APRENDA
DE LA MAFIA:
PARA ALCANZAR EL ÉXITO
EN SU EMPRESA (LEGAL)
Exmiembro del clan Gambino
Un capo de la mafia sabe más sobre el auténtico liderazgo que cualquier consejero delegado de una empresa grande.
A pesar de que la Mafia sea conocida por sus métodos expeditivos e inmorales, sus capos siempre han sido unos hombres de negocios extraordinariamente hábiles. Louis Ferrante, antiguo mafioso, nos revela sus eficaces técnicas de gestión y muestra cómo aplicarlas, de forma completamente legal, en cualquier tipo de empresa.
Tras una carrera fulgurante y exitosa en la Mafia de la ciudad de Nueva York y cumplir una condena posterior de ocho años y medio en prisión, Ferrante consiguió enderezar su vida al comprender que lo que había aprendido en el mundo del negocio mafioso podía ayudarle a alcanzar el éxito en la "vida real". "Aprenda de la Mafia" ofrece una serie de consejos valiosos y sumamente prácticos que ayudan a desenvolverse sin problemas en el mundo de la empresa. Los acompaña de historias impactantes de situaciones reales que pueden parecerse bastante a los métodos aplicados en el Wall Street de hoy.
Nota del autor
Las personas que han leído mi autobiografía saben que en ese libro cambié los nombres de los hombres con los que cometí delitos con el fin de ocultar su identidad. Jamás me he chivado de ningún compañero de la Mafia ni de nadie y, aunque decidí dejar la Mafia mientras estuve en prisión, permanecí fiel a mis anteriores socios. En este libro, salvo algunas excepciones, utilizo los nombres verdaderos porque los mafiosos que menciono están muertos, en prisión o han cooperado con el gobierno. Nada de lo que escribo aquí puede inducir a que nadie sea acusado penalmente. No estoy desenmascarando crímenes ni señalando objetivos para la ejecución y el cumplimiento de la ley, sino recalcando el estricto sentido empresarial de la Mafia. A lo largo de todo el libro, me refiero al crimen organizado como la Mafia, por razones de accesibilidad del término. Sin embargo, dicho término raras veces lo utiliza una familia del crimen organizado, la cual suele referirse a su organización como La Cosa Nostra, que significa «nuestra cosa», o la borgata, que significa la «familia». Pido disculpas de antemano por el uso de cualquier tipo de jerga.
Prefacio
En la antigua Esparta, los chicos de doce años se sometían a una educación muy peculiar que tenía como finalidad agudizar el ingenio y enseñarles las destrezas necesarias para tener éxito en un mundo cruel. En las colinas que rodean esa militarizada ciudad-estado, se dejaba a los chicos sin comida hasta casi perecer de hambre y luego se les enviaba a la ciudad para que robasen para sobrevivir. Tenían que ser listos y astutos; si les cogían, se les castigaba severamente, pero no por robar, sino por fracasar. Los espartanos creían que un muchacho que dominase las destrezas de un ladrón prosperaría en la vida. Con eso no aconsejo a nadie que se convierta en ladrón para mejorar, sino que propongo estudiar la naturaleza subyacente de los delincuentes exitosos, y así adquirir conocimientos muy valiosos.
Una carrera delictiva a temprana edad indica
normalmente un fuerte carácter y propósito.
EDGAR SNOW, Estrella Roja sobre China
Yo empecé a robar a los doce años. Robé un coche de una carnicería cuando apenas era un adolescente, secuestré mi primer camión al final de mi adolescencia y dirigí mi propia banda de hombres mucho más mayores que yo que pertenecían a la familia criminal Gambino cuando apenas había cumplido los veinte años. Me acusaron de cometer uno de los atracos más importantes en la historia de Estados Unidos antes de cumplir los veintiuno.
Sin tener una educación superior, confié en mis instintos para moverme por el peligroso pero rentable mundo de la Mafia, produciendo millones de dólares para mi familia o empresa. En un momento dado, mi vida en la Mafia me asignó tres papeles muy distintos. Era un empleado de la familia Gambino; era el jefe, o director ejecutivo, de mi propia banda, y era un mando intermedio, recibiendo órdenes de los jefes de la Mafia y transmitiéndoselas a los subordinados. Por esa razón, creo que estoy muy cualificado para hablar de las personas de cada nivel de la escala corporativa.
Jamás me cogieron cometiendo un delito, pero la información proporcionada por algunos informantes confidenciales hizo que se llevasen a cabo algunas investigaciones. Después de una próspera carrera, fui arrestado por agentes de la autoridad estatal y agentes federales que reconstruyeron casos en mi contra utilizando a esos informantes. Me enfrentaba a pasar el resto de mi vida en prisión y me pidieron que colaborase acusando a otros mafiosos a cambio de mi libertad. Me negué a hablar de mis amigos y socios, y mis abogados negociaron una sentencia de conformidad después de que el principal chivato que me acusaba fuese expulsado del programa de protección de testigos del gobierno. Fui condenado a doce años y medio y me enviaron a la penitenciaría de máxima seguridad de Lewisburg, en Pensilvania.
En prisión me di cuenta de que matar estaba mal. No hay duda de que la vida es una lucha continua y que no podemos vivir de rodillas, pero no tenía derecho a culpabilizar a nadie, así que decidí cambiar de vida.
Cuando estaba en prisión, leí mi primer libro. No fue fácil al principio; mi vocabulario escaseaba, al igual que mi capacidad de atención y mi habilidad para entender lo que leía. Sin embargo, persistí y descubrí el placer de la lectura. Muy pronto, el suelo de mi celda estaba repleto de pilas de libros, igual que debajo de mi camastro y alrededor de la taza del váter. A diferencia de las paredes de las celdas de mis compañeros, cubiertas de pósters de mujeres desnudas, las de la mía estaban cubiertas de mapas. Durante años, leí hasta que los músculos de mis ojos me dolían y me quedaba dormido completamente exhausto. Dormía unas cuantas horas, las suficientes para que mis ojos descansasen, y luego vuelta a los libros. Mi celda se convirtió en una acogedora aula donde estudié de todo. Yo personalmente revoqué uno de mis casos federales desde prisión y me concedieron la libertad después de pasar ocho años y medio. Para entonces, había aprendido el arte de escribir analizando las novelas de los maestros del siglo XIX y había escrito una novela.
Cuando salí de prisión, tuve la gloriosa sensación de que había dejado atrás mi vida delictiva y, con ella, toda esa gama de delincuentes con los que trataba diariamente. Soñaba con encontrar mi lugar en el mundo legal. Qué diferente sería del mundo que había conocido. Para mi sorpresa, me di cuenta de que eso del mundo legal era una fantasía. No tardé en conocer bribones en la sociedad legal que eran mucho peores que los mafiosos que había conocido; lobos con piel de cordero.
Cuando ejercí como prestamista, jamás incrementé el tipo de interés de los préstamos concedidos a nadie. Si acaso, todo lo contrario, reducía el interés como compensación por haber pagado a su debido tiempo. Las empresas de tarjetas de crédito incrementan el interés sin importarles tu historia y, además, lo hacen sin tu consentimiento. ¿Qué sucede con todas esas ocultas comisiones? «Están en la letra pequeña —me dijo un representante del servicio de atención al cliente —. Usted debería haberla leído.» Eso es como si yo, al aumentar los intereses de un préstamo, le hubiera dicho a alguien: «Cuando te deje el dinero, te susurré eso. Deberías haberlo oído».
Las agencias de cobro de deudas telefonean a las casas de las personas y acosan a todo aquel que responde al teléfono. Les da igual si tu madre o tu abuela están a punto de morirse. «¡Me importa un carajo! ¡Páganos!» Puedes pensar lo que quieras de la Mafia, pero su código prohíbe que los mafiosos se acerquen a la casa de un hombre y, mucho menos, que acosen a su familia.
Los bancos embargan las casas y echan a sus ocupantes a la calle. El sheriff local tramita la orden de apremio, cierra las puertas y expulsa a la familia. Apuesto a que cualquier padre que haya pasado por eso preferiría tratar con nosotros. Puede que le rompan un par de huesos, que le pongan un ojo morado, pero por muy grande que sea el trato, conservas tu casa.
Seamos sinceros: los mafiosos son egoístas, interesados, pero lo mismo les sucede a los hombres de negocios. Los mafiosos pueden matar incluso a los suyos, pero a los demás no se les molesta. Los empresarios, los bancos y las agencias de tarjetas de crédito abusan de todo el mundo.
Solo nos matamos entre nosotros.
BENJAMIN SIEGEL alias BUGSY
Como mafioso, me temían, por eso los buitres preferían mantenerse a distancia. Como ciudadano legítimo, era una presa fácil y todo el mundo quería joderme. Al salir de prisión y regresar a casa, necesité de un coche y un apartamento. Una y otra vez, los vendedores de coches trataron de pegármela con viejas tácticas engañosas. Cada vez que me disponía a firmar en la línea de puntos, el trato cambiaba. Alquilé un apartamento. Durante el invierno, el arrendador no se dignó a encender la calefacción, pero el muy cabrón siempre quería que le pagase el alquiler puntualmente. Tuve que comprarme una estufa. Cuando me marché y le pedí la fianza, se hizo el loco y dijo que no la tenía. Busqué una casa para comprarla. Todos los asesores hipotecarios me hablaron de un préstamo con un interés fijo, el cual, según me juraron, jamás se incrementaría. Me di cuenta de que mentían.
Cuando les amenacé diciendo que volvería con un bate de béisbol si aumentaba, admitieron de inmediato que el interés podía incrementarse. No sé cuántas veces levanté los brazos y exclamé: «¡Qué panda de chorizos!». Me sentí rodeado de depredadores, igual que cuando me buscaba la vida en las calles, o lo que es peor, en prisión, donde tenía que cuidar de mis espaldas a cada instante. No soy el primero en darse cuenta de que la prisión no es una sociedad normal. Jonathan Swift, el escritor del siglo XVIII y autor de Los viajes de Gulliver , comentó que los convictos, en lo referente a la moral, no eran muy diferentes de las personas de la alta sociedad.
Ya que he mencionado a Jonathan Swift, quiero decir que me sentía como Gulliver, atado y pisoteado por personas mucho más pequeñas que yo. Había llegado el momento de levantarse. Decidí dar rienda suelta a ese espíritu agresivo que había desarrollado en la Mafia, un mundo en el que primero hay que sobrevivir, antes de lograr el éxito. ¡Yo, perdido entre la oscura multitud, tuve que utilizar más conocimientos, más cálculos y destrezas para sobrevivir de las que se emplearon para gobernar todas las provincias de España durante un siglo! FÍGARO en Las bodas de Fígaro de Pierre de Beaumarchais De repente me di cuenta de que tenía una gran ventaja sobre esas personas tan pequeñas: las experiencias de mi vida eran la pista de entrenamiento para el éxito.
La vida que había llevado, que a menudo lamentaba, fue también la vida que me enseñó a defenderme de los depredadores, olfatear a los fantasmas y ser más astuto que una serpiente. Fue una vida que me enseñó a ser independiente, a pensar a lo grande, a creer en mí mismo.
En la Mafia aprendí a tomar la iniciativa, a tener nuevas ideas y ponerlas en práctica. Aprendí a comunicarme con las personas. Para satisfacción de ambas partes, organicé tratos entre doctores, abogados, banqueros y agentes de bolsa, hombres con impresionantes credenciales académicas que carecían de la capacidad para hablar abiertamente.
Al haber tratado con muchas y variadas personas en mi pasado, me podía codear tanto con la sociedad educada como con la gente de los guetos. Podía pegársela a un gorrón o establecer una alianza con un banquero; podía hablar con cualquiera. También desarrollé una habilidad especial para superar los obstáculos. A veces los apartaba de mi lado, otras me abría camino entre ellos. Ahora ya no hay Alpes.
NAPOLEÓN, desestimando el mayor obstáculo en su conquista de Italia (Napoleón nació y creció en la isla de Córcega, una isla que reverenciaba a sus bandidos; esa influencia nativa siempre formó parte de él. Y controló Francia como un jefe de la Mafia.) La Mafia consigue a menudo lo que quiere utilizando a sus matones. Sin embargo, la mayoría de las veces, los mafiosos consiguen esos mismos fines entablando una relación amistosa con alguien, congraciándose con esa persona, pidiendo sencillamente lo que quieren. Después de reconsiderar mi idea de lo que es una sociedad «legítima», descubrí que mi nueva camarilla se parecía mucho a la antigua, menos violenta quizá, pero a veces más astuta. Continué practicando los aspectos civiles de la vida mafiosa, enterré el resto y empecé a cosechar éxitos.
Los antepasados se habrían sentido orgullosos, pues era muestra contemporánea de la «teoría del robo» implantada por los espartanos. En la actualidad dedico mi vida a ayudar a la gente. Mi autobiografía, Unlocked, se ha leído en todo el mundo y recibo un flujo constante de mensajes por correo electrónico de personas que me dicen que mi libro les ha cambiado la vida. He aparecido en televisión en más de doscientos países y he hablado delante de muy diversas audiencias, desde conservadores empedernidos hasta agentes de libertad vigilada, desde grupos de jóvenes hasta personas mayores, desde colegios y universidades hasta organizaciones empresariales y conferencias bibliotecarias. Al igual que los griegos de Homero, los judíos talmúdicos y los narradores de cuentos nativos americanos, los mafiosos más mayores utilizan la tradición oral para transmitir a los jóvenes y poner a su alcance la avezada sabiduría popular.
En este libro continúo utilizando esa tradición ancestral de narrar para transmitir esa sabiduría. Cuando lo considero apropiado, complemento las historias de la Mafia con anécdotas históricas para enfatizar que todas las lecciones se pueden aplicar universalmente y que nada cambia bajo el sol. Si uno aprende lo que sucedió ayer, estará preparado para lo que pueda suceder mañana. También introduzco citas relevantes a lo largo del texto para reforzar algún aspecto y fomentar la lectura.
Este libro tiene la intención de enseñar las mejores cualidades de La Cosa Nostra, de tal forma que Nuestra Cosa se convierta en Vuestra Cosa.
Las agencias de cobro de deudas telefonean a las casas de las personas y acosan a todo aquel que responde al teléfono. Les da igual si tu madre o tu abuela están a punto de morirse. «¡Me importa un carajo! ¡Páganos!» Puedes pensar lo que quieras de la Mafia, pero su código prohíbe que los mafiosos se acerquen a la casa de un hombre y, mucho menos, que acosen a su familia. Los bancos embargan las casas y echan a sus ocupantes a la calle. El sheriff local tramita la orden de apremio, cierra las puertas y expulsa a la familia. Apuesto a que cualquier padre que haya pasado por eso preferiría tratar con nosotros. Puede que le rompan un par de huesos, que le pongan un ojo morado, pero por muy grande que sea el trato, conservas tu casa. Seamos sinceros: los mafiosos son egoístas, interesados, pero lo mismo les sucede a los hombres de negocios. Los mafiosos pueden matar incluso a los suyos, pero a los demás no se les molesta. Los empresarios, los bancos y las agencias de tarjetas de crédito abusan de todo el mundo. Solo nos matamos entre nosotros. BENJAMIN SIEGEL alias BUGS
Lecciones de la Mafia
para el éxito empresarial
La Mafia, como organización que es, puede enseñar mucho al ámbito de la empresa. Valores como el de la lealtad, la confianza o la ambición son necesarios en las compañías, y la familia del crimen puede dar lecciones sobre ellos.
“El organigrama de una familia del crimen organizado o sindicato refleja la estructura administrativa de una corporación. En el vértice hay un jefe o un director ejecutivo, por debajo está el segundo de mando, el jefe de operaciones, y le siguen los capos y los soldados, que son los empleados que acatan las órdenes” publicó la revista Fortune. Louis Ferrante era un miembro del clan Gambino de Nueva York. Cumplió una condena de ocho años y medio, y una vez en libertad ha escrito varios libros. En uno de ellos, Aprenda de la Mafia para alcanzar el éxito en la empresa (legal), aplica los valores de la familia del crimen al ámbito de la empresa.
88 lecciones para empleados, mandos intermedios y jefes extraídas de la propia experiencia del autor. La confianza, la capacidad para guardar un secreto, el sentido del trabajo o la lealtad imperan tanto en la Mafia como en la organización.
Lecciones para el empleado
Hágales una oferta que no puedan rechazar: una forma infalible para que le contraten
Ferrante aconseja mostrar confianza y ambición. Aparecer como una persona que va a resolver problemas. “Demuéstreles que es usted un buscavidas. Todas las personas buscan una buena inversión; esa próxima inversión debe ser usted”.
No termine en el maletero de un coche: evite las intrigas de oficina
Los cotilleos de pasillo están a la orden del día en las oficinas, pero mantener la boca cerrada a tiempo es crucial para conservar la vida, según el exmiembro de la Mafia. “Inmiscuirse en las intrigas de oficina es como apostar por los ponis, es decir, que llevas todas las de perder. Evite las intrigas de oficina. Su supervivencia corporativa está en juego”.
Las paredes oyen: nunca hable mal del jefe
El sucesor de Al Capone se llamaba Accardo, quien nombraba jefes representantes mientras él manejaba los negocios entre bambalinas. Uno de sus testaferros era San Giancana. Éste fue a la cárcel y Accardo lo sustituyó por otro jefe. De vuelta a la libertad habló mal del que fue su superior. Giancana murió por cinco disparos cerca de la boca.
Otro mafioso, Scarfo recibió un regalo sin valor de otro capo, Bruno. Cuando éste murió, Scarfo le insultó. No le pegaron un tiro.
Lecciones para los mandos intermedios
Cómo darle a su objetivo sin usar una pistola: motive a su gente
Ferrante cuenta que muchos empleados del mundo son como los miembros de su banda: carecen de visión, necesitan que alguien les guíe y les motive a hacer las cosas. Si creen en el jefe, creerán en sí mismos. Y podrán alcanzar cualquier meta.
Entregue las mercancías: le representan a usted
¿Cuántas llamadas de teléfono se cortan cada mes en su móvil? Y, sin embargo, la compañía le exige el pago de la factura, comenta el autor del libro. Éste aconseja que si le pagan por un servicio o un producto, lo proporcione. “Cuando llega el momento, es todo lo que tiene”.
Respalde a sus compañeros: lealtad a sus empleados
Al Capone y John Gotti tenían muchos defectos, opina Ferrante, pero eran leales a sus hombres. Respalde a sus compañeros. Ganará su confianza y lealtad.
Lecciones para los jefes
Esconda la pasta debajo del colchón: tenga dinero en efectivo
La Mafia, al igual que muchos empresarios, no olvida que el flujo de caja debe ser la principal preocupación. He aquí un aviso para futuras crisis: “Las compañías que contaban con una reserva de dinero en efectivo lograron sobrevivir. Igual que le sucedió a la Mafia, que no recibe dinero para ser rescatada”.
Tipos como nosotros, tipos como ellos: cíñase a lo que sabe
Hacerse el listo o creer que el dinero ofrece la sabiduría pueden llevarle a la ruina. Al Capone solía decir que el mercado de valores era un jaleo, por eso se mantenía al margen. Cíñase a lo que sabe, recomienda el exmiembro de la Mafia.
Nunca infravalore a su adversario
Conozca a su competencia: qué hace, cómo lo hace, qué vende, cómo lo vende y a qué precio. Infórmese sobre sus adversarios para ser mejor que ellos, y adelantarse. Pero sobre todo no desprecie ni infravalore a sus competidores.
EL LIBRO
Autor: Louis Ferrante
Editorial: Conecta
El Padrino
y las Teorías
del Estado y del Derecho
«Un abogado con su maleta puede robar más
que cien hombres armados».
El Padrino
Una de las preguntas esenciales a las que deben responder la Teoría del Estado y la del Derecho es la relativa a la obligatoriedad del cumplimiento de las normas que emanan de los poderes públicos y si son diferentes a las que puede dictar una organización mafiosa. A estas cuestiones se enfrentaron ya, entre otros muchos, filósofos como Platón y, más tarde, San Agustín. En términos mucho más modernos, Kelsen defendió que no se trata de buscar cualidades internas que hagan válido el ordenamiento estatal y no válido el de la organización criminal, pues no hay una diferencia esencial entre, por ejemplo, la sanción que impone el Estado por lesionar a una persona y la que podría aplicar la Mafia por una conducta similar, pues en ambos casos es posible que exista una reglamentación parecida que permita saber a la sociedad que si se da la conducta lesiva A se impondrá la pena correspondiente B.
Una posible solución sería decir que el Estado impone sanciones “justas” y la Mafía no, pero legos en Derecho como Mario Puzo y Francis Ford Coppola la desmontan magistralmente en la primera escena de El Padrino: Bonasera acude a Vito Corleone para que repare las gravísimas vejaciones físicas y morales sufridas por su hija a manos de unos maltratadores, explicando que su demanda ante la justicia norteamericana se ha saldado con una condena de tres años de prisión que el juez dejó en suspenso poniendo en libertad a los culpables. Bonasera se indigna ante la injusticia, reclama la muerte como sanción “justa” para los delincuentes y ofrece, incluso, dinero al Padrino; éste se considera insultado por el intento de “soborno” y le recuerda que no está pidiendo “justicia” sino “venganza”, resolviendo que los maltratadores reciban un castigo “proporcional”: «no somos asesinos».
Una respuesta alternativa a la anterior sería la que ofrecen las teorías “realistas”, que, en su concepción moderna, ya no se plantean si la norma es válida sino si es “eficaz”; esto es, si se cumple en la práctica. También El Padrino muestra que tal criterio no sirve como elemento que diferencie, en un sentido favorable, al Estado de una organización criminal: las reiteradas negativas del productor cinematográfico Jack Woltz a darle un papel protagonista en una de sus películas a Johnny Fontane, aunque reconoce que es el actor adecuado para ese perfil, acaban cediendo ante la eficacia de una oferta de El Padrino, que no puede rechazar.
En última instancia, la respuesta a la pregunta que nos incumbe no está en centrarnos en la justicia o eficacia de una norma o una decisión judicial concretas sino en “suponer” que el ordenamiento estatal en su conjunto es “válido” y el mafioso no, pero entonces surge otro interrogante: ¿por qué hacemos esa suposición? La clave radica en suponer que el ordenamiento estatal es válido cuando, en su conjunto, es eficaz; es decir, cuando excluye la vigencia de otro entramado jurídico. Así, podemos suponer que el ordenamiento es válido y, por tanto, es obligado cumplir sus normas cuando es efectivo. Lo vemos en El Padrino II: Michael Corleone asiste en La Habana al ocaso de la dictadura de Fulgencio Batista y al triunfo de la guerrilla que, cuando consigue hacerse con el poder, acaba siendo reconocida como gobierno “legítimo” y, por tanto, su ordenamiento pasa a gozar de la presunción de validez.
El conjunto del ordenamiento estatal, la “legalidad”, encuentra así su fuente de “legitimidad”; la razón por la que debe ser obedecido. Ahora bien, la trama vuelve a complicarse y nos resulta muy inquietante cuando, como ocurre en la ficción de El Padrino pero también en no pocas ocasiones en nuestra realidad, esa legalidad no está al servicio de la libertad, la igualdad, la justicia o el pluralismo, sino que puede “comprarse” con dinero o con influencias, como se refleja en la conversación entre el senador Pat Geary y Michael Corleone, donde el primero condiciona la obtención de la licencia para un casino en Las Vegas, cuyo coste es de 20.000 dólares, al pago de 250.000 dólares y el 5% de las ganancias de los hoteles que explota en el estado de Nevada la “familia Corleone”.
El no va más de esta preocupante analogía lo ejemplifica el propio Michael Corleone cuando, en otra escena, sentencia: “la política y el crimen son lo mismo”. Resulta, o tendría que resultar, obvio que es una afirmación disparatada pero, y eso debería preocuparnos, parece que cada vez hay menos gente que la considere una exageración, a lo que no debe resultar ajeno el hecho de que más de un cargo público considere, parafraseando de nuevo a Michael Corleone, que el ejercicio de sus funciones “no es política, sólo negocios”.
Nos reunimos aquí para aceptar a un nuevo miembro. Ahora estás ingresando en la honorable sociedad de Cosa Nostra, la cual acoge solo a hombres de valor y lealtad. Entras vivo y sales muerto. La pistola y el puñal son los instrumentos mediante los cuales vives y mueres. Cosa Nostra está antes que cualquier otra cosa en la vida. Antes que la familia, antes que el país, antes que Dios. Cuando se te llame debes acudir aunque tu madre, tu esposa o tus hijos estén en su lecho de muerte. Hay dos leyes que debes obedecer sin titubear: nunca traicionarás los secretos de Cosa Nostra y nunca violarás o tocarás a la esposa o a los hijos de otro miembro. La violación de cualquiera de estas leyes significa la muerte sin juicio o advertencia. Levanta tu dedo y haz brotar una gota de sangre, ya que esta simboliza tu nacimiento en nuestra familia. A partir de ahora somos uno hasta la muerte. Ahora eres un Hombre hecho, un amico nostro, un soldato de la famiglia.
*Texto del discurso para el ingreso en Cosa Nostra desvelado por Jimmy Fratianno al FBI.
INTRODUCCIÓN
La Mafia descubrió América en las últimas décadas del siglo XIX, cuando los mafiosos que se unieron a las olas de inmigración italiana de aquellos años encontraron enormes oportunidades para sus tradicionales ocupaciones. El diccionario enciclopédico Larousse define la palabra Mafia como:
1. «Red de asociaciones secretas sicilianas dispuestas a tomarse la justicia por su mano y a impedir el ejercicio de la justicia oficial por medio de un silencio concertado.
2. Cualquier organización clandestina de criminales.
3. Grupo secreto de personas que se apoyan entre sí por defender sus intereses»; pero las autoridades norteamericanas no sabían con lo que iban a enfrentarse. Su Gobierno, sus leyes, sus tribunales o sus fuerzas policiales no estaban preparadas para combatir en una guerra que iba a desatarse y que duraría poco más de un siglo, con miles de muertos, víctimas de cientos de pequeñas batallas que se desarrollarían en oscuros callejones, bares o casinos.
La inmigración italiana en Estados Unidos había ejercido una gran influencia a nivel económico, político, cultural, pero también dentro del oscuro mundo del crimen. En la década de los noventa, los censos demostraban que casi doce millones de sus habitantes eran descendientes de italianos, o lo que es lo mismo, uno de cada veinte norteamericanos. Tan solo entre 1820 y 1880 [1] se calcula que llegaron a las costas de Estados Unidos cerca de cinco millones de italianos, pero el mayor flujo de estos fue entre 1880 y 1914.
La Primera Guerra Mundial arrastró a casi cuatro millones de italianos más a la tierra prometida, a una nueva tierra de oportunidades para aquellos que buscaban algo mejor mediante el trabajo duro, pero también arrastró a un gran número de delincuentes que vieron en Estados Unidos un nuevo mundo de oportunidades para ejercitar la extorsión, el robo y el asesinato. Curiosamente, y en contra de lo que se cree, los primeros flujos migratorios italianos hacia Estados Unidos procedieron del norte de Italia.
La fiebre del oro desatada en 1848 hizo al Nuevo Mundo más atractivo para todos aquellos que buscaban una oportunidad para salir de la pobreza. Gran parte de las primeras olas migratorias se dirigieron hacia Brasil y Argentina, pero las epidemias de fiebre amarilla que acabaron con la vida de casi nueve mil inmigrantes italianos hicieron que el Gobierno disuadiese a sus ciudadanos para viajar a otros países. California fue el inicial destino donde se establecería la primera sociedad italiana, en el valle de Sonoma, pero rápidamente Nueva York desplazó a esta en el número de inmigrantes que llegaron a sus muelles.
En 1910 se calcula que vivían en Nueva York cerca de 350 000 italianos. Boston, Chicago, Nueva Orleans y Filadelfia contaban con comunidades cercanas a los 50 000 italianos cada una. Por tal motivo estas cinco ciudades fueron las primeras que notaron la criminalidad de bandas mafiosas contra sus propios compatriotas [2]. Poco después, también Pensilvania y Nueva Jersey recibían a un gran número de inmigrantes procedentes de Italia.
Las tres cuartas partes de los flujos migratorios se concentraron en ciudades portuarias como Nueva York, donde se crearon «Pequeñas Italias», guetos en los que uno podía encontrarse con paesani, gente de su mismo pueblo o ciudad; o comprar cualquier producto típico del país de origen. Allí solo se hablaba el dialetto de sitios como Nápoles, Molise, Puglia, Calabria, Cerdeña o Sicilia, y donde la única ley imperante era la de aquellas organizaciones mafiosas que habían trasladado sus zonas de control desde los barrios de Castellammare del Golfo, Corleone o Catania a los barrios de Brooklyn, Queens o el Harlem italiano [3].
Las nuevas organizaciones criminales que imponían su particular ley a sangre y fuego en los barrios italianos se hicieron fuertes en un principio gracias a la popularidad y la leyenda que rodeaban a algunas de estas bandas criminales entre los núcleos de inmigrantes con escasa cultura y que procedían la mayor parte de zonas rurales del sur de Italia. El origen de la palabra Mafia estaba envuelto en esa especie de leyenda que a veces ha sido utilizada en beneficio de la propia organización criminal. Algunos estudiosos, aunque sin concretar sus fuentes, datan el origen de la primera organización mafiosa en el siglo XVI.
En esa época aparecieron en Italia pequeños grupos organizados conocidos como los Protectores, que imponían su favor a ricos comerciantes y terratenientes a cambio de fuertes sumas de dinero. Si estos no accedían a pagar la protección, algún familiar era asesinado o sus campos quemados. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, Sicilia se había convertido en una región sin ley, en parte como consecuencia de las campañas contra los ejércitos napoleónicos que libraban un gran número de fuerzas del orden. Durante este periodo, las bandas de mafiosos se hicieron fuertes en zonas rurales, imponiendo su ley y sus impuestos a los ciudadanos de la isla.
Según la leyenda, es en esta época cuando surge la palabra Mafia. Una de esas leyendas cuenta que una joven siciliana a punto de contraer matrimonio fue violada por soldados franceses. Para lavar tal afrenta, un gran grupo de sicilianos se levantó en armas contra los soldados de Napoleón Bonaparte, al grito de «Morte A la Francia, Italia Anela», y cuyas siglas formaban la palabra Mafia. La segunda versión relata el mismo acto contra la joven siciliana, solo que esta cuenta que la madre, al enterarse de la violación sufrida por su hija, salió a las calles de Sicilia gritando «ma fia, ma fia» (mi hija, mi hija) en el dialecto del lugar, lo que provocó el levantamiento en armas de los sicilianos contra los franceses [4] en una especie de vendetta sangrienta.
En la mitad del siglo XIX, gran parte de los Protectores se unieron a los Carbonari, una especie de sociedad secreta de liberación que luchaba bajo el mando de Giuseppe Garibaldi contra el poder de los Borbones que gobernaban junto con Nápoles, en el llamado reino de las Dos Sicilias, desde 1738. Este grupo llevó la iniciativa en la campaña garibaldina que consiguió la liberación de Sicilia en 1860 del yugo impuesto por Francisco I de Borbón, convirtiendo de esta forma a la Mafia en una organización con una leyenda que no olvidarían los miles de inmigrantes que se hacinaban en los barcos que partían de los puertos italianos rumbo al Nuevo Mundo.
A principios del siglo XX, y debido al aumento de los índices de criminalidad en los barrios controlados por las comunidades italianas, se produjo una reacción en las autoridades norteamericanas, que no estaban acostumbradas a luchar contra organizaciones criminales como la Mafia. Bajo una ley aprobada por el Congreso se estableció una cuota de entrada de 3845 inmigrantes italianos por año, pero el mal estaba ya enraizado en la sociedad norteamericana.
Los antepasados sicilianos de mafiosos como Profaci, Bonanno, Ormento, Gambino, Lucania, Costello o Gigante lucharon contra los austriacos, españoles o franceses, aterrorizaron a recaudadores de impuestos y asesinaron a agentes de la ley [5]. Un código de conducta fue poco a poco impuesto entre los «soldados» de la Mafia: la omertà, o lo que es lo mismo, «la ley de silencio». En 1920, Cesare Mori, prefecto de policía en Sicilia, posiblemente el hombre que mejor conocía a la Mafia, redactó un informe titulado Cruzando espadas con la Mafia [6], en el que describe:
«La Mafia gobernaba casi todos los sectores de la sociedad. Tenía sus jefes y sus suplentes. Dictaba órdenes y decretos en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos, en las fábricas y en los campos. Regulaba los arrendamientos rústicos y urbanos, podía intervenir en casi todos los negocios, imponiendo su voluntad por el terror o la amenaza, así como el castigo dictado por los jefes reconocidos de la Mafia. Sus órdenes eran prácticamente leyes. Terratenientes y comerciantes consideraban que valía la pena asegurar sus personas, propiedades y trabajadores, pagando tributo a la Mafia. La seguridad adquirida con este seguro era mucho más grande que la que pudiera garantizar ninguna fuerza policial o Estado. Era más seguro, por ejemplo, para el viajero tener dos miembros de la Mafia como escolta que a dos o más policías».
En el mismo informe, Mori afirma: «Con frecuencia me han preguntado qué signos de reconocimiento usan los mafiosos entre ellos, de qué forma son designadas sus jerarquías, la redacción de sus leyes, sus métodos de administración y control o la recolección de fondos. En realidad, por sorprendente que parezca, nada de esto existe. La Mafia es tanto una filosofía como una sociedad. Es una curiosa afinidad mental que une esencialmente a los mafiosos y hace de ellos una casta. No tienen ningún signo de reconocimiento, ni lo necesitan. Los mafiosos se reconocen entre ellos por su modo de hablar. No tienen leyes, la ley de la omertà basta. No hay elecciones, el Padrino brota por autodesignación o por imposición. No hay reglas de admisión, cuando un miembro en potencia posee las cualidades deseadas, es sencillamente absorbido. Cuando estas cualidades ya no satisfacen, es expulsado o por asesinato o por retiro obligatorio».
Existían en Cosa Nostra cinco mandamientos capitales y que aún en el siglo XXI siguen vigentes entre los miembros de la Mafia. Un hombre hecho debe acudir siempre en auxilio de un hermano con todos los medios de que disponga, incluso a riesgo de su vida o sus propiedades; un hombre hecho debe obedecer las órdenes de un consejo de hermanos más antiguos que él sin cuestionarlas nunca; un hombre hecho debe considerar una ofensa infligida por un no miembro de Cosa Nostra a un hermano como hecha personalmente contra él y el resto de hermanos de Cosa Nostra, y este debe estar dispuesto a vengarla a toda costa; un hombre hecho no debe jamás acudir a la policía, los tribunales de justicia o cualquier otra autoridad gubernamental en demanda de ayuda; y un hombre hecho, ni bajo el dolor o la muerte, debe nunca reconocer la existencia de Cosa Nostra, discutir sus actividades o revelar el nombre de otro miembro de Cosa Nostra [7].
Curiosamente, durante años, organizaciones policiales como el FBI negaron la existencia de una Mafia, en el mayor sentido de la palabra, es decir, como una organización criminal, perfectamente jerarquizada y organizada. Incluso informes federales fechados en los años cuarenta y cincuenta que he leído y utilizado para la redacción de este libro niegan la existencia de una organización criminal de origen italiano.
Los ciudadanos norteamericanos, y en especial sus medios de comunicación, hablaban de bandas criminales italianas, pero sin una conexión concreta entre ellas, sin un fin común, hasta que en 1963 el testimonio del mafioso Joseph Valachi abrió los ojos a todos. Valachi había sido un hombre de acción durante los años veinte para la organización de Salvatore Maranzano, hasta que cuarenta y tres años después recibió el llamado beso de la muerte (Signo dado a un miembro de la Mafia para informarle de que su Padrino ha ordenado su ejecución), o lo que es lo mismo, la orden de su ejecución por parte del Padrino Vito Genovese. Valachi, para vengarse, se convirtió en informador y relató, en una audiencia televisada ante un Comité de Investigaciones Especiales del Senado, su experiencia en Cosa Nostra a las órdenes de Lucky Luciano, Meyer Lansky, Moe Dalitz o Vito Genovese.
El testimonio de Valachi puso al descubierto casi medio siglo de historia de la Mafia y ayudó a identificar a 317 miembros relevantes de Cosa Nostra. «Se les detenía y se limitaban a saludarte, inclinarse ante ti y preguntarte cómo estabas tú y tu familia. Eran gente desconcertante», me dijo Gerald Shur, fundador del Programa Federal de Protección de Testigos (WITSEC), en su casa de Nueva Jersey, y el agente federal que recibió la primera llamada de Joseph Valachi para convertirse en informador.
Este libro intenta cubrir un periodo extenso dentro de Cosa Nostra, exactamente desde 1895 a 2002, desde Giuseppe Battista Balsamo, primer gran Padrino de la organización La Mano Negra, a John Gotti, Padrino de la familia Gambino. Para ello he escogido, con los sabios consejos de Gerald Shur, y de Oliver Revell, agente federal durante treinta años y jefe de la Unidad Especial del FBI contra el Crimen Organizado, eventos y personajes importantes que cubrían un siglo en la historia de Cosa Nostra entre las más de 14 300 páginas de documentos desclasificados del FBI que he utilizado para la redacción de este libro.
Por mis manos han pasado los informes redactados por agentes federales sobre Al Capone, Vito Genovese, Tony Accardo, Frank Costello, Carlo Gambino, Paul Castellano, Lucky Luciano o Meyer Lansky, y de acontecimientos como la matanza del día de San Valentín, los orígenes de la Mafia, la cumbre de Apalachin o los asesinatos de Paul Castellano y Albert Anastasia.
Los lectores de este libro podrán pensar que parte de su contenido es una novela de ficción, pero todos los acontecimientos que se relatan están basados en hechos reales sacados de documentos de Agencias federales como el FBI, la Oficina Federal de Narcóticos, el Servicio Secreto, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el Programa Federal de Protección de Testigos, la Unidad Especial contra el Crimen Organizado o los departamentos de policía de las ciudades de Nueva York, Chicago, Los Ángeles o Las Vegas. La Mafia, la Cosa Nostra, el Sindicato, el Crimen Organizado, la Hermandad, la Unión, la Oficina (la Mafia de Nueva Inglaterra), el Equipo (la Mafia de Chicago), el Brazo (la Mafia de Buffalo), la Combinación (la Mafia de Cleveland), o como quiera denominarse, es real. Los personajes y las acciones que en MAFIA, S. A. 100 AÑOS DE COSA NOSTRA se relatan, también lo son.
ERIC FRATTINI
Nueva York, febrero de 2002
_______________________________
[1] Datos de los registros históricos de Ellis Island consultados por el autor, 18201890. La isla de Ellis (Nueva York) se convirtió durante el siglo XIX y principios del XX en la principal puerta de entrada de ciudadanos italianos en Estados Unidos.
[2] Véase J. Philip Di Franco, The Italian Americans. The Immigrant Experience, Chelsea House Publishers, Nueva York, 1996.
[3] Véase Cesare Mori, La Mafia al Ferri Corti, Editorial Mondadori, Verona, 1932.
[4] Véase Renato Candida, Questa Mafia, Editorial Sciascia, Roma, 1956.
[5] Véase Frederick Sondern, Brotherhood of Evil: The Mafia, Farrar, Strauss and Cudahy, Nueva Jersey, 1959.
[6] Cesare Mori, Cruzando espadas con la Mafia. Informe de la Prefectura de Policía de Sicilia. Número 68317/662, septiembre de 1920.
[7] Véase Mafia Monograph. Documento del FBI. Número 10-42303-330, 9 de julio de 1958.



0 comments :
Publicar un comentario