EL Rincón de Yanka

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miércoles, 30 de mayo de 2018

💎 EL TESORO DE LA VIDA: YO ESTOY EN EL 7% Y UNO MISMO


Yo estoy en el 7% 

22 Reflexiones para celebrar mi edad 

Regina Brett

Finalista del premio de periodismo Pulitzer la célebre periodista y escritora americana, Regina Brett es conocida por sus artículos en The Plain Dealer, donde lleva una columna de opinión y consejos.
En 1998 Brett superó un cáncer de pulmón lo que la llevó escribir sus reflexiones sobre Dios, la vida y la muerte.

Ha escrito dos libros: Dios nunca parpadea y Tú puedes ser el milagro de donde tomamos oportunas 45 cápsulas que escribió cuando cumplió 60 años.

"Estas reflexiones son para celebrar mi edad y son un resumen de las lecciones que la vida me ha dado" dice la autora.
  1. La vida no es justa, pero de todos modos vale la pena vivirla.
  2. Si estás en una duda, simplemente da el siguiente pequeño paso.
  3. La vida es demasiado corta; disfruta cada momento.
  4. Tu trabajo no cuidará de ti en la vejez y la enfermedad; lo harán tus familiares y amigos.
  5. Paga completas todas tus tarjetas de crédito cada mes.
  6. No tienes por qué ganar cada discusión, pero mantente fiel a ti mismo.
  7. Procura llorar en compañía; eso ayuda más que llorar solo.
  8. No hay problema si te enojas con Dios de vez en cuando: Él puede resistirlo.
  9. Ahorra para tu retiro desde el primer cheque que te paguen.
  10. Cuando se trata de chocolates, toda resistencia es inútil.
  11. Haz las paces con tu pasado, o este arruinará tu presente.
  12. No hay problema si tus hijos te ven llorar.
  13. Nunca compares tu vida con las de otros; no tienes idea de los vericuetos de su sendero.
  14. Si alguna relación tiene que mantener en secreto, no debes estar en ella.
  15. Todo puede cambiar en un parpadeo, pero no te apures, Dios no parpadea.
  16. Respira profundo, eso calma la mente siempre.
  17. Deshazte de cualquier cosa que ya no uses; el desorden pesa más de lo que percibes.
  18. Todo lo que no te mata de veras te hace más fuerte.
  19. Nunca es demasiado tarde para ser feliz, pero depende de ti y de nadie más.
  20. Cuando se trate de ir tras lo que amas en la vida, no te rindas nunca.
  21. Prende las velas, usa esas bonitas sábanas, ponte esa glamorosa ropa interior que guardabas para una ocasión especial. Hoy es una ocasión especial.
  22. Prepárate muy bien, y luego déjate llevar.
Se cree que el 93% de las personas no reenviará estas reflexiones.
Si eres uno de los del 7% que lo hará, reenvialo con el título: Yo soy del 7%.
“Los Amigos son la Familia que nosotros mismos escogemos”.
💐
EL TESORO DE LA VIDA: ES DEMASIADA CORTA 

  1. Atrévete a ser excéntrica ahora, no te esperes a ser mayor para usar ropa de color púrpura. 
  2. El órgano sexual más importante es el cerebro.
  3. Nadie más que tú está a cargo de tu felicidad.
  4. Relativiza cada “desastre” en tu vida preguntándote si seguirá importando dentro de cinco años.
  5. Siempre, siempre, escoge la vida sobre la muerte.
  6. Perdona.
  7. Lo que la otra gente opine no es asunto tuyo.
  8. El tiempo cura prácticamente todo; dale tiempo al tiempo.
  9. Ya sea buena o mala una situación, también cambiará; nada es para siempre.
  10. No te tomes demasiado en serio, nadie más lo hace. 
  11. Cree en milagros.
  12. Dios te ama por quien Él es, no por quien seas o hagas.
  13. No juzgues a la vida; simplemente vívela y saca lo mejor de ella.
  14. Volverte viejo es la alternativa a morir joven. Tus hijos tienen una sola oportunidad para ser niños.
  15. Todo lo que al final importa es qué tanto amaste. 
  16. Sal de tu casa todos los días; los milagros esperan en todas partes.
  17. Si pusiéramos todos nuestros problemas a la vista, y viéramos los de todos los demás, seguramente volveríamos a recoger nuestro costalito.
  18. La envidia es una pérdida de tiempo; acepta lo que tienes y deja de lamentar lo que te falta. 
  19. Lo mejor está por llegar. 
  20. Sin importar cómo te sientas, levántate de la cama, báñate, vístete, y sal a la calle. 
  21. Produce algo para alguien. 
  22. La vida no trae un moño atado, pero de todos modos es un regalo.



UNO MISMO - TONY VEGA


martes, 29 de mayo de 2018

🕂 UNA FAMILIA DE BANDIDOS EN 1793. Y CARTA DE UN ATEO SOCIALISTA FRANCÉS (1919)


MARÍA SAINTE-HÈRMINE
EN 1793 
RELATO DE UNA ABUELA

Resulta difícil no emocionarse varias veces al sumergirse en esta narración -a medio camino entre la novela de aventuras y el relato autobiográfico-, atribuida en un principio a Jean Chaurrau, el jesuita que la llevó a la imprenta. Sin embargo, en las últimas ediciones francesas es más común, y más justo, encontrar el nombre de María de Sainte-Hèrmine como autora. Ella misma explica en las primeras páginas el objetivo que le movió a escribirla: dar a conocer a sus descendientes los beneficios con los que Dios ha colmado a su familia “beneficios amargos, sin duda, pero preciosos a la vez”. Es uno de sus nietos quien entrega el manuscrito a Chaurrau con la autorización para publicarlo.
El conmovedor testimonio de Sainte-Hèrmine nos muestra el Terror de la revolución más allá de la conocida barbarie parisina, porque los cantores de La Marsellesa también perpetraron el primer genocidio moderno, masacrando a toda una región que se resistía a convertirse en esclava de las nuevas ideas. El episodio se llama la Guerra de Vandea (la Vendée) tomando el nombre de la región insurrecta, y “bandidos” llamaron a aquellos nobles y campesinos que se bordaron en las camisas el Sagrado Corazón con una divisa antigua, Dios y el Rey, es decir, lo más proscrito de la Francia revolucionaria. Este libro es la terrible historia de una familia de aquellos memorables bandidos.

Un libro que me ha emocionado sobre un episodio que debemos tener muy presente, y del que hablaba recientemente el Cardenal Sarah.
El episodio se llama la Guerra de la Vendée, tomando el nombre de la región insurrecta duarante la Revolución Francesa y “bandidos” llamaron a aquellos nobles y campesinos que se bordaron en las camisas el Sagrado Corazón con una divisa antigua, Dios y el Rey.
“Una familia de bandidos en 1793”, escrito por la única superviviente de una familia de vandeanos es, desde la perspectiva de una protagonista menor, la terrible epopeya de lo que se convertiría en el primer genocidio político de nuestra historia.
La protagonista, María de Sainte-Hèrmine, cuenta a sus nietos la historia de los Serant, su familia, cómo se vieron obligados a empuñar las armas en defensa de su fe y su libertad y los “beneficios amargos, sin duda, pero preciosos a la vez” con los que fueron colmados por Dios.


14 de julio de 1989. El presidente de la República Francesa, François Mitterrand, prepara un grandioso ceremonial para celebrar el segundo aniversario de la Revolución con mayúsculas, la que ha inaugurado la Edad Contemporánea en la que vivimos y cuyas ideas y relatos siguen siendo los dominantes. 

¿Por qué no? ¿No era la Revolución francesa el hecho histórico que liberó Francia, primero, y el planeta entero a continuación, de la opresión, de la servidumbre y el despotismo a que sometían al pueblo reyes y sacerdotes? Con ella irrumpían en la Historia esa triple consigna, Libertad, Igualdad y Fraternidad, y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Todas las revueltas y revoluciones la han tenido desde entonces explícita o implícitamente como modelo, desde la Revolución rusa al Mayo francés. 

Sí, claro, se cometieron inevitablemente excesos, como el Terror, pero no eran sino males necesarios para la regeneración política y, en cualquier caso, el resultado compensaba holgadamente el coste.

Pero si el mito resiste en la historia oficial, entre los expertos se ha instalado un saludable escepticismo, y en medio de las triunfales celebraciones académicas del Bicentenario se “colaron”, como el Hada Mala en la fiesta del nacimiento de la Bella Durmiente, un puñado de historiadores disidentes, pronto convertidos en parias por sus colegas, cuyos irrebatibles hallazgos sacaban a la luz la horrible verdad sobre la Vandea, el primer genocidio político de la historia. 

Oficialmente, aquello había sido una guerra civil, la reacción de unos cuantos nobles guiando a atrasados campesinos atenazados por la superstición y el servilismo impuesto a lo largo de siglos, poco más. Fueron calificados de “bandidos” y, en esencia, eso eran para la historia oficial. En los manuales de bachillerato, si se citaba el fenómeno, apenas merecía un párrafo. 

Pero sólo tres años antes, la editorial universitaria France publicaba una tesis doctoral defendida en la Sorbona por un joven historiador, Reynald Secher. La obra, “El Genocidio Franco-Francés”, minuciosamente documentada, habría de levantar una furiosa polémica en la academia. “Genocidio” es una palabra terrible (sugerida para el título por Pierre Chanu, que formaba parte del tribunal universitario), asociada principalmente al exterminio judío por los nazis, y aún no había alcanzado los niveles de banalización de hoy. Aplicarla a las tropas de la Convención que combatieron en el oeste francés en 1793 y 1794 equivalía a una profanación en toda regla del sagrado mito revolucionario. Pero, de hecho, fue entonces cuando se inventó el concepto, si no la palabra: “populicidio” así lo denominó en la propia Asamblea de la época el revolucionario Graco Babeuf, poco sospechoso de simpatías reaccionarias. 

En la Vandea, en el oeste francés, la Revolución de 1789 no fue acogida con recelo, más bien con ilusión, y sus habitantes participaron incluso en la compra de bienes eclesiásticos incautados como patrimonio de la Nación. De hecho, el descontento no habría de estallar hasta 1791, cuando se obliga a los sacerdotes a someterse a una iglesia cismática creada por los revolucionarios, la Constitución Civil del Clero, condenada por la Santa Sede, y a expulsar de sus parroquias a los curas que no se sometan. Los campesinos de la zona responden inicialmente ignorando a los párrocos “oficiales” y protegiendo y dando asilo y escondite a los fieles, a “sus curas”, que siguen oficiando en bosques y graneros. 

La chispa se enciende con la conscripción obligatoria, en 1793. Una cosa era permitir pasivamente aquellas ideas anticristianas y otra muy distinta defenderlas con las armas. Sin jefes, sin experiencia militar alguna, sin organización, los campesinos buscan y lo encuentran, para mortificación del guion oficial, no en un noble decidido a recuperar perdidos privilegios, sino en un chamarilero y antiguo sirviente, Jacques Cathelineau, llamado luego “el santo de Anjou”. 

Ante la sorpresa generalizada, las victorias de los sublevados se suceden. Toman Saumur y Angers. En la Convención estalla la furia. “¡Destruid la Vandea!”, exclama Bertrand Barère de Vieuzac. 

En el verano de 1793, el Comité de Salud Pública ordena que se envíen varios ejércitos a la región. Las familias vandeanas tienen que huir cruzando el Loira hacia Le Mans y Normandía. El 23 de diciembre de 1793, los restos del ejército Católico y Real son aniquilados en Savenay. Literalmente; en palabras del general Westermann ante la Convención: “No tengo un solo prisionero que reprocharme, los he exterminado a todos”. 

Acaba así la fase de resistencia y empieza la pura y dura liquidación. En Nantes, Jean-Baptiste Carrier se complace con las mayores atrocidades, ahogando a 10.000 civiles inocentes en el Loira. Mientras, las “columnas infernales” de Turreau arrasan la Vandea, masacrando a pueblos enteros, incendiando aldeas y granjas, destruyendo cosechas entre diciembre de 1793 y junio del año siguiente. 

Lo que hace más terrorífica esta escalada del Terror contra campesinos indefensos es que ya no eran amenaza alguna, el peligro se había conjurado y los ejércitos vandeanos habían sido vencidos y aniquilados. Las tropas revolucionarias cosechaban victorias en el exterior. No basta con vencer la resistencia, hay que aplastarla. Como escribían al general Haxo representantes en misión de reconocimiento, “hay que aniquilar la Vandea porque ha osado dudar de los beneficios de la libertad”. 

Vencieron y escribieron la historia oficial, ese “conjunto de mentiras sobre las que nos hemos puesto de acuerdo”, en palabras atribuidas a Napoléon. La Vandea fue doblemente destruida. Primero, con una carnicería sistemática que acabó con la vida de 170.000 personas y la destrucción del 20% de sus edificios. Después, con su tragedia borrada de la Historia oficial. “Desde hace doscientos años -escribía el historiador François Furet-, la República ha dejado a la Vandea sola con su desdicha; ya es hora de cerrar esa herida”. 

Es la de la Vandea una tumba sin marcas, una historia proscrita despachada en los manuales como una simple revuelta de bandidos. Por eso el irónico “bandidos” del título de este libro, cuando poca gente puede haber más alejada de la imagen que uno se hace de un bandido que los Serant y su heroico entorno; por eso el recuerdo, desleído por los años, quedó en historias como la que aquí se narra, tragedias de familias que fueron transmitidas en la discreción de los hogares de padres a hijos, en los márgenes del Gran Relato. 

Eso es “Una familia de bandidos”: los recuerdos de una abuela que cuenta a sus nietos su propia historia, única superviviente de una familia de vandeanos, los Serant. Es la historia, en primera persona, de una vida concreta, pero precisamente por eso expone con mayor eficacia y viveza lo que fue una era, una mentalidad y una forma de entender el mundo que ha sido y aún hoy es sistemáticamente difamada y caricaturizada, una existencia animada, bendecida y presidida por la fe. 

La narración tiene, en un sentido, dos autores: Jean Charruau, el jesuita que recibió el manuscrito de manos del nieto de quien lo cuenta, y la verdadera autora, María de Sainte-Hèrmine, quien explica al principio el objetivo que se ha marcado para escribirla: dar a sus descendientes a conocer mejor la historia de su familia “los beneficios de que Dios la ha colmado, beneficios amargos, sin duda, pero preciosos a la vez”. 

Directa, sencilla y lineal, con las leves pero conmovedoras inexactitudes e imprecisiones y las reflexiones esperables en un recuento de recuerdos. Una familia de bandidos presenta al lector moderno un mundo a la vez familiar y tan ajeno como si transcurriera en tierras exóticas y remotas. Es nuestra historia, la de nuestros antepasados, viviendo conforme a la visión y las normas que construyeron nuestra civilización. 

Pero el pasado es realmente un país extranjero, y especialmente para un católico contemporáneo no puede dejar de chocar la desarmante naturalidad con la que se hacía de la fe la base real de la vida y de la muerte, y no un mero “rincón personal y privado” de prácticas y opiniones. 

La fe, una fe sin alharacas ni manifestaciones espectaculares, preside toda la peripecia, no ya de María o de los Serant, sino de toda la sociedad que les rodea, señores y campesinos. Una fe que les proscribe el odio al enemigo que les masacra y destruye todo aquello que constituye su vida, un mundo que ven desaparecer para siempre ante sus ojos con pena, pero sin amargura. 

En la obra, las vicisitudes históricas se entraman con la vida de la protagonista de tal modo que el lector asiste al relato de uno de los hechos cruciales de nuestra historia desde la mirada de los perdedores, al tiempo que a los hechos concretos, a los avatares del destino de personas reales, de carne y hueso. 

En una trepidante historia de heroísmo, sacrificio y de fe, María de Sainte-Hèrmine verá sucederse los golpes del destino y la convulsión de la única vida que había conocido. Pero en vano se tratará de leer amargura o resentimiento en sus palabras. Porque María, como millones de sus contemporáneos y de las generaciones que la precedieron, sabe, con conocimiento hecho carne y sangre, que no hemos venido para quedarnos aquí, que somos Homines viatores, que estamos de paso. Y que si es cierto, como dijo Tolkien, que para un católico la historia es una sucesión de derrotas, también lo es que Cristo es el Señor de la Historia, y Él ya ha vencido al mundo. 
Carlos Esteban 

A MIS NIETOS 
Carlos y Luisa Rembure 

Para vosotros, hijos míos, escribo las presentes páginas, destinadas sólo a vosotros y a los hijos que Dios se digne concederos. Veréis por qué grandes pruebas quiso la Providencia hacer pasar a vuestra familia, y muy particularmente a vuestra pobre abuela, que hoy ocupa el lugar de vuestros padres, a quienes Dios se llevó consigo. Espero que esta lectura os sea provechosa. Ella os enseñará a caminar, durante esta vida, a la luz de la fe, para prepararos a la vida que no ha de tener fin. Tú, Carlos, vas a cumplir pronto quince años, y tú, Luisa, estás en los catorce; ahora comienza la edad crítica, y pronto os voy a faltar. Pero Dios nunca os faltará. 

Os dejo este cuadernito como un recuerdo de familia. Al leer la historia de los vuestros, que tanto sufrieron aquí abajo, comprenderéis mejor que sólo existe una desgracia irreparable: traicionar al deber y perder el alma. Comprenderéis que los mayores males de esta vida no duran siempre, y que el cristiano debe mantener, durante su peregrinación en este mundo, levantados los ojos al cielo, donde está el único galardón que merece atraer nuestras miradas y nuestros deseos. Acordaos siempre de la divisa de vuestros padres, divisa que la marquesa de Serant, mi querida madrina y mi madre adoptiva, solía repetirme frecuentemente para grabarla bien en mi mente y en mi corazón: “Cumple con tu deber, suceda lo que suceda”. 

Dios, hijos míos, os conceda la gracia de comprender que todo aquel que la pone en práctica ha hallado la verdadera paz y el camino del paraíso. 

Os abrazo y os bendigo. Vuestra abuelita, 
MARÍA SAINTE-HÈRMINE DE REMBURE. 
La Chesnaie, 15 de octubre de 1845


CARTA DE UN SOCIALISTA FRANCÉS

Carta del socialista ateo francés Jean Jaurés fundador del periódico “L’Humanité”, dirigida a su hijo, y publicada en 1919:

Querido hijo:
"Me pides un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás.
No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.

Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son , hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?
Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?

En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? 
Si se trata de derecho, de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau-.
Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas.
¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencia preclaras.

Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta.
No fijándome sino en la cortesía en el simple ‘savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.
Querido hijo: convéncete de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común.
Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.
Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. 
La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.
Recibe, querido hijo, el abrazo de
TU PADRE"


Cardenal Sarah:

En adelante, en el corazón de cada familia, 
de cada cristiano, de cada hombre de buena voluntad, 
debe librarse una “Vendée interior”. 
¡Todo cristiano es espiritualmente un vandeano! 
No dejemos que se ahogue en nosotros el don generoso y gratuito. Sepamos, como los mártires de la Vendée, 
extraer este don de su fuente: el Corazón de Jesús.

¡Oremos para que una poderosa y alegre Vendée interior
 se alce en la Iglesia y en el mundo!

Amen.
VER+:




La Vendée se levantó contra los jacobinos - TIEMPOS MODERNOS 



La Vandée: El primer -y ocultado- genocidio contra católicos de la era contemporánea



lunes, 28 de mayo de 2018

🗽 ROB RIEMEN: LA NOBLEZA DE ESPÍRITU ES EL IDEAL SUBLIME. ES LA REALIZACIÓN DE LA VERDADERA LIBERTAD

La nobleza de espíritu 
de Rob Riemen

“No en lo grande está lo bueno, 

sino en lo bueno está lo grande”

El ensayista holandés considera que recuperar los ideales del humanismo europeo nos reconcilia con las ideas de belleza, justicia y verdad

Rob Riemen (Países Bajos, 1962) ha conseguido un gran éxito editorial con Nobleza de espíritu, una idea olvidada, título traducido a una veintena de idiomas que defiende que la esencia de un mundo civilizado radica en los valores del humanismo. El creador del Nexus Instituut, situado en Tilburg, considera que no podemos renunciar ni a la complejidad ni a la profundidad para interpretar la actualidad, y eso es lo que ha desarrollado, también, en su nuevo libro, Para combatir esta era, donde alerta de los peligros que hoy acechan a las democracias liberales.

“Rob Riemen ha escrito un extraño y necesario libro por su compromiso con las ideas y su pasión por la imaginación” dice la nota de Azar Nafisi en la contratapa, y personalmente adhiero. Se trata de un intento osado y a la vez conservador. Innovador, pero purista. Un rescate del pasado con miras al futuro. Rob Riemen hace, con una mezcla de pesimismo y optimismo, algo que en esta época sorprende por inusual: trata de encontrar un sentido, una esperanza, y eso se agradece.

“Riemen cree firmemente en la luz aun antes de que despunte el alba”, afirma George Steiner. Lo cierto es que la cultura, lo vimos en el nazismo, no es suficiente para protegernos de la barbarie. ¿Hemos confundido erudición con pensamiento crítico? La nobleza de espíritu encarna, según el ensayista, la dignidad humana. Se trata de un concepto, universalista, en el que libertad y justicia van, inexorablemente, de la mano. Existe la verdad, sí, pero eso no significa que nadie tenga el monopolio del saber. La vida es más una búsqueda que una conquista.

Las tesis de Rob Riemen están expuestas a través de una forma de narrar que tiene que ver más con la crónica que con el academicismo. Nos acerca a sus ideas a través de personajes, de anécdotas que iluminan un todo, de lecturas comparadas, de conversaciones atemporales. “Escribo sobre la traición de los intelectuales pero también sobre lo que la poesía y las artes pueden ofrecernos”, nos dice desde Estados Unidos.

Poesía y verdad
La biblioteca de Riemen se convierte en una brújula para él. Releyendo Poesía y verdad, de Goethe, se topa con una carta del humanista alemán Ulrich von Hutten que parece hablarle directamente. El texto, de 1518, reflexiona sobre la idea de nobleza, y argumenta que es una condición que ha de ganarse por mérito propio, aún cuando se pertenezca por nacimiento a una familia aris­tocrática. “La verdadera nobleza es la del espíritu”, parece decirle, literalmente, Von Hutten al autor holandés.
Algo parecido le pasa cuando lee el Tratado de la reforma del entendimiento, de Spinoza. Allí su compatriota le advierte de que el verdadero pensamiento requiere independencia. “La razón humana es el máximo don del hombre. A través del pensamiento propio y de la comprensión cualquiera puede conocer lo eterno y lo verdaderamente bueno para luego vivir en consecuencia”, dice Riemen, quien defiende que la nobleza de espíritu no está reservada para unos pocos, sino que es un ideal de excelencia al que todos pueden acceder con voluntad y esfuerzo.

A partir de sus lecturas, y de los debates que convoca desde el Nexus Instituut, Rob Riemen va articulando su discurso. Un alegato a favor de una vida consciente que aspira a la totalidad. “La existencia humana no puede ser ni exclusivamente espiritual ni exclusivamente sensual, ni tampoco debe centrarse únicamente en lo metafísico o lo social”, asevera. El humanista, pues, es aquel que no se conforma con una única parte del conocimiento. También la enfermedad y la muerte forman parte de la vida y no pueden ser igno­radas.
Lo absoluto y los valores eternos, a los que hemos de aspirar todos, según Riemen, nos invitan a una nueva sensibilidad. La verdadera democracia, insiste, ha de revestir cierto carácter aristocrático, “nobleza no de nacimiento sino de espíritu”. Pero esa cultura de las grandes ideas, lamenta, ha caído en el olvido.

El gran edificio de la civilización al que una y otra veza alude Riemen comienza por la transformación de uno mismo. No en las grandes revoluciones que prometen la redención. Pero, sin embargo, ese cambio no puede desarrollarse únicamente desde la soledad del individuo. Ha de traducirse en una ética política, en un compromiso con la comunidad a la que uno pertenece.
Por eso cita a Sócrates, quien, ­poco antes de su muerte, se pregunta a sí mismo, pero también a sus verdugos, cuál es la forma de vida correcta. Y es que existe para el ensayista un profundo vínculo entre la nobleza del espíritu y la esencia de la democracia. “Sócrates ya nos explicó esa conexión. El solo hecho de ­tener instituciones democráticas nunca es suficiente”, argumenta Rob Riemen.

Amor, belleza y valentía
Lo que define realmente a la democracia es la Educación, según el ensayista. Por eso es tan importante fomentar esa Bildung, esa formación espiritual, en un mundo que reclama resultados inmediatos. “Hemos apostado por una mentalidad fundamentalmente materialista. Creemos que todo tiene que ser agradable, moderno, atractivo, fácil y entretenido. En general, hemos renunciado a nuestra necesidad de calidad para alimentar nuestra obsesión por la cantidad: todos son números”.
“Ya no hay un interés por la verdad ya que la verdad suele ser incómoda. Especialmente la verdad sobre nosotros mismos”, sostiene Riemen. “No queremos conocer los hechos, pero aún es más problemático que ya no sepamos que existe otro tipo de verdad. Y la verdad metafísica puede hablarnos sobre qué es el amor, la belleza o la valentía. Desde allí podemos comprender por qué la vida tiene sentido”, defiende el fundador de Nexus.

“¡La nobleza de espíritu es el ideal sublime! Es la realización de la verdadera libertad. Sin ese fundamento moral no puede haber democracia ni mundo libre". 
“El verdadero pensamiento requiere independencia. El poder y el dinero –por paradójico que pueda parecer– no hacen más que restringir la libertad”, va dando cuenta Rob Riemen de algunas de las convicciones que marcaron la vida del filósofo judeo-neerlandés. 
“Quien persigue lo verdaderamente bueno no puede mostrarse indiferente ante la desgracia ajena. Es más, toda sociedad que ignora la verdad y la libertad dejará de existir inexorablemente en algún momento”, nos hace partícipes de unas ideas que resultan del todo vigentes, aludiendo a la última parte de la Ética, donde se expone una de las principales conclusiones del trayecto, donde Spinoza “nos revela que la esencia de la libertad no es otra cosa que la propia dignidad humana”, que “solo quien es capaz de prestar oído al llamamiento del hombre a ser hombre, quien en lugar de dejarse guiar por el deseo, la riqueza, la ambición y el temor consigue alcanzar lo duradero y lo verdaderamente bueno, adquirirá la libertad de espíritu y conocerá la verdadera libertad”.
"La vida humana no se puede moldear a gusto de las autoridades”; que “la política no está facultada para prometernos la felicidad”; que “únicamente la cultura, la ética, la religión y el arte nos pueden indicar el camino a seguir”.
El autor de Nobleza de espíritu habla de lo kitsch para describir esa idolatría de lo nuevo en la que estamos inmersos. Rob Riemen señala el miedo como un factor fundamental para facilitar la ignorancia. También hay un secuestro evidente de las palabras. Como apuntaba Nietzsche, “el peligro de todos los peligros es que nada tenga significado”.
Estamos ante una sociedad que reclama datos constantemente, regida, mayoritariamente, por el paradigma científico. Por eso Riemen cita en sus libros a los que llama tecno­evangelistas. ¿Cómo puede hacerse paso el odio y la xenofobia en unos ciudadanos que tienen más infor­mación que nunca? ¿Qué papel ha jugado la tecnología en nuestra forma de vida? ¿Por qué ha pasado de ser una herramienta a una especie de refugio?
La ciencia y la tecnología no pueden descifrar el enigma de la vida, según Riemen. “Pero el cultivo de la mente, la filosofía y la sabiduría, la literatura, la música, el cine y la pintura sí pueden ser el lenguaje que dé acceso a nuestros corazones”, asegura. “Sin embargo, hemos renunciado a todo eso, incluso al silencio y a la concentración necesarios para pensar y leer, y para escucharnos a nosotros mismos. Todo debe ser útil e instantáneamente digerido”.
SI ALGO ME GUSTA ES RECOBRAR PALABRAS Y PROPÓSITOS QUE HABITUALMENTE ESTÁN LEJOS DE LAS CONVERSACIONES Y DEL DISCURSO DE LOS MEDIOS, BELLAS PALABRAS QUE CREO DEBERÍAN OCUPAR EL PRIMER PLANO, PORQUE LAS PALABRAS TIENEN UN EFECTO CONTAGIOSO, TRANSFORMADOR, PORQUE, A TRAVÉS DEL LENGUAJE QUE UTILIZAMOS, NOS DEFINIMOS INDIVIDUAL Y COLECTIVAMENTE.
Tras el rastro de la princesa Europa
En el nuevo libro de Riemen, Para combatir esta era, el autor persigue el rastro alegórico de la princesa Europa. Y nos recuerda que Goethe, Schiller, Heine y Nietzsche querían ser europeos antes que alemanes. ¿Son eternos y universales esos valores que invoca Riemen o son temporales y están atados a un episodio de la historia? “Todo lo que se presenta como cultura, pero sin una expresión de cualidades espirituales eternas, no es cultura sino moda”, defiende.
Ser europeo también significa tener que combatir, combatir a favor de una sociedad humanista guiada por el deseo de verdad. “En vez de aprender las lecciones de la historia cultivamos una especie de amnesia colectiva”, añade. Y considera que la cultura y la política nunca deben separarse. La creación de belleza, subraya, es imposible sin la búsqueda de la justicia.
Podría parecer que el relato que hace el ensayista es pesimista. Casi es lo contrario. No podemos aceptar esa especie de darwinismo que nos quiere hacer creer que las cosas son como son y no pueden cambiarse. “Todavía podemos evitar que la situación política empeore mucho más. Podemos unirnos y tener una nueva cultura que recupere el espíritu de la democracia, que prospere en una nobleza de espíritu. La de Europa es una historia llena de lágrimas, pero también de hazañas. Es un sueño que no se rinde”, sostiene Rob Riemen.

Es precisamente desde el diálogo que fomenta en sus libros, y en la institución que preside, desde donde entendemos que la comprensión nace del desacuerdo polémico. Exactamente lo que hace tanto tiempo Sócrates nos intentaba decir antes de beberse la cicuta.
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