EL Rincón de Yanka: ➕❓❔❓ SOBRAN RESPUESTAS, FALTAN PREGUNTAS: ACTITUD DIGITAL PARA SOBREVIVIR EN ESTE MUNDO INTERCONECTADO

inicio














martes, 16 de abril de 2019

➕❓❔❓ SOBRAN RESPUESTAS, FALTAN PREGUNTAS: ACTITUD DIGITAL PARA SOBREVIVIR EN ESTE MUNDO INTERCONECTADO


Sobran respuestas, 
faltan preguntas 

Howard G. Cunningham es un programador americano que creó el primer wiki, esas plataformas de Internet donde quien tiene algo que contar pasa, si quiere, a ser colaborador desinteresado. Este autor enunció la ley que lleva su nombre y que dice así: “La mejor manera de obtener una respuesta correcta en Internet no es preguntar, sino que es ofrecer la respuesta equivocada”.
Cunningham destaca con este aserto la predisposición de los usuarios de la Red para poner en evidencia a los demás. Resulta más estimulante amplificar el error de otro que resolver una duda sin mayor aspiración. Esta actitud resulta perversa, pues no se limita a mostrar una superioridad intelectual, sino que además aparta al ignorante, lo rechaza para dejar claro que nada tenemos que ver con él.

Aunque no hay un acuerdo al respecto, se calcula que hace casi dos millones de años que el ser humano comenzó a hablar. Al lenguaje oral ordenado le precedieron los gestos y los sonidos guturales que en forma de gruñidos trataban de designar lo que le rodeaba. Disponer de una comunicación verbal eficaz con un código compartido supuso un importante impulso a la evolución que había comenzado tiempo atrás. En ese momento, los miembros de las sociedades primitivas se dividieron en dos grupos, los que tenían preguntas y los que tenían las respuestas.
La aparición de la escritura en el neolítico restó valor al individuo sabio, pues el registro impreso del conocimiento aglutinaba las respuestas que ansiaba la mente inquieta. Desde las tablillas de arcilla sumerias hasta la actual digitalización del saber han transcurrido 8.000 años, que en términos evolutivos no llega ni a la categoría de anécdota. Lo cierto es que todos los avances tecnológicos ocurridos en ese tiempo para preservar el conocimiento, tanto en la etapa pre como post-Guntemberg, han creado un inalcanzable repositorio de respuestas al que acudir a buscar la verdad.
En los próximos años viviremos una integración paulatina de las máquinas y las personas. El reto, que llegará, puede estar seguro, será la completa y permanente conexión entre el cerebro humano y el virtual
Borges en su cuento “La biblioteca de Babel” habla de un espacio casi infinito que aglutina todos los libros posibles. Allí se encuentra todo el saber acumulado durante milenios, desordenado, según dice el autor, pero completo.
Internet es hoy esa biblioteca que imaginó el escritor argentino en 1941, un espacio con sentido que crece y crece como hace el universo en sus confines. Cada momento que pasa un nuevo conocimiento se asienta en ese espacio y espera ser reclamado en forma de pregunta por alguien con afán de conocer.
Hoy el conocimiento se ha socializado, ya no es exclusivo de castas políticas, religiosas o académicas, es de todos y está disponible para todos. La información, lejos de ser poderosa como antaño, forma parte del viento, como cantó Dylan.

Sin embargo, este recurso tan especial que, de conocerlo, produciría un Síndrome de Stendhal al mismo Leonardo, es también un terreno oculto, inexplorado, ignoto. El grueso de Internet es como esa carretera interestatal del medio oeste americano donde nada pasa. El conocimiento que se acumula en esos parajes virtuales olvidados representa la obra inédita del autor que queda postergada en un cajón, sin divulgar, sin enseñar, sin añadir valor a nadie.
El conocimiento inalcanzado lo es porque no existe un resorte que lo haga visible. El saber desatendido lo es porque nadie lo reclama.
Pretender llegar a todos los rincones de Internet es algo más que una utopía, es una chifladura. El problema no es la velocidad a la que se va agregando nuevo contenido al ya de por sí vasto catálogo, lo es la aceleración, es decir, cómo se incrementan de forma exponencial los recursos disponibles.

Internet se puede llegar a convertir, volviendo a Borges, en un lugar donde todo está disponible, pero nada se encuentra.
El modelo educativo tradicional ha estado siempre dirigido a enseñar a responder, nunca a preguntar. A nuestros hijos les preguntamos para que pongan de manifiesto el nivel de su bagaje intelectual: ¿Quién descubrió América? ¿Cuál es la capital de Italia? ¿Es la hormiga un vertebrado? En la medida que se responde correctamente concluimos que se está mejor instruido y, de alguna manera, mejor preparado para abordar los retos del futuro.
Este es el punto más conflictivo del modelo actual, que otorgamos más valor a responder que a preguntar. ¿Tiene sentido memorizar lo que se puede disponer a golpe de clic? Ante un panorama tan inabarcable, ¿cómo establecemos el criterio de lo que es útil y lo que no?

Hace unas semanas Google expuso las principales búsquedas que se habían llevado a cabo en su servidor en el año 2018. En el caso de España triunfaron las preguntas referentes a deporte (hubo mundial de fútbol), a personajes famosos o a programas de televisión de la categoría reality. Llama la atención que la pregunta más recurrente en todo un año fue: “¿Qué es un cachopo?”. Es decir, estamos ubicados frente al mayor acopio de información de toda la historia de la humanidad y nos decantamos por conocer la gastronomía asturiana.
En la última Navidad me regalaron un altavoz inteligente, un Alexa. Como seguro que sabe, este tipo de dispositivos basados en inteligencia artificial interactúan con sus usuarios con absoluta normalidad, como usted lo haría con otra persona. Cuando uno se halla frente a Alexa no siempre surgen las preguntas con fluidez, aun sabiendo que detrás estará la respuesta a lo que podamos buscar. Para este caso, cuando no terminamos de arrancar, Amazon, propietario de Alexa, envía periódicamente una lista de preguntas que se pueden hacer. Destacan aquellas tan desafiantes como que nos cuente un chiste, saber si Alexa tiene novio o si le gusta la pizza.

La importancia de aprender a preguntar es mayor si cabe con estos dispositivos pues, a diferencia de Google, solo ofrecen una respuesta, la que su sistema elige.
En el programa de televisión First Dates, una pareja se acaba de conocer con la intención de sopesar una relación sentimental seria y duradera. Resulta desalentador que dos personas que aspiran a pasar el resto de su vida juntas acaben la conversación a los pocos minutos. El que nada tiene que preguntar conmina al otro a que lo haga: “Qué más quieres saber”, “No sé, cuéntame tú”. Ahí acaba todo.
Hoy un recién nacido parte con una base genética muy mejorada con respecto a sus ancestros, un conocimiento universal bien documentado y un modelo educativo que ordena y prioriza su aprendizaje. Nos damos cuenta de que a los más jóvenes ya no se les enseñan contenidos que sí aprendimos los mayores. El tiempo de enseñanza es limitado y cada vez se hace más complejo, si no imposible, acceder a todo el saber necesario, de ahí que las máquinas se hagan más y más imprescindibles.

La inteligencia artificial (IA) que hay detrás de un Alexa se hace hoy depositaria de las respuestas, mañana se quedará también con las preguntas. Así, mientras que con la IA al hacer una consulta obtenemos una respuesta, con la computación cognitiva, evolución de la IA, sin hacer ninguna pregunta obtendremos una respuesta.
En los próximos años viviremos una integración paulatina de las máquinas y las personas. El reto, que llegará, puede estar seguro, será la completa y permanente conexión entre el cerebro humano y el virtual. En ese momento tendremos acceso a todo el saber acumulado solo con desear conocer algo. ¿Qué es un cachopo? Pensaremos. Entonces nuestro cerebro será estimulado para percibir, en términos neuroeléctricos, dos filetes de ternera con jamón y queso en su interior, puede que hasta podamos saborearlo.
Mi abuelo llamaba al televisor “caja tonta”. Habrá que ver si en el futuro seremos nosotros el recurso tonto de esa nueva forma de pensar.
Recientemente he publicado un libro con el título “Actitud Digital. Claves psicológicas para sobrevivir a una nueva era” donde abordo cómo debemos evolucionar a la vez que lo hace la tecnología. Que los sistemas artificiales aumenten su base de respuestas debería ser un revulsivo para que nosotros aumentemos nuestra base de preguntas. 
==================================

PRÓLOGO

Estamos en un momento trepidante. Según el visionario Kay Kurzweil, se calcula que los avances en tecnología que viviremos durante el siglo XXI equivaldrán a veinte mil años de progreso medidos al ritmo del crecimiento actual. El crecimiento es exponencial y singular. Exponencial por la velocidad del cambio de la tecnología a diferencia del crecimiento lineal, como lo ejemplifica la descodificación del ADN. En 1990 se lanzó el Proyecto Genoma Humano con el objetivo de secuenciar un genoma humano en quince años y con un presupuesto de seis mil millones de dólares. En 1997 solo se había secuenciado el uno por ciento, lo cual, si se midiera en términos graduales, resultaba muy frustrante. Sin embargo, desde la lectura de lo exponencial significaba que un uno por ciento duplicado siete veces da el cien por cien. Y así fue. El proyecto finalizó antes de lo previsto, en 2001, y con un coste inferior a lo estimado.

El crecimiento que vivimos también es singular, en la medida que la tecnología va a formar parte de nuestra biología y seremos capaces de superar las limitaciones de nuestros cerebros y nuestros cuerpos biológicos. Por ello, se estima que al finalizar el siglo XXI la parte no biológica de nuestra inteligencia será billones de billones de veces más poderosa que nuestra inteligencia, según la Singularity University. Casi nada. Los ejemplos anteriores afectan a la tecnología y a nuestra biología, pero son solo muestras de lo que está por llegar y que influyen en más campos de nuestra realidad. Las empresas organizadas con criterios del siglo XX tienen muchas papeletas para desaparecer en un entorno tan competitivo, tan complejo y tan apasionante. Las relaciones de pareja y nuestras sociedades se están transformando con la tecnología como telón de fondo. Pues bien, para navegar en este nuevo mundo exponencial y singular vamos a necesitar nuevas competencias digitales, que no siempre se enseñan en los colegios y que son decisivas para sacar adelante nuestros proyectos.

La necesidad de nuevas habilidades ante los cambios no es algo nuevo. Hace siglos, cuando los exploradores quisieron indagar qué había más allá de los mapas conocidos, necesitaron otras cualidades, como la audacia, diferentes conocimientos técnicos y mucha valentía, competencias que no eran tan importantes si la alternativa consistía en quedarse arando la tierra. Pues bien, ahora nos enfrentamos a otro mundo más rápido y sin necesidad de salir de casa. Habita entre nosotros. La tecnología exponencial y singular puede ser treméndamente invisible aunque tengamos smartphones, ordenadores o accesorios que nos recuerden su presencia. Y es imparable. Como profesionales, ciudadanos o padres necesitamos entrenar nuevas competencias que nos ayuden a entender todo lo que viene como una oportunidad y a no quedarnos bloqueados por el miedo, por la incertidumbre o por la añoranza. Seremos capaces de conseguirlo si previamente lo entendemos, si tenemos un mapa útil y preciso sobre las habilidades que nos ayudarán a navegar por este vibrante mundo. Y esto es lo que consigue el libro de Antonio Pamos que tienes en tus manos: ofrecer un mapa práctico, interesantísimo, útil y muy ameno para desarrollar competencias digitales.

Antonio analiza las competencias digitales clasificadas en tres categorías: el ser que se relaciona, el ser que aprende y el ser que opera. De esta agrupación hace un recorrido lleno de datos prácticos de las diez cualidades más importantes: trabajar desde la diversidad, manejarse en entornos colaborativos, saber gestionar las emociones, comunicarse de un modo efectivo, despertar la curiosidad, crear y compartir conocimiento, tener pensamiento crítico, saber prever, adaptarse al cambio y gestionar la incertidumbre. Las anteriores competencias constituyen nuestro pasaporte para navegar en mapas desconocidos tecnológicos.

Este libro es brillante porque reúne varias cualidades, que no siempre son fáciles de encontrar en un texto. Por un lado, en la primera parte hace una descripción certera de la sociedad en la que nos movemos desde diferentes perspectivas: nos explica cómo la tecnología cambia los hábitos de consumo, cómo transforma el mercado laboral o cómo, incluso, ha generado nuevas enfermedades o adicciones. Por otra parte, porque ofrece un análisis de las competencias con la sabiduría y experiencia de quien durante años ha sido uno de los líderes en España el análisis de las habilidades profesionales. El conocimiento de Antonio le permite hacer una descripción detallada, que se asemeja a una guía de desarrollo en el inundo de las competencias digitales con autocuestionar ios para ayudarnos a conocernos un poco más. El libro, además, es brillante porque ofrece una perspectiva humanista en el terreno digital, que no siempre es fácil de encontrar, y que es completamente necesaria.

Con la presión de la tecnología que crece de modo exponencial, la necesidad de volver a los básicos del ser humano va a ser absolutamente imprescindible. Se decía hace años en inglés: High tech, high touch, es decir, cuanta más tecnología, más necesidad de contacto humano. Y es cierto: la inteligencia artificial y sus legiones de algoritmos automatizarán muchos trabajos, hablaremos con chat bots y las máquinas nos darán muchas respuestas sin necesidad de que una persona nos ayude. Sin embargo, en ese mundo tan aparentemente mecánico y cómodo, las emociones seguirán estando vigentes y serán, incluso, más llamativas en cuerpos que se prevé que vivirán muchos años. Entender todo ello no pasa solo por datos científicos, sino por una sensibilidad y un conocimiento profundo del ser humano como el que tiene Antonio Pamos. Por eso este libro es inagnífico, porque es rabiosamente actual, porque aborda con precisión los avances tecnológicos y porque lo hace con la lupa de un psicólogo riguroso y con alma. Y lo digo con conocimiento de causa. Tengo la suerte de conocer a Antonio desde hace años y siempre me ha sorprendido su capacidad de documentación de los temas que maneja y lo precisos e innovadores que resultan sus análisis. Antonio es una persona sólida, confiable, con espíritu investigador, que disfruta ayudando a sus clientes desde el trabajo de la consultoría. Por todo ello, es la persona idónea para reflexionar sobre las competencias digitales desde el humanismo que hace falta en un mundo tan tecnológico como el que vivimos, y viviremos.
Muchas felicidades, Antonio.

Pilar Jericó Presidenta de BeUp, 
escritora y conferenciante

POR QUÉ ESTE LIBRO

Target es una enorme cadena de supermercados que se extiende por todo Estados Unidos. Tradicionalmente ha atraído a sus clientes por medio de cupones descuento de todo tipo. Lo que hacía esta compañía antaño era imprimir miles de libretas que se enviaban por correo para que el cliente eligiera el cupón que más se adecuaba a sus necesidades: comida, droguería, papelería, juguetes, etc.

Con la llegada de Internet y de los smartphones la compañía decidió ajustar mejor su oferta a las características del cliente. Así, por ejemplo, dejaron de enviar cupones de productos de belleza femenina a hombres, o de juguetes a clientes sin hijos. Para acertar con su oferta hicieron uso de los millones de datos de sus clientes que tenían almacenados y establecieron una serie de fórmulas matemáticas, algoritmos, que los guiarían en su política comercial.
Este modelo de segmentación de clientes de Target, aparentemente inocuo, generó una importante controversia en Estados Unidos cuando el padre de una chica adolescente denunció a la compañía porque su hija no paraba de recibir cupones descuento para productos de bebés: pañales, cereales, sonajeros, etc. El padre de esta chica clamaba contra la compañía pues esta parecía empeñada en animar a su hija a ser madre. El malentendido se aclaró cuando la hija reconoció que efectivamente estaba embarazada, su padre no sabía nada, pero Target sí.

Los sistemas de análisis de datos habían concluido que existía un 81 % de probabilidades de que esta joven estuviera en estado, todo ello porque había comprado crema antiestrías, complementos vitamínicos específicos del periodo de gestación y un sujetador especial. Es más, estimaron que saldría de cuentas a mediados de agosto. Esta historia, cada vez menos sorprendente, ejemplifica muy bien el conflicto de intereses entre la parte más mecánica de la tecnología y la más humana. Por una parte, un sistema informático ágil y preciso que cumple con su cometido a la perfección y, por otra, personas que le dan un sentido.

El psicólogo norteamericano Steven Pinker dijo hace poco: «El progreso sin humanismo no es progreso». Esta afirmación engloba con exactitud el motivo principal que me lleva a escribir este libro: reivindicar el lado humano de la tecnología.

En la segunda mitad del siglo XX, sobre todo en su recta final, el sector de la alimentación disfrutó de una bonanza especial. A la mejora del poder adquisitivo de los ciudadanos se sumó una suerte de hedonismo que tuvo un elemento de expresión en la reinvención de la cultura gastronómica. Al impacto mediático de cocineros y chefs se sumó el lanzamiento de productos con ingredientes exóticos y formas sofisticadas que coparon las baldas de los supermercados. En ese punto de inflexión de los hábitos culinarios, la alimentación pasó de ser un medio, un instrumento de supervivencia básico, para convertirse en un fin en sí misma. Uno dejaba de alimentarse por prescripción de vida para deleitarse estimulando a sus sentidos. En un principio todo valía con tal de cumplir con la cada vez más exigente demanda del consumidor: términos rimbombantes, componentes de baja calidad e incluso perniciosos, falseamiento de valores nutricionales, promociones agresivas a niños, etc. El consumidor se convirtió en un mero elemento del proceso mercantil, abstracto, impersonal y carente de conciencia. Ante estos excesos, en el año 2002 se creó en España la Agencia de Seguridad Alimentaria, un organismo dependiente del Ministerio de Sanidad y Consumo que recordaría a la industria del sector que no todo vale. Desde entonces, multitud de iniciativas legislativas han ido poniendo orden en el sector y han garantizado que lo que llegaba al ciudadano en forma de alimento no sacrificaba su salubridad por fines económicos espurios. El proceso de transformación digital, como ocurriera con la alimentación, ha pasado a ser un proceso de transformación cultural. Ya no se trata de cuánta tecnología se consume, sino de cómo se consume y qué hábitos hemos adaptado a lo que dicta el universo de las Apps.

La tecnología que consumimos hoy ha sido en su mayor parte diseñada por ingenieros bajo las directrices de inversores y otros visionarios de los negocios. Como hicieran los químicos que cargaban de azúcar un refresco nuevo para vender más, los desarrolladores de aplicaciones lanzan soluciones edulcoradas sin reparar en el impacto que puedan tener en cada una de las personas que las usen.
Muchos de los argumentos que esgrimen los enemigos de lo digital están bien fundamentados y no son producto de una ideología analógica retrógrada. La adicción al móvil, la frivolidad de Instagram, la comunicación insustancial, los fakes, la pérdida de privacidad, todos ellos son resultados indeseables del uso generalizado de unas tecnologías sobrevenidas, casi impuestas que no han ofrecido tregua para su adopción ordenada.
Los estados de locura colectiva que se crean al albur del lanzamiento de nuevos aparatos, acompañados de los sacrificios económicos para acceder a ellos, son el principal refrendo de las políticas implantadas por los gigantes tecnológicos. Cuando la capitalización de Apple es igual a todo el PIB de un país occidental desarrollado como España es muy difícil hacerles ver que deben revisar su rol en la transfonnación digital.

EL CAMINO HASTA AQUÍ

Aunque parezca lo contrario a tenor de lo que expongo en el punto anterior, soy un enamorado de la tecnología. Siendo muy pequeño conté con los primeros relojes digitales que existieron, incluido aquel Casio con calculadora incorporada. A aquellas primeras «maquinitas de marcianos», incorporé el primer ordenador personal que existió, el Spectrum de 16Kb que, por cierto, aún guardo. El primer móvil con cámara de fotos, reproductor de DVD, reproductor MP3, cámara de fotos digital y cualquier otro dispositivo revolucionario fueron objeto de mi deseo y luego de mi devoción. Llevo a gala haber sido uno de los primeros españoles que tuvieron un IPAD entre sus manos.

Paralelamente he ido desarrollando mi vocación de psicólogo experimental, aquel que a través de procedimientos con base científica va aportando luz a los secretos más insondables de la condición humana. He hecho de la persona un objeto de estudio y un medio de vida. Como dijera el personaje Cremes en la obra de Terencio: «Nada de lo humano me es ajeno».
Tantos años de tecnología, y es ahora cuando lanzo una voz de alarma sobre el conflicto larvado persona-máquina. ¿Qué ha cambiado?
Desde que se formara nuestro planeta hace unos 4500 millones de años, los cambios más importantes han ido ocurriendo cada vez en espacios más breves de tiempo. Por ejemplo, los primeros organismos unicelulares necesitaron 2500 millones de años para transformarse en pluricelulares. Sin embargo, estos «solo» necesitaron 1000 millones de años para llegar a convertirse en peces y 500 millones para dar lugar a los primeros mamíferos. 100 millones de años después apareció el hombre sobre la tierra.
La aparición de los primeros homínidos hace unos 7 millones de años ha seguido también esta ley no escrita de «cuanto antes, mejor». La última transformación , hasta el momento, fue la llegada del Homo sapiens a Europa desde África, hace unos 50.000 años. A partir de ese momento nuestros directos antepasados desplegaron una potencia intelectual y unas habilidades sociales sin precedentes que lo han llevado a donde estamos, a la cumbre de la evolución.

Llegar a dominar el planeta en tan poco espacio de tiempo ha provocado consecuencias, pues el mundo animal no ha tenido la oportunidad de encontrar una ventaja evolutiva que le permitiera contrarrestar los embates de este nuevo depredador. De ahí todos los animales que se han extinguido o que están en riesgo de hacerlo por nuestra acción directa; no se les ha dado tiempo suficiente para adaptarse a la amenaza humana. Piense el lector que muchas de las características de defensa que ofrece el reino animal como mimetización, agilidad, visión estereoscópica, olfato agudo, etc. son producto de una adaptación biológica que ha durado miles de años para acabar siendo más eficaz en su hábitat. La vertiginosa expansión del ser humano y sus máquinas han dado al traste con el equilibrio natural que podía existir antes de su irrupción. Todo ha sido muy rápido.

Esa misma incapacidad de adaptación del reino animal la padecemos ahora nosotros mismos con nuestros artefactos. Sirva este ejemplo extraído del libro de Thomas Friedman "Thank you for being late". Este autor, columnista del New York Times, analiza los momentos más expansivos de la tecnología humana en el último siglo y encuentra un momento que destaca por encima de todos: el año 2007. 
Friedman considera que ese es el año en que todo cambió y la evolución tecnológica entró en una fase de aceleración hasta ahora desconocida. Estos son algunos de los acontecimientos que ocurrieron ese año y que han definido nuestra sociedad de hoy, pero con más profundidad la del futuro:
  • Se presenta el primer smartphone: el Iphone de Apple.
  • Facebook se hace global cuando sale de las universidades y los institutos.
  • Se lanza Twitter. 
  • Amazon presenta su lector de libros electrónicos: Kindle.
  • Aparecen Github y Hadoop.
  • Se lanza el sistema operativo de Google: Android.
  • Se presenta AirB'n'B.
  • YouTube comienza a incluir publicidad y, por tanto, a capitalizar su proyecto.
  • Google da por concluido su modelo de negocio y lo lanzará pronto.
  • Comienza la era de las Apps.
  • Kiva.org logra la inversión necesaria para lanzar un servicio de microcréditos.
  • Amazon comienza a ofrecer un servicio de almacenamiento en la nube.
  • IBM lanza el proyecto Watson, su sistema de inteligencia artificial.
Podríainos seguir con más novedades como la presentación de Change.org o los microprocesadores de Intel que se sofistican aún más siguiendo la Ley Moore, uno de sus fundadores.
Todo este tsunami de innovaciones tiene un único destinatario: el ser humano. Nuestra capacidad de adaptación ha mejorado generación tras generación, cada vez necesitamos menos tiempo para adaptarnos a una novedad. Creaciones como la lavadora o la radio necesitaron décadas para formar parte de nuestra vida cotidiana. Hoy nos adaptamos más rápido, pero la velocidad a la que surgen los nuevos desarrollos es superior a nuestra habilidad para seguirlos.
Por primera vez en la historia de la humanidad los avances tecnológicos van más deprisa que nuestra habilidad para adoptarlos. Se ha creado una falla entre el hombre y la máquina que cada vez es más grande. Mientras nosotros discutimos si taxi o VTC, el coche autónomo ya circula en pruebas por multitud de lugares. Mientras se reivindican derechos laborales de los mensajeros, los robots van copando los puestos operativos de las fábricas. La tecnología nos ha adelantado por la derecha y cada vez la ve1nos más lejos.

LA ACTITUD DIGITAL

En la ecuación del progreso hay dos variables: la tecnología fría e impersonal y las personas conscientes y sentimentales.
Históricamente la línea de la adaptación humana ha transitado por encima de la tecnológica. Nadie tenía prisa por incorporar a su vida un invento, se tomaba su tiempo. Por ejemplo, en el siglo XIII se inventa el arco largo, 100 años después lo incorporan los ejércitos en su equipamiento. Ahora no se nos conceden ni 100 días, ahora las personas vamos al rebufo y son ellas, las tecnologías, las que marcan no solo el ritmo, sino también nuestra forma de trabajar, de conocer, de relacionarnos o de amar.
Este libro ofrece una serie de claves fundamentales para poder interactuar con los nuevos desarrollos, para no convertirnos en un ente pasivo que zozobra según las políticas de desarrollo que señalan las grandes corporaciones.
Reducir el espacio que se ha creado entre hombres y máquinas requiere una disposición especial y contar con unas habilidades que traigan coherencia entre lo que necesitamos y lo que nos ofrecen.

¿Se acuerda el lector hace unos años cuando compraba un electrodoméstico? ¿Aquel video VHS? Todos los aparatos venían con un cuaderno de instrucciones más o menos extenso donde se nos explicaba cómo funcionaba. Era el momento de sentarse en el sofá tras su compra y comenzar a explorar todo lo que se podía llegar a hacer con ese nuevo integrante de nuestro ajuar doméstico.
Hoy ni los teléfonos más sofisticados, los que pasan de los 1000 €s, llevan instrucciones. Uno compra el aparato y ahí se las apañe. La actitud digital que promuevo en esta obra es la que permite obtener de manera intuitiva todo el partido de un dispositivo desplegando habilidades de análisis, razonamiento, búsqueda o práctica. Nadie le va a enseñar a usar su nuevo lphone, será usted quien deberá aprender a usarlo solo. En su defecto, manejarse bien en redes sociales para solicitar ayuda.

El libro que tiene en sus manos y que va a comenzar a leer pronto habla de eso, de cómo lograr que el ser humano se suba al tren de la tecnología, o por lo menos que permanezca en su zona de influencia sin ser excluido.

Actitud Digital se compone de tres partes:

1. La primera parte aborda desde el análisis riguroso y bien documentado los cambios que están aconteciendo en nuestra sociedad, en esta nueva era que nos toca vivir. Se analiza su impacto en las personas de toda edad y condición desde cuatro ángulos:

a. Las relaciones con los demás.
b. La gestión de la información, o de la sobreinformación.
c. El inundo del trabajo.
d. La sociedad de conumo y del ocio.

2. La segunda parte realiza un viaje por 10 aptitudes que considero elementales para poder formar parte de la revolución digital. Son 10 elementos que se articulan en torno a tres importantes ámbitos de actuación:

a. Habilidades para trabajar.
b. Habilidades para relacionarse con otros.
c. Habilidades para aprender desde la presión y la verdad.

3. La última parte del libro, y que acabará siendo la primera en ediciones futuras, aborda la sociedad en la que viviremos en los próximos años. Profundiza en la revolución de la inteligencia artificial, sus oportunidades y sus amenazas. Es el análisis de lo que está, probablemente, por venir.

Le agradezco que esté leyendo estas líneas. Puede ser que el tema que trato le ha interesado o bien que he sabido llamar su atención con los reclamos de la portada. De cualquier forma, pase de página y forme parte de la paradoja de sumergirse y bucear en un líquido en el que ya se encuentra por el simple hecho de vivir esta época tan especial.
El destino no tiene prisa, pero siempre llega.

PARTE 1

EN LA SOCIEDAD DIGITAL

Cocodrilo Dundee deja su vida salvaje en Australia y llega a Nueva York. El coche que lo traslada desde el aeropuerto a su hotel se detiene en un semáforo de la frenética Manhattan. Aprovecha para saludar a un viandante con pinta de ejecutivo de Wall Street, a quien le explica que estará unos días por allí y que espera volver a verlo. El neoyorkino lo saluda con gran estupefacción y le responde con un lacónico «fine».
Qué duda cabe de que una gran ciudad cuenta con una idiosincrasia lejana de la que comparten los núcleos rurales. Para ser justos, ese malentendido también ocurre al revés, con otras narraciones en las que es un ejecutivo trajeado quien aterriza en una aldea en la que el tiempo no corre.
Existen otros referentes de contextos yuxtapuestos, como el que se refiere al estrato social. Margot, por ejemplo, es un tango emblemático de los inicios del siglo XX, que popularizó Carlos Gardel y que canta con gran dolor a una mujer de origen humilde que ahora alterna con hombres de destacada alcurnia. La composición, oda al resentimiento, ataca a la protagonista desde lo más evidente, su incapacidad de adaptarse a las normas de ese mundo exclusivo al que no pertenece. En un momento dado, el autor dice:

Porque hay algo que te vende, 
yo no sé si es la mirada,
la manera de sentarte,
de vestir, de estar parada
[...]
Ya no sos mi Margarita, 
ahora te llaman Margot.

Lo contrario del amor no es el odio, es el rechazo. Sentirse apartado de un grupo al que se quiere pertenecer atenta contra la base fundamental de las aspiraciones gregarias del ser humano. Su impacto es el de una pena cruel de enorme dolor que comienza socavando la autoestima del que lo padece para acabar sumiéndolo en una profunda crisis de identidad.

Hace 20 años -un mundo, en términos de moderna tecnología-, cuando Internet era algo incipiente, Juan Luis Cebrián publicó su libro 'La Red'. El autor trataba de ofrecer una visión adelantada a los hechos sobre el impacto de Internet en las comunicaciones. En uno de los capítulos abordaba la falla generacional que provocaría el advenimiento de una tecnología que lo invadiría todo, y lo hacía recogiendo la transmutación de las abreviaturas a.c. -after Christ- y b.C. -before Christ-, en a.c. - after computer-,y b.c. -before computer-.

En aquella época los ordenadores lo eran todo en cuanto a tecnología, no existían los dispositivos actuales 
-especialmente los smartphones-, y nada se concebía que no fuera a través de una CPU.
Poco después, el escritor Marc Prensky rebautizó a unos y a otros como Nativos digitales e Inmigrantes digitales.
Los conceptos «ordenador» o «informática» fueron perdiendo su posición hegemónica en la revolución tecnológica y dieron paso a lo digital, que hoy es el término de referencia para referirnos a todo lo tecnológico.
Como bien saben todos aquellos que compelen a la RAE para que revise ciertas definiciones de su diccionario por ofensivas o discriminatorias, el lenguaje puede recoger realidades sociales, pero también las puede provocar.
Incluir el término «digital» en nuestro vocabulario cotidiano era una necesidad. En ningún caso se trata de un concepto oportunista, sino que, por el contrario, venía a representar una realidad que iba más allá de las máquinas, venía a definir una nueva sociedad: la sociedad digital.

DE AQUELLOS BARROS, ESTOS LODOS

Cuando hablamos de tecnología pensamos necesariamente en dispositivos electrónicos que nos hacen la vida más fácil. Cuando hablamos de nueva tecnología nos referimos a aquellos desarrollos que están en fase de adopción por la sociedad, o bien a otros más clásicos pero que se encuentran en continua evolución.
¿Es la televisión una nueva tecnología? No, no lo es, pero sí lo es la nueva Smart TV con acceso a Internet, la que permite ser operada con la voz o aquella que alcanza unos niveles de resolución mareantes.

La tecnología es como un tren que vemos llegar, que nos pasa por delante y que se aleja para no volver. Utilizar la metáfora del tren no es casualidad, ya que, como luego veremos, el mundo se ha dividido en los que ven pasar el tren y los que pasan con él. Intentemos vislumbrar al fondo, muy al fondo, otros trenes que pasaron hace millones de años. No se puede entender el momento actual de desarrollo tecnológico sin mirar de reojo a nuestro origen evolutivo.

La carrera hacia lo que hoy somos comenzó hace unos 7 millones de años con la bipedestación y llegó a su punto culminante hace 50.000 años, con la consolidación del Homo sapiens sapiens. Entremedias disfrutamos también de nuestras nuevas tecnologías, como aquella piedra tallada que facilitaba rasgar la dura piel de las presas y que se mantuvo inalterable durante milenios, o las primeras embarcaciones que permitieron el asentamiento de poblaciones antiguas en islas antes inexploradas por humanos.

El proceso intelectual que se aplicó para desarrollar las bases de la navegación no tiene nada que envidiar al programa Apolo XI que llevó al hombre a la luna. Isaac Newton decía que sus logros científicos le resultaron más fáciles porque tuvo la suerte de investigar a «hombros de gigantes». Lo que quería decir este gran científico del siglo XVII es que sus investigaciones fueron el resultado del trabajo durante siglos de otros tantos genios.
Piense en el Homo habilis que vivió en África hace unos 2,5 millones de años y que, sin ningún hombro de gigante al que subirse, confeccionó la primera herramienta artesanal. El proceso creativo es de enorme valor porque antes de perfilar la piedra tuvo que imaginársela transformada, proyectar un «qué pasaría si...» y, con una destreza que hoy hemos perdido, dar un golpe certero y transformarla en una herramienta.
Existen animales que usan cierta tecnología como el uso de piedras para abrir nueces o palos para recoger hormigas en agujeros imposibles. La diferencia principal con la tecnología humana es que aquella tiene una base instintiva, genética y, sobre todo, es rígida, no da lugar a cambios o evoluciones, se mantiene inalterable durante miles de años. Una hormiga no piensa «qué pasaría si...», sus transformaciones son lentas y conllevan un largo flujo de generaciones para que se hagan efectivas.
La irrupción del Homo sapiens es tan reciente que la naturaleza no ha tenido la oportunidad de adaptarse a su supremacía.
Generalmente, son necesarios miles de años para que se produzcan cambios evolutivos. Cuando un depredador desarrollaba una ventaja evolutiva, cientos de generaciones después, sus presas desarrollaban una contrapartida, así se mantenía estable la cadena trófica. Los conejos de tonos marrones de las zonas frías eran demasiado llamativos para los depredadores. Durante generaciones los que iban naciendo con un tono más clarito sobrevivían, frente a los más oscuros, que eran cazados con facilidad. Así se llegó a que algunas poblaciones de conejos acabaran siendo blancos para mimetizarse mejor con el paisaje invernal. Sin embargo , la hegemonía humana se disparó hace solo 50.000 años y la naturaleza no ha tenido tiempo de responder, razón por la que tantas especies están en riesgo de extinción , si no son ya historia.
Nuestra tecnología está en constante cambio porque siempre está en entredicho. La razón la pone a prueba y, como decía Isaac Asimov, más ha hecho por la ciencia la expresión «qué raro ...» que «eureka».
Hoy parece que la expresión que mueve el mundo es «esto nos haría ganar mucho dinero y haría felices a nuestros accionistas», y a partir de ahí todo es mucho más fácil, ya que no son personas individuales las que se hacen estos planteamientos que son origen de un nuevo pasito evolutivo, sino que son corporaciones privadas con importantes intereses comerciales.
Cuando una idea resulta potencialmente rentable, se ponen a su disposición medios económicos, humanos y toda la experiencia acumulada. Solo es cuestión de tiempo que se alcance el objetivo previsto. ¿Alguien duda de que en algún momento llegará el hombre a Marte, que existirá una cura contra el cáncer o que podremos leer el pensamiento?
Seguramente, si no lo hemos conseguido ya es porque falta desarrollar algún eslabón intermedio entre el momento actual y el ambicionado. Pero nadie duda de que llegará.

HACIA UNA NUEVA SOCIEDAD

En los años 90 del siglo pasado comenzó a implantarse el uso de los ordenadores en el inundo académico y laboral. Constituían un instrumento, una herramienta que facilitaba las tareas propias de esos contextos. La tecnología en el ámbito privado era una opción, cada uno elegía si quería tener un ordenador en casa como lo hacía con el microondas, por ejemplo.
Para llegar a adquirir aquel producto tan caro como enigmático debía existir una necesidad, porque no olvidemos que los ordenadores eran herramientas. Además, eran los adultos los que tenían el nivel adquisitivo para comprarlos, cuando eran sus hijos quienes los deseaban. Por lo tanto, el primer equipo llegaba a casa previo camelo de los padres.
Con la llegada de Internet los ordenadores pasaron poco a poco a integrarse en el espacio doméstico como una pieza más. Ya no eran solo los jóvenes de antes, ya adultos con ingresos, los que mantenían la nueva informática, sus padres empezaban a entrar y a familiarizarse con estos equipos que cada vez tenían menos de caros y de enigmáticos.
Un amigo , directivo de una gran compañía me contestó una vez a la pregunta de si jugaba al golf esto: «No juego, pero cada vez me cuesta más no hacerlo». Lo que quería decirme era que a su alrededor todo el mundo lo hacía, que le llegaban constantemente mensajes publicitarios, invitaciones a actos y torneos con fines caritativos u ofertas de vacaciones que incluían el acceso a campos

de golf. Todo lo animaba a adoptar la práctica de este deporte y cada vez encontraba más difícil retraerse. No jugar al golf lo aislaba socialmente. La llegada de Internet, tan rápida, tan contundente, cambió los hábitos de uso de la tecnología. Dos elementos auparon esta innovación para que se convirtiera en revolución: La caída de los precios de los equipos informáticos y la oferta agresiva de las compañías de telecomunicaciones ofreciendo acceso a Internet. Como aquel amigo del golf, cada vez era más difícil abstraerse de la Red.
Los fabricantes de los dispositivos tenían un reto sobre la mesa, llegar a las casas, a la vida privada de las personas. Solo de esa manera, generalizando el uso de la tecnología, sus cuentas de resultados harían las delicias de sus accionistas. Así, los tentáculos de la tecnología fueron llegando a todos los rincones de la vida moderna.
Fue entonces cuando la informática y todo lo que la rodeaba pasó a convertirse en nueva tecnología -luego llegaría el epíteto de lo digital- y dejó de ser una opción para convertirse en una necesidad.
La lavadora, un dispositivo al que damos relativa importancia, hasta que se nos estropea, porque creemos haber vivido siempre con ella, ha tenido una trascendencia social mucho mayor de lo que creemos y de la que se ha visto sobradamente beneficiada la mujer. En el año 1904, en el albor de la electricidad, se patentó la primera lavadora eléctrica. 40 años después el 60 % de los hogares estadounidenses habían dejado de ir a lavar al río para hacerlo en casa.
La introducción de Internet en nuestras vidas es de una contundencia sin precedentes. Sobre todo, si tenemos en cuenta que navegar por la Red implica una inversión económica que no está al alcance de todo el inundo y ciertos conocimientos técnicos, pocos para aspirar a ser simples usuarios, pero necesarios para poder operar. En 10 años en España hemos casi duplicado el número de personas con acceso a Internet, pasando de un 50 % a un 90 %.
Por supuesto, no todo ese 90 % hace el mismo uso de la Red. Por ejemplo, no llega al 45 % aquellos que hacen compras online. Aun así, si tenemos en cuenta la amorfa distribución de nuestra pirámide demográfica, somos uno de los países con población de más edad de todo el mundo, debemos congratularnos por esa cifra que rompe el mito de una sociedad arcaica excluida por otra progresista. Son datos como este los que nos tienen que hacer concebir la tecnología en general, e Internet en particular, como parte inseparable de la sociedad. Lo que hoy llamamos digital ya no es una opción, no es aquella herramienta de la que hacía uso cuando la necesitaba, ahora es la sociedad misma.
La manera en que usamos el teléfono móvil ha quedado reflejada en una encuesta realizada en 2017 con respuestas de 14.000 personas, estas son las principales conclusiones:
  • Más de la mitad de los menores de 35 años dedican 3 horas o más diarias a interactuar con el móvil.
  • Todos los encuestados, de cualquier edad, informan de una dedicación de al menos una hora diaria.
  • Los más jóvenes miran el móvil al menos cada 15 minutos. Esta cifra va aumentando hasta los 30 minutos de los mayores.
  • Más del 80 % encuentra de utilidad el móvil, especialmente los mayores que lo ven así más del 90 %.
  • Entre un 50 % y un 75 % considera que el móvil no los esclaviza, que les da libertad.
En una encuesta parecida, llevada a cabo por el Foro Económico Mundial, entre 18.000 personas de 23 países, a la pregunta «¿Podría vivir sin Internet?» Se contestó así:

El problema de las actividades impuestas y no elegidas libremente es que al adoptante se le suponen las cualidades necesarias para realizarlas. Yo nunca jugué al golf, y mejor así porque creo que no cuento con la paciencia ni el grado de concentración que exige la bola para ser golpeada con acierto. Yo renuncié a jugar al golf, fue mi decisión y eso no me supuso ninguna exclusión social.

¿SE PUEDE RENUNCIAR A INTERNET?

Sí claro. No hay ninguna normativa que obligue a estar en internet como la hay para detenerse ante un semáforo en rojo o pagar la bolsa de caramelos que hemos cogido en la tienda. 
Pero, entonces, ¿por qué esa necesidad imperiosa de estar en la red? Hace poco publiqué este artículo en mi blog personal. Lo copio aquí tal y como se presentó:

En la Red no se entra, se está. Y solo existen tres opciones, tres posturas posibles que adoptar:

1. Desaparecer. Aislarse del mundo, convertirse en un anacoreta del siglo XXI. Una opción radical que existe, reducida, pero que permite vivir de espaldas a la tecnología.
2. Recluirse. Cuando yo era pequeño , en el colegio había un compañero de clase que no tenía televisión en casa, su padre se negaba a tener lo que entonces se denominaba «caja tonta». Cuando los niños comentábamos un programa de televisión del día anterior o jugábamos a «Los hombres de Harrelson» este pobre niño se sentía diferente. 
Es el gueto del que hablaba en mi artículo. Ser un «bicho raro» y aceptar las limitaciones que conlleva esto en cuanto a estar fuera de las dinámicas sociales activas.
La pobreza económica reduce significativamente las opciones de quien la padece. Su acceso a educación o sanidad es más limitado y de peor calidad, lo que rebaja su esperanza de vida y lo condena a una existencia desventurada. En la nueva sociedad podemos hablar también de «pobreza digital», de los nuevos parias, con un escenario de aislamiento e incomprensión por delante.
3. Transformarse. Este es el reto, lo que el profesor Antonio Rodríguez de las Heras llama «aflorar un nuevo ser». En el momento que la tecnología se inserta en la sociedad todas sus dinámicas se ven afectadas, todo pasa a ser diferente: la comunicación, la gestión de la información, la interacción con servicios básicos, etc.

Richard Leakey, un paleoantropólogo keniano que descubrió en 1985 al Niño de Turkana, origen de una nueva especie, el Homo erectus de 1,5 millones de años de antigüedad, pronunció la frase: «El hombre hace la tecnología y la tecnología hace al hombre». Leakey, con esta afinnación, destacaba cómo el uso generalizado de herramien tas sofisticadas va modelando también a quien la usa, creando a largo plazo cambios sociales qu se acaban materializando en cambios biológicos.


Hablar de transformación digital es poco más que un brindis al sol. ¿Cuándo uno está completamente transfomado? ¿Basta con tener móvil con acceso a Internet o hay que usar de manera regular Whatsapp? ¿Basta con ser usuario pasivo de las redes sociales o hay, en cambio, que contribuir? ¿Compro online o solo cotejo información?
Mientras escribo estas líneas en una cafetería de Madrid suena una canción por el hilo musical que me llama la atención. No la conozco, me gustaría saber más de ella. De una manera natural recojo mi teléfono móvil y abro la aplicación de Shazam, en poco más de un segundo la tengo identificada. Ahora solo me falta disponer de ella, para esto, abro mi aplicación de Spotify e inmediatamente la encuentro, la añado a mi playlist donde la escucharé más tarde.

¿Soy más digital por haber hecho esto? Pues en cierta medida sí, porque lo he hecho de manera natural. Del mismo modo que aquel que sabe escribir coge un trozo de papel y un lápiz para apuntar un número de teléfono sin necesidad de plantearse antes cómo anotarlo, yo he incorporado a mi repertorio de conductas, de manera natural, el proceso anterior para responder a una curiosidad, una necesidad y una satisfacción.
En mi caso, para poder disponer de esa canción, he tenido que contar con los siguientes tres elementos:

1. Un smartphone con acceso a Internet y unas aplicaciones instaladas, alguna de pago.
2. Un conocimiento técnico sobre el uso de estas aplicaciones.
3. La voluntad de realizar todo el proceso anterior.

De un modo muy genérico, estos tres serían los elementos que marquen la diferencia entre el ser digital y el no digital, entre el incluido y el excluido: Economía, conocimiento y voluntad.

LA PUERTA DE ENTRADA: PAGAR, SABER Y QUERER

Acceder al mundo digital supone necesariamente un desembolso inicial. Sin un dispositivo, sea este del tipo que sea, no podremos hacer surgir nuestra faceta digital. Es el primer condicionante, el económico. No obstante, a la luz de algunas estadísticas, no parece que sea el principal escollo. Por ejemplo, en el mundo hay en la actualidad 5000 millones de usuarios de móvil y casi 8000 millones de lineas para una población global de unos 7,5 mil millones de habitantes. Si tenemos en cuenta que según el Banco Mundial unos 2000 millones de habitantes están en situación de pobreza o extrema pobreza, que los niños muy pequeños no usan móvil y que una parte de la población vive en zonas umbrías en cuanto cobertura de redes se refiere, se puede concluir que un número importante de personas priman esta tecnología frente a otras prioridades básicas.

El abanico de ofertas para acceder tanto a Internet como a los dispositivos de conexión es muy amplio. El mercado de segunda mano de móviles es extremadamente dinámico y siempre se pueden comprar terminales con precios asequibles, aun así, a muchos usuarios con economías precarias les significa un enorme esfuerzo. Es indudable que disponer de terminal y acceso a Internet debe suponer un importante sacrificio económico, que implica la reducción de otras partidas cotidianas básicas, quizás alimentación, quizás vestido o incluso salud.
La penetración del móvil en nuestra vida cotidiana es tan significativa que lo iguala a otros objetos de los que echamos mano para salir a la calle, por ejemplo unas llaves o unas gafas. Nos acompaña allí donde vamos, a veces incluso al baño, y es tal su protagonismo que pareciera un apéndice anatómico.
El móvil se ha convertido en una aspiración, ha pasado de ser un instrumento, un medio que ayuda a realizar algunas acciones -comunicar, buscar, organizar, encontrar, etcétera- para pasar a ser un fin en sí mismo. Ya no anteponemos la función a la decisión de adquirir un móvil. Nadie dice: «como quiero estar localizable y poder acceder a mi correo electrónico en cualquier lugar he decidido que me voy a comprar un móvil». Este sería el argumento del smartphone como herramienta; sin embargo, hemos obviado la parte justificativa y ahora simplemente decimos «me quiero comprar un Iphone».
Llevar un coche deportivo descapotable, tener una casa en la playa o una gran residencia, un barco, etc. no está al alcance de cualquiera. Por mucho que nos lo propongamos, si no disponemos de los medios económicos necesarios nunca podremos acceder a estos elementos de distinción. Con el móvil no ocurre lo mismo. Ahora mismo, el móvil más caro de mercado -dejando al margen frivolidades con chapados en oro o remates de diamantes- es el Iphone XS Max de 512 Gb. Su precio en España es de 1.659 €s. Cualquiera que tenga ingresos, por pequeños que estos sean, incluso con prestaciones por desempleo, puede comprarse un Iphone XS Max y pagarlo durante dos años por 70 €s al mes y sentirse un privilegiado. El problema llega con las economías domésticas más precarias, cuando esos 70 €s, a los que se añade el contrato de unos 20 €s con la compañía telefónica, son el 10 % de los ingresos mensuales, o incluso el 20 % o 30 %. Cuando alguien tiene un salario precario no le sobra dinero para hacer estas inversiones, lo que hace es un desplazamiento de necesidades.

Un reciente estudio llevado a cabo en Estados Unidos afirmaba que 28 millones de americanos estarían dispuestos a pedir un crédito para adquirir el nuevo teléfono Iphone. Resulta llamativo que un 20 % de los menores de 45 años se endeudarían frente a solo el 5 % de los mayores.

Esto pasa, y usted, lector, lo sabe y seguramente conoce casos que lo ejemplifican. Pero, antes de llevarnos las manos a la cabeza deberíamos analizar cómo hemos llegado a este extremo donde la tecnología entra en la categoría de «imprescindibles», como el aire que respiramos o el alimento que nos llevamos a la boca.
Como veremos más adelante, su éxito tiene una base cerebral neuroquímica. Sí, el móvil genera adicción, de hecho, los procesos cerebrales que implica tienen una base dopaminérgica, co1no cualquier otra adicción, sea juego, drogas o alcohol.
Una vez analizado que lo económico no es impedimento para acceder a las nuevas tecnologías digitales, vamos a ver qué hace alguien cuando se encuentra con su primer terminal ante sí, cuando por fin lo enciende y sale ese mensaje de « HOLA».

Aprender a manejar cualquier elemento no anatómico, artificial, requiere también un proceso que transita de manera paralela por dos vías diferentes:los procesos cognitivos implicados y el conocimiento de los procedimientos de uso.
El bebé recién nacido es incapaz de utilizar sus manos para agarrar algo, necesita unos meses de maduración para poder coger de forma intencionada su chupete. A partir de ahí irá perfeccionando la función neuromotora en la medida que su cerebro vaya consolidando conexiones sinápticas que lo lleven al dominio absoluto de esta extremidad.
Para conducir un coche la ley establece que es necesario pasar por una autoescuela donde se enseña el manejo del vehículo, las normas de circulación y otros aspectos técnicos necesarios como el desgaste de neumáticos, los niveles de aceite o las luces. Paralelamente, la misma ley establece que es necesario superar unas pruebas psicotécnicas que confirman que el aspirante a conductor tiene los niveles adecuados de atención, de reacción rápida cuando fuera necesaria o de agudeza visual.

La tecnología ha ido evolucionando a medida que lo han hecho las prestaciones que ofrecen sus dispositivos, y también en la facilidad de uso. Términos como usability o user friendly han resonado como un mantra en los laboratorios de los desarrolladores de software. No se trataba solo de hacer aplicaciones con funciones más sofisticadas, sino de hacerlas más fáciles de usar. Solo así se podría llegar a todos los rincones de la sociedad, sin importar el nivel educativo o la edad.
Hoy un niño de meses es capaz de usar una tableta, sabe activarla con el dedo y seleccionar el icono que lo llevará a un mundo virtual de imágenes y sonidos. Con pocos años, sin saber escribir aún, son capaces de dictar al micrófono lo que están buscando y que la aplicación de marras le muestre con enorme precisión el video que buscan. Desarrollar aplicaciones para niños tan pequeños pasa por que los padres las acepten y se las faciliten. El niño no va a comprar una tableta, pero los padres pueden valorar la tranquilidad que se alcanza cuando el bebé deja de llorar a cambio de mover su dedo por una pantalla háptica.

Esa facilidad de uso se basa en procedimientos intuitivos, es decir de sentido común. El sistema de funcionamiento es muy similar en todos los casos: abrir aplicación pulsando en el icono que cuenta con características gráficas distintivas y menú con opciones disponibles una vez abierto este. Decimos que es intuitivo porque ante un desplegable de opciones con términos breves y nada ambiguos el sentido común nos ayuda a elegir uno.

El éxito de la expansión de esta tecnología ha tenido también otro aliado, la gente mayor. Por razones naturales, los mayores suelen ser más reacios a adoptar innovaciones que conculcan el statu quo con el que vienen conviviendo por años. Todavía existe gente que no usa las tarjetas de crédito, que guarda el dinero en casa y lava la ropa o la vajilla a mano. Son los enemigos de la innovación.
Hoy, cualquier grupo de edad cuenta con un dispositivo móvil que usará con más o menos fruición, pero que utilizará por una razón vital. ¿Cuál es la principal demanda de la gente mayor? La compañía, estar cerca de su familia. En un país como España, con 8 millones de personas por encima de los 65 años, las necesidades de este grupo poblacional son de interés general. En la actualidad, disponer de WhatsApp o incluso de Skype hace sentir a la gente mayor que no está sola. No necesitan nada más, pocos harán transferencias con el móvil ante el temor a que un hacker les vacíe las cuentas, no comprarán en Amazon porque son de hábitos de barrio y tampoco entrarán en redes sociales porque no entienden esa tendencia a mostrarlo todo, pero el móvil les recuerda que no están solos.
En España viven solas más de dos millones de personas mayores. Tradicionalmente han dependido del teléfono fijo para contactar con sus familiares o, con gran desconsuelo, para esperar que los llamaran aquellos. WhatsApp ofrece a este colectivo la sensación de estar siempre acompañados. Enviar mensajes que son recibidos inmediatamente, conocer cuándo la contraparte está escribiendo y, sobre todo, poder recibir fotos y videos de sus hijos o nietos, crea esa sensación de compañía que tanto han demandado.
¿Por qué los mayores entran ahora en el mundo del móvil y no lo hicieron hace años con la informática? ¿Por qué el WhatsApp sí y el email no? Pues principalmente por el valor de la instantaneidad. Enviar un correo-e es como dejar un mensaje en un contestador, uno espera de manera pasiva a que el otro lo lea/escuche y lo conteste, algo que no se da en el WhatsApp, de ahí que entre en la categoría de mensajería instantánea.
Sin embargo, no es solo el valor de las aplicaciones lo que ha impulsado la entrada de este grupo de edad en la nueva tecnología, también, como mencionábamos antes, la facilidad de uso.
Trabajar con una aplicación específica de un ordenador, como puede ser el correo electrónico, implica conocer el sistema operativo, las conexiones a redes y la gestión de contraseñas. Todo se vuelve mucho más sencillo cuando se trata de un móvil.

El naturalista francés del siglo XVIII Jean Baptiste Lamarck enunció el principio que lleva su nombre en estos términos: «La función crea el órgano». Con esta aseveración el francés concluía que la naturaleza moldea los animales para que puedan satisfacer sus necesidades. El ejemplo más emblemático es el de las jirafas, su largo cuello es producto de la necesidad de llegar a hojas más altas en los árboles. Ante la imposibilidad de enseñarles a trepar hasta las ramas superiores, la naturaleza transformó su anatomía con la longitud de cuello que todos conocemos. Este principio es aplicable al caso de la población de más edad que aprende a usar el smartphone. Ante la necesidad de mantenerse comunicados, su cerebro lánguido lleva a cabo la transformación necesaria para aprender a usar algo que no entienden. Niños y mayores no se enfrentan por igual a la tecnología. Ambos representan los dos extremos de la vida y mientras a unos los ayuda a sobrevivir a los otros los hace crecer .

Las aplicaciones móviles más atractivas para los niños son aquellas que estimulan sus sentidos, como los puzles llenos de colores y sonidos que les plantean retos que deben resolver. El cerebro del niño funciona como un imán que atrae todo lo que desconoce. A medida que va aprendiendo a usar la tecnología va madurando, las conexiones sinápticas crecen de manera exponencial y cada vez quiere acceder a retos más complejos. A esas edades la curiosidad es un catalizador capaz de movilizar todos los recursos cognitivos del menor hacia la exploración. De ahí el concepto del «nativo digital», el bebé aprende tecnología como aprende a caminar o a hablar, de forma progresiva y natural.
Por su parte, la persona mayor aprenderá a interactuar con la tecnología de una manera adecuada, sin profundizar, solo aquello que necesita y pocas veces sentirá la inquietud de saber más.
Enumerábamos tres elementos que tienen que coincidir para que alguien entre en el mundo digital por decisión propia, sin imposiciones: la liquidez -economía-, la pericia -conocimiento- y la voluntad.

Antes de entrar en el tercer factor, la voluntad, una aclaración. ¿Por qué decimos voluntad y no motivación? Son dos términos que tienden a confundirse y que se usan indistintamente, como sinónimos. La motivación es la disposición que tiene una persona para hacer algo, el ímpetu que impone a lo que quiere. Está muy influido por el contexto y es variable. Uno puede tener suficiente motivación para salir hoy a hacer deporte y mañana no. Por su parte, la voluntad se refiere a una fuerza similar que ayuda a la consecución de un objetivo, pero que está mucho más vinculada al ser que al estar. La voluntad se lleva dentro y no se ve tan afectada por lo que ocurre como la motivación, es inherente a la propia persona. En el caso que nos ocupa, puesto que se trata de invertir en el nacimiento de un nuevo ser, el ser digital, debemos referirnos a la voluntad como un elemento fundamental para que, en conjunto con economía y conocimiento, abra las puertas de las nuevas tecnologías a quien quiera entrar.

Cuando en los años 90 del siglo pasado comenzó a extenderse el uso del ordenador en el ámbito laboral, muchos trabajadores vivieron aquel cambio con temor a la vez que rechazo. Los procesadores de texto relegaron rápidamente a las máquinas de escribir y se incorporaron otros programas informáticos que obligaban a sus nuevos usuarios a pasar por largos y tediosos cursos de formación. Fue el tiempo de los currículums que pasaron de incluir aquello de «servicio militar cumplido» a añadir
«informática a nivel de usuario». El valor del postulante a un puesto de trabajo crecía en la medida que los programas que supiera manejar fueran mayores en número. Muchos no pudieron adaptarse a este cambio tan importante en la forma de trabajar y fueron desplazados a funciones más manuales o enviados directamente a las listas del paro. En aquella época la sociedad académica y laboral se estaba transformando y nadie que estuviera dentro de su área de influencia podía ser ajeno a ello. Recuerdo a un amigo médico en una mutua de accidentes que me refirió el notable incremento de quejas por problemas de espalda. Él lo achacaba a la tensión que producía a ciertos trabajadores tener que adaptarse a una nueva forma de trabajar.
Sin embargo, existe un matiz que lo hace diferente al momento que vivimos actualmente, aquella transformación, por lo menos en su vertiente laboral, fue impuesta. Alguien llegaba un día a trabajar y donde antes había una Olivetti, ahora estaba un IBM. Lo tomas o lo dejas. Poco espacio había ahí para la voluntad. Solo aquellos más comprometidos con su desarrollo podían sacar una fuerza interior que los llevara a arremangarse y a mascullar «a por ello».

Más tarde, cuando la economía lo permitía, los hogares pasaron a disponer también de un ordenador, algo que se generalizó en los albores del siglo XXI con la llegada de Internet, pero sin disponer de teléfonos inteligentes aún. El primer smartphone, el lphone, se presentó en el año 2007. Sí, parece que lleva toda la vida con nosotros, pero no es así. Si usted busca en YouTube el video en el que Steve Jobs presenta el primer lphone le resultará chocante cómo el público se sorprendía al ver sus capacidades técnicas y, sobre todo, esa pantalla táctil tan funcional. Año 2007, insisto.
La nueva tecnología, la de esta era digital, no es una opción, ni siquiera es una imposición. Como ya hemos comentado, forma parte de la sociedad, es la sociedad misma. Este año, 2018, la Agencia Tributaria descartó por primera vez la recepción de declaraciones que no fueran en formato digital: adaptarse o morir.

Existe una función matemática muy sencilla que es capaz de calcular la probabilidad de que un individuo haga algo. Es tan simple como dividir la satisfacción que le genera lo que vaya a hacer por el esfuerzo que le supone.
Siguiendo este axioma, baste con que algo nos genere más placer que dolor para que lo llevemos a cabo. Sin duda, al abuelo que entra en el mundo del smartphone el contacto con sus seres queridos le justifica cualquier esfuerzo consiguiente.
Entonces, ¿dónde está la voluntad en esa ecuación? Bien, se trata de un planteamiento muy simple, reduccionista, que no tiene en cuenta otros factores como los emocionales: miedos, prejuicios, creencias, etc. La voluntad potencia la satisfacción, ni siquiera suma, multiplica. En aquellas circunstancias en las que el esfuerzo toma el protagonismo, la voluntad empuja a la satisfacción para ganar la contienda y que la acción en cuestión se lleve a cabo.
Adelgazar, por ejemplo, en sus primeras fases supone mucho más esfuerzo que satisfacción. Sin embargo, quien sigue con la dieta lo hace desde la fuerza de voluntad. Es decir, no hay una contrapartida de placer en hacer dieta, pero debo hacerlo, es lo correcto. Esa actitud de sobreponerse al esfuerzo es la voluntad.
No todo el mundo necesita de la voluntad para formar parte de la revolución digital. Estrenar el último móvil o acceder a ciertas aplicaciones son suficiente estímulo para dar el paso adelante. La voluntad es necesaria para aquella parte de la sociedad, que no son necesariamente los más mayores, a quienes el esfuerzo económico e intelectual se les acumula en el divisor de la ecuación y les resta en lugar de sumar.

LA VOLUNTAD DESBORDADA. LOS ESCLAVOS DE LA TECNOLOGÍA

Hay un cuento clásico que dice que de vez en cuando debes poner todo tu dinero encima de la mesa, observarlo y preguntarte quién controla a quién. Esta historia bien podría llevarse interpretarse hoy cambiando el dinero por el móvil. ¿Quién controla a quién?
Los adictos al tabaco o al alcohol no son conscientes de su enganche hasta que un día no pueden ingerir su dosis. Un viaje largo en avión, un paquete vacío a altas horas de la madrugada o una película en el cine más larga de lo habitual son desencadenantes de un síndrome de abstinencia que provoca una reacción fisiológica desagradable.

Hasta hace poco, los vademécums psiquiátricos utilizaban el término adicción únicamente en los procesos de dependencia hacia una sustancia, ya fuera esta alcohol, nicotina o cocaína, por ejemplo. Sin embargo, la aparición de nuevos trastornos que cursan con los mismos síntomas, pero sin mediar tóxico alguno -la ludopatía, por ejemplo-, ha hecho necesario etiquetar un segundo tipo de adicción, la conductual.
Con el móvil, y todo lo que lo rodea, podemos llegar a sentir los mismos síntomas que un jugador patológico. Pruebe a salir de casa un día sin móvil o a apagar la conexión de datos. Obsérvese. No llegará a la reacción dramática de un alcohólico, pero es probable que piense en el móvil más de lo normal, que sufra la angustia de creer que se está perdiendo un mensaje muy importante y, con toda seguridad, estará más irascible, más sensible. En tal caso usted tiene una dependencia del móvil que podrá degenerar en adicción si son se autoimpone límites.
Las adicciones a sustancias tienen siempre dos componentes cuyo impacto en el organismo -cuerpo y mente- es implacable. El tabaquismo, por ejemplo, desarrolla dos tipos de adicción, uno psicológico, que se apoya en los rituales del proceso de fumar y en la producción de ciertos neurotransmisores, y otro físico, producto de las sustancias que van a la sangre, como es la nicotina.

La adicción al móvil funciona exactamente igual en la componente cerebral, aunque la abstinencia resulta menos dramática al no ingerirse ninguna sustancia, de ahí que hablemos de adicción conductual.
Los enfermos por adicción al juego cuentan con un mecanismo de ayuda por el que ellos mismos pueden pedir a las salas que les nieguen la entrada. Claro, aun siendo un síndrome que, como decíamos, cursa igual que el del móvil, las consecuencias de la ludopatía son más desastrosas pues lleva asociada la ruina económica.
El proceso que genera la adicción al móvil se puede explicar con la obra El ser y el tiempo, del filósofo alemán Martín Heidegger. Este autor del siglo xx tomaba de los griegos clásicos el concepto temporal de Kairos, según el cual las cosas ocurren cuando tienen que hacerlo, sin fonnar parte de un marco temporal estándar. Un ejemplo de Kairos es la parusía, nombre que recibe la segunda venida de Cristo a la Tierra. Según la cultura cristiana ocurrirá en el final de los tiempos, pero no hay ningún referente cronológico, pueden ser 100 años o 1000. Ocurrirá alguna vez y ya está. Heidegger, sin embargo, lo explica de otra manera. El filósofo alemán le pide al lector que se Ílnagine en un apeadero de tren en los Alpes. Usted está solo, no lleva reloj, no hay teléfono. Nada, solo en los Alpes. Usted sabe que en algún momento el tren debe llegar, pero no sabe cuándo. Pueden ser 5 minutos, 5 horas o más. Esta incertidumbre le producirá cierta angustia. Estará paseando andén arriba, andén abajo y mirando constantemente esperando ver aparecer el tren allá al fondo. Heidegger, lógicamente, no vinculó esta alegoría con la adicción al móvil -más que nada porque murió en 1976-, pero su modelo filosófico es muy adecuado para explicarla.
Un usuario de móvil desbloquea su terminal, por término medio, más de 100 veces al día. Si reservamos 8 horas a dormir, sale que miramos el móvil cada 10 minutos. Cada vez que desbloqueamos el terminal estamos mirando a ver si viene el tren. La actitud es la misma: no me puedo ir lejos, no sea que llegue el tren cuando no esté en el andén. El usuario de móvil tiene la misma inquietud, desbloquea el móvil a ver si ha llegado su tren, ese que espera.
Cada vez que se mira el móvil, se produce una recompensa en forma de sustancia neuroquímica, dopamina. El núcleo accumbens, un órgano del encéfalo, también llamado centro del placer, recibe esa descarga de dopamina con satisfacción y poco a poco va creando la cadena de la adicción: miro móvil, descarga, baja nivel dopamina, necesito mirar, miro móvil, descarga, baja nivel dopamina... Ahora cambie «miro móvil» por «fumo cigarro» o «echo moneda» y tendrá la misma dependencia. ¿Quién controla a quién?
Un estudio llevado a cabo en París basado en observar a 3.000 peatones concluyó que un 38 % de las mujeres andaban con el móvil inactivo en la mano frente a un 31% de los hombres.
La principal amenaza por los efectos negativos del uso excesivo del móvil recae sobre los más jóvenes. Estos, con cerebros más inmaduros y carentes de experiencias vitales, son presa fácil del lado oscuro de la telefonía móvil. Los menores se encuentran en fase de aprendizaje, por lo que sus conexiones neuronales están disponibles para establecer sinapsis sólidas y duraderas con cualquier nuevo material que les llegue. La extinción en el futuro de la conducta adictiva puede ser una tarea ardua al alcance solo de los mejores terapeutas. No en vano, los gurús de Silicon Valley reconocen tener normas estrictas con sus hijos en cuanto al uso de la tecnología. Steve Jobs, Bill Gates o Sergey Brin han reconocido que tienen muy limitada la tecnología en casa. Ellos son conscientes de que un uso excesivo de esta puede provocar aislamiento social y déficit creativo. La creatividad amenazada! Precisamente lo que aupó a sus padres a la cúspide del éxito. Todos los grandes nombres de Silicon Valley tienen a sus hijos estudiando en los colegios Waldorf. Sirva un dato, el 25 % de los centros Waldorf de todo EE.UU. están en California. Este prestigioso centro educativo tiene la tecnología muy acotada, especialmente en los más jóvenes. Promueven una educación desde el corazón y la mente.

Resulta paradójico que veamos a la tecnología del futuro con recelo a la vez que establecemos vínculos con ella que van más allá de la utilidad. Se podría llegar a hablar de dependencia tóxica, como esas parejas malavenidas que insisten en mantenerse juntos a pesar del daño que se producen.
Jaron Lanier es un pionero de Internet y de la Realidad Virtual. Recientemente ha publicado un libro con el título: 10 razones para salir de las redes sociales inmediatamente. La conclusión que expone es que la factura personal que uno paga por estar ahí no compensa los beneficios que se obtienen. Estas son las 10 razones que esgrime:

1. Estás perdiendo libertad.
2. Salir de las redes sociales es la mejor manera de encarar la locura de la época que vivimos.
3. Te están idiotizando.
4. Están destruyendo la verdad.
5. Restan valor a lo que puedas decir.
6. Destruyen tu capacidad de einpatizar.
7. Te están haciendo infeliz.
8. No quieren que tengas dignidad económica.
9. Están arruinando la política.
10. Te odian.

Lanier no tiene intención de cerrar Internet, lo que promueve es salir una temporada para darnos cuenta de su insalubridad. Los mayores debemos echarnos a la espalda la responsabilidad de guiar a los menores por el proceloso inundo de la tecnología.
Tenga en cuenta que somos la última generación que sabrá cómo se vivía antes de Internet y de la inteligencia artificial. Con los años nos olvidaremos de cómo eran las cosas antes, del mismo modo que nos hemos olvidado de calcular en pesetas.

LA NUEVA CULTURA DIGITAL

Es habitual utilizar los términos sociedad y cultura como sinónimos. En este caso he querido tirar de ortodoxia y referirme a cultura como el conjunto de la actividad humana, desde sus costumbres, idiomas y creencias hasta las relaciones entre los miembros que la comparten. A la sociedad le reservo el ser un conjunto de personas conectadas de alguna manera como puede ser el origen étnico, la ubicación geográfica o la coincidencia ideológica, por ejemplo.

LA GENERACIÓN DE LOS EMPANTALLADOS

MAMONCRACIA