EL Rincón de Yanka: MARTÍN-DESCALZO

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martes, 25 de diciembre de 2018

"CUANDO VENGA MI HIJO, ME CALLARÉ" POR JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO



ME CALLARÉ 
(Lo piensa María)
José Luis Martín Descalzo

Cuando venga mi Hijo,
me callaré.
Si Él es La Palabra
yo ¿qué?

ÉL va a decirles todo
lo que no sé,
por qué se ha hecho hombre
por qué.

Él tiene las razones,
yo sólo la fe.
Belén está ya cerca
casi se ve.

Se acaba la tarea
que comencé.
Porque cuando en mis brazos
nacido esté,
el "hágase" que dije
repetiré.

Y ya no diré nada.
Ya ¿para qué?
Si Él es La Palabra
me callaré.

Él va a decirlo todo, 
lo que no sé.
Porqué se ha hecho hombre,
por qué Él tiene razones, 
yo sólo la fe.


NIÑO LINDO - AGUINALDO VENEZOLANO


lunes, 17 de septiembre de 2018

💕 EL DIOS DE LA CRUZ, EL DIOS DEL AMOR y ¡PERDÓN, POR SER LA ESPINA!


EL DIOS DE LA CRUZ, 
EL DIOS DEL AMOR 

Por eso es importante recordar, desde las primeras paginas, que la pasión de Jesús es más que un drama sangriento, más que una anécdota terrible. En la cruz, por de pronto, gira la visión del hombre y se trastorna el rostro que atribuimos a Dios.

Si preguntamos a los contemporáneos de Jesús qué es para ellos un hombre grande, la respuesta es muy simple: un verdadero hombre es el que vive una existencia de grandeza, el que vive y muere noble y heroicamente, el que desconoce la vulgaridad de la vida, el que está conducido por una voluntad de poder, de gloria y magnificencia. Éstos y solo éstos son hombres. Al lado esta una sub-existencia propia de esclavos, vulgar, mediocre, ensuciada por el dolor, con una muerte insignificante. Estos hombres no son parte de la realidad, no pertenecen a la humanidad propiamente dicha, son sus detritus.

Pero al acercarnos a la vida y muerte de Jesús nos encontramos con que Él asume esta segunda vida sin grandeza y no parece tener interés alguno en salirse de ella. Su pobreza es la pobreza de los pobres, no la de un Sócrates filosófico o la de un asceta hierático. Sus amigos son gente sin personalidad. Su vida carece de todo brillo, ni sus compañeros le entienden, sus propios adversarios le valoran poco.

El fracaso se cierne constantemente sobre su obra. Pero es, sobre todo, su muerte la que carece de la «grandeza» de los héroes. Sócrates tiene una muerte brillante es el filosofo que se sacrifica por su idea; Cesar consiguió una muerte heroica cayo bajo los puñales de sus amigos. ¡Qué muertes más distintas de la de este Jesús cubierto de salivazos, burlado por los soldados, condenado a muerte sin que quede muy clara la causa, traído y llevado a tribunales que le desprecian y no saben muy bien cómo quitárselo de en medio, crucificado finalmente entre dos ladrones y con la soledad de los amigos que le abandonan!. No hay honor en su muerte, que parece tener mas de vergonzosa que de soberana.

Por mucho que los cristianos tratemos de embellecer su muerte nunca lograremos arrancarla del patíbulo infame. Es cierto, la pasión y muerte de Jesús —como dice Guardini— son, desde un punto de vista humano torturantes y difíciles de soportar. Nos obligan a preguntarnos si la verdadera grandeza del hombre no consistirá precisamente ni en la grandeza, ni en el brillo, ni en el esplendor ni en el poder. Ser hombre debe ser otra cosa. Morir lleno debe ser otro modo de morir. Los verdaderos valores del hombre tienen que ser forzosamente otros y la pasión de Jesús tendrá que descubrírnoslo”.

Si la cruz nos cambia el concepto del hombre más nos cambia el concepto de Dios. El Dios de todas las religiones es el dios del poder, de la omnipotencia. El Dios de Sócrates es la sublimidad del pensamiento supremo; el Dios de los Hindúes es el gran universo que teje todas las existencias individuales y el mismo Dios del Antiguo Testamento es el Dios de los ejércitos, el hacedor de milagros…

Pero el Dios que vamos a encontrar en la cruz es bien diferente. Como dice von Balthasar, al servir y lavar los pies de su criatura, Dios se revela en lo más propio de su divinidad y da a conocer lo más hondo de su Gloria. No es ya un Dios de poder, sino un Dios de amor, un Dios de servicio, un Dios que baja y desciende y así muestra su verdadera grandeza. Deja de ser primariamente absoluto poder, para mostrarse como absoluto amor. Su verdadera soberanía se muestra en el no aferrarse a lo propio, sino en el dejarlo. Crece entregándose. Por eso el hombre puede amarle, mas que adorarle únicamente.

Como escribe Alain se dice que Dios es omnipotencia, pero a la omnipotencia no se la ama. Y así el poderoso es el más pobre de todos. Solo se ama la debilidad porque, como recuerda Bonhoeffer, Cristo nos ayuda no con su omnipotencia, sino con su debilidad y sus sufrimientos.

(...) Por todo esto digo que la cruz es «revolucionaria», porque está llamada a cambiar nuestros conceptos, nuestras ideas sobre la realidad, a cambiar, sobre todo, nuestra vida. Porque —y esta es la mas profunda intención de este capítulo— desde la cruz Jesús no nos dice "mira cuánto sufro, admírame" sino "mira lo que yo he hecho por tu amor, toma tu cruz, sígueme". 

Jesús no murió para despertar nuestras emociones, sino para salvarnos, para invitarnos a una nueva y distinta manera de vivir. Una cruz que no conduce al seguimiento es cualquier cosa menos la de Cristo. Por eso acercarse a la cruz es arriesgado y exigente: invita a la «segunda conversión». Como le sucedió a san Agustín que primero se convirtió al Dios único y bueno y, después, al Dios crucificado. Así lo cuenta en el capitulo siete de sus Confesiones. Porque después de descubrir a Dios aun no era cristiano. Sólo cuando Dios se hizo concreto para él en el Crucificado descubrió que todo el fulgor del mundo redimido brota de la sedienta raíz del Dios paciente.

Vida y misterio de Jesús de Nazareth
Tomo III

EN LA CRUZ


Jesús… perdóname por ser tan pecador y romperte el corazón💔 Canción de Arrepentimiento

¡PERDÓN, POR SER LA ESPINA!

Señor Jesús, aquí estoy otra vez frente a ti.
Me duele mirarte y saber que mis manos 
son las que sostienen el látigo.
Quisiera ser santo, quisiera serte fiel.
Perdóname por ser tan pecador. 

Te miro sufriendo, cargando tu madero 
y me muerde el alma no decirte que te quiero.
Quisiera ser el Cirineo y aliviarte la carga, 
ayudarte en la subida en esa ruta tan amarga.  

Ser la Verónica que se acerca valiente 
y te limpia la sangre que te corre por la frente.
Soy el que  rompe tu corazón, el que te causa dolor,
el que azota tu espalda olvidando tu amor.

Perdón por ser la espina, 
perdón por ser la herida,
por ser quien te golpea 
mientras tú me das... la vida. 

Quisiera ser como Pedro, pero no negarte jamás.
Quedarme siempre a tu lado, no dar un paso atrás.
Ser como Juan, el amigo fiel que no huye, 
el que al pie de la cruz su esperanza construye. 

Ser como tu madre y en la cruz besar tus pies,
acompañarte en el llanto una y otra vez.
Pero soy un pecador que te ofende a cada rato.
El que firma con su culpa tu injusto maltrato.

Me duele  saber que soy yo quien te lastima, 
quien te clava las espinas y te echa el mundo encima.
Soy un hombre imperfecto, un pozo lleno de errores
que te da mil espinas en lugar de mil flores.

Si soy sincero, me parezco más a Judas. 
Te vendo por nada, me hundo en las dudas.
Te traiciono por poco, te cambio por monedas 
y te dejo ahí solo mientras tú por mí te quedas.

Soy como aquel soldado que te azota sin piedad.
El que levante el látigo y te hiere de verdad.
Soy el que  rompe tu corazón, el que te causa dolor,
el que azota tu espalda olvidando tu amor.

Perdón por ser la espina, 
perdón  por ser la herida,
por ser quien te golpea 
mientras tú me das... la vida. 

Soy un pecador que te ofende a cada rato.
El que firma con su culpa tu injusto maltrato. 
Me duele saber que soy yo quien te lastima, 
quien te clava las espinas y te echa el mundo encima.

Soy un hombre imperfecto, un pozo de errores
que te da mil espinas en lugar de mil flores. 
Soy el que rompe tu corazón, el que te causa dolor, 
el que azota tu espalda  olvidando tu amor.

Perdón, por ser la espina, 
perdón por ser la herida,
por ser quien te golpea 
mientras tú me das... la vida.

Aquí estoy frente a ti con mi barro y mi error, 
rogando que me mires con un poco de amor.
Sin ti no valgo nada.
Perdóname, Señor.

domingo, 27 de mayo de 2018

📧 CARTA A DIOS DE UN SACERDOTE ANTES DE MORIR

Carta a Dios de un sacerdote 
antes de morir

José Luis Martín Descalzo es un sacerdote, periodista y escritor español proveniente de una familia profundamente cristiana de la que era el menor de cuatro hermanos. Completó sus estudios de Historia y Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Se ordenó sacerdote en 1953. Ejerció como profesor y como director de una compañía de teatro de cámara. Durante el Concilio Vaticano II fue corresponsal de prensa. Como periodista, dirigió varias revistas y un programa televisivo. Escribió numerosas obras literarias, de las cuales destacaron: «Vida y misterio de Jesús de Nazaret» y «Razones: para vivir, para la esperanza, para la alegría, para el amor y desde la otra orilla», que recogieron muchos de los artículos periodísticos que estaban basados en hechos reales y cotidianos.

Tuvo la vida de un “sacerdote de a pie” y con profunda sencillez busco ser fiel a su vocación. Desde joven padeció una grave enfermedad cardíaca y renal que lo obligó a estar sometido a diálisis durante muchos años. Vivió en todo momento sin dejar de sembrar esperanza, hasta su muerte en Madrid, el 11 de junio de 1991. Acá les dejamos su último artículo antes de morir, una carta a Dios, un precioso texto digno de ser meditado y compartido.
📧
Gracias. Con esta palabra podría concluir esta carta, Dios o, “amor mío”. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Si desde la altura de mis cincuenta y cinco años vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mí. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.

Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran». ¡Pobrecilla! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque –aparte de que yo no soy más importante que nadie– toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.

Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platillo de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero, ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?

Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de sentirme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas. Hay entre los hombres –lo sé– quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.
Supongo que fue absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido solo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí –¡qué fácilmente!– quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte –y amar, por tanto, a todos y a todo– me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infaliblemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.

Gracias a todo ello, ahora –siento un poco de vergüenza al decirlo– ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino solo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mí eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.
A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mí no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú –no sé por qué– jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez –en mis sueños heroicos– he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.

Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.

También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aun en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.
Luego me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente –siempre más de lo que yo personalmente sabría– y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro –¿sabes?– leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún –gracias a ti– no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.

Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?

He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones: si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.

Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!
Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.

Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis «Razones para el amor». Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.



SI ME FALTAS TÚ - JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO 

(Poema de José Luis Martín Descalzo, escrito en las vísperas de su muerte, antes de cumplir los 61 años, y tras cerca de diez años sometido a diálisis)


Me preguntan si creo en Ti


En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti. Y digo
que tengo todo cuando estoy contigo:
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.

Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien, ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.

Contigo el sol es luz enamorada
y contigo la paz es paz florecida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.

Pues, si me faltas Tú, no tengo nada:

ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.



Tengo todo cuando estoy contigo, 
Si me faltas Tú, no tengo nada...



martes, 11 de octubre de 2016

PADRENUESTRO AL REVÉS, DESDE DIOS: HIJO MÍO QUE ESTÁS EN LA TIERRA por JOSÉ LUIS DESCALZO
























He encontrado (José Luis Martín Descalzo), en un pequeño libro del padre Peñalosa, una idea que jamás se me había ocurrido: 
¿reza Dios? ¿Cómo podría ser el Padre Nuestro de Dios? 
De qué tipo podría ser la oración con la que Dios contesta cada vez que los ojos de los hombres se alzan al cielo y ponen en sus labios millones de veces en el planeta esas dos palabras milagrosas: Padre Nuestro. 
Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a rezar el Padre Nuestro sabía muy bien lo que estaba diciendo. Estaba abriendo de par en par el mismo corazón de Dios. 

Y pienso que esa oración podría ser algo parecida a esta:

"Hijo mío, que estás en la tierra,
preocupado, solitario y tentado.
Yo conozco perfectamente tu nombre,
y lo pronuncio como santificándolo, 
porque te amo. 

No, no estás sólo, sino habitado por Mí,
y juntos construimos este Reino
del que tú vas a ser el heredero.

Me gusta que hagas mi voluntad,
porque mi voluntad es que tú seas feliz,
ya que la gloria de Dios es el hombre viviente.

Cuenta siempre conmigo,
y tendrás el pan para hoy, no te preocupes;
sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos.

Sabes que perdono todas tus deudas,
antes incluso de que las cometas;
por eso te pido que hagas lo mismo 
con los que a ti te deben.

Y, para que nunca caigas en la tentación,
cógete fuerte de mi mano,
y yo te libraré del mal,
pobre y querido hijo mío".

José Luis Martín Descalzo


Hijo mío que estás en la Tierra

Padre Nuestro por Diana Navarro

Padre Nuestro - En el mar he oído hoy...


domingo, 31 de julio de 2016

TESTAMENTO DEL PÁJARO SOLITARIO: MORIR ES DARLE UN BESO A LA VIDA

TESTAMENTO DEL PÁJARO SOLITARIO 
José Luis Martín Descalzo 


Cántico en el que el pájaro 
se pregunta por su existencia

Cuando, al fin, entendí que sólo era 
un manojo de plumas, 
una canción que, 
porque nace, muere, 
o tal vez la memoria de un beso en un espejo, 
¿cómo creer que has sido, que has amado? 

Por pura gracia 
alguien pasó sus dedos por mis plumas 
y me dio la verdad de la existencia. 
¡Haber sido querido por Ti,
 por Ti, que haces que un pájaro 
hasta pueda llegar a creerse que ha vivido! 

Al cabo de los años 
¡mira el tesoro de todos tus vacíos! 
Aquí y allá fuiste dejando algo parecido a una huella; 
decían tu nombre, lo escribían incluso, 
contaban que algún día cantaste 
en una rama 
iluminándola, 
pero tú bien sabías 
que eras sólo una torre de nadas, viento, viento. 

En el antiguo álbum, 
los retratos 
reproducían todos el mismo rostro: 
un óvalo vacío, alguien dormido, 
alguien que se sospecha que, 
con algún esfuerzo, hasta pudo llegar a vivir, 
mas no lo hizo. 
Un mirlo 
que cantó una vez en una rama, 
sin que la rama, ni el pájaro, 
ni el canto hayan existido jamás. 

Y, sin embargo, sí, había un árbol, 
un árbol de la vida, frondoso, 
con millones de ramas preparadas. 
Sí, Tú estabas allí, 
un árbol verde, 
sin otoños 
porque el amor no amarillea nunca. 

Pero ¿qué sabes, qué sabes, hombre, tú de amor? 
Si te hubieras posado en esa rama 
que estuvo preparada para ti, 
¿habrías entendido? 
Ah, el mendigo cruzó con su escudilla miserable 
y si alguien le hubiera arrojado la moneda de oro 
¿la habría distinguido de una hoja de otoño 
volada por el viento?
 Yo recogí mendrugos 
que apenas si sabía masticar 
con mis pobres dientes de papel. 
Llegué, lo más, a chupetear el gozo: 
recuerdo aquellos senos blancos 
y la gran confusión del amor con un desagüe. 
Nos reíamos mucho. 
Los relojes del whisky bajaban tambaleándose 
las escaleras de la noche mientras 
las estrellas miraban asombradas desde el cielo. 

Y Tú, Amor, ¿dónde estabas? 
Te veo en todas las encrucijadas 
de las horas perdidas, gritando: 
“Necesito repartir transfusiones de vida”, 
mientras ante tus pies desfilaba el entierro 
de todas las palomas asesinadas aquella misma noche. 
¿Y yo? ¿Y mi pájaro? 
No sé si por temor al mundo 
o por amor a Ti yo revoloteaba sobre tus hombros. 
Me posaba, incluso, sobre ellos. 
Y no decía que sí. Y no decía que no. 
Y ni siquiera “tal vez”. 
O decía: “Me gustaría cantar”, 
pero nunca quería acabarme 
de enterar 
de que cantar no es hilvanar sonidos, 
sino sangrar. 

Mi pájaro tenía siempre demasiadas razones 
para seguir jugando a dos barajas. 
A veces hasta llegaba a pronunciar tu nombre, 
pero no era de Ti de quien hablaba, 
sino de tus suburbios, y así, mientras Tú, 
ciervo perseguido, cruzabas la pradera 
incandescente en la que yo me carbonizaría 
si llegara a pisarla siguiéndote, 
mi pájaro hacía encaje de bolillos teológicos 
y estaba cerca de Ti, pero jamás en Ti, contigo. 

Y, si alguna vez mi cántico 
y el tuyo parecían juntarse, 
el ayer tentador, se me volvía celoso, 
asegurando que elegirte a Ti 
era como quedarse sin casco ni velamen: 
“Dios sólo tiene noche”, me decía. 
Y yo, cobarde pero lúcido, 
sabía que eso era cierto y gritaba: 
“Flores, cubridme; adormecedme, músicas; 
y tú, Beatriz, distiende la miel de tu melena, 
y lograd, entre todos, que este celoso Dios se aleje 
o que pase de largo, persiguiendo piezas mejores. 
¡Ah, bien quisiera apostar por los dos! 
Mas, si es inevitable elegir, 
¡dame, oh Mundo, tu lecho!” 
Pero un día, todo cambió. 

No fue que yo despertase, 
ni es que cayeran rodando por los suelos 
mi indecisión y mi ceguera, es que Él, 
el Halcón, se derrumbó en picado sobre mí, 
escudriñó mi corazón y mis riñones, 
y, con sus dulces garras, me atenazó diciéndome: 
“Tú serás mío, porque eres mío”; 
me engendró, me poseyó 
como un hombre a una mujer 
o como una espada el cuerpo que atraviesa. 
Y yo no tuve nada que decir ni explicar: 
Existía. Existía ya casi tanto como Tú. 
Iba volviéndome amor. 
Ibas limpiando mi sangre de su escoria, 
poniendo verdadera alegría donde 
sólo hubo fuegos de artificio, 
dándome el misterioso “vino adobado” 
de tus besos, dejándome amar ya todo 
sin hacer distinciones, sin saber siquiera muy bien 
si “Amor” se escribe con mayúscula o no. 
Y ya los dos picoteábamos del mismo Pan 
y mamábamos del seno misterioso de tu Madre 
y “mi caballería a vista de las aguas calladas descendía”. 

Ya no conté mis años: 
esperarte y amarte era lo mismo, 
juntos pastábamos la soledad del mutuo amor herido, 
bebíamos “el mosto de granadas”, 
y el silencio de estar solos
 y acompañados en la feria del mundo. 
Y, si ahora me voy, será igual que si me quedo. 
Y, si canto, mi voz será de otro. 
Y, si late eso que llaman corazón, 
no sabré dónde late, ni de quién es. ¡
Oh, Halcón! ¡Oh, pájaro! ¡
Oh, Amor sin apellidos ni riberas!

Y entonces vio la luz

La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;

tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura.


Yo, minúsculo ser de plumas y de llanto 
a los sesenta años de mi edad, 
y en pleno uso de mis facultades mentales, 
como suele decirse, 
ante el Dios que invisible me escucha, 
ante la primavera que vendrá 
dentro de seis meses y no sé si veré 
(pero que está viniendo, 
sí, y cuyos pasos escucho 
ya si aplico mis oídos al suelo), 
ante la luz que canta y afirma en mi ventana, 
ante todos los dolores que 
–incluidos los míos incendian el planeta, 
quiero confesar mi certeza 
de que he sido amado, 
de que lo soy, 
de que todos los días que tengo 
acaban construyendo cada día 
un gozo diminuto y suficiente. 

Quiero confesar que he sido y soy feliz, 
aunque en la balanza de mi vida 
sean más los desencantos y fracasos, 
porque, aunque todos se multiplicasen, 
aún no borrarían la huella de tus besos. 
¿De tus besos o de tus uñas, Halcón? 
No lo sé. Es lo mismo. 
Y en esta última (o penúltima) curva de mi vida 
dispongo testamentariamente
de las muy pocas cosas que he tenido. 

Ante todo, devuelvo 
(como Jorge Manrique nos enseña) 
el alma a Quien me la dio. 
Usada está. Incompleta. 
Se me fueron quedando girones 
en las zarzas de la vida, 
y a veces regalé sus mejores retazos 
a cambio de un beso o un elogio. 
Mas nunca, Tú lo sabes, la di entera. 
Tú la habías marcado con tu hierro 
como los lomos de un animal esclavo, 
y siempre sentí tu quemadura 
como un dolor bendito. 
Ahí la tienes de nuevo. 
Sólo sirve porque aún le queda 
un poco del olor a tus manos. 

Doy mi cuerpo a la tierra, 
que es su dueña. 
Se lo doy con dolor y desgarrándome, 
porque lo he amado mucho, 
y porque me ha servido como un cachorro fiel. 
Doy mis manos, éstas que ahora escriben, 
éstas que tantas veces fueron 
como un guante de mi alma, 
éstas que amasaron millones de palabras 
que iban luego rodando a otros corazones 
y me hacían vivir a la vez en muchas almas. 
Doy mis ojos también y cuanto almacenaron 
durante sesenta años: 
soles y nieves, melenas y sonrisas, 
llantos y angustias, pájaros y nubes. 
Fueron a veces pañuelos de otros ojos 
o tiburones de lascivia, o bálsamo en la herida, 
o mensajeros de mi soledad. 
Dicen que, hasta cuando sonrío, 
brota de su último fondo un hilo de tristeza, 
pero dicen también que se abrían fácilmente 
al amor y a la amistad. 
No sé. Que lo averigüen un día los gusanos. 

Devuelvo mi pobre corazón con todas sus heridas. 
¡Ah, si pudiera yo prestárselo a otro pecho 
para que, llagado y todo, siguiera caminando, 
incluso con su par de muletas! 
Pero, ¿a quién le cabría dentro este hotel, 
esta plaza de toros que desborda mi tórax, 
este ring de boxeo en el que tantas veces 
luché conmigo mismo? 
¡Ah, corazón, dulce, querido, 
monótono corazón mío! 
No dejes que te curen si un día resucitas. 
Tú eres así. 
Me gustas, incluso con tu cardiomegalia, 
La misma que un día hizo dormirse 
para siempre el de mi madre. 
Y en este testamento 
he de dejar aún mi única riqueza: 
mi esperanza. 

Tengo metros y metros para hacer 
con ella millones de banderas, 
ahora que tantos la buscan sin hallarla, 
cuando está delante de los ojos,
porque Tú, Halcón, bajaste de los cielos 
sólo para sembrarla. 
No, Mundo, sábelo: 
no me resignaré jamás a tu amargura, 
no dejaré que el llanto tenga sal, 
ni que al dolor le dejen la última palabra, 
no aceptaré que la muerte sea muerte 
o que un testamento sea un punto final. 
Si me muero (que aún está por ver) 
envolvedme en su bandera verde 
y estad seguros de que mi corazón 
sigue latiendo, aunque esté más parado 
que una piedra, estad seguros de que, 
aunque mi sangre esté ya fría, yo seguiré amando. 
Porque no sé otra cosa. 
Sólo por eso: 
porque no sé otra cosa.