaña a cada migrante que hoy huye, que se esconde, 
que espera una oportunidad. 

Calma los corazones endurecidos, 
detén la violencia, disipa el odio y la persecución.
Señor, te pedimos que la justicia camine de la mano de la compasión. 
Que las autoridades no olviden su humanidad y la vida sea siempre respetada.

Abraza a las familias que hoy lloran, 
especialmente a quienes han perdido a un ser amado. 
Dales consuelo y fortaleza.

Que llegue pronto un tiempo de paz, de diálogo y de respeto, 
donde nadie sea tratado como amenaza 
por el solo hecho de buscar un futuro.

Te encomendamos a los refugiados, 
desplazados y víctimas de trata. 
Tú, que eres el Dios de los pobres y humildes, 
acompaña a tus hermanos en este movimiento.

Jesús, tú que fuiste extranjero, 
acompaña a cada emigrante en los países lejanos, 
sé su refugio, esperanza y paz.

En ti confiamos, Amén."


Dejé mi casa y mi acento colgados en la memoria.
Me vine buscando historia y encontré viento y silencio.
El alma en desplazamiento, la raíz en otro suelo.
Y aunque me abrace este cielo que no sabe a lo que fui,
hay un país dentro de mí que no cabe en el desvelo.

Cargo la fe en la maleta y el miedo bien escondido.
Un sueño recién nacido y una pena que no aprieta.
La distancia es una grieta que no se deja coser.
Pero me obliga a crecer como árbol sin estación,
con la esperanza en la voz y el coraje de volver.

Soy extranjero en la acera, en la lengua y en la mirada.
Pero llevo mi jornada con dignidad verdadera.
No hay frontera que detenga lo que empuja el corazón 
ni papel ni condición que me quite lo vivido.
Porque aunque esté dividido, soy entera en mi razón.

No me fui por valentía, me fui porque no quedaba,
ni pan, ni fe, ni palabra que sostuviera mis días.
Ahora cargo la agonía de no ser de ningún lado,
con el corazón partido entre el ayer y el después,
soy mitad de lo que es y mitad de lo que he dejado.

Me fui porque me empujaron con hambre, miedo y censura.
No fue pura aventura. Fue un país que me negaron.
Mis pasos no desertaron. Fue la tierra la que hirió.
Fue la historia que torció mi derecho a quedarme, 
y ahora quieren llamarme el que su patria vendió. 

No soy cifra ni expediente, ni mano de obra barata, 
soy la herida que retrata lo que oculta el dirigente, 
y aunque... levante otro trecho y me acostumbre al extraño, 
no se domestica el daño ni se olvida lo deshecho. 

Yo no traicioné el derecho de quedarme y resistir, 
pero no es vivir sufrir sin futuro ni salida, 
y a veces, salvar la vida,  también es saber huir. 


jueves, 5 de marzo de 2026

LIBRO "MANUAL DE RESISTENCIA FACHA": PARA ROMPER LA HEGEMONÍA DE LA IZQUIERDA Y EL PENSAMIENTO ÚNICO por ISAAC PAREJO (InfoVlogger)

MANUAL DE 
RESISTENCIA 
FACHA

Para romper con la hegemonía 
de la izquierda y el pensamiento único

InfoVlogger
La nueva derecha ha abandonado la rigidez y los complejos habituales para transformarse en una fuerza disruptiva, incómoda y hasta punki. Este libro responde a la pregunta de cómo nació el movimiento con el que al fin la derecha española está disputando, sin bajar la cabeza, la batalla cultural a la izquierda.
Isaac Parejo, más conocido como InfoVlogger, ha sido testigo y protagonista del huracán que atraviesa estas coordenadas políticas como nunca antes y cuenta su experiencia como insurgente. Ser de derechas no solo es un motivo de orgullo para él y para una nueva generación de españoles, es también una postura de valentía frente al discurso único. Este libro es un manual práctico para defenderse de la izquierda más totalitaria y censora.
El gran experto de la disidencia facha te invita a subirte a la impostura y a rebelarte contra la dictadura de los zurdos.
LA REVOLUCIÓN DE LA DERECHA

Recuerdo que hace ocho años me encontraba en el metro camino a mi antiguo trabajo; eran las 8 de la mañana e iba escuchando una lista de reproducción de YouTube, de esas que buscas entre legaña y legaña cuando estás desayunando mientras maldices el día en que alguien inventó el despertador. No me preguntéis por qué, porque yo sigo sin saberlo, pero después de unos cuantos temazos pachangueros y éxitos de los 2000, que para mí siempre serán eternos, saltó un tema inesperado: la versión merengue del himno del Partido Popular. Cuando me preguntan cuál fue el punto de inflexión en mi vida, el momento en que decidí que la derecha en este país tenía que cambiar y que como mínimo debía intentar ayudar a que lo consiguiera, estoy seguro de que fue ese. En ese interminable trayecto de hora y cuarto hacia la oficina que hacía cada día, diseñé lo que serían siete años de batalla contra el zurderío más abyecto e insoportable que hemos sufrido y continuamos sufriendo. Fue entonces cuando me di cuenta de que teníamos una derecha absolutamente inútil, incapaz de enfrentarse a nada, que agachaba la cabeza en cuanto el contrario aumentaba siquiera un poco el nivel de decibelios y que vivía por completo encorsetada, luciendo con garbo sus náuticos, pero siempre aterrorizada por lo que pudiera decir de ellos una gente que lo único que hacía era esforzarse por que desapareciera. En definitiva, teníamos una derecha que era un auténtico coñazo. Escuchar a un político, a un tertuliano o a un periodista de derechas era como tragarse un maratón de toda la filmografía de Garci, es decir, somnolencia asegurada. Ese fue el instante en que me pregunté por qué no podíamos ser como ellos, por qué la derecha tenía que fingir continuamente un papel de seriedad y rigidez dialéctica mientras la izquierda tenía a su disposición todo el camino cultural para ellos solos. Y no solo el camino cultural: la calle, el humor, el cine, la televisión, Internet, todo estaba impregnado del virus del progresismo y todo lo dominaban ellos. Y en ese mundo vivían con una paz y una tranquilidad inmensas, sabiendo que, en cuanto lo desearan, podían activar todos esos frentes para destruir al derechista que se le ocurriera sacar los pies de esos náuticos de marca, desprenderse de su fachaleco o despeinarse el «filetón». Pero no existía peligro alguno, porque ninguno se planteó hacerlo. Yo, escuchando la versión merengue del partido popular a las 8 de la mañana en la línea 1 del metro de Madrid, sí lo hice. Y ahí empezó esta locura que me llevó a una batalla sin cuartel contra una auténtica gentuza a la que aprendí a perder el miedo, si es que alguna vez se lo tuve. 

Una de las cosas que siempre tuve clara cuando decidí meterme en este lío es que no quería ser un simple comentarista. Yo me había lanzado en plancha para cambiar algo, no sabía exactamente el qué en ese momento, pero no estaba dispuesto a ser un simple cronista de la actualidad política, por una sencilla razón: no había tertulia en televisión que no consiguiera provocarme una espectacular fase REM, el nivel de aburrimiento que me producían solo era comparable al de tragarme una tras otra todas las temporadas de Ana y los 7. No voy a mencionar nombres ni programas, porque creo que todos sabemos de lo que estamos hablando. 

Por aquella época la moderación estaba de moda entre la derecha, era tendencia, y yo sabía que no podía irrumpir como un elefante en una cacharrería, tirando abajo las columnas sobre las que se sustentaban unas ideas que estaban grabadas a cuchillo, de modo que había que ir poco a poco. No me gusta hablar de mí, es más, lo detesto, pero una de las cosas que creo que entró por los ojos a la gente que me veía y que sirvió para que muchas otras personas salieran del armario ideológico fue el aspecto del sujeto que estaban viendo soltar improperios contra la izquierda cochambrosa que tanto tiempo llevamos padeciendo. Un joven, de Vallecas, con camiseta y vaqueros rotos, con pendientes, piercings y tatuajes no era lo más común dentro de la petrificada derecha de «filetón» que teníamos en España. Pero la realidad es que esa derecha de «filetón» (es una forma de hablar, no se me ofendan los Cayetanos, que todos estamos en el mismo barco contra el «sucialismo», peace and love) solo era la cara más visible, la que no tenía ningún miedo a decir abiertamente a quién votaba porque su aspecto coincidía con el que la izquierda esperaba de ellos. Pero lo que han demostrado los años es que esto era un enorme iceberg y que en la parte sumergida era donde se encontraban todos los infovloggers que no se atrevían a salir del armario; porque la izquierda había construido un muro ideológico que un obrero, una mujer, un homosexual, un negro o una persona que viviera en un barrio de renta media eran incapaces de atravesar, lo cual limitaba sus opciones de voto, pues ninguno de ellos podía desviarse a la derecha más allá del PSOE. En realidad, eso no era cierto, lo que pasaba es que no tenían el valor de decir abiertamente lo que pensaban. Y así fue hasta que se produjo la explosión con la que se derribaron todos los tabúes que había impuesto la siniestra a modo de mordaza y que yo, humildemente, creo que ayudé a detonar. 

La revolución había llegado al fin a la derecha y era imparable. 

La derecha como performance 

Mi madre siempre me recuerda que unas de las primeras cosas que le pedí a los Reyes Magos cuando ya tenía uso de la palabra fueron un micrófono y una guitarra eléctrica de juguete. Creo que ahí fue cuando di las primeras señales sobre cómo concebía la vida a mi alrededor: como un inmenso espectáculo en el que absolutamente todo podía ser convertido en una performance
Una performance es un espectáculo visual donde se combinan música, danza, luces, colores y diversas artes para dotar a un determinado evento de majestuosidad y opulencia. No era casualidad que mis películas favoritas fueran musicales o películas de acción trepidante, donde todo se sucedía al ritmo de una música machacona con movimientos de cámara imposibles y explosiones por doquier. Todo lo que he creado a lo largo de mi vida he intentado que llevara esa impronta, que he tenido desde que era un crío más imberbe que el defenestrado Íñigo Errejón. Y cuando llegó el momento de aplicarlo a la política no lo dudé un instante. En mi opinión, la política en general, y la derecha en particular, estaba huérfana de este concepto que ha sido crucial para mí: la performance y el espectáculo como forma de vida. Pero, como decía, este concepto no se podía aplicar de forma repentina y contundente; era necesario hacerlo poco a poco, de la misma forma en que el Gobierno está metiendo la miseria en nuestras vidas: sin que nos demos cuenta. 

La izquierda siempre ha hecho una caricatura de sus rivales ideológicos, pintándolos como una ideología de retroceso y con imágenes en blanco y negro, como aquel spot de la campaña electoral del PSOE de 1996, o la de un montón de señores y ancianos con un puro en la boca y bañándose en una piscina de billetes. Justo eso era lo que le hacía falta a la derecha: tener en la vida una actitud «performática» y no cambiar sus ideas y valores para «modernizarse», sino despojar a la izquierda del concepto de progreso, para poder explicar que progreso es todo lo contrario a lo que representa la gentuza a la que cada día intento hundir. Para ello hacía falta mucha pedagogía, y yo estaba convencido de que el camino no era negar esos valores que la izquierda representaba en blanco y negro, sino pintarlos con los colores más chillones que pudieras encontrar y poner siete focos apuntando a ellos. Y para ello había que convertir a la derecha en un espectáculo, derribando todos los clichés que la rodeaban sin renunciar a uno solo de sus principios. Tranquilos, que os lo voy a explicar mejor. 

Yo tenía claro que el objetivo no era hacerse amigo del zurderío, ni de sus ideas salidas del estercolero, para caerles bien y que así te perdonen la vida, como hace cierta gente de la que más adelante hablaremos en este libro. El objetivo no era adaptarse a ese estado mental donde el progresismo dictaminaba qué es lo correcto y lo incorrecto, sino crear nosotros nuestro propio marco donde reivindicar que nuestros valores y nuestras ideas son las buenas. Es algo que nunca se había hecho, ya que, hasta ahora, la estrategia de la única derecha que había era la de intentar caerle bien a un grupo de personas cuyo deseo era destruirte política y, de haber podido, incluso físicamente. Eso se había acabado para siempre, al menos en mi caso. 

Para ilustrar mejor lo que intento explicarlos me voy a ayudar de un concepto creado por mi amigo Miguel Ángel Quintana Paz, que resulta muy ilustrativo del tema que ahora nos ocupa: el «PSOE state of mind»

La verdad es que prácticamente la totalidad de mis vídeos giran en torno a este concepto, aunque nunca se le había puesto nombre ni se le había dado una definición tan perfecta como la de Quintana Paz. Siempre se ha dicho que el PSOE es el partido que más se parece a España, algo bastante cierto, pero con algunos matices. Y es que si el PSOE se parece a España es porque antes España se ha parecido al PSOE. Han sido ellos los encargados de que nuestro país compre uno a uno todo el ideario de los socialistas. Y este concepto no tiene nada que ver con que votes al PSOE o a la izquierda. Tal y como dice Miguel Ángel, el «PSOE state of mind» afecta precisamente a todo aquel no vota al PSOE. Es un marco mental que el partido ha conseguido inocular a toda la sociedad para que millones de personas, independientemente de a qué partido voten, compren su pack ideológico. Un pack que incluye una serie de ideas que son las consideradas progresistas, y de las que luego hablaremos. Básicamente, la palabra más martilleada al español medio, que define perfectamente toda la basura inculcada por el «PSOE state of mind», es «ultraderecha». Vamos a ser claros y cristalinos, la ultraderecha no existe. La ultraderecha es, tal y como decía Antonio Escohotado, un invento de la extrema izquierda. «Ultraderecha» o «extrema derecha» es el calificativo que le han puesto a cualquier tipo de idea que se aleje un centímetro de ese «PSOE state of mind». Es la forma de señalar a todo el que se atreva moverse en la foto, como decía Alfonso Guerra; porque si lo haces no sales en ella. Por desgracia, repito, la adopción de la palabreja no es algo exclusivo de la izquierda. «Ultraderecha» te lo compra desde un comunista de hoz y martillo, por supuesto, hasta muchos votantes del Partido Popular y, aunque no lo creas, también algunos de Vox que se encuentran en ese limbo entre el partido de Feijóo y el de Abascal y que de vez en cuando, fruto de la inoculación masiva del pack ideológico del PSOE, ven en el partido verde actitudes «extremistas». 

La revolución en la derecha ha consistido y está consistiendo precisamente en eso: en romper con este estado mental según el cual forzosamente todos teníamos que parecernos al PSOE, además de en hacer una pedagogía constante para acabar con la idea de que «progresismo» es todo lo que digan los del puño y la rosa de los cojones. Y lo mejor es que lo estamos consiguiendo. Ha costado y lo tenemos todo en contra, pero se ha logrado algo que era impensable hace años: que haya gente que se cuestione si realmente los partidos que se llaman a sí mismos «progresistas» son realmente progresistas y si las ideas calificadas generalmente como «avances sociales» lo son realmente o se trata más bien de retrocesos en nuestra sociedad. Y lo más importante: la revolución de la derecha y su nueva actitud performática en la vida está consiguiendo que podamos reivindicar el ser «conservador» como un valor del que sentirse orgulloso o no avergonzarse, como ocurría hace escasamente un lustro. 

Cuatro millones de fascistas 

Cuando en el 2019 Vox consiguió 52 diputados en las elecciones generales se activó de nuevo la alerta antifascista que un año antes ya había sonado en los comicios de Andalucía, cuando el partido de Abascal entró con fuerza en el parlamento autonómico de esa comunidad. Nadie se explicaba cómo un partido sin ningún tipo de implantación territorial había llegado a convertirse en la tercera fuerza política de España, consiguiendo la representación necesaria para presentar recursos de inconstitucionalidad y mociones censura. De todo lo cual han hecho uso, por cierto. 

Y esa irrupción no fue solo fruto del hartazgo de los andaluces tras cuarenta años de socialismo casi ininterrumpido, sino también de un cambio de mentalidad que llevaba gestándose algún tiempo. Es cierto que el golpe de Estado de 2017 en Cataluña fue crucial para el auge de Vox (el cual se apreció un año después), pero esas ideas y esa incorrección política no venían de la nada. Ya había un camino hecho que precisamente habíamos allanado los youtubers, entre los que me encuentro, ya que yo aparecí en la famosa red social de streaming un par de semanas antes del referéndum ilegal de Cataluña. Estoy convencido de que las ideas de Vox nunca habrían calado con esa fuerza si antes algunos no hubiéramos hecho un trabajo de pedagogía en las redes abriendo melones que nadie antes se había atrevido, sin quitarles mérito a ellos, por supuesto. La llegada de Sánchez a la Moncloa fue decisiva para ese cambio de mentalidad y fue el empujón definitivo para que, mezclando en la coctelera todo lo anterior, se obtuviera el combinado perfecto para el surgimiento de una derecha que nunca antes se había visto en España y que, curiosamente, también se estaba gestando en casi todo Occidente. 

Lo más interesante es que los movimientos de la derecha alternativa se estaban dando sin que existiera relación entre unos y otros, es decir, no había ningún acuerdo ni ninguna estrategia para lanzar determinadas campañas en nuestros respectivos países de forma coordinada, nadie sabíamos de la existencia de los demás. Fue una coincidencia inaudita que todos estos movimientos de rebelión contra el sistema globalista se estuvieran dando casi a la vez y prácticamente con la misma forma y discurso; aunque quizá se explica fácilmente si lo entendemos como una reacción ante algo que, eso sí, parecía estar coordinado en todo el planeta: la amenaza del comunismo en su forma más brillibrilli y repintada con una capa de ecorresiliencia y progresismo snob. 

Pero, volviendo al principio, que cuatro millones de personas fueran tachadas por periodistas, políticos y medios de comunicación en general de «fascistas» o calificadas como de «extrema derecha», era síntoma de que no habían entendido una mierda. Quien piense que en España hay cuatro millones de nazis no vive en el mundo real o no es más que un profundo indigente mental, incapaz de hacer un análisis social que lleve algo más de cinco minutos. Está claro que la forma más rápida de intentar atajar el problema que se le venía encima a ciertos poderes era recurrir al clásico truco de asustar viejas, como ya ocurrió en 1981 con el intento de golpe de Estado de Tejero. España estaba despertando y no era una moda como el 15M, no era algo que se fuera a desinflar a los pocos meses, no era un producto de marketing artificial como lo fue Podemos; era un verdadero movimiento patriótico que no había hecho más que comenzar. Y no me refiero a Vox, que fue quien lo canalizó en parte, era algo que trascendía más allá del partido verde, básicamente porque empezó a gestarse antes de su irrupción en el escenario político patrio. 

Cuando nos llaman «reaccionarios», tienen toda la razón, ya que la revolución de la derecha se dio como reacción a una serie de imposiciones morales, éticas y económicas por parte, ya no solo de los políticos, sino de un enorme segmento de la sociedad que quería someter al resto introduciéndolo a la fuerza bajo el falso paraguas de la «libertad, la diversidad y la tolerancia». 

La pandemia como punto de inflexión 

Sobre todo, esa revolución empezó a ponerse en marcha y crecer cuando nos dimos cuenta de que ciertas ideologías se estaban apropiando de conceptos que no les correspondían. Durante muchos años la derecha ha aceptado, aunque fuera de forma interiorizada, que la izquierda representaba «la libertad» y ella «lo restrictivo», es decir, el marco ideológico construido por sus enemigos políticos y convertido en algo asumido por todos. Por supuesto, en nombre de esa supuesta «libertad» estaban capacitados para ejercer la represión más brutal contra todo aquel que no siguiera determinados dogmas definidos por ellos, porque tú no eras sino un «fascista» que quería acabar con todos los derechos. En el momento que entendimos que «libertad» es una palabra que a la izquierda le queda enorme, fue cuando la mentalidad comenzó a cambiar. Y creo que uno de los puntos de inflexión fue la pandemia. En la crisis del coronavirus todo el mundo se quitó la careta y pudimos ver de forma cristalina de qué palo iban algunos. El Gobierno, que llegó con la palabra «libertad» por bandera, lo primero que hizo, escasos dos meses después de la investidura de Sánchez, fue encerrarnos como a perros y mantenernos presos en nuestra propia casa. El Gobierno que había prometido acabar con la represión y el retroceso en las libertades que, supuestamente, representaba el Partido Popular, era el que se encargaba de perseguirte con un helicóptero de la policía si se te ocurría salir a dar un paseo por la playa, el que te multaba si sacabas a tu perro a pasear a más de 500 metros de tu casa y el que te obligaba a ponerte una mascarilla en mitad del campo a kilómetros de cualquier atisbo de civilización. Llegamos a ver cómo un grupo de policías derribaba con un ariete una puerta de una casa donde se había reunido un grupo de amigos... «fiesta ilegal» lo llamaron. Todo esto se hizo en nombre de la libertad. Al igual que el acoso masivo a las personas que libremente decidieron no vacunarse. Eso también se hizo en nombre de la libertad de los vacunados. Es irónico, ¿no creéis?, acosar en nombre de la libertad. 

Bien, pues esos meses de distopía y esperpento fueron también clave para hacer despertar a cierta parte de la derecha que seguía aletargada. De hecho, una de las primeras iniciativas tras el duro confinamiento fue la famosa caravana de la libertad, en la cual cientos de personas salieron a manifestarse dentro de su coche al grito de «libertad». Quizá es uno de los mayores logros de la derecha en los últimos años, habernos apropiado de esa palabra y hacerla nuestra, porque realmente nosotros somos los únicos que la defendemos. 

Pero no solo hemos conseguido apropiarnos de ese concepto (no hay una manifestación donde no se coree), también de los descalificativos que han usado contra nosotros a lo largo de los años. Mientras alguna derechita de la que luego hablaremos intenta continuamente justificarse ante las etiquetas de la izquierda, los que presentamos batalla contra todos los aspectos de la mugre progresista hemos hecho nuestros los calificativos de «facha», «fascista» o «extrema derecha». Lo mejor de todo es que los izquierdosos no han conseguido hacer lo mismo con la palabra «progre». Siguen considerándola ofensiva y despectiva, sobre todo por los complejos que tienen. En la izquierda todo es corrección y no pueden permitirse usar siquiera un ápice de humor, aunque solo sea para defenderse de nosotros. 

La revolución estética y el cambio en Occidente 

Antes he hablado de náuticos y filetones y es que, no menos importante que el cambio de marco mental, ha sido la forma en que ha empezado a presentarse la nueva derecha, alejada de los clichés creados por la izquierda. Yo tenía claro que no estaba dispuesto a cambiar ni mi vestimenta ni mis pendientes para caerle bien a una derecha encorsetada. La misión que yo me había marcado era que esa derecha encorsetada abriera sus mi ras y se diera cuenta de que había sido la izquierda la que se había encargado de acotar el espectro ideológico de su oponente. Mientras en la izquierda podían convivir sin problemas desde perroflautas a indigentes, pasando por actores y actrices multimillonarios, la derecha había sido encajonada dentro de los estrechos márgenes del pijo del barrio Salamanca o del hijo de papá de colegio privado del Opus. Y eso ocurría porque la izquierda había realizado un espectacular trabajo de ingeniería social mediante el cual se había encargado de decidir cómo debía ser la derecha en lo ideológico y lo estético y cómo debería ser la izquierda, de modo que el espectro más amplio en el que moverse se lo habían puesto ellos y habían dejado a los demás un espacio tan pequeño como el currículum de Óscar Puente. Por eso, cada vez les desconcierta más encontrarse con gente con «su» imagen, porque creían que los tatuajes, piercings y decoloraciones capilares eran de su propiedad. De repente, sin comerlo ni beberlo, se han encontrado con un enorme grupo de gente que podría diluirse perfectamente entre ellos sin que se notara, más allá del buen olor que desprendemos «los fachas», las cosas como son. 

De modo que estamos hablando de una revolución en varios planos: ideológico, estético y moral. Y, como dije antes, esto no ha sido algo exclusivo de España, se ha dado prácticamente en todo Occidente. Tampoco ha sido mérito solo de la derecha, que lo tenemos: la propia izquierda ha sido una de las grandes impulsoras de esta salida del armario a gran escala, desde el momento en que perdieron todo contacto con la realidad de la calle y se vendieron a todas las minorías y lobbies todopoderosos habidos y por haber. En el momento en que el obrero dejó de importarles, si es que alguna vez les importó, y pasaron a interesarse más por los 445 géneros en los que uno puede autopercibirse, dejaron libre un testigo que recogimos nosotros y que siempre debió ser nuestro. En EE. UU. Donald Trump arrasó entre la clase media porque apeló a todo aquello a lo que el partido demócrata había renunciado desde que llegó Obama y se dedicó a gobernar para los lobbies identitarios. La sociología que rodeaba a Trump era asombrosa. Más que votantes, tenía auténticos fans y estos iban desde el vaquero de la granja más recóndita de Alabama hasta el urbanita más ejecutivo del centro de Nueva York. Y la razón fue que supo canalizar todo el descontento ante una clase política que había abandonado al trabajador y la clase media. EE. UU. estaba huérfana de un presidente que gobernara para todos y los protegiera contra las amenazas tanto internas como externas. Ese fenómeno se dio en muchos más países, como en Brasil con la victoria de Bolsonaro, en Italia con el triunfo de Giorgia Meloni y, recientemente, con Javier Milei en Argentina. Todos tienen en común el haber sido tachados de pertenecer a la «extrema derecha» o de ser «fascistas» que, recordemos, es el fantasma creado por la izquierda para luchar contra una amenaza que no son capaces de controlar y a la que no pueden enfrentarse y que hace tambalearse todo el paradigma actual, tan cuidadosamente inventado por ellos a lo largo del tiempo. Para apreciar la dimensión de lo que estamos tratando no hay más que retrotraerse a la llegada de Obama a la Casa Blanca, cuando tan solo un año después de su proclamación, recibió nada más y nada menos que el premio Nobel de la Paz. Un señor que todavía no había hecho absolutamente nada. No obstante, la infamia alcanzó su punto álgido cuando al salir del poder se constató su mayor hito: había sido el único presidente de la historia que había pasado todo su mandato con el país en guerra. Efectivamente, le dieron el Nobel de la Paz a un señor que era el rey del belicismo mundial. En cambio, a Trump se le acusaba de querer provocar la tercera guerra mundial antes, incluso, de ganar las elecciones. El resultado fue también inesperado para los agoreros con ínfulas de tarotistas: fue el único presidente de la historia en no iniciar ningún conflicto bélico y uno de los que más acuerdos de paz firmó. Fue artífice, incluso, de aquella foto histórica entre el líder de Corea del Norte y el presidente de EE. UU., potencias enemigas históricas. 

Como vemos, el discurso asustaviejas se repite casi de forma calcada en todas partes. En EE. UU., Trump iba a provocar un conflicto planetario; en Brasil, la gente iba a morir de hambre; en Italia, Meloni iba a resucitar el espíritu del Duce. De hecho, hasta desempolvaron un videoclip humorístico que grabó con diecinueve años donde decía que «Mussolini era un buen político», para avalar los titulares que la tildaban como la reencarnación del fascismo. Santiago Abascal iba acabar con los derechos de las mujeres y los homosexuales y, en Argentina, Javier Milei legalizaría la venta de órganos y de niños. Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de Isabel Díaz Ayuso, de la que hablaremos más adelante, que es la política a la que más veces se ha comparado con Donald Trump. 

Todos ellos tienen en común mucho más que ideología: el haber llegado a una parte del electorado que era imposible hasta hace pocos años y, lo más importante, que ese electorado no tenga miedo a decir abiertamente lo que piensa. Esa es la auténtica revolución en la derecha. 

Pero sigamos con la estética. Recuerdo aquel día cuando el diario El País me hizo una entrevista a colación de las elecciones de Madrid de 2021. Yo acababa de entrevistar al defenestrado Teodoro García Egea y a Rocío Monasterio y eso, por lo visto, les llamó la atención a los periodistas mainstream: un youtuber entrevistando a políticos de primera línea. 

El caso es que el artículo en cuestión tenía párrafos como «InfoVlogger es un joven de Vallecas. Sus piercing, vaqueros rotos y camisetas negras no concuerdan con el estereotipo de joven de derechas madrileño». Creo que esto define bastante bien todo lo que he intentado explicar en los párrafos anteriores: la caricatura que la izquierda ha hecho de sus rivales políticos ha sido aceptada por estos con total normalidad y ha conseguido que esa parte de la derecha que no nos sentíamos identificados estéticamente con ese estereotipo fuéramos silenciados, pero yo no estaba dispuesto a ello. Es más, después de la entrevista en la que se habló de mis pantalones rotos, rasgué el resto de mis vaqueros, me compré más camisetas negras y me hice otro tatuaje. Si vamos a romper estereotipos vamos a hacerlo bien. Pero lo cierto es que yo nunca he pretendido ser algo que no soy, nunca fue mi intención usar mi forma de vestir como un acto de rebeldía; sin embargo, como a la vista está que para esta gente sí lo es, tendré que potenciarlo más. 

Cómo acerqué a los políticos a YouTube 

A colación de ese artículo de El País* en el que se hablaba de cómo el exsecretario general del PP, Teodoro García Egea, pasó su noche de aniversario siendo entrevistado por mí, me gustaría resaltar que no fue el único que se sometió a mis preguntas (es que además de showman y performático también soy periodista). Algo de lo que más orgulloso me siento en esta revolución en la derecha es de haber conseguido atraer a políticos de primera línea a un entorno al que no estaban acostumbrados a estar: YouTube. 

Todo comenzó hace más de cuatro años, cuando se acercaban aquellas elecciones generales del 10 de noviembre de 2019 y a mí se me metió en la cabeza traer a mi canal a los candidatos de la derecha, Pablo Casado y Santiago Abascal, a pesar de que no contaba aún ni con cien mil suscriptores en mi canal. Con el primero lo intenté todo, hablé con cada uno de los contactos que tenía dentro del Partido Popular, que en aquella época eran muy pocos, pues apenas llevaba un par de años en YouTube, pero no lo conseguí. Mi gozo cada vez se encontraba en un pozo más profundo mientras intentaba por todas las vías conseguir lo mismo con el líder de Vox. Y cuando ya había perdido la esperanza recibí la llamada de alguien que me dijo algo que jamás olvidaré: «Vente mañana a Sevilla si quieres, que tenemos un hueco para que entrevistes a Santiago». Esto ocurrió apenas tres días antes de los comicios en los que Vox sacó 52 escaños. La entrevista fue todo un éxito, con más de setecientas mil visitas, además de llegar al número 3 de los vídeos más vistos en YouTube. A partir de ahí vinieron Cayetana Álvarez de Toledo, Rocío Monasterio, Rosa Díez, Juan Carlos Girauta, Toni Cantó, Iván Espinosa, José Manuel García-Margallo y algunos más que no tuvieron miedo de alejarse, apenas durante 30 minutos, de los medios tradicionales y visitar un ecosistema nuevo para ellos donde todo podía pasar; porque YouTube tiene unas reglas distintas y yo, como periodista, las aplico, pero a mi estilo.

Algo que pienso que he hecho muy bien a lo largo de mi carrera, y creo que poca gente puede presumir de lo mismo, es haber encontrado el equilibrio perfecto entre el show, la performance, la seriedad y la reputación. Los políticos venían a mi canal y algunos medios de comunicación querían contar conmigo para analizar la política a pesar de que, de vez en cuando, me ponía una peluca y me enfundaba un disfraz para interpretar una de mis canciones chorras (hablaremos más tarde de esto). Era como si la gente hubiera aprendido a separar las dos almas que había en InfoVlogger: la performática y la periodística. Digo que habían aprendido a separarlas porque yo aún no lo he conseguido. Simplemente hago lo que me sale de los mismísimos cojones, cuando quiero y donde quiero, y no tengo ninguna intención de que deje de ser así. 

Las generaciones en la revolución 

Hay una especie de leyenda urbana que dice que solo los jóvenes consumen YouTube y que los creadores de contenido que nos dedicamos al análisis político nos dirigimos a veinteañeros o millenials. Esto se debe a una profunda ignorancia y desconocimiento sobre cómo funcionan las redes, como casi siempre suele ocurrir. También es resultado de creer que, por el simple hecho de emitirse en la misma plataforma, todos los canales tienen el mismo público. Sin embargo, la realidad es bien distinta, diría que absolutamente la contraria, a la que quieren hacer creer a la gente algunos de nuestros detractores, que ven peligrar su poltrona en algún medio de comunicación. Hablo de mi caso, y también del de algunos compañeros, cuando digo que la edad media de mi audiencia ronda los cuarenta y cinco años, aunque hay picos donde supera los sesenta. Creo que la gente no es consciente de la importancia que tiene poder llegar a este target. El haber conseguido que un público tan acostumbrado a los medios de comunicación tradicionales, a agarrar el mando de la televisión o a abrir un periódico, coja un móvil o un ordenador y te busque para informarse sobre la actualidad política es un verdadero hito del que pienso que los creadores de contenido deberíamos estar orgullosísimos. Y este cambio en una generación que creció sin las nuevas tecnologías ha sido clave para el vuelco que ha dado en los últimos años la derecha; pues se ha pasado de un panorama en el que solo consumías lo que te ofrecían, a otro en el que puedes elegir lo que consumir y comparar la información para evitar lo más peligroso dentro del periodismo: la manipulación. 

Cuando voy por la calle o estoy en algún evento político no dejo de sorprenderme con el tipo de gente que me para con el objeto de felicitarme o hacerse una foto conmigo. En un mismo día he llegado a hacerme selfies con un niño de seis años que no paraba de cantar y bailar mis canciones y con una señora de noventa y tres años que no se perdía ni un solo vídeo ni una sola intervención mía en El Toro TV. Que tu contenido guste por igual a gente que se lleva 87 años de diferencia no es algo de lo que puedan presumir todos los creadores de contenido. Yo, por suerte, sí. Como demuestra esta anécdota, que además ocurrió hace bien poco. No recuerdo muy bien en qué manifestación se me acercó un señor de unos cuarenta y cinco años para darme las gracias, porque a base de enseñarle mis vídeos a sus hijas, estas habían dejado de ser progres para pasarse al lado bueno de la historia: el facherío turbomegarradical.
Anécdotas así tengo muchas, y os puedo decir que solo con haber logrado convencer a una persona para que abandone la ideología más diabólica que ha parido la humanidad junto al nazismo, mi trabajo habrá valido la pena. Porque ya no es solo que nos encontremos en un escenario donde la derecha ha dado un volantazo y ha comenzado a despertar, sino que también la propia gente contra la que en principio va mi contenido consigue cambiar y venirse al bando de los buenos. Una prueba más de que aquel refrán que decía «la letra con sangre entra» es totalmente certero. De hecho, yo usaría incluso técnicas más radicales, como atar a un progre a una silla y obligarlo a un visionado maratoniano de mis vídeos durante días, al estilo de La naranja mecánica. No creo que ningún socialista pudiera resistirse a abandonar el rojerío. 

Bromas aparte, la misión de los creadores de contenido, al menos la mía en particular, debe ser llegar a la audiencia más complicada de alcanzar: los llamados boomers (los nacidos durante la explosión demográfica que siguió a la Segunda Guerra Mundial), que es la mayor parte de la gente que me ve, pero entre los cuales hay un porcentaje elevadísimo que no abren YouTube ni para ver recetas de cocina. Porque se creen a pies juntillas todo lo que salga en la televisión, que en muchos casos está financiada por los propios partidos políticos. Lo bueno que tenemos los youtubers es que no nos debemos más que a nuestro público, por eso pueden estar muy tranquilos de que, aunque coincidamos en valores e ideas con algún partido político, tenemos la total libertad para dejar de apoyarlo en el momento en que queramos o criticar todo lo que nos dé la gana de él; porque nuestro pan no depende de él, como sí ocurre con muchos de los «progretubers». 

Los «progretubers» son nuestra antítesis y con los que mantenemos un arduo enfrentamiento desde hace años, aunque mientras ellos son incapaces de llegar a su público, nosotros sí alcanzamos al nuestro. Los «progretubers» son, como su propio nombre indica, lo contrario a los «fachatubers», es decir, creadores de contenido que se dedican a difundir las ideas progres o el argumentario del Gobierno. En otras palabras, auténticos lamebotas del poder. Ironías de la vida, ¿no creéis? La izquierda, supuestamente revolucionaria y antisistema, vendida por completo al sistema y comprándole todo el relato al poder y a los gobernantes; mientras que la derecha, la cual se supone representa a ese señor gordo con esmoquin, puro y un monóculo, es (somos) ahora la verdadera fuerza antisistema contra el poder establecido. 

Me extenderé en esto más tarde, pero esa es la razón por la que nosotros tenemos éxito y ellos no. Nosotros tenemos un discurso fuera del sistema; ellos tienen en su poder toda la televisión y los medios generalistas, a los que a pesar de que siguen teniendo mucho poder, las redes cada día les están ganando más terreno. A nuestros detractores les duele profundamente que un joven con una cámara y un foco consiga lo mismo que una cadena de televisión gastándose cincuenta mil euros en cada programa que emite. De ahí viene la inquina que nos tienen. 

YouTube ha sido clave en ese cambio de mentalidad. La gente ha podido comprobar de primera mano cómo la izquierda no es lo que promulga, y nunca lo ha sido. La izquierda solo es un compendio interminable de incoherencias que nunca ha sabido dar respuesta a las necesidades de la población, solo a sus propias necesidades y las de sus organizaciones mafiosas. Algo que se ha acrecentado aún más desde que decidieron servir a todas las elites que existen en el planeta. Claro, que ese fue el momento en que mucha gente comenzó a mirar a su derecha, cuando vieron que quien realmente les representaban eran esos seres supuestamente malvados que querían traer el fascismo de vuelta a la actualidad. 

Está claro que no se puede coincidir en todo, pero mi público y yo tenemos un contrato no escrito, aunque sí mental, y ellos lo saben. Contamos con un acuerdo de mínimos donde hay varias cuestiones que son innegociables, aunque luego disintamos de otras tantas; aunque son demasiado buenos conmigo y siempre me dicen que coinciden al cien por cien en todo lo que digo (eso es amor de suscriptor y lo demás, tontería). Esos mínimos incluyen: la unidad de España, la integridad moral y, sobre todo, la libertad. La libertad es innegociable y en el momento en que yo muestre un atisbo, aunque sea mínimo, de dejar de defenderla, estaré acabado en todos los aspectos y me lo mereceré; porque los tiempos convulsos que vivimos hoy en España tienen que ver precisamente con los ataques constantes y brutales a la libertad de todos los españoles. 

Nunca habíamos conocido un periodo en democracia con una falta de libertades tan abrumadora como esta. Y precisamente bajo un gobierno socialista, de esos que «siempre» llevan la libertad por bandera. Por tanto, de esa necesidad de defender las libertades hice virtud. La defensa de la libertad está prácticamente concentrada en las redes sociales y por eso precisamente los gobernantes quieren controlarlas, porque se escapa al golpe de la subvención. Pero no pueden, aunque hemos llegado a un punto en que a veces sería más fácil entendernos mediante jeroglíficos, por la cantidad de eufemismos que llegamos a usar en nuestros vídeos para que no nos los desmoneticen o directamente los eliminen por «discurso de odio». A veces nos sentimos auténticos «mongolos», en serio. Tener que llamar a un delincuente de nacionalidad marroquí «persona que no come jamón» es el colmo de la absurdidad; pero nos encontramos en esa tesitura. A eso nos han arrastrado los que quieren acabar con todo resquicio de libertad y convertir este país en una especie de versión nacional de Demolition man, la famosa película de Sylvester Stallone donde los ciudadanos eran multados en función de un estatuto de moralidad verbal que les impedía usar el vocabulario de forma libre. Esa es la sociedad a la que nos dirigimos. 

Cuando vemos a un gobierno defendiendo los privilegios de una parte del territorio español por encima de los del resto, se está atacando la libertad; pero resulta que los que vamos en contra de la democracia somos los que queremos una España unida, donde todos los ciudadanos sean iguales ante la ley. Cuando se aprueban leyes que atacan el artículo 14 de la Constitución, que habla precisamente de esa igualdad de todos los españoles ante la ley, se está atacando la libertad de todos los ciudadanos; pero resulta que los peligrosos antidemócratas somos los que defendemos que se respete, por ejemplo, la presunción de inocencia. ¡Qué acto tan dictatorial! 

Antisistema como forma de vida 

En más de una ocasión (muchas realmente) seguidores y amigos me han dicho que, si fuera de izquierdas, progre y socialista, hace mucho tiempo que tendría un programa en Televisión Espantosa (perdón, Española) o en alguna cadena de «rojos y maricones». Y creo que, humildemente, tienen razón. Viendo cómo otros influencers de la siniestra tienen poltrona fija en determinados programas de televisión, con un número de seguidores infinitamente menor al mío y con una capacidad de influencia en las redes absolutamente nula, es lógico pensar que si yo simpatizara con el Gobierno estaría cada tarde sentado en una tertulia haciendo de «opinólogo». La razón está muy clara: no se puede dar un altavoz a la extrema derecha y menos a una tan deslenguada como la que represento yo. Entiendo que es un peligro llevarme a un plató de televisión, porque yo no soy Alan Barroso y es absolutamente incontrolable lo que yo pueda decir. De hecho, la única televisión que se atreve a hacerlo es El Toro TV, donde llevo dos años colaborando y ya es mi casa, y cómo no, mis queridos Iker Jiménez y Carmen Porter, que de vez en cuando me invitan a sentarme en su Horizonte. Pero lo que pretendía hablando de esto no es era atacar a Alan o a la televisión, sino hablar de esa aura de outsider con la que tan a gusto me siento, algo que también ha ayudado a la gente a abrir su mente y a mirar a su derecha sin ver peligrosos fascistas. Lo que a la gente le atrae también, y yo creo que de forma natural, es lo prohibido. Saben que nuestro discurso es peligroso para determinadas personas y es esa sensación la que buscan al coger el móvil y ponerse un vídeo de mi canal, por ejemplo. Es algo que no van a encontrar en ningún otro sitio, no es un discurso mainstream que pueda repetirse en cadenas o en otros medios. La magia de ponerte delante de una cámara precisamente es esa: meterte en las casas de la gente, hacerles compañía y, a la vez, intentar que tu mensaje cale y pueda ser difundido. Y es que, como decía al principio, no es fácil remar a contracorriente, pero no sabéis lo gratificante que es saber que estás tocando los cojones a tanta gente. Cada vez que se me viene a la mente un pensamiento del tipo: «Isaac, igual te has pasado lanzando improperios y exabruptos», me respondo de inmediato: «No, son socialistas, el socialismo se merece algo mucho peor», y entonces se me pasa. 

Ese remar contracorriente es algo que creo también he contagiado a la gente a la que consigo llegar, ya que en el ámbito familiar o de las amistades no es fácil ir a la contra cuando todo tu círculo es de una determinada ideología política. Además, de la ideología «buena», de la incuestionable, de la que quiere el bien para todo el mundo y acabar con la pobreza y el fascismo. Salir del armario ideológico frente a los que te rodean es duro, pero es el primer paso para cambiar las cosas. Como la educación, todo empieza en tu círculo más cercano, y la fase inicial para un cambio de mentalidad comienza en tu propia casa. 

No pocas veces se me ha acercado gente para agradecerme haberles dado fuerzas para decir lo que piensan porque su madre, su padre, su tío, su hermano, toda su familia es de izquierdas. El hecho de no sentirse solo y haber creado una inmensa comunidad ha provocado un efecto contagio donde los unos han ayudado a los otros a darse fuerzas y a no seguir encerrados dentro del armario ideológico construido hace tiempo por la izquierda y del que cada día más gente se está escapando. Pero, como decía, que siempre acabo yéndome por las ramas, ir de outsiders, es decir, en contra del sistema, y rodeados de esa aura de clandestinidad ha sido una de las claves del éxito de los youtubers de política. 

Resulta bastante curioso que los outsiders de hoy sean personas que podrían ser mi padre, mientras que el sistema está formado por un cúmulo de niñatos con alma de persona de ciento ocho años. El «viejovenismo» es un tema que también conviene estudiar, porque cada vez que oigo a mis supuestas némesis, que no superan los veinticinco años, no puedo evitar imaginármelos bebiendo un carajillo y tomando algún anticoagulante. Eso, unido a que se mueven continuamente dentro de los círculos del poder, hace que nadie los vea si no los promociona el político progre de turno. 

Los influencers progres han hecho muchos intentos de emularnos y todos han acabado como una película de Eduardo Casanova: en un rotundo fracaso. Y como no han podido hacernos sombra, lo único que les ha quedado ha sido montar un sindicato de youtubers para exigir cobrar lo mismo que nosotros y después ser enchufados uno a uno en la televisión ruinosa de Pablo Iglesias. Y no será por falta de medios, porque yo he llegado a ver que tenían hasta platós, equipos de sonido y varias cámaras para una espectacular audiencia de cuatro personas. Pero ellos se excusan continuamente en que nadie los ve porque los «algoritmos recomiendan contenidos extremistas». 
No, el algoritmo, recomienda contenido que el espectador quiere ver, y tú no eres uno de esos contenidos, cariño. Porque la gente busca algo que no haya escuchado ya millones de veces en televisión o que haya repetido como un papagayo el periodista más coñazo de las tertulias. La gente va buscando algo rompedor, un discurso que les gustaría decir a ellos, pero aún no se atreven; es una especie de terapia que, como he dicho antes, ha hecho que muchos hayan salido del armario ideológico para no volver a entrar en él jamás. 

Yo no soy ningún valiente, aunque sea lo que más me repiten cuando me paran por la calle. Siempre les digo que lo que yo hago es simplemente ejercer un derecho, que es la libertad de expresión. Pensar que eso es valentía es un error y caer en la trampa socialista de tener que callar todo para no molestar al de al lado. Hasta el día que me metan en la cárcel seguiré diciendo todo aquello que me sale de la entrepierna y solo un juez podrá impedírmelo (aunque creo que ni eso). Por tanto, cada vez que veas un discurso como el mío en las redes sociales o, incluso en este libro, no pienses que es valentía, piensa que tú puedes hacer exactamente lo mismo porque nos amparan las mismas leyes. Por el momento, porque ya sabemos que desde hace un tiempo la ley tiene un nombre y es Pedro Sánchez. 

Valientes son los que se jugaban la vida en el País Vasco para defender la libertad que ahora esta gentuza cochambrosa y sucia está pisoteando, pero, ¿yo? Yo solo soy un medio para infundir fuerza y coraje a una sociedad que creo que llevaba dormida mucho tiempo y que, por suerte, está despertando por fin. 

¿Antisistema y radical? Puede. Bueno, puede no, sí. Si ir a la raíz de los problemas es ser radical, es evidente que lo soy; si luchar contra la basura ideológica que nos imponen las elites a las que están vendidas casi la totalidad de los gobernantes del mundo es ser antisistema, pues también lo soy. 

Pero una cosa os digo: sentíos orgullosos de ser antisistema y radicales, creo que no hay piropo más bonito que te puedan lanzar en los tiempos que corren. La revolución de la derecha es imparable y apenas estamos en sus albores, por eso cada día el nerviosismo aumenta entre las filas del zurderío. La mayor amenaza para esta izquierda mugrosa es cuestionarle todos los pilares sobre los que se asienta su criminal ideología, ya que no estaba acostumbrada a ello y vivía feliz y cómoda con esa derecha correcta y domesticada que no se atrevía ni a toserle. Pues yo sí le voy a toser, y quizás algo un poco más desagradable, pues estaremos de acuerdo en que se merece eso y mucho más.

INFOVLOGGER PRESENTA SU LIBRO "MANUAL DE RESISTENCIA FACHA"

sábado, 21 de febrero de 2026

LIBRO "LOS PELIGROS DE LA MORALIDAD": POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI por PABLO MALO


LOS PELIGROS
DE LA
MORALIDAD

POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA 
PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI

PABLO MALO

Una nueva epidemia ha llegado a nuestras sociedades: la hipermoralización. Ha traído consigo linchamientos públicos, tribalismo ideológico y ataques a la libertad de expresión. Y todo ello en un enorme clima de polarización política, en un «ellos frente al nosotros», donde una espiral de virtud imparable nos exige cada vez mayores niveles de corrección, y la cual se ha manifestado en la cultura de la cancelación, la sociedad del victimismo, la indignación continua en redes sociales y el postureo.
Tal y como describe en este libro el psiquiatra experto en biología evolucionista Pablo Malo, la tecnología y sus distintas herramientas, como las redes sociales, se ha convertido en una máquina al servicio de la indignación moral. Las redes sociales se aprovechan de nuestros instintos morales igual que la pornografía en Internet se aprovecha de nuestros instintos sexuales y, por si fuera poco, otros cambios tecnológicos y de estilo de vida han hecho que la religión tradicional haya perdido terreno como marcapasos moral.

Malo estudia la naturaleza de la moral y la moralidad y, como demuestra en este osado y erudito ensayo, explica que el rol antes ocupado por la Iglesia o el sindicato como prescriptor de valores ha sido sustituido por el wokismo a través de nuevos canales como Black Lives Matter, las políticas de identidad, la teoría queer y el feminismo interseccional.
Y ante este punitivismo nos alerta, pues como dice él mismo: «El mundo no consiste en gente buena que hace cosas buenas y gente mala que hace cosas malas, pues las mayores maldades a lo largo de la historia las cometieron gente que creía hacer el bien».

***
Pablo Malo pretende en esta obra abrir los ojos a una mayoría de la población de nuestra infantil sociedad, la cual ingenuamente cree que el mundo se divide en buenas y malas personas haciendo respectivamente buenas y malas acciones, como en las películas de Disney o Hollywood —señala el autor.

Se tocan cuestiones perennes sobre la realidad del ser humano, y muestra cómo éstas se aplican a la actualidad social. Según Malo, los instintos morales tribales, el etnocentrismo de considerar lo de nuestro grupo como bueno y lo de otros grupos como malo, son parte innata de nuestro ser, por nuestra base neurobiológica evolucionada por las reglas de la selección natural darwiniana. Señala además el autor que «parece que no podemos tener una identidad si no es contra alguien, que no podemos vivir sin un Ellos al que oponer un Nosotros.» No obstante, distintas circunstancias derivan en distintos desarrollos del contenido moral con distintos principios, sobre los cuales no hay razones que las soporten sino más bien emociones, o sentido de identidad y pertenencia a un grupo. No son nuestros principios morales deducibles por pura lógica, al estilo Kant. Donde tenemos que mirar para entender la moralidad de cada individuo es al mundo social y a la dinámica de grupos en la que el individuo se encuentra inmerso.

En referencia a la idea de poder discutir sobre moral con algún moralista, cita Malo a Jonathan Swift: «no puedes disuadir con razones a nadie de algo de lo que no fue convencido por razones». También cita a David Hume: «la razón es esclava de las pasiones y no puede pretender otra cosa que servirlas y obedecerlas». Entonces, si no podemos discutir sobre principios morales, ¿cómo se hace para ponernos de acuerdo en los principios comunes de una sociedad tan plural como la nuestra con su múltiples tribus y subtribus, cada una señalando el bien y el mal en direcciones diferentes? La respuesta pesimista de Malo es que no es posible tal acuerdo, y que lo que tenemos es lo único que es posible tener: una guerra civil cultural sin tregua, en la cual, como siempre ha sucedido a lo largo de la Historia, los poderosos han de intentar imponer su moral o bien por el proselitismo que ellos dominan o bien por la fuerza, no por lo convincente de sus argumentos. No es posible que cada cual viva con los suyos con su moral sin interferir con el resto de la sociedad, pues como ilustra Malo con un magnífico ejemplo: «Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo, sino que voy a impedir que tú lleves minifalda» y «cuando las personas tienen fuertes convicciones morales ponen los fines por encima de los medios para conseguirlos —su foco principal son los fines— y están dispuestas a aceptar cualquier medio que conduzca al resultado deseado, incluidas la mentira y la violencia» —señala Malo. Ése es el drama de nuestra sociedad actual que plantea el autor.

El mundo no es justo referido a un bien absoluto, el mundo no es un escenario estilo Star Wars en el que las fuerzas del bien luchan contra las fuerzas del mal y al final consiguen su objetivo. La creencia en un mundo justo es solo eso, una mera creencia, un opio del pueblo necesario para mantener el orden y la confianza en el sistema. Lo único que hay son distintas tribus humanas con distintas morales luchando por hacer prevalecer la suya. El bien o el mal es relativo a cada cultura, no hay un bien en términos absolutos. Dice Malo: «La mayoría de las personas necesita creer que el mundo es justo, los necesitamos para salir y para mandar a él a nuestros hijos. Pensar que el mundo no es justo nos desorienta y deprime». Añadiría yo (esto no lo dice Malo) que la mayoría de las personas son incapaces de pensamiento propio y carecen de fortaleza psíquica para afrontar la realidad, necesitan líderes para guiarlos y que les provean de su opio; son plebe para cuestiones intelectuales, y no está hecha la miel para la boca del asno. Nietzsche no escribió Más allá del bien y del mal pensando en convencer a las masas con ello. Lamentable es que aquéllas tengan tanto peso en nuestras sociedades occidentales democráticas de la era internáutica.

Antaño fueron las religiones las defensoras de la moralidad. Hoy prima en Occidente, sobre todo en los países anglosajones, una moralidad laica woke o de Social Justice Warriors: feminismo, LGTBIQ+, teoría crítica de la raza y otros temas progres. Aunque probablemente menos del 10% de la población sostenga estas ideas, están ejerciendo una desproporcionada influencia en cómo se entiende la sociedad a sí misma —asevera Malo. Las herramientas de imposición de este nuevo orden moral pasan por el victimismo (el derecho de los proclamados oprimidos a imponer sus reglas en su condición de víctimas históricas), cultura de la cancelación sobre sus críticos, linchamientos mediáticos y en las redes sociales, despidos por opiniones contrarias a la corrección política, etc. lo que ha llevado en un país como Estados Unidos a que el miedo de expresar ideas y la autocensura se hayan triplicado desde los años 50 del siglo pasado (era McCarthy de la caza de brujas anticomunista) a la actualidad —según indica Malo en su libro. La ciencia, que debiera mantenerse neutral en esta guerra cultural, también hace en multitud de ocasiones prevalecer la moral de ciertas ideas políticas sobre la verdad; ¿de qué extrañarse pues de que cuando cambian las tornas políticas, como con la llegada de Trump en Estados Unidos, se desmantelen muchos programas científicos? Todo un programa post-postmodernista de destrucción de valores ilustrados, en el que el pensamiento libre, la racionalidad, la ciencia y la búsqueda de la verdad dan varios pasos atrás para retornar a la época de inquisidores, quemas de brujas (o, aunque no se queme a nadie, se le fulmina en el plano profesional y personal), masas fanatizadas y los nuevos «curas» de la nueva religión sin Dios soltando sus arengas al populacho para agitarlo.

Son los mismos perros del pasado inquisitorial con distinto collar. Este movimiento de la Justicia Social es cristiano en su esencia —asegura Malo parafraseando a otros autores: «el movimiento #MeToo repite las peticiones de las puritanas de otros tiempos; la muerte de George Floyd —la muerte de un inocente a manos del imperio actual— tiene ecos de la muerte de Cristo; el Dios cristiano siempre ha estado más cerca de los débiles y oprimidos que de los poderosos; (…) sólo hace falta observar las imágenes posteriores a la muerte de George Floyd, a los senadores estadounidenses de rodillas, a la gente postrada en el suelo, a personas blancas lavándoles los pies a personas negras, etc., para darnos cuenta del simbolismo religioso, de la liturgia de purificación y renacimiento, del deseo de limpiar y renovar observables en todos los acontecimientos que hemos presenciado»; «Estos cazadores de herejes de la Inquisición que han existido a lo largo de la historia del cristianismo estarían representados actualmente por los santurrones fanáticos woke que no queman ahora personas en la hoguera, pero sí arruinan sus reputaciones y sus vidas». Cierto que estas situaciones son más extremas en Estados Unidos, país nutrido en sus orígenes por fervorosos puritanos cuyo espíritu fanático todavía pervive, pero dada la influencia y el dominio cultural actual de los EE.UU. llega esto en cierta medida a todo Occidente.

Aunque el autor hace más énfasis en discutir la moralidad woke que otras ideologías, se sobreentiende que todo lo que explica es también aplicable a otros frentes de la guerra cultural. En particular, en lo que respecta por ejemplo a la censura en detrimento de la libertad de expresión, o el uso de las redes sociales como medio de difundir propaganda ideológica y propagar el odio sobre quienes se separan de sus cánones, en todos los sitios cuecen habas. No hay que fiarse de esos medios que se dicen amantes de la libertad y abiertos a la discusión de ideas de cualquier tipo, pues, a nada que se ponga el dedo en la llaga de sus correspondientes vacas sagradas, saldrá a relucir algún ofendidito reclamando que se prohíban las importunas palabras. En mi experiencia, por ejemplo, he conocido medios afines a la izquierda que se ponen muy nerviosos y se cierran de plano cuando se quiere opinar sobre feminismo sin morderse la lengua, cosa que no ocurre con los medios más a la derecha. Sin embargo, y también me consta por experiencia propia, en los medios donde la crítica a lo woke es común, intentar poner a caldo a Israel por el genocidio que está cometiendo en Palestina resulta casi automáticamente en una puerta cerrada en las narices, asunto que sin embargo es bien recibido por los medios progresistas. Estoy de acuerdo con Pablo Malo cuando dice, en el último capítulo de su libro: «Vivimos unos tiempos difíciles para el escepticismo, la razón, la crítica, la duda y los matices. Hoy en día las narrativas se venden en paquetes y sólo hay dos posiciones: comprar el paquete completo o rechazarlo. Como digas: ‘Pues, mira, de tu narrativa me parece bien esto y esto, pero creo que eso de ahí y eso otro no es así…’, automáticamente vas al lado de los negacionistas, conspiranoicos o enemigos que rechazan ese discurso y lo que ello conlleva.»

Quizá —pienso yo— la única solución para mantenerse escéptico y crítico como se requiere en un librepensador es no casarse con ninguna ideología, no ser de derechas ni de izquierdas, ni de ninguna secta, ni de ninguna fundación, ni pertenecer a ninguna escuela de pensadores, ni pertenecer a grupo alguno. Es un camino en solitario que pocos están dispuestos a transitar. Nadie ha dicho que pensar por libre sea fácil, no lo era ni en los tiempos de Galileo ni lo es ahora. Lo fácil (e inútil) es unirse a un grupo de poderosos fariseos y verse arropado por los nuestros al tiempo que se siente la unión que produce poseer enemigos comunes (ellos); la vida vegetal aburguesada del académico o pseudointelectual que se dedica a echar panza y medrar en la jerarquía de su Iglesia; y si el político de turno señala que hay que dar una «perspectiva de género» a la ciencia, de cabeza van sin chistar, porque les importa más el medrar en el sistema que la verdad o la ciencia.

En definitiva, creo que tenemos en Los peligros de la moralidad una obra que refleja y analiza extensamente lo que podría llamarse tema de nuestro tiempo, o al menos uno de los temas más cruciales de la actualidad. Aunque la obra se explaya con disertaciones científicas y filosóficas, pienso que cabe clasificarla más dentro del área de la sociología y de la política.

El sociólogo contemporáneo Erik Olin Wright escribió en una ocasión: «La sociología es una complicada reelaboración de lo evidente». Me parece certera la opinión de Wright, y es que, si leemos cualquier libro de sociología actual, lejos de las grandes teorías globales y sus visiones filosóficas de los pioneros de la disciplina científica, no parece que uno pueda sustraer una visión de la sociedad más allá de lo que se aprende viendo algún telediario de vez en cuando. También esto se aplica al libro de Malo, que pone en negro sobre blanco lo que vemos todos los días ante nuestros ojos. No obstante, no sobra que se haga explícita la problemática y quede plasmada en una obra como ésta, cargada de lúcidas y valientes observaciones.

Aunque el tema da para exaltados e impetuosos discursos, la prosa de Malo es sosegada y alejada de pasiones, próxima a un texto científico o académico con múltiples referencias, pero con desarrollos accesibles al público general no especializado. No pretende su obra guiarnos o exhortarnos hacia un nuevo paradigma social, ni convencernos de ninguna idea política en particular. Malo se presenta aquí como un estudioso de la moral humana tal cual antropólogo o sociólogo. Si bien en su último capítulo indica algunas posibles soluciones para una sociedad mejor (separar moralidad de política; regular las redes sociales para que no promuevan discusiones sobre temas morales; etc.), son meras ideas en el aire sobre las que no se ve posibilidad de llevarlas a cabo en un futuro a medio plazo.


Introducción

La violencia se considera moral, no inmoral: 
por todo el mundo y a lo largo de toda la historia, 
se ha asesinado a más personas para imponer 
la justicia que para satisfacer la codicia.
STEVEN PINKER

Este libro es el resultado de una búsqueda personal. Aunque según esas teo­rías que dicen que el nombre que nos ponen influye en nuestra personalidad e intereses en la vida, mi apellido me predestinaba a ocuparme del tema de la psicología moral; la realidad es que, hasta donde puedo ser consciente de la motivación de mis actos, mi búsqueda tiene que ver en esencia con vivir en el País Vasco y haber sido por ello testigo del terrorismo de ETA y de cómo un porcentaje significativo de la población no sólo no condenaba sino que justi­ficaba esta violencia.

La mayoría de estas personas eran personas con valores, con principios morales, algunos de ellos incluso sacerdotes. Así pues, me pareció desde un principio que la visión de que hay personas buenas (morales) que hacen cosas buenas y personas malas (inmorales) que hacen cosas malas no expli­caba lo que yo estaba observando. Mi problema era explicar cómo personas con una moralidad que funciona de modo correcto podían apoyar actos como el asesinato que moralmente son considerados malos de forma casi universal. El rompecabezas era, por tanto, explicar a qué se debe que actos que suelen ser considerados malos -y que las personas que los llevan a cabo considerarían que son moralmente malos si los sufrieran ellas- son realiza­ dos contra otras personas por gente que cree que está haciendo el bien.

Al inicio de esta búsqueda cayó en mis manos el libro Becoming Evil, de James Waller, cuyo subtítulo es «Cómo la gente normal comete genocidios y asesinatos de masas». El libro trata la inquietante realidad de que todos po­demos hacer el mal y de que las mayores maldades a lo largo de la historia las ha cometido gente que creía que estaba haciendo el bien. Tanto en los genocidios de la era nazi como en los posteriores en la antigua Yugoslavia o en Ruanda participaron altos porcentajes de la población, lo que hace imposi­ble explicarlos culpando a individuos psicópatas o malvados. Gente normal, vecinos -amigos o familiares incluso-, se volvieron unos contra otros en estos terribles acontecimientos. Y en este libro encontré por primera vez la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos/Nosotros, que es considerada un universal antropológico, y ahí comenzó mi interés por estudiar la teoría de la evolución para comprender la mente humana. Trataremos la división Ellos/Nosotros y el tribalismo en uno de los capítulos del libro, pero ya des­ cubrí ahí que nuestra moralidad no es universal, no se aplica a todos los seres humanos, sino que su ámbito de aplicación viene marcado por los límites de lo que considero mi grupo. Nuestra moralidad llega hasta los límites de nuestrogrupo, se aplica a nuestra comunidad moral, es decir, no empleamos las mismas normas con los individuos que pertenecen a nuestro grupo (No­sotros) que con los individuos que no pertenecen a nuestro grupo (Ellos).

Pongamos un ejemplo. «No matarás» es una norma moral existente en todas las culturas. Pero en ningún sitio esa norma moral consiste en «No matarás a nadie», así, a secas. Al enemigo, por ejemplo, sí se le puede matar. Y no sólo se le puede matar, sino que se le debe matar, y el que lo haga no será ningún criminal, sino que será considerado un héroe. Así que la misma moralidad que nos conduce a hacer el bien nos puede empujar a hacer el mal, porque la moralidad, como veremos, es una herramienta para la co­laboración de los grupos humanos, y los grupos humanos han colaborado para competir contra otros grupos. Por eso, nuestra moralidad o nuestra mente moral tiene dos caras: una cara brillante que mira al endogrupo (Nosotros) y promueve la colaboración, la compasión, el altruismo y otras facetas positivas. La cara oscura es la que mira a los grupos rivales exteriores (Ellos) y se caracteriza por el tribalismo, el castigo, el odio y el desprecio a los miembros de esos grupos con los que competimos. Veremos en su momento que las fronteras entre comunidades morales pueden venir marcadas por di­ferentes atributos (raza, nación, religión...), pero un marcador cada vez más importante es la ideología. La ideología y las creencias políticas marcan las fronteras de nuestra comunidad moral y aquellos que tienen otras creencias no son considerados como pertenecientes a ella. Los que piensan diferente pertenecen a otra comunidad moral (Ellos) y las normas morales que se deben utilizar no son las mismas.

Un segundo componente de esta búsqueda personal con respecto a la naturaleza de la moral -que fue surgiendo mientras investigaba el primero- fue contemplar con asombro la creciente importancia del lugar que la mo­ralidad ha ido ocupando en nuestra sociedad actual y la necesidad de enten­der este fenómeno. Estamos viviendo una epidemia de moralidad que se ha iniciado en las universidades estadounidenses y se ha extendido ya al resto de la angloesfera (Canadá, Australia y Reino Unido) y por las redes sociales, y está llegando ya a toda Europa y a otras regiones. Se trata de una explosión de moralidad, de una espiral de virtud imparable que nos exige unos niveles cada vez más elevados de santidad para estar a la altura. Se manifiesta en la cultura de la cancelación, en la sociedad del victimismo, en la indignación continua en las redes sociales ante los menores errores o faltas morales de las personas, en linchamientos morales que recuerdan a las cazas de brujas, en despidos de trabajadores por expresar sus ideas, en censura, en retirada de libros considerados herejes, en un ataque a la libertad de expresión, en un miedo a hablar, etc. Debemos estar cada vez más pendientes de nuestra identidad moral y más atentos a demostrar a los demás que uno es una per­ sona virtuosa. El ambiente moral se ha ido haciendo cada vez más punitivo y asfixiante.

Pero, antes de continuar, ya he utilizado varias veces los términos morali­dad y moral por lo que, aunque lo hablaremos más adelante, conviene aclarar desde un principio a qué me estoy refiriendo y cuál es la terminología que voy a manejar a lo largo del libro, que es, creo yo, muy sencilla. En nuestro mundo de habla hispana -a diferencia de la literatura anglosajona que voy a manejar- está muy extendida la división entre ética y moral, y muchas veces cuando hablo de moralidad en el blog o en Twitter aparecen comen­tarios sobre esta diferencia que, dicho sea de paso, me parece muy frágil, aunque no necesitamos entrar en ello. Para los efectos de este libro pedi­ría al lector que, si maneja esta dicotomía, se olvide temporalmente de ella. Cuando me refiera a moral, moralidad, mente moral, sentido moral o instinto moral me voy a estar refiriendo a la capacidad humana de distinguir entre bien y mal, entre actos buenos y malos. Es una facultad o capacidad similar a la del lenguaje, que no existe -por lo menos con la misma extensión- en otros animales. Y hablaré de normas morales cuando me refiera a las reglas sobre las obras o acciones concretas que son consideradas buenas o malas.

Es decir, moralidad sería equivalente a nuestra capacidad para el lenguaje, y las normas morales concretas serían el equivalente a las lenguas que se hablan en cada lugar; todos los seres humanos distinguen entre bien y mal, pero no en todas partes se habla el mismo lenguaje moral; no en todas partes lo que es considerado bueno o malo coincide por completo. La ética, como rama de la filosofía que estudia y sistematiza los conceptos del bien y el mal, y la metaética, como la moral en el sentido de normas y costumbres, se basan en nuestra capacidad humana para distinguir entre bien y mal, y no existi­rían sin esa capacidad humana básica. Con eso es suficiente para nuestros fines. Lo que nosotros vamos a estudiar es cómo surgió esta capacidad moral humana, qué peculiaridades y qué consecuencias tiene.

Adelanto brevemente lo que el lector va a encontrar en cada capítulo. En el capítulo 1 voy a defender que tenemos una explicación naturalista -científica, basada en la selección natural- delorigen de la moral. La moral sería una adaptación y una adaptación es cualquier rasgo o característica- sea física o de comportamiento- que ha sido seleccionada por la selección natural porque aumenta eléxito reproductivo. Nuestra moral es contingente a la evolución que ha seguido nuestra especie. Si nuestra trayectoria evolu­tiva hubiera sido diferente, también lo sería nuestra capacidad moral, que tendría otras características, y nuestras normas morales. La consecuencia es que no hay valores absolutos, lo que no quieredecir que esos valores relativos a nuestra peculiar evolución no sean importantes. También hablaremos de las bases neurobiológicas de la moral en el cerebro, de la existencia de regio­ nes cerebrales que desempeñan un papel en nuestra conducta moral.

En el capítulo 2 veremos las principales teorías evolucionistas sobre el ori­gende la moral y cómo convergen todas en que la moralidad es un conjunto de soluciones culturales y biológicas para resolver los problemas de coope­ración y los conflictos de convivencia en las sociedades humanas. Veremos también la teoría diádica de la moral, que plantea que los seres humanos tenemos una plantilla de las transgresionesmorales, un modelo cognitivo de lo que es una transgresión moral y los elementos claves de este modelo son la intención y el dolor. La esencia de un juicio moral es la percepción de dos mentes complementarias, una díada, compuesta por un agente moral inten­ cional y un paciente moral que sufre (la acción del agente). Según esta teoría, al aplicar esta plantilla, se produce un «encasillamiento moral» que consiste en el fenómeno por el que la gente es catalogada o bien como agentes mora­les o bien como pacientes morales; no se puede ser las dos cosas a la vez.

En el capítulo 3 veremos por qué las creencias morales son muy diferentes a otro tipo de creencias y acarrean consecuencias sociales y políticas que de ninguna manera tienen otro tipo de creencias. Trataremos temas como el fenómeno de la moralización, el proceso por el que algo que antes era neu­tro moralmente (como comer carne o fumar) pasa a ser incluido en la esfera moral. También vamos a estudiar aspectos de nuestra psicología que no son directamente morales, pero que interactúan y tienen una fuerte relación con nuestra mente moral. Nuestra preocupación por el estatus y la reputación está íntimamente relacionada con la moralidad y necesitamos entender el lugar que ocupan en nuestra mente primate para comprender luego fenóme­nos como el «postureo» o «exhibicionismo moral», o los linchamientos y las cazas de brujas en las redes sociales. Una gran parte de nuestro repertorio moral lo interpretamos de cara a la galería, muchas de nuestras acciones sir­ven para señalar a los demás nuestra virtud. Gran parte de nuestras conduc­tas morales son dirigidas a observadores y por ello es importante entender también conceptos como el altruismo recíproco y otros.

En el capítulo 4 trataremos la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos y Nosotros y las graves consecuencias que esta tendencia tiene en nues­tro mundo actual, especialmente el tribalismo moral e ideológico. La divi­sión Ellos/Nosotros crea una frontera moral, un límite entre dos territorios morales. Más allá de ese límite ya no se aplican nuestros principios morales o no se aplican de la misma manera: Ellos no tienen la misma consideración moral que Nosotros. Somos moralmente tribales y este tribalismo es uno de los grandes retosde nuestra época: tanto eltribalismo entresociedades como dentro de cada sociedad, cultura o nación. Las sociedades occidentales nos estamos dividiendo en tribus y el motor principal de esas divisiones es en la actualidad la ideología, principalmente la ideología política. Este tribalismo intrasocietal está poniendo en peligro el propio funcionamiento de nuestras instituciones.

En el capítulo 5 haremos un repaso de otros fenómenos de nuestro mundo moral actual que giran alrededor de la indignación moral y de un nuevo vehículo para expresarla -las redes sociales- que no existían hasta hace poco y que lo han cambiado todo. Las redes sociales, Twitter en particular, se han convertido en tribunales morales de los que todo el mundo está pen­diente, más poderosos incluso que los tradicionales tribunales de justicia. Hablaremos de la difamación ritual, la cultura de la cancelación, la cultura del victimismo, el exhibicionismo moral y otros temas. Nadie quiere indig­nar a Twitter, la condena en redes equivale a la excomunión y la muerte social.

En el capítulo 6 veremos la explicación a la hipermoralización de nuestra época que mencionaba. Estamos viviendo un nuevo despertar religioso sin Dios y sin perdón cuyo epicentro se encuentra en Estados Unidos. Allí el co­lapso del protestantismo ha dejado un vacío que ha sido ocupado por una religión laica que es la llamada «Justicia Social Crítica» o «wokismo». Como decía Eric Hoffer: «Aunque la nuestra es una época sin Dios, es justo lo opuesto a no religiosa». 
Es un capítulo un poco denso de leer porque trata­ remos someramente los principios filosóficos del posmodernismo, pero creo que el esfuerzo merece la pena por su poder explicativo para entender la época que estamos viviendo y lo que tenemos por delante.

En el capítulo 7 trataremos los problemas que la moralidad supone en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, el peligro de llevamos a la vio­lencia moralista, la violencia más frecuente y grave a lo largo de la historia, una violencia que suele ser masiva y a gran escala. Y junto a ello el peligro que la moralidad encierra para el buen funcionamiento de dos instituciones básicas de nuestras sociedades: la democracia y la ciencia. 

Por último, en el capítulo final daré algunas ideas y propuestas alternativas sobre la forma de neutralizar estos peligros de la moralidad.
El mensaje fundamental de este libro, en resumidas cuentas, es que la moralidad es un arma de doble filo y que tiene un lado oscuro con el que debemos tener cuidado, lo que puede resultar controvertido ya que la visión habitual es que más moralidad es siempre buena. Aquí, sin embargo, voy a defender que necesitamos menos moralidad y no más. Básicamente, lo que hago en el libro es compartir los hallazgos de esta búsqueda personal que co­mento, y tendría dos finalidades fundamentales. 
Por un lado, ayudar al lec­tor a comprender el mundo moral que tenemos ahí fuera y en el que tenemos que desenvolvernos; que el lector salga del libro entendiendo mejor lo que ocurre a su alrededor. 

Y, por otro lado, tiene un objetivo práctico también: hacer recapacitar al lector cuando vaya a utilizar esa capacidad moral de la que hablo, en especial cuando se sienta indignado moralmente y dispuesto a escribir un tuit o a contestar a alguien en una discusión. El objetivo sería conseguir que cada uno de nosotros nos paremos un segundo a reflexionar antes de lanzar ese tuit o esa contestación, que se nos encienda una alarma en nuestro interior: 
«Atención, estás funcionando en modo moral, peligro». La esperanza es que podamos entre todos disminuir el elevado nivel de con­taminación moral actual y conseguir así un mundo más habitable.

¿La Sociedad Ha Perdido La Cabeza? - Pablo Malo