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miércoles, 27 de mayo de 2026

LIBRO "TIERRA ROJA": SUICIDIOS Y VIÑAS ARRANCADAS: 🍇🍷 UN THRILLER ADICTIVO Y TREPIDANTE AMBIENTADO EN EL EXCLUSIVO MUNDO DEL VINO, LAS BODEGAS Y LAS ANTIGUAS DINASTÍAS VINÍCOLAS


 TIERRA ROJA

PEPE MÜLLER

Un thriller adictivo y trepidante ambientado 
en el exclusivo mundo del vino, 
las bodegas y las antiguas dinastías vinícolas.

🍇🍷

Arnault Leclerc, propietario de la legendaria bodega bordelesa Château Marchand, aparece colgado de una soga en su habitación de hotel el día en el que iba a recibir un homenaje por el éxito de sus vinos de parte de toda la comunidad enológica. Aparentemente se trata de un suicidio, pero Cristina Castillo, una periodista especializada, sospecha que hay gato encerrado. Comienza así una investigación que irá atrapando a Cristina en una peligrosa tela de araña que envuelve las miserias y los secretos del mundo del vino.
De Washington a La Rioja, y pasando por Burdeos, Pepe Müller aprovecha todo su conocimiento sobre enología para construir una novela que todo lector aficionado al género disfrutará como el mejor tinto.

Nota del autor

Querido lector:

Este libro te trasladará a los viñedos de La Rioja y de Burdeos. Mientras disfrutas con su intrigante trama, aprenderás mucho sobre el fascinante mundo del vino y podrás descubrir excelentes representantes de ambas re­giones.
Aunque se trate de una novela de ficción, he incluido algunos hechos y personajes reales para darle más verosimilitud.

En primer lugar, el recordado enólogo riojano Ezequiel García, apodado el Brujo, al que me he tomado la libertad de homenajear.
Destacaré asimismo al abogado y crítico de vinos estadounidense Robert
M. Parker debido a su relevancia en la trama y la enología moderna.
Criado en Baltimore y gran aficionado al vino, creó la guía The Wine Ad­vocate para asesorar al consumidor. Saltó a la fama al predecir la excelencia de la añada 1982 en Burdeos, contradiciendo la opinión general de los exper­tos. Poco después, dejó la abogacía para dedicarse en exclusiva a la crítica de vinos.

Para ello, definió un método de valoración, basado en una escala de cin­cuenta a cien puntos, que pronto fue equivalente a las estrellas Michelin en la gastronomía. Si un vino obtenía cien «puntos Parker» aumentaba pronto su categoría y precio.
El impacto inicial fue positivo e impulsó la calidad en muchas bodegas.
Sin embargo, algunas adaptaron sus vinos al paladar de Parker para subir la puntuación y se fue reduciendo la diversidad. Esta «parkerización» ha hecho que el crítico ya no tenga el predicamento de 2006, año en el que se sitúa nuestra historia.

Tienes entre tus manos una novela muy sensorial. Para que puedas disfru­tarla plenamente, te recomiendo acompañarla con una copa de buen vino en la mano y escuchando su «banda sonora»...



Burdeos, al borde del abismo

Suicidios, viñas arrancadas 
y el colapso de un modelo centenario


La crisis del vino de Burdeos ha dejado de ser una abstracción económica para convertirse en una tragedia humana. En menos de un año, tres suicidios vinculados directamente al sector vitivinícola han sacudido a la región más famosa del vino mundial, revelando hasta qué punto la tormenta perfecta que asola al viñedo bordelés ha superado ya el umbral de lo asumible. No se trata solo de cifras en rojo, de excedentes o de mercados perdidos, sino de vidas rotas por la sensación de no tener salida en un territorio donde el vino no es una actividad económica más, sino una identidad.

El último de estos suicidios, ocurrido el 31 de diciembre de 2025, fue el de Guillaume Pétergne, un viticultor del Médoc que había heredado una explotación familiar centenaria. Tras años de ventas inexistentes, deudas acumuladas y participación en programas públicos de arranque de viñas como último recurso, Pétergne decidió abandonar la actividad. En una entrevista concedida meses antes de su muerte, había confesado que la idea de perder la propiedad familiar lo «roería hasta el final de sus días». A Pétergne le habían antecedido en el trance Christophe Blanc, viticultor de Castillon, y Jonathan Mayer, joven productor comprometido con la reconversión ecológica y con un papel activo en los órganos de gobernanza del sector. Tres perfiles distintos —un heredero exhausto, un viticultor tradicional y un reformista convencido— unidos por un mismo desenlace: la ruina económica convertida en derrota íntima.

Tras el tercer suicidio, el sector ha reaccionado con un gesto poco habitual en Burdeos: unidad absoluta. Todas las organizaciones profesionales, sindicatos agrarios y entidades interprofesionales han firmado un documento conjunto dirigido al Gobierno francés en el que reclaman medidas inmediatas para evitar el colapso de la viticultura regional. El diagnóstico es unánime: el sistema ha dejado de ser viable para una parte creciente de los productores.
Las cifras sostienen ese grito de auxilio. Solo en el último ejercicio, el sector habría acumulado pérdidas superiores a los 130 millones de euros. Miles de viticultores venden su uva por debajo de los costes de producción, cuando consiguen venderla. El Gobierno francés ha anunciado un plan de arranque de viñedos dotado con 130 millones de euros para los próximos años, con el objetivo de reducir superficie, aliviar excedentes y sanear el mercado. La medida supone aceptar oficialmente que una parte del Burdeos productivo ya no tiene mercado. Para muchos bodegueros, sin embargo, no es una solución, sino una eutanasia económica diferida.

A ello se suman las demandas de fondos para destilación de excedentes, la revisión de la ley Egalim para proteger los ingresos del productor, una mayor flexibilidad normativa en materia fitosanitaria y la posibilidad de crear organizaciones de productores con mayor fuerza negociadora frente a la gran distribución. La protesta ha llegado incluso a la Cité du Vin, convertida simbólicamente en escenario de «exequias de la agricultura francesa» por jóvenes agricultores que denuncian la paradoja de promover vinos extranjeros mientras el viñedo local se desangra.
Para entender la profundidad de la crisis hay que recordar qué es Burdeos. No se trata solo una región vitícola: es el arquetipo del vino moderno. Aquí se inventó, mucho antes de que existiera el término, el concepto de marca aplicada al vino. Aquí se fijó la idea de jerarquía territorial, de clasificación, de prestigio acumulado. Desde la Edad Media, cuando los vinos de Aquitania abastecían masivamente a Inglaterra tras el matrimonio de Leonor de Aquitania con Enrique II, hasta la clasificación de 1855 impulsada por Napoleón III, Burdeos ha sido sinónimo de orden, poder y comercio.

Durante siglos, el puerto de Burdeos fue una máquina logística al servicio del vino. El estuario de la Gironda permitió una expansión comercial sin precedentes. Los vinos bordeleses viajaban a Inglaterra, Flandes, Alemania y, más tarde, a América. Esa vocación exportadora moldeó el estilo: vinos pensados para largas travesías, para resistir el tiempo, para evolucionar en botella. Burdeos inventó el vino de guarda antes de que el concepto existiera.
También aquí se consolidó la noción de château como unidad simbólica. No era solo una bodega, sino un relato: una propiedad, una familia, un terroir, una continuidad. Nombres como Château Lafite‑Rothschild, Château Latour, Château Margaux o Château Haut‑Brion no solo designan vinos, sino una forma de entender el lujo, la herencia y el savoir faire.

Ese savoir faire era el santo grial al que aspirábamos, en los 90, los aficionados incipientes que ansiábamos descubrir los mejores vinos del mundo, que llegaban a nuestras enotecas y wine-bars primigenios –¡qué recuerdos de El Aloque y el Buen Provecho!– procedentes de un mosaico complejo de territorios y uvas. En la orilla izquierda dominaban los suelos calcáreos y las gravas del Médoc y de Graves, cuna de vinos estructurados y longevos basados en la variedad cabernet sauvignon. En la orilla derecha, las arcillas de Saint-Émilion y Pomerol daban protagonismo al merlot y el cabernet franc, con vinos más redondos y sedosos. A ello se sumaban los blancos secos de Pessac-Léognan, los dulces de Sauternes y Barsac, y un océano de denominaciones genéricas que son las que siempre han alimentado el mercado cotidiano. Ese equilibrio, hoy, está roto.

La campaña de venta a la avanzada (primeur) de la añada 2024 ha actuado como detonante final de una crisis larvada. Pese a rebajas de precios que en algunos casos alcanzaron el 30%, la respuesta del mercado fue el silencio. «Han sido los peores primeurs en 25 años», reconocía un comerciante británico citado por Neil Martin en Vinous, quien no duda en hablar de la mayor crisis de Burdeos desde los años treinta.

Martin describe un panorama devastador: vinos que no vendieron ni una sola caja, teléfonos que no sonaron, correos electrónicos sin respuesta. Incluso entre los grandes nombres —los 1.ers crus del Médoc—, el interés fue tibio. El problema ya no es solo el precio, sino la saturación del sistema. Hay demasiadas añadas anteriores disponibles a precios similares o inferiores. El incentivo para comprar vino que aún no existe ha desaparecido.

Desde el punto de vista cualitativo, la añada tampoco ayuda. William Kelley, en su informe para The Wine Advocate, califica 2024 como la cosecha más floja de la última década. Un año marcado por lluvias persistentes, presión extrema de mildiu, dificultades de maduración y decisiones límite en viña y bodega.
«La madurez, en resumen, fue el factor crítico», resume Kelley. Solo algunos productores, con medios técnicos y financieros suficientes, lograron sortear el desastre. El resto produjo vinos delgados, herbáceos o simplemente mediocres.
En otro contexto histórico, Burdeos habría absorbido una añada mediocre sin mayores consecuencias. Pero el mercado actual es implacable. Consumidores escaldados por la pérdida de valor de cosechas recientes, comerciantes saturados de stock y tipos de interés al alza han convertido 2024 en la prueba definitiva de que el sistema primeur ha dejado de funcionar tal como fue concebido.

Nada de esto es completamente nuevo. Burdeos lleva más de una década acumulando síntomas de agotamiento. El consumo mundial de vino tinto cae de forma estructural, especialmente entre los jóvenes. En Francia, el tinto se ha desplomado en pocos años; en China, uno de los grandes motores del auge bordelés de principios de siglo, la demanda se ha hundido. A ello se suman la competencia de regiones emergentes, el auge de blancos y espumosos, la presión sanitaria sobre el alcohol y un cambio cultural profundo.
Con un viñedo compuesto en un 85% por tintos, Burdeos es especialmente vulnerable. Ya en 2023 los viticultores pedían arrancar un 10% de la superficie. En 2024, el arranque dejó de ser un tabú para convertirse en política pública. Miles de hectáreas están destinadas a desaparecer o a reconvertirse en otros usos agrícolas. Es una cirugía mayor aplicada a un cuerpo histórico.

El ajuste, además, no es equitativo. Los châteaux de mayor prestigio pueden resistir gracias a su fama, su músculo financiero o su integración en grandes patrimonios. Pero el tejido intermedio y popular —los crus bourgeois, pequeños productores, cooperativas— es el que está cayendo. Ahí se concentran las quiebras silenciosas, las transmisiones familiares frustradas y, en los casos más extremos, las tragedias personales.
Desde The Guardian, Tim Dowling apunta a una posible salida cultural además de económica: recuperar estilos más ligeros y frescos, como el clairet de siglos pasados, adaptados a nuevos hábitos de consumo. No olvidemos que aquel tinto bordelés que nos fascinó hace décadas cambió de estilo mirando el modelo de Napa Valley y el gusto del mercado estadounidense, tornándose más oscuro, confitado, alcohólico y estructurado, al tiempo que multiplicaba sus precios por tres y por cuatro.

Solo unos pocos châteaux con vocación ultraclásica (Latour, Leóville-Las Casses, Lafleur) o bien con cierta rebeldía contracultural vinculada a la biodinámica y los vinos naturales (Le Puy, Meylet, Castel Vielh La Salle) se mantuvieron en sus trece. Casi todo el resto cayó, parafraseando a Patricia Highsmith, en la fascinación del amigo americano. Y hoy resulta difícil rectificar, no solo en estilo, sino también en el posicionamiento de precio en el mercado.

«Para una región cuya producción de vino es 85% tinto, esto es una crisis existencial», recuerda Dowling en el diario británico, subrayando que Burdeos produce cientos de millones de botellas que ya no encuentran comprador. Y no le falta razón.
Otros, como Neil Martin, son más radicales: la única salida pasa por asumir una fuerte corrección de precios, abandonar la ficción del vino como activo financiero y reconstruir la relación con el consumidor desde la honestidad. «La respuesta radica en lo que los consumidores están dispuestos a pagar por el vino, no en lo que piensa la bodega», sentencia.

Quizá ambas cosas sean ciertas. Lo que resulta indiscutible es que Burdeos ha llegado al final de un ciclo histórico. El modelo que convirtió al vino en objeto de especulación, que confundió prestigio con inflación permanente y que dio por sentado que el mundo siempre querría beber —y atesorar— sus botellas, ha dejado de funcionar.
Mientras tanto, en los viñedos de la Gironda, hay familias que arrancan cepas plantadas por sus abuelos, bodegas que cierran en silencio y viticultores que ya no ven futuro. Esa es la verdadera dimensión de la crisis. No la de los primeurs fallidos, sino la de un territorio que lucha por no perder su razón de ser.

sábado, 23 de mayo de 2026

LIBRO "CUANDO YUNQUE, YUNQUE. CUANDO MARTILLO, MARTILLO 🔨 por AUGUSTO ASSÍA (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO): EL LEGENDARIO ESPÍA Y PERIODISTA GALLEGO QUE ENGAÑÓ A HITLER

 

Cuando yunque, yunque.
Cuando martillo, martillo


Durante la segunda guerra mundial, Augusto Assía (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO), corresponsal de La Vanguardia, era el único periodista español que informaba a sus compatriotas desde Londres. Una vez terminada la guerra recogió algunas de esas crónicas en dos libros. El primer volumen, que apareció en 1946 e incluía textos publicados durante la primera parte de la guerra, la denominada «guerra defensiva», llevaba por título Cuando yunque, yunque. El segundo volumen, Cuando martillo, martillo, recoge las crónicas publicadas a partir de julio de 1943, durante la segunda fase de la guerra, la «guerra ofensiva».
Las crónicas escogidas no incluían solo artículos de corte bélico, porque en palabras de su autor: «El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte». Así, las crónicas lo mismo nos dan noticia de cómo funciona la corona británica que de la retirada de los soldados ingleses de Dunquerque o del sistema escolar vigente en el Reino Unido.
El libro es, por tanto, no solo una crónica de la guerra vista por un español, sino también un auténtico retrato moral del único país de Europa occidental que no se dejó doblegar por Hitler.
Prólogo

Augusto Assía (Felipe Fernández Armesto). Una vida española del siglo xx El periodismo puede hacer o deshacer a un escritor, pero es indudable que la literatura española siempre ha entrado y salido de los periódicos con naturalidad perfecta. Quizá por eso sea un acto de estricta justicia que el mejor periodismo español del siglo xx —de Camba a Gaziel y de Xammar a Chaves Nogales— haya ido pasando en estos últimos años de las hemerotecas a los libros. Rescate tras rescate, es algo que estamos viviendo todavía. 

Más allá del valor historiográfico de un legado hasta ahora disperso, la recuperación de tantas obras y de tantos nombres nos ha servido, de modo eminente, para repensar las galerías que unen el periodismo y la literatura. Nos ha ayudado a subrayar la inteligencia sobre la realidad que puede abarcar un género tan mixto y fecundo como es la crónica. 

Nos ha puesto ante los ojos la dosificación inmejorable de atractivo literario y peso moral que llega a alcanzar la palabra del cronista. Y nos ha hecho ampliar la imagen que de sí mismas tenían las letras españolas en el siglo xx para así perfeccionar su canon. Si este salvamento editorial era ya una empresa de mérito, los lectores tampoco han dejado de celebrar su oportunidad, agradecidos de encontrar —en aquella España con frecuencia endogámica y sufriente— el testimonio del temperamento abierto, el alcance europeo y el temple de civilización de nuestros grandes cronistas. 

Literatura o periodismo, queda claro que su lucidez no estaba destinada a prescribir con el diario de la mañana. Quién sabe si, todavía hoy, la exclusión de Augusto Assía* (1904-2002) del elenco de magníficos de nuestro periodismo no será el pago póstumo a una carrera fértil y feliz como pocas. Sin duda, ese apartamiento tiene algo de purgatorio, a la espera de la mano de nieve que devuelva a los lectores una prosa perpetuamente legible y grata, inmune a los años, de soltura infalible y totalmente seductora. 

No es la única generosidad de su escritura: página tras página y país tras país, con el Assía corresponsal y viajero recorremos también el itinerario vital de un curieux de profession que vio y narró un siglo en su fuego y sus cenizas en todo lo que va de la Alemania nazi a los primeros barruntos del proyecto europeo o el optimismo moral de la América de los fifties. Ni siquiera iba a ahorrarse Assía los claroscuros y misterios que tanto seducen en una edad mitómana. En su caso, son más que suficientes para una ubicación controvertida entre quienes ponderan su pasado de fiereza comunista, su colaboración con el Gobierno de Burgos o su posible espionaje aliadófilo. 

Como periodista, él supo bien que a los suyos se les conoce por informados tanto como por discretos. Restaurado su perfil de cronista con este volumen, queda aún por hacer la quest de Augusto Assía. Ni faltan materiales ni debieran faltar voluntarios. De la vida a los libros, lo importante —en todo caso— será el carácter «independiente y liberal» que otorgó a Assía su palco de privilegio en la hora de tragedia y de gloria del continente. El escritor que aún acertó a vivir el último cosmopolitismo de la gran Europa iba a dar fe de la ventolera de la historia y a metabolizarla como un poso ético y una cierta sabiduría en lo político. Por eso, si hemos de buscar una vida española del siglo xx, tal vez no debamos buscar mucho más allá de Augusto Assía, quien tuvo además la largueza de contarlo con esa facilidad propia del periodismo en su aleación más pura. 

Al término de sus casi cien años, Augusto Assía podía mirar por el retrovisor y recordar riñas con Goebbels, complicidades con Churchill, visitas al Saint Simeon de Randolph Hearst, clases de Einstein o de Sartre, polémicas con Baroja y Valle-Inclán y tratos con espías soviéticos como Philby o agentes dobles como Garbo. Es una constatación del extraordinario carácter mercurial de un hombre capaz de gozar, al mismo tiempo, de la amistad de exiliados tan dispares como una reina de España y un presidente de la República española. 

¿Qué otro personaje tuvo oportunidad, sin salir de Londres, de compartir mesa con Franco y ejercer de anfitrión de Indalecio Prieto? Ciertamente, no a todo el mundo le fue dado conocer a Picasso y a Miró en la misma mañana parisina, reconciliar a Pla y a Xammar o encontrarse por primera vez a Julio Camba nada menos que en los tejados de la catedral de Santiago. Sí, Assía cumplió siempre con aquel primer mandamiento del periodismo que exige siempre estar donde hay que estar, del 23F en el Congreso al acercamiento hispano-yanqui o —más prosaicamente— el día aquel que sorprendió a Truman bajándose los calzoncillos. Ese bendito oportunismo iba a convertirlo en príncipe de los corresponsales españoles de todo tiempo. 

Tiene quizá algo de ironía que, para abrazar esos grandes destinos, Assía debiera rechazar otros no menores. Cuando, allá por los años veinte, empieza a destacarse en las letras de su tierra, nada menos que Rafael Dieste saluda su primera novelita, Xelo, o salvaxe, con una de esas frases que sellan una vocación: «Por primera vez nos hallamos ante un verdadero escritor gallego». 

Por entonces, Assía era el muchacho criado en la solidez de una buena familia de la Galicia interior que llega a Santiago, se crea un nombre en los periódicos y va haciendo suyo el estimable paisaje literario de una Universidad en sus tiempos más selectos. Portela Valladares le ofrece —tan joven todavía— la dirección del progresista El pueblo gallego. Assía rehúsa, efectivamente, como el cambio de un destino. 

El vínculo universitario y periodístico seguiría ya lejos de casa: en París, primero, y en Berlín, después, en uno de esos lectorados de Románicas que tanto hicieron en el siglo xx por la literatura española y la manutención de sus creadores. En su ruta jacobea a la inversa, Assía iba a aprovechar para escribir y enviar sus colaboraciones, aquí y allá, a los medios españoles. La siembra trajo fruto cuando, por una sustitución y mil azares, le cae la correspondencia berlinesa de La Vanguardia con la bendición de Gaziel. Era 1929, y Assía permanecería unido al diario hasta 1986. Todavía impone algo de vértigo pensar en su estreno: contar el fenomenal ocaso de la República de Weimar, el «salto a la oscuridad» de la Alemania nazi. 

Cuando Josep Pla, buen amigo, lo recuerda en una de sus notas de ancianidad, describe el tono «ligeramente confuso y complicado» de aquel primer Assía. No era, quizá, una confusión que se limitara a la prosa. En la década de los treinta, su propio pensamiento iba a conocer bandazos radicales, de un galleguismo en los postulados del Grupo Nós a la militancia comunista, para en última instancia insertarse en la propaganda del Movimiento. Estas son páginas mal conocidas, tardíamente descubiertas y nunca desveladas por el propio autor, ante todo en lo atinente al compromiso con el pc. Ahí parece que su flirteo comunista fue tan intenso como breve, nacido hacia 1930 e incapaz de sobrevivir al contacto con la realidad soviética que vivió —como una conversión— junto a Pasternak, Gide o Dos Passos en la reunión moscovita del Pen Club en 1932. Hasta entonces, sin embargo, no faltan recuerdos de su trato con Alberti, de su condición de «escritor español proletario».

El pintor trotskista Andrés Colombo nos describe al Assía de la época como un joven de «afilados huesos» que «hablaba de los planes quinquenales rusos con la facilidad y fruición con que cualquiera se traga un helado en pleno verano». 
En tiempos de socavamiento de las democracias liberales, no hace falta abundar sobre el punto, tan tratado, de la sugestión que hallaron los intelectuales en el marxismo. Unos llegarían a la complicidad totalitaria; muchos otros lo abrazaron a modo de contraveneno del fascismo. 

No se sabe qué actitud tomó Assía. Sí se sospecha que su separación del pc fue traumática. Y también consta la certeza de que, desde entonces, el periodista sería más cuidadoso en sus apegos y directamente magistral en el manejo de las distancias. Dicho de otro modo, Assía desarrolló una magnífica capacidad para caer de pie, pero no sin conocer el sabor de la contradicción: 
baste pensar que, en el mismo 1936, iba a experimentar la censura de la República y también la del franquismo. Unos años antes, en 1933, con el nazismo recién instalado en el poder, Assía ya había tenido la mala idea y el cuajo moral de enfrentarse a Goebbels y convertirse en uno de los happy few rechazados por el Reich. 

Aquel fue el fin de su corresponsalía berlinesa y el comienzo de su corresponsalía volante por Europa, en todo lo que va de la Sociedad de Naciones al asesinato del canciller Dollfuss. Ya se iban adensando las sombras de los años treinta y su propio país, como un anticipo de la conflagración continental, aceleraba hacia la guerra. Desde el primer momento, Assía también sabría aprovechar ciertas zonas de ambigüedad en su relación con el franquismo. 

Por ejemplo, siempre se negó a jurar «fidelidad íntegra y total a los principios nacional-sindicalistas», lo que le dejó, primero, sin carné de prensa, y después, sin la subdirección y la dirección de La Vanguardia. Esas no eran las lealtades esperadas en quien había vuelto a España para encargarse de la prensa del Gobierno de Burgos, mano a mano con un Juan Pujol que iba a alterar el curso de la guerra mundial bajo el alias de Garbo.

Entre episodios de cercanía y episodios de desdén, su trato con la dictadura conoció texturas interesantes y complejas. Tuvo tiempo de dirigir un par de medios locales: La Voz de España, en San Sebastián, o el elocuente Arco orensano, también influyó en Franco de cara al nein de la Entrevista de Hendaya. Finalmente, cuando se le reintegra La Vanguardia al conde de Godó, Assía vuelve a entrar en plantilla y, en recuerdo de las viejas lealtades, ayuda a exiliarse al expresidente Portela Valladares. 

Otro de los capítulos de su vida marcados por la incógnita. Para el primer día de la guerra mundial, Assía ya está en Londres, con el mérito de haber sido el único español en vivir y contar toda la guerra desde allí. Aquellos iban a ser, seguramente, sus mejores años, con la historia ante los ojos como un adiestramiento en la política de calidad. 

No serían, sin embargo, sus años más fáciles, al menos en sus rapports con los jerarcas del régimen: el alineamiento aliadófilo de sus despachos irritaba al duque de Alba —el embajador— y llevó a Serrano Súñer —el ministro— a amenazar con despojarle de la nacionalidad española. Aun así, fueron tiempos de tés con Churchill, de conocer a un prometedor joven llamado John F. Kennedy, de posar ante el todo Londres como «la persona mejor relacionada», según se dijo, «con la colonia española». De paso, Assía iba a ir sumando glorias a su archivo personal: fue el primer español en aparecer en una televisión, fue el impulsor de la programación en gallego —pionera en Europa— de la bbc, y también fue, desde entonces y por mucho tiempo, el periodista mejor pagado de España. 

Cuenta el hijo de Augusto Assía, el gran historiador angloespañol Felipe Fernández Armesto, de cierto don oxoniense que se le acercó un día a agradecerle los servicios prestados por su padre a la causa de la libertad. Entre sonriente y lloroso, aquel anciano profesor aludía a la historia que entronca a Assía con el espionaje aliado. Verdadero o falso, no sería el primer periodista que duplica sus funciones. Pensemos, por ejemplo, que poco antes del Desembarco de Normandía, una de las «crónicas radiotelegráficas» de Assía ya expande el engaño, según la pauta de Garbo, de una supuesta toma de tierra aliada «en Francia y el sur de Bélgica». 

Por supuesto, del mismo modo que no hay materialidad ninguna para corroborar la implicación de Assía en la esfera del espionaje, tampoco es aceptable pensar que los nazis soslayaran sus despachos. Como sea, el mismo periodista que había apostado por la victoria de Franco en el verano del 36, tampoco tuvo dudas de que la causa aliada se impondría al nazismo. Conocía el acero de los ingleses. Es tentador pensar que, para Assía, sus años británicos fueron también el mediodía de su carrera periodística. Todavía le quedaban —mano a mano con Sentís— los juicios de Núremberg, una vuelta al mundo a la mitad del siglo, puestos y destinos capaces de coronar cualquier trayectoria. 

En Nueva York y Washington, a comienzos de los cincuenta, hizo no poco por acercar a España y Estados Unidos. Ahí volvieron a aflorar los rumores de espionaje: atípicamente, además de escribir para La Vanguardia, Assía ejerció como attaché de prensa de la embajada española. Después fue llamado a la Alemania fundacional de Adenauer y —firme en su convicción europeísta— pudo narrar a placer la firma del Tratado de Roma. Para entonces, en aquella Europa que tan bien conoció, quedaban pocas de las dulzuras larbaudianas que aún había entrevisto en su juventud. 

Él iba a seguir publicando, como una voz posibilista e incansable, en La Vanguardia, en el Ya, en Destino y en La voz de Galicia. Precisamente se casaría con una de las hijas propietarias del diario gallego, Victoria Fernández-España, una mujer —inteligente, rica, guapa— de excepción. Iba a tener hijos de probada brillantez intelectual. Iba a perpetuar su nombradía con sus «cartas al director» en el diario del conde de Godó. Irreductible como era, también iba a perpetuar sus problemas con el franquismo: su galleguismo templado, su filiación europeísta, sus afanes de descentralización y apertura democrática contaban con sobrada autoridad para molestar.

A finales de los setenta, Assía era el gallego que había cumplido con el deseo tenaz de volver a casa. Con su familia partida por la guerra, no pudo menos que celebrar la Constitución como sutura histórica, el pacto de concordia de la Transición. Tonteó, solo un poco, con la política activa. Y ya en su edad provecta, de retiro en la Casa Grande de Xanceda, aún daría en gozarse en las complejidades de una vida en la que el periodismo era el oficio más interesante de la tierra y un corresponsal valía lo que valía un diplomático. Ahí todavía le quedó tiempo para fundar una de las mayores vacadas de su tierra. 

Assía terminó sus días al modo de sus admirados lores dieciochescos, en una pose de gentleman farmer que no era sino una espléndida cuadratura de sentido. A Augusto Assía nunca se le ha negado el protagonismo entre los corresponsales españoles; curiosamente, no se ha subrayado lo suficiente su primacía en el estamento, tan menguado, de nuestros anglófilos. Al respecto tal vez baste con traer a la memoria que nos dejó media docena de libros y que cuatro de ellos tratan sobre esa «magnífica y peculiar isla en acción». Así, a las estampas de costumbres de Los ingleses en su isla y a los perfiles de prohombres de Vidas inglesas, les seguirían —ya en la posguerra— Cuando yunque, yunque y Cuando martillo, martillo, los volúmenes que ahora reeditamos. 

En ambos se extractan sus mejores crónicas de la guerra, cribadas de entre el millón de palabras que envió a La Vanguardia desde Londres. Con la divisoria fijada en 1943, el primer libro acompaña aquella finest hour británica en que Churchill y su pueblo vieron y sufrieron el órdago alemán. Era la Inglaterra golpeada como un yunque. En el segundo volumen, con las tornas cambiadas, Gran Bretaña —junto al resto de los aliados— se convierte ya en el martillo que percute hasta la victoria final. 

Desde las escombreras de un hotel o entre la polvareda que sigue a un bombardeo, habrá que decir que Assía nos va contando en directo, con insistencia diaria, los acontecimientos de una guerra cuyo signo final él y todos desconocen. Por eso redunda en su honor y en su capacidad de profecía que jamás dudara de unas gentes que «no se dejan deprimir por los reveses» ni «se exaltan fácilmente con los éxitos». 

«Gallego fascinado con Inglaterra», a Assía no solo le tocó alzar testimonio de un país castigado y resistente, sino erigirse —como se ha dicho— en «traductor de una cultura». En esa labor, no hay ninguna desmesura en equiparar su conocimiento y su pasión inglesa a la altura de los Voltaire, los Taine y los Morand, de los anglófilos históricos que con Assía suman a un raro español entre sus filas. Su pedagogía británica, como él mismo reconoció, no era cosa sencilla: 
ya Ortega había sentenciado que «no hay hecho más extraño en el planeta que el pueblo inglés», y Assía asume que «es el país más difícil de describir para un escritor». 
El corresponsal abundará en sus contradicciones: 
Gran Bretaña tiene la tradición política más sólida pero la menos comprensible; es la nación más liberal y —a la vez— la más ordenada; es la cabeza de un Imperio global que, sin embargo, se dirige desde «la casa humilde, de aspecto pobre», de Downing Street. 

Ahí, Assía sabrá transmitir a sus lectores el don genuino de lo británico: que el país haya sabido convertir esa contradicción «en eslabón de su unidad, haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía». Siempre más sensible a las texturas de la libertad que a las del tweed, las simpatías inglesas de Assía reverberan en unos artículos que, escritos «en horas obscuras para la civilización europea», no querían sino verter «sobre los hogares un rayo de esperanza». 

En verdad, como recuerda Niall Ferguson al hablar del prestigio moral de Inglaterra durante la contienda, quizá nunca como entonces se hizo tan fácil estimar lo inglés, pero Assía no deja de figurar en calidad de adelantado. Así, en sus páginas, el «mundo de confusión y pesadilla» de los bombardeos y el cielo «encandilado de llamas» del Blitz van dejando paso imperceptiblemente a una normalidad heroica, y ya en el año 39, Assía puede constatar que «los londinenses han comenzado a dejar en sus armarios las caretas antigás y han vuelto a sacar las chisteras». 

Es el cuajo de un país para el que «irse a la guerra es tan propio como traficar, jugar al cricket o hacer turismo». En la pluma de Assía, la imagen quedará cifrada en aquel caballero que lucía su casco con forma de bombín. Como una resistencia o un derecho ancestral, el corresponsal admira cómo «ni aun en las más graves y urgentes ocasiones se dejan los ingleses arrebatar el privilegio de sus viejas y pintorescas costumbres». Tampoco bajo los bombazos cerraron los pubs. Quizá por esa mezcla de ardor guerrero y business as usual, Assía no se limita a dar el parte diario de la guerra. 

En sus crónicas, «lo mismo desfila la descripción del acorralamiento del Graf Spee en el Mar del Plata, que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra o el origen del Plan Beveridge». Las Mitford, Churchill o una Isabel II todavía muchacha harán cameos en sus libros. Y junto a la toma de París, la pica en Normandía o la rendición de Italia, las páginas sobre Oxford o la India, la anticipación de las medidas de posguerra o el desfile tan bizarro del Lord Mayor buscan dar a entender cómo vivieron la guerra los ingleses: 
«leyendo el Times por las noches, al amor de la lumbre, entre sorbo y sorbo de whisky». 
De este modo, conforme la guerra avanza, Assía no se limita a indicar el progreso de los ejércitos, sino que va engrosando su mayor mérito: el de escribir el más nutrido compendio de la vida inglesa a ojos de un español. 

De pronto, en cualquier párrafo, nos vuelve a acometer el temblor de la historia, y se hace imposible no preguntarse cómo fue escuchar, cómo fue transcribir el discurso en el que Churchill afirma que «defenderemos nuestra Isla a cualquier precio, lucharemos en las playas, en los campos, en las calles; no nos rendiremos jamás». 

Cuenta John Lukacs en sus memorias que, allá por 1940, la respuesta bélica de Inglaterra fue la defensa de unas libertades antiguas frente a la ferocidad moderna del totalitarismo. Es una cartografía exacta de la actitud de Assía ante lo inglés. Como ocurre con sus mejores practicantes, la anglofilia del gran corresponsal, por usar las palabras de Valentí Puig «no es una simple cuestión de corbatas (…) 

Es una admiración institucional, de formas, de consideración por una capacidad de resistencia que el mundo británico ha demostrado cuando ha visto en peligro su libertad». En virtud de esa fe, mientras los Junkers asolaban Coventry, Assía podía afirmar que Inglaterra pierde todas las batallas menos la última. Y si en un momento dado se pregunta cuántas derrotas no ha sufrido, al instante vuelve a preguntarse cuántas guerras —ninguna— perdió. 

En nuestro tiempo de «declinólogos» de lo inglés, se hace complicado no detectar en las páginas de Assía un aire ya elegíaco. Como él mismo señaló, aquella Inglaterra —su Inglaterra— era aún un país que tomaba la fibra moral de sus tradiciones, la nación inmemorial donde «las reformas se superponen a las instituciones», como dijo Taine, «y el presente, apoyado sobre el pasado, lo continúa». 
De los impuestos de sucesión a la contracultura, las viejas formas de la vida inglesa iban a quedar, ya en la posguerra, como un piccolo mondo antico. El propio Assía tiene tiempo, doblado el año de 1945, para lamentarse de la pérdida «del hábito de vestirse de smoking para cenar». 

Durante su corresponsalía de guerra, sin embargo, Gran Bretaña es todavía un Estado «con la mitad de policías y el doble de carteros» que cualquier otro Estado. Los usos de su Administración se resumen en la frase «su humilde servidor». 
Sus sastres y zapateros atienden no más que a los amigos. Las polémicas parlamentarias persisten, siempre civilizadas pero siempre enconadas. Y su prensa, libérrima, sigue «puesta a disposición de los caprichos o las humoradas de cualquier colaborador». 

El respeto al enemigo entraba dentro del archivo de lo inglés, quizá porque el gentleman «no odia nunca». Al general Rommel, señala Assía, nunca se le ha alabado más que en el Times.

En cierta ocasión, el periodista gallego pudo leer un cartel oficial: «Con tu coraje, con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra». Assía reflexiona: cualquier país hubiese pedido valentía y determinación a los suyos; solo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas. Era el signo de una civilización donde —al contrario de los regímenes totalitarios— «la libertad, el humor y el respeto por la ley prevalecen sobre la búsqueda radical de la perfección humana». 

Ahí están las gracias de Inglaterra. Al terminar la contienda, Assía medita que Hitler no ha hecho sino repetir «la historia de Luis XIV, de Napoleón, del Káiser», de todos los enemigos de la Isla. Como ellos, el nazismo tampoco iba a poder nada «contra el poder de la libertad» que, en su mejor hora, encarnó Inglaterra para el mundo. 
Es la épica que Assía narró día a día en su momento y que se condensa en estos libros como una lección moral. A tanto llegan unas páginas que se escribieron como periodismo y hoy solo podemos entender como literatura.

Ignacio Peyró
Nota del autor a la primera edición 

La base de este libro está formada por artículos aparecidos en La Vanguardia, de Barcelona, durante la primera fase de la guerra. Abarca desde la impresión que recibí al llegar a Londres, pocas semanas después de comenzada la conflagración, tras una ausencia de tres años impuesta por la guerra civil española, hasta la victoriosa campaña de África. 

Si la reagrupación de artículos periodísticos en forma de libro exige una explicación, pídasela usted a los editores de este. Solo respondiendo a sus reiterados requerimientos, he accedido a que fuera publicado. No creo, sin embargo, que la cosa requiera disculpa alguna por mi parte. Al contrario, me parece que poder reproducir hoy, sin quitarles ni añadirles una coma, artículos escritos sobre el correr de la guerra, a lo largo de los años cuarenta, cuarenta y uno y cuarenta y dos, puede ser todo menos motivo para reproches. 

Me parece, igualmente, que el hecho de haber sido el único periodista español que ha informado sobre el conflicto desde Inglaterra quizá dé a este libro un carácter documental que, andando el tiempo, pueda tener interés para la historia del periodismo en nuestra patria, sin contar que tal vez los lectores se alegren de poder tener ahora, recopilados en un tomo, algunos de los artículos que, en horas obscuras para la civilización europea, vertían sobre los hogares un rayo de esperanza. 

Mi optimismo innato, al lado de mi fe en la fuerza de la libertad, así como mi conocimiento del carácter inglés, contribuyeron a que ni por un solo momento dudara del triunfo de Inglaterra. Esto, a su vez, imprimió a mi labor un tono a «contrapelo» que, si me produjo inquietudes, llevó la tranquilidad a no pocos ánimos. Quizá este recuerdo sea el mejor justificante del libro, los editores creen que tiene también la virtud de ofrecer un cuadro sinóptico de la vida en Inglaterra bajo la obscuridad que lanzó sobre la Isla la catástrofe del ejército francés. 

El juicio, a este respecto, lo dejo en manos de usted. Quiero avisarle, sin embargo, de que los artículos reproducidos en el libro no son sino una parte esquemática de la pléyade que la radio y el cable volcaron noche tras noche sobre La Vanguardia. Seleccionar este tomo, entre más de un millón de palabras, ha sido tarea ímproba. Una parte del material original se ha extraviado y otra ha perdido toda relación con la actualidad. 

El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte. A través de ellos, lo mismo desfila la descripción del acodalamiento del Graf Spee en el Mar del Plata que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra que el origen del Plan Beveridge. 

A pesar del sistema esquemático introducido en la selección, ha sido imposible condensar en un solo volumen todo el material. Mientras este tomo se ocupa de la primera fase de la guerra, o lo que pudiera llamarse la «guerra defensiva», el segundo, de próxima publicación, se ocupará de la segunda fase o la «guerra ofensiva», y se titulará: Cuando martillo, martillo.

Augusto Assía, 1946

* Siempre dado a usar un nom de plume, Felipe Fernández Armesto —así fue bautizado— utilizaría este seudónimo de resonancias viajeras y tolstoyanas para sus crónicas en La Vanguardia.


El legendario espía y periodista gallego 
que engañó a Hitler 
y fundó Casa Grande de Xanceda


Un legado periodístico que perdura

El trabajo de Augusto Assia continúa siendo objeto de estudio por parte de historiadores y periodistas. A través de su obra, miles de lectores pudieron entender mejor un conflicto que cambió el mundo y conocer, además, la voz poco escuchada de una reina relegada por la historia. Sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial son, todavía hoy, referentes de un periodismo valiente, honesto y profundamente humano.

La impresionante historia de Augusto Assía, también conocido como Felipe Fernández Armesto, uno de los más ilustres gallegos del siglo XX, testigo de grandes momentos de la historia y fundador, ya anciano, de una marca láctea de referencia.

A las 14:50 del 1 de octubre de 1946 se iniciaba la última sesión de los Juicios de Núremberg, un proceso penal contra 24 altos cargos de la Alemania nazi acusados por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial en nombre del Tercer Reich. El Palacio de Justicia de Núremberg fue el elegido para albergar este proceso por razones simbólicas, ya que había sido el mismo lugar donde 10 años antes se habían promulgado las Leyes de Núremberg, una serie de normas antisemitas y racistas. Tras 314 días, en los que se escuchó a 240 testigos y se leyeron 300.000 declaraciones, el tribunal dictó varias condenas a muerte, de prisión y absoluciones. Más de 250 periodistas se desplazaron para cubrir la actuación del Tribunal Militar Internacional instalando su base de operaciones en el castillo de los condes Faber-Castell. Solo tres españoles cubrieron los juicios de Nuremberg, entre ellos un gallego que acabaría convirtiéndose en una de las figuras más importantes del periodismo del siglo XX. 

Un orensano que conoció el nazismo, la Inglaterra de Churchill, los Estados Unidos de Eisenhower, que fue condecorado con la Orden del Imperio Británico, que se cree que trabajó para los servicios secretos engañando a Hitler y que fundó una granja cuya marca lleva el nombre de Galicia y su calidad por todo el mundo: Casa Grande Xanceda. 

Esta es la historia de Augusto Assía.

Su verdadero nombre era Felipe Fernández Armesto, natural de un pequeño pueblo de Ourense, A Mezquita, donde nació el 30 de abril de 1906. Pronto dio salida a su vocación periodística publicando sus primeros artículos en el diario vigués “El Pueblo Gallego”, en 1924.
Ese mismo año ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras en Santiago de Compostela y se licenció tres años después. 
En 1928, Felipe logró una beca para acudir a la Universidad de Humboldt de Berlín, desde donde comenzó a trabajar para varios medios como “El Sol”, “La Libertad” o “ABC”.

Tras leer algunos de sus artículos, el diario “La Vanguardia” le propuso ser corresponsal permanente del periódico en Berlín, momento que eligió para comenzar a usar un seudónimo y evitar así perder su beca y las colaboraciones con otros medios: Augusto Assía.
Su nueva identidad marcaría el resto de su existencia, ya que nunca volvería a firmar con su verdadero nombre ni cambiaría de periódico a lo largo de su vida, trabajando de manera ininterrumpida para La Vanguardia hasta su jubilación en 1986.

En Alemania asistió al imparable ascenso de Hitler y a los cambios que experimentaba el país, hasta que fue expulsado en 1933 como represalia por sus crónicas contra los dirigentes nazis recién ascendidos al poder y por una incómoda e insistente pregunta que hizo al ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, sobre la implicación de las SS en la muerte de tres sacerdotes católicos en la ciudad de Kiel.
Su último artículo en Alemania fue publicado el 20 de mayo de 1933. El 13 de junio se publicaba su primera crónica desde Inglaterra, adonde había sido destinado por La Vanguardia como corresponsal en Londres.

Cuando se inició la Guerra Civil española, Augusto se trasladó a España para cubrirla y en 1939 fue reenviado de nuevo a Londres, donde pasaría toda la Segunda Guerra Mundial despachando unas crónicas que se hicieron famosas y que le convirtieron en una de las pocas voces que defendían la posición de los aliados frente a los nazis, apoyados por la mayor parte de la prensa española de la época.

A pesar de que Londres era bombardeada cada noche, Augusto decidió permanecer allí, siendo el único periodista español que informaba sobre el conflicto desde Inglaterra y ofreciendo puntos de vista tan molestos que el régimen franquista llegó a amenazarlo, a través de su embajador en Londres, con retirarle la ciudadanía española. Tras conocer la amenaza, Augusto contestó: “No me importa, con tal de no perder la gallega…”.

El éxito de sus crónicas fue tan extraordinario que, una vez terminada la guerra, fue publicada una antología de las mismas en dos volúmenes considerados uno de los libros periodísticos más importantes del siglo XX.

Su figura se volvió tan sobresaliente que, durante años, se pensó que este gallego era “Garbo”, el famoso agente doble que engañó a los alemanes sobre el lugar en el que se produciría el desembarco aliado en Francia. Y se llegó a esta creencia debido a algunas crónicas publicadas por él días antes del Día D en las que pronosticaba que la ofensiva aliada se produciría en el paso de Calais, justo la tesis que usaba el servicio secreto británico y el mismo “Garbo” para desinformar al contraespionaje nazi.

Pero ¿fue Augusto realmente un espía? Resulta cuanto menos curioso que fuese condecorado por la reina Isabel II con la Orden del Imperio Británico, además de recibir la King’s Medal, una condecoración de carácter militar.
Su hijo suele recordar cómo le sorprendieron las atenciones que le prestaba un viejo catedrático mientras estudiaba en Oxford, hasta que descubrió que aquel anciano era sir John Cecil Masterman, el director del programa de agentes dobles del MI5, el cerebro del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial, que agradecía así la contribución de su padre a la victoria y que llegó a decirle que había sido uno de sus agentes más importantes.

Aunque él nunca lo reconoció, el hecho de ser expulsado de Berlín, sus condecoraciones y que fuera uno de los contados periodistas españoles que asistiría a los juicios de Nuremberg, también hicieron sospechar a los soviéticos de que, bajo el seudónimo de Augusto Assía, no se escondía un espía común, sino la identidad del legendario “Garbo”, cuyo nombre real se sabría décadas después: Juan Puyol García.
Tras el fin de la guerra y cubrir la información sobre los juicios de Núremberg, fue corresponsal en Nueva York, en la década de los 50, en plena guerra fría, así como en Washington, donde también desempeñó la labor de agregado de prensa de la embajada española. De 1955 a 1963 fue corresponsal en Bonn y a partir de 1964 se convirtió en enviado especial cubriendo los acontecimientos internacionales más importantes.

MARÍA VICTORIA, FELIPE PADRE E  HIJO

En la década de 1970 regresó a Galicia con su esposa, la historiadora, periodista y política María Victoria Fernández España, nieta de Juan Fernández Latorre, fundador del diario La Voz de Galicia. Una extraordinaria mujer que llegaría a ser la primera vicepresidenta del Congreso de los Diputados.
Ambos decidieron retirarse en una hacienda en Mesía, para la que importaron en barco 20 vacas de Canadá, las mejores de su época, para que pastasen en libertad por las 30 hectáreas de la hacienda, ya que Augusto creía que no tenía sentido tenerlas en un establo alimentadas por pienso.
Cuando aún nadie había oído hablar de este término, Felipe Fernández Armesto ya era un precursor de la agricultura ecológica y evitaba utilizar pesticidas, herbicidas o productos químicos, ya que tenía el convencimiento de que había una forma más responsable y respetuosa de producir leche.

Poco a poco, el periodista fue comprando e intercambiando terrenos con sus vecinos hasta llegar a poseer 160 hectáreas y cientos de reses en el momento de su muerte. Cuando la familia tuvo que decidir qué hacer con la granja, que en aquel momento abastecía de leche a otras marcas, decidieron mantener el legado de Felipe creando una yogurtería ecológica: Casa Grande de Xanceda, los segundos mayores productores ecológicos en España, con más de 50 empleados, 200 hectáreas y 10 millones de euros de facturación anual con productos lácteos 100 % naturales y ecológicos.
Su logo, su nombre y la sede central de la compañía, dirigida en la actualidad por sus nietos, nacieron de la casona del siglo XVII en la que un día Felipe vivió felizmente junto a su esposa y desde donde, a pesar de su avanzada edad, cuidaba de sus vacas con el mismo esmero que escribía sus crónicas.


¿Sabías que un legendario periodista gallego, Caballero de la Orden del Imperio Británico y galardonado con la Medalla Castelao, el Premio Galicia de Comunicación y el Premio Fernández-Latorre, fundó Casa Grande de @xanceda?

lunes, 2 de febrero de 2026

PELÍCULA DE LA ÉPOCA DE ORO DEL CINE DE MÉXICO: "ALLÁ EN EL RANCHO GRANDE" (1936 y 1949) y "LAS CAUSAS DE SU DECLIVE"

 ALLÁ 
EN EL RANCHO GRANDE
(1949)

Al morir su madre, los hermanos José Francisco y Eulalia, junto con la huerfanita Cruz, pasan a ser cuidados por la lavandera Ángela y el borrachín Florentino. José Francisco crece junto a Felipe, el hijo de don Rosendo, patrón del Rancho Grande y cuando éste muere, José Francisco es nombrado capataz por su amigo Felipe. La unión entre ambos se refuerza cuando José Francisco es herido de un balazo al tratar de salvarle la vida a Felipe y éste, a su vez, dona sangre para una transfusión a la que se debe someter su amigo y salvador. Sólo una cosa amenaza a su amistad: José Francisco se ha enamorado de Cruz y Ángela está dispuesta a venderle a Felipe la honra de la joven para obtener el dinero preciso para celebrar el matrimonio de Eulalia.
El éxito de la película la llevó a convertirse en la primera película mexicana en lanzarse a Estados Unidos con subtítulos en inglés. En estos años la producción cinematográfica estadounidense se vio bastante reducida por los conflictos bélicos y fue una época en la que los trabajos mexicanos comenzaron a tener renombre. También fue una espada de doble filo para la industria, que llevaba desde principios de siglo intentando desligarse la “imagen mexicana” del mariachi y los sombreros charros, y la película ayudó a extender justo este estereotipo en el mercado estadounidense.

A pesar de que adquirió su fama gracias al film y escrita para una obra teatral en los años ’20, la canción ya formaba parte de la tradición popular mexicana. Se suele otorgar su autoría a Juan Díaz del Moral y Emilio Uranga D., entre los primeros en escribirla y comercializarla. El dúo registró la canción en 1927. Pero cómo ocurre con muchos de los grandes clásicos, los derechos de autor sobre este tema han generado litigios que se han mantenido durante décadas.

En la película fue interpretada por Federico Arturo Guízar Tolentino, que pasaría a la historia como Tito Guízar. El actor y cantante se convirtió gracias a esta cinta en el primer charro del cine mexicano. La cinta supuso el salto a Hollywood de Guízar y se convirtió en uno de los primeros galanes mexicanos. Su actuación de 1936 le persiguió, de buena manera, a través de sus carrera y se convirtió en uno de sus grandes sellos. También interpretó otros grandes clásicos de la música folclórica mexicana como la “Cucaracha” o “Cielito Lindo”.

Tras el éxito artístico y de público cosechado por Fernando de Fuentes en 1936 con "Allá en el Rancho Grande", donde inicia una forma novedosa de hacer cine en México alternando drama y folclore, trece años después repetía argumento y título ahora con Jorge Negrete como gran atractivo musical.
Otra vez la honra de la mujer anda en voces y coplas por el pueblo a cuenta de la calumnia y la envidia, "Con la mujer que uno quiere, no hay que hacer combinación, que la Cruz de mi pasión, no se la cambio al patrón". Así canta en plan de reto un resentido contra Crucita (del Valle), una auténtica Cenicienta, como las jotas aragonesas de picadillo proclamaban en la ronda nocturna, "Dicen que han visto saltar, a eso de la media noche, a un hombre por la ventana, de María del Pilar".
Una historia de honor y de nobleza, "nobleza charra", salpicada de conocidas canciones mexicanas y de las bromas del borrachín Florentino (Soto).
Correctos tanto el guion como la realización, volcada en este caso sobre Negrete y sus canciones. Ya se aprecia en el cartel. Los personajes quedan por eso un tanto desdibujados.
Cinta interesante la de esta "nobleza charra", sobre todo por las similitudes que guarda con nuestra "Nobleza baturra".

Allá en el rancho grande (1949) COLOREADO.


México Tenía la Industria Cinematográfica Perfecta en 1947 — 
Hasta que 3 Decisiones la Debilitaron.

En 1947, México vivía el punto más alto de su historia cinematográfica. Estudios llenos, directores respetados, actores reconocidos en toda América Latina y una industria capaz de producir películas de forma constante, con identidad propia y proyección internacional. 
Durante la llamada Época de Oro, el cine mexicano no solo entretenía: definía cultura, lenguaje y memoria colectiva. 
Todo parecía indicar que México estaba destinado a convertirse en una potencia cinematográfica duradera. Pero ese equilibrio era frágil. Tres decisiones —políticas, económicas e industriales— comenzaron a debilitar lentamente lo que parecía una industria perfecta. 
No fue un colapso inmediato, sino un desgaste silencioso que, con el tiempo, cambió el rumbo del cine nacional. 
Este documental recorre ese momento clave, las decisiones que marcaron un antes y un después, y cómo una de las industrias culturales más fuertes de México fue perdiendo el lugar que había conquistado. 
No es solo una historia de cine. Es una historia de oportunidades, decisiones y un legado que aún resuena en la pantalla.